10/12/09

El racionalismo sentimental.

No hay compañía más molesta que la de una persona que se deja llevar fácilmente por el sentimentalismo. Soportar sus humores exaltados, tan pronto valerosos y desbordantes como, momentos después, trágicos y desolados, resulta sumamente incómodo y desagradable. Aunque, en honor a la verdad, debemos decir que existe un tipo de persona cuya compañía resulta aún más insoportable: la compañía de un racionalista. Nada más tedioso que escuchar las largas, monótonas y detalladas teorías que los racionalistas utilizan para explicar su comportamiento en las acciones más nimias e intrascendentes. Y todo esto para comprobar, al final, cuán absurdas y equivocadas dichas acciones resultan ser.

Curiosamente, en nuestro mundo moderno el racionalismo es considerado como una maravillosa virtud, digna siempre del mayor elogio. En cambio, el sentimentalismo es criticado y denostado como un estado de morbidez del alma. Se piensa que las exaltadas ideas del racionalismo son perfectas por el hecho de elevarse por encima de la procaz materialidad del cuerpo. Y que la ética que resulta de ellas es así ejemplarmente noble e imperturbable. Por el contrario, las exaltadas pasiones del sentimentalismo son vistas como sombras vergonzosas y vulgares que nublan el entendimiento. Y la ética que nace de ellas es tratada como primitiva y animalesca.

Sin embargo, ambas formas de pensar y de comportarse, racionalismo y sentimentalismo, son terribles exageraciones que deben evitarse de igual forma. Porque el racionalismo es a la razón lo que el sentimentalismo es al sentimiento. Y mientras la razón y el sentimiento son las piedras angulares de la ética, sus exageraciones no pueden serlo de ningún modo.

Conviene aclarar, además, que no existe ningún motivo para pensar que la razón y el sentimiento deban sobreponerse, o que uno tenga preponderancia sobre el otro. Ambos conceptos se mueven en ámbitos diferentes y complementarios. Si bien que, en realidad, la razón puede considerarse accesoria o superflua en la mayoría de los casos.

Cuando en el transcurso de nuestras acciones debemos tomar una determinada decisión, recurrimos para ello a la información de tres posibles fuentes: la información genética que heredamos de nuestros antepasados, las enseñanzas culturales de generaciones anteriores (o de nuestra misma generación) y la experiencia personal que adquirimos a lo largo de nuestra vida. Así, al enfrentarnos a una decisión moral, la información genética nos impelerá siempre a actuar de una determinada forma. Su manifestación en nuestra mente es lo que llamamos sentimientos. Pero también las enseñanzas culturales y nuestra experiencia propia nos impelen, por su vez, a actuar de una forma determinada. Estas dos últimas se manifiestan ante nuestra mente como memorias.

Los sentimientos, también llamados deseos o instintos, nos proporcionan la información necesaria para decidir adecuadamente la mayoría de nuestros actos. Sin embargo, la respuesta que nos proporcionan siempre resulta ser bastante general o abstracta. Las memorias, por el contrario, pueden ofrecernos respuestas muy concretas a problemas específicos. Para la mayoría de los animales, que viven en ambientes bastante uniformes y realizan acciones simples y repetitivas, los sentimientos contienen casi toda la información necesaria para su supervivencia. Sin embargo, para una especie como la nuestra, que vive en un entorno muy complejo y variable, necesitando realizar a cada momento acciones muy específicas, el recurso a la memoria es imprescindible. Y también nos resulta muy ventajosa la capacidad de proyectar nuestras memorias hacia el futuro, de forma a afrontar problemas aún no encontrados, que es lo que se entiende por imaginar. O también la capacidad de elaborar y conjugar estas mismas memorias en conceptos más sólidos y generales, que es lo que se entiende por razonar.

Sentimiento y razón tienen, por tanto, ámbitos de aplicación diferentes. La razón debe llegar allí donde no llega el sentimiento: debe moderar los sentimientos, encauzarlos, sobreponerlos, confrontarlos o sustituirlos, especialmente en los asuntos más concretos o artificiales. Sin embargo, debe recordarse siempre que los sentimientos se basan en valores sólidos y seguros, mientras que los razonamientos se basan en valores en construcción, frecuentemete equivocados. Los sentimientos han sido seleccionados naturalmente a lo largo de una eternidad, durante cientos de millones de años, y han demostrado sobradamente su valor para asegurar nuestra supervivencia. Los razonamientos, en cambio, han surgido en el momento puntual de nuestra vida o, como mucho, de nuestra civilización. Y basta estudiar un poco la historia de las civilizaciones y de sus ideas para comprobar cómo ambas raramente consiguen asegurar su supervivencia. También nuestra civilización y sus ideas parecen ser un inminente ejemplo de esto.

