20/02/12

El ocaso de los dioses.

En tiempos pasados la lluvia era considerada por el hombre como un auténtico misterio. No se sabía por qué motivo el agua caía del cielo, ni tampoco por qué llovía sólo en determinados periodos de tiempo y no en otros. Debido a ello, intentando buscar una explicación lo más sencilla posible, el hombre imaginó la existencia de un ser sobrenatural que, gobernando la inmensidad de los cielos, decidía entonces cuándo, cómo y dónde debía llover. Y este dios era necesariamente humano, o al menos de mentalidad humana, pues sólo de esta forma en época de inclemencias sus caprichos podrían ser comprendidos por el hombre y su furia convenientemente aplacada.

Más tarde, con los avances de la ciencia, se descubrió que la lluvia se debía realmente a un complicado proceso atmosférico en el cual el agua, tras evaporarse con el calor del sol, volvía a condensarse y a precipitar bajo determinadas condiciones. No había por tanto ningún dios que gobernase la lluvia. Ni tampoco, por desgracia, había forma de aplacar la furia desencadenada, de forma mecánica, por los elementos.

La lluvia estaba explicada. Pero faltaban por explicar otros misterios aún mayores: la existencia de la tierra, del cielo, del mar... la propia existencia del mundo. Nuevamente la invención de un dios permitió dar una respuesta simple a todos estos enigmas. La voluntad caprichosa de un dios todopoderoso, creador del mundo, explicaba fácilmente la existencia de cualquier aspecto o característica de la naturaleza. Y este dios era, una vez más, humano. Nadie sería capaz de entender y aplacar los caprichos de una deidad que fuese una hormiga gigante, una tortuga de seis patas o un enorme gusano devorador de cieno. En cambio, es bien fácil comprender los caprichos de otro ser humano. Por eso el dios creador del mundo tenía que ser también humano. Incluso convenía que fuese el padre de todos los hombres y su más fiel, aunque ciertamente algo distraído, protector.

Nuevamente llegó la ciencia para desmentir esta explicación llena de seres sobrenaturales y todopoderosos. En realidad, nuestro planeta se formó juntamente con el sistema solar y sobre su corteza se asientan naturalmente mares y atmósferas cambiantes. No existe por tanto ningún dios creador del cielo, del mar o de la tierra.

Pero rápidamente surgió entonces una nueva pregunta: ¿y dónde se encuentra este sistema solar? ¿En un universo infinito lleno de millones de estrellas y galaxias? ¿Y por qué existe entonces este universo? Una vez más, la solución más sencilla para este problema fue inventar un nuevo dios, esta vez un dios creador del universo. Y humano, claro. Un dios alienígena nos sería completamente incomprensible y no nos serviría para nada. Debería ser un dios terrestre y además humano, a ser posible con nuestra misma mentalidad, nuestras mismas pasiones y nuestro mismo sentido de la realidad, tal como eran los desaparecidos dioses de la lluvia, del cielo y de los mares.

La ciencia empieza ahora a explicarnos que el origen del universo se debió a una gran explosión de materia y energía, que desde entonces continúan a expandirse sin fin por un espacio ilimitado. Definitivamente no hay ningún dios, ningún ser abstracto ni sobrenatural, en ninguna parte. Sin embargo, aun así, los dioses se resisten hoy en día, obstinadamente, a morir. Parece incluso que andan por ahí preguntando distraidamente: ¿y quién prendió la mecha de esa tal explosión?

El ser humano es una ínfima especie dentro del inmenso conjunto de los seres vivos de nuestro planeta. Vive además en un periodo ínfimo de la prácticamente eterna historia de la Tierra. Por otra parte, nuestro ínfimo planeta gira alrededor de una estrella que es ínfima en el conjunto de la galaxia, que a su vez es ínfima en el conjunto de todas las galaxias del universo. Sin embargo, el dios que originó toda esa infinidad, esa inmensidad del universo, es humano. Tiene que ser forzosamente humano, tal como nosotros. Así es: el ser humano es una ínfima creación de un universo infinito, pero aun así es lo bastante arrogante para crear, a su vez, al dios que creó todo ese universo.

