En su origen el dinero era una representación de la cantidad de trabajo realizado por una persona. Así, servía para poder intercambiar libremente el propio trabajo por el trabajo de otros o por cualquier otro tipo de bienes o servicios, dentro de una sociedad ya caracterizada por la división del trabajo. La utilización de dinero ofrecía mejores condiciones que las trocas, utilizadas hasta ese momento, y tenía claras ventajas en el intercambio de bienes de naturaleza perecible, que perdían rápidamente su valor, o que eran imposibles de transportar o acumular.
Ese dinero tomó generalmente la forma de piezas de metal, las monedas, cuyo valor se basaba en el valor del metal que las constituía. En la mayoría de las sociedades antiguas el metal preferido para hacer las monedas fue el oro, cuyo valor era considerado más o menos constante, tal como lo era el esfuerzo de su extracción minera. Y el emblema público acuñado entonces sobre las monedas pasó a garantizar que tenían siempre la misma cantidad de oro, permitiendo que pudiesen ser utilizadas para representar e intercambiar un mismo valor y una misma cantidad de trabajo.
Con el tiempo las monedas de oro acabaron por ser sustituidas por otras fabricadas en plata u otro metal de valor inferior. Y ya en época reciente, por los actuales billetes bancarios fabricados en papel. Sin embargo, independientemente del material con que estaban hechos, estas monedas y billetes representaban una determinada y exacta cantidad de oro. Es decir, aunque no eran de oro, eran siempre intercambiables por la cantidad de oro que les correspondía, residiendo ahora ese metal en los cofres de los bancos nacionales de cada país.
Los problemas comenzaron cuando los países y sus bancos nacionales, renunciando a mantener el patrón oro, es decir, a mantener una exacta correlación entre el dinero en circulación y el oro acumulado en sus cofres, tomaron la decisión de emitir más dinero que aquel que correspondía a sus reservas de oro. Era una solución fácil y cómoda para enfrentar cualquier tipo de dificultad financiera. Si el dinero no llegaba, simplemente se acuñaba o imprimía más, creándose casi como por arte de magia. Sin embargo, esta pérfida maniobra tenía una lógica consecuencia: habiendo por un lado el mismo oro y por otro más billetes o monedas, a cada billete o moneda correspondía ahora una menor cantidad de oro. Así, el dinero pasó a valer menos oro del que oficialmente representaba, pasó a inflacionarse. Y debido al carácter recurrente con que esta maniobra era realizada, la inflación pasó a convertirse en un fenómeno constante y crónico.
Los bancos nacionales pasaron, en realidad, a emitir tanto dinero como les era posible. Aunque siempre intentando no sobrepasar ciertos límites, pues en el caso de que la emisión de dinero fuese muy exagerada, podrían desencadenar una inflación galopante dentro del país o también una caída a pique del valor de cambio del dinero frente a las monedas de otros países. Y ambas posibilidades, escapando siempre a cualquier control, tendrían sin duda consecuencias nefastas para el país.
No siendo convertible en oro, el valor del dinero de un país pasó a basarse entonces en una serie de factores de tipo político, social o financiero. Por ejemplo, en la confianza inspirada por el banco emisor, en la valoración de la política monetaria del país, en las expectativas sobre la evolución de su economía o en las previsiones sobre su futura productividad agrícola o industrial. Así, el valor de la moneda de un país fluctuaba ahora al capricho de la especulación internacional. Pero muy especialmente, pasó a depender, en última instancia, de la preponderancia política, militar o económica ostentada por ese país. La moneda del estado más poderoso, del estado imperial o colonizador, se convirtió invariablemente en la moneda más fuerte, en la más valorizada frente a cualquier otra.
Sin representar oro, ni mucho menos trabajo, el dinero pasó a ser una mera ficción contabilística o financiera y, más tarde, un simple mecanismo de poder político a escala internacional. Sin valor fijo ni real, existiendo ya casi por exclusivo en la ingeniería contable de los bancos públicos y privados, condenado a una espiral especulativa para intentar huir de la inflación, el dinero pasó a convertirse en dinero fantasma.
En los días de hoy únicamente los países más pequeños, con monedas modestas y seguras, alejadas de la especulación internacional, consiguen resistir en algo a la conspiración del dinero fantasma y a su creciente poder. Especialmente cuando tienen gobiernos populares empeñados en no utilizar la moneda para especular o para generar inflación. Pero desgraciadamente las monedas de estos países pequeños son también las más débiles en el contexto internacional, donde son las monedas imperiales las que dictan los valores cambiarios. Así, todos los países que aún consiguen resistir acabarán inevitablemente por ser atacados, invadidos o integrados, contra su voluntad, en los mercados económicos internacionales dominados por el dinero fantasma.
Vacíe usted su bolsillo y compruebe ahora qué clase de dinero tiene en él. Si es un dinero modesto, justo y sabiamente regulado, que intenta representar la cantidad de trabajo que usted ha realizado, guárdelo bien. Si se trata de un dinero fantasma, sin valor real, emitido por entidades financieras que únicamente buscan enriquecerse, por países que buscan el poder y la dominación, quémelo de inmediato. Quémelo, pues en realidad no vale nada. Y tarde o temprano acabará por intentar apoderarse de usted, de su trabajo y de su vida.
24/7/13
14/3/13
El poder del dinero o el dinero del poder.
Todo el mundo sueña. Ya sea despierto o dormido, todo el mundo sueña. Nadie se cansa de soñar. El sueño de un agricultor, por ejemplo, es tener cuatro primaveras por año y ver cómo la tierra produce suficiente alimento como para alejar para siempre el espectro de la escasez y del hambre. El sueño de un obrero es trabajar menos horas y dedicar todo ese tiempo al descanso, a la familia o a la educación. El de un pequeño comerciante es vender toda la mercancía y conseguir pagar así todos los gastos de su casa y su negocio. Por último, el sueño de una persona rica es… evidentemente, continuar a ser rica. En realidad, casi podemos decir que el sueño de cualquier persona es llegar a ser rica, aunque eso sea casi siempre un sueño imposible.
El requisito imprescindible para llegar a ser rico es tener dinero, mucho dinero. Pero ¿cómo se consigue toda esa cantidad de dinero? Los agricultores, los obreros y los pequeños comerciantes saben muy bien que por mucho que trabajen a lo largo de toda su vida, y muchos ciertamente llegan a hacerlo de forma esforzada y penosa, jamás llegarán a ser ricos. Tienen muy claro que no es trabajando que se consigue el dinero suficiente como para llegar a ser rico. Para eso es necesario algo más. Es necesario dominar la fuerza de trabajo de los otros. Es necesario, en resumen, tener poder.
Ya sea trabajando mucho o poco, o incluso nada, llegará a ser rica cualquier persona que consiga el poder de beneficiarse de forma continua del trabajo realizado por los otros. Y esto podrá hacerlo, por ejemplo, siendo el dueño de las tierras o de las fábricas donde trabajan. O gozando de una relación ventajosa en cualquier transacción comercial. O controlando el acceso exclusivo a un determinado bien o servicio. O incluso podrá hacerlo amenazando, robando y abusando de otras personas, o hasta creando un régimen tiránico. Todas estas son formas efectivas de obtener poder y de ganar mucho dinero, o mejor dicho, de hacerse con mucho dinero. El requisito necesario para ser rico es, por tanto, tener poder sobre los otros y su trabajo, tener poder social.En una sociedad típicamente capitalista el poder es dinero y el dinero es poder. El dinero capitalista no representa el valor del trabajo realizado por una persona. Es simplemente una medida del poder y del dominio social. Una persona rica, por ejemplo, puede ganar en un solo día de trabajo la misma cantidad de dinero que una persona pobre gana en todo un mes. Así, cuando un rico compra un determinado bien por ese valor lo estará pagando con un día de trabajo, mientras que un pobre lo estará pagando muchísimo más caro, lo estará pagando con el salario de un mes.
