16/7/09

La sorprendente muerte de los asesinados.

Grandes personajes de la historia de la humanidad sufrieron, en el ocaso de sus días, muertes sorprendentes e inesperadas. Por ejemplo, Julio César, el famoso general romano, murió súbitamente al sufrir una perforación múltiple de pulmón e intestinos cuando acudía al Senado. Varios siglos después, durante el Renacimiento, el célebre filósofo Giordano Bruno falleció por un calentamiento repentino mientras participaba en una celebración pública. Algún tiempo más tarde, también durante una celebración pública, el revolucionario francés Maximilien Robespierre murió súbitamente cuando se le cayó de repente la cabeza. Y bastantes años después, el escritor español Federico García Lorca llegó al final de sus días debido a traumatismos múltiples producidos por pequeños objetos metálicos durante el transcurso de un acto militar.

Claro que muchas personas defendieron siempre, quizás con cierto deseo de polemizar, que todas estas muertes no fueron naturales. Así, afirmaban que Julio César fue apuñalado, que Giordano Bruno fue quemado en una hoguera, que Roberpierre fue guillotinado o que García Lorca fue fusilado… En definitiva, defendían que todos estos personajes ilustres murieron, en realidad, asesinados.

Pues bien, hoy en día, gracias al creciente sentido crítico aplicado en el campo de la historia, estas teorías están plenamente aceptadas. Nadie pone ya en duda que las muertes referidas se debieron a asesinatos. Sin embargo, es necesario reconocer que, en nuestras sociedades modernas, la confusión entre muerte natural y asesinato es más frecuente de lo que se piensa. Un buen ejemplo de esto lo tenemos en el tratamiento que se da a las especies cuya supervivencia se encuentra amenazada.

Cuando actualmente una especie está próxima de desaparecer se dice que está en peligro de extinción. Es el caso, por ejemplo, de los rinocerontes o de los gorilas. Y lo cierto es que para estos animales, sistemáticamente cazados y matados todos los días por el hombre, nada existe más fácil que extinguirse. Podemos decir que cualquier especie, siendo objeto de un exterminio sistemático, es capaz de extinguirse sin necesidad de mucho esfuerzo. Extinguirse no es así por tanto un peligro, sino una forzosa constatación.

Conviene aclarar un poco las cosas. La extinción es un proceso evolutivo que se puede comparar a la muerte natural de una especie. Cuando en un determinado ecosistema aparece una especie nueva, es posible que ésta desempeñe una función ecológica equivalente a la de otra ya existente. En este caso, si la nueva especie consigue realizar la misma función de una forma más eficiente, acabará por desplazar a la anterior. Y esta última acabará probablemente por desaparecer, por extinguirse.

Claro que, a lo largo de la historia geológica, también ocurren algunos accidentes. En ocasiones se producen acontecimientos fortuitos que provocan una auténtica sacudida en el proceso evolutivo. Son las llamadas extinciones en masa, de las que conocemos unas pocas gracias al registro fósil. En estos casos, siempre excepcionales, grandes cantidades de especies desaparecen sin ser sustituidas por otras, aunque con el paso del tiempo (millones de años) esto acaba por suceder.

¿Será que lo que ocurre actualmente con las especies amenazadas tiene algo que ver con la extinción, la muerte natural o con la sustitución de unas especies por otras? Pues evidentemente no. Estas especies son simplemente eliminadas por el hombre de una forma absurda e irracional. Muchas desaparecen debido a una persecución directa, pero otras muchas desaparecen debido a la eliminación completa del ecosistema en que viven. Ninguna de estas especies es sustituida por otra más eficiente. No son sustituidas por nada. Tras ellas únicamente queda el vacío.

Aunque a veces este vacío no es inmediato. Con frecuencia el hombre sustituye los ecosistemas naturales por campos de cultivo u otros tipos de explotación, introduciendo también con ellos las especies domésticas asociadas. Sin embargo, a pesar de los frutos inmediatos que proporcionan al hombre, estas explotaciones tienen un tiempo de vida limitado. Tarde o temprano, la mayoría de estas tierras acaba sufriendo la inevitable desertización.

Hay quien considere que el hombre es simplemente un accidente en la historia de la evolución. Así, la actual y masiva desaparición de especies que provoca debería ser considerada como una nueva extinción en masa, la sexta que se conoce en la historia de la vida. Pero lo cierto es que con el conocimiento científico que el hombre posee en la actualidad, difícilmente se podría calificar toda esta masacre como un simple accidente. Es en realidad un acto voluntario y premeditado. Tan premeditado como lo es apuñalar, quemar, guillotinar o fusilar.

No deje extinguir su lucidez. Por su propio interés, salve a las especies en peligro de exterminio.

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