En realidad, era de esperar que el avance de la ciencia provocase el definitivo ocaso de los dioses, la desaparición de todos estos seres fantasiosos creados por la fértil imaginación humana. Pero en vez de eso, lo único que la ciencia ha conseguido es que nuestros dioses sean cada vez más poderosos y arrogantes. Ya no son sólo capaces de crear la lluvia, el cielo, el mar o la tierra. Ahora son capaces de crear el sol, las estrellas, las galaxias e incluso la totalidad del universo.

¿Qué tendrá que hacer ya la ciencia para demostrar que no existen los dioses, ni los horóscopos, ni cualquier otro tipo de superstición? Pues bien, seguramente nada. Porque en realidad ninguna de las armas de la ciencia es capaz de derribar al auténtico y más poderoso dios que gobierna al ser humano: la pereza mental.

13/12/11

El error como plenitud de la perfección.

Todo el mundo puede cometer errores. Cuando viajamos a un lugar tan gélido y distante como la Siberia debemos tener siempre la precaución de poner en nuestro equipaje una ropa de abrigo que nos proteja perfectamente del frío. Si, por cualquier motivo, nos equivocásemos y pusiésemos ropa de playa, un bañador y unas sandalias, ese error podría acabar por resultarnos fatal. Sin embargo, ¿qué ocurriría si, por cualquier motivo, la línea de ferrocarril en la que viajamos quedase interrumpida y nuestro tren se viese obligado a desviarse hacia el sur, hasta un lugar de clima tropical? Pues bien, en ese caso nuestra ropa de playa resultaría perfecta.

Así, basta con que cambien las circunstancias para que aquello que era considerado un terrible error pase a convertirse en una opción perfecta. Un simple desplazamiento desde la Siberia hasta el trópico es suficiente para cambiar radicalmente aquello que se considera o no como perfecto. Pero incluso cuando permanecemos siempre en el mismo lugar, aquello que consideramos perfecto también puede cambiar, pues con el tiempo cambian también las circunstancias. Lo que hasta hoy era perfecto mañana podrá ya no serlo, y nuestros errores de hoy podrán ser quizás la perfección del mañana.

Suele decirse que en todo lo que hacemos debemos intentar alcanzar la perfección. Pero, como vemos, esa perfección está siempre sujeta a continuos cambios. Por ello, una vez alcanzado un determinado estado de perfección, nunca deberíamos permanecer anclados a él por mucho tiempo. Por el contrario, deberíamos desviarnos continuamente de esa perfección, alejarnos de ella una y otra vez, para de esta forma tener la posibilidad de adaptarnos a las nuevas circunstancias y alcanzar la próxima perfección. Pero ¿de qué forma y con qué lógica podemos desviarnos de algo que, hasta este momento, es completamente perfecto? ¿Y en qué dirección deberemos hacerlo, cuando desconocemos por completo las características de esa futura perfección? Para resolver este problema, la mejor solución que tenemos es utilizar el error. Así, lo mejor que podemos hacer es cultivar un error deliberado, siempre mínimo pero constante, cada vez que alcancemos un determinado estado de perfección.

Se suele considerar que la naturaleza es perfecta. En realidad, la naturaleza ya era perfecta y lo continuará siendo en el futuro, aunque siempre de una forma diferente de como era antes o de como es hoy. A medida que el ambiente en que se desarrolla ha ido cambiando, la vida ha ido evolucionando para crear siempre nuevos y diferentes estados de perfección. Pero, como es evidente, nunca habría llegado a ellos si hubiese permanecido inmutable y estática en un primer estado inicial de perfección.