De esta forma, sin existir ninguna regulación efectiva entre el valor del trabajo y el dinero que se recibe por él, sin existir tampoco un salario mínimo ni un salario máximo, el dinero que una persona recibe acaba por representar en muy escasa medida el trabajo realizado. Representa principalmente el poder o el privilegio social que se posee. Y esta situación injusta tiende a agravarse con el paso del tiempo. El dinero y los privilegios obtenidos por la clase social más rica se van acumulando progresivamente, se perpetúan y agigantan de una generación a otra. Y mientras tanto, el hambre y la miseria de los pobres se multiplican exactamente al mismo ritmo.
Como decíamos, el sueño de cualquier persona es llegar a ser rica. Pero para ello, esa persona tendrá necesariamente que abusar siempre de otras personas más pobres, tendrá que prosperar a costa de la creciente miseria creada a los otros. Y eso es, por supuesto, contrario a cualquier principio ético y a cualquier proyecto sostenible de sociedad. Así, cualquier persona mínimamente honrada y sensata debería abandonar de inmediato cualquier sueño de riqueza y debería empezar a soñar con otra serie de valores muy diferentes del dinero.
Debería soñar, por ejemplo, con valores como la tierra, la agricultura o la pequeña industria, con valores económicos que, siendo más tangibles, estables y seguros, están siempre menos sujetos a la ficción monetaria del dinero y del capital. Aunque sin duda deberán ser bien defendidos, pues el capitalismo también especula con la compra y venta de tierras o juega incluso con la expectativa sobre las grandes cosechas.
Debería soñar también con valores despreciados por la economía capitalista, como son el agua potable, la tierra fértil, el aire puro o el canto de los pájaros, como es un medio ambiente libre de productos químicos venenosos y desreguladores del organismo. Debería soñar, por tanto, con la protección y defensa de la naturaleza y de sus recursos.
Y debería soñar también con relaciones sociales de proximidad e igualitarias, como son la amistad, la vecindad, las asociaciones locales o los pequeños partidos cívicos. Debería soñar con defender la libertad y los valores constitucionales frente a estructuras políticas o económicas multinacionales que extienden cada vez más el enorme y despiadado poder de su riqueza.
No, no sueñe con dinero. El dinero capitalista es falso y engañoso. No representa ni el trabajo ni ningún otro valor real. En cambio, la amistad o el aire puro, por ejemplo, sí que son reales. No son dinero, pero son impagables. Sí, sueñe con esto. Sueñe con esto todos los días y con todas sus fuerzas.
28/2/13
El nacimiento del ecologismo real.
De vez en cuando conviene hacer un alto en el camino y volver la vista hacia atrás para contemplar, atisbando las huellas de nuestros efímeros pasos, la totalidad del camino que hemos recorrido. Conviene detenernos para ver los altos, las curvas, los pasos angostos que hemos conseguido superar, pero también todas las piedras, los errores, en los que hemos tropezado. Y de igual forma que observamos nuestro propio camino conviene también observar el camino realizado por otros, por aquellos otros caminantes que siguen o que siguieron en el pasado un camino semejante o paralelo al nuestro. Contemplando sus errores podremos quizás intentar evitarlos. Así, nos será sin duda de gran utilidad, por ejemplo, buscar paralelismos entre los caminos recorridos por dos ideologías recientes: el socialismo y el ecologismo.
El socialismo surgió en el siglo XIX bajo la forma del llamado socialismo utópico. Según esta corriente de pensamiento, el simple conocimiento y la práctica de los ideales socialistas, tendentes a crear una sociedad más justa, más libre, más armoniosa, serían más que suficientes para acabar con la injusticia y la existencia de clases sociales. Se pensaba que incluso los detentores del poder social y económico se sumarían con convicción a la defensa de las luminosas ideas del socialismo. Sin embargo, como bien rápidamente se pudo comprobar, quien tiene el poder y se beneficia de él de forma creciente nunca tiene, salvo raras excepciones, la inteligencia o la voluntad suficiente como para cambiar renunciando a sus privilegios.
Por ello surgió una nueva corriente, el socialismo científico. Para esta corriente, el socialismo sólo podría imponerse por la lucha y por la presión social ejercida por los más desfavorecidos, siendo ésta la única forma de vencer la férrea voluntad de la minoría privilegiada por mantenerse en el poder. La sociedad ideal, más justa, más digna y más sostenible, sólo podría alcanzarse mediante una acción bien estudiada y delineada, mediante una metodología científica capaz de enfrentar todas las dificultades. Y esta metodología, pretendiendo en primer lugar la eliminación de los privilegios sociales y la propiedad privada de los medios de producción, debería definir con claridad los primeros pasos de una transformación social que tuviese siempre como motor la lucha y la rebelión de la mayoría desfavorecida, a la que igualmente podrían sumarse luego los elementos más lúcidos de la minoría privilegiada.
Ya en el siglo XX, algunos procesos revolucionarios, ya siempre bajo una inevitable inspiración socialista, acabaron por dar lugar a regímenes de características autoritarias, cada vez menos democráticos, progresivamente dominados por la aparición de una minoría social privilegiada de índole política o burocrática. En estos regímenes, los iniciales ideales socialistas pasaron a aplicarse de una forma cada vez más despótica o incluso, finalmente, como una simple fachada para encubrir su progresiva corrupción moral. Este camino de degradación ideológica fue conocido como socialismo real, siendo justificado por sus autores como la única opción posible para el socialismo en el contexto y las particulares circunstancias históricas en que intentó desarrollarse.
Fue también en este último siglo, ante la cada vez más evidente y alarmante crisis ambiental mundial, que surgió el movimiento ecologista como un amplio movimiento social en defensa de la naturaleza y del medio ambiente. Una vez más, la primera corriente de pensamiento en aparecer, el denominado ambientalismo, consideró que el simple conocimiento de la necesidad de preservar el medio ambiente sería más que suficiente para que las sociedades modernas tomasen todas las medidas necesarias para su urgente salvaguarda. Y se pensó incluso que las sociedades más destructoras del medio ambiente, justamente aquellas que más se beneficiaban del activo ambiental de los otros países o incluso, de forma suicida, del activo ambiental de las generaciones futuras, serían las primeras en sumarse a la defensa de las ideas ambientalistas.
Pero esta idea se reveló ya como claramente utópica. Salvo raras excepciones, o salvo aplicaciones muy limitadas a un entorno inmediato, los países y las multinacionales que se benefician de forma creciente de los abusos ambientales muy raras veces llegan a tener la inteligencia o la conciencia suficiente como para renunciar a sus privilegios. Privilegios estos que, tal como es frecuente en la historia, han pasado a confundirse mientras tanto con los privilegios previamente existentes, en este caso con los privilegios sociales combatidos por el socialismo.
Es así como nació el ecologismo o ecologismo social, que, abordando el problema de una forma más científica, defiende el cambio radical hacia un nuevo modelo de sociedad donde sea imposible obtener beneficios o privilegios con la destrucción del ambiente y donde no exista la propiedad privada de los recursos naturales o de su explotación. Y este cambio sólo se podrá alcanzar con la fuerza y la lucha ejercida por las mayorías desfavorecidas, por las víctimas de los cada vez más terribles abusos ambientales, por los pueblos y países dominados, explotados y devastados, por las nuevas generaciones que nacieron ya condenadas a la miseria y también, de forma especial, por los sectores más lúcidos e ilustrados de las sociedades privilegiadas, que desde luego no son inmunes al creciente desastre ambiental mundial.
En los últimos años, sin embargo, en el movimiento en defensa del medio ambiente aparecieron determinados partidos o corrientes que defienden firmemente el pragmatismo y, de forma sorprendente, se alían con los abusadores o apoyan la continuidad, bajo simples reformas, del actual modelo de sociedad, tan terriblemente destructivo para el ambiente. Se denominan a sí mismos como realistas. ¿Estaremos así ante el nacimiento, a imagen del socialismo real, de lo que podremos denominar como el ecologismo real?
