24/3/26
El imprescindible protagonismo de la conciencia
En una ciudad podemos desplazarnos de un lugar a otro utilizando diversos medios de transporte como, por ejemplo, un coche privado o un autobús. Entre estos dos medios de transporte, concretamente, existen sin duda muchas diferencias, pero quizás una de las más notables, desde un punto de vista conceptual, sea también una de las más insospechadas: el protagonismo. Porque, por sorprendente que parezca, en estos medios de transporte tiene lugar una extraña competición entre el pasajero y el vehículo por alcanzar, a nuestros ojos, una condición de preponderancia el uno sobre el otro.
De forma general, podemos decir que en un coche privado la condición de protagonista recae siempre en el pasajero. Para ir de un lugar a otro, una persona puede utilizar un determinado coche u otro completamente diferente. Y para nosotros el protagonista, el que se desplaza, es siempre el pasajero, no el vehículo. En cambio, en un autobús ocurre justo lo contrario. En este caso el protagonismo recae siempre en el vehículo. Es el autobús el que va de un lugar a otro, el que se desplaza, no el pasajero que lleve o pueda dejar de llevar en su interior.
En ambos casos, como es evidente, tanto el pasajero como el vehículo se mueven al mismo tiempo, como un todo. Son ambos, por tanto, los que se desplazan. Pero de forma inconsciente otorgamos a cada uno de ellos un diferente protagonismo. Y lo hacemos así porque relacionamos el protagonismo con otro concepto diferente, como es la voluntad. Porque cuando vamos en un coche somos nosotros quienes conducimos, es nuestra voluntad la que dirige el movimiento. Pero cuando vamos en un autobús es éste quien nos conduce, nos vemos sometidos a su voluntad. Por tanto, o bien nosotros llevamos el coche o bien el autobús nos lleva a nosotros. Y defender lo contrario, es decir, que el coche nos ha llevado a nosotros o que nosotros hemos llevado el autobús en su recorrido, nos parecería sumamente extraño.
Sin embargo, lo que resulta más sorprendente, si nos detenemos a analizarlo, es que esta misma forma de pensar la aplicamos también a nuestro propio cuerpo. De forma natural, casi inconsciente, otorgamos un diferente grado de protagonismo a nuestros diversos órganos. Y aunque está claro que todos viajan por igual en el mismo vehículo, que es nuestro cuerpo, no podemos dejar de pensar que hay uno de ellos que dirige a todos los demás, imponiendo su voluntad. De forma que todos los restantes órganos son, dentro de esta lógica, simples pasajeros. O incluso, llevando esta idea mucho más allá de lo razonable, llegamos al extremo de pensar que estos últimos no son ni siquiera pasajeros, sino simples piezas o engranajes en un vehículo que es nuestro cuerpo. Un cuerpo que queda así reducido a una simple máquina al servicio de ese órgano preminente que en todo momento hace imperar su voluntad.
A todos nos parece bastante obvio, sin necesidad de citarlo, a qué órgano nos estamos refiriendo. Sin embargo, antes de dar nada por sentado, quizás deberíamos ser algo más cautelosos, ya que, por ejemplo, a lo largo de la historia no se ha considerado que este órgano preminente fuese siempre el mismo. Por eso, antes de nada, lo mejor sería analizar lo más objetivamente posible la importancia que damos a cada uno de nuestros órganos. Y esto es algo que sin duda queda meridianamente claro cuando abordamos las complejas decisiones asociadas a un asunto tan trascendental como es el trasplante de órganos.
En la actualidad, gracias a los grandes avances científicos conseguidos en las últimas décadas, resulta posible trasplantar con bastante éxito un buen número de órganos de nuestro cuerpo. Así, son muchas las personas que hoy en día se someten al trasplante de órganos tales como, por ejemplo, el riñón, el hígado o el corazón. Y es precisamente este mismo hecho el que nos demuestra, de la forma más objetiva posible, que no es a estos órganos en concreto a quienes atribuimos el protagonismo absoluto de nuestro cuerpo. Porque, a nuestro entender, el hecho de recibir cualquiera de ellos no afecta para nada a nuestra voluntad. Para nosotros, una persona que recibe uno de estos órganos es y continúa siendo la misma persona que era antes de recibir el referido trasplante.
