15/2/26

La triunfante infinitud del tiempo


El tiempo que necesitamos para lanzar un dado y ver el resultado obtenido podemos decir que es de, aproximadamente, unos diez segundos. Considerando que la probabilidad de sacar un seis en un lanzamiento es de una en cada seis veces, podemos concluir que si lanzásemos continuamente un dado, una y otra vez, necesitaríamos como máximo seis veces ese tiempo, es decir, un minuto, en teoría, para llegar a obtener ese número.

Siguiendo el mismo razonamiento, si en vez de un dado lanzásemos un par de ellos a la vez, tardaríamos como máximo seis minutos en sacar dos seises en una misma tirada, siempre en términos puramente probabilísticos. Si nos decidiésemos entonces por aumentar más la dificultad, optando por lanzar cinco dados, tardaríamos como máximo un día en sacar los cinco seises en simultáneo. Y si lanzásemos el doble de dados, diez al mismo tiempo, tardaríamos nada menos que veinte años, como máximo, en obtener los diez seises en una misma tirada. Algo sin duda difícil de conseguir, pero no imposible si se dispone del tiempo necesario.

Imaginemos ahora que los dados, en vez de números, tuviesen letras dispuestas en todas sus caras. ¿Qué ocurriría si tratásemos de obtener una determinada palabra mediante la secuencia de letras resultante de lanzar esos dados? Empleando un idioma que tuviese apenas seis letras, es decir, la misma cantidad de caras que hay en un dado, ya sabemos que podríamos tardar hasta veinte años en conseguir una determinada palabra de diez caracteres. A partir de ahí, es fácil deducir que para conseguir una frase o un texto completo, utilizando además un idioma con todas las letras del alfabeto, sería necesario un periodo de tiempo del todo inconcebible, casi infinito.

Precisamente esta idea de una escritura puramente aleatoria, producida por el más absoluto azar, ha llegado a fascinar a lo largo del tiempo a un gran número de personas. Por ejemplo, en el campo de la literatura, Michael Ende planteó la idea de que, si se juega con unos dados dotados de letras durante toda una eternidad, al final de ese tiempo necesariamente deberán surgir todos los poemas y todas las historias posibles del mundo. Y antes que él, Jonathan Swift fantaseó también sobre la construcción de una máquina de escritura aleatoria que, siendo utilizada el tiempo suficiente, permitiría escribir libros enteros de filosofía, de poesía o de política.

En el campo de las matemáticas, Émile Borel introdujo esta misma idea de la escritura aleatoria para ilustrar el concepto de la probabilidad y del infinito. Según su premisa, gracias a las leyes de las matemáticas es posible afirmar, de forma totalmente incuestionable, que un mono aporreando al azar un teclado conseguirá escribir siempre, palabra por palabra, cualquier obra famosa de cualquier escritor del pasado. Aunque, eso sí, siempre que disponga del tiempo, en términos probabilísticos, necesario para ello. Es decir, un tiempo infinito.

Dicha premisa no deja de resultar sorprendente e incluso, hasta cierto punto, algo inquietante. ¿Deberíamos confiar plenamente en las leyes de las matemáticas y aceptar entonces, a pesar de nuestra natural extrañeza, que cualquier mono conseguirá escribir siempre cualquier libro, y no sólo eso, sino todos los libros del mundo, utilizando solamente el más puro azar? ¿Será realmente posible tal cosa o quizás se trata sólo de una entelequia, de un concepto abstracto que no va más allá de una formulación puramente teórica?

Y si aceptásemos tal idea, ¿cómo encarar entonces otras muchas cuestiones que inevitablemente nos surgirían de inmediato? Por ejemplo, ¿sería necesario esperar un tiempo infinito para ver finalmente escrito un libro, uno cualquiera, gracias al más puro azar? ¿No podría ocurrir, por simple casualidad, que se obtuviese ese resultado ya en el primer intento? ¿No podríamos tener un libro, ya perfectamente completo y acabado, con el primer lanzamiento de unos dados o con la primera pulsación aleatoria de las teclas realizada por un mono? Porque lo cierto es que, en teoría, nada impide que tal cosa sea así. Tal como tampoco hay nada que diga que haya que esperar hasta el último lanzamiento de los dados o hasta la última pulsación de las teclas, en el infinito, para conseguirlo. En realidad, podría suceder en cualquier momento.