El socialismo surgió en el siglo XIX bajo la forma del llamado socialismo utópico. Según esta corriente de pensamiento, el simple conocimiento y la práctica de los ideales socialistas, tendentes a crear una sociedad más justa, más libre, más armoniosa, serían más que suficientes para acabar con la injusticia y la existencia de clases sociales. Se pensaba que incluso los detentores del poder social y económico se sumarían con convicción a la defensa de las luminosas ideas del socialismo. Sin embargo, como bien rápidamente se pudo comprobar, quien tiene el poder y se beneficia de él de forma creciente nunca tiene, salvo raras excepciones, la inteligencia o la voluntad suficiente como para cambiar renunciando a sus privilegios.
Por ello surgió una nueva corriente, el socialismo científico. Para esta corriente, el socialismo sólo podría imponerse por la lucha y por la presión social ejercida por los más desfavorecidos, siendo ésta la única forma de vencer la férrea voluntad de la minoría privilegiada por mantenerse en el poder. La sociedad ideal, más justa, más digna y más sostenible, sólo podría alcanzarse mediante una acción bien estudiada y delineada, mediante una metodología científica capaz de enfrentar todas las dificultades. Y esta metodología, pretendiendo en primer lugar la eliminación de los privilegios sociales y la propiedad privada de los medios de producción, debería definir con claridad los primeros pasos de una transformación social que tuviese siempre como motor la lucha y la rebelión de la mayoría desfavorecida, a la que igualmente podrían sumarse luego los elementos más lúcidos de la minoría privilegiada.Ya en el siglo XX, algunos procesos revolucionarios, ya siempre bajo una inevitable inspiración socialista, acabaron por dar lugar a regímenes de características autoritarias, cada vez menos democráticos, progresivamente dominados por la aparición de una minoría social privilegiada de índole política o burocrática. En estos regímenes, los iniciales ideales socialistas pasaron a aplicarse de una forma cada vez más despótica o incluso, finalmente, como una simple fachada para encubrir su progresiva corrupción moral. Este camino de degradación ideológica fue conocido como socialismo real, siendo justificado por sus autores como la única opción posible para el socialismo en el contexto y las particulares circunstancias históricas en que intentó desarrollarse.
Fue también en este último siglo, ante la cada vez más evidente y alarmante crisis ambiental mundial, que surgió el movimiento ecologista como un amplio movimiento social en defensa de la naturaleza y del medio ambiente. Una vez más, la primera corriente de pensamiento en aparecer, el denominado ambientalismo, consideró que el simple conocimiento de la necesidad de preservar el medio ambiente sería más que suficiente para que las sociedades modernas tomasen todas las medidas necesarias para su urgente salvaguarda. Y se pensó incluso que las sociedades más destructoras del medio ambiente, justamente aquellas que más se beneficiaban del activo ambiental de los otros países o incluso, de forma suicida, del activo ambiental de las generaciones futuras, serían las primeras en sumarse a la defensa de las ideas ambientalistas.
Pero esta idea se reveló ya como claramente utópica. Salvo raras excepciones, o salvo aplicaciones muy limitadas a un entorno inmediato, los países y las multinacionales que se benefician de forma creciente de los abusos ambientales muy raras veces llegan a tener la inteligencia o la conciencia suficiente como para renunciar a sus privilegios. Privilegios estos que, tal como es frecuente en la historia, han pasado a confundirse mientras tanto con los privilegios previamente existentes, en este caso con los privilegios sociales combatidos por el socialismo.
Es así como nació el ecologismo o ecologismo social, que, abordando el problema de una forma más científica, defiende el cambio radical hacia un nuevo modelo de sociedad donde sea imposible obtener beneficios o privilegios con la destrucción del ambiente y donde no exista la propiedad privada de los recursos naturales o de su explotación. Y este cambio sólo se podrá alcanzar con la fuerza y la lucha ejercida por las mayorías desfavorecidas, por las víctimas de los cada vez más terribles abusos ambientales, por los pueblos y países dominados, explotados y devastados, por las nuevas generaciones que nacieron ya condenadas a la miseria y también, de forma especial, por los sectores más lúcidos e ilustrados de las sociedades privilegiadas, que desde luego no son inmunes al creciente desastre ambiental mundial.
En los últimos años, sin embargo, en el movimiento en defensa del medio ambiente aparecieron determinados partidos o corrientes que defienden firmemente el pragmatismo y, de forma sorprendente, se alían con los abusadores o apoyan la continuidad, bajo simples reformas, del actual modelo de sociedad, tan terriblemente destructivo para el ambiente. Se denominan a sí mismos como realistas. ¿Estaremos así ante el nacimiento, a imagen del socialismo real, de lo que podremos denominar como el ecologismo real?
19/12/12
La inocencia perdida.
A todos nos gustaría creer que la inocencia existe y que de alguna forma, o en alguna medida, nosotros somos parte integrante de ella. Nos gustaría creer que en lo más hondo de nuestro ser existe siempre un rincón escondido donde brilla, con todo su esplendor, nuestra más pura e inmaculada inocencia. Pero la verdad es que en el mundo en que vivimos actualmente la inocencia no existe. Ni tampoco existe el menor rastro de ella en nuestro interior.
Nuestro mundo moderno, contrariando quizás nuestro propio deseo, fue construido de forma calculada y metódica para no dejar ningún espacio posible para la inocencia. Así, aunque nos cueste mucho admitirlo, todos nosotros, como parte integrante de ese mundo, tenemos las manos inevitablemente manchadas de sangre: sangre propia y ajena, sangre reprimida y derramada, sangre caliente de todos los tipos y colores.
Sin que nos demos cuenta, la sangre salpica continuamente nuestras manos. Nos salpica, por ejemplo, cuando compramos productos hechos con trabajo infantil, hechos con ese tipo de trabajo esclavo que seca día a día miles de venas jóvenes y vigorosas. Y nosotros ni siquiera sabemos qué productos, de aquellos que compramos, utilizan este tipo de trabajo. Nuestras leyes de libre comercio y nuestros modernos tratados económicos internacionales nos impiden saberlo. Y de esta forma apartan definitivamente de nuestras pequeñas conciencias cualquier tipo de escrúpulo que pudiésemos tener.
La sangre mancha también nuestras manos cuando sostenemos en ellas los enigmáticos alimentos de los que depende actualmente nuestro sustento. Son alimentos que en su mayoría provienen de lejanos campos y que conservan de ellos un cierto aroma de muerte y desolación: aroma de venenos, de herbicidas y de pesticidas aplicados sobre campos que una vez fueron sanos y fértiles, aroma de bosques y selvas desforestadas y despojadas de vida para recoger unas pocas y breves cosechas, aroma de tierras arrebatadas a agricultores anónimos que mueren ahora en los grises suburbios de alguna mísera ciudad. El sabor de todos estos alimentos es amargo, pero ya hace mucho tiempo que nos hemos acostumbrado a él. Y no nos permite distinguir el sabor a tragedia que impregna las tierras donde son producidos.
La sangre inunda nuestras manos y se desborda a borbotones por entre nuestros dedos cuando pagamos los impuestos que sirven, entre otras cosas, para financiar a los ejércitos mercenarios cuyo oficio, cada vez más sofisticado e implacable, es asesinar hombres, mujeres y niños de otras razas. Pero esta terrible crueldad nunca llega a quitarnos el sueño, pues nuestros gobernantes nos aseguran una y otra vez que esos crímenes son cometidos en nombre de la paz y de la libertad. Eso es lo que nosotros queremos creer y eso es lo que nos basta para dormir de conciencia tranquila. Las bombas caen tan lejos de nuestras casas que ni siquiera llegamos a oír el eco de sus explosiones, ni el rumor de los llantos, ni el olor de la carne quemada.
La sangre cae y se reseca sobre nuestras manos cada vez que quemamos petróleo u otros combustibles fósiles: cada vez que arrancamos nuestros coches, cada vez que encendemos nuestras calefacciones, cada vez que importamos productos de lejanos países, cada vez que hacemos casi cualquier cosa en un mundo moderno absolutamente dependiente del petróleo. Y con ello vamos apagando poco a poco el aliento de nuestra atmósfera, el aliento suave y sereno que gobierna nuestro clima, nuestros vientos, nuestras lluvias, nuestros ríos, nuestros veranos, nuestras cosechas, nuestros mares. Pero los gases que emitimos para acabar con este benéfico clima son invisibles y su efecto no es inmediato, por lo que nunca llegan a nublar la determinación de nuestra debilísima inteligencia.