Y la forma con que la vida pasa de un estado de perfección al siguiente es precisamente utilizando el error. La aparición espontánea de errores en cada nueva generación es la que permite a la vida crear nuevas e inesperadas formas, entre las que se contará, siempre por casualidad, el nuevo estado de perfección siguiente. Estos errores son las mutaciones genéticas, que ocurren espontáneamente cada vez que, con el paso de una generación a otra, se realiza una copia completa del material genético de la especie. Dichas mutaciones, que no son otra cosa que simples errores en el proceso de copia, ocurren con una frecuencia bajísima, del orden de una vez por cada cientos de millones de nucleótidos copiados. Sin embargo, ocurren siempre y de forma constante.

Lo cierto es que no conviene que estos errores sean muchos o muy grandes, pues en ese caso el nuevo individuo se apartaría radicalmente de las condiciones de vida del medio ambiente actual o futuro. Lo que conviene es que los errores sean pocos y pequeños, tan pequeños como pequeña es la variación, lenta y gradual, sufrida por el medio ambiente al cual los nuevos individuos deberán adaptarse.

Prácticamente todas las mutaciones crean individuos menos adaptados al medio, menos perfectos. Pero a veces, de forma inesperada, llevan a la aparición de individuos ligeramente mejor adaptados. Y es con ellos que nace una nueva forma de perfección, una perfección que acabará por substituir a la anterior.

Pero no sólo la mutaciones genéticas son capaces de crear nuevas formas y perfecciones. La recombinación sexual entre individuos perfectos y menos perfectos, o entre individuos más perfectos en un aspecto y otros más perfectos en otro, también permite crear individuos con nuevas combinaciones genéticas. Y algunos de ellos, por acumular una determinada combinación de errores, acabarán por ser más perfectos que sus antecesores. Así, en ocasiones, nada resulta más perfecto que el propio error.

Por tanto, no tenga ninguna vergüenza en andar por la Siberia vestido con ropa de playa y sandalias. Piense que, al final, el calentamiento climático quizás acabe por darle la razón... si llega a sobrevivir hasta entonces.

21/10/11

La generación perdida.

Cuando se habla de la existencia de una generación perdida, muchas veces se ignora hasta qué punto este tipo de generaciones son frecuentes. En realidad, la mitad de las generaciones humanas son generaciones perdidas, generaciones de las que nunca se habla y muchas veces ni tan siquiera se sospecha su existencia. Para entender esto, algo aparentemente tan sorprendente, resulta útil estudiar la vida de los helechos.

La vida de estas plantas consiste en un ciclo donde se alternan repetidamente dos generaciones de características muy diferentes. El helecho, en la forma habitual que conocemos, es una planta de porte generalmente mediano. Sus células, como las de cualquier ser vivo, poseen cromosomas, las grandes macromoléculas donde se sitúan los genes. Y estos cromosomas se encuentran por duplicado, siendo cada conjunto procedente de cada uno de sus progenitores, paterno y materno. Las plantas de helecho son, por tanto, organismos diploides, con dos conjuntos de cromosomas.

En un determinado momento, los helechos producen las esporas, un tipo de semilla capaz de germinar y de dar lugar a la siguiente generación. Ésta consiste en una planta de muy reducidas dimensiones, en forma de lámina, llamada prótalo. Sin embargo, en el momento de la formación de las esporas cada célula desecha, al azar, uno de los dos conjuntos de cromosomas. Y es por ello que, tal como la espora que lo origina, también el prótalo posee en sus células un único conjunto de cromosomas. El prótalo es, por tanto, un organismo haploide, con un solo conjunto de cromosomas.

Llegada la madurez, el prótalo genera células reproductoras, los gametos, que pueden ser masculinos o femeninos. Y con la unión de dos de estos gametos, provenientes de diferentes prótalos, es como se forma una nueva célula, el cigoto. Este cigoto es diploide por reunir dos conjuntos de cromosomas, uno de cada gameto. Y tras dividirse y desarrollarse dará lugar a una nueva planta de helecho.

En todo este ciclo existe, por tanto, una alternancia de generaciones: una planta diploide da lugar a una pequeña planta haploide, el prótalo, y seguidamente ésta da lugar a una nueva planta diploide, el helecho. Y así repetidamente.