Huyamos por tanto de todos los excesos. Huyamos del sentimentalista de humores siempre variables e inconstantes, falto de las necesarias riendas de la razón. Huyamos del tradicionalista que sólo contempla como verdaderas las enseñanzas culturales de sus antepasados. Huyamos del soñador cuya realidad es el mundo fantasioso de la imaginación. Y huyamos también, especialmente, del racionalista que pretende hacernos creer que sus elucubraciones y balbuceos mentales son una verdad etérea e incuestionable que debe imponerse al más simple y terrestre de los sentimientos.

19/11/09

La espiritualidad masoquista occidental.

Para un faquir de la India nada existe más saludable que levantarse cada día, bien de madrugada, de su confortable cama de pinchos y atravesarse el cuerpo con un par de puñales bien afilados. Acabado este simple ritual, es el momento oportuno de ingerir unos cuantos vidrios partidos para matar el hambre. Y luego, para hacer la necesaria digestión, nada mejor que unos sosegados momentos de reposo colgándose del techo por un pie. Sí, todos estos ejercicios ascéticos son, desde luego, poco recomendables para el común de los mortales. Sin embargo, su repetida realización permite al faquir superar algunos de los miedos que atormentan a la mayoría de la humanidad: el dolor, el hambre, la pobreza, el frío… Conviviendo a diario con todos estos miedos de una forma voluntaria, tratando de dominarlos, el faquir consigue librarse de cualquier influencia que estos puedan ejercer sobre su voluntad, logrando así un cierto tipo de libertad y de confianza en sí mismo.

Sin embargo, para todo existen ciertos límites que nunca deben ser rebasados. Un faquir de la India, acostumbrado a perforar todo su cuerpo con hierros candentes, jamás se atrevería, por ejemplo, a viajar a occidente y sufrir la terrible disciplina ascética a que son sometidos todos los habitantes de los países más modernos y desarrollados. Cualquier faquir palidecería de horror al contemplar los severos ejercicios de mortificación que los ciudadanos occidentales se infligen a sí mismos cada día. Esta espiritualidad masoquista occidental, tan superior y excesiva respecto a la oriental, es vulgarmente designada con el nombre de publicidad.

Desde que se levantan hasta que se acuestan, los ciudadanos occidentales se torturan cada día a sí mismos sometiéndose a las más sutiles y despiadadas formas de publicidad. Su campo visual es constantemente invadido por carteles publicitarios de colores y contenidos insufribles, sus oídos son perforados por repetitivos anuncios radiofónicos llenos de músicas obsesivas, sus cabezas son vaciadas de cualquier tipo de idea por las omnipresentes televisiones comerciales, sus gustos son anulados, sus aspiraciones falsificadas, sus deseos corrompidos… Nada escapa al terrible dominio de la publicidad.

Esta forma de tortura está tan interiorizada en el espíritu occidental que la mayoría de las personas, al ser interrogadas, negarán someterse voluntariamente a ella. Todos afirmarán que son sometidos a la publicidad en contra de su voluntad. Pero este argumento resulta totalmente ridículo. ¿Acaso puede alguien pensar que toda la ingente cantidad de dinero que cuesta la publicidad aparece de repente de la nada? Todo ese dinero, en realidad, es ofrecido religiosamente por las mismas personas que más tarde se quejan de esa publicidad. Porque, evidentemente, cada vez que una persona cualquiera compra un producto de consumo, una parte del dinero que paga se destina invariablemente a financiar la publicidad con que más tarde será torturada.

Y la cantidad de dinero que los occidentales pagan para ser torturados no es poca. Puede calcularse, como mínimo, en el orden de cientos de millones de euros cada año. De esta forma, si los ciudadanos no pagasen los costes de la publicidad al comprar sus productos, el precio que pagan por ellos bajaría de una forma considerable. En otras palabras, si no existiese la publicidad todo sería más barato.

Es bastante conocido, por ejemplo, que las empresas farmacéuticas gastan en la promoción de sus medicamentos casi el doble de lo que gastan en investigación y desarrollo. Si no existiese la publicidad, sin duda se descubrirían muchos más medicamentos para las más variadas enfermedades y todos ellos se venderían a un precio bastante menor que el actual.