Lo que resulta sin duda evidente con todo esto es que para nuestra habitual forma de pensar, para nuestra particular concepción del tiempo, la sola idea de que se pueda escribir un libro utilizando únicamente el azar es algo que nos resulta del todo inconcebible. Y sin embargo, a pesar de ello, por más fantasiosa y remota que nos parezca tal posibilidad, por más delirante que se muestre incluso para nuestra más desbocada imaginación, tal cosa es simplemente… posible.

Y no sólo posible, sino también completamente real. Porque además, siendo un hecho indiscutible, no sólo ha sucedido una, sino muchas veces. Incluso podríamos decir que está sucediendo continuamente, a cada momento. Y la prueba más clara y evidente de esto la tenemos, además, muy cerca de nosotros. Mucho más cerca, en realidad, de lo que podríamos pensar. De hecho, no podría estar más cerca. Porque esa prueba, en definitiva, somos… nosotros mismos.

En efecto, aunque no seamos ni siquiera lo más mínimamente conscientes de ello, aunque nos cueste enormemente aceptarlo, nosotros no somos otra cosa, en realidad, que un libro escrito por el más puro azar. Y para entender esta sorprendente afirmación nos basta con adentrarnos someramente en el campo de estudio de la genética.

Como es sabido, todas nuestras células llevan en su núcleo el genoma que es propio de nuestra especie. Pues bien, este genoma, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un asombroso, detallado y complejo libro de instrucciones cuya función consiste en crear y gobernar el funcionamiento de todo nuestro organismo. En nuestra especie este libro está dividido en veintitrés volúmenes, que son nuestros veintitrés cromosomas. Y cada volumen está escrito en una única e ininterrumpida línea, formada por una larga y extensa molécula de ADN.

Cada línea contiene innumerables frases, que son los genes, escritos utilizando un alfabeto de apenas cuatro letras: A, C, G y T. Estas letras representan, más exactamente, las cuatro posibles bases que puede presentar cada uno de los eslabones de que está formada la larga cadena de ADN. Y cuando la compleja maquinaria celular decide leer una de estas frases, uno de estos genes, el resultado final que se obtiene es la síntesis de una determinada proteína. Son entonces estas proteínas, como moléculas básicas y estructurales de la vida, las que se encargan, a partir de ahí, de configurar, organizar y regular el funcionamiento de las células y, con ello, de todo nuestro organismo por completo.

Podemos decir, por tanto, que el genoma de nuestra especie es un extenso libro de varios volúmenes escrito con un total de, aproximadamente, 3.200 millones de letras, las cuales se agrupan para formar un conjunto de más de 20.000 frases. Y cada una de estas frases o genes, mediante la formación de su respectiva proteína, representa una instrucción precisa y concreta para el funcionamiento de nuestro organismo.

Pues bien, al margen de estos impresionantes números, lo que resulta más asombroso de todo esto es el hecho de que el autor de este fantástico y maravilloso libro no es otro que, efectivamente… el más puro azar. Para la inimaginable proeza que ha sido crear este libro no se ha utilizado más que la simple casualidad. Nuestro genoma se ha escrito de forma puramente aleatoria, sin existir, como es evidente, cualquier plan, idea o propósito concreto sobre aquello que debía o no ser escrito.

Así, podemos decir que, en términos matemáticos, la escritura de nuestro genoma ha sido tan absolutamente casual como puede ser el escribir un libro lanzando a un mismo tiempo 3.200 millones de dados de cuatro caras. O realizando 3.200 millones de pulsaciones aleatorias seguidas en un teclado de cuatro letras. Algo que, con mucho esfuerzo, quizás podemos imaginar que pueda ocurrir alguna vez en el infinito. Pero que, como es evidente, ya ha ocurrido, es algo completamente real.

