10/12/09

El racionalismo sentimental.

No hay compañía más molesta que la de una persona que se deja llevar fácilmente por el sentimentalismo. Soportar sus humores exaltados, tan pronto valerosos y desbordantes como, momentos después, trágicos y desolados, resulta sumamente incómodo y desagradable. Aunque, en honor a la verdad, debemos decir que existe un tipo de persona cuya compañía resulta aún más insoportable: la compañía de un racionalista. Nada más tedioso que escuchar las largas, monótonas y detalladas teorías que los racionalistas utilizan para explicar su comportamiento en las acciones más nimias e intrascendentes. Y todo esto para comprobar, al final, cuán absurdas y equivocadas dichas acciones resultan ser.

Curiosamente, en nuestro mundo moderno el racionalismo es considerado como una maravillosa virtud, digna siempre del mayor elogio. En cambio, el sentimentalismo es criticado y denostado como un estado de morbidez del alma. Se piensa que las exaltadas ideas del racionalismo son perfectas por el hecho de elevarse por encima de la procaz materialidad del cuerpo. Y que la ética que resulta de ellas es así ejemplarmente noble e imperturbable. Por el contrario, las exaltadas pasiones del sentimentalismo son vistas como sombras vergonzosas y vulgares que nublan el entendimiento. Y la ética que nace de ellas es tratada como primitiva y animalesca.

Sin embargo, ambas formas de pensar y de comportarse, racionalismo y sentimentalismo, son terribles exageraciones que deben evitarse de igual forma. Porque el racionalismo es a la razón lo que el sentimentalismo es al sentimiento. Y mientras la razón y el sentimiento son las piedras angulares de la ética, sus exageraciones no pueden serlo de ningún modo.

Conviene aclarar, además, que no existe ningún motivo para pensar que la razón y el sentimiento deban sobreponerse, o que uno tenga preponderancia sobre el otro. Ambos conceptos se mueven en ámbitos diferentes y complementarios. Si bien que, en realidad, la razón puede considerarse accesoria o superflua en la mayoría de los casos.

Cuando en el transcurso de nuestras acciones debemos tomar una determinada decisión, recurrimos para ello a la información de tres posibles fuentes: la información genética que heredamos de nuestros antepasados, las enseñanzas culturales de generaciones anteriores (o de nuestra misma generación) y la experiencia personal que adquirimos a lo largo de nuestra vida. Así, al enfrentarnos a una decisión moral, la información genética nos impelerá siempre a actuar de una determinada forma. Su manifestación en nuestra mente es lo que llamamos sentimientos. Pero también las enseñanzas culturales y nuestra experiencia propia nos impelen, por su vez, a actuar de una forma determinada. Estas dos últimas se manifiestan ante nuestra mente como memorias.

Los sentimientos, también llamados deseos o instintos, nos proporcionan la información necesaria para decidir adecuadamente la mayoría de nuestros actos. Sin embargo, la respuesta que nos proporcionan siempre resulta ser bastante general o abstracta. Las memorias, por el contrario, pueden ofrecernos respuestas muy concretas a problemas específicos. Para la mayoría de los animales, que viven en ambientes bastante uniformes y realizan acciones simples y repetitivas, los sentimientos contienen casi toda la información necesaria para su supervivencia. Sin embargo, para una especie como la nuestra, que vive en un entorno muy complejo y variable, necesitando realizar a cada momento acciones muy específicas, el recurso a la memoria es imprescindible. Y también nos resulta muy ventajosa la capacidad de proyectar nuestras memorias hacia el futuro, de forma a afrontar problemas aún no encontrados, que es lo que se entiende por imaginar. O también la capacidad de elaborar y conjugar estas mismas memorias en conceptos más sólidos y generales, que es lo que se entiende por razonar.

Sentimiento y razón tienen, por tanto, ámbitos de aplicación diferentes. La razón debe llegar allí donde no llega el sentimiento: debe moderar los sentimientos, encauzarlos, sobreponerlos, confrontarlos o sustituirlos, especialmente en los asuntos más concretos o artificiales. Sin embargo, debe recordarse siempre que los sentimientos se basan en valores sólidos y seguros, mientras que los razonamientos se basan en valores en construcción, frecuentemente equivocados. Los sentimientos han sido seleccionados naturalmente a lo largo de una eternidad, durante cientos de millones de años, y han demostrado sobradamente su valor para asegurar nuestra supervivencia. Los razonamientos, en cambio, han surgido en el momento puntual de nuestra vida o, como mucho, de nuestra civilización. Y basta estudiar un poco la historia de las civilizaciones y de sus ideas para comprobar cómo ambas raramente consiguen asegurar su supervivencia. También nuestra civilización y sus ideas parecen ser un inminente ejemplo de esto.

Huyamos por tanto de todos los excesos. Huyamos del sentimentalista de humores siempre variables e inconstantes, falto de las necesarias riendas de la razón. Huyamos del tradicionalista que sólo contempla como verdaderas las enseñanzas culturales de sus antepasados. Huyamos del soñador cuya realidad es el mundo fantasioso de la imaginación. Y huyamos también, especialmente, del racionalista que pretende hacernos creer que sus elucubraciones y balbuceos mentales son una verdad etérea e incuestionable que debe imponerse al más simple y terrestre de los sentimientos.

19/11/09

La espiritualidad masoquista occidental.

Para un faquir de la India nada existe más saludable que levantarse cada día, bien de madrugada, de su confortable cama de pinchos y atravesarse el cuerpo con un par de puñales bien afilados. Acabado este simple ritual, es el momento oportuno de ingerir unos cuantos vidrios partidos para matar el hambre. Y luego, para hacer la necesaria digestión, nada mejor que unos sosegados momentos de reposo colgándose del techo por un pie. Sí, todos estos ejercicios ascéticos son, desde luego, poco recomendables para el común de los mortales. Sin embargo, su repetida realización permite al faquir superar algunos de los miedos que atormentan a la mayoría de la humanidad: el dolor, el hambre, la pobreza, el frío… Conviviendo a diario con todos estos miedos de una forma voluntaria, tratando de dominarlos, el faquir consigue librarse de cualquier influencia que estos puedan ejercer sobre su voluntad, logrando así un cierto tipo de libertad y de confianza en sí mismo.

Sin embargo, para todo existen ciertos límites que nunca deben ser rebasados. Un faquir de la India, acostumbrado a perforar todo su cuerpo con hierros candentes, jamás se atrevería, por ejemplo, a viajar a occidente y sufrir la terrible disciplina ascética a que son sometidos todos los habitantes de los países más modernos y desarrollados. Cualquier faquir palidecería de horror al contemplar los severos ejercicios de mortificación que los ciudadanos occidentales se infligen a sí mismos cada día. Esta espiritualidad masoquista occidental, tan superior y excesiva respecto a la oriental, es vulgarmente designada con el nombre de publicidad.

Desde que se levantan hasta que se acuestan, los ciudadanos occidentales se torturan cada día a sí mismos sometiéndose a las más sutiles y despiadadas formas de publicidad. Su campo visual es constantemente invadido por carteles publicitarios de colores y contenidos insufribles, sus oídos son perforados por repetitivos anuncios radiofónicos llenos de músicas obsesivas, sus cabezas son vaciadas de cualquier tipo de idea por las omnipresentes televisiones comerciales, sus gustos son anulados, sus aspiraciones falsificadas, sus deseos corrompidos… Nada escapa al terrible dominio de la publicidad.

Esta forma de tortura está tan interiorizada en el espíritu occidental que la mayoría de las personas, al ser interrogadas, negarán someterse voluntariamente a ella. Todos afirmarán que son sometidos a la publicidad en contra de su voluntad. Pero este argumento resulta totalmente ridículo. ¿Acaso puede alguien pensar que toda la ingente cantidad de dinero que cuesta la publicidad aparece de repente de la nada? Todo ese dinero, en realidad, es ofrecido religiosamente por las mismas personas que más tarde se quejan de esa publicidad. Porque, evidentemente, cada vez que una persona cualquiera compra un producto de consumo, una parte del dinero que paga se destina invariablemente a financiar la publicidad con que más tarde será torturada.

Y la cantidad de dinero que los occidentales pagan para ser torturados no es poca. Puede calcularse, como mínimo, en el orden de cientos de millones de euros cada año. De esta forma, si los ciudadanos no pagasen los costes de la publicidad al comprar sus productos, el precio que pagan por ellos bajaría de una forma considerable. En otras palabras, si no existiese la publicidad todo sería más barato.

Es bastante conocido, por ejemplo, que las empresas farmacéuticas gastan en la promoción de sus medicamentos casi el doble de lo que gastan en investigación y desarrollo. Si no existiese la publicidad, sin duda se descubrirían muchos más medicamentos para las más variadas enfermedades y todos ellos se venderían a un precio bastante menor que el actual.

La espiritualidad accidental, sin embargo, llega a ser mucho más perversa. Desde los órganos del poder, se intenta engañar continuamente a los ciudadanos haciéndoles creer que todo aquello que es financiado por la publicidad o por actividades comerciales resulta gratis. Por ejemplo, se dice que un canal estatal de televisión, financiado a través de los impuestos, resulta caro de mantener, mientras que un canal comercial es completamente gratis. En realidad, este último se financia a través de la publicidad, es decir, a través de lo que los ciudadanos pagan al consumir cualquier producto. Pero lo peor de todo es que el servicio suministrado por este tipo de canales no se guía por el interés público, sino que obedece a los oscuros propósitos de lucro y rentabilidad de una minoría. Lo mismo se puede decir de cualquier otro servicio, ya sea de televisión, de radio, de agencias estatales, de institutos privados, etc, que se financie por medio de la publicidad. Al final estos servicios gratuitos acaban por ser mucho más caros para el ciudadano. Y son además una inestimable fuente de tortura para la población.

Prohibir la publicidad sería una forma de liberar a los ciudadanos de una innoble y despiadada forma de tortura. Pero también sería una forma de bajar los precios de todos los productos, incluyendo los de mayor necesidad, que también son frecuentemente gravados por la publicidad. La promoción de los nuevos productos que aparecen en el mercado podría hacerse simplemente a través de revistas especializadas u otros medios de difusión dirigidos a los distribuidores comerciales. Y además, de esta forma el valor del nuevo producto sería medido únicamente por su calidad y no por la mayor o menor cantidad de dinero gastado en su promoción.

A pesar de atravesar su cuerpo con hierros candentes, la mayoría de los faquires no sabe la forma envidiable de vida que lleva.

10/11/09

La estrategia del parche.

Entrar en un restaurante y pedir un plato de sopa parece una cosa simple. Se trata, básicamente, de sentarse en una silla junto a una mesa sobre la cual, momentos más tarde, es servido un plato lleno de un caldo bien caliente y, utilizando de la mejor manera posible una cuchara, ingerir discretamente este sabroso alimento. Sin embargo, hoy en día, en un mundo moderno como el nuestro, un acto tan simple como éste puede convertirse en una auténtica pesadilla.