La espiritualidad accidental, sin embargo, llega a ser mucho más perversa. Desde los órganos del poder, se intenta engañar continuamente a los ciudadanos haciéndoles creer que todo aquello que es financiado por la publicidad o por actividades comerciales resulta gratis. Por ejemplo, se dice que un canal estatal de televisión, financiado a través de los impuestos, resulta caro de mantener, mientras que un canal comercial es completamente gratis. En realidad, este último se financia a través de la publicidad, es decir, a través de lo que los ciudadanos pagan al consumir cualquier producto. Pero lo peor de todo es que el servicio suministrado por este tipo de canales no se guía por el interés público, sino que obedece a los oscuros propósitos de lucro y rentabilidad de una minoría. Lo mismo se puede decir de cualquier otro servicio, ya sea de televisión, de radio, de agencias estatales, de institutos privados, etc, que se financie por medio de la publicidad. Al final estos servicios gratuitos acaban por ser mucho más caros para el ciudadano. Y son además una inestimable fuente de tortura para la población.

Prohibir la publicidad sería una forma de liberar a los ciudadanos de una innoble y despiadada forma de tortura. Pero también sería una forma de bajar los precios de todos los productos, incluyendo los de mayor necesidad, que también son frecuentemente gravados por la publicidad. La promoción de los nuevos productos que aparecen en el mercado podría hacerse simplemente a través de revistas especializadas u otros medios de difusión dirigidos a los distribuidores comerciales. Y además, de esta forma el valor del nuevo producto sería medido únicamente por su calidad y no por la mayor o menor cantidad de dinero gastado en su promoción.

A pesar de atravesar su cuerpo con hierros candentes, la mayoría de los faquires no sabe la forma envidiable de vida que lleva.

10/11/09

La estrategia del parche.

Entrar en un restaurante y pedir un plato de sopa parece una cosa simple. Se trata, básicamente, de sentarse en una silla junto a una mesa sobre la cual, momentos más tarde, es servido un plato lleno de un caldo bien caliente y, utilizando de la mejor manera posible una cuchara, ingerir discretamente este sabroso alimento. Sin embargo, hoy en día, en un mundo moderno como el nuestro, un acto tan simple como éste puede convertirse en una auténtica pesadilla.

Imagine que, por un imperdonable descuido, entra usted en un restaurante que se asume como fervoroso seguidor de la modernidad y del progreso. Puede depararse, para su sorpresa, con que el plato que le ponen delante no tenga la habitual forma cóncava, sino una forma convexa. Este moderno diseño supone, sin duda, un importante avance tecnológico, pues facilita la posterior limpieza del plato y mejora las condiciones higiénicas. Sin embargo, cuando el camarero venga a servirle comprobará que la sopa escurre por la superficie del plato y se derrama inevitablemente por toda la mesa. Al final, este nuevo diseño no resulta ser tan ventajoso. Así, lo mejor sería reconocer el error y sustituir este plato por el tradicional plato cóncavo.

Pero no. Hacer esto sería atentar contra el progreso. Sería una intolerable vuelta al pasado, un retroceso histórico hacia el oscurantismo de otros tiempos. Debemos confiar siempre en la tecnología, capaz de solucionar este problema, o cualquier otro, de una forma moderna, eficaz e imaginativa. Efectivamente, bastará con añadir a la sopa un espesante químico fabricado, por ejemplo, con cualquier sustancia cancerígena, para que, al ser servida, la sopa solidifique al instante y no escurra por la superficie convexa del plato. Claro que, siendo sólida la sopa, la cuchara dejará entonces de ser eficaz. Pero esto puede solucionarse conectando la cuchara a la electricidad y acoplándole una resistencia que caliente el metal a una temperatura elevada. Así la cuchara conseguirá entrar fácilmente en la sopa y retirar pedazos de ella. Es evidente que usted se quemará la mano al coger esta cuchara, pero podrá evitarlo usando un grueso guante de amianto. Y como, usando este guante, perderá sensibilidad en los dedos, deberá utilizar una máquina automática que guíe su mano hasta la sopa y luego hasta su boca. Para evitar mancharse, pues la máquina será algo imprecisa, deberá ponerse también un embudo en la boca. Y como la sopa sólida seguramente se atascará en el embudo, tendrá que calentar el embudo con otra resistencia para volver otra vez líquida la sopa. Para evitar que el embudo caliente le queme la boca…

Sí, entrando en este restaurante y siguiendo todos estos procedimientos, usted se habrá convertido en una víctima de la estrategia del parche. Esta estrategia, tan común en nuestro tiempo, consiste en no reconocer nunca que se eligió un camino errado. Si el rumbo trazado se revela como equivocado, la única opción admisible es huir siempre hacia adelante, complicándolo todo aún más. Podemos decir que si errar es humano, reconocer que se erró es, para los seguidores de la estrategia del parche, algo totalmente sobrehumano. En vez de enfrentar y solucionar los errores, lo que se hace es ponerles un parche por encima, y sobre este parche otro, y otro, y otro.