En realidad, la alternancia de generaciones se da en todos los organismos pluricelulares que poseen reproducción sexual. En algunas especies, como en los helechos, el organismo diploide y el haploide son de tamaño y aspecto diferentes. En otras especies, como por ejemplo en algunas algas, las dos generaciones tienen exactamente el mismo aspecto, dimensiones y forma de vida. Por el contrario, hay especies en que una de las dos generaciones tiene un tiempo de vida muy reducido y casi no se manifiesta. Esto es precisamente lo que ocurre en la mayoría de los animales, tal como en el hombre.

El ser humano, en su forma habitual que conocemos, es un organismo pluricelular y diploide, con células que poseen dos conjuntos de cromosomas. En un determinado momento, el ser humano produce también el equivalente a las esporas, en este caso unas células denominadas espermatocitos u ovocitos, según se formen en el hombre o en la mujer. Y son estas células, ya con un único conjunto de cromosomas, las que darán lugar a la siguiente generación, al pequeño organismo haploide.

Sin embargo, como en casi todos los animales, esta fase se encuentra reducida al máximo en el ser humano. Los organismos haploides, que no llegan a desprenderse ni a salir del cuerpo del progenitor, ni tan siquiera llegan a ser claramente pluricelulares. En su breve periodo de vida se limitan a ser unos simples agregados de células cuya única función es producir inmediatamente los gametos. Estos gametos, llamados espermatozoides y óvulos, sí que llegan a desprenderse del progenitor. Y cuando se unen forman una nueva célula diploide, el cigoto, que tras dividirse una y otra vez dará lugar a un nuevo organismo pluricelular, es decir, a un nuevo hombre o mujer.

Por tanto, cuando decimos que el ser humano es un organismo pluricelular en realidad lo que estamos haciendo es una simplificación. El ser humano sólo es pluricelular en su fase diploide, mientras que es unicelular o casi unicelular en su breve fase haploide y también durante sus formas de transición entre una y otra fase.

Así, cuando observamos a uno de nuestros hijos lo que estamos viendo no es la primera, sino la segunda generación que nos sucede. En medio ha vivido otra generación de la que nadie habla y de la que la mayoría ni tan siquiera sospecha su existencia. Se trata de una nueva generación perdida.

29/09/11

¿Es el petróleo una energía ecológica?

Después de oír hablar tantas y tantas veces de energías renovables, de energías alternativas, de energías limpias, de energías verdes, de energías amigas del ambiente… llega un momento en que resulta difícil saber de qué estamos hablando. Por otra parte, al escuchar a los defensores de cada tipo de energía, nos quedamos con la sensación de que todas las fuentes de energía son maravillosas y prometedoras, no teniendo ninguna de ellas cualquier tipo de repercusión negativa sobre el ambiente. Con toda esta confusión, cualquier día podemos incluso preguntarnos si el petróleo no será también, al fin y al cabo, una energía renovable, alternativa y ecológica.

¿Será renovable? Pues bien, en realidad todo depende de la escala temporal que utilicemos. El petróleo se formó a partir de materia orgánica proveniente de pequeños organismos marinos que vivieron en la antigüedad. Fueron necesarios algunos cientos de millones de años, además de complicados procesos geológicos, para que esta materia se transformase en el combustible fósil que hoy conocemos como petróleo. Por tanto, podemos decir que, en el fondo, el petróleo es una energía renovable, pues se va formando, si la suerte acompaña, cada varios cientos de millones de años. Renovable sí… o quizás, pero claro, mejor esperar sentado.

¿Y es una energía alternativa? Sin duda. Hace un siglo, cuando su uso comenzó a generalizarse, el petróleo era considerado como una energía alternativa, pues venía a sustituir el uso del carbón. Y siendo menos sucio y contaminante que éste, el petróleo era en ese momento, no cabe duda, una energía más ecológica y amiga del ambiente. De hecho, aún hoy en día podemos decir lo mismo frente al uso intensivo del carbón que siguen realizando determinados países. Como es fácil comprender, cualquier energía es buena si se la compara con alguna otra peor.

