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23/6/23

El horror de la mente ante el vacío


Los doce leones que custodian la famosa fuente de la Alhambra de Granada miran atentamente en todas las direcciones. A su alrededor, las viejas paredes del patio, recubiertas hasta la extenuación por todo tipo de complejas ornamentaciones, se extienden ante ellos sin dejar en su superficie ni un solo espacio en blanco, sin ceder el más mínimo resquicio al vacío. En realidad, los profusos y delirantes adornos del patio constituyen un ejemplo paradigmático de un tipo de decoración, frecuente en el arte andalusí, dominado por el horror vacui, el miedo al vacío, que llevaba a los artistas a no dejar en su obra ni un solo espacio, por mínimo que fuese, sin rellenar.

Para los doce leones no hay, por tanto, ni un solo espacio en blanco en que poder reposar su calma y sosegada mirada, ni un solo rincón donde acomodar su fantasiosa y ensoñadora imaginación, ni un solo retazo de piedra lisa y pulida en que dar forma a sus aletargados pensamientos y sensaciones. Aunque quizás, a pesar de todo, no necesiten nada de todo esto. Puede que incluso se sientan cómodos ante la visión de una tan exuberante y recargada complejidad.

Porque, en realidad, las impresiones recogidas por la mirada de los leones también acabarán por adornarse y revestirse, inevitablemente, de una extrema complejidad. Sin ser conscientes de ello, su mirada, tal como todos sus otros sentidos, sufren el mismo horror al vacío que dominaba a los artistas que crearon las arrebatadoras paredes del patio. Y esto es algo que no sólo les ocurre a los viejos leones, sino que nos ocurre también a todos nosotros y a todos nuestros sentidos.

Cuando un estímulo sensorial, siempre inevitablemente limitado, llega a nuestra mente, ésta de inmediato se encarga de completarlo con toda aquella información que de alguna forma entiende que le falta, con toda una serie de datos que, en realidad, no nos aportan los sentidos. Y es precisamente gracias a ello que, a partir de un simple estímulo, acaba por formarse en nosotros la ilusión de una impresión sensorial plena y acabada. Allí donde nuestros ojos apenas detectan el borde de una silueta, nuestra mente nos revela una figura y un objeto entero y al completo. Allí donde el oído recoge un determinado sonido estridente y agudo, sentimos el estallido de una pieza de vidrio al caer contra el suelo. Allí donde olemos un cierto aroma acre e intenso, nos alertamos al instante ante la presencia del fuego. Allí donde nuestras manos acarician las formas de un objeto conocido, sentimos las proporciones e incluso los colores que, en realidad, es nuestra memoria quien nos desvela.

Los más simples y limitados estímulos acaban siempre por ser completados por nuestra mente de forma precisa y eficaz para crear las impresiones sensoriales plenas que todos conocemos. Y para conseguirlo la mente no duda en añadir todo aquello que espera encontrar y a lo que está habituada, todo aquello que, en definitiva, le dicta de alguna forma la memoria y la experiencia previa. Es por ello que, en aquellos raros casos en que los estímulos no se corresponden con nada de lo que hayamos visto, oído o percibido anteriormente, nos sentimos de repente confusos y perdidos, como si nuestros sentidos no nos proporcionasen la más mínima información, como si incluso nos estuviesen traicionando. Ante esta situación, no nos queda otro remedio que esforzarnos en prestar la máxima atención a dicho estímulo e intentar crear, a partir de él, una nueva sensación o memoria en nuestra mente.

Esta capacidad de crear impresiones plenas a partir de unos pocos estímulos sensoriales constituye para nosotros, en realidad, una auténtica e imperiosa necesidad. Nunca podríamos realizar nuestras más simples y habituales actividades si tuviésemos que dedicar una atención completa y exhaustiva a todo nuestro entorno, si tuviésemos que aplicar al máximo nuestros sentidos a todo lo que está a nuestro alrededor, procesando a cada momento toda aquella información que son capaces o no de recoger. Por una simple cuestión de economía de la información, de racionalidad, nos movemos por el mundo utilizando la mínima cantidad posible de estímulos e impresiones. Nos limitamos, por tanto, a recoger del exterior el menor número posible de estímulos sensoriales que nos permita crear en nuestra mente una impresión sensorial plena que sea correcta, coherente y ajustada a la realidad. Todo el resto de información nos resulta superfluo y recogerlo sólo entorpecería o dificultaría nuestras acciones.

Sin embargo, aunque en general necesitemos pocos estímulos para crear una impresión plena, no en todos los casos llegamos a conseguir ese mínimo imprescindible. En ese caso, ¿qué hace nuestra mente para rellenar y completar unos estímulos que son claramente insuficientes? ¿Qué hace, por ejemplo, cuando miramos una hoja en blanco? O por el contrario, ¿qué ocurre cuando hay muchos y abundantes estímulos pero nuestra mente no es capaz de interpretarlos? ¿Qué hace, por ejemplo, si la hoja que miramos no está en blanco, sino que tiene un texto escrito en un lenguaje completamente desconocido? La verdad es que nuestra mente, por más que se esfuerce, por más vueltas que le dé, no es capaz de rellenar un espacio que esté en blanco ni de interpretar unos estímulos sin ningún significado aparente.