En el mundo que vivimos, la estrategia del parche es claramente predominante. Podemos verla aplicada a cualquier asunto. Por ejemplo, en la agricultura vemos cómo las plantaciones extensivas fueron sustituidas por las intensivas. Siendo los abonos naturales insuficientes, se sustituyeron por los químicos, que alteraron el suelo. Para este suelo más pobre fue necesario crear nuevas variedades de plantas, más abonos y potentes herbicidas e insecticidas. Para poder adicionar aún más cantidad de estos venenos, se crearon entonces las plantas transgénicas, que consiguen resistirlos mejor. Pero el ambiente sucumbe ante esta enorme agresión química y se hará necesario inventar un nuevo y aberrante parche. Por su parte, la adopción de la ganadería intensiva también implicó una absurda y progresiva utilización de piensos sintéticos, de antibióticos, de hormonas… El alimento, producido de una forma cada vez más moderna, es ahora siempre de peor calidad y más peligroso para la salud humana.

En materia de energía, los combustibles fósiles se utilizaron para crear modelos de desarrollo completamente insostenibles. Cuando estos combustibles revelan ahora su impacto sobre el clima terrestre, se pretende ilusoriamente desviar los gases producidos hacia el subsuelo. Este enorme parche permitiría rehuir el problema y seguir consumiendo petróleo alegremente como hasta ahora. Y como el petróleo empieza también a escasear, se recurre también a otras fuentes de energía igualmente destructivas. Se arrasan los bosques para cultivar plantas productoras de biocombustibles, necesarios para mantener todos los coches en movimiento. Y también se utiliza aún más la energía nuclear, altamente contaminante, o se hace un uso ilógico y absurdo de la energía eólica e hidráulica. Todo ello para mantener el mismo modelo de sociedad basado en el abuso y el desperdicio energético.

En nuestro mundo actual, cualquier idea considerada moderna es siempre indiscutible y no tiene vuelta atrás, por más absurda y catastrófica que se revele. Y esto es así porque nada ni nadie puede frenar el progreso.

27/10/09

Democracia y carreras ecuestres.

La elección de buenos gobernantes ha sido, en todas las épocas, un problema de difícil solución. Muchas veces se han dado incluso casos bastante paradójicos. Hace dos mil años, por ejemplo, el cónsul romano Incitatus se convirtió en uno de los gobernantes más famosos y aclamados por el pueblo. Y sin embargo, objetivamente, podemos decir que no era un gobernante de grandes cualidades. No destacaba en leyes, ya que ni siquiera sabía escribir. Tampoco hacía grandes discursos, pues raramente hablaba. Decidir, en realidad nunca decidía nada. Y en cuanto a órdenes, parece que nunca dio ninguna. El único lugar en que brillaba con luz propia, entusiasmando al pueblo, era en las carreras de caballos. Y esto es así porque Incitatus era en realidad… un caballo. Incitatus era el caballo de carreras favorito del emperador Calígula, quien, en un momento de exaltación, o quizás de locura, recompensó a su brioso animal nombrándole cónsul y sacerdote del imperio romano.

Los tiempos avanzaron mucho desde entonces y, en la actualidad, no se permite que los caballos ocupen puestos de gobierno. En este momento sólo se permiten gobernantes que cumplan, al menos, dos requisitos básicos: pertenecer a la raza humana y ser decididamente democráticos. Distinguir a un hombre de un caballo resulta relativamente fácil, en la mayoría de los casos. Pero, en cambio, ¿qué significa exactamente ser democrático? ¿Cómo podemos caracterizar o definir adecuadamente la democracia?

La democracia, en primer lugar, se define por un objetivo: que el poder sea ejercido por el pueblo, siendo éste el único soberano. Cualquier gobierno democrático, como expresión de la voluntad de todos los ciudadanos, deberá defender el bien común, el bien que es de todos. Es decir, deberá gobernar tanto para satisfacer la voluntad general de la mayoría como para satisfacer las voluntades generales de las minorías, evitando que estas últimas puedan ser desplazadas o privadas de sus derechos.

