24/3/26
El imprescindible protagonismo de la conciencia
En una ciudad podemos desplazarnos de un lugar a otro utilizando diversos medios de transporte como, por ejemplo, un coche privado o un autobús. Entre estos dos medios de transporte, concretamente, existen sin duda muchas diferencias, pero quizás una de las más notables, desde un punto de vista conceptual, sea también una de las más insospechadas: el protagonismo. Porque, por sorprendente que parezca, en estos medios de transporte tiene lugar una extraña competición entre el pasajero y el vehículo por alcanzar, a nuestros ojos, una condición de preponderancia el uno sobre el otro.
De forma general, podemos decir que en un coche privado la condición de protagonista recae siempre en el pasajero. Para ir de un lugar a otro, una persona puede utilizar un determinado coche u otro completamente diferente. Y para nosotros el protagonista, el que se desplaza, es siempre el pasajero, no el vehículo. En cambio, en un autobús ocurre justo lo contrario. En este caso el protagonismo recae siempre en el vehículo. Es el autobús el que va de un lugar a otro, el que se desplaza, no el pasajero que lleve o pueda dejar de llevar en su interior.
En ambos casos, como es evidente, tanto el pasajero como el vehículo se mueven al mismo tiempo, como un todo. Son ambos, por tanto, los que se desplazan. Pero de forma inconsciente otorgamos a cada uno de ellos un diferente protagonismo. Y lo hacemos así porque relacionamos el protagonismo con otro concepto diferente, como es la voluntad. Porque cuando vamos en un coche somos nosotros quienes conducimos, es nuestra voluntad la que dirige el movimiento. Pero cuando vamos en un autobús es éste quien nos conduce, nos vemos sometidos a su voluntad. Por tanto, o bien nosotros llevamos el coche o bien el autobús nos lleva a nosotros. Y defender lo contrario, es decir, que el coche nos ha llevado a nosotros o que nosotros hemos llevado el autobús en su recorrido, nos parecería sumamente extraño.
Sin embargo, lo que resulta más sorprendente, si nos detenemos a analizarlo, es que esta misma forma de pensar la aplicamos también a nuestro propio cuerpo. De forma natural, casi inconsciente, otorgamos un diferente grado de protagonismo a nuestros diversos órganos. Y aunque está claro que todos viajan por igual en el mismo vehículo, que es nuestro cuerpo, no podemos dejar de pensar que hay uno de ellos que dirige a todos los demás, imponiendo su voluntad. De forma que todos los restantes órganos son, dentro de esta lógica, simples pasajeros. O incluso, llevando esta idea mucho más allá de lo razonable, llegamos al extremo de pensar que estos últimos no son ni siquiera pasajeros, sino simples piezas o engranajes en un vehículo que es nuestro cuerpo. Un cuerpo que queda así reducido a una simple máquina al servicio de ese órgano preminente que en todo momento hace imperar su voluntad.
A todos nos parece bastante obvio, sin necesidad de citarlo, a qué órgano nos estamos refiriendo. Sin embargo, antes de dar nada por sentado, quizás deberíamos ser algo más cautelosos, ya que, por ejemplo, a lo largo de la historia no se ha considerado que este órgano preminente fuese siempre el mismo. Por eso, antes de nada, lo mejor sería analizar lo más objetivamente posible la importancia que damos a cada uno de nuestros órganos. Y esto es algo que sin duda queda meridianamente claro cuando abordamos las complejas decisiones asociadas a un asunto tan trascendental como es el trasplante de órganos.
En la actualidad, gracias a los grandes avances científicos conseguidos en las últimas décadas, resulta posible trasplantar con bastante éxito un buen número de órganos de nuestro cuerpo. Así, son muchas las personas que hoy en día se someten al trasplante de órganos tales como, por ejemplo, el riñón, el hígado o el corazón. Y es precisamente este mismo hecho el que nos demuestra, de la forma más objetiva posible, que no es a estos órganos en concreto a quienes atribuimos el protagonismo absoluto de nuestro cuerpo. Porque, a nuestro entender, el hecho de recibir cualquiera de ellos no afecta para nada a nuestra voluntad. Para nosotros, una persona que recibe uno de estos órganos es y continúa siendo la misma persona que era antes de recibir el referido trasplante.
