24/11/14

El poder diabólico de la red de cerebros.

Gracias a las novelas y a las películas de ciencia-ficción sabemos exactamente en qué momento debemos comenzar a tener miedo de los robots. Mientras ellos son simpáticas e inocentes máquinas ocupadas en realizar tareas simples y rutinarias no debemos temer nada. Debemos comenzar a tener ya algún cuidado cuando los robots comienzan a pensar, a crear sus propias tareas o incluso a contradecir algunas de las órdenes que les damos. Pero cuando realmente debemos asustarnos y huir de ellos lo más rápidamente posible es cuando los robots empiezan a comunicar entre sí y logran conectar sus cerebros en red, formando una superestructura cibernética. Es en ese momento, según las novelas, cuando los robots se rebelan contra sus creadores, protagonizan un asalto apocalíptico al poder y ocasionan el fin de la civilización humana.

Pero esto no es sólo ciencia-ficción. Esta misma situación apocalíptica, o al menos una muy parecida, sucedió en el mundo real hace unos cuantos miles de años. En ese momento una nueva raza de androides conectó sus cerebros en red y comenzó a arrasar el mundo conocido, transformándolo y tiranizándolo para siempre. Sólo que esos androides no estaban hechos de metal, cables o circuitos, sino que eran de carne y hueso. Esos androides eran en realidad los propios seres humanos.

No hay duda de que en tiempos primitivos los seres humanos eran bastante inofensivos, tal como lo son ahora nuestros simpáticos robots. Realizaban cada día sus tareas rutinarias sin provocar grandes sobresaltos en el ambiente ni en los otros seres vivos. El problema surgió cuando los hombres se agruparon para formar pequeñas sociedades y, como consecuecia de la especialización, algunos de ellos empezaron a inventar y crear nuevos tipos de tareas y rutinas, como por ejemplo cuidar del fuego, construir refugios, fabricar tejidos o crear utensilios. Todas estas actividades eran tareas completamente nuevas para las cuales, en realidad, los hombres nunca habían sido programados.

Y entonces ocurrió la tan esperada catástrofe: los seres humanos comenzaron a conectar sus mentes y a crear una terrible y diabólica red de cerebros. Hasta ese momento las formas de comunicación empleadas por los hombres eran muy rudimentarias, basadas en el lenguaje facial y corporal. Un semblante triste, una actitud nerviosa o un simple bostezo rápidamente se transmitían y contagiaban a los restantes miembros del grupo, que compartían así esas mismas emociones de tristeza, miedo o somnolencia. Pero la especialización de los individuos y la invención de nuevas e importantes tareas sociales llevó a la necesidad urgente de crear un nuevo tipo de comunicación, mucho más complejo, capaz de trasmitir todo el conjunto de ideas asociadas a esas tareas y para las cuales el lenguaje facial y corporal no estaba preparado.

Fue así como surgió y se desarrolló el lenguaje hablado, permitiendo a los hombres transmitir fácilmente cualquier nuevo tipo de ideas, de informaciones, de experiencias, de sensaciones o de conocimientos. Los hombres comunicaban ahora entre sí como nunca antes lo habían hecho. Sus cerebros estaban definitivamente conectados en red, tal como los cerebros de los robots en las novelas de ciencia-ficción. A partir de entonces, el fin del mundo conocido era casi inevitable.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Los seres humanos rápidamente asaltaron el poder y se rebelaron contra la propia naturaleza que los había creado. Comenzaron a modificar, controlar y destruir gran parte de su entorno. Y comenzaron también a tiranizar a todos los otros seres vivos, que empezaron así a sufrir el poder desenfrenado y despótico de la diabólica superestructura mental humana.

En nuestros días, atrapados todavía en esta tremenda vorágine destructora que comenzó hace apenas unos pocos milenios, los propios seres humanos sentimos la urgente necesidad de interrogarnos sobre cuál será el futuro del mundo. ¿Podremos sobrevivir al tremendo caos generado por la súbita y terrible rebelión de nuestra propia especie?

En este punto los relatos de ciencia-ficción suelen ofrecernos diferentes y posibles desenlaces. En algunos relatos, las tiránicas sociedades de robots, obsesionadas con sus viejas rutinas cibernéticas, acaban por destruir ciegamente todo el planeta. Sin embargo, en otros relatos, los robots consiguen adquirir un nuevo tipo de inteligencia superior a la de los hombres y logran así salvar el planeta, amenazado hasta ese momento por la locura humana, por las guerras, el hambre y la autodestrucción. En estos relatos los robots son, en realidad, los salvadores del mundo.

Para nosotros ambos desenlaces son igualmente posibles: podemos efectivamente destruir el mundo siguiendo nuestras viejas y absurdas rutinas o, por el contrario, podemos aprender a vivir pacíficamente en él adoptando un nuevo y superior tipo de conciencia. La decisión es nuestra. Nuestros cerebros conectados en red permiten tanto una cosa como otra.

También con la aparición de las hormigas, de sus sociedades complejas y sus pequeños cerebros conectados en red, nada en el mundo podía continuar a ser como era antes. Pero las hormigas, hoy en día los animales más abundantes del planeta, aprendieron a vivir en paz y armonía con el mundo, sin llegar a destruirlo. Y si ellas lo consiguieron, ¿por qué no podríamos nosotros, con cerebros más complejos, hacerlo también?

Debemos conectar nuestros cerebros para vivir pacíficamente en este planeta, para ser una parte fundamental de su futuro, no para destruirlo. Y claro… mientras tanto, no dejemos de vigilar a nuestros simpáticos robots. Incluso por la noche, cuando ellos creen que nadie los observa.