Sin embargo, ¿qué ocurriría si fuese posible realizar un trasplante de cerebro? ¿Alguien aceptaría, en algún momento, someterse a una operación semejante? Está claro que la respuesta sería que no. A nadie se le ocurriría nunca aceptarlo, porque, en efecto, tal como sospechábamos, el cerebro es para nosotros el protagonista absoluto, el indiscutible conductor, con su voluntad, de todas las acciones de nuestro cuerpo. Por tanto, si en algún momento un individuo recibiese un cerebro, para nosotros dejaría de ser la persona que era antes y pasaría a ser otra completamente diferente.
Incluso consideraríamos, atentando contra la más elemental lógica, que en este caso no se habría realizado un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo. Es decir, el donante, el que aporta el cerebro, sería el que ha recibido un cuerpo nuevo. Y el receptor, el que acepta el cerebro, sería alguien que simplemente… ha dejado de existir. Y esto a pesar de que, evidentemente, la casi totalidad de su cuerpo continuaría con vida justo igual y en las mismas condiciones que antes del trasplante. No hay duda, por tanto, de que en relación al cerebro nos empeñamos en verlo todo al contrario. Porque, en realidad, para nosotros recibir un cerebro sería lo mismo que destruir nuestra propia voluntad, nuestra persona. Y por tanto nunca lo aceptaríamos, ni siquiera aunque fuese la única alternativa posible para salvarnos de una muerte inmediata.
Resulta oportuno preguntarnos entonces por qué estamos tan seguros, hasta tal extremo, de que es precisamente en el cerebro donde reside nuestra voluntad. Pero esto no tiene en realidad ningún misterio si consideramos que el cerebro es el órgano responsable de nuestro pensamiento y, por tanto, de aquello que consideramos como la esencia misma de nuestra persona: nuestra conciencia. Porque para nosotros, en realidad, hablando claro, el verdadero protagonista, el verdadero detentor de nuestra voluntad, no es el cerebro ni cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, sino únicamente la conciencia, nuestra conciencia.
Y esto resulta fácil de demostrar recurriendo otra vez a los trasplantes de órganos. Imaginemos por un momento que nuevos descubrimientos científicos nos demostrasen que nuestro pensamiento y nuestra conciencia residen únicamente en el lóbulo frontal de nuestro cerebro. Siendo así, ¿qué ocurriría si, en caso de absoluta y urgente necesidad, nos propusiesen recibir el trasplante de otro lóbulo cerebral cualquiera? ¿Pondríamos alguna objeción a dicho trasplante o, por el contrario, lo aceptaríamos sin ningún problema, con toda naturalidad? Y sin embargo, después, pasado un tiempo, ¿qué ocurriría si nos dijeran, de repente, que nuestra conciencia no está realmente en ese lóbulo frontal, sino en otro lóbulo cualquiera? ¿No cambiaríamos al instante de opinión, tratando siempre de preservar, ante todo, el lugar donde creemos que se halla nuestra tan preciada y estimada conciencia?
Y no pensemos que estos súbitos cambios de opinión aquí ejemplificados son algo meramente hipotético, pues de hecho han ocurrido realmente a lo largo de la historia, y no una sino diversas veces. Por ejemplo, durante mucho tiempo se consideró que nuestra conciencia no residía en el cerebro, sino en una entidad de naturaleza puramente inmaterial a la que se denominaba espíritu. En ese momento el cerebro era visto simplemente como una víscera más, sin ningún valor especial que lo diferenciase de otros órganos de nuestro cuerpo. Y nadie se habría opuesto a recibir entonces un trasplante de cerebro, si tal cosa hubiese sido posible.
En cambio, con bastante frecuencia se fantaseaba sobre la posibilidad de la migración de un espíritu de un cuerpo a otro. En la mayoría de los casos se hablaba de la posesión de un cuerpo por parte del espíritu de una persona ya fallecida. Y se creía que la persona poseída se convertía entonces, al instante, en la persona muerta, ya que su conciencia desaparecía al ser sustituida por la conciencia del difunto. Por tanto, nadie estaba dispuesto a que tal cosa le sucediese. Nadie estaba dispuesto, en otras palabras, a ser el destinatario de un trasplante de espíritu, pues eso significaría perder la propia conciencia y por tanto, simple y llanamente, dejar de existir.
Otro órgano que en épocas pasadas gozó de bastante popularidad como posible depositario de nuestra conciencia fue el corazón. Esta creencia poseía una cierta verosimilitud, ya que el corazón siempre se acelera con nuestros pensamientos y nuestras pasiones, señalando aparentemente una estrecha conexión con nuestra conciencia. Y además su latido se detiene justo cuando ésta desaparece de forma definitiva, en el momento de nuestro fallecimiento. Por esta razón, como órgano preminente, con cierta frecuencia llegaba a ser enterrado por separado del resto del cuerpo. Y, desde luego, nadie habría aceptado recibir entonces, en caso de ser posible, un hipotético trasplante de corazón.