Para ser algo más exactos, hay que decir que nuestro genoma no se ha creado de repente con un único lanzamiento de dados. Y tampoco ha tenido siempre tantas letras como tiene ahora. En realidad, nuestro genoma ha ido creciendo y aumentando a lo largo del tiempo. Al principio se empezó, por tanto, lanzando sólo unos cuantos dados, a los que se fueron añadiendo progresivamente más y más hasta alcanzar el número actual. Y en cada una de las tiradas no se lanza nunca la totalidad de los dados, sino una mínima parte de ellos, intentando de alguna forma conservar todos aquellos que ya forman frases completas. Aunque también es cierto, por otra parte, que a lo largo del tiempo se han ido cambiando frecuentemente unas frases por otras y se han abandonado muchas de las ya obtenidas. Por todo esto, lo más correcto sería decir que nuestro genoma ha ido aumentando y reescribiéndose de forma continua, forjándose lentamente a lo largo del tiempo, a medida que se iban lanzando progresivamente algunos de sus cada vez más numerosos dados.

La forma real en que se lanzan estos dados es bastante simple. Se basa en la aparición aleatoria de errores en el genoma, algo que ocurre principalmente durante la división celular. Cada vez que una célula se reproduce y realiza una nueva copia de su genoma se producen inevitablemente algunos errores, las mutaciones, que hacen que cada nuevo libro sea siempre ligeramente diferente del anterior. Y aunque estos errores generalmente son ínfimos y sin ningún efecto concreto, al acumularse pueden llegar a cambiar finalmente el significado de las frases. O incluso, con menos frecuencia, a crear frases completamente nuevas.

De todos los libros creados, es la evolución la que se encarga de rechazar aquellos en que se han producido más errores sin sentido y también aquellos otros que contienen frases que han acabado por quedar obsoletas, ya sin ninguna utilidad. Por el contrario, va salvaguardando todos aquellos libros en los que aparecen nuevas frases que permiten una mejor adaptación al medio y una mayor supervivencia de la especie. Así, mientras los primeros tienden a desaparecer, estos últimos son conservados siempre en mayor medida. Y al realizarse nuevas copias, al lanzarse otra vez los dados, vuelven a producirse nuevos errores sobre los que actuará la evolución, nuevamente, en uno o en otro sentido.

Así, mediante este simple mecanismo, la evolución ha conseguido la inconcebible tarea de dar forma a la totalidad del extenso y complejo genoma nuestra especie. Un genoma que, además, tenemos que reconocer que es de una perfección completamente asombrosa y extraordinaria. Basta con observar el funcionamiento de nuestro organismo, con sus múltiples órganos y sistemas, con sus complejos mecanismos fisiológicos siempre en constante equilibrio, con su continua capacidad de crearse y regenerarse una y otra vez, para llegar fácilmente a la conclusión de que nuestro genoma es, sin duda, incomparablemente superior a cualquier obra literaria, de poesía, de matemáticas o de filosofía que podamos concebir que salga, al azar, al lanzar infinitamente millones de dados o al aporrear infinitamente un teclado.

Y sin embargo, por más extraordinario y perfecto que sea nuestro genoma, lo más asombroso es que cada una de las millones de especies que existen en el mundo, todas ellas, poseen un genoma, un libro de instrucciones, completamente diferente. Y en todos los casos su genoma, el libro de cada especie, es siempre de una perfección igualmente maravillosa y casi absoluta. Es decir, el azar no sólo ha sido capaz de escribir un libro tan extraordinario como el nuestro, sino que, en realidad, ha escrito millones y millones de libros, todos ellos diferentes entre sí y todos ellos de una insuperable perfección.