Pero la forma en que se utiliza una determinada fuente de energía también condiciona sus efectos ambientales. Un uso extremadamente reducido y bien controlado del petróleo no llegaría seguramente a afectar de forma significativa al ambiente. En cambio, su uso masivo y descontrolado, tal como sucede en los días de hoy, está conduciendo al mundo a un terrible y devastador desastre ecológico.

Esto es lo que podemos decir en relación al petróleo. Pero sería importante hacernos exactamente el mismo tipo de preguntas en relación a todas las otras fuentes de energía, pues todas ellas son buenas, renovables, alternativas o ecológicas según se juega de forma irresponsable con el significado de estos conceptos. Sólo así podremos librarnos quizás de tanta confusión y de ser engañados tantas veces.

La energía hidroeléctrica, por ejemplo, es una energía renovable y amiga del ambiente dependiendo de su uso. Las pequeñas centrales hidroeléctricas son renovables y ecológicas. Pero las grandes presas y embalses no lo son, pues eliminan de forma irreversible todo el ecosistema fluvial y la riqueza a él asociado. Siendo utilizada desde muy antiguo, sólo podemos considerar a esta energía como alternativa en relación al hoy omnipresente petróleo.

La energía eólica no es una energía amiga del ambiente cuando se construyen grandes parques eólicos en zonas protegidas, creando con ello un fuerte impacto ambiental. Y lo mismo se puede decir de la energía solar si se pretende construir una enorme central solar en medio, por ejemplo, de un parque natural. Siendo también muy antiguas, podemos considerar a estas energías como alternativas atendiendo a las recientes y modernas tecnologías que utilizan actualmente.

La energía nuclear no es renovable, pues depende de la existencia de yacimientos minerales que están próximos a agotarse. Y ni siquiera es muy alternativa, pues en realidad necesita de mucha energía, generalmente proveniente del petróleo, para explotar, transportar y transformar esos minerales. Los desechos radioactivos, que duran milenios, no son tampoco amigos del ambiente ni de las futuras generaciones.

La tradicional leña de nuestros abuelos tiene ahora, por arte de magia, nuevos nombres: biomasa o biocombustible. Muchos bosques desaparecieron en el pasado para convertirse en leña. Y muchos otros están desapareciendo actualmente para convertirse en biomasa o en biocombustibles. El uso intensivo y voraz que se hace del suelo fértil convierte a esta energía, con demasiada frecuencia, en una energía no renovable.

En realidad, la energía solar y el uso que de ella hace la fotosíntesis constituyen el sistema energético más perfecto, limpio, eficiente y ecológico que se conoce. Pero atención, trate de aprovechar esta energía mientras pueda, pues nuestro astro rey sólo va a durar unos cuantos miles de millones de años más. Ni siquiera el sol es una fuente de energía completamente renovable.

30/06/11

Conocimiento científico y anticientífico.

Podemos imaginarnos visitando la sala de cuidados intensivos de un hospital. Ante nosotros se encuentra un investigador médico ocupado en ese momento en retirar la medicación a un paciente. Su objetivo es saber cuántos días consigue el enfermo sobrevivir sin el medicamento: un día, dos días, tres, cuatro… Al final de ese tiempo acabará inevitablemente por morir en dolorosa agonía. El investigador apuntará entonces en su libreta el tiempo que el enfermo duró con vida, juntando éste y otros datos a aquellos que recogió en otros pacientes con la misma enfermedad y a los que dejó morir de la misma forma. Como buen investigador que es, anotará todo cuidadosamente, siempre con la máxima precisión y rigor.

Podemos ahora imaginar que estamos en las obras de construcción de un gigantesco edificio. Ante nosotros, un arquitecto investiga la capacidad de resistencia de diferentes materiales defectuosos y de mala calidad. Primero construye el edificio con estos materiales y luego, cuando acaba, va metiendo gente en su interior hasta que éste acaba por hundirse, hiriendo o matando a gran parte de las personas. Apuntará entonces los resultados en su libreta, juntando éste y otros datos a aquellos que recogió en otros edificios igualmente defectuosos y mortales que construyó. Como buen investigador que es, anotará todo cuidadosamente, siempre con la máxima precisión y rigor.