Considerando todo lo anteriormente expuesto, podemos plantearnos si estará realmente justificada esta desmesurada preminencia y protagonismo que otorgamos a nuestra conciencia. Y, en consecuencia, si estará justificada también la enorme importancia que damos actualmente a nuestro cerebro, como fiel depositario de ella.
Lo cierto es que cuando hablamos de conciencia deberíamos empezar por decir, en primer lugar, que nuestra conciencia mental es sólo una de las muchas conciencias que podemos identificar y definir en nuestro cuerpo. Son muchos los órganos y sistemas que poseemos y, en consecuencia, muchas las diferentes conciencias que gobiernan el funcionamiento de nuestro organismo. Dentro de este conjunto, la conciencia mental es aquella que determina la mayor parte de nuestras acciones en relación al mundo exterior. Y, por tanto, aquella que, en efecto, conduce todo el vehículo, imponiendo aparentemente, desde esta particular perspectiva, su voluntad.
Otra cuestión importante a tener en cuenta es el hecho de que nuestra conciencia mental es inseparable de nuestro pensamiento. Por tanto, debido a ello, nos enfrentamos siempre con la inevitable paradoja de que cualquier consideración que podamos hacer sobre nuestra conciencia mental acaba siendo realizada, al final, por ella misma. Y por mucho que nos esforcemos por tratar de pensar sobre ella de la forma más objetiva posible, lo cierto es que nos resulta muy difícil escapar de su particular perspectiva, en la cual se otorga a sí misma, como es lógico, un protagonismo absoluto.
Además, sabemos también que es a través de nuestra conciencia mental que interactuamos con otras personas. Y debido a que es en el ámbito social donde mejor nos definimos a nosotros mismos como individuos, está claro que la conciencia mental adquiere, en este contexto, una importancia fundamental. Se convierte para nosotros en algo parecido a nuestra propia identidad, en algo sin lo cual nos parece que no existiríamos ni individual ni socialmente.
Sin embargo, a pesar de todas estas importantes y peculiares características, debemos tener claro que la conciencia mental no es, de ninguna manera, más importante que cualquier otra conciencia. Y, por consiguiente, el órgano en el cual creemos que reside tampoco lo es. Todos los órganos de nuestro cuerpo son absolutamente necesarios. Todos gobiernan y conducen, individual o conjuntamente, los diferentes y complejos sistemas de nuestro cuerpo. Y aunque la mayoría de ellos no se relacione con el mundo exterior, no sea el lugar donde reside nuestro pensamiento y no nos permita identificarnos socialmente como individuos, no por ello poseen una menor importancia. Tal como tampoco poseen una menor importancia las múltiples conciencias que albergan, todas ellas imprescindibles para nuestra supervivencia.
Por tanto, aunque nos cueste enormemente creerlo, una persona a la que se le ha trasplantado el hígado no se diferencia mucho, en términos generales, de una a la que se le ha trasplantado el cerebro. Porque, de igual forma que una persona con un hígado trasplantado no es un individuo diferente, una persona con un cerebro trasplantado tampoco lo es. Tal como, en otro orden de cosas, tampoco consideramos que sea una persona diferente aquella que, debido a una lesión o enfermedad cerebral, ha perdido por completo toda su conciencia y su personalidad.
Es cierto que en una persona con el cerebro trasplantado nos resultaría fácil observar claras diferencias tanto en su pensamiento como en su modo de actuar. Pero también es cierto que sería fácil observar claras diferencias, antes y después, en la función hepática de una persona que ha recibido un hígado, si es que nos detuviésemos a analizarla.
Parece, por tanto, algo absurda esta visión tan enormemente prevalente y sesgada que en todo momento tenemos de nuestra conciencia mental. Sin embargo, dicha visión encuentra, en realidad, una plena y completa justificación en términos evolutivos. Y esto se debe a que, desde sus mismos inicios, nuestra conciencia mental ha tenido siempre como principal función preservarse a sí misma y con ello, de forma implícita, a todo nuestro organismo. Así, en la continua interacción con el medio exterior, es precisamente ella la encargada de decidir en todo momento, de forma rápida e imperiosa, todas las prioridades que atañen a nuestra supervivencia.
