17/4/26

La grandiosa arquitectura de las células


Todos nosotros somos perfectamente capaces de reconocer gran parte de los más grandes y famosos monumentos del pasado. Si nos encontrásemos, de pronto, ante las majestuosas formas de las grandes pirámides de Egipto, ante la portentosa y descomunal Gran Muralla China, ante el egregio y soberbio Coliseo o ante cualquier otra de las magnas obras de la historia de la humanidad, sin duda sabríamos reconocer todas ellas al instante sin ningún tipo de problema.

Aunque, si lo pensamos más detenidamente, quizás esto no sea del todo verdad. En realidad, nuestra capacidad para reconocer todos estos monumentos dependerá mucho de la distancia a que los observemos. Si nos viésemos forzados, por ejemplo, a mirarlos muy de cerca, a menos de un palmo de distancia, difícilmente sabríamos reconocer o diferenciar ninguno de ellos. En ese caso únicamente conseguiríamos ver la superficie de las piedras de que están hechos, todas ellas muy semejantes y parecidas entre sí, prácticamente indistinguibles.

Esta simple reflexión, tan obvia como elemental, puede servirnos, no obstante, para hacer algunas consideraciones acerca de la naturaleza de estas construcciones y enumerar una serie de ideas al respecto. Primero, que todos los grandes monumentos de la antigüedad están hechos con los mismos elementos, es decir, con bloques de piedra. Segundo, que utilizando esos mismos bloques tanto podría haberse construido un determinado monumento como otro cualquiera. Tercero, que todos los monumentos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la forma en que han sido dispuestos sus elementos. Y cuarto, que para reconocer esa particular disposición que los caracteriza es necesario contemplarlos desde una cierta distancia, con una determinada perspectiva.

Lo cierto es que estas mismas ideas pueden servirnos también para reflexionar, pese a las lógicas diferencias, acerca de otro asunto muy diferente y mucho más complejo, como es la naturaleza de los seres vivos. Porque también en este caso podemos plantearnos unos enunciados muy semejantes a los anteriores, aunque aquí no se ajusten tanto a la realidad. Primero, que todos los seres vivos están formados por los mismos elementos, es decir, por células. Segundo, que unas mismas células tanto pueden dar lugar a un determinado ser vivo como a otro completamente diferente, aunque esto sólo en apariencia, pues en realidad las células nunca son iguales. Tercero, que todos los seres vivos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la distinta organización de sus células. Y cuarto, que es imprescindible una cierta perspectiva para conseguir ver y reconocer esa particular organización que caracteriza a cada uno de ellos.

Es evidente para todos nosotros que mirando a simple vista, es decir, a una distancia suficiente, no tenemos la menor dificultad en distinguir entre especies tan diversas y dispares como, por ejemplo, un roble, un caracol, un saltamontes, una golondrina o una ballena. Sin embargo, si por algún motivo tuviésemos que mirarlas muy de cerca, mucho más de cerca de lo que nos permiten nuestros ojos, algo que sólo conseguimos hacer con la ayuda de un microscopio, la situación sería del todo diferente. Porque a esa escala únicamente conseguiríamos ver sus elementos de construcción, es decir, sus células. Y todas ellas nos parecerían prácticamente iguales.

Aunque, a decir verdad, no son todas tan iguales. Un observador con los suficientes conocimientos podría distinguir fácilmente, a través del microscopio, entre células que perteneciesen a cada uno de los grandes grupos de seres vivos, pues éstas presentan en realidad diferencias bastante notables entre sí. Por ejemplo, la mayoría de seres unicelulares, como las bacterias, están formados por células de un tamaño muy pequeño y carentes de núcleo. Por el contrario, las células vegetales son mucho mayores y tienen un núcleo bien patente, además de poseer una rígida pared exterior y, por lo general, unos distintivos cloroplastos. Características estas últimas de que las células animales, por su parte, siendo muy parecidas a las anteriores, carecen por completo.

No obstante, si nos aproximásemos más a estas células, si consiguiésemos ver todo a una escala mucho menor que aquella que nos proporciona un microscopio, la situación nuevamente cambiaría por completo. En ese momento ya no veríamos ninguna célula, sino únicamente los elementos de construcción de que están hechas. Porque en realidad todas las células están formadas, a su vez, por grandes moléculas orgánicas, como las proteínas, los glúcidos o los ácidos nucleicos. Y todas estas moléculas, cada una dentro de su clase, son prácticamente indistinguibles entre sí, incluso cuando comparamos entre células pertenecientes a diferentes grupos de seres vivos.