No, no existe ni puede existir inocencia en nuestras sociedades modernas, basadas en el abuso sistemático del hombre y de la naturaleza, basadas en el esplendor de viejas concepciones clasistas, feudalistas, capitalistas, colonialistas, totalitarias, tiránicas, imperialistas o cualquiera de sus modernas combinaciones.
La sangre mancha nuestras manos. Hay muchos que no la ven y muchos otros, demasiados, que no quieren verla. Muchas personas viven en las tinieblas de la ignorancia, donde nunca llega la luz del día ni de la razón. Y muchas otras, demasiadas, huyen corriendo de la luz o simplemente no miran ni se preocupan con el color de sus manos. Pero la sangre está ahí, imborrable, reluciente, delatora.
Luchar para cambiar este mundo en que vivimos, más que un ejercicio de idealismo o de utopía, es simplemente un intento desesperado por lavar unas manos sucias y una conciencia perturbada. No hacerlo, no intentar luchar cada día por un mundo mejor, renunciar definitivamente a la inocencia, sólo puede calificarse como pura locura.
30/4/12
El mayor error de la mayoría.
En todas las escuelas los profesores intentan pasar conocimientos científicos a sus alumnos, ya que es precisamente este tipo de conocimientos el que los hará progresar en su formación, preparándolos para afrontar en el futuro cualquier problema que se les presente. Así, por ejemplo, todo el mundo espera que un profesor de aritmética transmita a sus alumnos verdades científicas tales como que la suma de tres más cuatro son siete. Nadie entendería que el profesor enseñase otra cosa o que diese una solución diferente por válida.
Sin embargo, si en un principio preguntásemos a los alumnos cuál es el resultado de esa suma podríamos encontrarnos con algunas sorpresas. Algunos responderían, de forma correcta, que la solución es siete. Pero quizás otros muchos responderían que la solución es cinco, ocho, seis o cuatro y medio… Y si entonces hiciésemos una votación entre los alumnos, podríamos encontrarnos con que la solución más votada fuese, por ejemplo, ocho. Lógicamente, esto no debería hacer con que el profesor, para respetar la opinión mayoritaria de los alumnos, pasase a enseñar a partir de entonces que la solución correcta es ocho. Un auténtico profesor debería enseñar siempre que tres más cuatro son siete, y no otra cosa cualquiera.
No obstante, bien podría ser que, realizada esa votación, los alumnos se rebelasen entonces contra el profesor, rechazando la validez de su opinión científica y repudiando igualmente su intento autoritario de imponerla por la fuerza. Podrían incluso amenazar al profesor con expulsarle de la escuela si no aceptase la opinión mayoritaria, es decir, que tres más cuatro son ocho. Y siendo así, para salvar su empleo, el profesor al final no tendría quizás otro remedio que retractarse y enseñar, a partir de entonces, semejante falsedad. Con ello sacrificaría el valor científico de sus enseñanzas, pero también estaría sacrificando, lo que es peor, la capacidad de los propios alumnos para enfrentarse con éxito a los futuros problemas de su vida.
Esto mismo puede aplicarse también al campo de la política. Lo que se espera de un buen gobernante es que gobierne basándose en principios científicos, buscando en todo momento el bien común de la sociedad y de todos los ciudadanos. No se entendería que gobernase siguiendo unos principios erróneos o que favoreciesen únicamente a una determinada clase social. Un buen gobernante, tras el imprescindible debate público, debería aplicar siempre los principios científicos más adecuados a cada situación.
No obstante, esos principios pueden ser, en un determinado momento, diferentes de la opinión mayoritaria de los ciudadanos. Y si se hiciese entonces una votación, la opción mayoritaria podría ser diferente de aquella considerada como científica. Siendo así, el gobernante únicamente tendría dos opciones. La primera sería intentar continuar a aplicar los mismos principios científicos, siempre en la medida que su cada vez más comprometida legitimidad se lo permitiese. Y la segunda sería renunciar definitivamente a su cargo. Lo que nunca se entendería es que el gobernante cambiase de opinión y pasase a defender, por respeto a la opinión de la mayoría, unos principios opuestos.
Sin embargo, en no pocas ocasiones ocurre que determinados gobernantes, preciando más su cargo que cualquier otra cosa, son capaces de cambiar públicamente de opinión y de pasar a defender las opiniones mayoritarias, sean ellas cuales fueren, independientemente de su validez científica. El resultado lógico es un gobierno de tipo populista o electoralista, carente de ciencia y de ideología, cambiando de opinión como una veleta al sabor de los vientos. Y este gobierno, perpetuándose así en el poder, llevaría inevitablemente el país a la ruina, pues desviaría continuamente su futuro de la senda científica.
Así, el camino que lleva al progreso de una sociedad podrá ser a veces contrario a las opciones elegidas por la mayoría de los ciudadanos. En realidad, esta contradicción no hará más que revelar la existencia un mediocre o inadecuado nivel de instrucción científica de la población. Atenta a este posible conflicto, una buena constitución debería permitir articular adecuadamente tres aspectos diferentes: la acción del gobierno, la opinión mayoritaria de los ciudadanos y las ideas científicas, siendo que estas últimas podrían estar defendidas, por ejemplo, por un auténtico senado con funciones deliberativas. Además, confrontado con este tipo de conflicto, el gobernante debería poder contar siempre con un cierto margen de maniobra, evitándose así que el poder cayese inmediatamente en las manos de gobernantes populistas sin escrúpulos.
Y es que lo peor de todo sería negar principios científicos tan indiscutibles como que la suma de tres más cuatro son siete… Bueno, vale, si ustedes insisten tanto, ocho. ¿Quién puede cuestionar la opinión de la mayoría?
20/2/12
El ocaso de los dioses.
En tiempos pasados la lluvia era considerada por el hombre como un auténtico misterio. No se sabía por qué motivo el agua caía del cielo, ni tampoco por qué llovía sólo en determinados periodos de tiempo y no en otros. Debido a ello, intentando buscar una explicación lo más sencilla posible, el hombre imaginó la existencia de un ser sobrenatural que, gobernando la inmensidad de los cielos, decidía entonces cuándo, cómo y dónde debía llover. Y este dios era necesariamente humano, o al menos de mentalidad humana, pues sólo de esta forma en época de inclemencias sus caprichos podrían ser comprendidos por el hombre y su furia convenientemente aplacada.
Más tarde, con los avances de la ciencia, se descubrió que la lluvia se debía realmente a un complicado proceso atmosférico en el cual el agua, tras evaporarse con el calor del sol, volvía a condensarse y a precipitar bajo determinadas condiciones. No había por tanto ningún dios que gobernase la lluvia. Ni tampoco, por desgracia, había forma de aplacar la furia desencadenada, de forma mecánica, por los elementos.
La lluvia estaba explicada. Pero faltaban por explicar otros misterios aún mayores: la existencia de la tierra, del cielo, del mar... la propia existencia del mundo. Nuevamente la invención de un dios permitió dar una respuesta simple a todos estos enigmas. La voluntad caprichosa de un dios todopoderoso, creador del mundo, explicaba fácilmente la existencia de cualquier aspecto o característica de la naturaleza. Y este dios era, una vez más, humano. Nadie sería capaz de entender y aplacar los caprichos de una deidad que fuese una hormiga gigante, una tortuga de seis patas o un enorme gusano devorador de cieno. En cambio, es bien fácil comprender los caprichos de otro ser humano. Por eso el dios creador del mundo tenía que ser también humano. Incluso convenía que fuese el padre de todos los hombres y su más fiel, aunque ciertamente algo distraído, protector.Nuevamente llegó la ciencia para desmentir esta explicación llena de seres sobrenaturales y todopoderosos. En realidad, nuestro planeta se formó juntamente con el sistema solar y sobre su corteza se asientan naturalmente mares y atmósferas cambiantes. No existe por tanto ningún dios creador del cielo, del mar o de la tierra.
