25/6/09

El hospital de los enfermos perpetuos.

En determinados lugares, las personas tienen un miedo atroz a entrar en un hospital. Esto ocurre especialmente en aquellos países en que el sistema sanitario no es público, sino de capital privado. En este sistema, son los enfermos los que sustentan el funcionamiento de los hospitales, pagando por los servicios de salud que les son prestados. El miedo a entrar en algunos de estos hospitales está, cabe decir, plenamente justificado.

Cuando una persona, enferma o no, entra en un hospital privado debe tener mucho cuidado. En la mayoría de los casos las personas son tratadas de una forma correcta y ejemplar. En otros casos, sin embargo, es fácil imaginar a una multitud de médicos y de administradores, hambrientos de dinero, agolpándose alrededor de cualquier persona que asome por la puerta. Es precisamente en estas personas que reside la posibilidad de mantener sus puestos de trabajo, de cobrar sus salarios, de pagar sus casas, de financiar sus vacaciones, de comprar un coche nuevo… No es de extrañar, por tanto, que miren a quien entra con unos ojos llenos de avidez y de codicia.

Si entramos en uno de estos hospitales, aunque sea por descuido, estaremos cometiendo un grave error. Casi al momento nos serán diagnosticadas una o varias enfermedades y seremos rápidamente internados a la fuerza. Siendo así, es poco probable que volvamos a ver la luz del día. Seguramente pasaremos el resto de nuestra vida allí, siendo tratados de todas las enfermedades posibles. O al menos así será hasta que el hospital consiga agotar todo nuestro dinero, momento en que seremos expulsados o definitivamente eliminados.

En ningún caso se nos ocurriría llamar médicos a los trabajadores de un hospital de estas características. De un médico de verdad se espera que tenga como objetivo curarnos, que diagnostique únicamente las enfermedades que tenemos y que se guíe siempre por principios científicos. En caso contrario, se tratará simplemente de un negociante del área de la salud.

En el campo de la política sucede lo mismo. En determinados países, las personas tienen un miedo atroz de ir a votar en las elecciones, o al menos deberían tenerlo. Esto ocurre especialmente en aquellos países en que una parte o la totalidad de los partidos políticos permitidos no persigue el bien público. Estos partidos, que podríamos llamar de capital privado, persiguen únicamente su propio interés. Y como tales, se mantienen económicamente gracias al número de votos y a los cargos públicos que consiguen obtener tras cada elección.

En estos países, los electores deben tener mucho cuidado cuando van a votar. Es posible que, en caso de ser elegido uno de estos partidos, éste llegue a gobernar cabalmente, respetando el bien público. Pero, con mucha más frecuencia, ocurre lo contrario. No es de extrañar así que, cuando un ciudadano se aproxima a la urna de voto, algunos de estos partidos miren al elector con unos ojos llenos de avidez y de codicia. Es precisamente en estos electores que reside la posibilidad de mantener sus puestos de trabajo, sus salarios, sus casas, sus vacaciones, sus coches…

Si dejamos que un partido de este tipo entre en el gobierno, aunque sea por descuido, estaremos cometiendo un grave error. Una vez dentro, podemos tener la seguridad de que nunca más, o con mucha dificultad, va a salir de él. O al menos así será hasta que el país esté completamente arruinado, momento en que sí saldrá por su propia voluntad o será definitivamente eliminado el país.

Mientras eso ocurre, estos partidos hacen todo lo posible para mantenerse en el poder y no perder su negocio: no realizan nada que pueda producir cambios en el país; no aprueban nunca leyes que tengan la oposición de cualquier grupo, pequeño o grande, de electores; cultivan en todo momento la emotividad y el patriotismo del pueblo; inventan un enemigo interior o exterior contra el cual se debe luchar; se presentan a sí mismos como héroes; condenan al ostracismo a los pocos partidos que persiguen el bien público; afirman que en el gobierno son ellos o el caos…

En ningún caso se nos ocurriría llamar políticos a los integrantes de estos partidos. De un político de verdad se espera que tenga como objetivo el buen gobierno del país, que presente soluciones a los problemas y que se guíe siempre por principios científicos. En caso contrario, se tratará simplemente de un negociante del área de la política.

…Pero, ¿cómo es eso? ¡No me diga que, tal como el resto del mundo, usted ha dejado que uno de estos partidos le gobierne!!!

19/6/09

La inevitable excepción.

No hay norma en que el poder del dinero no consiga crear una excepción. Y esto es así incluso en aspectos tan inmateriales, en principio, como la virtud o el destino de las almas. Así, en el pasado, los grandes transgresores de la moral podían fácilmente evitar que sus almas fuesen a parar al infierno. Para ello les bastaba con comprar una bula papal, por una generosa cantidad de oro, y obtener así el perdón divino para todos sus pecados.

Hoy en día, cuando está generalizado el consenso sobre la necesidad de prohibir la introducción de especies o variedades genéticas extrañas en un ecosistema, continúan existiendo igualmente las inevitables excepciones. Y esto incluso cuando lo que se pretende introducir es un organismo genéticamente modificado (OGM), es decir, un aberrante compuesto genético fabricado a partir de varias especies sin ninguna relación entre sí (por ejemplo, una planta en cuyas células se han insertado los genes de una bacteria).