Imagine que, por un imperdonable descuido, entra usted en un restaurante que se asume como fervoroso seguidor de la modernidad y del progreso. Puede depararse, para su sorpresa, con que el plato que le ponen delante no tenga la habitual forma cóncava, sino una forma convexa. Este moderno diseño supone, sin duda, un importante avance tecnológico, pues facilita la posterior limpieza del plato y mejora las condiciones higiénicas. Sin embargo, cuando el camarero venga a servirle comprobará que la sopa escurre por la superficie del plato y se derrama inevitablemente por toda la mesa. Al final, este nuevo diseño no resulta ser tan ventajoso. Así, lo mejor sería reconocer el error y sustituir este plato por el tradicional plato cóncavo.

Pero no. Hacer esto sería atentar contra el progreso. Sería una intolerable vuelta al pasado, un retroceso histórico hacia el oscurantismo de otros tiempos. Debemos confiar siempre en la tecnología, capaz de solucionar este problema, o cualquier otro, de una forma moderna, eficaz e imaginativa. Efectivamente, bastará con añadir a la sopa un espesante químico fabricado, por ejemplo, con cualquier sustancia cancerígena, para que, al ser servida, la sopa solidifique al instante y no escurra por la superficie convexa del plato. Claro que, siendo sólida la sopa, la cuchara dejará entonces de ser eficaz. Pero esto puede solucionarse conectando la cuchara a la electricidad y acoplándole una resistencia que caliente el metal a una temperatura elevada. Así la cuchara conseguirá entrar fácilmente en la sopa y retirar pedazos de ella. Es evidente que usted se quemará la mano al coger esta cuchara, pero podrá evitarlo usando un grueso guante de amianto. Y como, usando este guante, perderá sensibilidad en los dedos, deberá utilizar una máquina automática que guíe su mano hasta la sopa y luego hasta su boca. Para evitar mancharse, pues la máquina será algo imprecisa, deberá ponerse también un embudo en la boca. Y como la sopa sólida seguramente se atascará en el embudo, tendrá que calentar el embudo con otra resistencia para volver otra vez líquida la sopa. Para evitar que el embudo caliente le queme la boca…

Sí, entrando en este restaurante y siguiendo todos estos procedimientos, usted se habrá convertido en una víctima de la estrategia del parche. Esta estrategia, tan común en nuestro tiempo, consiste en no reconocer nunca que se eligió un camino errado. Si el rumbo trazado se revela como equivocado, la única opción admisible es huir siempre hacia adelante, complicándolo todo aún más. Podemos decir que si errar es humano, reconocer que se erró es, para los seguidores de la estrategia del parche, algo totalmente sobrehumano. En vez de enfrentar y solucionar los errores, lo que se hace es ponerles un parche por encima, y sobre este parche otro, y otro, y otro.

En el mundo que vivimos, la estrategia del parche es claramente predominante. Podemos verla aplicada a cualquier asunto. Por ejemplo, en la agricultura vemos cómo las plantaciones extensivas fueron sustituidas por las intensivas. Siendo los abonos naturales insuficientes, se sustituyeron por los químicos, que alteraron el suelo. Para este suelo más pobre fue necesario crear nuevas variedades de plantas, más abonos y potentes herbicidas e insecticidas. Para poder adicionar aún más cantidad de estos venenos, se crearon entonces las plantas transgénicas, que consiguen resistirlos mejor. Pero el ambiente sucumbe ante esta enorme agresión química y se hará necesario inventar un nuevo y aberrante parche. Por su parte, la adopción de la ganadería intensiva también implicó una absurda y progresiva utilización de piensos sintéticos, de antibióticos, de hormonas… El alimento, producido de una forma cada vez más moderna, es ahora siempre de peor calidad y más peligroso para la salud humana.

En materia de energía, los combustibles fósiles se utilizaron para crear modelos de desarrollo completamente insostenibles. Cuando estos combustibles revelan ahora su impacto sobre el clima terrestre, se pretende ilusoriamente desviar los gases producidos hacia el subsuelo. Este enorme parche permitiría rehuir el problema y seguir consumiendo petróleo alegremente como hasta ahora. Y como el petróleo empieza también a escasear, se recurre también a otras fuentes de energía igualmente destructivas. Se arrasan los bosques para cultivar plantas productoras de biocombustibles, necesarios para mantener todos los coches en movimiento. Y también se utiliza aún más la energía nuclear, altamente contaminante, o se hace un uso ilógico y absurdo de la energía eólica e hidráulica. Todo ello para mantener el mismo modelo de sociedad basado en el abuso y el desperdicio energético.

En nuestro mundo actual, cualquier idea considerada moderna es siempre indiscutible y no tiene vuelta atrás, por más absurda y catastrófica que se revele. Y esto es así porque nada ni nadie puede frenar el progreso.

27/10/09

Democracia y carreras ecuestres.

La elección de buenos gobernantes ha sido, en todas las épocas, un problema de difícil solución. Muchas veces se han dado incluso casos bastante paradójicos. Hace dos mil años, por ejemplo, el cónsul romano Incitatus se convirtió en uno de los gobernantes más famosos y aclamados por el pueblo. Y sin embargo, objetivamente, podemos decir que no era un gobernante de grandes cualidades. No destacaba en leyes, ya que ni siquiera sabía escribir. Tampoco hacía grandes discursos, pues raramente hablaba. Decidir, en realidad nunca decidía nada. Y en cuanto a órdenes, parece que nunca dio ninguna. El único lugar en que brillaba con luz propia, entusiasmando al pueblo, era en las carreras de caballos. Y esto es así porque Incitatus era en realidad… un caballo. Incitatus era el caballo de carreras favorito del emperador Calígula, quien, en un momento de exaltación, o quizás de locura, recompensó a su brioso animal nombrándole cónsul y sacerdote del imperio romano.

Los tiempos avanzaron mucho desde entonces y, en la actualidad, no se permite que los caballos ocupen puestos de gobierno. En este momento sólo se permiten gobernantes que cumplan, al menos, dos requisitos básicos: pertenecer a la raza humana y ser decididamente democráticos. Distinguir a un hombre de un caballo resulta relativamente fácil, en la mayoría de los casos. Pero, en cambio, ¿qué significa exactamente ser democrático? ¿Cómo podemos caracterizar o definir adecuadamente la democracia?

La democracia, en primer lugar, se define por un objetivo: que el poder sea ejercido por el pueblo, siendo éste el único soberano. Cualquier gobierno democrático, como expresión de la voluntad de todos los ciudadanos, deberá defender el bien común, el bien que es de todos. Es decir, deberá gobernar tanto para satisfacer la voluntad general de la mayoría como para satisfacer las voluntades generales de las minorías, evitando que estas últimas puedan ser desplazadas o privadas de sus derechos.

Así, cuando un gobierno actúa en contra de los derechos de cualquier minoría, podrá decirse que no existe democracia o que ésta es un completo fracaso. Y también será un fracaso cuando, más frecuentemente, el gobierno siga exclusivamente los intereses de una determinada minoría, ignorando o despreciando los derechos de la mayoría de los ciudadanos. En este último caso estaremos ante una oligocracia (u oligarquía).

En segundo lugar, la democracia debe tener una forma: una constitución que defina las normas básicas de gobierno, garantizando en todo momento la existencia de un poder democrático. La constitución, fijando claramente los límites de cualquier acción política, evita que las acciones de gobierno se salgan de los moldes democráticos. Así, deslegitima las acciones de gobierno que no lleguen a los límites básicos, dejando al país sumido en algún tipo de anarquía. Y deslegitima también las acciones que excedan ciertos límites, anulando la democracia y sustituyéndola por algún tipo de tiranía.

Hay por tanto una serie de principios básicos que toda constitución democrática debe necesariamente garantizar a los ciudadanos: una alimentación suficiente y saludable, un trabajo respetable, una vivienda digna, una asistencia sanitaria solidaria, igualdad en el tratamiento social, acceso libre a la educación, etc. Cuando un gobierno no cumple o respeta estos principios fundamentales, o cuando cumple algunos sí y otros no, podemos afirmar que el gobierno y el país no son democráticos.

Y por último, la democracia debe tener una realización: debe desarrollarse en un necesario ambiente de libertad, de justicia y de transparencia. En ningún momento podrá garantizarse un régimen democrático si no hay una expresión libre de la voluntad política de los ciudadanos, una igualdad de todos ellos en relación al gobierno o un conocimiento público y veraz de todos los hechos.

Enunciadas estas tres condiciones, podemos ahora reflexionar sobre el carácter democrático de los actuales regímenes europeos y de sus gobernantes. Vemos, por ejemplo, cómo dichos gobiernos aumentan continuamente las desigualdades sociales, favoreciendo siempre a una minoría privilegiada y dejando de lado a la mayoría de la población. Vemos también cómo los derechos constitucionales son sistemáticamente olvidados, privando a una buena parte de los ciudadanos de sus derechos básicos. Vemos asimismo cómo las sociedades europeas se desarrollan en un ambiente de desigualdad y de poca transparencia, estando la información pública en manos de grupos financieros o bajo la interferencia de los gobiernos. Y vemos también, por último, la expresión política de los ciudadanos reducida al mínimo, limitada a unas elecciones simuladas basadas en la propaganda, la manipulación y la incultura. No parecen, por tanto, darse ninguna de las condiciones que caracterizan a la democracia. En cambio, sí parecen darse muchas, demasiadas, de las que caracterizan a las oligocracias.

Ante este panorama, podemos decir que es una lástima que Europa no esté dirigida por gobernantes mucho más esclarecidos y democráticos, como fue, sin duda, el noble cónsul Incitatus. Para el bien de Europa, digna heredera del antiguo imperio romano, resulta necesario que vuelva a permitirse gobernar a los caballos. ¡Antes un caballo mudo y veloz que una galopante pandilla de oligarcas!

15/10/09

Invocar al ángel de la perversidad.

Existe toda una serie de personajes, tanto históricos como imaginarios, que tradicionalmente han sido tratados con gran desprecio, a veces incluso con repugnancia, por la opinión pública más bien pensante. Podemos citar aquí algunos ejemplos: Atila, terrible rey de los hunos, la bruja malvada que aprisionó a Hänsel y Gretel en su cabaña de mazapán, el misterioso y siniestro Jack el Destripador, piratas crueles como el capitán Barbarroja, los famosos y siempre desalmados traficantes de esclavos, etc.

Hasta ahora, todos estos personajes eran vistos como monstruos despiadados y sanguinarios. Sin embargo, en la actualidad, esta visión negativa que se tenía de ellos está comenzando a cambiar. Y esto es así porque, a la luz de las ideas neoliberales que dominan el mundo actual, todos ellos comienzan a revelarse ante nuestros ojos como auténticos héroes. Todos ellos, de forma modesta y silenciosa, hicieron algo que favoreció el bienestar de todos los pueblos del mundo, aproximándolos al siempre tan ansiado objetivo de la riqueza universal. Sí, todos ellos… crearon puestos de trabajo.