Pero rápidamente surgió entonces una nueva pregunta: ¿y dónde se encuentra este sistema solar? ¿En un universo infinito lleno de millones de estrellas y galaxias? ¿Y por qué existe entonces este universo? Una vez más, la solución más sencilla para este problema fue inventar un nuevo dios, esta vez un dios creador del universo. Y humano, claro. Un dios alienígena nos sería completamente incomprensible y no nos serviría para nada. Debería ser un dios terrestre y además humano, a ser posible con nuestra misma mentalidad, nuestras mismas pasiones y nuestro mismo sentido de la realidad, tal como eran los desaparecidos dioses de la lluvia, del cielo y de los mares.
La ciencia empieza ahora a explicarnos que el origen del universo se debió a una gran explosión de materia y energía, que desde entonces continúan a expandirse sin fin por un espacio ilimitado. Definitivamente no hay ningún dios, ningún ser abstracto ni sobrenatural, en ninguna parte. Sin embargo, aun así, los dioses se resisten hoy en día, obstinadamente, a morir. Parece incluso que andan por ahí preguntando distraídamente: ¿y quién prendió la mecha de esa tal explosión?
El ser humano es una ínfima especie dentro del inmenso conjunto de los seres vivos de nuestro planeta. Vive además en un periodo ínfimo de la prácticamente eterna historia de la Tierra. Por otra parte, nuestro ínfimo planeta gira alrededor de una estrella que es ínfima en el conjunto de la galaxia, que a su vez es ínfima en el conjunto de todas las galaxias del universo. Sin embargo, el dios que originó toda esa infinidad, esa inmensidad del universo, es humano. Tiene que ser forzosamente humano, tal como nosotros. Así es: el ser humano es una ínfima creación de un universo infinito, pero aun así es lo bastante arrogante para crear, a su vez, al dios que creó todo ese universo.
En realidad, era de esperar que el avance de la ciencia provocase el definitivo ocaso de los dioses, la desaparición de todos estos seres fantasiosos creados por la fértil imaginación humana. Pero en vez de eso, lo único que la ciencia ha conseguido es que nuestros dioses sean cada vez más poderosos y arrogantes. Ya no son sólo capaces de crear la lluvia, el cielo, el mar o la tierra. Ahora son capaces de crear el sol, las estrellas, las galaxias e incluso la totalidad del universo.
¿Qué tendrá que hacer ya la ciencia para demostrar que no existen los dioses, ni los horóscopos, ni cualquier otro tipo de superstición? Pues bien, seguramente nada. Porque en realidad ninguna de las armas de la ciencia es capaz de derribar al auténtico y más poderoso dios que gobierna al ser humano: la pereza mental.
13/12/11
El error como plenitud de la perfección.
Todo el mundo puede cometer errores. Cuando viajamos a un lugar tan gélido y distante como la Siberia debemos tener siempre la precaución de poner en nuestro equipaje una ropa de abrigo que nos proteja perfectamente del frío. Si, por cualquier motivo, nos equivocásemos y pusiésemos ropa de playa, un bañador y unas sandalias, ese error podría acabar por resultarnos fatal. Sin embargo, ¿qué ocurriría si, por cualquier motivo, la línea de ferrocarril en la que viajamos quedase interrumpida y nuestro tren se viese obligado a desviarse hacia el sur, hasta un lugar de clima tropical? Pues bien, en ese caso nuestra ropa de playa resultaría perfecta.
Así, basta con que cambien las circunstancias para que aquello que era considerado un terrible error pase a convertirse en una opción perfecta. Un simple desplazamiento desde la Siberia hasta el trópico es suficiente para cambiar radicalmente aquello que se considera o no como perfecto. Pero incluso cuando permanecemos siempre en el mismo lugar, aquello que consideramos perfecto también puede cambiar, pues con el tiempo cambian también las circunstancias. Lo que hasta hoy era perfecto mañana podrá ya no serlo, y nuestros errores de hoy podrán ser quizás la perfección del mañana.
Suele decirse que en todo lo que hacemos debemos intentar alcanzar la perfección. Pero, como vemos, esa perfección está siempre sujeta a continuos cambios. Por ello, una vez alcanzado un determinado estado de perfección, nunca deberíamos permanecer anclados a él por mucho tiempo. Por el contrario, deberíamos desviarnos continuamente de esa perfección, alejarnos de ella una y otra vez, para de esta forma tener la posibilidad de adaptarnos a las nuevas circunstancias y alcanzar la próxima perfección. Pero ¿de qué forma y con qué lógica podemos desviarnos de algo que, hasta este momento, es completamente perfecto? ¿Y en qué dirección deberemos hacerlo, cuando desconocemos por completo las características de esa futura perfección? Para resolver este problema, la mejor solución que tenemos es utilizar el error. Así, lo mejor que podemos hacer es cultivar un error deliberado, siempre mínimo pero constante, cada vez que alcancemos un determinado estado de perfección.Se suele considerar que la naturaleza es perfecta. En realidad, la naturaleza ya era perfecta y lo continuará siendo en el futuro, aunque siempre de una forma diferente de como era antes o de como es hoy. A medida que el ambiente en que se desarrolla ha ido cambiando, la vida ha ido evolucionando para crear siempre nuevos y diferentes estados de perfección. Pero, como es evidente, nunca habría llegado a ellos si hubiese permanecido inmutable y estática en un primer estado inicial de perfección.
Y la forma con que la vida pasa de un estado de perfección al siguiente es precisamente utilizando el error. La aparición espontánea de errores en cada nueva generación es la que permite a la vida crear nuevas e inesperadas formas, entre las que se contará, siempre por casualidad, el nuevo estado de perfección siguiente. Estos errores son las mutaciones genéticas, que ocurren espontáneamente cada vez que, con el paso de una generación a otra, se realiza una copia completa del material genético de la especie. Dichas mutaciones, que no son otra cosa que simples errores en el proceso de copia, ocurren con una frecuencia bajísima, del orden de una vez por cada cientos de millones de nucleótidos copiados. Sin embargo, ocurren siempre y de forma constante.
Lo cierto es que no conviene que estos errores sean muchos o muy grandes, pues en ese caso el nuevo individuo se apartaría radicalmente de las condiciones de vida del medio ambiente actual o futuro. Lo que conviene es que los errores sean pocos y pequeños, tan pequeños como pequeña es la variación, lenta y gradual, sufrida por el medio ambiente al cual los nuevos individuos deberán adaptarse.
Prácticamente todas las mutaciones crean individuos menos adaptados al medio, menos perfectos. Pero a veces, de forma inesperada, llevan a la aparición de individuos ligeramente mejor adaptados. Y es con ellos que nace una nueva forma de perfección, una perfección que acabará por substituir a la anterior.
Pero no sólo las mutaciones genéticas son capaces de crear nuevas formas y perfecciones. La recombinación sexual entre individuos perfectos y menos perfectos, o entre individuos más perfectos en un aspecto y otros más perfectos en otro, también permite crear individuos con nuevas combinaciones genéticas. Y algunos de ellos, por acumular una determinada combinación de errores, acabarán por ser más perfectos que sus antecesores. Así, en ocasiones, nada resulta más perfecto que el propio error.
Por tanto, no tenga ninguna vergüenza en andar por la Siberia vestido con ropa de playa y sandalias. Piense que, al final, el calentamiento climático quizás acabe por darle la razón... si llega a sobrevivir hasta entonces.
21/10/11
La generación perdida.
Cuando se habla de la existencia de una generación perdida, muchas veces se ignora hasta qué punto este tipo de generaciones son frecuentes. En realidad, la mitad de las generaciones humanas son generaciones perdidas, generaciones de las que nunca se habla y muchas veces ni tan siquiera se sospecha su existencia. Para entender esto, algo aparentemente tan sorprendente, resulta útil estudiar la vida de los helechos.