Sin embargo, ¿qué ocurriría si fuese posible realizar un trasplante de cerebro? ¿Alguien aceptaría, en algún momento, someterse a una operación semejante? Está claro que la respuesta sería que no. A nadie se le ocurriría nunca aceptarlo, porque, en efecto, tal como sospechábamos, el cerebro es para nosotros el protagonista absoluto, el indiscutible conductor, con su voluntad, de todas las acciones de nuestro cuerpo. Por tanto, si en algún momento un individuo recibiese un cerebro, para nosotros dejaría de ser la persona que era antes y pasaría a ser otra completamente diferente.
Incluso consideraríamos, atentando contra la más elemental lógica, que en este caso no se habría realizado un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo. Es decir, el donante, el que aporta el cerebro, sería el que ha recibido un cuerpo nuevo. Y el receptor, el que acepta el cerebro, sería alguien que simplemente… ha dejado de existir. Y esto a pesar de que, evidentemente, la casi totalidad de su cuerpo continuaría con vida justo igual y en las mismas condiciones que antes del trasplante. No hay duda, por tanto, de que en relación al cerebro nos empeñamos en verlo todo al contrario. Porque, en realidad, para nosotros recibir un cerebro sería lo mismo que destruir nuestra propia voluntad, nuestra persona. Y por tanto nunca lo aceptaríamos, ni siquiera aunque fuese la única alternativa posible para salvarnos de una muerte inmediata.
Resulta oportuno preguntarnos entonces por qué estamos tan seguros, hasta tal extremo, de que es precisamente en el cerebro donde reside nuestra voluntad. Pero esto no tiene en realidad ningún misterio si consideramos que el cerebro es el órgano responsable de nuestro pensamiento y, por tanto, de aquello que consideramos como la esencia misma de nuestra persona: nuestra conciencia. Porque para nosotros, en realidad, hablando claro, el verdadero protagonista, el verdadero detentor de nuestra voluntad, no es el cerebro ni cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, sino únicamente la conciencia, nuestra conciencia.
Y esto resulta fácil de demostrar recurriendo otra vez a los trasplantes de órganos. Imaginemos por un momento que nuevos descubrimientos científicos nos demostrasen que nuestro pensamiento y nuestra conciencia residen únicamente en el lóbulo frontal de nuestro cerebro. Siendo así, ¿qué ocurriría si, en caso de absoluta y urgente necesidad, nos propusiesen recibir el trasplante de otro lóbulo cerebral cualquiera? ¿Pondríamos alguna objeción a dicho trasplante o, por el contrario, lo aceptaríamos sin ningún problema, con toda naturalidad? Y sin embargo, después, pasado un tiempo, ¿qué ocurriría si nos dijeran, de repente, que nuestra conciencia no está realmente en ese lóbulo frontal, sino en otro lóbulo cualquiera? ¿No cambiaríamos al instante de opinión, tratando siempre de preservar, ante todo, el lugar donde creemos que se halla nuestra tan preciada y estimada conciencia?
Y no pensemos que estos súbitos cambios de opinión aquí ejemplificados son algo meramente hipotético, pues de hecho han ocurrido realmente a lo largo de la historia, y no una sino diversas veces. Por ejemplo, durante mucho tiempo se consideró que nuestra conciencia no residía en el cerebro, sino en una entidad de naturaleza puramente inmaterial a la que se denominaba espíritu. En ese momento el cerebro era visto simplemente como una víscera más, sin ningún valor especial que lo diferenciase de otros órganos de nuestro cuerpo. Y nadie se habría opuesto a recibir entonces un trasplante de cerebro, si tal cosa hubiese sido posible.
En cambio, con bastante frecuencia se fantaseaba sobre la posibilidad de la migración de un espíritu de un cuerpo a otro. En la mayoría de los casos se hablaba de la posesión de un cuerpo por parte del espíritu de una persona ya fallecida. Y se creía que la persona poseída se convertía entonces, al instante, en la persona muerta, ya que su conciencia desaparecía al ser sustituida por la conciencia del difunto. Por tanto, nadie estaba dispuesto a que tal cosa le sucediese. Nadie estaba dispuesto, en otras palabras, a ser el destinatario de un trasplante de espíritu, pues eso significaría perder la propia conciencia y por tanto, simple y llanamente, dejar de existir.