En ambos ejemplos podemos decir que los investigadores obtienen un conocimiento objetivo y metódico. Ambos obtienen informaciones médicas e arquitectónicas sumamente precisas y de gran valor. Sin embargo, por más rigurosos que sean todos los métodos y procedimientos que siguen, ni uno ni otro están realizando medicina o arquitectura. Porque la medicina es una ciencia que consiste en curar a las personas, no en dejarlas morir. Y porque la arquitectura es una ciencia que consiste en construir casas seguras, bellas y confortables, no en construir casas que se hunden y matan a sus ocupantes.

A pesar de seguir de forma irreprochable todos los procedimientos de la investigación científica, ninguno de estos dos casos constituye realmente un ejemplo de investigación científica. Porque para que una investigación pueda ser considerada científica no basta con seguir los métodos materiales e instrumentales propios de la ciencia. Es necesario que esa investigación siga también los propósitos, los objetivos y las finalidades de la ciencia. Y estos, como ocurre en cualquier actividad humana, tienen siempre un fundamento ético. Tanto la ciencia médica como la ciencia arquitectónica tienen un propósito y, como consecuencia, una base ética fuera de la cual dejarían de tener el menor sentido.

Así, considerando esto, podemos preguntarnos cuánto del conocimiento que en la actualidad llamamos científico es verdaderamente científico. Y cuánto, por el contrario, es anticientífico. Ambos tipos de conocimiento tienen la misma apariencia, adoptan las mismas formas, siguen los mismos métodos. Ambos nos deslumbran con su lógica, con su precisión, con su objetividad, con su racionalidad. Sin embargo, en un caso es científico y en otro no.

Para saber si una investigación y su resultado son o no científicos tenemos que juzgar su fundamento ético, su propósito y finalidad. Pero hacer esto muchas veces no es nada fácil. En algunas ocasiones, el carácter científico de una investigación acaba por depender del resultado final, que puede ser imprevisto o inesperado. En otros casos, va cambiando según el rumbo seguido por la investigación. Y a veces puede depender del uso de un determinado método y no de otro. Además, la investigación puede en ciertos casos moverse dentro de las fronteras de la ética, siendo que estas fronteras también se mueven en función de las ideas y del desarrollo de la sociedad de cada época.

Pero a veces resulta fácil saber lo que no es ciencia. En ocasiones es fácil saber lo que, pese a su apariencia, no tiene ninguna relación con la ciencia. No existe ninguna ciencia, por ejemplo, en crear bombas con una tecnología cada vez más sofisticada y destructora. Tampoco existe ciencia en fabricar venenos y biocidas, ni en la energía nuclear, ni en la modificación genética de organismos. No existe, en definitiva, ninguna ciencia en todo aquello que tenga como propósito destruir la vida y la naturaleza. Esto es simplemente anticiencia.

La figura del científico loco es emblemática de un cierto tipo de literatura fantástica. Pero muchísimo peor que un científico loco es un científico a sueldo, falto de ética y sin espíritu crítico, como los que tanto abundan en nuestra sociedad. Es decir, un anticientífico.

31/05/11

La educación liberal.

Si tenemos la oportunidad de observar una manada de perros salvajes, podremos comprobar cómo todos ellos se tratan entre sí con gran ferocidad: empujándose, luchando de forma violenta, mordiéndose los unos a los otros… Sin embargo, cuando se ven confrontados con una amenaza externa, todos ellos olvidan rápidamente sus pasados enfrentamientos y se organizan como una unidad para repeler conjuntamente al enemigo. Así, aunque luchen continuamente entre ellos para defender su jerarquía dentro del grupo, son conscientes de que, cuando la manada pierde, todos y cada uno de ellos también pierde.

