7/5/09

Tres formas de mirar un árbol.

Para saber qué ideas económicas defiende una persona, basta con colocar un árbol a su frente. Para demostrarlo, hagamos la prueba de poner a tres personas diferentes ante un pequeño bosque y observemos atentamente su reacción.

1) Observemos en primer lugar al defensor del capitalismo más añejo. Lo que este individuo ve, ante sí, no es un conjunto de árboles, sino un enorme almacén de madera a cielo abierto, con piezas de leña listas para ser cortadas. Inmediatamente hará algunos cálculos y concluirá que esta leña, una vez comercializada, podría tener un valor de, por ejemplo, 50.000 €. Por tanto, es necesario cortar todos los árboles inmediatamente, pues la leña podría estropearse, o incluso podría haber un incendio. Y además, para ser sinceros, toda esa leña ahí, en pie, da al paisaje un aspecto anticuado, atrasado, pueblerino. Contra antes sea cortada, antes se podrá construir en su lugar algo más moderno, como, por ejemplo, un nuevo centro comercial.

2) Observemos ahora al defensor de las teorías economicistas. Mucho más culto que el anterior, esta persona es capaz de distinguir que lo que tiene ante sí son árboles, cosa que, al fin y al cabo, no era tan difícil de ver. Sabe también cuál es la función de los árboles y de qué forma crece y se desarrolla un bosque. Es consciente de que los árboles captan la energía solar y la transforman en energía química, produciendo, por ejemplo, la madera. Pero también sabe que los árboles producen el oxígeno que es necesario para nuestra respiración, que limpian el aire de partículas, que retienen el agua de la lluvia evitando las sequías estivales, que permiten la formación de suelo fértil, etc.

Según él, estos beneficios producidos por el bosque pueden ser cuantificados e introducidos en el ámbito de la economía con un determinado valor. Así, podría calcularse que el bosque produce cada año el equivalente a 100 € en oxígeno, 50 € en aire limpio, 1.500 € en agua, 1.000 € en suelo fértil, etc. La madera debería explotarse considerando todos estos valores y respetando el ritmo de crecimiento de los árboles. Así, explotando el bosque de una forma racional, podría conseguirse, por ejemplo, un rendimiento de 10.000 € anuales en madera, además de todos los otros beneficios.

3) Por último, observemos el defensor de una economía científica. Lo que esta persona ve ante sí es un bosque, claro, pero al mismo tiempo ve también un pequeño ecosistema, es decir, una unidad viva productora de energía. Y esta unidad no funciona solamente gracias a los árboles, sino también gracias al complejo equilibrio de todos los organismos vivos que forman parte de ella: microorganismos del suelo, hongos asociados a las raíces, herbívoros que controlan la vegetación, predadores que controlan a los anteriores, etc.

Según él, es absurdo valorar un bosque únicamente por los beneficios que podemos obtener de él. El bosque produce mucho más que aquello que nosotros podemos utilizar, mucho más que aquello que nos es posible introducir en el ámbito de la economía. En realidad, es debido a este ecosistema y a todos los otros ecosistemas del planeta que nosotros podemos mantenernos con vida. ¿Y qué valor económico podríamos asignar a nuestra propia vida? Nuestra vida es algo que consideramos como un valor absoluto, es decir, algo que no puede tener precio ni formar parte de ninguna ecuación económica.

Así, el bosque tiene en realidad un valor que no es calculable y que resulta ajeno a la economía. Si, para satisfacer posibles necesidades, decidimos explotar su madera, lo que estaremos haciendo será reducir el bosque a un simple parámetro económico, renunciando a su auténtico valor. En caso de aceptar esta renuncia, será necesario, al menos, que la explotación de la madera no altere ningún equilibrio del ecosistema y que sea, desde luego, racional y sostenible.

…Una vez observadas estas tres personas, podemos reflexionar sobre cuál de las opciones económicas que defienden será la más correcta y adecuada a nuestros intereses. Claro que, con todo este ruido que viene ahora del bosque, resulta bastante difícil intentar pensar. El estruendo de todas estas sierras mecánicas es insoportable. Y a pesar de que ya deben haber cortado más de la mitad de los árboles, lo más probable es que aún continúen varios días haciendo este ruido infernal.

Es una pena. ¡Era un bosque tan bonito! Pero en fin, no vale de nada lamentarse ahora. Dentro de unos pocos meses tendremos aquí un maravilloso centro comercial y ya nadie se acordará del bosque. ¡Qué podemos hacer si al final nuestra alma sí que tenía un precio!

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