Siendo así, ante una situación de amenaza o peligro, ¿cómo nos sentiríamos si de repente nos encontrásemos inmersos en un espacio en blanco, sin nada a nuestro alrededor? ¿O en la más absoluta oscuridad y el más completo silencio? ¿O cómo nos sentiríamos en medio de un espacio abigarrado y ensordecedor, lleno de abundantes estímulos completamente indescifrables e imposibles de interpretar? ¿Qué haría nuestra mente, en una situación de peligro, para rellenar de información el más arrebatador vacío o el más absoluto desconcierto? ¿Cómo se enfrentaría al desespero o incluso al delirio de no encontrar, por más que se esforzase, ningún recuerdo o experiencia útil que pudiese aplicar para dar forma a una realidad sin sentido? ¿Cómo reaccionaría nuestra mente sometida al más intenso y desbordante horror vacui?

Aunque lo cierto es que, ya sea confundidos por la incapacidad de los sentidos o, muy especialmente, de las ideas, no hace falta que nos encontremos en una situación de peligro para caer en esa misma desesperación. Basta, en general, con que nos enfrentemos a un hecho angustioso que nunca antes hayamos vivido. O que nos deparemos con un suceso que, mereciendo nuestra más absoluta y obsesiva atención, no seamos capaces de comprender en modo alguno, por más que nos esforcemos en ello.

En este tipo de situaciones, incapaz de hallar una solución, nuestra mente intenta desesperadamente encontrar un camino de escape. Trata de buscar cualquier cosa que le permita de alguna forma rellenar ese espacio vacío o sin significado que nos amenaza. Y para ello no duda en utilizar cualquier información previa que le parezca mínimamente semejante o incluso simplemente aceptable con tal de poder generar una confortable ilusión de entendimiento.

En ese camino de huida, arrastrados por una vorágine de ilusión, engaño y complacencia, somos a veces capaces de llegar a límites extremos. Sin darnos cuenta, fácilmente podemos caer en las supersticiones, en las creencias, en las fantasías, en los rituales, en las mitologías o en los hechizos. Incluso, en los peores casos, en las mentiras colectivas y multitudinarias, con la obediencia ciega a las religiones y sus sacerdotes. En esa huida desesperada, cualquier cosa sirve a la mente para rellenar el vacío generado por el desconocimiento o la falta de comprensión. Y no importa si ese contenido es evidentemente falso o incluso, en ocasiones, contradictorio con todo aquello que sabemos y conocemos hasta ese momento. La única urgencia es aplacar el sobrecogedor horror al vacío que invade la mente.

Pero, como es evidente, todas estas falsedades a menudo tienen unos costes muy elevados. Con frecuencia se vuelven contra nosotros y nos perjudican, con consecuencias mucho peores que el desconcierto que, en apariencia, consiguieron solucionar. Porque aunque no entendamos cuál es exactamente la realidad que nos rodea, ésta desde luego existe y no es, desde luego, aquella que construye nuestra mente en base a cómodas falsedades. Ni estas mismas falsedades nos indican tampoco, en la mayoría de casos, el mejor camino a seguir.

Las mentiras creadas por nuestra mente pueden incluso llegar a apoderarse de nosotros. Entre otras razones porque, mientras las seguimos y las damos como válidas, nos esforzamos muy poco o incluso nada en absoluto en averiguar cuál es la verdad. Y luego, pasado el tiempo, cuando esa verdad se abre paso hasta nosotros, no la vemos llegar como una liberadora de nuestros miedos, sino, por el contrario, como una enemiga hostil que viene a derribar el entramado de mentiras que nos reconfortan. En esos momentos, por desgracia, el inevitable impulso de nuestra mente consiste en cerrar la puerta a la verdad, en quedarse atrapada voluntariamente en su agradable e ilusoria mentira.

Sin embargo, la verdad acaba siempre por imponerse y las falsedades en algún momento terminan por derrumbarse y quedar atrás. Vemos esto, por ejemplo, al analizar la historia del conocimiento humano. Nuestra comprensión del mundo ha ido aumentando con el tiempo y, en consecuencia, todas nuestras cómodas creencias y supersticiones del pasado han ido cayendo, desapareciendo una tras otra, para quedar definitivamente enterradas en el olvido. Muchos de los enormes e insondables espacios vacíos que antes nos angustiaban se nos muestran ahora llenos de conocimiento, rebosantes de un contenido veraz y comprensible que deja poco lugar al engaño y la falsedad.

No obstante, también es cierto que a medida que nuestro conocimiento del mundo aumenta también crecen sus fronteras y, por tanto, cada vez nos encontramos ante nuevas y mayores extensiones de territorio desconocido, de vacío absoluto. Cada vez somos más conscientes, por ejemplo, de la infinitud del universo, de la inmensidad de astros, estrellas y galaxias, cuyas dimensiones y edad exceden con creces cualquier escala puramente humana. Y nuestro asombro y desesperación se hacen cada vez mayores al intuir que, atrapados en nuestra insignificancia, nunca podremos llegar a dar respuesta a la mayoría de cuestiones que nos plantean.