Ciertamente, todo individuo que forma parte de un grupo organizado debe velar por sus propios intereses personales. Pero debe velar igualmente por los intereses del grupo. De lo contrario, tanto el grupo como el propio individuo saldrían perjudicados. Así, la defensa de los intereses de cada individuo pasa también, necesariamente, por la defensa de los intereses comunes del grupo. Si un individuo, celando únicamente por sí mismo, comenzase a atacar los intereses del grupo daría origen a una ruina generalizada de todos ellos. Y aunque en un primer momento pudiera obtener algunas pequeñas ventajas, las graves consecuencias de la desaparición del grupo se harían, con el paso del tiempo, cada vez más evidentes. Optar por conseguir beneficios a corto plazo condenando con ello el futuro parece, sin duda, una opción muy poco inteligente.

Sorprendentemente, en nuestra sociedad actual asistimos a esta falta de inteligencia en múltiples y variados temas. Y uno de ellos es en el sistema educativo, que tiene sin duda en la enseñanza universitaria su exponente máximo. Desde siempre, las universidades se construyeron con la misión elevar el nivel científico y cultural del país. Es evidente que en las sociedades dominadas por la ignorancia, cualquier esfuerzo para mejorar las condiciones de vida resulta casi siempre penoso y estéril. Por el contrario, en las sociedades cultas este esfuerzo rápidamente se multiplica y alcanza fácilmente sus objetivos. Es por ello que la existencia de las universidades supone un incuestionable beneficio para todo el país y para todos sus ciudadanos. El principal valor social de las universidades consiste, por tanto, en formar científica y culturalmente al mayor número posible de personas.

Por desgracia, sobre el sistema educativo se abaten en la actualidad un conjunto de teorías neoliberales que insisten en ignorar por completo esta idea. Y con ello, arruinan progresivamente la enseñanza universitaria y amenazan incluso con arruinar al propio país. Estas teorías neoliberales niegan a las universidades el necesario apoyo financiero del estado y las obligan, por fuerza, a financiarse a sí mismas. Las universidades deben por tanto obtener dinero con todo lo que hacen y con cualquier servicio que presten a la sociedad. Deben velar únicamente por sus propios intereses, olvidando los del país de que forman parte. Y, claro está, deben vender y rentabilizar al máximo la enseñanza que imparten a sus alumnos, que se ven así reducidos a un número mínimo, es decir, a la pequeña élite que es aún capaz de pagar matrículas cada vez más y más elevadas.

En resumen, las universidades acaban así por olvidar su principal función y su propio valor social. Y mirando únicamente por sus propios intereses, van arruinando poco a poco el país y abriendo también el camino para su propia autodestrucción. Porque el dinero que las universidades cobran por prestar sus servicios no crea ninguna riqueza en el país. El dinero únicamente se limita a cambiar de manos. En cambio, cuando las universidades elevan el nivel de los ciudadanos, haciendo con que estos sean capaces de crear mayor riqueza, toda la sociedad gana: ganan los ciudadanos, gana el país y, como consecuencia de ello, ganan también las universidades, que pueden así recibir un mayor apoyo financiero del estado. Por eso, puede decirse que las universidades no ganan cobrando cada vez más y más dinero por la educación que prestan. Ganan, eso sí, formando un número cada vez mayor de ciudadanos instruidos.

Es en las universidades donde teóricamente debería residir el más elevado y culto de los saberes de una sociedad. Por ello, resulta triste vivir en un mundo en que las propias universidades se rigen, en realidad, por principios infantiles, miserables y absurdos, y son capaces de hundirse a sí mismas en una espiral de decadencia y autodestrucción.

11/05/11

El juicio de las almas.

Los antiguos egipcios creían que, cuando una persona fallecía, su alma era conducida ante un tribunal solemne de los dioses. Allí, el dios Anubis extraía el corazón inmaterial del difunto y lo colocaba sobre el plato de una balanza, poniendo en el otro plato, como contrapeso, una simple pluma. Si por ser impuro, el corazón resultase ser más pesado que la pluma, éste era lanzado inmediatamente a los cocodrilos. Y así, privado de corazón, el difunto perdía la posibilidad de gozar de la vida eterna. Los dioses egipcios, con gran ecuanimidad, aplicaban este mismo juicio por igual a todas las personas. Pero ¿sería realmente justo? ¿Será que todas las personas deben ser pesadas y castigadas exactamente de la misma forma, sin tener en cuenta sus características personales?

