18/12/13

La opresión de la tierra que habla.

Por mucho que nos esforcemos en escuchar a la tierra que pisamos, nunca la oiremos hablar o expresar cualquier tipo de opinión. Podemos hablarle, preguntarle, cuestionarla o inquirirla sobre cualquier asunto, pero la tierra nunca nos responderá. Y si alguien nos dijese que consigue hablar con la tierra, rápidamente concluiríamos que esa persona está loca o que ha perdido por completo el uso de la razón.

Y sin embargo, resulta sorprendente el número de personas, un poco por todas partes, que defiende públicamente que la tierra habla y que manifiesta opiniones y pensamientos. ¿Estaremos por tanto rodeados de un ejército de personas privadas de razón y de intelecto transtornado? ¿O estaremos quizás rodeados de comediantes? ¿O, por el contrario, de falsarios que fingen hablar con la tierra ocultando en ello secretas intenciones? Quien nos quiere hacer creer, por ejemplo, que la tierra nos llama y nos exige ciega servidumbre ¿será por tanto un loco, un comediante o un falsario?

Como es evidente, ninguna tierra habla. Son las personas que viven en ella las que hablan y adoptan determinados pensamientos, ideas o costumbres, variando todos ellos a lo largo del tiempo y de las épocas, siempre en continua evolución. Y sin embargo, ¿cuántas veces no oímos decir que tal característica, tal costumbre, tal forma de pensar, tal idioma, tal tradición son propias de una determinada tierra o país?

Podemos ser ingenuos y pensar que tales expresiones son un simple recurso lingüístico: decir que una tierra es de una determinada forma es, o deberá ser, un modo de decir que las gentes que la habitan son de esa determinada forma. Pero no, por desgracia muchas veces no esa la intención. Muchas veces los falsarios utilizan la ambigüedad de estas expresiones de una forma interesada y engañosa. Su utilización es, en realidad, una técnica clásica utilizada frecuentemente por determinados movimientos políticos para conseguir el poder y por determinadas empresas para aumentar sus ventas.

La técnica es bien sencilla. Un productor de cacahuetes, por ejemplo, agotadas todas las técnicas comerciales más comunes, podrá decidir fundar un movimiento político de carácter patriótico que defienda que el consumo de cacahuetes es una costumbre propia de la tierra, una costumbre tradicional que diferencia a la nación de todas las otras naciones enemigas (la existencia de un enemigo es imprescindible para sustentar cualquier tipo de patriotismo). Y este nuevo partido político podrá defender, por ejemplo, que todo ciudadano debe consumir un mínimo de cien cacahuetes diarios para demostrar que ama de cuerpo y alma a su patria.

Gracias a este nuevo partido, la producción y venta de cacahuetes se convertirá en un negocio seguro y lucrativo. Pero lo más interesante de esta técnica político-comercial es que no es el productor ni el partido político quien está imponiendo el consumo de cacahuetes. Es la patria. Y mejor aún: todo ciudadano que no consuma cacahuetes será un traidor a la patria y, como tal, deberá ser perseguido y obligado a comer cacahuetes para bien de la nación.

Y quien habla de cacahuetes habla también de movimientos políticos fascistas o nacionalistas. Los intereses que persiguen son algo diferentes, pero se basan igualmente en la obtención de dinero y de poder. Estos intereses son por lo general el favorecimiento de determinados sectores empresariales, el enriquecimiento de una determinada clase social, la eliminación de los rivales económicos o políticos, la destrucción de los derechos sociales o la legalización de cualquier tipo de desigualdad. Así, una vez alcanzado el poder y utilizando esta y otras técnicas, los fascistas y nacionalistas enriquecen fácilmente, declaran a la oposición política como enemiga de la patria y de sus costumbres, eliminan la cultura del pueblo substituyéndola por una falsa cultura que según ellos es la cultura propia de la tierra, consiguen imponer cualquier tipo de religión, de axioma o de doctrina identificándolos como costumbres atávicas propias de la nación, o incluso pueden llegar a crear guerras absurdas que llevan a los ciudadanos a morir por el bien de la patria. En resumen, un buen y lucrativo negocio.