Otro órgano que en épocas pasadas gozó de bastante popularidad como posible depositario de nuestra conciencia fue el corazón. Esta creencia poseía una cierta verosimilitud, ya que el corazón siempre se acelera con nuestros pensamientos y nuestras pasiones, señalando aparentemente una estrecha conexión con nuestra conciencia. Y además su latido se detiene justo cuando ésta desaparece de forma definitiva, en el momento de nuestro fallecimiento. Por esta razón, como órgano preminente, con cierta frecuencia llegaba a ser enterrado por separado del resto del cuerpo. Y, desde luego, nadie habría aceptado recibir entonces, en caso de ser posible, un hipotético trasplante de corazón.
Considerando todo lo anteriormente expuesto, podemos plantearnos si estará realmente justificada esta desmesurada preminencia y protagonismo que otorgamos a nuestra conciencia. Y, en consecuencia, si estará justificada también la enorme importancia que damos actualmente a nuestro cerebro, como fiel depositario de ella.
Lo cierto es que cuando hablamos de conciencia deberíamos empezar por decir, en primer lugar, que nuestra conciencia mental es sólo una de las muchas conciencias que podemos identificar y definir en nuestro cuerpo. Son muchos los órganos y sistemas que poseemos y, en consecuencia, muchas las diferentes conciencias que gobiernan el funcionamiento de nuestro organismo. Dentro de este conjunto, la conciencia mental es aquella que determina la mayor parte de nuestras acciones en relación al mundo exterior. Y, por tanto, aquella que, en efecto, conduce todo el vehículo, imponiendo aparentemente, desde esta particular perspectiva, su voluntad.
Otra cuestión importante a tener en cuenta es el hecho de que nuestra conciencia mental es inseparable de nuestro pensamiento. Por tanto, debido a ello, nos enfrentamos siempre con la inevitable paradoja de que cualquier consideración que podamos hacer sobre nuestra conciencia mental acaba siendo realizada, al final, por ella misma. Y por mucho que nos esforcemos por tratar de pensar sobre ella de la forma más objetiva posible, lo cierto es que nos resulta muy difícil escapar de su particular perspectiva, en la cual se otorga a sí misma, como es lógico, un protagonismo absoluto.
Además, sabemos también que es a través de nuestra conciencia mental que interactuamos con otras personas. Y debido a que es en el ámbito social donde mejor nos definimos a nosotros mismos como individuos, está claro que la conciencia mental adquiere, en este contexto, una importancia fundamental. Se convierte para nosotros en algo parecido a nuestra propia identidad, en algo sin lo cual nos parece que no existiríamos ni individual ni socialmente.
Sin embargo, a pesar de todas estas importantes y peculiares características, debemos tener claro que la conciencia mental no es, de ninguna manera, más importante que cualquier otra conciencia. Y, por consiguiente, el órgano en el cual creemos que reside tampoco lo es. Todos los órganos de nuestro cuerpo son absolutamente necesarios. Todos gobiernan y conducen, individual o conjuntamente, los diferentes y complejos sistemas de nuestro cuerpo. Y aunque la mayoría de ellos no se relacione con el mundo exterior, no sea el lugar donde reside nuestro pensamiento y no nos permita identificarnos socialmente como individuos, no por ello poseen una menor importancia. Tal como tampoco poseen una menor importancia las múltiples conciencias que albergan, todas ellas imprescindibles para nuestra supervivencia.
Por tanto, aunque nos cueste enormemente creerlo, una persona a la que se le ha trasplantado el hígado no se diferencia mucho, en términos generales, de una a la que se le ha trasplantado el cerebro. Porque, de igual forma que una persona con un hígado trasplantado no es un individuo diferente, una persona con un cerebro trasplantado tampoco lo es. Tal como, en otro orden de cosas, tampoco consideramos que sea una persona diferente aquella que, debido a una lesión o enfermedad cerebral, ha perdido por completo toda su conciencia y su personalidad.
Es cierto que en una persona con el cerebro trasplantado nos resultaría fácil observar claras diferencias tanto en su pensamiento como en su modo de actuar. Pero también es cierto que sería fácil observar claras diferencias, antes y después, en la función hepática de una persona que ha recibido un hígado, si es que nos detuviésemos a analizarla.