No cabe la menor duda. Consideremos, por ejemplo, al bárbaro Atila. Este famoso caudillo contrataba un número ingente de soldados en cada una de sus sangrientas correrías, y cuando la mayoría moría, pocos días después, siempre reclutaba aún más. Gracias a él, no existían nunca personas desempleadas. Por su parte, la bruja de la cabaña de mazapán fue, en realidad, un ejemplo admirable de iniciativa empresarial. Su mesón, que tenía por especialidad gastronómica los niños asados, dinamizaba la economía del bosque y creaba muchos puestos de trabajo entre los duendes, empleados allí como camareros. ¿Y qué podemos decir del sanguinario Jack? Nunca el sector de las funerarias estuvo tan floreciente, empleando a tantos trabajadores. El pirata Barbarroja, por su parte, creó numerosos puestos de trabajo en el sector naval. Y los traficantes de esclavos, que transportaban a los trabajadores hasta las plantaciones, donde existía una gran demanda de mano de obra, no hacían otra cosa sino permitir la creación de empleo y estimular la economía.

Sí, porque en los días de hoy lo importante, lo admirable, es crear puestos de trabajo. No importa si, para ello, se comete algún pequeño crimen, o incluso uno un poco más grande o un poco más desmedido. Matar, comer, envenenar, explotar, asesinar a alguien… no dejan de ser pequeños detalles, algo que no se compara a la creación de empleo, ese bien tan precioso para la actual sociedad industrial. Nada existe, por tanto, más digno de admiración que los grandes creadores de empleo de la actualidad, eximios benefactores de la humanidad: los comerciantes internacionales de armas, los empresarios que buscan mano de obra del tercer mundo, los banqueros y financieros dedicados al fraude y a la usura, los gobernantes corruptos que llenan de cemento sus propios países, los promotores de grandes centrales nucleares… El bien supremo es siempre la creación de puestos de trabajo.

De todo esto se concluye que el mundo en que vivimos se olvidó de algunas cosas. Para comenzar, se olvidó de que los puestos de trabajo no son creados por una única persona. En realidad, son creados conjuntamente por diversos sujetos activos y pasivos: los trabajadores, el capital inversor, la gestión empresarial, los consumidores del producto, las leyes y usos laborales, etc. Quien toma la iniciativa de abrir y gestionar una empresa se limita a seguir, junto con los otros intervinientes, las indicaciones dadas por la realidad del mercado.

Y claro, su objetivo no es beneficiar a la humanidad creando empleo. Su objetivo es simplemente el lucro personal. Para ello no dudará, en muchos casos, y tal como se ve tantas veces, en explotar abusivamente a los trabajadores, en apoderarse de forma fraudulenta del capital de la empresa, en someter a los consumidores a una publicidad agresiva y persistente, o incluso en tratar de modificar las leyes laborales existentes… El supuesto benefactor de la humanidad no es, muchas veces, más que un tirano poseído por una avaricia desmedida.

Otra cosa olvidada por nuestro mundo actual es que el trabajo es un derecho constitucional. Corresponde, por tanto, al estado asegurar que todos los ciudadanos tienen trabajo, ya sea creando empresas o empleo público, ya sea favoreciendo la formación de empresas privadas que respeten las leyes. Sin embargo, los gobernantes neoliberales de la actualidad incumplen este mandato constitucional y renuncian a crear o a asegurar el empleo de los ciudadanos. La iniciativa privada pasa a ser, por tanto, la única en formar empresas, la única a partir de la cual se forma el poco empleo existente. Así, cualquier ciudadano que se incorpore a una de estas empresas privadas tiene la obligación de agradecer a la persona que lo contrata la dádiva de su puesto de trabajo. Y, claro, si no quiere quedar desempleado, debe perdonarle también todos sus pequeños o grandes crímenes. Aunque estos atenten contra su propia salud o dignidad.

Hoy en día, a cualquier criminal que es llevado ante el juez le basta con invocar a este nuevo ángel de la perversidad para, al instante, salir en completa libertad. Sólo necesita decir: yo creé puestos de trabajo.

25/9/09

Ciencia ética o ciencia patética.

Hace unos 2.400 años, un filósofo griego llamado Demócrito teorizó sobre la composición de la materia. Según afirmaba, la materia estaría formada por unas partículas indivisibles que pasaron a llamarse átomos. Mucho tiempo después, pasados más de mil años, los llamados alquimistas buscaron incesantemente el secreto de la piedra filosofal, por la cual pretendían convertir otras sustancias en oro. Fueron ellos los que sentaron las bases de la química moderna al demostrar que algunos compuestos, mediante ciertas reacciones, podían transformarse en otros completamente diferentes. Pasados otros mil años, un modesto monje llamado Mendel formuló las leyes genéticas de la herencia mientras se entretenía en plantar unos guisantes en su jardín. Como demostró, los genes se transmitían entre generaciones siguiendo unas determinadas reglas.

Todos estos filósofos y científicos eran, aparentemente, personas admirables. Sin embargo, pese a su aspecto sencillo e inocente, quizás podamos decir que se encuentran entre los mayores criminales de toda la historia de la humanidad… Sí, esta afirmación puede parecer algo sorprendente. Pero pensemos por un momento en lo siguiente: ¿no fueron ellos los precursores de ciencias que provocaron y provocan, hoy en día, miles y miles de muertes?

Si Demócrito no hubiese iniciado unas ideas que más tarde llevarían a la construcción de la bomba atómica, nunca habría existido el genocidio de Hiroshima. Si los alquimistas no hubiesen hecho los primeros experimentos para crear nuevos compuestos, no se habrían creado los clorofluorocarbonos (CFC), compuestos que están destruyendo la capa de ozono y provocando miles de víctimas. Si Mendel no hubiese dado inicio al estudio de la genética, no se habrían creado los organismos genéticamente modificados (OGM), que están siendo introducidos en los ecosistemas y provocarán efectos catastróficos en el futuro.

Podemos pensar, con toda razón, que el pobre Demócrito no fue responsable, ni mucho menos, de la creación de las bombas atómicas varios milenios después. O que a Mendel nunca le pasó por la cabeza que alguien pudiese, un siglo más tarde, utilizar sus guisantes para producir la contaminación genética de las más diversas especies. Ellos eran científicos que investigaban la naturaleza de las cosas. Su objetivo era simplemente ampliar el conocimiento para que éste pudiese ser utilizado para el bien de la humanidad.

Pero aquí está precisamente el problema: para que pudiese ser utilizado ¿cómo?, ¿por quién? y ¿realmente, para el bien de la humanidad? No cabe duda de que sus valiosos descubrimientos fueron utilizados por muchas personas: unas veces cultas y sabias, otras veces completamente ignorantes. Unas veces para realizar cosas maravillosas, otras veces para realizar las cosas más abominables del mundo. Cualquier tipo de conocimiento es en realidad un arma de doble filo: puede ser utilizado tanto para el bien como para el mal. Es decir, el conocimiento está inevitablemente sujeto a la ética.

En realidad toda ciencia, como epígono de la filosofía, como búsqueda humana de un conocimiento dirigido hacia un objetivo, ya sea concreto o difuso, es una extensión de la ética y está subordinada a ella de forma natural. Cualquier nuevo descubrimiento científico es, por tanto, inseparable de su raíz ética.

Sin embargo, la ciencia que vemos hoy en día a nuestro alrededor no es una ciencia ética, sino, en todo caso, una ciencia patética. En la mayoría de los casos, la ciencia actual está despojada de cualquier ética o de cualquier principio ético. Es por ello una falsa ciencia.

La mayoría de los científicos actuales no sabe ni se preocupa lo más mínimo por la ética. Y sus investigaciones no tienen necesariamente como objetivo el bien de la humanidad. Como auténticos profesionales que son, los científicos se limitan a estudiar aquello para lo cual hay dinero, aquello para lo que les pagan. Su área de conocimiento, además, llega a ser tan especializada y su campo de acción tan limitado que, muchas veces, sus supuestos objetivos resultan incoherentes o contradictorios. Y muy a menudo, su ignorancia de otros campos del saber les lleva a creer en la falsa bondad de sus investigaciones o de su posterior aplicación.

Una vez realizan un descubrimiento, los científicos actuales dejan su utilización en manos de otros, despreocupándose por completo de sus consecuencias. La mayoría piensa incluso que no les corresponde a ellos aplicar sus descubrimientos. Eso corresponde a cualquier otra persona, sin duda más ignorante. Y si ésta los emplea para realizar el mal, eso no es asunto de ellos.

No cabe duda de que esta actitud habría escandalizado a Demócrito, a Mendel o a los alquimistas, cuya dimensión ética podemos suponer muy superior a la de los científicos actuales. No a la de todos, evidentemente. Pero a nadie se le escapa que la mayoría de la patética ciencia actual es una mera actividad mercantilista, sin ningún cerebro, sin ninguna ética y sin ninguna… ciencia.

29/7/09

El triángulo bidimensional de la política.

Hace un par de siglos, para subir a lo alto de la montaña sólo era necesario dar una decena de pasos, los mismos que eran necesarios para descender desde la montaña hasta el pantano. Esto sucedía durante los turbulentos y gloriosos tiempos de la Revolución Francesa. La asamblea legislativa de aquella época estaba dividida entre los representantes más revolucionarios y democráticos, atrincherados en los asientos superiores, y los representantes más conservadores, cómodamente instalados en los asientos inferiores. Bien pronto estos dos grupos recibieron nombres alusivos a su posición en la cámara: los habitantes de las alturas fueron llamados la Montaña, mientras que los habitantes de la llanura fueron llamados el Llano o, más jocosamente, el Pantano.

Tras la ascensión de la Montaña y su posterior hundimiento, la nueva cámara quedó sumida en el Pantano. No habiendo ya valles ni montañas en el horizonte, pasó entonces a adoptarse una nueva terminología, menos tridimensional, para designar las tendencias ideológicas resultantes. Por el hecho de utilizar los asientos situados a un lado o a otro de la cámara, los conservadores pasaron a ser llamados la Derecha y los más liberales la Izquierda. Esta designación tuvo un enorme éxito y pasó a utilizarse en lo sucesivo, llegando sin grandes cambios hasta nuestros días.

Sin embargo, esta terminología genera en la actualidad muchas confusiones. Hoy en día abundan las gentes pantanosas que afirman ser de izquierda. Otras personas, venidas de la montaña, se arrastran alegremente por el fondo de las llanuras de la derecha. Individuos de evidente naturaleza extremista aseguran estar en el centro y se presentan a sí mismos como un ejemplo de moderación y de virtudes. Y otros, finalmente, andan de un lado para otro y nadie sabe muy bien dónde encontrarlos.

Gran parte de esta confusión se debe a la insistencia en utilizar la vieja terminología unidimensional derechaizquierda. Para entender mejor la política es necesario devolverle, como mínimo, la bidimensionalidad. Y para ello nada mejor que utilizar, por ejemplo, la forma del triángulo, siempre tan útil para el método dialéctico y su tríada de conceptos: tesis, antítesis y síntesis.