En la agricultura, sin embargo, el actual empleo de OGM está lejos de ser solamente una excepción. En realidad, está convirtiéndose en una norma y, aún peor, en una brutal imposición incluso a aquellos agricultores que no desean emplearlos. Esto es así debido a la contaminación genética que producen los OGM. Cuando en una misma región se cultivan OGM y variedades tradicionales de una planta, resulta del todo inevitable que se produzca hibridación. Las semillas de las plantas tradicionales acaban, por tanto, contaminadas, viendo su integridad genética y sus características alteradas. El agricultor que pretende vender su cosecha tradicional como “no transgénica” acaba por no poder hacerlo y, siendo así, se arruina. Pero además, las propias variedades tradicionales que cultiva pueden llegar a desaparecer, ya que al final el agricultor acaba por no tener semillas que estén libres de contaminación.

Si hacemos un balance de todos los riesgos y beneficios que supone la utilización de OGM llegamos a resultados sorprendentes.

Para la agricultura, el empleo de OGM puede suponer la pérdida de innúmeras variedades tradicionales de plantas, importantes para la supervivencia de muchas poblaciones humanas, o incluso el completo abandono de los cultivos, en el caso de todas las semillas existentes quedar contaminadas. Pero también convierte a los agricultores, voluntariamente o no, en siervos económicos de las grandes compañías productoras de OGM, de las que pasan a depender por completo. Al contrario que las variedades de plantas tradicionales, que son un patrimonio histórico de la humanidad, obtenidas por nuestros antepasados a lo largo de siglos de cuidadosa selección y cruzamientos, los OGM son de exclusiva propiedad de las compañías multinacionales que los producen. Los agricultores deben, por tanto, comprar sus semillas a estas compañías. Y deben comprarles también todos los productos agroquímicos que se aplican a su cultivo, evidentemente fabricados por las mismas compañías.

Para el medio ambiente, supone una degradación y pérdida de biodiversidad, ya que el cultivo de los OGM está basado en la aplicación de herbicidas y otros productos químicos. Con ello se destruye además la fertilidad del suelo y se contaminan las aguas. Y existe también el peligro de llegar a provocar una catástrofe ecológica, ya que los efectos de la utilización de OGM sobre el ambiente son altamente impredecibles.

Para la salud humana, los efectos del consumo de OGM son también impredecibles, pudiendo provocar determinadas enfermedades, algunas de ellas mortales. Los estudios realizados por las propias compañías multinacionales no son, evidentemente, satisfactorios ni fiables.

Podemos entonces preguntarnos cuáles son los beneficios. ¿Hay quizás un incremento extraordinario de la producción agrícola? ¿Es un modelo de agricultura sostenible? ¿Los agricultores pasan a vivir mejor? ¿Se acaba con las hambrunas en el mundo?… Pues bien, nada de eso. La respuesta es siempre negativa. En realidad, nada mejora, especialmente si consideramos la cuestión a medio y largo plazo. El único beneficio que el cultivo de OGM proporciona a la humanidad es, evidentemente, permitir que los ricos accionistas de las compañías multinacionales se conviertan en personas aún más ricas.

Siendo así, ¿no merece la pena correr todos los riesgos antes enumerados? ¿No vale la pena acabar con la agricultura? ¿No vale la pena poner en peligro a la propia población humana? Piense en lo orgullosas que las generaciones futuras se sentirán de nosotros. Con el estómago vacío, en el caso de mantenerse con vida, nuestros descendientes admirarán sin duda nuestro gran logro: sacrificar su futuro para hacer más ricas y más felices a aquellas personas que, ya de por sí, eran estúpidamente ricas y felices.

12/6/09

La crisis del principio de causalidad.

Algunos filósofos ganan rápidamente celebridad y pasan a la historia. Es el caso de Pitágoras, Platón, Rousseau, Hegel… Otros, sin embargo, permanecen para siempre ignorados. Y eso a pesar de, en ocasiones, realizar grandes descubrimientos que fueron esenciales para el desarrollo de la filosofía e incluso de la propia humanidad. Es el caso, por ejemplo, del descubridor del principio de causalidad, figura excelsa de la historia de la filosofía cuyo nombre, por desgracia, permanece hoy en día oculto en las brumas del olvido.

Fue en una época remota, muy anterior a la aparición de los grandes filósofos griegos, que surgió esta figura admirable. Se piensa que vivía en una humilde caverna y que pasaba su tiempo apaciblemente, contemplando el sol durante el día y admirando el movimiento de las estrellas durante la noche. Este eminente pensador tenía, sin embargo, dos problemas. El primero era sufrir frecuentes desmayos y dolores de cabeza. El segundo era tener un compañero de caverna muy agresivo que con frecuencia le golpeaba en la cabeza con su garrote.

Un buen día, nuestro filósofo se dio cuenta de que estos problemas aparecían casi siempre asociados en el tiempo. Era justo después de recibir un golpe en la cabeza que le aparecían sus acostumbrados desmayos y dolores de cabeza. Así, tras mucho reflexionar, llegó a la conclusión de que había una relación de causa y efecto entre ambos fenómenos. ¡El principio de causalidad había sido finalmente descubierto!

Sin embargo, este principio nunca fue aceptado por sus contemporáneos, pues entraba en conflicto con todo tipo de creencias místicas y esotéricas. Y lo mismo ocurrió durante los siglos siguientes. La sociedad nunca aceptó fácilmente este principio tan innovador y revolucionario. Muchas veces ni siquiera era bien comprendido o utilizado, prestándose a grandes confusiones.