Resulta fácil subyugar al pueblo cuando se le convence de que la tierra en que vive es de una determinada manera, cuando se le consigue convencer de que la tierra habla y dice, claro está, aquello que se quiere que ella diga. Pero que nadie se engañe: la tierra no habla. No nos impone ninguna idea, costumbre, doctrina o tradición. No existen tierras conservadoras o liberales. Ni tierras religiosas o librepensadoras. No hay tierras con costumbres que deban ser preservadas a toda costa. Ni tampoco hay patrias que pidan nuestra sangre como ofrenda para permitirnos continuar a vivir en ella.

Existen únicamente personas que viven en esa tierra y que en un determinado momento hablan, piensan o actúan de una determinada forma. Pero cualquiera de estas personas es libre de pensar, de hablar o de actuar como quiera, sin obedecer nunca a ninguna tiranía impuesta en nombre de la tierra, de la patria o de la nación. Todas las personas son libres de pensar de forma diferente a la de sus vecinos, a la de sus compatriotas, a la de su época. Su única obligación es pensar y hablar libremente y por sí mismas.

No, no deje nunca que la tierra hable por usted. Hable siempre bien fuerte, sin miedo. Y si es posible, desde el punto más alto de esa misma tierra que pisa.


31/10/13

El pavo real y el jardín racional de la estética.

Cuando hablamos de estética acuden inmediatamente a nuestra mente los conceptos de arte y de belleza. Pensamos en el mundo mágico de los colores, de la armonía, de las proporciones, de la delicadeza, de la sensualidad, es decir, de todos aquellos tipos de belleza que caracterizan a las obras de arte y, en general, a todos los objetos creados por el hombre para su propio y exclusivo deleite. Todas estas obras y objetos, no obstante, se encuadran históricamente en una sucesión de estilos artísticos, que corresponden a diferentes formas de mirar hacia nuestro entorno e interpretar en cada momento nuestro ideal de belleza. La estética se convierte así en una reflexión sobre aquello que nos proporciona placer a través de la belleza. Y no teniendo aparentemente ninguna utilidad material o práctica, podemos incluso llegar a considerarla como casi una frivolidad.

Sin embargo, estando nuestro pensamiento casi siempre centrado única y exclusivamente en el hombre, pocas veces nos preguntamos cómo podrá ser la estética para otras especies. Casi nunca nos planteamos, por ejemplo, cómo podrá ser el sentido de la estética para un ave tan bella y noble como el pavo real.

Charles Darwin, no obstante, sí que se planteaba repetidamente este asunto. En realidad, los pavos reales constituían para el ilustre naturalista inglés casi una obsesión mientras escribía su famoso tratado sobre la evolución y el origen de las especies. Concretamente, le obsesionaba la exuberante cola que poseen todos los machos de esta especie. Siendo esta cola tan pesada, aparatosa y llamativa, pensaba él, ¿cómo podía haber sido seleccionada por la evolución? Esta cola hace con que los machos sean más torpes y más vulnerables a los ataques de los predadores, llevándoles más rápidamente a la muerte. Lo lógico sería, por tanto, que la evolución y la selección natural hubiesen evitado que los machos desarrollasen este tipo de cola.

Sin embargo, pasado el tiempo, Darwin llegó a descubrir cuál era la razón para la existencia de esta cola. Y esa razón era simplemente de orden estética. Era una consecuencia del sentido estético propio de los pavos reales. Efectivamente, la enorme cola del macho es estéticamente fascinante para las hembras de pavo real y eso hace con que los machos con mayores colas acaben por tener más descendencia. Una descendencia que, por ser mayor, consigue compensar ampliamente los aspectos más negativos, como es la mayor mortalidad a que los machos están expuestos por parte de los predadores. Y fue así, gracias a esta constatación, que Darwin formuló entonces una nueva teoría, la teoría de la selección sexual, que complementaba adecuadamente la teoría de la selección natural y que conseguía resolver finalmente todas sus dudas.