Así, en este triángulo político vemos, en primer lugar, una base situada entre los dos vértices inferiores. En el vértice izquierdo tenemos a los conservadores, mientras que en el vértice derecho encontramos a sus antitéticos, los liberales. Los primeros defienden un mundo regido por leyes degeneradas. Los segundos, por el contrario, defienden un mundo degenerado en que no existen leyes, regido únicamente por los caprichos del mercado.

Los conservadores defienden los derechos de una minoría privilegiada que es dueña de grandes posesiones materiales (herencia lejana del feudalismo) y que vive con un miedo constante de perderlas. Por ello, intentan defender sus posesiones imponiendo a la sociedad unas leyes férreas e inmovilistas. Los liberales, por el contrario, defienden a una minoría privilegiada en ascensión que, sin grandes propiedades materiales, acumula dinero y poder financiero. Tratan, por tanto, de impedir la existencia de cualquier tipo de ley, pues éstas supondrían un obstáculo para la acumulación de más riqueza.

A pesar de estos dos grupos ser antitéticos, esto no quiere decir que no sepan unirse contra el enemigo común, llegando en ocasiones a apoyar gobiernos de naturaleza tiránica. Además, los burgueses, en la medida que utilizan su dinero para comprar posesiones, se aproximan a los conservadores. Y los grandes propietarios, en la medida que convierten sus posesiones en dinero, se convierten en liberales.

Como superación de este espectro de partidarios de la oligocracia, ya sea de orientación feudalista o capitalista, surge el otro vértice del triángulo. En él se encuentran los modernos movimientos defensores de la democracia: comunismo (o socialismo científico), anarquismo, pacifismo, ecologismo, etc. Bajo diferentes perspectivas, con mayor o menor éxito, todos estos movimientos defienden el bien común de la población sobre bases éticas y científicas.

Nos es posible entender mejor la política actual si observamos la geometría de este triángulo. El vértice izquierdo pretende anular la libertad individual. Los otros, por el contrario, abogan por la libertad del individuo, en un caso basada en el individualismo y en el otro en la libertad social. El vértice derecho pretende imponer la ausencia de leyes. Los otros, por el contrario, defienden la existencia de leyes, en un caso de naturaleza represiva y en el otro basadas en la justicia. Y, por último, el vértice superior defiende la democracia. Los otros, por el contrario, pretenden perpetuar el poder abusivo de una minoría, ya sea de viejos o de nuevos ricos.

Si ya quedó claro que el mundo no es plano, sino redondo, ¿por qué continuar utilizando un modelo unidimensional para definir las ideologías?

16/7/09

La sorprendente muerte de los asesinados.

Grandes personajes de la historia de la humanidad sufrieron, en el ocaso de sus días, muertes sorprendentes e inesperadas. Por ejemplo, Julio César, el famoso general romano, murió súbitamente al sufrir una perforación múltiple de pulmón e intestinos cuando acudía al Senado. Varios siglos después, durante el Renacimiento, el célebre filósofo Giordano Bruno falleció por un calentamiento repentino mientras participaba en una celebración pública. Algún tiempo más tarde, también durante una celebración pública, el revolucionario francés Maximilien Robespierre murió súbitamente cuando se le cayó de repente la cabeza. Y bastantes años después, el escritor español Federico García Lorca llegó al final de sus días debido a traumatismos múltiples producidos por pequeños objetos metálicos durante el transcurso de un acto militar.

Claro que muchas personas defendieron siempre, quizás con cierto deseo de polemizar, que todas estas muertes no fueron naturales. Así, afirmaban que Julio César fue apuñalado, que Giordano Bruno fue quemado en una hoguera, que Roberpierre fue guillotinado o que García Lorca fue fusilado… En definitiva, defendían que todos estos personajes ilustres murieron, en realidad, asesinados.

Pues bien, hoy en día, gracias al creciente sentido crítico aplicado en el campo de la historia, estas teorías están plenamente aceptadas. Nadie pone ya en duda que las muertes referidas se debieron a asesinatos. Sin embargo, es necesario reconocer que, en nuestras sociedades modernas, la confusión entre muerte natural y asesinato es más frecuente de lo que se piensa. Un buen ejemplo de esto lo tenemos en el tratamiento que se da a las especies cuya supervivencia se encuentra amenazada.

Cuando actualmente una especie está próxima de desaparecer se dice que está en peligro de extinción. Es el caso, por ejemplo, de los rinocerontes o de los gorilas. Y lo cierto es que para estos animales, sistemáticamente cazados y matados todos los días por el hombre, nada existe más fácil que extinguirse. Podemos decir que cualquier especie, siendo objeto de un exterminio sistemático, es capaz de extinguirse sin necesidad de mucho esfuerzo. Extinguirse no es así por tanto un peligro, sino una forzosa constatación.

Conviene aclarar un poco las cosas. La extinción es un proceso evolutivo que se puede comparar a la muerte natural de una especie. Cuando en un determinado ecosistema aparece una especie nueva, es posible que ésta desempeñe una función ecológica equivalente a la de otra ya existente. En este caso, si la nueva especie consigue realizar la misma función de una forma más eficiente, acabará por desplazar a la anterior. Y esta última acabará probablemente por desaparecer, por extinguirse.

Claro que, a lo largo de la historia geológica, también ocurren algunos accidentes. En ocasiones se producen acontecimientos fortuitos que provocan una auténtica sacudida en el proceso evolutivo. Son las llamadas extinciones en masa, de las que conocemos unas pocas gracias al registro fósil. En estos casos, siempre excepcionales, grandes cantidades de especies desaparecen sin ser sustituidas por otras, aunque con el paso del tiempo (millones de años) esto acaba por suceder.

¿Será que lo que ocurre actualmente con las especies amenazadas tiene algo que ver con la extinción, la muerte natural o con la sustitución de unas especies por otras? Pues evidentemente no. Estas especies son simplemente eliminadas por el hombre de una forma absurda e irracional. Muchas desaparecen debido a una persecución directa, pero otras muchas desaparecen debido a la eliminación completa del ecosistema en que viven. Ninguna de estas especies es sustituida por otra más eficiente. No son sustituidas por nada. Tras ellas únicamente queda el vacío.

Aunque a veces este vacío no es inmediato. Con frecuencia el hombre sustituye los ecosistemas naturales por campos de cultivo u otros tipos de explotación, introduciendo también con ellos las especies domésticas asociadas. Sin embargo, a pesar de los frutos inmediatos que proporcionan al hombre, estas explotaciones tienen un tiempo de vida limitado. Tarde o temprano, la mayoría de estas tierras acaba sufriendo la inevitable desertización.

Hay quien considere que el hombre es simplemente un accidente en la historia de la evolución. Así, la actual y masiva desaparición de especies que provoca debería ser considerada como una nueva extinción en masa, la sexta que se conoce en la historia de la vida. Pero lo cierto es que con el conocimiento científico que el hombre posee en la actualidad, difícilmente se podría calificar toda esta masacre como un simple accidente. Es en realidad un acto voluntario y premeditado. Tan premeditado como lo es apuñalar, quemar, guillotinar o fusilar.

No deje extinguir su lucidez. Por su propio interés, salve a las especies en peligro de exterminio.

9/7/09

La eterna culpabilidad de los dioses.

Se cuenta que una vez, en unas lejanas montañas, un joven pastor tenía a su cargo el cuidado de un enorme rebaño de ovejas. Debido a la presencia numerosa de lobos, cuyas manadas rondaban incesantemente las montañas, el pastor se veía obligado a guardar cada noche las ovejas en el interior de un cercado de altas y firmes paredes. De esta forma, las ovejas permanecían seguras, sin riesgo de ser robadas por los lobos.

Los lobos, hartos de pasar hambre, se reunieron una noche y, tras mucho discutir, decidieron poner en práctica un astuto plan. Acordaron que, a partir de entonces, cada vez que encontrasen al pastor deberían fingirse asustados y huir dando grandes aullidos de pavor. El objetivo era hacer pensar al pastor que tenían un enorme miedo de él. Y fue de este modo, a partir de entonces, que los lobos empezaron a engañar al pastor, mostrándose siempre asustados cuando lo veían. Pasado algún tiempo, el joven pastor comenzó a mostrarse cada vez menos receloso de los lobos y, envalentonado, llegó a creer que, si se lo propusiese, podría acabar con todos ellos de un solo golpe de su cayado.

Sucedió una noche que el pastor, ya en exceso confiado, no se molestó en cerrar la puerta del cercado. Y, claro, al día siguiente se encontró con que el cercado estaba completamente vacío. Los lobos, que habían estado esperando ansiosamente ese momento, habían robado todo el rebaño durante la noche.

Cuando los habitantes de la aldea, llenos de indignación, se enteraron de que habían perdido todas sus ovejas fueron a ver al pastor. Éste, para sorpresa de todos, los recibió con gran tranquilidad y les explicó que él no era responsable por la pérdida del rebaño. “Fue la voluntad de los dioses”, dijo con una gran humildad. Los dioses, esos sí, eran los auténticos culpables de la pérdida de las ovejas. El hecho de que él hubiese dejado abierta la puerta del cercado, dejando el camino libre a los lobos, carecía de importancia. Fueron los dioses quienes decidieron que inevitablemente ocurriese esta desgracia.

Los aldeanos, todos muy devotos de los dioses, aceptaron la explicación del pastor y se lamentaron amargamente de que las divinidades hubiesen decidido privarles de sus ovejas. Tuvieron también pena del pastor, víctima inocente de los ineludibles mandatos divinos. Por ello, decidieron recompensarle generosamente, gracias a lo cual el joven pastor prosperó.

Varios siglos después, un descendiente de ese pastor llegó a ocupar la jefatura del gobierno de aquel país. Este gobernante, lleno siempre de una pastoril inocencia, escuchó un buen día los exaltados discursos de los grandes predicadores del neoliberalismo económico. Fascinado entonces por las enormes posibilidades que las mercancías y el capital extranjero supuestamente podrían dar a la economía del país, decidió probar tales ideas. Y así, poco tiempo después, viendo la llegada de tantos nuevos productos y la visita de tantos inversores extranjeros, llegó a la conclusión de que el libre comercio sin duda aseguraría al país un futuro próspero y radioso. Perdiendo así todos sus recelos, decidió abrir al comercio todas las fronteras del país.

Años más tarde, el descendiente del pastor se levantó de su cama y, asomándose a la ventana del palacio de gobierno, miró hacia fuera y comprobó que de la economía del país ya no quedaba nada. Los grandes comerciantes y los inversores extranjeros, no se sabía muy bien por qué, se habían marchado a otra parte y se lo habían llevado todo. Durante los últimos años se habían adueñado de la economía del país, habían utilizado a los obreros para enriquecerse, habían agotado todos los recursos disponibles, habían recibido con agrado la cuantiosa ayuda financiera del estado, siempre deseoso de apoyar la actividad industrial… Y ahora, sin más ni menos, se habían ido a otra parte. La economía, tal como el país, se había quedado vacía y completamente arruinada.