Por ejemplo, ya en la Edad Media, la inesperada muerte de cierto rey reveló la confusión aún existente en aquella época sobre este problema. Los fieles cortesanos, reunidos alrededor del cadáver, elaboraron diversas teorías sobre la causa de su muerte, sin que pudiese llegar a decidirse cuál era la correcta. Unos pensaban que la muerte era debida a alguna cosa que comió y que le sentó mal. Otros pensaban que era debida a que tomó demasiado sol en la cabeza. Otros afirmaban que era simplemente consecuencia de la voluntad divina. Sólo unos pocos llegaron a señalar que la causa de la muerte era el puñal que el rey tenía clavado en la espalda.

Pero lo peor de todo fue la teoría expuesta por el heredero del rey, que fue además la última persona en verlo con vida. Según él, el rey “murió debido a que ahora está muerto”. Este argumento ejemplifica el principal enemigo del principio de causalidad: es el llamado círculo vicioso. Consiste, como es evidente, en hacer pensar que la consecuencia observada es al mismo tiempo causa de sí misma.

Hoy en día no tenemos motivos para mostrarnos mucho más optimistas sobre la aceptación del principio de causalidad. En realidad, la teoría del círculo vicioso está a imponerse cada vez más en nuestra sociedad. Baste como ejemplo la explicación que se da a la llamada crisis económica. Es evidente que después de años de capitalismo salvaje, de excesos financieros, de aumento de las desigualdades sociales, de abuso de los recursos naturales, resulta del todo inevitable sufrir un fuerte colapso económico o una serie recurrente de ellos.

Sin embargo, los responsables de esta crisis defienden con ahínco la teoría del círculo vicioso. Según ellos, si la economía se encuentra en crisis es precisamente debido a la crisis económica. La crisis económica explica el hecho de que la economía se encuentre en crisis.

La razón por la que defienden esta teoría resulta evidente. No estando identificada la verdadera causa del problema, tampoco se señalan los responsables de ella. Los culpables de la crisis pueden así dormir tranquilos, pues nadie va a acusarlos de nada. Para acusarlos sería necesario saber que hubo una causa y que ellos fueron sus responsables. Mientras todo el mundo crea en la teoría del círculo vicioso ellos estarán a salvo.

Así, podemos decir que si hoy en día el principio de causalidad está en crisis, es simplemente debido a la crisis del principio de causalidad.

5/6/09

Cómo convertirse en tirano durante unos gloriosos minutos.

No diga que nunca se imaginó sentado en un trono dorado y servido por una corte de esclavos, ocupados todos en satisfacer hasta el más mínimo de sus caprichos. O que muchas veces no desearía hacer la primera cosa que le apeteciese sin preocuparse con si su acción vulnera o no las leyes existentes. Pues bien, todos estos sueños de poder ilimitado pueden hacerse realidad en un instante. En nuestra sociedad moderna convertirse en un tirano está al alcance de cualquiera. Para ello sólo necesita tener algunas monedas en el bolsillo.

La suprema maravilla que permite la realización de sus sueños tiene un nombre: libre comercio. Es precisamente este tipo de comercio, siempre tan liberal, tan exuberante, tan pujante, tan libre de reglas, tan desconocedor de fronteras, el que permite que sus más ansiados sueños de tiranía y de dominación se conviertan al instante en una realidad. Para ello basta simplemente con que participe en él, aunque sea de la forma más modesta. Basta simplemente con que vaya a una tienda y compre un producto de este mercado sin fronteras. ¡Así de simple!

En un modelo de libre comercio, quien va a una tienda únicamente se preocupa con que el producto que compra sea lo más barato posible. Nunca preguntará al vendedor si ha sido realizado en condiciones laborales dignas o si para su producción se han respetado las más mínimas normas ambientales. Cualquier vendedor se sentiría como mínimo incomodado si alguien lo hiciera. Pero, evidentemente, nadie lo hace.

De este modo, al comprar el producto más barato, importado de un país cualquiera, usted puede tener la seguridad de estar realizando finalmente su sueño. Así es. Al comprar ese producto usted se convierte, por unos momentos, en el patrón inmisericorde de cientos de trabajadores que cobran salarios ridículamente bajos. Algunos de ellos incluso serán menores de edad, obligados a trabajar en vez de ir a la escuela. También se convierte, por instantes, en el patrón de prósperas empresas que contaminan ríos y aguas potables, que destruyen cultivos tradicionales y extensos bosques, que alteran la composición de la atmósfera y del clima terrestre. ¿No es maravilloso? ¿Existe una más grande sensación de poder que realizar todo esto, y por apenas las pocas monedas que tiene que pagar por ese producto?

En cualquier país civilizado tener esclavos sería considerado indecoroso y, muchas veces, ilegal. Tener empresas contaminantes que destruyen el medio ambiente también está mal visto, y a veces incluso sufren la imposición de multas, aunque nunca muy severas. Pero, claro, nada impide tener esclavos en otro país o destruir el medio ambiente en otra parte cualquiera del mundo. Nada mejor que tener los esclavos, los campos contaminados y las aguas pestilentes en otros lugares del mundo, bien lejos de casa, fuera del alcance de la vista. No necesita, por ejemplo, cruzarse con los esclavos, ni ver sus miserables figuras, ni soportar su mal olor. Todos ellos están en un país lejano con el cual existe un tratado de libre comercio.