Parece, por tanto, algo absurda esta visión tan enormemente prevalente y sesgada que en todo momento tenemos de nuestra conciencia mental. Sin embargo, dicha visión encuentra, en realidad, una plena y completa justificación en términos evolutivos. Y esto se debe a que, desde sus mismos inicios, nuestra conciencia mental ha tenido siempre como principal función preservarse a sí misma y con ello, de forma implícita, a todo nuestro organismo. Así, en la continua interacción con el medio exterior, es precisamente ella la encargada de decidir en todo momento, de forma rápida e imperiosa, todas las prioridades que atañen a nuestra supervivencia.
Puede tener que decidir, por ejemplo, entre que suframos una posible lesión en los ojos o bien proteger éstos con las manos, con el peligro de que estas últimas puedan quedar seriamente dañadas. Puede tener que decidir también entre enfrentarnos directamente a una grave amenaza o bien hacer que huyamos rápidamente de ella, asumiendo con ello todas las posibles y previsibles consecuencias. O incluso, en circunstancias extremas, puede tener que decidir entre la preservación de nuestro propio cuerpo o bien, por el contrario, entregar éste en sacrificio para tratar de salvaguardar, en contrapartida, la vida de nuestra progenie.
La verdad es que si nuestra conciencia mental no estuviese hecha expresamente para tener una visión tan sesgada, tan enormemente preponderante, en ningún momento conseguiríamos sobrevivir ni como individuos ni como especie. Nuestra conciencia mental debe necesariamente creer que es la protagonista absoluta de nuestro cuerpo, pues precisamente es esa la característica de que la evolución la ha dotado para que consigamos mantenernos en todo momento con vida.
Volviendo al símil del autobús, parece claro que tiene que haber obligatoriamente un conductor que observe el exterior y piense en cómo desplazar el vehículo de un lugar a otro, imponiendo siempre su voluntad. Pero para lograr ese desplazamiento es imprescindible que todas las otras partes del vehículo, como pueden ser el motor, las ruedas o los múltiples engranajes, ejecuten sus respectivas funciones. Tal como es igualmente necesario que haya, en todo momento, unos pasajeros que proporcionen un sentido y una finalidad a ese desplazamiento.
De forma parecida, no hay duda de que nosotros tenemos un cerebro que actúa como conductor de nuestro cuerpo, imponiendo siempre su voluntad. Pero todos nuestros restantes órganos actúan proporcionando la necesaria estructura, fuerza y estabilidad a nuestro cuerpo, del cual forman además parte integrante e indisoluble. Aunque lo realmente importante, lo fundamental, es que todos nuestros órganos, incluido el cerebro, constituyen, en su condición de pasajeros, la única, incuestionable y auténtica finalidad a que responde la totalidad de las acciones de nuestro cuerpo.
Resulta interesante considerar, por otra parte, la paradójica circunstancia de que nuestra conciencia mental tiene en este momento a su alcance todas estas nuevas ideas que surgen acerca de su propia naturaleza. Y que, por tanto, está ahora en condiciones de cuestionarse su propio protagonismo o la prevalencia de su voluntad. Sin embargo, a pesar de ello, está claro que, como es inevitable y también, por otra parte, muy deseable, sólo tiene la capacidad de realizar dicho cuestionamiento en un plano puramente teórico, nunca en un plano emocional, aquél para el cual ha sido principalmente creada.
Y hablando precisamente de ideas, resulta también bastante curioso constatar el hecho de que una idea, una simple idea, puede ser fácilmente transmitida de una persona a otra. Es decir, las ideas, los elementos básicos que conforman nuestra conciencia mental, pueden ser trasplantadas con toda facilidad de un individuo a otro. Y todo esto sin necesidad alguna de que el primero las pierda o de que el segundo vea por ello mermada su personalidad. Antes al contrario, dicha personalidad parece verse aumentada y enriquecida con el continuo aporte de nuevas ideas.
Así, para gran y enorme sorpresa de todos, podemos decir que, al final, el trasplante de conciencia… sí que existe. Y ocurre continuamente en todos nosotros, a cada instante, en la misma medida en que intercambiamos nuestras ideas. A cada momento, por tanto, dejamos de ser quienes somos para convertirnos, en cierto modo, en una persona diferente. O incluso podríamos decir que para convertirnos en una persona nueva, con una mente, un espíritu o un corazón renovado.