Los ciudadanos del país, llenos de indignación, fueron entonces a ver a su gobernante para exigirle explicaciones sobre lo sucedido. Éste, para sorpresa de todos, los recibió con gran tranquilidad y les explicó que él no era responsable por la pérdida de la economía del país. “Fueron los designios de la crisis económica internacional”, dijo con una gran humildad. La crisis, esa sí, era la auténtica culpable de la ruina del país. El hecho de haber dejado abiertas las fronteras, dejando el camino libre a la voluntad de las grandes y poderosas compañías multinacionales, carecía de importancia. Fue la crisis internacional la que decidió que inevitablemente ocurriese esta desgracia.

Los ciudadanos, todos muy devotos, aceptaron la explicación del gobernante y se lamentaron amargamente de que la crisis hubiese decidido arruinarles su economía. Tuvieron también pena del gobernante, víctima inocente de los ineludibles mandatos de la crisis internacional. Por ello, decidieron recompensarle generosamente, gracias a lo cual el gobernante prosperó aún más.

2/7/09

La nueva cocina alienígena.

Son numerosas las novelas de ciencia-ficción que relatan la llegada a la Tierra de seres alienígenas provenientes de otros planetas. Estos alienígenas, debido a la avanzada y maravillosa tecnología que poseen, son normalmente considerados como seres superiores. Y como es natural, siendo seres superiores, los escritores de las novelas de ciencia-ficción acaban siempre por describirlos como seres muy parecidos a ellos mismos. Así, los seres alienígenas tienen casi siempre un aspecto humano, tal como los propios autores de las novelas. Poseen unos ojos grandes y miopes, tal como los propios autores de las novelas. Presentan una notable agudeza intelectual, tal como los propios autores de las novelas. Y están siempre muertos de hambre, …tal como los propios autores de las novelas.

Es frecuente en este tipo de novelas que los alienígenas, después de establecer un primer contacto amigable con los humanos, empiecen luego a comérselos con gran apetito. Los pobres humanos, aterrorizados, intentan desesperadamente escapar. Pero nada pueden hacer contra la superior tecnología de los alienígenas. Tarde o temprano acaban por convertirse en su merienda. ¿A qué se deberá el hambre asombrosa y desmedida que parecen poseer todos estos extraterrestres? ¿Por qué viajarán desde tan lejos sólo para comer un aperitivo? ¿Es que, teniendo una tecnología tan avanzada, es posible que les falte comida en su planeta? Pues bien, quizás el motivo por el que los extraterrestres andan siempre buscando comida es por ser demasiado parecidos a los humanos.

Desde siempre la humanidad se debatió con el problema del hambre. Y actualmente, a pesar de todos los esfuerzos, este problema se vuelve cada vez más grave y dramático, afectando a centenas de millones de personas. El hambre continúa a aumentar hoy en día en la medida en que no se pone freno al constante aumento de la población mundial. Pero también en la medida en que los recursos naturales necesarios para conseguir esta creciente necesidad de alimentos se degradan y se agotan.

Dejando a un lado la pesca, próxima ya del colapso, y la caza de animales silvestres, residual aunque devastadora, lo cierto es que la agricultura es la única fuente sostenible de alimento con que cuenta la humanidad. La ganadería, como es sabido, depende casi por completo de la agricultura o del cultivo de pastos para la obtención del alimento para el ganado.

La agricultura es, por tanto, nuestra principal y casi esencial fuente de supervivencia. Por ello, resulta evidente que necesitamos igualmente aquello que le es imprescindible: la existencia de un suelo fértil y de carácter sostenible. El suelo fértil es, por tanto, el bien más precioso de la humanidad, mucho más que el oro, los diamantes o el petróleo. Y sin embargo, entre todos estos bienes, es… ¡el más despreciado!

Aún hoy, en la proximidad de los núcleos urbanos, históricamente formados sobre terrenos fértiles, el suelo continúa a ser alegremente destruido y urbanizado. En las zonas rurales, los cultivos tradicionales son sustituidos por otros que, ignorando las condiciones locales, agotan rápidamente el suelo. Los agricultores, influenciados por una equívoca visión industrial de la agricultura, son además llevados a utilizar grandes cantidades de productos agroquímicos que acaban por destruir la fertilidad del suelo. Se dejan así de lado técnicas de aplicación sostenible de nutrientes y de barbechos. Por otra parte, los bosques y ecosistemas que regulan y aseguran el suministro de agua son sistemáticamente destruidos. De forma absurda, para intentar compensarlo, se crean por todas partes gigantescos e ilusorios sistemas de regadío que acaban por salinizar el suelo, volviéndolo igualmente estéril.

A nivel internacional, se promueve el comercio de toda la producción agrícola. Con ello acaba por cultivarse de forma intensiva aquello que en realidad no sirve a las poblaciones locales. Y éstas, volviéndose dependientes del exterior, muchas veces tienen que producir cada vez más, hasta agotar el suelo, para conseguir el mismo dinero. Además, entre estos cultivos intensivos, ganan hoy cada vez más terreno los biocombustibles y los cultivos destinados al ganado, con lo que la capacidad mundial de producir alimento se reduce de forma alarmante. Por otra parte, se extienden constantemente los cultivos a zonas y países donde el suelo es inadecuado para la agricultura, con lo que éste se pierde y el país acaba por desertificarse. Como resultado de todo esto, se calcula que actualmente cerca del 40% de las tierras agrícolas del mundo se halla en grave estado de degradación (IFPRI), estando su capacidad productiva comprometida.

Es evidente que, si tenemos algún interés en sobrevivir, todo el suelo fértil debería ser protegido sin excepción y el uso de prácticas agrícolas no sostenibles debería ser prohibido. ¿Será que en realidad tenemos ese interés?

Dentro de unos siglos, la humanidad quizás recorra el espacio en busca de planetas habitados. Pero no lo hará para entrar en contacto con civilizaciones extraterrestres. Lo hará simplemente para buscar comida. ¡Tengan pues cuidado, señores alienígenas! ¡No se dejen comer por esos terrestres muertos de hambre!

25/6/09

El hospital de los enfermos perpetuos.

En determinados lugares, las personas tienen un miedo atroz a entrar en un hospital. Esto ocurre especialmente en aquellos países en que el sistema sanitario no es público, sino de capital privado. En este sistema, son los enfermos los que sustentan el funcionamiento de los hospitales, pagando por los servicios de salud que les son prestados. El miedo a entrar en algunos de estos hospitales está, cabe decir, plenamente justificado.

Cuando una persona, enferma o no, entra en un hospital privado debe tener mucho cuidado. En la mayoría de los casos las personas son tratadas de una forma correcta y ejemplar. En otros casos, sin embargo, es fácil imaginar a una multitud de médicos y de administradores, hambrientos de dinero, agolpándose alrededor de cualquier persona que asome por la puerta. Es precisamente en estas personas que reside la posibilidad de mantener sus puestos de trabajo, de cobrar sus salarios, de pagar sus casas, de financiar sus vacaciones, de comprar un coche nuevo… No es de extrañar, por tanto, que miren a quien entra con unos ojos llenos de avidez y de codicia.

Si entramos en uno de estos hospitales, aunque sea por descuido, estaremos cometiendo un grave error. Casi al momento nos serán diagnosticadas una o varias enfermedades y seremos rápidamente internados a la fuerza. Siendo así, es poco probable que volvamos a ver la luz del día. Seguramente pasaremos el resto de nuestra vida allí, siendo tratados de todas las enfermedades posibles. O al menos así será hasta que el hospital consiga agotar todo nuestro dinero, momento en que seremos expulsados o definitivamente eliminados.

En ningún caso se nos ocurriría llamar médicos a los trabajadores de un hospital de estas características. De un médico de verdad se espera que tenga como objetivo curarnos, que diagnostique únicamente las enfermedades que tenemos y que se guíe siempre por principios científicos. En caso contrario, se tratará simplemente de un negociante del área de la salud.

En el campo de la política sucede lo mismo. En determinados países, las personas tienen un miedo atroz de ir a votar en las elecciones, o al menos deberían tenerlo. Esto ocurre especialmente en aquellos países en que una parte o la totalidad de los partidos políticos permitidos no persigue el bien público. Estos partidos, que podríamos llamar de capital privado, persiguen únicamente su propio interés. Y como tales, se mantienen económicamente gracias al número de votos y a los cargos públicos que consiguen obtener tras cada elección.

En estos países, los electores deben tener mucho cuidado cuando van a votar. Es posible que, en caso de ser elegido uno de estos partidos, éste llegue a gobernar cabalmente, respetando el bien público. Pero, con mucha más frecuencia, ocurre lo contrario. No es de extrañar así que, cuando un ciudadano se aproxima a la urna de voto, algunos de estos partidos miren al elector con unos ojos llenos de avidez y de codicia. Es precisamente en estos electores que reside la posibilidad de mantener sus puestos de trabajo, sus salarios, sus casas, sus vacaciones, sus coches…

Si dejamos que un partido de este tipo entre en el gobierno, aunque sea por descuido, estaremos cometiendo un grave error. Una vez dentro, podemos tener la seguridad de que nunca más, o con mucha dificultad, va a salir de él. O al menos así será hasta que el país esté completamente arruinado, momento en que sí saldrá por su propia voluntad o será definitivamente eliminado el país.

Mientras eso ocurre, estos partidos hacen todo lo posible para mantenerse en el poder y no perder su negocio: no realizan nada que pueda producir cambios en el país; no aprueban nunca leyes que tengan la oposición de cualquier grupo, pequeño o grande, de electores; cultivan en todo momento la emotividad y el patriotismo del pueblo; inventan un enemigo interior o exterior contra el cual se debe luchar; se presentan a sí mismos como héroes; condenan al ostracismo a los pocos partidos que persiguen el bien público; afirman que en el gobierno son ellos o el caos…

En ningún caso se nos ocurriría llamar políticos a los integrantes de estos partidos. De un político de verdad se espera que tenga como objetivo el buen gobierno del país, que presente soluciones a los problemas y que se guíe siempre por principios científicos. En caso contrario, se tratará simplemente de un negociante del área de la política.

…Pero, ¿cómo es eso? ¡No me diga que, tal como el resto del mundo, usted ha dejado que uno de estos partidos le gobierne!!!

19/6/09

La inevitable excepción.

No hay norma en que el poder del dinero no consiga crear una excepción. Y esto es así incluso en aspectos tan inmateriales, en principio, como la virtud o el destino de las almas. Así, en el pasado, los grandes transgresores de la moral podían fácilmente evitar que sus almas fuesen a parar al infierno. Para ello les bastaba con comprar una bula papal, por una generosa cantidad de oro, y obtener así el perdón divino para todos sus pecados.

Hoy en día, cuando está generalizado el consenso sobre la necesidad de prohibir la introducción de especies o variedades genéticas extrañas en un ecosistema, continúan existiendo igualmente las inevitables excepciones. Y esto incluso cuando lo que se pretende introducir es un organismo genéticamente modificado (OGM), es decir, un aberrante compuesto genético fabricado a partir de varias especies sin ninguna relación entre sí (por ejemplo, una planta en cuyas células se han insertado los genes de una bacteria).