Por tanto, si usted quiere ser un tirano, vaya ahora mismo a una tienda y compre cualquier producto, especialmente el más barato y que venga de más lejos. ¡Sienta entonces todo el maravilloso poder! En ese momento, ¡usted es el amo del mundo! Imagine cientos de esclavos trabajando duramente para que usted, en un país remoto, pueda comprar ese producto que ellos fabrican. Imagine el medio ambiente de otro continente siendo destruido para que ese producto pueda llegar hasta usted a un precio ridículamente bajo. Y si, pasado algún tiempo, le parece que esta maravillosa sensación comienza a desvanecerse, no tiene más que ir a comprar otro producto cualquiera.

Olvide todas esas tonterías del comercio justo. Olvide también que el ambiente es un todo y que su destrucción en otro país acabará igualmente por afectarle, como resulta evidente con las consecuencias del cambio climático. Olvide todo eso. No deje que estos pensamientos le estropeen la maravillosa experiencia de sentirse como un tirano, por unos gloriosos minutos, cada vez que va en peregrinación a una tienda.

Porque realmente no es el conocimiento lo que nos hace libres. Lo que nos hace libres es, sin lugar a dudas, el libre comercio.

28/5/09

Dormir sobre los laureles produce siempre pesadillas.

En la antigüedad, los generales victoriosos eran aclamados y coronados con hojas de laurel. Una vez celebrada su gloriosa recepción, los generales podían entonces partir hacia nuevas batallas, para mantener seguros los límites del imperio, o bien podían retirarse para dormir sobre sus laureles. En este caso era casi seguro que las tierras conquistadas acababan siempre por perderse ante los reiterados ataques del enemigo.

Puede decirse que en el campo social impera, sin duda, el mismo principio. Cualquier avance que lleva a una sociedad más justa constituye únicamente un triunfo temporal. Para poder mantenerlo, es necesario seguir luchando continuamente. De lo contrario, durmiéndose uno sobre los laureles, es casi seguro que acaba por perderse.

La razón de esta insidiosa inercia, contraria siempre a cualquier avance social, es sin duda la evidente dificultad que supone mantener sistemas complejos. Cuando el hombre abandonó su organización tribal y empezó a crear ciudades y sociedades con algún grado de complejidad tuvo que inventar la filosofía, la política, los tribunales, etc. Pero nada de todo esto es realmente espontáneo o natural. Su mantenimiento necesita de un constante y reiterado esfuerzo. Sin ese empeño constante, cualquier sociedad compleja tiende inevitablemente hacia el caos y la barbarie.

Así, la historia está llena de repetidos avances y retrocesos en la lógica aspiración de crear sociedades más justas y más libres. Ninguna conquista alcanzada parece durar mucho tiempo: toda ley acaba, tarde o temprano, por no aplicarse, toda constitución acaba por degenerar, todo imperio acaba por caer. Así ha sido también durante los últimos siglos, en que los defensores de la justicia social y sus inevitables antagonistas, los defensores de los privilegios, digladiaron siempre de forma cruenta. A cualquier victoria de los primeros siguió siempre una furiosa reacción de los segundos. Y cabe decir que esta reacción siempre fue algo desagradable: matanzas, aniquilamientos, torturas, tiranías…

Pero todos estos aspectos desagradables son ya cosa del pasado. Los partidarios de los privilegios, hartos de estar siempre lavando sus ropas, manchadas con salpicaduras de sangre, comprendieron finalmente que toda esta violencia no era necesaria. No es necesario armar más ejércitos, ni financiar movimientos retrógrados, ni apoyar férreos órdenes sociales. No, nada de esto es necesario. La solución para acabar con cualquier avance en materia de justicia social es mucho más fácil.

Así es. La solución consiste simplemente en plantar miles de laureles y entonar, a todas horas, dulces e irresistibles canciones de cuna. En estas condiciones, no faltarán nunca pueblos enteros que se duerman, llenos de placer, sobre sus propios laureles.

Es por ello que los partidarios de los privilegios compraron ya todos los medios de comunicación existentes. Y, por supuesto… la televisión. ¡Qué gran invento éste de la televisión! Con ella casi da vergüenza, de tan fácil que es, imponer la injusticia en el mundo. ¡Qué fácil y qué rápidamente se duerme ahora todo el mundo sobre sus laureles! Y ni tan siquiera hay que preocuparse con que las canciones de cuna tengan la más mínima calidad, pues siempre surten efecto.

Así, satisfechos con los escasos avances sociales del pasado, los ingenuos ciudadanos sueñan ahora vivir en un mundo donde la libertad y la justicia están siempre aseguradas. Donde son eternas. En los breves momentos en que despiertan no dudan en patalear con fuerza al ver desaparecer otro avance social. Pero también es verdad que cada vez hacen menos para luchar por él.

Están convencidos, en el fondo, de que es imposible perder esas conquistas. Viviendo en un régimen de justicia social asegurada, ¿por qué iban a preocuparse? Sin duda que los problemas se solucionarán por sí mismos. O en todo caso, alguien vendrá en el último momento, no se sabe muy bien de dónde, para solucionar todos los problemas del mundo y asegurar la justicia.

Y mientras tanto, mientras ese alguien llega, van cerrando los ojos y acomodándose en su cómodo lecho de hojas de laurel. Sus sueños son dulces. Cuando despierten, sin embargo, posiblemente encuentren ante sí una pesadilla.

Así que la solución es bien fácil, ¿no le parece? Vea siempre la televisión y no despierte nunca.

14/5/09

El coche como solución a las amarguras de la vida.