Resulta fácil concluir también, como consecuencia de esto, que en todos los grupos humanos existe, o puede existir, una conciencia mental colectiva. Es decir, un tipo de conciencia compartida, en gran parte común a todos individuos, caracterizada por tener una estructura y unos límites difusos, ser objeto de repetidos cambios y estar sujeta a una continua transmisión entre los integrantes del grupo. Y podemos concluir igualmente que, de alguna forma, esta conciencia colectiva necesariamente lucha por tener siempre un protagonismo absoluto y por sobrevivir.
Tengamos así, por tanto, todo esto en cuenta cuando subamos la próxima vez a un autobús. Para empezar, no distraigamos al conductor hablándole de cualquier tontería. Cuidemos en todo momento de la limpieza y del buen estado del interior del vehículo. Y comportémonos siempre de forma educada y cordial con el resto de pasajeros. Pero sobre todo, muy especialmente, tengamos siempre el mayor cuidado en coger el autobús que ha de llevarnos a nuestro verdadero y deseado destino.
15/2/26
La triunfante infinitud del tiempo
El tiempo que necesitamos para lanzar un dado y ver el resultado obtenido podemos decir que es de, aproximadamente, unos diez segundos. Considerando que la probabilidad de sacar un seis en un lanzamiento es de una en cada seis veces, podemos concluir que si lanzásemos continuamente un dado, una y otra vez, necesitaríamos como máximo seis veces ese tiempo, es decir, un minuto, en teoría, para llegar a obtener ese número.
Siguiendo el mismo razonamiento, si en vez de un dado lanzásemos un par de ellos a la vez, tardaríamos como máximo seis minutos en sacar dos seises en una misma tirada, siempre en términos puramente probabilísticos. Si nos decidiésemos entonces por aumentar más la dificultad, optando por lanzar cinco dados, tardaríamos como máximo un día en sacar los cinco seises en simultáneo. Y si lanzásemos el doble de dados, diez al mismo tiempo, tardaríamos nada menos que veinte años, como máximo, en obtener los diez seises en una misma tirada. Algo sin duda difícil de conseguir, pero no imposible si se dispone del tiempo necesario.
Imaginemos ahora que los dados, en vez de números, tuviesen letras dispuestas en todas sus caras. ¿Qué ocurriría si tratásemos de obtener una determinada palabra mediante la secuencia de letras resultante de lanzar esos dados? Empleando un idioma que tuviese apenas seis letras, es decir, la misma cantidad de caras que hay en un dado, ya sabemos que podríamos tardar hasta veinte años en conseguir una determinada palabra de diez caracteres. A partir de ahí, es fácil deducir que para conseguir una frase o un texto completo, utilizando además un idioma con todas las letras del alfabeto, sería necesario un periodo de tiempo del todo inconcebible, casi infinito.
Precisamente esta idea de una escritura puramente aleatoria, producida por el más absoluto azar, ha llegado a fascinar a lo largo del tiempo a un gran número de personas. Por ejemplo, en el campo de la literatura, Michael Ende planteó la idea de que, si se juega con unos dados dotados de letras durante toda una eternidad, al final de ese tiempo necesariamente deberán surgir todos los poemas y todas las historias posibles del mundo. Y antes que él, Jonathan Swift fantaseó también sobre la construcción de una máquina de escritura aleatoria que, siendo utilizada el tiempo suficiente, permitiría escribir libros enteros de filosofía, de poesía o de política.
En el campo de las matemáticas, Émile Borel introdujo esta misma idea de la escritura aleatoria para ilustrar el concepto de la probabilidad y del infinito. Según su premisa, gracias a las leyes de las matemáticas es posible afirmar, de forma totalmente incuestionable, que un mono aporreando al azar un teclado conseguirá escribir siempre, palabra por palabra, cualquier obra famosa de cualquier escritor del pasado. Aunque, eso sí, siempre que disponga del tiempo, en términos probabilísticos, necesario para ello. Es decir, un tiempo infinito.