Para abordar este tema podemos realizar un pequeño experimento que consiste en encerrar tres animales: un conejo, un chimpancé y un búho, en tres salas diferentes, poniendo junto a cada uno de ellos una zanahoria. Siendo la finalidad del experimento evitar que coman este sabroso vegetal, los animales deberán ser advertidos de que si lo hacen recibirán un terrible castigo.

Los resultados serán bastante fáciles de prever. El conejo, animal vegetariano donde los haya, comerá siempre la zanahoria por más que le apliquemos el castigo una y otra vez. El búho, por el contrario, siendo exclusivamente carnívoro, ni siquiera tocará la zanahoria. El único animal sobre el cual las amenazas llegarán a tener algún efecto será el chimpancé. Este animal omnívoro, capaz de comer o no vegetales, rápidamente aprenderá, a fuerza de castigos, a no tocar la zanahoria. Así, podremos concluir que si castigar al conejo es una auténtica pérdida de tiempo, pues éste no es capaz de evitar comer cualquier vegetal que se le ponga por delante, sí que valdrá la pena castigar al chimpancé, a pesar de éste tener un apetito mucho menor por zanahorias.

Podemos quizás extrapolar estos resultados a tres tipos diferentes de personas, como por ejemplo un hombre violento, un hombre pacífico y un hombre pusilánime. Podemos preguntarnos: ¿será que sirve de algo punir a un hombre invariablemente violento por cometer un acto de violencia? Seguramente no servirá de mucho. En cambio, punir a un hombre pacífico por comportarse violentamente sí que tendrá un gran efecto. Teniendo la capacidad de ser o no violento, el hombre pacífico evitará la violencia para no ser castigado. El hombre pusilánime, por su parte, ni siquiera será capaz de realizarla.

Considerando que el castigo sólo tiene efecto sobre un hombre pacífico, ¿resultará justo castigar únicamente a los hombres pacíficos y no castigar, por resultar inútil, a los hombres violentos? ¿Puede considerarse justo punir a un hombre pacífico por cometer un único acto de violencia y no punir a uno violento por realizar continuos actos de violencia? Por otra parte, ¿será justo castigar a quien no puede dejar de ser violento?

Los egipcios pensaban que el carácter de una persona era determinado por su corazón. Y creían que éste tenía la capacidad de ser absolutamente bueno o absolutamente malo. Así siendo, todas las personas podían y debían ser castigadas, pues el castigo acabaría por tener efecto, tal como en el chimpancé. Sin embargo, en nuestros días sabemos que las cosas no son así. Para empezar, el carácter de una persona no está determinado por el corazón, sino por un conjunto complejo de mecanismos químicos, fisiológicos y neuronales. Y sabemos que buena parte de ellos está determinado por los genes. Así, una persona con genes que predispongan para la agresividad será siempre más violenta que otra. Y en un caso extremo, cuando determinen una agresividad constante, la aplicación de cualquier castigo resultará completamente inútil.

Siendo justo o no, lo cierto es que no podemos dejar de castigar a cualquier persona que cometa un acto injustificado de violencia. Sin embargo, debemos considerar que ese castigo será resultado, al mismo tiempo, de un juicio ético y de un juicio biológico. Será un juicio ético en la medida que se penalice el comportamiento de una persona que tiene la capacidad de realizar o no ese acto. Y será un juicio biológico en la medida que se penalicen los genes que predisponen, o que incluso determinan, la realización de ese mismo acto.

Al punir la violencia estaremos castigando, por un lado, los comportamientos violentos. Pero también, por el otro, estaremos castigando a los genes que predisponen a esa violencia. Y al combatir estos genes estaremos practicando un cierto tipo de selección artificial sobre nuestra propia especie. Estaremos realizando un cierto tipo de eugenesia, mecanismo evolutivo habitual en cualquier especie social.