Así, ante una naturaleza que se nos revela cada vez más en toda su desbordante y absoluta inmensidad, ante un universo que sabemos que supera y superará siempre nuestro poder de entendimiento, somos conscientes de que nuestro horror al vacío adquirirá, sin remedio, unas dimensiones descomunales e infinitas. Por mucho que avancemos en el conocimiento, la inmensidad de la naturaleza siempre sacudirá nuestra insignificante mente con un vértigo y un vacío inconmensurables.

Sabemos, por tanto, que una y otra vez nuestra mente intentará llenar ese inmenso vacío con una falsedad cualquiera, con una creencia irracional e indemostrable, con una superstición absurda y más o menos ingeniosa. Y sabemos que con ello obtendremos seguramente una agradable y placentera sensación de paz y sosiego. No obstante, también somos conscientes de que la mentira, a pesar de calmar nuestra mente, no nos hará ni más sabios, ni más libres, ni mejores. Y que fácilmente podrá apoderarse de nosotros o incluso corromper las verdades que ya conocemos y que nos ayudan a enfrentar la realidad. Nuestra única opción, por tanto, nuestra única oportunidad, en último término, de supervivencia, consistirá en resistirnos a esa inevitable tendencia, en huir siempre de cualquier engañosa y reconfortante falsedad.

La única solución que tenemos será aceptar el horror al vacío, convivir con él, mantener la paz de nuestra mente incluso en medio del más insoportable espacio en blanco o de la más aterradora confusión. En cierto modo, nuestra actitud debería imitar la de aquellos exploradores, avezados, temerarios o simplemente dementes, que se enfrentan por propia voluntad a los límites más extremos del mundo físico. Deberíamos adoptar la misma actitud de quienes, por ejemplo, se sumergen en las profundidades del océano para observar su negro y frío lecho, de quienes penosamente atraviesan a pie las blancas y gélidas regiones polares, de quienes sobrevuelan las mayores alturas en una pequeña y frágil aeronave o de quienes, sometiendo tenazmente su voluntad, atraviesan con determinación el más abrasador, mortífero y cegador desierto.

Quienes resisten estas terribles pruebas aprenden, por fuerza, a vencer y superar el horror al vacío. Atrapados en la más absoluta inmensidad, consiguen seguir siempre adelante sin caer nunca en la desesperación, sin ceder en ningún momento a la tentación de substituir el aterrador vacío que les rodea por el falso consuelo de unos caminos imaginarios que no existen y que, al final, les llevarían directamente a la perdición y la muerte. Del mismo modo, nuestra mente debería aprender a no dejarse perturbar por el horror. Debería fluir siempre serena, tal como el agua de una vieja, acogedora y plácida fuente…

Como todos los días, amanece en el cielo de la Alhambra. En su eterno y tranquilo patio, los leones, que hasta ese momento dormían sosegadamente, van abriendo lentamente sus ojos para enfrentarse a unas paredes dominadas aún por el peso de la oscuridad y las sombras. Poco después, con un débil y silencioso suspiro, alzan su mirada hacia arriba, hacia el nuevo y resplandeciente firmamento. En el creciente azul del cielo sus tranquilos ojos distinguen, sin ningún esfuerzo, la más inmensa e infinita dimensión del vacío. Y ese desmedido vacío les parece que únicamente hace con que las complejas y desbordantes decoraciones que llenan las paredes del patio resulten, si cabe, más bellas y agradables, más cálidas, delicadas y susurrantes, más ligeras y volátiles. Es en ese preciso instante cuando los leones cierran de nuevo los ojos y escuchan atentamente cómo el agua sigue fluyendo, lenta y pausadamente, a través de la vieja fuente, desafiando la infinitud del tiempo y el paso indolente de todos los siglos precedentes y venideros. Y lo que los viejos leones sienten entonces, aquello que alienta su sobrio y comedido espíritu, no es en modo alguno el horror, sino simplemente el suave e imperecedero murmullo del agua y la cálida paz de la piedra antigua.


12/7/19

La lucha entre el buen salvaje y el científico loco


Todos nosotros leemos o escuchamos noticias a diario, pues nos gusta estar informados de todo cuanto ocurre a nuestro alrededor, especialmente de todo aquello que pueda de alguna forma afectar a nuestras vidas. Y al hacerlo mostramos nuestra preferencia por unos determinados medios de comunicación que, de forma más o menos consciente, seleccionamos porque consideramos que son más fiables o adecuados para que nos transmitan esas noticias que nos interesan o que simplemente consumimos.

Esta labor de analizar, comparar y finalmente seleccionar nuestras fuentes de información es algo que realmente tiene gran importancia para nosotros, pues ni todas las fuentes son iguales, ni tienen todas el mismo valor, ni merecen todas la misma confianza. Somos bien conscientes de que, con demasiada frecuencia, determinados medios de comunicación recogen noticias falsas, dan pábulo a rumores infundados, tergiversan torpemente los hechos o, simplemente, se inventan historias fantasiosas con inconfesables propósitos comerciales o de cualquier otro tipo.

Es por tanto evidente que todo tipo de verdades, de medias verdades, de falsedades o de simples mentiras crecen, se multiplican y se atropellan cada día tumultuosamente a nuestro alrededor. Y para sobrevivir en medio de esta vorágine, para llegar a vislumbrar al menos una parte de la verdad de las cosas, tenemos que aprender a lidiar con todas ellas. Para empezar, evaluando continuamente la veracidad de la información que nos llega y quién nos la transmite.