En la agricultura, sin embargo, el actual empleo de OGM está lejos de ser solamente una excepción. En realidad, está convirtiéndose en una norma y, aún peor, en una brutal imposición incluso a aquellos agricultores que no desean emplearlos. Esto es así debido a la contaminación genética que producen los OGM. Cuando en una misma región se cultivan OGM y variedades tradicionales de una planta, resulta del todo inevitable que se produzca hibridación. Las semillas de las plantas tradicionales acaban, por tanto, contaminadas, viendo su integridad genética y sus características alteradas. El agricultor que pretende vender su cosecha tradicional como “no transgénica” acaba por no poder hacerlo y, siendo así, se arruina. Pero además, las propias variedades tradicionales que cultiva pueden llegar a desaparecer, ya que al final el agricultor acaba por no tener semillas que estén libres de contaminación.

Si hacemos un balance de todos los riesgos y beneficios que supone la utilización de OGM llegamos a resultados sorprendentes.

Para la agricultura, el empleo de OGM puede suponer la pérdida de innúmeras variedades tradicionales de plantas, importantes para la supervivencia de muchas poblaciones humanas, o incluso el completo abandono de los cultivos, en el caso de todas las semillas existentes quedar contaminadas. Pero también convierte a los agricultores, voluntariamente o no, en siervos económicos de las grandes compañías productoras de OGM, de las que pasan a depender por completo. Al contrario que las variedades de plantas tradicionales, que son un patrimonio histórico de la humanidad, obtenidas por nuestros antepasados a lo largo de siglos de cuidadosa selección y cruzamientos, los OGM son de exclusiva propiedad de las compañías multinacionales que los producen. Los agricultores deben, por tanto, comprar sus semillas a estas compañías. Y deben comprarles también todos los productos agroquímicos que se aplican a su cultivo, evidentemente fabricados por las mismas compañías.

Para el medio ambiente, supone una degradación y pérdida de biodiversidad, ya que el cultivo de los OGM está basado en la aplicación de herbicidas y otros productos químicos. Con ello se destruye además la fertilidad del suelo y se contaminan las aguas. Y existe también el peligro de llegar a provocar una catástrofe ecológica, ya que los efectos de la utilización de OGM sobre el ambiente son altamente impredecibles.

Para la salud humana, los efectos del consumo de OGM son también impredecibles, pudiendo provocar determinadas enfermedades, algunas de ellas mortales. Los estudios realizados por las propias compañías multinacionales no son, evidentemente, satisfactorios ni fiables.

Podemos entonces preguntarnos cuáles son los beneficios. ¿Hay quizás un incremento extraordinario de la producción agrícola? ¿Es un modelo de agricultura sostenible? ¿Los agricultores pasan a vivir mejor? ¿Se acaba con las hambrunas en el mundo?… Pues bien, nada de eso. La respuesta es siempre negativa. En realidad, nada mejora, especialmente si consideramos la cuestión a medio y largo plazo. El único beneficio que el cultivo de OGM proporciona a la humanidad es, evidentemente, permitir que los ricos accionistas de las compañías multinacionales se conviertan en personas aún más ricas.

Siendo así, ¿no merece la pena correr todos los riesgos antes enumerados? ¿No vale la pena acabar con la agricultura? ¿No vale la pena poner en peligro a la propia población humana? Piense en lo orgullosas que las generaciones futuras se sentirán de nosotros. Con el estómago vacío, en el caso de mantenerse con vida, nuestros descendientes admirarán sin duda nuestro gran logro: sacrificar su futuro para hacer más ricas y más felices a aquellas personas que, ya de por sí, eran estúpidamente ricas y felices.

12/6/09

La crisis del principio de causalidad.

Algunos filósofos ganan rápidamente celebridad y pasan a la historia. Es el caso de Pitágoras, Platón, Rousseau, Hegel… Otros, sin embargo, permanecen para siempre ignorados. Y eso a pesar de, en ocasiones, realizar grandes descubrimientos que fueron esenciales para el desarrollo de la filosofía e incluso de la propia humanidad. Es el caso, por ejemplo, del descubridor del principio de causalidad, figura excelsa de la historia de la filosofía cuyo nombre, por desgracia, permanece hoy en día oculto en las brumas del olvido.

Fue en una época remota, muy anterior a la aparición de los grandes filósofos griegos, que surgió esta figura admirable. Se piensa que vivía en una humilde caverna y que pasaba su tiempo apaciblemente, contemplando el sol durante el día y admirando el movimiento de las estrellas durante la noche. Este eminente pensador tenía, sin embargo, dos problemas. El primero era sufrir frecuentes desmayos y dolores de cabeza. El segundo era tener un compañero de caverna muy agresivo que con frecuencia le golpeaba en la cabeza con su garrote.

Un buen día, nuestro filósofo se dio cuenta de que estos problemas aparecían casi siempre asociados en el tiempo. Era justo después de recibir un golpe en la cabeza que le aparecían sus acostumbrados desmayos y dolores de cabeza. Así, tras mucho reflexionar, llegó a la conclusión de que había una relación de causa y efecto entre ambos fenómenos. ¡El principio de causalidad había sido finalmente descubierto!

Sin embargo, este principio nunca fue aceptado por sus contemporáneos, pues entraba en conflicto con todo tipo de creencias místicas y esotéricas. Y lo mismo ocurrió durante los siglos siguientes. La sociedad nunca aceptó fácilmente este principio tan innovador y revolucionario. Muchas veces ni siquiera era bien comprendido o utilizado, prestándose a grandes confusiones.

Por ejemplo, ya en la Edad Media, la inesperada muerte de cierto rey reveló la confusión aún existente en aquella época sobre este problema. Los fieles cortesanos, reunidos alrededor del cadáver, elaboraron diversas teorías sobre la causa de su muerte, sin que pudiese llegar a decidirse cuál era la correcta. Unos pensaban que la muerte era debida a alguna cosa que comió y que le sentó mal. Otros pensaban que era debida a que tomó demasiado sol en la cabeza. Otros afirmaban que era simplemente consecuencia de la voluntad divina. Sólo unos pocos llegaron a señalar que la causa de la muerte era el puñal que el rey tenía clavado en la espalda.

Pero lo peor de todo fue la teoría expuesta por el heredero del rey, que fue además la última persona en verlo con vida. Según él, el rey “murió debido a que ahora está muerto”. Este argumento ejemplifica el principal enemigo del principio de causalidad: es el llamado círculo vicioso. Consiste, como es evidente, en hacer pensar que la consecuencia observada es al mismo tiempo causa de sí misma.

Hoy en día no tenemos motivos para mostrarnos mucho más optimistas sobre la aceptación del principio de causalidad. En realidad, la teoría del círculo vicioso está a imponerse cada vez más en nuestra sociedad. Baste como ejemplo la explicación que se da a la llamada crisis económica. Es evidente que después de años de capitalismo salvaje, de excesos financieros, de aumento de las desigualdades sociales, de abuso de los recursos naturales, resulta del todo inevitable sufrir un fuerte colapso económico o una serie recurrente de ellos.

Sin embargo, los responsables de esta crisis defienden con ahínco la teoría del círculo vicioso. Según ellos, si la economía se encuentra en crisis es precisamente debido a la crisis económica. La crisis económica explica el hecho de que la economía se encuentre en crisis.

La razón por la que defienden esta teoría resulta evidente. No estando identificada la verdadera causa del problema, tampoco se señalan los responsables de ella. Los culpables de la crisis pueden así dormir tranquilos, pues nadie va a acusarlos de nada. Para acusarlos sería necesario saber que hubo una causa y que ellos fueron sus responsables. Mientras todo el mundo crea en la teoría del círculo vicioso ellos estarán a salvo.

Así, podemos decir que si hoy en día el principio de causalidad está en crisis, es simplemente debido a la crisis del principio de causalidad.

5/6/09

Cómo convertirse en tirano durante unos gloriosos minutos.

No diga que nunca se imaginó sentado en un trono dorado y servido por una corte de esclavos, ocupados todos en satisfacer hasta el más mínimo de sus caprichos. O que muchas veces no desearía hacer la primera cosa que le apeteciese sin preocuparse con si su acción vulnera o no las leyes existentes. Pues bien, todos estos sueños de poder ilimitado pueden hacerse realidad en un instante. En nuestra sociedad moderna convertirse en un tirano está al alcance de cualquiera. Para ello sólo necesita tener algunas monedas en el bolsillo.

La suprema maravilla que permite la realización de sus sueños tiene un nombre: libre comercio. Es precisamente este tipo de comercio, siempre tan liberal, tan exuberante, tan pujante, tan libre de reglas, tan desconocedor de fronteras, el que permite que sus más ansiados sueños de tiranía y de dominación se conviertan al instante en una realidad. Para ello basta simplemente con que participe en él, aunque sea de la forma más modesta. Basta simplemente con que vaya a una tienda y compre un producto de este mercado sin fronteras. ¡Así de simple!

En un modelo de libre comercio, quien va a una tienda únicamente se preocupa con que el producto que compra sea lo más barato posible. Nunca preguntará al vendedor si ha sido realizado en condiciones laborales dignas o si para su producción se han respetado las más mínimas normas ambientales. Cualquier vendedor se sentiría como mínimo incomodado si alguien lo hiciera. Pero, evidentemente, nadie lo hace.

De este modo, al comprar el producto más barato, importado de un país cualquiera, usted puede tener la seguridad de estar realizando finalmente su sueño. Así es. Al comprar ese producto usted se convierte, por unos momentos, en el patrón inmisericorde de cientos de trabajadores que cobran salarios ridículamente bajos. Algunos de ellos incluso serán menores de edad, obligados a trabajar en vez de ir a la escuela. También se convierte, por instantes, en el patrón de prósperas empresas que contaminan ríos y aguas potables, que destruyen cultivos tradicionales y extensos bosques, que alteran la composición de la atmósfera y del clima terrestre. ¿No es maravilloso? ¿Existe una más grande sensación de poder que realizar todo esto, y por apenas las pocas monedas que tiene que pagar por ese producto?

En cualquier país civilizado tener esclavos sería considerado indecoroso y, muchas veces, ilegal. Tener empresas contaminantes que destruyen el medio ambiente también está mal visto, y a veces incluso sufren la imposición de multas, aunque nunca muy severas. Pero, claro, nada impide tener esclavos en otro país o destruir el medio ambiente en otra parte cualquiera del mundo. Nada mejor que tener los esclavos, los campos contaminados y las aguas pestilentes en otros lugares del mundo, bien lejos de casa, fuera del alcance de la vista. No necesita, por ejemplo, cruzarse con los esclavos, ni ver sus miserables figuras, ni soportar su mal olor. Todos ellos están en un país lejano con el cual existe un tratado de libre comercio.

Por tanto, si usted quiere ser un tirano, vaya ahora mismo a una tienda y compre cualquier producto, especialmente el más barato y que venga de más lejos. ¡Sienta entonces todo el maravilloso poder! En ese momento, ¡usted es el amo del mundo! Imagine cientos de esclavos trabajando duramente para que usted, en un país remoto, pueda comprar ese producto que ellos fabrican. Imagine el medio ambiente de otro continente siendo destruido para que ese producto pueda llegar hasta usted a un precio ridículamente bajo. Y si, pasado algún tiempo, le parece que esta maravillosa sensación comienza a desvanecerse, no tiene más que ir a comprar otro producto cualquiera.