Pero ¿cuál es el motivo que lleva a las hembras de pavo real a seleccionar a los machos de cola más exuberante? ¿Por qué motivo su sentido estético las hace apreciar este tipo de colas? Pues precisamente debido a que estas colas son un buen indicativo de la fuerza, del vigor y de la buena salud que posee el macho, características estas que las hembras desean transmitir a su progenie. Una macho que consigue sobrevivir a pesar de su enorme y vistosa cola demuestra ser más fuerte y más saludable que otro que consigue sobrevivir con una cola más modesta. Así, el sentido de la estética de los pavos reales revela tener una base eminentemente práctica y racional. Al valorar la fuerza y vitalidad de los machos, la estética acaba por tener para los pavos reales una función primordial en la mejora y supervivencia de la propia especie.

Pero ¿será que no ocurre lo mismo en el ser humano? ¿No tendrá la estética también en el caso del hombre una función práctica, lógica y racional? Podemos pensar, por ejemplo, en las características propias de un viejo y noble jardín, una de las cumbres estéticas creadas por la mano del hombre. Ese jardín un espacio verde y acogedor, inebriante para los sentidos, donde se oye el rumor de los manantiales, donde brotan flores de todos los tipos y colores, donde se respiran las más suaves fragancias, donde los pájaros entonan bellas melodías y sobrevuelan amplios espacios abiertos antes de posarse sobre graciosas pérgolas.

Pues bien, ¿no será el verdor un indicativo de la existencia de una tierra fértil y húmeda? ¿Y las flores una promesa de abundancia de frutos y de comida? ¿Y el sonido de las fuentes no señalará la existencia de agua potable? ¿Y el canto de los pájaros no será un indicativo de la ausencia de predadores, tal como lo son los espacios abiertos, donde ninguna amenaza puede acecharnos? ¿Y las pérgolas no son nuestro necesario refugio contra el sol, el viento y la lluvia?

Al final nuestro sentido estético también puede ser, en gran parte, eminentemente práctico y racional. Nos ayuda a identificar el mejor lugar para vivir, el lugar donde tenemos más oportunidades de supervivencia. Y lo mismo podríamos decir de gran parte de las características estéticas que determinan la selección sexual en nuestra especie. Algunas de ellas parecen invariables e indican la vitalidad o la fecundidad del individuo, mientras que otras, de origen cultural o social, indican la capacidad de un individuo para prosperar en un determinado contexto social o ambiental, en una determinada época o circunstancia.

Es cierto que el arte y las corrientes artísticas exploran todas las características de nuestro sentido estético, proporcionándole nuevas y fascinantes dimensiones. Pero al final siempre acabamos por volver a nuestro tranquilo y florido jardín habitado por gráciles doncellas. Después de todo, quizás nuestra supervivencia dependa de ello. Quizás también dependamos fuertemente de nuestro sentido estético para sobrevivir.


24/7/13

La conspiración del dinero fantasma.

En su origen el dinero era una representación de la cantidad de trabajo realizado por una persona. Así, servía para poder intercambiar libremente el propio trabajo por el trabajo de otros o por cualquier otro tipo de bienes o servicios, dentro de una sociedad ya caracterizada por la división del trabajo. La utilización de dinero ofrecía mejores condiciones que las trocas, utilizadas hasta ese momento, y tenía claras ventajas en el intercambio de bienes de naturaleza perecible, que perdían rápidamente su valor, o que eran imposibles de transportar o acumular.