Y aunque fuésemos entonces capaces de detectar pequeñas diferencias dentro de cada uno de estos tipos de moléculas, nos bastaría con descender a una escala aún menor, verlas aún más de cerca, para constatar que incluso esas diferencias también desaparecerían. Porque todas estas moléculas están formadas, a su vez, por otros elementos de construcción: todas las proteínas están formadas por aminoácidos, todos los glúcidos por monosacáridos y todos los ácidos nucleicos por nucleótidos. Y todas estas subunidades son, si cabe, aún más iguales e indistinguibles en todos los seres vivos. Por no hablar de que, si por algún motivo nos aventurásemos a ir a una escala aún menor, ya a un nivel inorgánico, veríamos que todas estas subunidades, en todos los tipos de moléculas, están formadas siempre por algunos, muy pocos, elementos químicos.

En resumen, cuanto más nos aproximamos, todos aquellos seres vivos que conocemos y que pensábamos que eran completamente diferentes más acaban por parecernos exactamente iguales, sin ninguna diferencia entre sí. Al acercarnos a ellos, todos los individuos se convierten en células prácticamente idénticas, todas las células en grandes moléculas aún más idénticas y todas las grandes moléculas en subunidades aún mucho más idénticas entre sí, ya completamente indistinguibles.

Está claro que nuestra escala de visión determina la forma y la configuración con que vemos a todos los seres vivos. Pero también determina inevitablemente la manera en la que interpretamos el mundo que nos rodea. Por ejemplo, a nuestra escala natural de visión contemplamos a nuestro alrededor un mundo, de apariencia finita, habitado por grandes seres vivos y en el que es siempre posible distinguir con claridad cada uno de los diferentes organismos que lo componen.

Sin embargo, gracias a los microscopios podemos contemplar otro mundo diferente, sin ningún parecido con el anterior. Aunque, como es evidente, ese mundo es exactamente el mismo, únicamente cambia la perspectiva desde la cual lo observamos. Y en ese mundo lo que vemos es un espacio, aparentemente sin límites, dominado por la presencia de ingentes cantidades de células, ya sean aisladas o formando enormes agregados. Pero si pudiésemos ver todo aún más de cerca, con algún instrumento mucho más preciso, observaríamos otro mundo todavía más diferente a los anteriores. Ante nosotros se extendería un espacio, de naturaleza indescriptible, dominado por inmensos y vibrantes océanos de grandes moléculas orgánicas, en los que sería casi imposible adivinar la existencia de las células que forman, nunca perceptibles a esa escala.

A medida que nos adentramos sucesivamente en estos mundos, podemos comprobar así que todos los seres vivos están constituidos, como ya hemos dicho, por los mismos elementos de construcción. Y lo cierto es que esto no tiene absolutamente nada de extraño o sorprendente, si consideramos que todos los seres vivos descienden de un único antecesor común, de aquello que podríamos considerar como la célula primordial o primigenia. Por tanto, como es lógico, todos ellos están formados necesariamente por los mismos componentes. Aunque la evolución haya hecho luego que éstos se hayan ido diversificando, diferenciando o incluso hayan sido sustituidos en parte.

Podemos con todo esto concluir que, de forma parecida a como sucede en los monumentos, con unos mismos elementos de construcción se puede hacer prácticamente cualquier ser vivo existente. Es decir, con un mismo conjunto de células, pero en mayor medida con un mismo conjunto de grandes moléculas orgánicas, pero en mucha mayor medida con un mismo conjunto de sus respectivas subunidades, se puede construir indistintamente cualquier tipo de ser vivo, ya sea un alga, una planta, un hongo o un animal. Y también, por supuesto, un ser humano como nosotros.

Porque lo único que nos distingue a nosotros de todos los otros seres vivos es la diferente disposición de nuestros prácticamente idénticos elementos de construcción. Y además, como ya ha quedado claro, esta disposición sólo se hace patente a una determinada distancia. Es decir, sólo existimos, en apariencia, a nuestra escala natural de visión, pues más de cerca nos parecería que en realidad no existimos, a no ser como una posible abstracción hecha a partir de nuestros múltiples componentes.

Parece claro entonces que, al menos, a nuestra escala de visión sí que somos capaces de diferenciarnos a nosotros mismos y a todas las especies que vemos a nuestro alrededor. Pero lo cierto es que, si lo pensamos bien, esto también acaba por ser sólo verdad en parte. Porque no podemos olvidar que todos los seres que vemos a simple vista son en realidad organismos sujetos a un complejo ciclo vital. Todos ellos comienzan en un principio por estar formados por una única célula. Y sólo tras pasar por sucesivos estados embrionarios alcanzan, al final, la forma adulta que nos resulta visible y fácilmente reconocible. Es decir, aunque pensemos ser capaces de distinguir, por ejemplo, entre una ballena y un ratón, lo cierto es que en las primeras fases de su ciclo vital somos absolutamente incapaces de diferenciarlos. Además de que, como es evidente, necesitaríamos la ayuda de un microscopio incluso para conseguir verlos.

