3/3/11

Tres niveles de conciencia.

Todos los objetos pueden ser descritos o resumidos mediante algún tipo de código que permita, con posterioridad, reproducir ese mismo objeto de una forma idéntica o parecida al original. Una figura geométrica, por ejemplo, puede ser descrita mediante fórmulas matemáticas y ser luego reproducida innúmeras veces. El mecanismo de un reloj puede ser delineado sobre un papel, permitiendo a cualquier relojero crear una copia idéntica de él. También una zona geográfica puede ser representada en un mapa, con sus formas y relieves, y posteriormente reproducida en modelos tridimensionales.

Pero, ¿será igualmente posible describir un ser vivo mediante algún tipo de código, de forma que sea luego posible crear una copia exacta de él? Pues bien, podemos decir que esto es realmente posible para la inmensa mayoría de los seres vivos. Casi todos ellos pueden ser descritos con total exactitud utilizado un código existente en la naturaleza: el código genético. Presente en las células de todos los seres vivos, este código determina con exactitud la totalidad de las características de un organismo: su forma, su estructura, sus órganos, su metabolismo, sus funciones…

De hecho, este código es el utilizado por todos los seres vivos en el momento propio de su reproducción. Así, cuando una bacteria pretende reproducirse, lo primero que hace es crear una copia completa de su código genético para, al dividirse en dos, formar una nueva bacteria exactamente igual a ella (excepto en el caso de haber mutaciones). Y esto mismo puede ser hecho artificialmente. Mediante modernas técnicas de laboratorio, podemos crear una copia exacta del código genético de una bacteria para luego, juntando los componentes químicos necesarios, crear una copia idéntica de ella.

Pero, ¿será que esto se aplica también a seres vivos más complejos, como es el caso del hombre? ¿Será posible hacer una copia exacta de nosotros mismos? En las novelas de ciencia-ficción parece ser habitual que los seres humanos sean codificados y transferidos de un lugar a otro, donde son reconstituidos con total exactitud. Pero, ¿es esto posible en la realidad? Los seres humanos también tienen su código genético y, teóricamente, éste puede ser analizado y copiado innumerables veces. Pero, a diferencia de lo que ocurre en seres más simples, la forma de vida y el comportamiento de los animales complejos no están determinados únicamente por el código genético y la información contenida en él. Están también determinados por otro tipo de informaciones, igualmente valiosas para su supervivencia, que van acumulando, a lo largo de su vida, en zonas del cerebro especialmente destinadas a esa función.

Por ser resultado de la propia experiencia, irrepetible, de cada individuo, estas informaciones son siempre diferentes en cada uno de nosotros. Incluso los hermanos gemelos, idénticos en su código genético, acaban siempre por manifestar personalidades diferentes. Todas estas informaciones adquiridas son acumuladas en el cerebro mediante una red de uniones neuronales de una extraordinaria complejidad y de un número casi infinito, de tal forma que resulta completamente imposible intentar describirlas o codificarlas. Además existe el hecho incuestionable de que estas informaciones están siempre en permanente cambio y evolución. Por consiguiente, podemos concluir que es del todo imposible hacer una copia exacta de un animal complejo como es el hombre.

Por otra parte, en los seres humanos este tipo de informaciones pueden ser adquiridas de dos formas diferentes. En primer lugar, a partir de la educación y costumbres transmitidas al individuo por sus progenitores, o por su grupo social. Y en segundo lugar, a partir del aprendizaje obtenido por el individo mediante sus propias experiencias personales. Así, si pretendiésemos definir o codificar totalmente a una persona deberíamos considerar, al menos, tres tipos de informaciones existentes en ella: la información contenida en su código genético, la información que le es transmitida a través de la cultura y la información que aprende mediante su propia experiencia.

Estos tres tipos de información pueden considerarse como tres niveles superpuestos de conciencia. En primer lugar, la información genética determina la casi totalidad del individuo, pues además de todas sus características físicas determina también las bases de sus sentimientos, de su carácter y de su personalidad. Sobre este nivel de conciencia se sobrepone otro: la información transmitida culturalmente, que es en general una serie de conocimientos, forjados a lo largo de generaciones, destinados a adaptarse a las condiciones de un determinado ámbito geógráfico. Y por último, superpuesta a las anteriores, se sitúa la experiencia personal, un nivel de conciencia que va creciendo y desarrollándose con el paso del tiempo y que permite al individuo una mejor y más completa adaptación al medio y a las circunstancias concretas en que vive.

Así, es gracias a nuestra cultura y experiencia que podemos decir que todos nosotros somos únicos e irrepetibles, imposibles de copiar. Nuestra egolatría tiene así buenas razones para justificarse a sí misma.

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