Ese dinero tomó generalmente la forma de piezas de metal, las monedas, cuyo valor se basaba en el valor del metal que las constituía. En la mayoría de las sociedades antiguas el metal preferido para hacer las monedas fue el oro, cuyo valor era considerado más o menos constante, tal como lo era el esfuerzo de su extracción minera. Y el emblema público acuñado entonces sobre las monedas pasó a garantizar que tenían siempre la misma cantidad de oro, permitiendo que pudiesen ser utilizadas para representar e intercambiar un mismo valor y una misma cantidad de trabajo.

Con el tiempo las monedas de oro acabaron por ser sustituidas por otras fabricadas en plata u otro metal de valor inferior. Y ya en época reciente, por los actuales billetes bancarios fabricados en papel. Sin embargo, independientemente del material con que estaban hechos, estas monedas y billetes representaban una determinada y exacta cantidad de oro. Es decir, aunque no eran de oro, eran siempre intercambiables por la cantidad de oro que les correspondía, residiendo ahora ese metal en los cofres de los bancos nacionales de cada país.

Los problemas comenzaron cuando los países y sus bancos nacionales, renunciando a mantener el patrón oro, es decir, a mantener una exacta correlación entre el dinero en circulación y el oro acumulado en sus cofres, tomaron la decisión de emitir más dinero que aquel que correspondía a sus reservas de oro. Era una solución fácil y cómoda para enfrentar cualquier tipo de dificultad financiera. Si el dinero no llegaba, simplemente se acuñaba o imprimía más, creándose casi como por arte de magia. Sin embargo, esta pérfida maniobra tenía una lógica consecuencia: habiendo por un lado el mismo oro y por otro más billetes o monedas, a cada billete o moneda correspondía ahora una menor cantidad de oro. Así, el dinero pasó a valer menos oro del que oficialmente representaba, pasó a inflacionarse. Y debido al carácter recurrente con que esta maniobra era realizada, la inflación pasó a convertirse en un fenómeno constante y crónico.

Los bancos nacionales pasaron, en realidad, a emitir tanto dinero como les era posible. Aunque siempre intentando no sobrepasar ciertos límites, pues en el caso de que la emisión de dinero fuese muy exagerada, podrían desencadenar una inflación galopante dentro del país o también una caída a pique del valor de cambio del dinero frente a las monedas de otros países. Y ambas posibilidades, escapando siempre a cualquier control, tendrían sin duda consecuencias nefastas para el país.

No siendo convertible en oro, el valor del dinero de un país pasó a basarse entonces en una serie de factores de tipo político, social o financiero. Por ejemplo, en la confianza inspirada por el banco emisor, en la valoración de la política monetaria del país, en las expectativas sobre la evolución de su economía o en las previsiones sobre su futura productividad agrícola o industrial. Así, el valor de la moneda de un país fluctuaba ahora al capricho de la especulación internacional. Pero muy especialmente, pasó a depender, en última instancia, de la preponderancia política, militar o económica ostentada por ese país. La moneda del estado más poderoso, del estado imperial o colonizador, se convirtió invariablemente en la moneda más fuerte, en la más valorizada frente a cualquier otra.

Sin representar oro, ni mucho menos trabajo, el dinero pasó a ser una mera ficción contabilística o financiera y, más tarde, un simple mecanismo de poder político a escala internacional. Sin valor fijo ni real, existiendo ya casi por exclusivo en la ingeniería contable de los bancos públicos y privados, condenado a una espiral especulativa para intentar huir de la inflación, el dinero pasó a convertirse en dinero fantasma.

En los días de hoy únicamente los países más pequeños, con monedas modestas y seguras, alejadas de la especulación internacional, consiguen resistir en algo a la conspiración del dinero fantasma y a su creciente poder. Especialmente cuando tienen gobiernos populares empeñados en no utilizar la moneda para especular o para generar inflación. Pero desgraciadamente las monedas de estos países pequeños son también las más débiles en el contexto internacional, donde son las monedas imperiales las que dictan los valores cambiarios. Así, todos los países que aún consiguen resistir acabarán inevitablemente por ser atacados, invadidos o integrados, contra su voluntad, en los mercados económicos internacionales dominados por el dinero fantasma.