Dicha premisa no deja de resultar sorprendente e incluso, hasta cierto punto, algo inquietante. ¿Deberíamos confiar plenamente en las leyes de las matemáticas y aceptar entonces, a pesar de nuestra natural extrañeza, que cualquier mono conseguirá escribir siempre cualquier libro, y no sólo eso, sino todos los libros del mundo, utilizando solamente el más puro azar? ¿Será realmente posible tal cosa o quizás se trata sólo de una entelequia, de un concepto abstracto que no va más allá de una formulación puramente teórica?
Y si aceptásemos tal idea, ¿cómo encarar entonces otras muchas cuestiones que inevitablemente nos surgirían de inmediato? Por ejemplo, ¿sería necesario esperar un tiempo infinito para ver finalmente escrito un libro, uno cualquiera, gracias al más puro azar? ¿No podría ocurrir, por simple casualidad, que se obtuviese ese resultado ya en el primer intento? ¿No podríamos tener un libro, ya perfectamente completo y acabado, con el primer lanzamiento de unos dados o con la primera pulsación aleatoria de las teclas realizada por un mono? Porque lo cierto es que, en teoría, nada impide que tal cosa sea así. Tal como tampoco hay nada que diga que haya que esperar hasta el último lanzamiento de los dados o hasta la última pulsación de las teclas, en el infinito, para conseguirlo. En realidad, podría suceder en cualquier momento.
Lo que resulta sin duda evidente con todo esto es que para nuestra habitual forma de pensar, para nuestra particular concepción del tiempo, la sola idea de que se pueda escribir un libro utilizando únicamente el azar es algo que nos resulta del todo inconcebible. Y sin embargo, a pesar de ello, por más fantasiosa y remota que nos parezca tal posibilidad, por más delirante que se muestre incluso para nuestra más desbocada imaginación, tal cosa es simplemente… posible.
Y no sólo posible, sino también completamente real. Porque además, siendo un hecho indiscutible, no sólo ha sucedido una, sino muchas veces. Incluso podríamos decir que está sucediendo continuamente, a cada momento. Y la prueba más clara y evidente de esto la tenemos, además, muy cerca de nosotros. Mucho más cerca, en realidad, de lo que podríamos pensar. De hecho, no podría estar más cerca. Porque esa prueba, en definitiva, somos… nosotros mismos.
En efecto, aunque no seamos ni siquiera lo más mínimamente conscientes de ello, aunque nos cueste enormemente aceptarlo, nosotros no somos otra cosa, en realidad, que un libro escrito por el más puro azar. Y para entender esta sorprendente afirmación nos basta con adentrarnos someramente en el campo de estudio de la genética.
Como es sabido, todas nuestras células llevan en su núcleo el genoma que es propio de nuestra especie. Pues bien, este genoma, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un asombroso, detallado y complejo libro de instrucciones cuya función consiste en crear y gobernar el funcionamiento de todo nuestro organismo. En nuestra especie este libro está dividido en veintitrés volúmenes, que son nuestros veintitrés cromosomas. Y cada volumen está escrito en una única e ininterrumpida línea, formada por una larga y extensa molécula de ADN.
Cada línea contiene innumerables frases, que son los genes, escritos utilizando un alfabeto de apenas cuatro letras: A, C, G y T. Estas letras representan, más exactamente, las cuatro posibles bases que puede presentar cada uno de los eslabones de que está formada la larga cadena de ADN. Y cuando la compleja maquinaria celular decide leer una de estas frases, uno de estos genes, el resultado final que se obtiene es la síntesis de una determinada proteína. Son entonces estas proteínas, como moléculas básicas y estructurales de la vida, las que se encargan, a partir de ahí, de configurar, organizar y regular el funcionamiento de las células y, con ello, de todo nuestro organismo por completo.
Podemos decir, por tanto, que el genoma de nuestra especie es un extenso libro de varios volúmenes escrito con un total de, aproximadamente, 3.200 millones de letras, las cuales se agrupan para formar un conjunto de más de 20.000 frases. Y cada una de estas frases o genes, mediante la formación de su respectiva proteína, representa una instrucción precisa y concreta para el funcionamiento de nuestro organismo.