Puede tener que decidir, por ejemplo, entre que suframos una posible lesión en los ojos o bien proteger éstos con las manos, con el peligro de que estas últimas puedan quedar seriamente dañadas. Puede tener que decidir también entre enfrentarnos directamente a una grave amenaza o bien hacer que huyamos rápidamente de ella, asumiendo con ello todas las posibles y previsibles consecuencias. O incluso, en circunstancias extremas, puede tener que decidir entre la preservación de nuestro propio cuerpo o bien, por el contrario, entregar éste en sacrificio para tratar de salvaguardar, en contrapartida, la vida de nuestra progenie.
La verdad es que si nuestra conciencia mental no estuviese hecha expresamente para tener una visión tan sesgada, tan enormemente preponderante, en ningún momento conseguiríamos sobrevivir ni como individuos ni como especie. Nuestra conciencia mental debe necesariamente creer que es la protagonista absoluta de nuestro cuerpo, pues precisamente es esa la característica de que la evolución la ha dotado para que consigamos mantenernos en todo momento con vida.
Volviendo al símil del autobús, parece claro que tiene que haber obligatoriamente un conductor que observe el exterior y piense en cómo desplazar el vehículo de un lugar a otro, imponiendo siempre su voluntad. Pero para lograr ese desplazamiento es imprescindible que todas las otras partes del vehículo, como pueden ser el motor, las ruedas o los múltiples engranajes, ejecuten sus respectivas funciones. Tal como es igualmente necesario que haya, en todo momento, unos pasajeros que proporcionen un sentido y una finalidad a ese desplazamiento.
De forma parecida, no hay duda de que nosotros tenemos un cerebro que actúa como conductor de nuestro cuerpo, imponiendo siempre su voluntad. Pero todos nuestros restantes órganos actúan proporcionando la necesaria estructura, fuerza y estabilidad a nuestro cuerpo, del cual forman además parte integrante e indisoluble. Aunque lo realmente importante, lo fundamental, es que todos nuestros órganos, incluido el cerebro, constituyen, en su condición de pasajeros, la única, incuestionable y auténtica finalidad a que responde la totalidad de las acciones de nuestro cuerpo.
Resulta interesante considerar, por otra parte, la paradójica circunstancia de que nuestra conciencia mental tiene en este momento a su alcance todas estas nuevas ideas que surgen acerca de su propia naturaleza. Y que, por tanto, está ahora en condiciones de cuestionarse su propio protagonismo o la prevalencia de su voluntad. Sin embargo, a pesar de ello, está claro que, como es inevitable y también, por otra parte, muy deseable, sólo tiene la capacidad de realizar dicho cuestionamiento en un plano puramente teórico, nunca en un plano emocional, aquél para el cual ha sido principalmente creada.
Y hablando precisamente de ideas, resulta también bastante curioso constatar el hecho de que una idea, una simple idea, puede ser fácilmente transmitida de una persona a otra. Es decir, las ideas, los elementos básicos que conforman nuestra conciencia mental, pueden ser trasplantadas con toda facilidad de un individuo a otro. Y todo esto sin necesidad alguna de que el primero las pierda o de que el segundo vea por ello mermada su personalidad. Antes al contrario, dicha personalidad parece verse aumentada y enriquecida con el continuo aporte de nuevas ideas.
Así, para gran y enorme sorpresa de todos, podemos decir que, al final, el trasplante de conciencia… sí que existe. Y ocurre continuamente en todos nosotros, a cada instante, en la misma medida en que intercambiamos nuestras ideas. A cada momento, por tanto, dejamos de ser quienes somos para convertirnos, en cierto modo, en una persona diferente. O incluso podríamos decir que para convertirnos en una persona nueva, con una mente, un espíritu o un corazón renovado.
Resulta fácil concluir también, como consecuencia de esto, que en todos los grupos humanos existe, o puede existir, una conciencia mental colectiva. Es decir, un tipo de conciencia compartida, en gran parte común a todos individuos, caracterizada por tener una estructura y unos límites difusos, ser objeto de repetidos cambios y estar sujeta a una continua transmisión entre los integrantes del grupo. Y podemos concluir igualmente que, de alguna forma, esta conciencia colectiva necesariamente lucha por tener siempre un protagonismo absoluto y por sobrevivir.
Tengamos así, por tanto, todo esto en cuenta cuando subamos la próxima vez a un autobús. Para empezar, no distraigamos al conductor hablándole de cualquier tontería. Cuidemos en todo momento de la limpieza y del buen estado del interior del vehículo. Y comportémonos siempre de forma educada y cordial con el resto de pasajeros. Pero sobre todo, muy especialmente, tengamos siempre el mayor cuidado en coger el autobús que ha de llevarnos a nuestro verdadero y deseado destino.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)