18/6/14

La polución de los elementos.

Tierra, agua, aire y fuego eran los cuatro elementos primordiales que, según los antiguos filósofos, constituían la materia. Estos cuatro elementos, combinados en una determinada proporción, eran los responsables de la formación de todas las cosas. Sin embargo, tres de ellos dominaban claramente nuestro mundo: la tierra, formando los continentes, las montañas y las islas; el agua, formando los océanos, los mares, los lagos y los ríos; y el aire, formando el cielo, el viento y la atmósfera que respiramos.

Y precisamente por ser dominantes en nuestro mundo, la tierra, el agua y el aire han sido también las principales víctimas de la creciente polución generada por las sociedades humanas industrializadas. Si en un primer momento la polución era acumulada casi exclusivamente en tierra, en depósitos y basureros, ésta no tardó en extenderse también a los otros dos elementos. Ríos y mares comenzaron así a recibir todo tipo de residuos a través de crecientes sistemas de drenaje, de cloacas y emisores. Y el aire se convirtió en nuestros días en el destino inevitable de cualquier residuo combustible y capaz de convertirse en material gaseoso.

En la antigüedad estos tres elementos naturales parecian infinitos, ilimitados. Podían ser contaminados sin ningún tipo de preocupación, pues siempre parecía haber más tierra, más mar y más aire impolutos. Pero actualmente, por el contrario, nuestra visión es muy diferente. Hoy en día vemos la tierra, el agua y el aire saturados de contaminación, de enfermedad y, en muchos casos, de muerte. Ya no hay casi ningún territorio en donde no encontremos nuestra propia basura. Los océanos están tan contaminados de plásticos y metales pesados que llegan incluso a envenenar la pesca y nuestra propia alimentación. Y la atmósfera, herida incluso en su capa de ozono, se degrada sin remedio por la continua emisión de compuestos tóxicos y de gases de efecto invernadero que alteran por completo el clima del planeta.

En la naturaleza, todos los ecosistemas existentes se caracterizan por ser ciclos cerrados. Teniendo como único aporte externo la energía solar, los ecosistemas naturales utilizan y reciclan constantemente todos sus elementos. La materia orgánica es descompuesta y reutilizada para crear nueva materia orgánica. Elementos como el nitrógeno, el fósforo o el azufre circulan una y otra vez en el mismo ciclo de la vida. E incluso el dióxido de carbono que se crea es rápidamente reabsorbido por la fotosíntesis. Por el contrario, el modelo de civilización industrial creado por el hombre se basa en ciclos abiertos, en ciclos falsos e incompletos que no llegan nunca a cerrarse. Son, por tanto, ciclos incapaces de alimentarse a sí mismos, incapaces de recuperar y reutilizar los elementos que utilizan y que son siempre desechados y apartados del proceso.

Así, en el modelo de sociedad industrial poco o casi nada es reutilizado, reaprovechado o regenerado. La vegetación es quemada y el suelo fértil destruido antes de que puedan volver a regenerarse. La materia orgánica es lanzada a los mares sin que pueda originar un nuevo crecimiento en tierra. Los minerales del subsuelo son extraídos y esparcidos por tierras y mares, acumulándose y envenenando los ecosistemas. Y el carbono fósil, también extraído del subsuelo como carbón o petróleo, es quemado e inyectado sin descanso en la cada vez más maltrecha atmósfera.

Tratándose de un modelo de ciclo abierto, disipativo y despilfarrador, la civilización industrial necesita ser continuamente alimentada para poder mantenerse y subsistir. Es por tanto un modelo devorador y destructor de la naturaleza, insustentable a corto, medio o largo plazo. Constituye un modelo suicida que además, en su autodestrucción, arrastra consigo a todos los ecosistemas naturales y atenta contra la propia vida en el planeta.

Para rectificar este modelo mucho podríamos aprender, por ejemplo, de nuestros abuelos, que no vivían en un mundo industrial, ni con el actual e irresponsable despilfarro de materia y energía. Ellos intentaban reutilizar una y otra vez todo lo que tenían, desechando únicamente aquello que ya no podía ser arreglado, reparado o reconvertido. La materia orgánica servía para hacer abono y fertilizar la tierra. La leña de los bosques era una fuente de energía casi renovable. Y los minerales extraídos del subsuelo eran empleados y refundidos innumerables veces. Su modelo de sociedad se aproximaba por tanto a un modelo de ciclo cerrado, mucho más sustentable y equilibrado con la naturaleza que el nuestro.

No hay duda de que la terrible contaminación de la naturaleza y de los elementos a que asistimos hoy en día se debe a un modelo de sociedad ciego e insustentable, a un ciclo abierto devorador insaciable de recursos naturales y productor impenitente de desechos. Si no conseguimos rectificar o alterar este modelo, el mundo continuará a ser el basurero donde arrojamos cada día nuestra creciente falta de inteligencia y nuestra incapacidad para crear sociedades sanas y sustentables.