Pues bien, al margen de estos impresionantes números, lo que resulta más asombroso de todo esto es el hecho de que el autor de este fantástico y maravilloso libro no es otro que, efectivamente… el más puro azar. Para la inimaginable proeza que ha sido crear este libro no se ha utilizado más que la simple casualidad. Nuestro genoma se ha escrito de forma puramente aleatoria, sin existir, como es evidente, cualquier plan, idea o propósito concreto sobre aquello que debía o no ser escrito.
Así, podemos decir que, en términos matemáticos, la escritura de nuestro genoma ha sido tan absolutamente casual como puede ser el escribir un libro lanzando a un mismo tiempo 3.200 millones de dados de cuatro caras. O realizando 3.200 millones de pulsaciones aleatorias seguidas en un teclado de cuatro letras. Algo que, con mucho esfuerzo, quizás podemos imaginar que pueda ocurrir alguna vez en el infinito. Pero que, como es evidente, ya ha ocurrido, es algo completamente real.
Para ser algo más exactos, hay que decir que nuestro genoma no se ha creado de repente con un único lanzamiento de dados. Y tampoco ha tenido siempre tantas letras como tiene ahora. En realidad, nuestro genoma ha ido creciendo y aumentando a lo largo del tiempo. Al principio se empezó, por tanto, lanzando sólo unos cuantos dados, a los que se fueron añadiendo progresivamente más y más hasta alcanzar el número actual. Y en cada una de las tiradas no se lanza nunca la totalidad de los dados, sino una mínima parte de ellos, intentando de alguna forma conservar todos aquellos que ya forman frases completas. Aunque también es cierto, por otra parte, que a lo largo del tiempo se han ido cambiando frecuentemente unas frases por otras y se han abandonado muchas de las ya obtenidas. Por todo esto, lo más correcto sería decir que nuestro genoma ha ido aumentando y reescribiéndose de forma continua, forjándose lentamente a lo largo del tiempo, a medida que se iban lanzando progresivamente algunos de sus cada vez más numerosos dados.
La forma real en que se lanzan estos dados es bastante simple. Se basa en la aparición aleatoria de errores en el genoma, algo que ocurre principalmente durante la división celular. Cada vez que una célula se reproduce y realiza una nueva copia de su genoma se producen inevitablemente algunos errores, las mutaciones, que hacen que cada nuevo libro sea siempre ligeramente diferente del anterior. Y aunque estos errores generalmente son ínfimos y sin ningún efecto concreto, al acumularse pueden llegar a cambiar finalmente el significado de las frases. O incluso, con menos frecuencia, a crear frases completamente nuevas.
De todos los libros creados, es la evolución la que se encarga de rechazar aquellos en que se han producido más errores sin sentido y también aquellos otros que contienen frases que han acabado por quedar obsoletas, ya sin ninguna utilidad. Por el contrario, va salvaguardando todos aquellos libros en los que aparecen nuevas frases que permiten una mejor adaptación al medio y una mayor supervivencia de la especie. Así, mientras los primeros tienden a desaparecer, estos últimos son conservados siempre en mayor medida. Y al realizarse nuevas copias, al lanzarse otra vez los dados, vuelven a producirse nuevos errores sobre los que actuará la evolución, nuevamente, en uno o en otro sentido.
Así, mediante este simple mecanismo, la evolución ha conseguido la inconcebible tarea de dar forma a la totalidad del extenso y complejo genoma nuestra especie. Un genoma que, además, tenemos que reconocer que es de una perfección completamente asombrosa y extraordinaria. Basta con observar el funcionamiento de nuestro organismo, con sus múltiples órganos y sistemas, con sus complejos mecanismos fisiológicos siempre en constante equilibrio, con su continua capacidad de crearse y regenerarse una y otra vez, para llegar fácilmente a la conclusión de que nuestro genoma es, sin duda, incomparablemente superior a cualquier obra literaria, de poesía, de matemáticas o de filosofía que podamos concebir que salga, al azar, al lanzar infinitamente millones de dados o al aporrear infinitamente un teclado.
Y sin embargo, por más extraordinario y perfecto que sea nuestro genoma, lo más asombroso es que cada una de las millones de especies que existen en el mundo, todas ellas, poseen un genoma, un libro de instrucciones, completamente diferente. Y en todos los casos su genoma, el libro de cada especie, es siempre de una perfección igualmente maravillosa y casi absoluta. Es decir, el azar no sólo ha sido capaz de escribir un libro tan extraordinario como el nuestro, sino que, en realidad, ha escrito millones y millones de libros, todos ellos diferentes entre sí y todos ellos de una insuperable perfección.