Vacíe usted su bolsillo y compruebe ahora qué clase de dinero tiene en él. Si es un dinero modesto, justo y sabiamente regulado, que intenta representar la cantidad de trabajo que usted ha realizado, guárdelo bien. Si se trata de un dinero fantasma, sin valor real, emitido por entidades financieras que únicamente buscan enriquecerse, por países que buscan el poder y la dominación, quémelo de inmediato. Quémelo, pues en realidad no vale nada. Y tarde o temprano acabará por intentar apoderarse de usted, de su trabajo y de su vida.


14/3/13

El poder del dinero o el dinero del poder.

Todo el mundo sueña. Ya sea despierto o dormido, todo el mundo sueña. Nadie se cansa de soñar. El sueño de un agricultor, por ejemplo, es tener cuatro primaveras por año y ver cómo la tierra produce suficiente alimento como para alejar para siempre el espectro de la escasez y del hambre. El sueño de un obrero es trabajar menos horas y dedicar todo ese tiempo al descanso, a la familia o a la educación. El de un pequeño comerciante es vender toda la mercancía y conseguir pagar así todos los gastos de su casa y su negocio. Por último, el sueño de una persona rica es… evidentemente, continuar a ser rica. En realidad, casi podemos decir que el sueño de cualquier persona es llegar a ser rica, aunque eso sea casi siempre un sueño imposible.

El requisito imprescidible para llegar a ser rico es tener dinero, mucho dinero. Pero ¿cómo se consigue toda esa cantidad de dinero? Los agricultores, los obreros y los pequeños comerciantes saben muy bien que por mucho que trabajen a lo largo de toda su vida, y muchos ciertamente llegan a hacerlo de forma esforzada y penosa, jamás llegarán a ser ricos. Tienen muy claro que no es trabajando que se consigue el dinero suficiente como para llegar a ser rico. Para eso es necesario algo más. Es necesario dominar la fuerza de trabajo de los otros. Es necesario, en resumen, tener poder.

Ya sea trabajando mucho o poco, o incluso nada, llegará a ser rica cualquier persona que consiga el poder de beneficiarse de forma continua del trabajo realizado por los otros. Y esto podrá hacerlo, por ejemplo, siendo el dueño de las tierras o de las fábricas donde trabajan. O gozando de una relación ventajosa en cualquier transacción comercial. O controlando el acceso exclusivo a un determinado bien o servicio. O incluso podrá hacerlo amenazando, robando y abusando de otras personas, o hasta creando un régimen tiránico. Todas estas son formas efectivas de obtener poder y de ganar mucho dinero, o mejor dicho, de hacerse con mucho dinero. El requisito necesario para ser rico es, por tanto, tener poder sobre los otros y su trabajo, tener poder social.

En una sociedad típicamente capitalista el poder es dinero y el dinero es poder. El dinero capitalista no representa el valor del trabajo realizado por una persona. Es simplemente una medida del poder y del dominio social. Una persona rica, por ejemplo, puede ganar en un solo día de trabajo la misma cantidad de dinero que una persona pobre gana en todo un mes. Así, cuando un rico compra un determinado bien por ese valor lo estará pagando con un día de trabajo, mientras que un pobre lo estará pagando muchísimo más caro, lo estará pagando con el salario de un mes.

De esta forma, sin existir ninguna regulación efectiva entre el valor del trabajo y el dinero que se recibe por él, sin existir tampoco un salario mínimo ni un salario máximo, el dinero que una persona recibe acaba por representar en muy escasa medida el trabajo realizado. Representa principalmente el poder o el privilegio social que se posee. Y esta situación injusta tiende a agravarse con el paso del tiempo. El dinero y los privilegios obtenidos por la clase social más rica se van acumulando progresivamente, se perpetúan y agigantan de una generación a otra. Y mientras tanto, el hambre y la miseria de los pobres se multiplican exactamente al mismo ritmo.