El progreso es la gran maravilla de nuestra época, una maravilla que viene en auxilio de todo el mundo. Y esto es así incluso también para los suicidas. En la antigüedad, cuando una persona quería suicidarse sufría grandes y penosas incomodidades: o bien debía subir hasta lo alto de un peñasco para arrojarse desde él, o bien debía ir hasta un bosque lejano para ser devorado por un dragón cualquiera, o bien debía viajar hasta los trópicos para ser merendado por famélicos pueblos caníbales…

Hoy en día, gracias al progreso, nada de todo esto es necesario. Para suicidarse basta con salir a la puerta de casa y dar unos cuantos pasos en frente con los ojos cerrados. Un magnífico automóvil, seguramente de la última y más sofisticada tecnología, se encargará rápidamente de poner fin a nuestra vida. Incluso en el caso de que no pretendamos suicidarnos, el automóvil ejercerá igualmente su magnánima y piadosa función. Y es que para los coches, suicidas y distraídos son en el fondo la misma cosa.

Actualmente, en todas las sociedades modernas, el coche es considerado un objeto sagrado, un ídolo multiforme al cual se le rinde culto con la más sincera devoción. Y esto ocurre especialmente en las ciudades, donde los coches tienen siempre prioridad sobre las personas y ocupan la mayoría del espacio público. Las personas quedan, de esta forma, arrinconadas en estrechas y tortuosas aceras, a menudo ocupadas también por los coches aparcados sobre ellas.

Pero los coches no sólo tienen este privilegio. Son también responsables de más del 95% del ruido que inunda las ciudades, convirtiendo éstas en lugares impropios para el más imprescindible descanso. Y son responsables también de más del 80% de la contaminación atmosférica, siendo así los principales culpables de la insalubridad de las ciudades.

Pero aún hay más. Los coches son también responsables, para un país de mediana dimensión, de la muerte de una decena de personas por día, víctimas infelices de atropellamiento. Porque, aclaremos esto: en las sociedades modernas y civilizadas el asesinato es perfectamente legal. Únicamente hay que saber escoger el instrumento con el que se realiza.

Por ejemplo, si alguien nos mata utilizando un puñal, el agresor es rápidamente condenado y enviado a la cárcel. Por el contrario, si alguien nos mata utilizando un coche, el agresor es simplemente considerado como un interviniente en un desgraciado accidente de circulación. Y una vez se comprueba que tiene todos los papeles en regla, el asesino puede volver tranquilamente para su casa, e incluso puede hacerlo en coche.

Puede pensarse que en un caso el asesino tenía intención de matar, ya que nos clavó certeramente el puñal en la espalda, mientras que en el otro caso no existía tal intención. Pero entonces, ¿cómo podemos calificar al hecho de circular a gran velocidad dentro de una zona urbana? ¿O es que esto no es también tener intención de matar?

Si quien nos clavó el puñal asegura que únicamente estaba jugando con el arma y que accidentalmente se clavó en nuestra espalada, ¿deberemos creerle? Y si quien nos atropelló dice que únicamente circulaba a gran velocidad dentro de la ciudad y que la culpa es nuestra por ponernos delante de su coche, ¿deberemos también creerle?

Al fin y al cabo, ¿qué importancia puede tener para la víctima si el asesinato fue realizado o no con intención? Ciertamente, lo mismo da estar muerto de una forma o de otra. Lo importante habría sido evitar esa muerte. Justamente es por eso, para evitar que cometa más crímenes, que a un homicida se le pone en la cárcel. ¿No debería, por tanto, encerrarse también al coche veloz y a su conductor en la cárcel… o en un garaje?

Sería bastante sensato prohibir la utilización del coche en el interior de las ciudades o, como mínimo, prohibir su utilización a una velocidad superior a 20 Km/h, velocidad considerada apropiada para barrios residenciales. Con esto se evitarían todos los días muertes innecesarias.

¡Lástima que el coche, en las sociedades iluminadas por el progreso, sea considerado sagrado y que no podamos hacer nada para evitar su dominio sobre el ser humano, ese triste y humilde mortal!

7/5/09

Tres formas de mirar un árbol.

Para saber qué ideas económicas defiende una persona, basta con colocar un árbol a su frente. Para demostrarlo, hagamos la prueba de poner a tres personas diferentes ante un pequeño bosque y observemos atentamente su reacción.

1) Observemos en primer lugar al defensor del capitalismo más añejo. Lo que este individuo ve, ante sí, no es un conjunto de árboles, sino un enorme almacén de madera a cielo abierto, con piezas de leña listas para ser cortadas. Inmediatamente hará algunos cálculos y concluirá que esta leña, una vez comercializada, podría tener un valor de, por ejemplo, 50.000 €. Por tanto, es necesario cortar todos los árboles inmediatamente, pues la leña podría estropearse, o incluso podría haber un incendio. Y además, para ser sinceros, toda esa leña ahí, en pie, da al paisaje un aspecto anticuado, atrasado, pueblerino. Contra antes sea cortada, antes se podrá construir en su lugar algo más moderno, como, por ejemplo, un nuevo centro comercial.

2) Observemos ahora al defensor de las teorías economicistas. Mucho más culto que el anterior, esta persona es capaz de distinguir que lo que tiene ante sí son árboles, cosa que, al fin y al cabo, no era tan difícil de ver. Sabe también cuál es la función de los árboles y de qué forma crece y se desarrolla un bosque. Es consciente de que los árboles captan la energía solar y la transforman en energía química, produciendo, por ejemplo, la madera. Pero también sabe que los árboles producen el oxígeno que es necesario para nuestra respiración, que limpian el aire de partículas, que retienen el agua de la lluvia evitando las sequías estivales, que permiten la formación de suelo fértil, etc.