Así, no pasará mucho tiempo antes de que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿en quién debemos confiar más, en una persona que nos dice siempre veinte verdades sobre cualquier tema o en una persona que nos dice tan solo cinco verdades?

Parece lógico que escojamos siempre la primera, que escojamos a quien nos proporciona una mayor cantidad de información y además conforme a la realidad de los hechos. Sin embargo, ¿qué ocurriría si la persona que nos dice veinte verdades nos dice siempre también, al mismo tiempo, veinte mentiras? ¿Y si la persona que nos dice sólo cinco verdades, en cambio, no nos dice nunca ninguna mentira? Si así fuese, ¿en quién deberíamos realmente confiar más? Parece ahora evidente que deberíamos confiar más en la segunda persona, pues no nos miente nunca, mientras que la primera nos miente la mitad de las veces.

Considerando la información que recibimos y cómo la recibimos, deberemos aceptar una máxima o principio básico. Deberemos aceptar que nuestro conocimiento no es la suma de la información que recibimos, sino que es el resultado de un simple cómputo matemático. Nuestro conocimiento es, en realidad, la suma de las verdades que adquirimos menos la suma de las mentiras que erróneamente aceptamos.

La suma de las informaciones verdaderas menos la suma de las informaciones falsas es la que nos da la auténtica medida de nuestro nivel de conocimiento. Es cierto que, de forma algo ingenua, podríamos pensar inicialmente que, para ser más sabios, nuestro mayor interés consiste en saber el mayor número posible de cosas, en tener un conjunto de informaciones lo más amplio y extenso posible, en convertirnos en un vasta enciclopedia de hechos y sucesos.

Pero esto no es así. No nos basta con tener mucha información. Nos interesa también, al mismo tiempo, que entre las informaciones que adquirimos y aceptamos como verdaderas haya el menor número posible de mentiras. Y sabiendo que existen pequeñas y grandes verdades tanto como pequeñas y grandes mentiras, concluiremos que tener más y mejor conocimiento consiste, en realidad, en adquirir un mayor número de grandes verdades y un menor número de grandes mentiras.

El cómputo entre verdades y mentiras nos permite, por ejemplo, comprender por qué vivimos en un mundo que tiene cada vez más conocimiento científico y técnico y, al mismo tiempo, paradójicamente, en un mundo que tiene cada vez peores condiciones de vida, al menos para la mayor parte de sus habitantes, o que se enfrenta a catástrofes ambientales y ecológicas de una gravedad extrema y sin precedentes.

Parece como si, en realidad, el mundo avanzase en sentido opuesto al que debería dictar el enorme progreso existente en el conocimiento científico. Pero esto no nos debe resultar extraño si recurrimos a nuestro cómputo de conocimiento. No cabe duda que nuestras sociedades modernas están desbordantes de nuevos y deslumbrantes descubrimientos, pero al mismo tiempo, por desgracia, están aún dominadas por enormes y terribles mentiras que se agarran a nuestro pensamiento y que, parasitándolo, nos impiden avanzar.

Víctimas, a nuestro pesar, de un enorme conjunto de ideas antiguas, desfasadas y, sobre todo, falsas, cada nuevo descubrimiento parece, en realidad, destinado únicamente a potenciar y aumentar los efectos de las ideas trasnochadas que dominan nuestras mentes. Cada nuevo avance se pone inevitablemente al servicio de las antiguas y grandes mentiras, sin ser nunca capaz de vencer o de escapar a su pesado lastre, siempre cada vez más pesado. Baste citar, como ejemplo paradigmático, la rapidez con que el descubrimiento de la física nuclear se aplicó en algo tan primitivo como la guerra y con consecuencias tan devastadoras para la propia humanidad.

Utilizando el cómputo de verdades y mentiras podemos también comprender fácilmente el mito del buen salvaje, el mito del individuo primitivo sin casi ningún conocimiento pero, al mismo tiempo, sin ningún rastro de maldad. El buen salvaje es, en realidad, un individuo ingenuo que conoce unas pocas verdades y ninguna mentira, ya que en ningún momento ha sido corrompido por nuestra sociedad. Así, a pesar de tener poca experiencia y un escaso volumen de información, el cómputo de su conocimiento es siempre enormemente positivo.

Y podemos igualmente comprender el mito del científico loco, el mito del individuo poseedor de un portentoso conocimiento y una erudición sin límites pero que, al mismo tiempo, se halla completamente dominado por la maldad, pues ha sido corrompido por las más grandes mentiras y vicios de nuestra sociedad. Así, a pesar de poseer un vasto y admirable volumen de información, el cómputo de conocimiento del científico loco es siempre tremendamente negativo.

Evidentemente, podemos rehuir del modelo simplista creado por estos dos ejemplos tan extremos. Podemos pensar, por ejemplo, en la existencia de un científico benévolo, guiado únicamente por la verdad, que se revela continua y corajosamente contra toda maldad, mentira o superstición propia de nuestra sociedad. Y podemos pensar también en que no sólo existen buenos salvajes, sino que también puede haber salvajes malvados o perversos, dominados por unas pocas pero abominables mentiras. En resumen, podemos concluir que, independientemente del mayor o menor volumen de información que posea una persona, el cómputo de sus ideas tanto puede ser, en cada caso, de signo positivo como negativo.