También nosotros, aunque tendemos a olvidarnos de ello, desarrollamos ese mismo ciclo vital. Tras unas primeras fases unicelulares en las que recibimos el nombre de ovocito o de espermatocito y, más tarde, de gametos, nuestro ciclo vital propiamente dicho se inicia con la fusión de estos últimos para crear una única célula, llamada zigoto. Bajo esta forma, empezamos rápidamente a dividirnos y a diferenciar nuestras células para formar un embrión que, en sus sucesivas fases, va desarrollándose y aumentando continuamente de tamaño. Hasta que, al final de ese proceso, adquirimos la forma definitiva del organismo pluricelular, visible a simple vista, que todos conocemos y que tan fácil nos resulta de diferenciar.

Esto significa, por tanto, que a nuestra escala natural de visión sólo somos capaces de ver una reducida parte de nuestra propia existencia. Y precisamente por ello, el concepto que tenemos sobre nosotros mismos acaba siendo inevitablemente muy pobre, escaso e incompleto. Tal como, por otra parte, también lo sería si se diese el caso de que viésemos el mundo únicamente a una escala más pequeña, en la cual sólo alcanzásemos a ver las primeras etapas de nuestro desarrollo.

Hasta aquí hemos abordado lo que pasaría si observásemos todos los seres vivos mucho más de cerca, a una distancia cada vez menor. Pero también podríamos plantearnos exactamente lo contrario. Podríamos pensar en lo que pasaría, cambiando por completo de enfoque, si observásemos todo mucho más de lejos, si tratásemos de mirar todo a una distancia cada vez mayor.

Si estuviésemos, por ejemplo, en lo alto de la más grande montaña y mirásemos con atención hacia la llanura que se extiende a sus pies, seguramente nuestra visión del mundo cambiaría una vez más por completo. Porque desde allí, desde lo alto, no seríamos capaces de distinguir ninguna especie ni ningún individuo concreto. A lo sumo, con gran esfuerzo, podríamos divisar algunas manchas boscosas o quizás algunos bandos fugaces de animales.

A esa distancia, sin embargo, quizás empezaríamos a comprender lo que es realmente un ecosistema, un nivel de organización de la vida situado a una escala superior. Desde esa elevada altura, utilizando una escala de tiempo también diferente, posiblemente veríamos que toda esa extensa llanura está recubierta por una masa dinámica, vigorosa y cambiante de materia viva, de contornos no siempre bien definidos. Y entenderíamos entonces que los ecosistemas no son otra cosa que complejos organismos vivos formados por unos elementos de construcción, invisibles a esa distancia, que son los individuos y las especies a las que pertenecen.

Comprenderíamos, de este modo, que nuestra propia especie, como todas las otras, no es más que uno de esos muchos elementos que dan forma al ecosistema. Y, en consecuencia, que el exiguo concepto que tenemos de nosotros mismos, sobre lo que realmente somos, no se debe únicamente a que no conseguimos ver el mundo muy de cerca, sino también a que no conseguimos verlo mucho más de lejos.

Pero si nos fuésemos entonces más lejos, aún mucho más lejos, por ejemplo, hasta la luna, lo que desde allí conseguiríamos ver, en último término, sería la biosfera. A esa distancia quizás comprenderíamos finalmente que la biosfera es un único organismo, una única entidad, formada por unos elementos de construcción que son los ecosistemas. Y que nosotros, como individuos, somos sólo una parte ínfima e insignificante de ese ser vivo colosal que envuelve la superficie de nuestro planeta.

Atrapados en nuestra particular escala de visión, todos nosotros somos, sin embargo, incapaces de percibir de forma intuitiva toda esta compleja realidad. Creemos ver el mundo tal como es, pero en realidad sólo llegamos a captar de él una determinada y particular perspectiva. Creemos entender lo que son los seres vivos, pero apenas conseguimos observarlos bajo una cierta escala y apariencia. Y creemos saber lo que somos nosotros mismos, pero únicamente alcanzamos a vislumbrar una parte de nuestra propia naturaleza, una mínima parte de lo que siempre hemos sido y de lo que siempre seremos. A menos que, con nuevos y múltiples ojos, seamos en algún momento capaces de extender nuestra mirada mucho más allá, para ver finalmente el mundo y nuestra realidad en toda su auténtica, desbordante y sobrecogedora dimensión.