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17/4/26

La grandiosa arquitectura de las células


Todos nosotros somos perfectamente capaces de reconocer gran parte de los más grandes y famosos monumentos del pasado. Si nos encontrásemos, de pronto, ante las majestuosas formas de las grandes pirámides de Egipto, ante la portentosa y descomunal Gran Muralla China, ante el egregio y soberbio Coliseo o ante cualquier otra de las magnas obras de la historia de la humanidad, sin duda sabríamos reconocer todas ellas al instante sin ningún tipo de problema.

Aunque, si lo pensamos más detenidamente, quizás esto no sea del todo verdad. En realidad, nuestra capacidad para reconocer todos estos monumentos dependerá mucho de la distancia a que los observemos. Si nos viésemos forzados, por ejemplo, a mirarlos muy de cerca, a menos de un palmo de distancia, difícilmente sabríamos reconocer o diferenciar ninguno de ellos. En ese caso únicamente conseguiríamos ver la superficie de las piedras de que están hechos, todas ellas muy semejantes y parecidas entre sí, prácticamente indistinguibles.

Esta simple reflexión, tan obvia como elemental, puede servirnos, no obstante, para hacer algunas consideraciones acerca de la naturaleza de estas construcciones y enumerar una serie de ideas al respecto. Primero, que todos los grandes monumentos de la antigüedad están hechos con los mismos elementos, es decir, con bloques de piedra. Segundo, que utilizando esos mismos bloques tanto podría haberse construido un determinado monumento como otro cualquiera. Tercero, que todos los monumentos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la forma en que han sido dispuestos sus elementos. Y cuarto, que para reconocer esa particular disposición que los caracteriza es necesario contemplarlos desde una cierta distancia, con una determinada perspectiva.

Lo cierto es que estas mismas ideas pueden servirnos también para reflexionar, pese a las lógicas diferencias, acerca de otro asunto muy diferente y mucho más complejo, como es la naturaleza de los seres vivos. Porque también en este caso podemos plantearnos unos enunciados muy semejantes a los anteriores, aunque aquí no se ajusten tanto a la realidad. Primero, que todos los seres vivos están formados por los mismos elementos, es decir, por células. Segundo, que unas mismas células tanto pueden dar lugar a un determinado ser vivo como a otro completamente diferente, aunque esto sólo en apariencia, pues en realidad las células nunca son iguales. Tercero, que todos los seres vivos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la distinta organización de sus células. Y cuarto, que es imprescindible una cierta perspectiva para conseguir ver y reconocer esa particular organización que caracteriza a cada uno de ellos.

Es evidente para todos nosotros que mirando a simple vista, es decir, a una distancia suficiente, no tenemos la menor dificultad en distinguir entre especies tan diversas y dispares como, por ejemplo, un roble, un caracol, un saltamontes, una golondrina o una ballena. Sin embargo, si por algún motivo tuviésemos que mirarlas muy de cerca, mucho más de cerca de lo que nos permiten nuestros ojos, algo que sólo conseguimos hacer con la ayuda de un microscopio, la situación sería del todo diferente. Porque a esa escala únicamente conseguiríamos ver sus elementos de construcción, es decir, sus células. Y todas ellas nos parecerían prácticamente iguales.

Aunque, a decir verdad, no son todas tan iguales. Un observador con los suficientes conocimientos podría distinguir fácilmente, a través del microscopio, entre células que perteneciesen a cada uno de los grandes grupos de seres vivos, pues éstas presentan en realidad diferencias bastante notables entre sí. Por ejemplo, la mayoría de seres unicelulares, como las bacterias, están formados por células de un tamaño muy pequeño y carentes de núcleo. Por el contrario, las células vegetales son mucho mayores y tienen un núcleo bien patente, además de poseer una rígida pared exterior y, por lo general, unos distintivos cloroplastos. Características estas últimas de que las células animales, por su parte, siendo muy parecidas a las anteriores, carecen por completo.

No obstante, si nos aproximásemos más a estas células, si consiguiésemos ver todo a una escala mucho menor que aquella que nos proporciona un microscopio, la situación nuevamente cambiaría por completo. En ese momento ya no veríamos ninguna célula, sino únicamente los elementos de construcción de que están hechas. Porque en realidad todas las células están formadas, a su vez, por grandes moléculas orgánicas, como las proteínas, los glúcidos o los ácidos nucleicos. Y todas estas moléculas, cada una dentro de su clase, son prácticamente indistinguibles entre sí, incluso cuando comparamos entre células pertenecientes a diferentes grupos de seres vivos.