Así, cuando un gobierno actúa en contra de los derechos de cualquier minoría, podrá decirse que no existe democracia o que ésta es un completo fracaso. Y también será un fracaso cuando, más frecuentemente, el gobierno siga exclusivamente los intereses de una determinada minoría, ignorando o despreciando los derechos de la mayoría de los ciudadanos. En este último caso estaremos ante una oligocracia (u oligarquía).

En segundo lugar, la democracia debe tener una forma: una constitución que defina las normas básicas de gobierno, garantizando en todo momento la existencia de un poder democrático. La constitución, fijando claramente los límites de cualquier acción política, evita que las acciones de gobierno se salgan de los moldes democráticos. Así, deslegitima las acciones de gobierno que no lleguen a los límites básicos, dejando al país sumido en algún tipo de anarquía. Y deslegitima también las acciones que excedan ciertos límites, anulando la democracia y sustituyéndola por algún tipo de tiranía.

Hay por tanto una serie de principios básicos que toda constitución democrática debe necesariamente garantizar a los ciudadanos: una alimentación suficiente y saludable, un trabajo respetable, una vivienda digna, una asistencia sanitaria solidaria, igualdad en el tratamiento social, acceso libre a la educación, etc. Cuando un gobierno no cumple o respeta estos principios fundamentales, o cuando cumple algunos sí y otros no, podemos afirmar que el gobierno y el país no son democráticos.

Y por último, la democracia debe tener una realización: debe desarrollarse en un necesario ambiente de libertad, de justicia y de transparencia. En ningún momento podrá garantizarse un régimen democrático si no hay una expresión libre de la voluntad política de los ciudadanos, una igualdad de todos ellos en relación al gobierno o un conocimiento público y veraz de todos los hechos.

Enunciadas estas tres condiciones, podemos ahora reflexionar sobre el carácter democrático de los actuales regímenes europeos y de sus gobernantes. Vemos, por ejemplo, cómo dichos gobiernos aumentan continuamente las desigualdades sociales, favoreciendo siempre a una minoría privilegiada y dejando de lado a la mayoría de la población. Vemos también cómo los derechos constitucionales son sistemáticamente olvidados, privando a una buena parte de los ciudadanos de sus derechos básicos. Vemos asimismo cómo las sociedades europeas se desarrollan en un ambiente de desigualdad y de poca transparencia, estando la información pública en manos de grupos financieros o bajo la interferencia de los gobiernos. Y vemos también, por último, la expresión política de los ciudadanos reducida al mínimo, limitada a unas elecciones simuladas basadas en la propaganda, la manipulación y la incultura. No parecen, por tanto, darse ninguna de las condiciones que caracterizan a la democracia. En cambio, sí parecen darse muchas, demasiadas, de las que caracterizan a las oligocracias.

Ante este panorama, podemos decir que es una lástima que Europa no esté dirigida por gobernantes mucho más esclarecidos y democráticos, como fue, sin duda, el noble cónsul Incitatus. Para el bien de Europa, digna heredera del antiguo imperio romano, resulta necesario que vuelva a permitirse gobernar a los caballos. ¡Antes un caballo mudo y veloz que una galopante pandilla de oligarcas!

15/10/09

Invocar al angel de la perversidad.

Existe toda una serie de personajes, tanto históricos como imaginarios, que tradicionalmente han sido tratados con gran desprecio, a veces incluso con repugnancia, por la opinión pública más bien pensante. Podemos citar aquí algunos ejemplos: Atila, terrible rey de los hunos, la bruja malvada que aprisionó a Hänsel y Gretel en su cabaña de mazapán, el misterioso y siniestro Jack el Destripador, piratas crueles como el capitán Barbarroja, los famosos y siempre desalmados traficantes de esclavos, etc.

Hasta ahora, todos estos personajes eran vistos como monstruos despiadados y sanguinarios. Sin embargo, en la actualidad, esta visión negativa que se tenía de ellos está comenzando a cambiar. Y esto es así porque, a la luz de las ideas neoliberales que dominan el mundo actual, todos ellos comienzan a revelarse ante nuestros ojos como auténticos héroes. Todos ellos, de forma modesta y silenciosa, hicieron algo que favoreció el bienestar de todos los pueblos del mundo, aproximándolos al siempre tan ansiado objetivo de la riqueza universal. Sí, todos ellos… crearon puestos de trabajo.