Es más, considerando que todos los seres vivos se relacionan entre sí formando complejos e intrincados ecosistemas, deberíamos decir que el azar no se ha limitado sólo a escribir todos estos libros, sino que, en realidad, ha creado una enorme biblioteca de obras maestras donde cada uno de los libros, ya de por sí extraordinarios, se complementa con todos los demás con una misma e idéntica perfección. O incluso, dada la multiplicidad de ecosistemas existentes, deberíamos hablar más bien de toda una compleja red de bibliotecas perfectamente interconectadas entre sí.
Dentro de esta prodigiosa, soberbia y colosal red de bibliotecas que es la vida podemos encontrar libros de todo tipo, con instrucciones detalladas y precisas para el desarrollo de casi cualquier forma de vida que podamos imaginar. Hay, por ejemplo, gruesos y pesados volúmenes cuyas páginas describen modos de existencia tan concretos y especializados que casi nos resultan imposibles de concebir. Hay enormes e interminables estanterías, sin límites aparentes, en donde se recoge todo el conocimiento necesario para sobrevivir en cualquier medio físico existente, ya sea terrestre, subterráneo, acuático o aéreo. Hay también amplias secciones, ocultas por entretejidas sombras, que nos narran los ambientes y las formas de vida propias de un pasado remoto, ya inexistente. Y muchos otros pasillos, todavía inaccesibles, presentan multitud de espacios vacíos destinados a especies futuras que sin duda han de llegar. Pero además, por todas partes encontramos libros que aparecen de repente, otros que se dividen en dos o más volúmenes y aún otros que, al apartar la vista por un instante, parecen desvanecerse en el aire sin dejar el menor rastro.
Al intentar recorrer este fantástico e interminable laberinto creado lenta y pacientemente por la evolución, es fácil adentrarnos a cada momento, sin darnos cuenta, en el interior de profundos e inquietantes abismos, recorrer extensas e interminables llanuras o elevarnos, de repente, sobre altas y vertiginosas cumbres. A cada instante nos enfrentamos con una infinidad de pasillos que se bifurcan y que convergen sobre sí mismos, que se multiplican y que se extinguen, que se iluminan y que se ocultan en la oscuridad, que se ensanchan y que se estrechan simultáneamente, que avanzan y que retroceden al mismo tiempo para llegar a un mismo y único lugar que se repite innumerables veces. Y por si todo esto no fuese ya lo suficientemente vertiginoso y desconcertante, lo más increíble es que todos los volúmenes existentes, siempre de una perfección inimaginable, están siendo continuamente reescritos y mejorados a cada instante.
Para realizar esta inconcebible y titánica labor sabemos ahora que el azar no ha necesitado un tiempo infinito. Se piensa que quizás haya empleado unos pocos miles de millones de años. Aunque, para la limitada capacidad de comprensión de nuestra mente, dicho periodo de tiempo es ciertamente tan inimaginable como puede ser la propia idea de infinito. O incluso la idea de una infinita sucesión de tiempos infinitos.
En este extenso y dilatado periodo, el tiempo ha conseguido que lo infinitamente improbable ocurra y que, además, sea una inevitable realidad. Le ha bastado su inconmensurable dimensión para lograr crear fácilmente un mundo de la más extraordinaria complejidad, de la más inimaginable perfección y de la más inconcebible belleza. Un mundo en el que cada ser vivo es en sí mismo una obra maestra, creada siempre por el más puro azar y modelada luego delicadamente, en un largo y laborioso proceso, por la evolución.
Todos los seres vivos somos, por tanto, una inevitable consecuencia del azar. Todos nosotros somos hijos de lo infinitamente improbable. Todos nosotros somos, en definitiva, el necesario resultado de la siempre inexorable y triunfante infinitud del tiempo.
Siendo así, no nos corresponde ahora deslucir esta titánica labor. Y mucho menos destruir nada de lo escrito durante un tiempo que es, en su misma esencia, pero mucho más para nosotros, absoluta e incomparablemente infinito.
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