La vida de estas plantas consiste en un ciclo donde se alternan repetidamente dos generaciones de características muy diferentes. El helecho, en la forma habitual que conocemos, es una planta de porte generalmente mediano. Sus células, como las de cualquier ser vivo, poseen cromosomas, las grandes macromoléculas donde se sitúan los genes. Y estos cromosomas se encuentran por duplicado, siendo cada conjunto procedente de cada uno de sus progenitores, paterno y materno. Las plantas de helecho son, por tanto, organismos diploides, con dos conjuntos de cromosomas.
En un determinado momento, los helechos producen las esporas, un tipo de semilla capaz de germinar y de dar lugar a la siguiente generación. Ésta consiste en una planta de muy reducidas dimensiones, en forma de lámina, llamada prótalo. Sin embargo, en el momento de la formación de las esporas cada célula desecha, al azar, uno de los dos conjuntos de cromosomas. Y es por ello que, tal como la espora que lo origina, también el prótalo posee en sus células un único conjunto de cromosomas. El prótalo es, por tanto, un organismo haploide, con un solo conjunto de cromosomas.
Llegada la madurez, el prótalo genera células reproductoras, los gametos, que pueden ser masculinos o femeninos. Y con la unión de dos de estos gametos, provenientes de diferentes prótalos, es como se forma una nueva célula, el cigoto. Este cigoto es diploide por reunir dos conjuntos de cromosomas, uno de cada gameto. Y tras dividirse y desarrollarse dará lugar a una nueva planta de helecho.
En todo este ciclo existe, por tanto, una alternancia de generaciones: una planta diploide da lugar a una pequeña planta haploide, el prótalo, y seguidamente ésta da lugar a una nueva planta diploide, el helecho. Y así repetidamente.
En realidad, la alternancia de generaciones se da en todos los organismos pluricelulares que poseen reproducción sexual. En algunas especies, como en los helechos, el organismo diploide y el haploide son de tamaño y aspecto diferentes. En otras especies, como por ejemplo en algunas algas, las dos generaciones tienen exactamente el mismo aspecto, dimensiones y forma de vida. Por el contrario, hay especies en que una de las dos generaciones tiene un tiempo de vida muy reducido y casi no se manifiesta. Esto es precisamente lo que ocurre en la mayoría de los animales, tal como en el hombre.
El ser humano, en su forma habitual que conocemos, es un organismo pluricelular y diploide, con células que poseen dos conjuntos de cromosomas. En un determinado momento, el ser humano produce también el equivalente a las esporas, en este caso unas células denominadas espermatocitos u ovocitos, según se formen en el hombre o en la mujer. Y son estas células, ya con un único conjunto de cromosomas, las que darán lugar a la siguiente generación, al pequeño organismo haploide.
Sin embargo, como en casi todos los animales, esta fase se encuentra reducida al máximo en el ser humano. Los organismos haploides, que no llegan a desprenderse ni a salir del cuerpo del progenitor, ni tan siquiera llegan a ser claramente pluricelulares. En su breve periodo de vida se limitan a ser unos simples agregados de células cuya única función es producir inmediatamente los gametos. Estos gametos, llamados espermatozoides y óvulos, sí que llegan a desprenderse del progenitor. Y cuando se unen forman una nueva célula diploide, el cigoto, que tras dividirse una y otra vez dará lugar a un nuevo organismo pluricelular, es decir, a un nuevo hombre o mujer.
Por tanto, cuando decimos que el ser humano es un organismo pluricelular en realidad lo que estamos haciendo es una simplificación. El ser humano sólo es pluricelular en su fase diploide, mientras que es unicelular o casi unicelular en su breve fase haploide y también durante sus formas de transición entre una y otra fase.
Así, cuando observamos a uno de nuestros hijos lo que estamos viendo no es la primera, sino la segunda generación que nos sucede. En medio ha vivido otra generación de la que nadie habla y de la que la mayoría ni tan siquiera sospecha su existencia. Se trata de una nueva generación perdida.
La vida de estas plantas consiste en un ciclo donde se alternan repetidamente dos generaciones de características muy diferentes. El helecho, en la forma habitual que conocemos, es una planta de porte generalmente mediano. Sus células, como las de cualquier ser vivo, poseen cromosomas, las grandes macromoléculas donde se sitúan los genes. Y estos cromosomas se encuentran por duplicado, siendo cada conjunto procedente de cada uno de sus progenitores, paterno y materno. Las plantas de helecho son, por tanto, organismos diploides, con dos conjuntos de cromosomas.
En un determinado momento, los helechos producen las esporas, un tipo de semilla capaz de germinar y de dar lugar a la siguiente generación. Ésta consiste en una planta de muy reducidas dimensiones, en forma de lámina, llamada prótalo. Sin embargo, en el momento de la formación de las esporas cada célula desecha, al azar, uno de los dos conjuntos de cromosomas. Y es por ello que, tal como la espora que lo origina, también el prótalo posee en sus células un único conjunto de cromosomas. El prótalo es, por tanto, un organismo haploide, con un solo conjunto de cromosomas.Llegada la madurez, el prótalo genera células reproductoras, los gametos, que pueden ser masculinos o femeninos. Y con la unión de dos de estos gametos, provenientes de diferentes prótalos, es como se forma una nueva célula, el cigoto. Este cigoto es diploide por reunir dos conjuntos de cromosomas, uno de cada gameto. Y tras dividirse y desarrollarse dará lugar a una nueva planta de helecho.
En todo este ciclo existe, por tanto, una alternancia de generaciones: una planta diploide da lugar a una pequeña planta haploide, el prótalo, y seguidamente ésta da lugar a una nueva planta diploide, el helecho. Y así repetidamente.
En realidad, la alternancia de generaciones se da en todos los organismos pluricelulares que poseen reproducción sexual. En algunas especies, como en los helechos, el organismo diploide y el haploide son de tamaño y aspecto diferentes. En otras especies, como por ejemplo en algunas algas, las dos generaciones tienen exactamente el mismo aspecto, dimensiones y forma de vida. Por el contrario, hay especies en que una de las dos generaciones tiene un tiempo de vida muy reducido y casi no se manifiesta. Esto es precisamente lo que ocurre en la mayoría de los animales, tal como en el hombre.
El ser humano, en su forma habitual que conocemos, es un organismo pluricelular y diploide, con células que poseen dos conjuntos de cromosomas. En un determinado momento, el ser humano produce también el equivalente a las esporas, en este caso unas células denominadas espermatocitos u ovocitos, según se formen en el hombre o en la mujer. Y son estas células, ya con un único conjunto de cromosomas, las que darán lugar a la siguiente generación, al pequeño organismo haploide.
Sin embargo, como en casi todos los animales, esta fase se encuentra reducida al máximo en el ser humano. Los organismos haploides, que no llegan a desprenderse ni a salir del cuerpo del progenitor, ni tan siquiera llegan a ser claramente pluricelulares. En su breve periodo de vida se limitan a ser unos simples agregados de células cuya única función es producir inmediatamente los gametos. Estos gametos, llamados espermatozoides y óvulos, sí que llegan a desprenderse del progenitor. Y cuando se unen forman una nueva célula diploide, el cigoto, que tras dividirse una y otra vez dará lugar a un nuevo organismo pluricelular, es decir, a un nuevo hombre o mujer.
Por tanto, cuando decimos que el ser humano es un organismo pluricelular en realidad lo que estamos haciendo es una simplificación. El ser humano sólo es pluricelular en su fase diploide, mientras que es unicelular o casi unicelular en su breve fase haploide y también durante sus formas de transición entre una y otra fase.
Así, cuando observamos a uno de nuestros hijos lo que estamos viendo no es la primera, sino la segunda generación que nos sucede. En medio ha vivido otra generación de la que nadie habla y de la que la mayoría ni tan siquiera sospecha su existencia. Se trata de una nueva generación perdida.
29/9/11
¿Es el petróleo una energía ecológica?
Después de oír hablar tantas y tantas veces de energías renovables, de energías alternativas, de energías limpias, de energías verdes, de energías amigas del ambiente… llega un momento en que resulta difícil saber de qué estamos hablando. Por otra parte, al escuchar a los defensores de cada tipo de energía, nos quedamos con la sensación de que todas las fuentes de energía son maravillosas y prometedoras, no teniendo ninguna de ellas cualquier tipo de repercusión negativa sobre el ambiente. Con toda esta confusión, cualquier día podemos incluso preguntarnos si el petróleo no será también, al fin y al cabo, una energía renovable, alternativa y ecológica.