No cabe la menor duda. Consideremos, por ejemplo, al bárbaro Atila. Este famoso caudillo contrataba un número ingente de soldados en cada una de sus sangrientas correrías, y cuando la mayoría moría, pocos días después, siempre reclutaba aún más. Gracias a él, no existían nunca personas desempleadas. Por su parte, la bruja de la cabaña de mazapán fue, en realidad, un ejemplo admirable de iniciativa empresarial. Su mesón, que tenía por especialidad gastronómica los niños asados, dinamizaba la economía del bosque y creaba muchos puestos de trabajo entre los duendes, empleados allí como camareros. ¿Y qué podemos decir del sanguinario Jack? Nunca el sector de las funerarias estuvo tan floreciente, empleando a tantos trabajadores. El pirata Barbarroja, por su parte, creó numerosos puestos de trabajo en el sector naval. Y los traficantes de esclavos, que transportaban a los trabajadores hasta las plantaciones, donde existía una gran demanda de mano de obra, no hacían otra cosa sino permitir la creación de empleo y estimular la economía.

Sí, porque en los días de hoy lo importante, lo admirable, es crear puestos de trabajo. No importa si, para ello, se comete algún pequeño crimen, o incluso uno un poco más grande o un poco más desmedido. Matar, comer, envenenar, explotar, asesinar a alguien… no dejan de ser pequeños detalles, algo que no se compara a la creación de empleo, ese bien tan precioso para la actual sociedad industrial. Nada existe, por tanto, más digno de admiración que los grandes creadores de empleo de la actualidad, eximios benefactores de la humanidad: los comerciantes internacionales de armas, los empresarios que buscan mano de obra del tercer mundo, los banqueros y financieros dedicados al fraude y a la usura, los gobernantes corruptos que llenan de cemento sus propios países, los promotores de grandes centrales nucleares… El bien supremo es siempre la creación de puestos de trabajo.

De todo esto se concluye que el mundo en que vivimos se olvidó de algunas cosas. Para comenzar, se olvidó de que los puestos de trabajo no son creados por una única persona. En realidad, son creados conjuntamente por diversos sujetos activos y pasivos: los trabajadores, el capital inversor, la gestión empresarial, los consumidores del producto, las leyes y usos laborales, etc. Quien toma la iniciativa de abrir y gestionar una empresa se limita a seguir, junto con los otros intervinientes, las indicaciones dadas por la realidad del mercado.

Y claro, su objetivo no es beneficiar a la humanidad creando empleo. Su objetivo es simplemente el lucro personal. Para ello no dudará, en muchos casos, y tal como se ve tantas veces, en explotar abusivamente a los trabajadores, en apoderarse de forma fraudulenta del capital de la empresa, en someter a los consumidores a una publicidad agresiva y persistente, o incluso en tratar de modificar las leyes laborales existentes… El supuesto benefactor de la humanidad no es, muchas veces, más que un tirano poseído por una avaricia desmedida.

Otra cosa olvidada por nuestro mundo actual es que el trabajo es un derecho constitucional. Corresponde, por tanto, al estado asegurar que todos los ciudadanos tienen trabajo, ya sea creando empresas o empleo público, ya sea favoreciendo la formación de empresas privadas que respeten las leyes. Sin embargo, los gobernantes neoliberales de la actualidad incumplen este mandato constitucional y renuncian a crear o a asegurar el empleo de los ciudadanos. La iniciativa privada pasa a ser, por tanto, la única en formar empresas, la única a partir de la cual se forma el poco empleo existente. Así, cualquier ciudadano que se incorpore a una de estas empresas privadas tiene la obligación de agradecer a la persona que lo contrata la dádiva de su puesto de trabajo. Y, claro, si no quiere quedar desempleado, debe perdonarle también todos sus pequeños o grandes crímenes. Aunque estos atenten contra su propia salud o dignidad.

Hoy en día, a cualquier criminal que es llevado ante el juez le basta con invocar a este nuevo ángel de la perversidad para, al instante, salir en completa libertad. Sólo necesita decir: yo creé puestos de trabajo.

25/09/09

Ciencia ética o ciencia patética.

Hace unos 2.400 años, un filósofo griego llamado Demócrito teorizó sobre la composición de la materia. Según afirmaba, la materia estaría formada por unas partículas indivisibles que pasaron a llamarse átomos. Mucho tiempo después, pasados más de mil años, los llamados alquimistas buscaron incesantemente el secreto de la piedra filosofal, por la cual pretendían convertir otras sustancias en oro. Fueron ellos los que sentaron las bases de la química moderna al demostrar que algunos compuestos, mediante ciertas reacciones, podían transformarse en otros completamente diferentes. Pasados otros mil años, un modesto monje llamado Mendel formuló las leyes genéticas de la herencia mientras se entretenía en plantar unos guisantes en su jardín. Como demostró, los genes se transmitían entre generaciones siguiendo unas determinadas reglas.