Como decíamos, el sueño de cualquier persona es llegar a ser rica. Pero para ello, esa persona tendrá necesariamente que abusar siempre de otras personas más pobres, tendrá que prosperar a costa de la creciente miseria creada a los otros. Y eso es, por supuesto, contrario a cualquier principio ético y a cualquier proyecto sostenible de sociedad. Así, cualquier persona mínimamente honrada y sensata debería abandonar de inmediato cualquier sueño de riqueza y debería empezar a soñar con otra serie de valores muy diferentes del dinero.

Debería soñar, por ejemplo, con valores como la tierra, la agricultura o la pequeña industria, con valores económicos que, siendo más tangibles, estables y seguros, están siempre menos sujetos a la ficción monetaria del dinero y del capital. Aunque sin duda deberán ser bien defendidos, pues el capitalismo también especula con la compra y venta de tierras o juega incluso con la expectativa sobre las grandes cosechas.

Debería soñar también con valores despreciados por la economía capitalista, como son el agua potable, la tierra fértil, el aire puro o el canto de los pájaros, como es un medio ambiente libre de productos químicos venenosos y desreguladores del organismo. Debería soñar, por tanto, con la protección y defensa de la naturaleza y de sus recursos.

Y debería soñar también con relaciones sociales de proximidad e igualitarias, como son la amistad, la vecindad, las asociaciones locales o los pequeños partidos cívicos. Debería soñar con defender la libertad y los valores constitucionales frente a estructuras políticas o económicas multinacionales que extienden cada vez más el enorme y despiadado poder de su riqueza.

No, no sueñe con dinero. El dinero capitalista es falso y engañoso. No representa ni el trabajo ni ningún otro valor real. En cambio, la amistad o el aire puro, por ejemplo, sí que son reales. No son dinero, pero son impagables. Sí, sueñe con esto. Sueñe con esto todos los días y con todas sus fuerzas.


28/2/13

El nacimiento del ecologismo real.

De vez en cuando conviene hacer un alto en el camino y volver la vista hacia atrás para contemplar, atisbando las huellas de nuestros efímeros pasos, la totalidad del camino que hemos recorrido. Conviene detenernos para ver los altos, las curvas, los pasos angostos que hemos conseguido superar, pero también todas las piedras, los errores, en los que hemos tropezado. Y de igual forma que observamos nuestro propio camino conviene también observar el camino realizado por otros, por aquellos otros caminantes que siguen o que siguieron en el pasado un camino semejante o paralelo al nuestro. Contemplando sus errores podremos quizás intentar evitarlos. Así, nos será sin duda de gran utilidad, por ejemplo, buscar paralelismos entre los caminos recorridos por dos ideologías recientes: el socialismo y el ecologismo.

El socialismo surgió en el siglo XIX bajo la forma del llamado socialismo utópico. Según esta corriente de pensamiento, el simple conocimiento y la práctica de los ideales socialistas, tendentes a crear una sociedad más justa, más libre, más armoniosa, serían más que suficientes para acabar con la injusticia y la existencia de clases sociales. Se pensaba que incluso los detentores del poder social y económico se sumarían con convicción a la defensa de las luminosas ideas del socialismo. Sin embargo, como bien rápidamente se pudo comprobar, quien tiene el poder y se beneficia de él de forma creciente nunca tiene, salvo raras excepciones, la inteligencia o la voluntad suficiente como para cambiar renunciando a sus privilegios.