Es más, considerando que todos los seres vivos se relacionan entre sí formando complejos e intrincados ecosistemas, deberíamos decir que el azar no se ha limitado sólo a escribir todos estos libros, sino que, en realidad, ha creado una enorme biblioteca de obras maestras donde cada uno de los libros, ya de por sí extraordinarios, se complementa con todos los demás con una misma e idéntica perfección. O incluso, dada la multiplicidad de ecosistemas existentes, deberíamos hablar más bien de toda una compleja red de bibliotecas perfectamente interconectadas entre sí.

Dentro de esta prodigiosa, soberbia y colosal red de bibliotecas que es la vida podemos encontrar libros de todo tipo, con instrucciones detalladas y precisas para el desarrollo de casi cualquier forma de vida que podamos imaginar. Hay, por ejemplo, gruesos y pesados volúmenes cuyas páginas describen modos de existencia tan concretos y especializados que casi nos resultan imposibles de concebir. Hay enormes e interminables estanterías, sin límites aparentes, en donde se recoge todo el conocimiento necesario para sobrevivir en cualquier medio físico existente, ya sea terrestre, subterráneo, acuático o aéreo. Hay también amplias secciones, ocultas por entretejidas sombras, que nos narran los ambientes y las formas de vida propias de un pasado remoto, ya inexistente. Y muchos otros pasillos, todavía inaccesibles, presentan multitud de espacios vacíos destinados a especies futuras que sin duda han de llegar. Pero además, por todas partes encontramos libros que aparecen de repente, otros que se dividen en dos o más volúmenes y aún otros que, al apartar la vista por un instante, parecen desvanecerse en el aire sin dejar el menor rastro.

Al intentar recorrer este fantástico e interminable laberinto creado lenta y pacientemente por la evolución, es fácil adentrarnos a cada momento, sin darnos cuenta, en el interior de profundos e inquietantes abismos, recorrer extensas e interminables llanuras o elevarnos, de repente, sobre altas y vertiginosas cumbres. A cada instante nos enfrentamos con una infinidad de pasillos que se bifurcan y que convergen sobre sí mismos, que se multiplican y que se extinguen, que se iluminan y que se ocultan en la oscuridad, que se ensanchan y que se estrechan simultáneamente, que avanzan y que retroceden al mismo tiempo para llegar a un mismo y único lugar que se repite innumerables veces. Y por si todo esto no fuese ya lo suficientemente vertiginoso y desconcertante, lo más increíble es que todos los volúmenes existentes, siempre de una perfección inimaginable, están siendo continuamente reescritos y mejorados a cada instante.

Para realizar esta inconcebible y titánica labor sabemos ahora que el azar no ha necesitado un tiempo infinito. Se piensa que quizás haya empleado unos pocos miles de millones de años. Aunque, para la limitada capacidad de comprensión de nuestra mente, dicho periodo de tiempo es ciertamente tan inimaginable como puede ser la propia idea de infinito. O incluso la idea de una infinita sucesión de tiempos infinitos.

En este extenso y dilatado periodo, el tiempo ha conseguido que lo infinitamente improbable ocurra y que, además, sea una inevitable realidad. Le ha bastado su inconmensurable dimensión para lograr crear fácilmente un mundo de la más extraordinaria complejidad, de la más inimaginable perfección y de la más inconcebible belleza. Un mundo en el que cada ser vivo es en sí mismo una obra maestra, creada siempre por el más puro azar y modelada luego delicadamente, en un largo y laborioso proceso, por la evolución.

Todos los seres vivos somos, por tanto, una inevitable consecuencia del azar. Todos nosotros somos hijos de lo infinitamente improbable. Todos nosotros somos, en definitiva, el necesario resultado de la siempre inexorable y triunfante infinitud del tiempo.

Siendo así, no nos corresponde ahora deslucir esta titánica labor. Y mucho menos destruir nada de lo escrito durante un tiempo que es, en su misma esencia, pero mucho más para nosotros, absoluta e incomparablemente infinito.


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