Según él, estos beneficios producidos por el bosque pueden ser cuantificados e introducidos en el ámbito de la economía con un determinado valor. Así, podría calcularse que el bosque produce cada año el equivalente a 100 € en oxígeno, 50 € en aire limpio, 1.500 € en agua, 1.000 € en suelo fértil, etc. La madera debería explotarse considerando todos estos valores y respetando el ritmo de crecimiento de los árboles. Así, explotando el bosque de una forma racional, podría conseguirse, por ejemplo, un rendimiento de 10.000 € anuales en madera, además de todos los otros beneficios.

3) Por último, observemos el defensor de una economía científica. Lo que esta persona ve ante sí es un bosque, claro, pero al mismo tiempo ve también un pequeño ecosistema, es decir, una unidad viva productora de energía. Y esta unidad no funciona solamente gracias a los árboles, sino también gracias al complejo equilibrio de todos los organismos vivos que forman parte de ella: microorganismos del suelo, hongos asociados a las raíces, herbívoros que controlan la vegetación, predadores que controlan a los anteriores, etc.

Según él, es absurdo valorar un bosque únicamente por los beneficios que podemos obtener de él. El bosque produce mucho más que aquello que nosotros podemos utilizar, mucho más que aquello que nos es posible introducir en el ámbito de la economía. En realidad, es debido a este ecosistema y a todos los otros ecosistemas del planeta que nosotros podemos mantenernos con vida. ¿Y qué valor económico podríamos asignar a nuestra propia vida? Nuestra vida es algo que consideramos como un valor absoluto, es decir, algo que no puede tener precio ni formar parte de ninguna ecuación económica.

Así, el bosque tiene en realidad un valor que no es calculable y que resulta ajeno a la economía. Si, para satisfacer posibles necesidades, decidimos explotar su madera, lo que estaremos haciendo será reducir el bosque a un simple parámetro económico, renunciando a su auténtico valor. En caso de aceptar esta renuncia, será necesario, al menos, que la explotación de la madera no altere ningún equilibrio del ecosistema y que sea, desde luego, racional y sostenible.

…Una vez observadas estas tres personas, podemos reflexionar sobre cuál de las opciones económicas que defienden será la más correcta y adecuada a nuestros intereses. Claro que, con todo este ruido que viene ahora del bosque, resulta bastante difícil intentar pensar. El estruendo de todas estas sierras mecánicas es insoportable. Y a pesar de que ya deben haber cortado más de la mitad de los árboles, lo más probable es que aún continúen varios días haciendo este ruido infernal.

Es una pena. ¡Era un bosque tan bonito! Pero en fin, no vale de nada lamentarse ahora. Dentro de unos pocos meses tendremos aquí un maravilloso centro comercial y ya nadie se acordará del bosque. ¡Qué podemos hacer si al final nuestra alma sí que tenía un precio!

30/4/09

Destruya el mundo sin necesidad de hacer turismo.

Es bien sabido que en todos los desiertos se producen espejismos. El aire trémulo que se eleva por encima de la arena caliente crea todo tipo de figuras fantásticas sobre el horizonte: legendarios oasis de mágica silueta, ciudades míticas pertenecientes a civilizaciones perdidas, palacios dorados nacidos directamente de la imaginación…

Incluso podemos ver, a veces, la figura de una gran ciudad formada por numerosos y enormes rascacielos que se elevan a partir de amplias avenidas verdeantes de vegetación, una ciudad bañada por mares cálidos sobre los que se adivinan fantásticas islas de formas sorprendentes, una ciudad llena de hoteles, de bancos, de centros comerciales, de centros de diversión nocturna, una ciudad con enormes pabellones cuyo suelo está cubierto de blanca nieve y por donde circula una multitud de esquiadores…

Pero al final, puede que no se trate realmente de un espejismo. Lo más probable es que se trate de una realidad tangible. Seguramente nos encontramos, en verdad, ante un destino turístico como Dubai, una de las nuevas perlas de los mares de oriente.

¿Cómo es posible que, en medio del desierto, un espejismo absurdo y delirante como éste sea una realidad? La respuesta es bien simple: es posible gracias al petróleo. El uso abusivo de esta fuente de energía es capaz de crear y alimentar éste y otros variados tipos de espejismo. Claro que el enorme derroche de petróleo significa también una enorme emisión de CO2. Y el exceso de este gas, como es bien sabido, provoca el cambio climático del planeta, cuyas consecuencias incluyen, por ejemplo, la fusión de los casquetes polares, la desertización de las zonas tropicales, la acidificación de los océanos, las sequías crónicas, las grandes olas de calor, el aumento de los fenómenos atmosféricos violentos… Y aunque estos fenómenos ya han producido miles de muertes, en el futuro producirán muchísimas más.