Olvide todas esas tonterías del comercio justo. Olvide también que el ambiente es un todo y que su destrucción en otro país acabará igualmente por afectarle, como resulta evidente con las consecuencias del cambio climático. Olvide todo eso. No deje que estos pensamientos le estropeen la maravillosa experiencia de sentirse como un tirano, por unos gloriosos minutos, cada vez que va en peregrinación a una tienda.

Porque realmente no es el conocimiento lo que nos hace libres. Lo que nos hace libres es, sin lugar a dudas, el libre comercio.

28/5/09

Dormir sobre los laureles produce siempre pesadillas.

En la antigüedad, los generales victoriosos eran aclamados y coronados con hojas de laurel. Una vez celebrada su gloriosa recepción, los generales podían entonces partir hacia nuevas batallas, para mantener seguros los límites del imperio, o bien podían retirarse para dormir sobre sus laureles. En este caso era casi seguro que las tierras conquistadas acababan siempre por perderse ante los reiterados ataques del enemigo.

Puede decirse que en el campo social impera, sin duda, el mismo principio. Cualquier avance que lleva a una sociedad más justa constituye únicamente un triunfo temporal. Para poder mantenerlo, es necesario seguir luchando continuamente. De lo contrario, durmiéndose uno sobre los laureles, es casi seguro que acaba por perderse.

La razón de esta insidiosa inercia, contraria siempre a cualquier avance social, es sin duda la evidente dificultad que supone mantener sistemas complejos. Cuando el hombre abandonó su organización tribal y empezó a crear ciudades y sociedades con algún grado de complejidad tuvo que inventar la filosofía, la política, los tribunales, etc. Pero nada de todo esto es realmente espontáneo o natural. Su mantenimiento necesita de un constante y reiterado esfuerzo. Sin ese empeño constante, cualquier sociedad compleja tiende inevitablemente hacia el caos y la barbarie.

Así, la historia está llena de repetidos avances y retrocesos en la lógica aspiración de crear sociedades más justas y más libres. Ninguna conquista alcanzada parece durar mucho tiempo: toda ley acaba, tarde o temprano, por no aplicarse, toda constitución acaba por degenerar, todo imperio acaba por caer. Así ha sido también durante los últimos siglos, en que los defensores de la justicia social y sus inevitables antagonistas, los defensores de los privilegios, digladiaron siempre de forma cruenta. A cualquier victoria de los primeros siguió siempre una furiosa reacción de los segundos. Y cabe decir que esta reacción siempre fue algo desagradable: matanzas, aniquilamientos, torturas, tiranías…

Pero todos estos aspectos desagradables son ya cosa del pasado. Los partidarios de los privilegios, hartos de estar siempre lavando sus ropas, manchadas con salpicaduras de sangre, comprendieron finalmente que toda esta violencia no era necesaria. No es necesario armar más ejércitos, ni financiar movimientos retrógrados, ni apoyar férreos órdenes sociales. No, nada de esto es necesario. La solución para acabar con cualquier avance en materia de justicia social es mucho más fácil.

Así es. La solución consiste simplemente en plantar miles de laureles y entonar, a todas horas, dulces e irresistibles canciones de cuna. En estas condiciones, no faltarán nunca pueblos enteros que se duerman, llenos de placer, sobre sus propios laureles.

Es por ello que los partidarios de los privilegios compraron ya todos los medios de comunicación existentes. Y, por supuesto… la televisión. ¡Qué gran invento éste de la televisión! Con ella casi da vergüenza, de tan fácil que es, imponer la injusticia en el mundo. ¡Qué fácil y qué rápidamente se duerme ahora todo el mundo sobre sus laureles! Y ni tan siquiera hay que preocuparse con que las canciones de cuna tengan la más mínima calidad, pues siempre surten efecto.

Así, satisfechos con los escasos avances sociales del pasado, los ingenuos ciudadanos sueñan ahora vivir en un mundo donde la libertad y la justicia están siempre aseguradas. Donde son eternas. En los breves momentos en que despiertan no dudan en patalear con fuerza al ver desaparecer otro avance social. Pero también es verdad que cada vez hacen menos para luchar por él.

Están convencidos, en el fondo, de que es imposible perder esas conquistas. Viviendo en un régimen de justicia social asegurada, ¿por qué iban a preocuparse? Sin duda que los problemas se solucionarán por sí mismos. O en todo caso, alguien vendrá en el último momento, no se sabe muy bien de dónde, para solucionar todos los problemas del mundo y asegurar la justicia.

Y mientras tanto, mientras ese alguien llega, van cerrando los ojos y acomodándose en su cómodo lecho de hojas de laurel. Sus sueños son dulces. Cuando despierten, sin embargo, posiblemente encuentren ante sí una pesadilla.

Así que la solución es bien fácil, ¿no le parece? Vea siempre la televisión y no despierte nunca.

14/5/09

El coche como solución a las amarguras de la vida.

El progreso es la gran maravilla de nuestra época, una maravilla que viene en auxilio de todo el mundo. Y esto es así incluso también para los suicidas. En la antigüedad, cuando una persona quería suicidarse sufría grandes y penosas incomodidades: o bien debía subir hasta lo alto de un peñasco para arrojarse desde él, o bien debía ir hasta un bosque lejano para ser devorado por un dragón cualquiera, o bien debía viajar hasta los trópicos para ser merendado por famélicos pueblos caníbales…

Hoy en día, gracias al progreso, nada de todo esto es necesario. Para suicidarse basta con salir a la puerta de casa y dar unos cuantos pasos en frente con los ojos cerrados. Un magnífico automóvil, seguramente de la última y más sofisticada tecnología, se encargará rápidamente de poner fin a nuestra vida. Incluso en el caso de que no pretendamos suicidarnos, el automóvil ejercerá igualmente su magnánima y piadosa función. Y es que para los coches, suicidas y distraídos son en el fondo la misma cosa.

Actualmente, en todas las sociedades modernas, el coche es considerado un objeto sagrado, un ídolo multiforme al cual se le rinde culto con la más sincera devoción. Y esto ocurre especialmente en las ciudades, donde los coches tienen siempre prioridad sobre las personas y ocupan la mayoría del espacio público. Las personas quedan, de esta forma, arrinconadas en estrechas y tortuosas aceras, a menudo ocupadas también por los coches aparcados sobre ellas.

Pero los coches no sólo tienen este privilegio. Son también responsables de más del 95% del ruido que inunda las ciudades, convirtiendo éstas en lugares impropios para el más imprescindible descanso. Y son responsables también de más del 80% de la contaminación atmosférica, siendo así los principales culpables de la insalubridad de las ciudades.

Pero aún hay más. Los coches son también responsables, para un país de mediana dimensión, de la muerte de una decena de personas por día, víctimas infelices de atropellamiento. Porque, aclaremos esto: en las sociedades modernas y civilizadas el asesinato es perfectamente legal. Únicamente hay que saber escoger el instrumento con el que se realiza.

Por ejemplo, si alguien nos mata utilizando un puñal, el agresor es rápidamente condenado y enviado a la cárcel. Por el contrario, si alguien nos mata utilizando un coche, el agresor es simplemente considerado como un interviniente en un desgraciado accidente de circulación. Y una vez se comprueba que tiene todos los papeles en regla, el asesino puede volver tranquilamente para su casa, e incluso puede hacerlo en coche.

Puede pensarse que en un caso el asesino tenía intención de matar, ya que nos clavó certeramente el puñal en la espalda, mientras que en el otro caso no existía tal intención. Pero entonces, ¿cómo podemos calificar al hecho de circular a gran velocidad dentro de una zona urbana? ¿O es que esto no es también tener intención de matar?

Si quien nos clavó el puñal asegura que únicamente estaba jugando con el arma y que accidentalmente se clavó en nuestra espalada, ¿deberemos creerle? Y si quien nos atropelló dice que únicamente circulaba a gran velocidad dentro de la ciudad y que la culpa es nuestra por ponernos delante de su coche, ¿deberemos también creerle?

Al fin y al cabo, ¿qué importancia puede tener para la víctima si el asesinato fue realizado o no con intención? Ciertamente, lo mismo da estar muerto de una forma o de otra. Lo importante habría sido evitar esa muerte. Justamente es por eso, para evitar que cometa más crímenes, que a un homicida se le pone en la cárcel. ¿No debería, por tanto, encerrarse también al coche veloz y a su conductor en la cárcel… o en un garaje?

Sería bastante sensato prohibir la utilización del coche en el interior de las ciudades o, como mínimo, prohibir su utilización a una velocidad superior a 20 Km/h, velocidad considerada apropiada para barrios residenciales. Con esto se evitarían todos los días muertes innecesarias.

¡Lástima que el coche, en las sociedades iluminadas por el progreso, sea considerado sagrado y que no podamos hacer nada para evitar su dominio sobre el ser humano, ese triste y humilde mortal!

7/5/09

Tres formas de mirar un árbol.

Para saber qué ideas económicas defiende una persona, basta con colocar un árbol a su frente. Para demostrarlo, hagamos la prueba de poner a tres personas diferentes ante un pequeño bosque y observemos atentamente su reacción.

1) Observemos en primer lugar al defensor del capitalismo más añejo. Lo que este individuo ve, ante sí, no es un conjunto de árboles, sino un enorme almacén de madera a cielo abierto, con piezas de leña listas para ser cortadas. Inmediatamente hará algunos cálculos y concluirá que esta leña, una vez comercializada, podría tener un valor de, por ejemplo, 50.000 €. Por tanto, es necesario cortar todos los árboles inmediatamente, pues la leña podría estropearse, o incluso podría haber un incendio. Y además, para ser sinceros, toda esa leña ahí, en pie, da al paisaje un aspecto anticuado, atrasado, pueblerino. Contra antes sea cortada, antes se podrá construir en su lugar algo más moderno, como, por ejemplo, un nuevo centro comercial.

2) Observemos ahora al defensor de las teorías economicistas. Mucho más culto que el anterior, esta persona es capaz de distinguir que lo que tiene ante sí son árboles, cosa que, al fin y al cabo, no era tan difícil de ver. Sabe también cuál es la función de los árboles y de qué forma crece y se desarrolla un bosque. Es consciente de que los árboles captan la energía solar y la transforman en energía química, produciendo, por ejemplo, la madera. Pero también sabe que los árboles producen el oxígeno que es necesario para nuestra respiración, que limpian el aire de partículas, que retienen el agua de la lluvia evitando las sequías estivales, que permiten la formación de suelo fértil, etc.

Según él, estos beneficios producidos por el bosque pueden ser cuantificados e introducidos en el ámbito de la economía con un determinado valor. Así, podría calcularse que el bosque produce cada año el equivalente a 100 € en oxígeno, 50 € en aire limpio, 1.500 € en agua, 1.000 € en suelo fértil, etc. La madera debería explotarse considerando todos estos valores y respetando el ritmo de crecimiento de los árboles. Así, explotando el bosque de una forma racional, podría conseguirse, por ejemplo, un rendimiento de 10.000 € anuales en madera, además de todos los otros beneficios.