Sin embargo, si analizamos con detenimiento la realidad de nuestras sociedades modernas podemos concluir, no sin cierto pesar, que parecen caracterizarse por lo peor de los dos mitos, de estos dos extremos. Nuestras sociedades podrían quizás definirse como un bando de científicos locos y suicidas guiando tras de sí a una horda descerebrada de bárbaros salvajes.

No cabe duda de que el volumen de conocimiento de nuestra sociedad moderna es muy elevado, cada vez mayor. Pero al mismo tiempo, el cómputo, la relación entre la suma de las verdades y las mentiras, parecer ser terriblemente negativo.


27/2/15

Las múltiples formas de la mentira.

Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, fue un militar y aventurero del siglo XVIII que quedó conocido para el mundo como uno de los más fabulosos e imaginativos mentirosos de toda la historia. Aunque para ser justos, debemos decir que buena parte de esa mala fama se debe a las obras literarias que, con todo tipo de exageraciones, se escribieron posteriormente narrando sus aventuras.

Entre las increíbles aventuras atribuidas así al barón de Münchhausen se cuenta volar sobre una bala de cañón de un lado a otro del campo de batalla, viajar hasta la Luna trepando por el tallo de un guisante o llevado por el viento, evitar morir ahogado en un pantano tirando con la mano de su propia coleta, pernoctar en un pueblo sepultado cada noche por la nieve hasta lo alto del campanario, visitar la morada de Vulcano en el interior del volcán Etna, o cabalgar sobre un caballo al cual le habían cortado la mitad posterior del cuerpo, que luego encontró y cosió a la parte anterior.

En nuestros días cualquier persona, incluso la más ingenua, entendería fácilmente que todas estas historias son completamente falsas, nada más que simples y fantasiosas mentiras. Sin embargo, ¿estaremos cualquiera de nosotros en condiciones de afirmar que nunca hemos sido engañados por una historia de apariencia mucho más verosímil pero, en realidad, igualmente falsa? ¿O que nunca hemos contado entonces esa misma historia a otra persona pensando que con ello transmitíamos una información veraz? ¿No habremos, por tanto, mentido también nosotros mismos muchas veces como consecuencia de haber caído en las insidiosas y sutiles redes de la mentira?

Se suele bromear diciendo que existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las medias verdades y las estadísticas. Pero en realidad existen muchos más. Muchas mentiras las practicamos inconscientemente, sin darnos cuenta. De otras somos incapaces de escapar, por mucho que nos esforcemos. Y otras, para nuestra desgracia, se convierten a veces en nuestra propia forma de vida. De entre todos estos tipos de mentiras existentes podemos ciertamente destacar algunos.

Existe la mentira intencionada, sin duda la más genuina de todas las mentiras, que consiste en inventar una información falsa con el propósito de engañar a los otros y sacar con ello algún provecho.

Existe la mentira incierta, que se debe simplemente a una mala percepción de la realidad. Por ejemplo, cuando antiguamente se afirmaba que el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra se incurría en una falsedad debido al desconocimiento y la mala percepción que existía sobre el movimiento de los astros. En aquella época, sin ser capaces de comprender por qué, todos mentían. Y no obstante, tan fuerte llegó a ser esta mentira que acabó por condenar a quienes, como Galileo, intentaron defender la verdad.

Existe la mentira tradicional, que consiste en el mantenimiento acrítico de una idea errónea a lo largo del tiempo. Se trata de mentiras que se mantienen, de generación en generación, debido a la falta de interés, de libertad o de capacidad intelectual de los individuos para librarse de ellas. Buen ejemplo de este tipo de mentira son las religiones, cuyo fantasioso y enrevesado conjunto de falsedades se transmite ciegamente, como un dogma incuestionable, de una generación a otra. Se miente así por pura pereza o desidia de cuestionar las viejas ideas recibidas. Y estas mentiras llegan también muchas veces a ser tan fuertes como para condenar a la marginación, al destierro o incluso a la tortura y la muerte a quienes pretenden rebatirlas.

Existe la mentira transmitida, que consiste en vehicular de buena fe, con un criticismo ciertamente insuficiente, algo que se toma por verdadero pero que en realidad no lo es. Supone haber siempre un engaño previo, ya sea intencionado o no. Y la persona que lo transmite es así al mismo tiempo engañador y engañado. Ejemplo frecuente de este tipo de mentira es la información dada por los medios de comunicación. Cada vez con menos recursos para verificar las noticias, debilitados en su función o simplemente manipulados de forma descarada, los medios de comunicación transmiten con frecuencia enormes mentiras que luego pasan a su vez de unas personas a otras como si fuesen fieles verdades.

En resumen, analizando todos estos tipos de mentiras llegamos fácilmente a la conclusión de que para decir la verdad no basta con ser sincero. Si interpretamos erróneamente un hecho, si aceptamos acríticamente una mentira, si transmitimos una información que es falsa, estaremos mintiendo. Y no importa entonces si somos sinceros o no, si llegamos a creernos la mentira o si nos mentimos a nosotros mismos. Lo único importante será que estaremos mintiendo a quien confía en nosotros.