¿Será renovable? Pues bien, en realidad todo depende de la escala temporal que utilicemos. El petróleo se formó a partir de materia orgánica proveniente de pequeños organismos marinos que vivieron en la antigüedad. Fueron necesarios algunos cientos de millones de años, además de complicados procesos geológicos, para que esta materia se transformase en el combustible fósil que hoy conocemos como petróleo. Por tanto, podemos decir que, en el fondo, el petróleo es una energía renovable, pues se va formando, si la suerte acompaña, cada varios cientos de millones de años. Renovable sí… o quizás, pero claro, mejor esperar sentado.
¿Y es una energía alternativa? Sin duda. Hace un siglo, cuando su uso comenzó a generalizarse, el petróleo era considerado como una energía alternativa, pues venía a sustituir el uso del carbón. Y siendo menos sucio y contaminante que éste, el petróleo era en ese momento, no cabe duda, una energía más ecológica y amiga del ambiente. De hecho, aún hoy en día podemos decir lo mismo frente al uso intensivo del carbón que siguen realizando determinados países. Como es fácil comprender, cualquier energía es buena si se la compara con alguna otra peor.
Pero la forma en que se utiliza una determinada fuente de energía también condiciona sus efectos ambientales. Un uso extremadamente reducido y bien controlado del petróleo no llegaría seguramente a afectar de forma significativa al ambiente. En cambio, su uso masivo y descontrolado, tal como sucede en los días de hoy, está conduciendo al mundo a un terrible y devastador desastre ecológico.
Esto es lo que podemos decir en relación al petróleo. Pero sería importante hacernos exactamente el mismo tipo de preguntas en relación a todas las otras fuentes de energía, pues todas ellas son buenas, renovables, alternativas o ecológicas según se juega de forma irresponsable con el significado de estos conceptos. Sólo así podremos librarnos quizás de tanta confusión y de ser engañados tantas veces.
La energía hidroeléctrica, por ejemplo, es una energía renovable y amiga del ambiente dependiendo de su uso. Las pequeñas centrales hidroeléctricas son renovables y ecológicas. Pero las grandes presas y embalses no lo son, pues eliminan de forma irreversible todo el ecosistema fluvial y la riqueza a él asociado. Siendo utilizada desde muy antiguo, sólo podemos considerar a esta energía como alternativa en relación al hoy omnipresente petróleo.
La energía eólica no es una energía amiga del ambiente cuando se construyen grandes parques eólicos en zonas protegidas, creando con ello un fuerte impacto ambiental. Y lo mismo se puede decir de la energía solar si se pretende construir una enorme central solar en medio, por ejemplo, de un parque natural. Siendo también muy antiguas, podemos considerar a estas energías como alternativas atendiendo a las recientes y modernas tecnologías que utilizan actualmente.
La energía nuclear no es renovable, pues depende de la existencia de yacimientos minerales que están próximos a agotarse. Y ni siquiera es muy alternativa, pues en realidad necesita de mucha energía, generalmente proveniente del petróleo, para explotar, transportar y transformar esos minerales. Los desechos radioactivos, que duran milenios, no son tampoco amigos del ambiente ni de las futuras generaciones.
La tradicional leña de nuestros abuelos tiene ahora, por arte de magia, nuevos nombres: biomasa o biocombustible. Muchos bosques desaparecieron en el pasado para convertirse en leña. Y muchos otros están desapareciendo actualmente para convertirse en biomasa o en biocombustibles. El uso intensivo y voraz que se hace del suelo fértil convierte a esta energía, con demasiada frecuencia, en una energía no renovable.
En realidad, la energía solar y el uso que de ella hace la fotosíntesis constituyen el sistema energético más perfecto, limpio, eficiente y ecológico que se conoce. Pero atención, trate de aprovechar esta energía mientras pueda, pues nuestro astro rey sólo va a durar unos cuantos miles de millones de años más. Ni siquiera el sol es una fuente de energía completamente renovable.
¿Será renovable? Pues bien, en realidad todo depende de la escala temporal que utilicemos. El petróleo se formó a partir de materia orgánica proveniente de pequeños organismos marinos que vivieron en la antigüedad. Fueron necesarios algunos cientos de millones de años, además de complicados procesos geológicos, para que esta materia se transformase en el combustible fósil que hoy conocemos como petróleo. Por tanto, podemos decir que, en el fondo, el petróleo es una energía renovable, pues se va formando, si la suerte acompaña, cada varios cientos de millones de años. Renovable sí… o quizás, pero claro, mejor esperar sentado.
¿Y es una energía alternativa? Sin duda. Hace un siglo, cuando su uso comenzó a generalizarse, el petróleo era considerado como una energía alternativa, pues venía a sustituir el uso del carbón. Y siendo menos sucio y contaminante que éste, el petróleo era en ese momento, no cabe duda, una energía más ecológica y amiga del ambiente. De hecho, aún hoy en día podemos decir lo mismo frente al uso intensivo del carbón que siguen realizando determinados países. Como es fácil comprender, cualquier energía es buena si se la compara con alguna otra peor.Pero la forma en que se utiliza una determinada fuente de energía también condiciona sus efectos ambientales. Un uso extremadamente reducido y bien controlado del petróleo no llegaría seguramente a afectar de forma significativa al ambiente. En cambio, su uso masivo y descontrolado, tal como sucede en los días de hoy, está conduciendo al mundo a un terrible y devastador desastre ecológico.
Esto es lo que podemos decir en relación al petróleo. Pero sería importante hacernos exactamente el mismo tipo de preguntas en relación a todas las otras fuentes de energía, pues todas ellas son buenas, renovables, alternativas o ecológicas según se juega de forma irresponsable con el significado de estos conceptos. Sólo así podremos librarnos quizás de tanta confusión y de ser engañados tantas veces.
La energía hidroeléctrica, por ejemplo, es una energía renovable y amiga del ambiente dependiendo de su uso. Las pequeñas centrales hidroeléctricas son renovables y ecológicas. Pero las grandes presas y embalses no lo son, pues eliminan de forma irreversible todo el ecosistema fluvial y la riqueza a él asociado. Siendo utilizada desde muy antiguo, sólo podemos considerar a esta energía como alternativa en relación al hoy omnipresente petróleo.
La energía eólica no es una energía amiga del ambiente cuando se construyen grandes parques eólicos en zonas protegidas, creando con ello un fuerte impacto ambiental. Y lo mismo se puede decir de la energía solar si se pretende construir una enorme central solar en medio, por ejemplo, de un parque natural. Siendo también muy antiguas, podemos considerar a estas energías como alternativas atendiendo a las recientes y modernas tecnologías que utilizan actualmente.
La energía nuclear no es renovable, pues depende de la existencia de yacimientos minerales que están próximos a agotarse. Y ni siquiera es muy alternativa, pues en realidad necesita de mucha energía, generalmente proveniente del petróleo, para explotar, transportar y transformar esos minerales. Los desechos radioactivos, que duran milenios, no son tampoco amigos del ambiente ni de las futuras generaciones.
La tradicional leña de nuestros abuelos tiene ahora, por arte de magia, nuevos nombres: biomasa o biocombustible. Muchos bosques desaparecieron en el pasado para convertirse en leña. Y muchos otros están desapareciendo actualmente para convertirse en biomasa o en biocombustibles. El uso intensivo y voraz que se hace del suelo fértil convierte a esta energía, con demasiada frecuencia, en una energía no renovable.
En realidad, la energía solar y el uso que de ella hace la fotosíntesis constituyen el sistema energético más perfecto, limpio, eficiente y ecológico que se conoce. Pero atención, trate de aprovechar esta energía mientras pueda, pues nuestro astro rey sólo va a durar unos cuantos miles de millones de años más. Ni siquiera el sol es una fuente de energía completamente renovable.