3) Por último, observemos el defensor de una economía científica. Lo que esta persona ve ante sí es un bosque, claro, pero al mismo tiempo ve también un pequeño ecosistema, es decir, una unidad viva productora de energía. Y esta unidad no funciona solamente gracias a los árboles, sino también gracias al complejo equilibrio de todos los organismos vivos que forman parte de ella: microorganismos del suelo, hongos asociados a las raíces, herbívoros que controlan la vegetación, predadores que controlan a los anteriores, etc.

Según él, es absurdo valorar un bosque únicamente por los beneficios que podemos obtener de él. El bosque produce mucho más que aquello que nosotros podemos utilizar, mucho más que aquello que nos es posible introducir en el ámbito de la economía. En realidad, es debido a este ecosistema y a todos los otros ecosistemas del planeta que nosotros podemos mantenernos con vida. ¿Y qué valor económico podríamos asignar a nuestra propia vida? Nuestra vida es algo que consideramos como un valor absoluto, es decir, algo que no puede tener precio ni formar parte de ninguna ecuación económica.

Así, el bosque tiene en realidad un valor que no es calculable y que resulta ajeno a la economía. Si, para satisfacer posibles necesidades, decidimos explotar su madera, lo que estaremos haciendo será reducir el bosque a un simple parámetro económico, renunciando a su auténtico valor. En caso de aceptar esta renuncia, será necesario, al menos, que la explotación de la madera no altere ningún equilibrio del ecosistema y que sea, desde luego, racional y sostenible.

…Una vez observadas estas tres personas, podemos reflexionar sobre cuál de las opciones económicas que defienden será la más correcta y adecuada a nuestros intereses. Claro que, con todo este ruido que viene ahora del bosque, resulta bastante difícil intentar pensar. El estruendo de todas estas sierras mecánicas es insoportable. Y a pesar de que ya deben haber cortado más de la mitad de los árboles, lo más probable es que aún continúen varios días haciendo este ruido infernal.

Es una pena. ¡Era un bosque tan bonito! Pero en fin, no vale de nada lamentarse ahora. Dentro de unos pocos meses tendremos aquí un maravilloso centro comercial y ya nadie se acordará del bosque. ¡Qué podemos hacer si al final nuestra alma sí que tenía un precio!

30/4/09

Destruya el mundo sin necesidad de hacer turismo.

Es bien sabido que en todos los desiertos se producen espejismos. El aire trémulo que se eleva por encima de la arena caliente crea todo tipo de figuras fantásticas sobre el horizonte: legendarios oasis de mágica silueta, ciudades míticas pertenecientes a civilizaciones perdidas, palacios dorados nacidos directamente de la imaginación…

Incluso podemos ver, a veces, la figura de una gran ciudad formada por numerosos y enormes rascacielos que se elevan a partir de amplias avenidas verdeantes de vegetación, una ciudad bañada por mares cálidos sobre los que se adivinan fantásticas islas de formas sorprendentes, una ciudad llena de hoteles, de bancos, de centros comerciales, de centros de diversión nocturna, una ciudad con enormes pabellones cuyo suelo está cubierto de blanca nieve y por donde circula una multitud de esquiadores…

Pero al final, puede que no se trate realmente de un espejismo. Lo más probable es que se trate de una realidad tangible. Seguramente nos encontramos, en verdad, ante un destino turístico como Dubai, una de las nuevas perlas de los mares de oriente.

¿Cómo es posible que, en medio del desierto, un espejismo absurdo y delirante como éste sea una realidad? La respuesta es bien simple: es posible gracias al petróleo. El uso abusivo de esta fuente de energía es capaz de crear y alimentar éste y otros variados tipos de espejismo. Claro que el enorme derroche de petróleo significa también una enorme emisión de CO2. Y el exceso de este gas, como es bien sabido, provoca el cambio climático del planeta, cuyas consecuencias incluyen, por ejemplo, la fusión de los casquetes polares, la desertización de las zonas tropicales, la acidificación de los océanos, las sequías crónicas, las grandes olas de calor, el aumento de los fenómenos atmosféricos violentos… Y aunque estos fenómenos ya han producido miles de muertes, en el futuro producirán muchísimas más.

Ante la enorme gravedad de este problema, ¿qué hacen los turistas de todo el mundo? Pues, por más sorprendente que parezca, los turistas acuden en masa, cada año, hacia estos espejismos. Acuden religiosamente hacia estas enormes fábricas de contaminación. Porque ¿qué mejor que combinar a un mismo tiempo el disfrute de unas agradables vacaciones y la destrucción del mundo? Pasar unos días en uno de estos lugares permite a cada turista aportar a la atmósfera unas buenas toneladas de CO2 y contribuir así para la destrucción del planeta. De esta forma se evita, de una sola vez, tener que donar dinero para la eliminación de los osos polares, de los arrecifes de coral, de la vegetación subtropical, de los cultivos fértiles… ¡Y además, se hace todo de una forma divertida!

Incluso aquellos turistas que viven en los países más sensibles al cambio climático contribuyen también para la destrucción del mundo y para la desaparición inminente de su propio país. No hay duda de que se trata de personas valientes y llenas de coraje, dignas de gran admiración. Pero tenemos que admitir que, en general, el mundo está lleno de personas valientes, pues precisamente los dos países más destructivos, con una mayor huella ecológica, Dubai (EAU) y EUA, son de los que atraen cada año más turistas.

Practicar este turismo suicida e irresponsable es sin duda admirable. Pero, pensemos bien: no hace falta ir tan lejos para destruir el planeta. Con un poco de imaginación, podemos quedarnos en nuestro propio país y contribuir para la destrucción del mundo de una forma bastante más barata pero igualmente eficaz.

Por ejemplo, podemos ir a acampar a una refinería de petróleo que esté cerca de nuestra casa y prenderle fuego, emitiendo así una cantidad considerable de CO2. Y si no nos gusta acampar, podemos ir a una gasolinera, la que esté más cerca de nuestra casa, comprar unos bidones de gasolina y luego quemarlos en cualquier parte. Claro que también podemos optar por una actividad más tradicional como es ir a un bosque y prenderle fuego. Esta modalidad tiene la ventaja de que, además de emitir CO2, se eliminan las propias plantas que podrían retirar este gas de la atmósfera.

Así es: cualquier contribución para destruir turísticamente nuestro planeta, por más pequeña que ésta sea, será siempre bien venida. Tal como nuestra propia sociedad, conviértase también usted en un maravilloso espejismo.

24/4/09

Quemar otra vez la biblioteca de Alejandría.

La famosa biblioteca de Alejandría ardió hace ahora un par de milenios, en los lejanos tiempos clásicos. A pesar de la magnitud de la catástrofe, la verdad es que nunca se llegó a saber muy bien cuál fue el origen del incendio. Sin embargo, conociendo la naturaleza humana tal como la conocemos hoy en día, podemos tener una idea bastante clara de cómo sucedió.

Todo comenzó en un frío día de invierno, poco después de las fiestas en honor del dios Apis. En ese día, de repente, el bibliotecario mayor de la gran biblioteca de Alejandría comenzó a sentir frío. Viendo que ya no quedaba leña, el bibliotecario pensó que, para calentarse un poco, quizás podía quemar unos cuantos papiros viejos en la chimenea. Seguro que nadie iba a notar su falta.

El invierno fue avanzando lentamente y, siempre con falta de leña, los papiros fueron desapareciendo en el fuego uno tras otro, convirtiéndose en reconfortante calor. Y así, meses después, cuando el bibliotecario fue a buscar más papiros para quemar, se dio cuenta de que ya había quemado todos. No quedaban más en toda la biblioteca. Comenzó entonces a pensar que su comportamiento, después de todo, no había sido demasiado inteligente. Así, tratando de ocultar la negligente destrucción de todos los papiros de la biblioteca, prendió fuego a todo el edificio. Y así fue, con toda probabilidad, cómo ardió la más famosa biblioteca de la historia.

Ese fue sin duda el invierno más calentito de toda la vida del bibliotecario. Desgraciadamente, pasó el resto de sus días sin empleo y sin dinero para comprar leña o cualquier otro tipo de combustible, por lo que acabó por morir de frío poco tiempo después.

Es una historia con un final triste. Resulta imposible no sentir lástima por este pobre hombre. Y eso a pesar de que, debido a su actitud estúpida e irresponsable, desaparecieron todos los valiosos e irrepetibles libros guardados en la biblioteca. La humanidad quedó así privada de un conocimiento adquirido durante siglos y siglos de arduo y laborioso esfuerzo.

Podemos pensar que, hoy en día, a nadie se le ocurriría quemar los libros de una biblioteca como la de Alejandría sólo para entrar un poco en calor. ¿O quizás sí?… Pues bien, en realidad no sólo es posible, sino que es casi inevitable. Forma parte del modo de pensar y de ser de nuestra civilización. Basta observar, por ejemplo, lo que ocurre hoy en día con la conservación de la diversidad biológica, la llamada biodiversidad.

Durante miles de millones de años, una cantidad de tiempo inimaginable, prácticamente una eternidad, la evolución fue creando las millones de especies existentes en la actualidad. Cada una de ellas está adaptada a la perfección al ambiente que vive y es única e irrepetible. Y cada una tiene la toda la información que la define en su código genético, escrita detalladamente en las moléculas de ADN.

Podemos fácilmente comparar el código genético de cada especie con un libro. En realidad, en el código genético está escrito, línea a línea, cómo construir un organismo vivo y cuáles son las características que le permitirán desempeñar una determinada función dentro del ecosistema en que se integra. Así, destruir una especie y su código genético equivaldría, según esta comparación, a quemar un libro.

Pues bien, quemar estos libros es exactamente lo que estamos haciendo actualmente. La actual actividad humana está destruyendo todas las especies. La biodiversidad disminuye en el mundo a cada día que pasa, cada vez más aceleradamente. Pero hay una gran diferencia entre destruir libros y destruir especies. Mientras que para reponer el conocimiento de los libros pueden ser necesarios quizás unos pocos siglos, para reponer, de alguna forma, las especies eliminadas harán falta, como mínimo, millones y millones de años de evolución.

¿Y cuál es el motivo para destruir todas estas especies? El motivo es mantener un modelo de civilización agresivo que, como ya todo el mundo sabe, resulta insostenible. Es decir, ni siquiera va a durar mucho más tiempo. Se talan bosques para plantar cultivos que duran apenas unos años, se convierten praderas en monocultivos contaminantes, se acaba con bancos pesqueros para crear piensos para el ganado, se secan los ríos desviando el agua para actividades turísticas, se propagan plagas y especies invasoras por descuidadas razones comerciales…

En fin, el motivo es aún más estúpido que el del bibliotecario de Alejandría. Si aún fuese para calentarse un poco las manos durante el invierno, sería más comprensible.