Todos estos filósofos y científicos eran, aparentemente, personas admirables. Sin embargo, pese a su aspecto sencillo e inocente, quizás podamos decir que se encuentran entre los mayores criminales de toda la historia de la humanidad… Sí, esta afirmación puede parecer algo sorprendente. Pero pensemos por un momento en lo siguiente: ¿no fueron ellos los precursores de ciencias que provocaron y provocan, hoy en día, miles y miles de muertes?

Si Demócrito no hubiese iniciado unas ideas que más tarde llevarían a la construcción de la bomba atómica, nunca habría existido el genocidio de Hiroshima. Si los alquimistas no hubiesen hecho los primeros experimentos para crear nuevos compuestos, no se habrían creado los clorofluorocarbonos (CFC), compuestos que están destruyendo la capa de ozono y provocando miles de víctimas. Si Mendel no hubiese dado inicio al estudio de la genética, no se habrían creado los organismos genéticamente modificados (OGM), que están siendo introducidos en los ecosistemas y provocarán efectos catastróficos en el futuro.

Podemos pensar, con toda razón, que el pobre Demócrito no fue responsable, ni mucho menos, de la creación de las bombas atómicas varios milenios después. O que a Mendel nunca le pasó por la cabeza que alguien pudiese, un siglo más tarde, utilizar sus guisantes para producir la contaminación genética de las más diversas especies. Ellos eran científicos que investigaban la naturaleza de las cosas. Su objetivo era simplemente ampliar el conocimiento para que éste pudiese ser utilizado para el bien de la humanidad.

Pero aquí está precisamente el problema: para que pudiese ser utilizado ¿cómo?, ¿por quién? y ¿realmente, para el bien de la humanidad? No cabe duda de que sus valiosos descubrimientos fueron utilizados por muchas personas: unas veces cultas y sabias, otras veces completamente ignorantes. Unas veces para realizar cosas maravillosas, otras veces para realizar las cosas más abominables del mundo. Cualquier tipo de conocimiento es en realidad un arma de doble filo: puede ser utilizado tanto para el bien como para el mal. Es decir, el conocimiento está inevitablemente sujeto a la ética.

En realidad toda ciencia, como epígono de la filosofía, como búsqueda humana de un conocimiento dirigido hacia un objetivo, ya sea concreto o difuso, es una extensión de la ética y está subordinada a ella de forma natural. Cualquier nuevo descubrimiento científico es, por tanto, inseparable de su raíz ética.

Sin embargo, la ciencia que vemos hoy en día a nuestro alrededor no es una ciencia ética, sino, en todo caso, una ciencia patética. En la mayoría de los casos, la ciencia actual está despojada de cualquier ética o de cualquier principio ético. Es por ello una falsa ciencia.

La mayoría de los científicos actuales no sabe ni se preocupa lo más mínimo por la ética. Y sus investigaciones no tienen necesariamente como objetivo el bien de la humanidad. Como auténticos profesionales que son, los científicos se limitan a estudiar aquello para lo cual hay dinero, aquello para lo que les pagan. Su área de conocimiento, además, llega a ser tan especializada y su campo de acción tan limitado que, muchas veces, sus supuestos objetivos resultan incoherentes o contradictorios. Y muy a menudo, su ignorancia de otros campos del saber les lleva a creer en la falsa bondad de sus investigaciones o de su posterior aplicación.

Una vez realizan un descubrimiento, los científicos actuales dejan su utilización en manos de otros, despreocupándose por completo de sus consecuencias. La mayoría piensa incluso que no les corresponde a ellos aplicar sus descubrimientos. Eso corresponde a cualquier otra persona, sin duda más ignorante. Y si ésta los emplea para realizar el mal, eso no es asunto de ellos.

No cabe duda de que esta actitud habría escandalizado a Demócrito, a Mendel o a los alquimistas, cuya dimensión ética podemos suponer muy superior a la de los científicos actuales. No a la de todos, evidentemente. Pero a nadie se le escapa que la mayoría de la patética ciencia actual es una mera actividad mercantilista, sin ningún cerebro, sin ninguna ética y sin ninguna… ciencia.

29/07/09

El triángulo bidimensional de la política.