Resulta evidente, por tanto, que sólo existe un arma posible para evitar y para defenderse de la mentira: el conocimiento. Sólo gracias al conocimiento conseguimos discernir entre la verdad y la mentira. Sólo gracias a él conseguimos reconocer la falsedad de una mentira inventada, conseguimos interpretar correctamente la verdad de los hechos, conseguimos ser críticos en relación a las falsedades con las que vivimos o conseguimos detectar el engaño en la información que recibimos.

Sin conocimiento, hundidos en la ignorancia, estaremos inevitablemente condenados a ser personas tan mentirosas como el propio barón de Münchhausen. Sin conocimiento, nos convertimos de forma involuntaria en unos tremendos y malditos mentirosos.


5/2/14

Los falsos caminos de la libertad.


Todo el mundo ansía por la libertad y está dispuesto a luchar, o incluso a morir, por ella. Pero ¿qué es exactamente la libertad? ¿O cuál es el tipo de libertad que deseamos? Son muchas las definiciones que existen de libertad y también son muchas las formas en que sentimos su presencia o su ausencia. E incluso, a veces, lo que es sentido por algunas personas como libertad no pasa, para otras, de una simple y penosa forma de esclavitud. Así, ¿qué debemos entender entonces por libertad?

En general, podemos definir la libertad como la ausencia de obstáculos, levantados o ejercidos por otras personas, que nos impidan buscar o alcanzar nuestra propia felicidad. Así, diremos que nos falta la libertad cuando alguien consigue dificultar o impedirnos la realización ya sea de nuestra voluntad, de nuestros actos o de nuestros pensamientos. Y como ciertamente son muchos y de muy diferente tipo los obstáculos que se pueden levantar contra nosotros, deberemos definir varios tipos o grados de libertad.

Podremos, no obstante, decir que son tres los tipos más básicos de libertad e incluso podremos tratar de describirlos recurriendo a un simple ejemplo. Para ello nos bastará imaginar que nos encontramos en una encrucijada. Ante nosotros se abren tres diferentes caminos y tres posibles opciones. Pero sólo uno de ellos nos conducirá a nuestra felicidad, representada aquí por nuestra casa y nuestra familia. Los otros dos caminos nos alejarán de ellas, conduciéndonos por oscuros parajes y condenándonos a una vida llena de desgracia y falta de esperanza.

1) La encrucijada. En un primer momento intentamos acercarnos a la encrucijada, pero comprobamos entonces que unas fuertes cadenas de hierro nos prenden al suelo de la senda por la que acabamos de llegar, impidiéndonos cualquier avance. No podemos llegar a escoger ninguno de los tres caminos porque ni siquiera tenemos la posibilidad de hacerlo. Nos falta la libertad más básica: la libertad de acción.

Cuando finalmente consigamos romper esas cadenas seremos libres de actuar. Pero al realizar cualquier acción estaremos lógicamente sometidos a las reglas de la ética. Así, si actuamos para nuestro bien y para el bien de los otros estaremos actuando verdaderamente en libertad. Pero si, por el contrario, actuamos para nuestro mal o para el mal de los otros estaremos cayendo en uno de los dos precipicios que se abren a nuestros lados: respectivamente, el vicio y el libertinaje.

2) Derecha. Libres ya de nuestras cadenas y a salvo de caer en estos precipicios, observamos el camino de la derecha. Junto a él, una señal de grandes dimensiones nos indica que este es el camino correcto para llegar a nuestra casa. La señal nos invita a tomar esta dirección prometiéndonos con ello una rápida consecución de nuestra felicidad.

Pero desgraciadamente es mentira. Quien colocó la señal nos está engañando y, con ello, pone un obstáculo insalvable a nuestra felicidad. Iniciado el camino, rápidamente nos daremos cuenta de que nos hemos convertido en esclavos de quien colocó la señal. Y en verdad son muchas las personas que, en la actualidad, se encuentran esclavizadas por haber seguido este camino. Son muchas las personas privadas de libertad, condenadas a una vida sin esperanza, por haber decidido seguir el camino indicado por las diversas formas de la mentira, como son los medios de comunicación totalitarios, las religiones, los gobiernos tiránicos, las tradiciones oprobiosas o, simplemente, la promesa de los vendedores de falsas esperanzas. Librarse de este tipo de engaño es ganar una libertad auténtica y fundamental: la libertad de elección.

3) Centro. Evitado el engaño, pisando ya firmemente el terreno de la verdad, nos queda elegir entre los otros dos caminos. Y probablemente escogeremos el del centro, pues en un primer momento nos parece más llano y prometedor. Pero por desgracia es la opción equivocada. Si hubiésemos sabido ver, por ejemplo, que los árboles que bordean este camino son robles y no castaños, tal como lo son aquellos que bordean el camino de la izquierda y también los bosques que envuelven nuestra casa, no nos habríamos equivocado de camino. Hemos sido víctimas por tanto de nuestra propia ignorancia.

Pero no seríamos tan ignorantes si hubiésemos recibido una buena instrucción durante nuestra infancia y nuestra juventud. Y no hay duda de que quien impide la existencia de escuelas y de un buen sistema educativo está creando fuertes obstáculos para que las personas alcancen su propia felicidad. Contra menos instrucción exista, más fácilmente las personas estarán condenadas a escoger el camino equivocado y más fácilmente podrán ser esclavizadas. No será necesario engañarlas, pues serán ellas mismas las que se engañen. Bien por el contrario, contra más instrucción y cultura reciban las personas más libres serán, pues en definitiva es el conocimiento el que nos hace libres. Y así ganaremos el tipo más decisivo de libertad: la libertad de discernimiento.