30/6/11
Conocimiento científico y anticientífico.
Podemos imaginarnos visitando la sala de cuidados intensivos de un hospital. Ante nosotros se encuentra un investigador médico ocupado en ese momento en retirar la medicación a un paciente. Su objetivo es saber cuántos días consigue el enfermo sobrevivir sin el medicamento: un día, dos días, tres, cuatro… Al final de ese tiempo acabará inevitablemente por morir en dolorosa agonía. El investigador apuntará entonces en su libreta el tiempo que el enfermo duró con vida, juntando éste y otros datos a aquellos que recogió en otros pacientes con la misma enfermedad y a los que dejó morir de la misma forma. Como buen investigador que es, anotará todo cuidadosamente, siempre con la máxima precisión y rigor.
Podemos ahora imaginar que estamos en las obras de construcción de un gigantesco edificio. Ante nosotros, un arquitecto investiga la capacidad de resistencia de diferentes materiales defectuosos y de mala calidad. Primero construye el edificio con estos materiales y luego, cuando acaba, va metiendo gente en su interior hasta que éste acaba por hundirse, hiriendo o matando a gran parte de las personas. Apuntará entonces los resultados en su libreta, juntando éste y otros datos a aquellos que recogió en otros edificios igualmente defectuosos y mortales que construyó. Como buen investigador que es, anotará todo cuidadosamente, siempre con la máxima precisión y rigor.
En ambos ejemplos podemos decir que los investigadores obtienen un conocimiento objetivo y metódico. Ambos obtienen informaciones médicas e arquitectónicas sumamente precisas y de gran valor. Sin embargo, por más rigurosos que sean todos los métodos y procedimientos que siguen, ni uno ni otro están realizando medicina o arquitectura. Porque la medicina es una ciencia que consiste en curar a las personas, no en dejarlas morir. Y porque la arquitectura es una ciencia que consiste en construir casas seguras, bellas y confortables, no en construir casas que se hunden y matan a sus ocupantes.
A pesar de seguir de forma irreprochable todos los procedimientos de la investigación científica, ninguno de estos dos casos constituye realmente un ejemplo de investigación científica. Porque para que una investigación pueda ser considerada científica no basta con seguir los métodos materiales e instrumentales propios de la ciencia. Es necesario que esa investigación siga también los propósitos, los objetivos y las finalidades de la ciencia. Y estos, como ocurre en cualquier actividad humana, tienen siempre un fundamento ético. Tanto la ciencia médica como la ciencia arquitectónica tienen un propósito y, como consecuencia, una base ética fuera de la cual dejarían de tener el menor sentido.
Así, considerando esto, podemos preguntarnos cuánto del conocimiento que en la actualidad llamamos científico es verdaderamente científico. Y cuánto, por el contrario, es anticientífico. Ambos tipos de conocimiento tienen la misma apariencia, adoptan las mismas formas, siguen los mismos métodos. Ambos nos deslumbran con su lógica, con su precisión, con su objetividad, con su racionalidad. Sin embargo, en un caso es científico y en otro no.
Para saber si una investigación y su resultado son o no científicos tenemos que juzgar su fundamento ético, su propósito y finalidad. Pero hacer esto muchas veces no es nada fácil. En algunas ocasiones, el carácter científico de una investigación acaba por depender del resultado final, que puede ser imprevisto o inesperado. En otros casos, va cambiando según el rumbo seguido por la investigación. Y a veces puede depender del uso de un determinado método y no de otro. Además, la investigación puede en ciertos casos moverse dentro de las fronteras de la ética, siendo que estas fronteras también se mueven en función de las ideas y del desarrollo de la sociedad de cada época.
Pero a veces resulta fácil saber lo que no es ciencia. En ocasiones es fácil saber lo que, pese a su apariencia, no tiene ninguna relación con la ciencia. No existe ninguna ciencia, por ejemplo, en crear bombas con una tecnología cada vez más sofisticada y destructora. Tampoco existe ciencia en fabricar venenos y biocidas, ni en la energía nuclear, ni en la modificación genética de organismos. No existe, en definitiva, ninguna ciencia en todo aquello que tenga como propósito destruir la vida y la naturaleza. Esto es simplemente anticiencia.
La figura del científico loco es emblemática de un cierto tipo de literatura fantástica. Pero muchísimo peor que un científico loco es un científico a sueldo, falto de ética y sin espíritu crítico, como los que tanto abundan en nuestra sociedad. Es decir, un anticientífico.
Podemos ahora imaginar que estamos en las obras de construcción de un gigantesco edificio. Ante nosotros, un arquitecto investiga la capacidad de resistencia de diferentes materiales defectuosos y de mala calidad. Primero construye el edificio con estos materiales y luego, cuando acaba, va metiendo gente en su interior hasta que éste acaba por hundirse, hiriendo o matando a gran parte de las personas. Apuntará entonces los resultados en su libreta, juntando éste y otros datos a aquellos que recogió en otros edificios igualmente defectuosos y mortales que construyó. Como buen investigador que es, anotará todo cuidadosamente, siempre con la máxima precisión y rigor.
En ambos ejemplos podemos decir que los investigadores obtienen un conocimiento objetivo y metódico. Ambos obtienen informaciones médicas e arquitectónicas sumamente precisas y de gran valor. Sin embargo, por más rigurosos que sean todos los métodos y procedimientos que siguen, ni uno ni otro están realizando medicina o arquitectura. Porque la medicina es una ciencia que consiste en curar a las personas, no en dejarlas morir. Y porque la arquitectura es una ciencia que consiste en construir casas seguras, bellas y confortables, no en construir casas que se hunden y matan a sus ocupantes.A pesar de seguir de forma irreprochable todos los procedimientos de la investigación científica, ninguno de estos dos casos constituye realmente un ejemplo de investigación científica. Porque para que una investigación pueda ser considerada científica no basta con seguir los métodos materiales e instrumentales propios de la ciencia. Es necesario que esa investigación siga también los propósitos, los objetivos y las finalidades de la ciencia. Y estos, como ocurre en cualquier actividad humana, tienen siempre un fundamento ético. Tanto la ciencia médica como la ciencia arquitectónica tienen un propósito y, como consecuencia, una base ética fuera de la cual dejarían de tener el menor sentido.
Así, considerando esto, podemos preguntarnos cuánto del conocimiento que en la actualidad llamamos científico es verdaderamente científico. Y cuánto, por el contrario, es anticientífico. Ambos tipos de conocimiento tienen la misma apariencia, adoptan las mismas formas, siguen los mismos métodos. Ambos nos deslumbran con su lógica, con su precisión, con su objetividad, con su racionalidad. Sin embargo, en un caso es científico y en otro no.
Para saber si una investigación y su resultado son o no científicos tenemos que juzgar su fundamento ético, su propósito y finalidad. Pero hacer esto muchas veces no es nada fácil. En algunas ocasiones, el carácter científico de una investigación acaba por depender del resultado final, que puede ser imprevisto o inesperado. En otros casos, va cambiando según el rumbo seguido por la investigación. Y a veces puede depender del uso de un determinado método y no de otro. Además, la investigación puede en ciertos casos moverse dentro de las fronteras de la ética, siendo que estas fronteras también se mueven en función de las ideas y del desarrollo de la sociedad de cada época.
Pero a veces resulta fácil saber lo que no es ciencia. En ocasiones es fácil saber lo que, pese a su apariencia, no tiene ninguna relación con la ciencia. No existe ninguna ciencia, por ejemplo, en crear bombas con una tecnología cada vez más sofisticada y destructora. Tampoco existe ciencia en fabricar venenos y biocidas, ni en la energía nuclear, ni en la modificación genética de organismos. No existe, en definitiva, ninguna ciencia en todo aquello que tenga como propósito destruir la vida y la naturaleza. Esto es simplemente anticiencia.
La figura del científico loco es emblemática de un cierto tipo de literatura fantástica. Pero muchísimo peor que un científico loco es un científico a sueldo, falto de ética y sin espíritu crítico, como los que tanto abundan en nuestra sociedad. Es decir, un anticientífico.
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