Hace un par de siglos, para subir a lo alto de la montaña sólo era necesario dar una decena de pasos, los mismos que eran necesarios para descender desde la montaña hasta el pantano. Esto sucedía durante los turbulentos y gloriosos tiempos de la Revolución Francesa. La asamblea legislativa de aquella época estaba dividida entre los representantes más revolucionarios y democráticos, atrincherados en los asientos superiores, y los representantes más conservadores, cómodamente instalados en los asientos inferiores. Bien pronto estos dos grupos recibieron nombres alusivos a su posición en la cámara: los habitantes de las alturas fueron llamados la Montaña, mientras que los habitantes de la llanura fueron llamados el Llano o, más jocosamente, el Pantano.

Tras la ascensión de la Montaña y su posterior hundimiento, la nueva cámara quedó sumida en el Pantano. No habiendo ya valles ni montañas en el horizonte, pasó entonces a adoptarse una nueva terminología, menos tridimensional, para designar las tendencias ideológicas resultantes. Por el hecho de utilizar los asientos situados a un lado o a otro de la cámara, los conservadores pasaron a ser llamados la Derecha y los más liberales la Izquierda. Esta designación tuvo un enorme éxito y pasó a utilizarse en lo sucesivo, llegando sin grandes cambios hasta nuestros días.

Sin embargo, esta terminología genera en la actualidad muchas confusiones. Hoy en día abundan las gentes pantanosas que afirman ser de izquierda. Otras personas, venidas de la montaña, se arrastran alegremente por el fondo de las llanuras de la derecha. Individuos de evidente naturaleza extremista aseguran estar en el centro y se presentan a sí mismos como un ejemplo de moderación y de virtudes. Y otros, finalmente, andan de un lado para otro y nadie sabe muy bien dónde encontrarlos.

Gran parte de esta confusión se debe a la insistencia en utilizar la vieja terminología unidimensional derechaizquierda. Para entender mejor la política es necesario devolverle, como mínimo, la bidimensionalidad. Y para ello nada mejor que utilizar, por ejemplo, la forma del triángulo, siempre tan útil para el método dialéctico y su tríada de conceptos: tesis, antítesis y síntesis.

Así, en este triángulo político vemos, en primer lugar, una base situada entre los dos vértices inferiores. En el vértice izquierdo tenemos a los conservadores, mientras que en el vértice derecho encontramos a sus antitéticos, los liberales. Los primeros defienden un mundo regido por leyes degeneradas. Los segundos, por el contrario, defienden un mundo degenerado en que no existen leyes, regido únicamente por los caprichos del mercado.

Los conservadores defienden los derechos de una minoría privilegiada que es dueña de grandes posesiones materiales (herencia lejana del feudalismo) y que vive con un miedo constante de perderlas. Por ello, intentan defender sus posesiones imponiendo a la sociedad unas leyes férreas e inmovilistas. Los liberales, por el contrario, defienden a una minoría privilegiada en ascensión que, sin grandes propiedades materiales, acumula dinero y poder financiero. Tratan, por tanto, de impedir la existencia de cualquier tipo de ley, pues éstas supondrían un obstáculo para la acumulación de más riqueza.

A pesar de estos dos grupos ser antitéticos, esto no quiere decir que no sepan unirse contra el enemigo común, llegando en ocasiones a apoyar gobiernos de naturaleza tiránica. Además, los burgueses, en la medida que utilizan su dinero para comprar posesiones, se aproximan a los conservadores. Y los grandes propietarios, en la medida que convierten sus posesiones en dinero, se convierten en liberales.

Como superación de este espectro de partidarios de la oligocracia, ya sea de orientación feudalista o capitalista, surge el otro vértice del triángulo. En él se encuentran los modernos movimientos defensores de la democracia: comunismo (o socialismo científico), anarquismo, pacifismo, ecologismo, etc. Bajo diferentes perspectivas, con mayor o menor éxito, todos estos movimientos defienden el bien común de la población sobre bases éticas y científicas.

Nos es posible entender mejor la política actual si observamos la geometría de este triángulo. El vértice izquierdo pretende anular la libertad individual. Los otros, por el contrario, abogan por la libertad del individuo, en un caso basada en el individualismo y en el otro en la libertad social. El vértice derecho pretende imponer la ausencia de leyes. Los otros, por el contrario, defienden la existencia de leyes, en un caso de naturaleza represiva y en el otro basadas en la justicia. Y, por último, el vértice superior defiende la democracia. Los otros, por el contrario, pretenden perpetuar el poder abusivo de una minoría, ya sea de viejos o de nuevos ricos.

Si ya quedó claro que el mundo no es plano, sino redondo, ¿por qué continuar utilizando un modelo unidimensional para definir las ideologías?