4) Izquierda. Siendo libres para actuar, libres también de elegir por no ser apartados de la verdad y libres igualmente para, mediante el conocimiento, discernir entre el error y el acierto, elegimos finalmente el camino de la izquierda, el único que nos llevará hasta nuestra casa y hasta nuestra plena felicidad. Nadie nos está poniendo ahora obstáculos, por lo que podemos decir que somos definitivamente libres.

Pero, sin duda, en nuestro camino nos enfrentaremos a obstáculos materiales que, no habiendo sido creados por otras personas, harán con que podamos alcanzar o no la felicidad. La furia de una tormenta devastadora, la falta de agua o de comida o la abertura de un precipicio en medio de nuestra senda podrán acabar fácilmente con todas nuestras esperanzas. Y es que todos nosotros emprendemos continuamente caminos sin fin en la búsqueda incansable de nuestra felicidad. Y al recorrerlos, incluso dentro de la más pura libertad, nuestro rumbo siempre incierto acaba por convertirnos en esclavos de nuestro propio destino.

31/1/11

La ideología de la ciencia.


Existen en este mundo altos e infranqueables muros que nos es del todo imposible franquear. Ante ellos, nuestra única opción es dar media vuelta y volver, sombríos y cabizbajos, por el mismo lugar por donde hemos venido. Uno de esos altos muros es, sin lugar a dudas, la llamada verdad científica. Cuando nos confrontamos con ella, con aquello que es considerado como verdadero por la ciencia, comprendemos de inmediato que no tenemos nada que hacer, si no abandonar o desistir.

Sabemos que la verdad científica es siempre objetiva, clara, concisa, firme, impoluta, sin posibilidad de ser contaminada por cualquier tipo de ideas o de ideologías. Así, cualquier otro pensamiento discordante debe doblegarse y rendirse ante una verdad que se considera incuestionable, muy por encima del pensamiento de cualquier persona particular. Por ello, es común aceptarse, por ejemplo, que cualquier idea filosófica no pasa de simple palabrería al ser comparada con la ciencia y con sus sólidas verdades. Y esto porque, como se sabe, la ciencia, en su diáfana pureza intelectual, está siempre exenta de cualquier ideología o de cualquier pensamiento filosófico.

Pues bien, en realidad esto es completamente falso. Toda la ciencia, así como cualquier verdad por ella obtenida, se basa siempre en una ideología, en una ideología muy concreta y característica. Esta ideología, este conjunto riguroso y orgánico de ideas, es el llamado método científico. Y únicamente aquellos enunciados alcanzados por medio de este método, de estas ideas, son considerados por la ciencia como verdades científicas. Porque dicho método científico, forjado y elaborado por la filosofía del conocimiento, tiene como único propósito conducir al estudioso a un conocimiento siempre lo más próximo posible de la realidad.

Conviene aclarar que el método científico no es, en realidad, un único método, sino un conjunto de metodologías. Las ciencias experimentales como la física, la química o la biología, aquellas que más fácilmente se asocian al concepto popular de ciencia, utilizan una de sus variedades, el llamado método empírico-analítico. Dicho método combina procedimientos propios de otros dos métodos científicos más simples: la lógica y el empirismo. Así, para que un determinado enunciado pueda ser considerado por ellas como verdad científica, deberá satisfacer tanto las exigencias teóricas propias de la lógica como las exigencias experimentales que son propias del empirismo.

El empirismo determina que un mismo experimento, partiendo de unas mismas condiciones iniciales, deberá dar siempre el mismo resultado. Sin embargo, cuando se analizan realidades complejas, sujetas a una gran cantidad de factores y variables, esta regla acaba por ser relativizada. Pasa entonces a aceptarse como verdad empírica aquel enunciado en cuya experimentación el resultado se repite casi siempre. Y son complicados cálculos estadísticos los encargados precisamente de determinar si una cosa se repite o no casi siempre. Así, el método científico acaba por añadir al suyo elementos de otro método o procedimiento: la estadística.

Por ejemplo, es frecuente considerar como verdad científica un enunciado lógico que, al ser experimentado más de 30 veces, da casi siempre el mismo resultado y que, cuando que no lo da, lo hace con una probabilidad estadística inferior al 5%. Esta verdad científica, así definida, asumiendo en sí misma una determinada probabilidad de error, puede parecernos en principio algo decepcionante. Pero no por ello dejan de ser, objetivamente, la más razonable forma de alcanzar la verdad.

No cabe duda de que el método científico, particularmente su elaborado y complejo método empírico-analitico, constituye el mejor método filosófico posible para llegar al conocimiento de la realidad, para alcanzar la verdad objetiva. Sus exigentes procedimientos, su compleja y fundamentada ideología, nos permiten afirmar que la verdad científica será siempre superior a cualquier otra verdad obtenida por cualquier otro método.