Ante la enorme gravedad de este problema, ¿qué hacen los turistas de todo el mundo? Pues, por más sorprendente que parezca, los turistas acuden en masa, cada año, hacia estos espejismos. Acuden religiosamente hacia estas enormes fábricas de contaminación. Porque ¿qué mejor que combinar a un mismo tiempo el disfrute de unas agradables vacaciones y la destrucción del mundo? Pasar unos días en uno de estos lugares permite a cada turista aportar a la atmósfera unas buenas toneladas de CO2 y contribuir así para la destrucción del planeta. De esta forma se evita, de una sola vez, tener que donar dinero para la eliminación de los osos polares, de los arrecifes de coral, de la vegetación subtropical, de los cultivos fértiles… ¡Y además, se hace todo de una forma divertida!

Incluso aquellos turistas que viven en los países más sensibles al cambio climático contribuyen también para la destrucción del mundo y para la desaparición inminente de su propio país. No hay duda de que se trata de personas valientes y llenas de coraje, dignas de gran admiración. Pero tenemos que admitir que, en general, el mundo está lleno de personas valientes, pues precisamente los dos países más destructivos, con una mayor huella ecológica, Dubai (EAU) y EUA, son de los que atraen cada año más turistas.

Practicar este turismo suicida e irresponsable es sin duda admirable. Pero, pensemos bien: no hace falta ir tan lejos para destruir el planeta. Con un poco de imaginación, podemos quedarnos en nuestro propio país y contribuir para la destrucción del mundo de una forma bastante más barata pero igualmente eficaz.

Por ejemplo, podemos ir a acampar a una refinería de petróleo que esté cerca de nuestra casa y prenderle fuego, emitiendo así una cantidad considerable de CO2. Y si no nos gusta acampar, podemos ir a una gasolinera, la que esté más cerca de nuestra casa, comprar unos bidones de gasolina y luego quemarlos en cualquier parte. Claro que también podemos optar por una actividad más tradicional como es ir a un bosque y prenderle fuego. Esta modalidad tiene la ventaja de que, además de emitir CO2, se eliminan las propias plantas que podrían retirar este gas de la atmósfera.

Así es: cualquier contribución para destruir turísticamente nuestro planeta, por más pequeña que ésta sea, será siempre bien venida. Tal como nuestra propia sociedad, conviértase también usted en un maravilloso espejismo.

24/4/09

Quemar otra vez la biblioteca de Alejandría.

La famosa biblioteca de Alejandría ardió hace ahora un par de milenios, en los lejanos tiempos clásicos. A pesar de la magnitud de la catástrofe, la verdad es que nunca se llegó a saber muy bien cuál fue el origen del incendio. Sin embargo, conociendo la naturaleza humana tal como la conocemos hoy en día, podemos tener una idea bastante clara de cómo sucedió.

Todo comenzó en un frío día de invierno, poco después de las fiestas en honor del dios Apis. En ese día, de repente, el bibliotecario mayor de la gran biblioteca de Alejandría comenzó a sentir frío. Viendo que ya no quedaba leña, el bibliotecario pensó que, para calentarse un poco, quizás podía quemar unos cuantos papiros viejos en la chimenea. Seguro que nadie iba a notar su falta.

El invierno fue avanzando lentamente y, siempre con falta de leña, los papiros fueron desapareciendo en el fuego uno tras otro, convirtiéndose en reconfortante calor. Y así, meses después, cuando el bibliotecario fue a buscar más papiros para quemar, se dio cuenta de que ya había quemado todos. No quedaban más en toda la biblioteca. Comenzó entonces a pensar que su comportamiento, después de todo, no había sido demasiado inteligente. Así, tratando de ocultar la negligente destrucción de todos los papiros de la biblioteca, prendió fuego a todo el edificio. Y así fue, con toda probabilidad, cómo ardió la más famosa biblioteca de la historia.

Ese fue sin duda el invierno más calentito de toda la vida del bibliotecario. Desgraciadamente, pasó el resto de sus días sin empleo y sin dinero para comprar leña o cualquier otro tipo de combustible, por lo que acabó por morir de frío poco tiempo después.

Es una historia con un final triste. Resulta imposible no sentir lástima por este pobre hombre. Y eso a pesar de que, debido a su actitud estúpida e irresponsable, desaparecieron todos los valiosos e irrepetibles libros guardados en la biblioteca. La humanidad quedó así privada de un conocimiento adquirido durante siglos y siglos de arduo y laborioso esfuerzo.

Podemos pensar que, hoy en día, a nadie se le ocurriría quemar los libros de una biblioteca como la de Alejandría sólo para entrar un poco en calor. ¿O quizás sí?… Pues bien, en realidad no sólo es posible, sino que es casi inevitable. Forma parte del modo de pensar y de ser de nuestra civilización. Basta observar, por ejemplo, lo que ocurre hoy en día con la conservación de la diversidad biológica, la llamada biodiversidad.

Durante miles de millones de años, una cantidad de tiempo inimaginable, prácticamente una eternidad, la evolución fue creando las millones de especies existentes en la actualidad. Cada una de ellas está adaptada a la perfección al ambiente que vive y es única e irrepetible. Y cada una tiene la toda la información que la define en su código genético, escrita detalladamente en las moléculas de ADN.

Podemos fácilmente comparar el código genético de cada especie con un libro. En realidad, en el código genético está escrito, línea a línea, cómo construir un organismo vivo y cuáles son las características que le permitirán desempeñar una determinada función dentro del ecosistema en que se integra. Así, destruir una especie y su código genético equivaldría, según esta comparación, a quemar un libro.