Por ello surgió una nueva corriente, el socialismo científico. Para esta corriente, el socialismo sólo podría imponerse por la lucha y por la presión social ejercida por los más desfavorecidos, siendo ésta la única forma de vencer la férrea voluntad de la minoría privilegiada por mantenerse en el poder. La sociedad ideal, más justa, más digna y más sostenible, sólo podría alcanzarse mediante una acción bien estudiada y delineada, mediante una metodología científica capaz de enfrentar todas las dificultades. Y esta metodología, pretendiendo en primer lugar la eliminación de los privilegios sociales y la propiedad privada de los medios de producción, debería definir con claridad los primeros pasos de una transformación social que tuviese siempre como motor la lucha y la rebelión de la mayoría desfavorecida, a la que igualmente podrían sumarse luego los elementos más lúcidos de la minoría privilegiada.

Ya en el siglo XX, algunos procesos revolucionarios, ya siempre bajo una inevitable inspiración socialista, acabaron por dar lugar a regímenes de características autoritarias, cada vez menos democráticos, progresivamente dominados por la aparición de una minoría social privilegiada de índole política o burocrática. En estos regímenes, los iniciales ideales socialistas pasaron a aplicarse de una forma cada vez más despótica o incluso, finalmente, como una simple fachada para encubrir su progresiva corrupción moral. Este camino de degradación ideológica fue conocido como socialismo real, siendo justificado por sus autores como la única opción posible para el socialismo en el contexto y las particulares circunstancias históricas en que intentó desarrollarse.

Fue también en este último siglo, ante la cada vez más evidente y alarmante crisis ambiental mundial, que surgió el movimiento ecologista como un amplio movimiento social en defensa de la naturaleza y del medio ambiente. Una vez más, la primera corriente de pensamiento en aparecer, el denominado ambientalismo, consideró que el simple conocimiento de la necesidad de preservar el medio ambiente sería más que suficiente para que las sociedades modernas tomasen todas las medidas necesarias para su urgente salvaguarda. Y se pensó incluso que las sociedades más destructoras del medio ambiente, justamente aquellas que más se beneficiaban del activo ambiental de los otros países o incluso, de forma suicida, del activo ambiental de las generaciones futuras, serían las primeras en sumarse a la defensa de las ideas ambientalistas.

Pero esta idea se reveló ya como claramente utópica. Salvo raras excepciones, o salvo aplicaciones muy limitadas a un entorno inmediato, los países y las multinacionales que se benefician de forma creciente de los abusos ambientales muy raras veces llegan a tener la inteligencia o la conciencia suficiente como para renunciar a sus privilegios. Privilegios estos que, tal como es frecuente en la historia, han pasado a confundirse mientras tanto con los privilegios previamente existentes, en este caso con los privilegios sociales combatidos por el socialismo.

Es así como nació el ecologismo o ecologismo social, que, abordando el problema de una forma más científica, defiende el cambio radical hacia un nuevo modelo de sociedad donde sea imposible obtener beneficios o privilegios con la destrucción del ambiente y donde no exista la propiedad privada de los recursos naturales o de su explotación. Y este cambio sólo se podrá alcanzar con la fuerza y la lucha ejercida por las mayorías desfavorecidas, por las víctimas de los cada vez más terribles abusos ambientales, por los pueblos y países dominados, explotados y devastados, por las nuevas generaciones que nacieron ya condenadas a la miseria y también, de forma especial, por los sectores más lúcidos e ilustrados de las sociedades privilegiadas, que desde luego no son inmunes al creciente desastre ambiental mundial.

En los últimos años, sin embargo, en el movimiento en defensa del medio ambiente aparecieron determinados partidos o corrientes que defienden firmemente el pragmatismo y, de forma sorprendente, se alían con los abusadores o apoyan la continuidad, bajo simples reformas, del actual modelo de sociedad, tan terriblemente destructivo para el ambiente. Se denominan a sí mismos como realistas. ¿Estaremos así ante el nacimiento, a imagen del socialismo real, de lo que podremos denominar como el ecologismo real?