Resulta, sin embargo, sorprendente la actitud arrogante de muchos científicos experimentales que afirman frecuentemente que la ciencia, aquella que practican, es superior a la filosofía o a cualquier tipo de ideas o ideologías. Ignoran por completo, o bien desprecian, el hecho de que su ciencia, así como todas sus verdades científicas, se basan en conceptos y en ideas filosóficas, en una concreta y arbitraria ideología… Y es precisamente en la grandeza de esa ideología que reside la enorme grandeza de la ciencia.


19/6/10

La incomprensible actitud de Pinocchio.


Pinocchio, el famoso muñeco de madera del cuento de Collodi (Carlo Lorenzini), veía crecer su nariz cada vez que decía una mentira. ¿Por qué entonces insistía en mentir una y otra vez? ¿Pensaba que haciéndolo evitaba tener un rostro demasiado vulgar, con un perfil excesivamente plano y anodino? ¿Tenía acaso la pretensión de llegar a todas partes antes que nadie? ¿O será, por el contrario, que Pinocchio tenía una percepción diferente, de carácter alternativo, de lo que era o no era verdad?

Hoy en día es bastante frecuente escuchar argumentos que cultivan el relativismo sobre lo que es la verdad, argumentos destinados a confundir o nublar el entendimiento. Porque lo cierto es que existe una única realidad y es, precisamente, dicha realidad la que determina lo que es o no verdad. Cualquier idea que se aproxime a la realidad deberá ser considerada como verdadera, mientras que cualquier idea que se aleje de la ella será evidentemente falsa. Y considerando diferentes ideas, unas más próximas que otras de la realidad, unas serán por ello más verdaderas y otras lo serán menos.

Existen ideas que se acercan a la realidad en un aspecto y no en otro, mientras que otras lo hacen justamente al contrario, siendo al mismo tiempo igualmente verdaderas e igualmente falsas. Y también hay ideas que, siendo verdaderas en un aspecto, están muy lejos de la realidad en otros, mientras que otras ideas, no estando cerca en ningún aspecto, tampoco están muy lejos en ninguno de ellos. Así, podemos decir que entre las ideas imperfectas existe la posibilidad de hacer todo tipo de comparaciones. Pero eso no debe confundirnos ni apartarnos de la necesaria búsqueda de la verdad, es decir, de aquellas ideas que se identifican perfecta y plenamente con la realidad.

El mecanismo lógico por el cual se va probando o arquitectando la veracidad de las ideas, ya sea en un aspecto particular o en todos ellos, es la discusión y el análisis. Si a través de ellos se demuestra que una idea, o una parte importante de ella, no es válida, esa idea pasa entonces a ser considerada una falsedad o una mentira. Y, por lógica, quien la defendió debería pasar a ser considerado como un falsario o un mentiroso.

Pero evidentemente esto no es así, ni mucho menos. La consideración que es dada al defensor de una idea que se revela como falsa dependerá siempre del carácter moral de esa persona. Al demostrarse la falsedad de una idea, debe permitirse siempre a quien la defendió que rectifique sus argumentos. Sólo en el caso de que, pese a la evidencia, continuase defendiendo los mismos argumentos falsos, esa persona debería ser considerada como mentirosa. Sólo entonces merecería que le creciese la nariz.

Pinocchio, a pesar de ser un muñeco de madera, no era tonto. Bien pronto comprendió cómo era el mundo en que se encontraba. Miró a su alrededor y vio a toda la gente, a la gente de carne y hueso, defender siempre, invariablemente, las mismas falsas ideas, sin retractarse jamás de ellas. Cierto es que, en medio de toda esa gente, había también unas pocas personas dedicadas al estudio y al conocimiento, esforzadas en demostrar la falsedad de las ideas comunes y en proponer otras más acordes con la realidad. Pero estos estudiosos eran siempre ignorados y despreciados por la mayoría. ¿Para qué iban a cambiar ahora de ideas, si las que tenían les habían servido siempre hasta ahora, ya fuese mucho, poco o nada?

Pinocchio, sintiendo gran admiración por aquellos pocos estudiosos, rompió su hucha y compró algunos de sus libros. Leyó con mucha atención e interés los tratados que demostraban, por ejemplo, que utilizar el petróleo de forma masiva alteraba el clima del planeta, que adoptar una economía basada en el lucro provocaba siempre una creciente injusticia social, que la práctica de una agricultura intensiva acababa por agotar la fertilidad del suelo, que destruir la naturaleza implicaba inevitablemente nuestra propia e impiedosa destrucción.

La verdad de aquellas ideas era evidente. Pero claro, él no podía defender esas nuevas ideas, por más próximas a la realidad que estuviesen. Él era un muñeco de madera y no podía correr riesgos. Si alguien se irritase con él, lo más seguro es que lo echasen al fuego. Pinocchio sabía muy bien que incluso personas de carne y hueso habían sido quemadas en el pasado por la misma razón. No, de nada sirve defender la verdad cuando de lo que se trata es de evitar ser devorado por las llamas.

Comprendiendo todo esto, Pinocchio comenzó a mentir. Mentía siempre y a todas horas. Tener una nariz en crecimiento no era en realidad un gran problema, pues incluso era vista como un símbolo de carácter y personalidad en su rudo perfil de muñeco de madera. Así fue como, a partir de entonces, Pinocchio prosperó en este mundo. Quién sabe si hoy en día no se habrá convertido en un ministro importante de cualquier país occidental. O quizás en un pedazo de leña.