Pues bien, quemar estos libros es exactamente lo que estamos haciendo actualmente. La actual actividad humana está destruyendo todas las especies. La biodiversidad disminuye en el mundo a cada día que pasa, cada vez más aceleradamente. Pero hay una gran diferencia entre destruir libros y destruir especies. Mientras que para reponer el conocimiento de los libros pueden ser necesarios quizás unos pocos siglos, para reponer, de alguna forma, las especies eliminadas harán falta, como mínimo, millones y millones de años de evolución.

¿Y cuál es el motivo para destruir todas estas especies? El motivo es mantener un modelo de civilización agresivo que, como ya todo el mundo sabe, resulta insostenible. Es decir, ni siquiera va a durar mucho más tiempo. Se talan bosques para plantar cultivos que duran apenas unos años, se convierten praderas en monocultivos contaminantes, se acaba con bancos pesqueros para crear piensos para el ganado, se secan los ríos desviando el agua para actividades turísticas, se propagan plagas y especies invasoras por descuidadas razones comerciales…

En fin, el motivo es aún más estúpido que el del bibliotecario de Alejandría. Si aún fuese para calentarse un poco las manos durante el invierno, sería más comprensible.

31/3/09

El fin de la tradición narcisista europea.

Cuenta la leyenda que Narciso, bello hijo de Céfiso y Liríope, se enamoró de su reflejo en el agua y acabó por ahogarse al intentar besar su propia imagen. No cabe duda de que Narciso era un típico europeo.

Durante siglos, los europeos creyeron que el mundo era el resultado de la creación de los dioses. Y, por supuesto, como no podía ser de otra forma, el hombre era el centro, el máximo exponente de esa creación. Incluso los dioses, creadores del mundo, tenían aspecto humano. No valía la pena imaginar que tuviesen aspecto de mosca, de murciélago o de otra cosa cualquiera. ¡Qué tontería! ¿Cómo no iban a tener los dioses aspecto humano?

Algún tiempo después, los europeos empezaron a viajar por el mundo y se encontraron con otros hombres de apariencia extraña: más altos, más bajos, más oscuros, más pálidos… Como no hablaban ninguna lengua europea, los viajeros llegaron a la conclusión de que aquellos seres, desde luego, no podían ser humanos. Por tanto, empezaron a esclavizarlos y a tratarlos como animales domésticos. Pero poco después, de forma harto sorprendente, algunos de estos seres aprendieron a hablar la lengua de sus amos. Viendo esto, los europeos tuvieron que admitir, no sin mucha resistencia, que quizás aquellos seres también fuesen humanos, aunque, claro, nunca tan bellos e inteligentes como ellos.

Con la llegada de Darwin y de la teoría de la evolución, el narcisismo europeo parecía estar condenado. Al final, todas las especies eran hermanas, todas descendían de un tatarabuelo común. La ciencia demostraba que incluso el hombre, incluso el hombre europeo, era hermano del chimpancé, de la musaraña, de la estrella de mar, de la lombriz, de la ameba… Así pues, el hombre no era nada especial dentro de la naturaleza. Era tan sólo una especie más.

Pero, claro, la larga tradición narcisista europea no podía quedar por aquí. Sí, los europeos llegaron a admitir finalmente la teoría de la evolución, pero atención: quedando bien claro que el hombre, dentro del conjunto de todas las formas vivientes, era, ni más ni menos, la especie más evolucionada. Y esto pasó a demostrarlo señalando que él, el hombre, era la especie que tenía el cerebro más grande, que caminaba sobre dos piernas, que hablaba un lenguaje vocálico complejo y que conseguía fabricar utensilios.

Resulta como mínimo curioso que, para intentar demostrar que el hombre era el más evolucionado, se eligiesen precisamente aquellas características que más definen al propio hombre. Sin duda podrían haberse elegido otras características diferentes e igualmente válidas, como por ejemplo: ser el corredor más rápido, ser capaz de volar, poder realizar la fotosíntesis, poder vivir en una atmósfera sin oxígeno, etc.

No es que las características que definen al hombre no tengan mérito, pero no cabe duda de que hay muchas otras características que resultan igualmente meritorias y maravillosas. Y a decir verdad, siendo algo rigurosos, las características propias del hombre ni siquiera son muy originales: los delfines tienen cerebros más grandes y desarrollados, hay muchos animales bípedos, muchos se comunican con sonidos complejos, bastantes fabrican utensilios…

Pero lo peor de todo es pensar que más evolucionado significa ser mejor. Esto es evidentemente una falsedad. Todas las especies actuales están igualmente adaptadas al medio. Todas ellas son las mejores que alguna vez existieron. Y la prueba evidente de ello es que todas continúan vivas. Una bacteria, una encina, un elefante… todos ellos tienen el mismo grado de excelencia adaptativa.

Dentro del mundo vivo, la expresión más evolucionado se emplea en realidad para designar aquellas especies que se han transformado más, es decir, aquellas que se parecen menos a sus tatarabuelos. Por ejemplo, dentro del grupo de los mamíferos son los delfines los más evolucionados, pues son los que menos se parecen a la musaraña prehistórica de que descienden todos los mamíferos. El hombre, casi tan peludo como esa musaraña, es mucho menos evolucionado.

Aceptemos finalmente la verdad, por muy desagradable que ésta sea. En todos los pueblos y villas del mundo hay un individuo que se destaca claramente por su necedad, por no enterarse de nada, por fantasear continuamente, por creerse siempre el mejor del mundo en todo.

Pues bien, sabiendo todo esto, aceptemos finalmente lo que es una clara evidencia científica: el hombre europeo es el tonto del pueblo de la evolución.