Y aunque fuésemos entonces capaces de detectar pequeñas diferencias dentro de cada uno de estos tipos de moléculas, nos bastaría con descender a una escala aún menor, verlas aún más de cerca, para constatar que incluso esas diferencias también desaparecerían. Porque todas estas moléculas están formadas, a su vez, por otros elementos de construcción: todas las proteínas están formadas por aminoácidos, todos los glúcidos por monosacáridos y todos los ácidos nucleicos por nucleótidos. Y todas estas subunidades son, si cabe, aún más iguales e indistinguibles en todos los seres vivos. Por no hablar de que, si por algún motivo nos aventurásemos a ir a una escala aún menor, ya a un nivel inorgánico, veríamos que todas estas subunidades, en todos los tipos de moléculas, están formadas siempre por algunos, muy pocos, elementos químicos.

En resumen, cuanto más nos aproximamos, todos aquellos seres vivos que conocemos y que pensábamos que eran completamente diferentes más acaban por parecernos exactamente iguales, sin ninguna diferencia entre sí. Al acercarnos a ellos, todos los individuos se convierten en células prácticamente idénticas, todas las células en grandes moléculas aún más idénticas y todas las grandes moléculas en subunidades aún mucho más idénticas entre sí, ya completamente indistinguibles.

Está claro que nuestra escala de visión determina la forma y la configuración con que vemos a todos los seres vivos. Pero también determina inevitablemente la manera en la que interpretamos el mundo que nos rodea. Por ejemplo, a nuestra escala natural de visión contemplamos a nuestro alrededor un mundo, de apariencia finita, habitado por grandes seres vivos y en el que es siempre posible distinguir con claridad cada uno de los diferentes organismos que lo componen.

Sin embargo, gracias a los microscopios podemos contemplar otro mundo diferente, sin ningún parecido con el anterior. Aunque, como es evidente, ese mundo es exactamente el mismo, únicamente cambia la perspectiva desde la cual lo observamos. Y en ese mundo lo que vemos es un espacio, aparentemente sin límites, dominado por la presencia de ingentes cantidades de células, ya sean aisladas o formando enormes agregados. Pero si pudiésemos ver todo aún más de cerca, con algún instrumento mucho más preciso, observaríamos otro mundo todavía más diferente a los anteriores. Ante nosotros se extendería un espacio, de naturaleza indescriptible, dominado por inmensos y vibrantes océanos de grandes moléculas orgánicas, en los que sería casi imposible adivinar la existencia de las células que forman, nunca perceptibles a esa escala.

A medida que nos adentramos sucesivamente en estos mundos, podemos comprobar así que todos los seres vivos están constituidos, como ya hemos dicho, por los mismos elementos de construcción. Y lo cierto es que esto no tiene absolutamente nada de extraño o sorprendente, si consideramos que todos los seres vivos descienden de un único antecesor común, de aquello que podríamos considerar como la célula primordial o primigenia. Por tanto, como es lógico, todos ellos están formados necesariamente por los mismos componentes. Aunque la evolución haya hecho luego que éstos se hayan ido diversificando, diferenciando o incluso hayan sido sustituidos en parte.

Podemos con todo esto concluir que, de forma parecida a como sucede en los monumentos, con unos mismos elementos de construcción se puede hacer prácticamente cualquier ser vivo existente. Es decir, con un mismo conjunto de células, pero en mayor medida con un mismo conjunto de grandes moléculas orgánicas, pero en mucha mayor medida con un mismo conjunto de sus respectivas subunidades, se puede construir indistintamente cualquier tipo de ser vivo, ya sea un alga, una planta, un hongo o un animal. Y también, por supuesto, un ser humano como nosotros.

Porque lo único que nos distingue a nosotros de todos los otros seres vivos es la diferente disposición de nuestros prácticamente idénticos elementos de construcción. Y además, como ya ha quedado claro, esta disposición sólo se hace patente a una determinada distancia. Es decir, sólo existimos, en apariencia, a nuestra escala natural de visión, pues más de cerca nos parecería que en realidad no existimos, a no ser como una posible abstracción hecha a partir de nuestros múltiples componentes.

Parece claro entonces que, al menos, a nuestra escala de visión sí que somos capaces de diferenciarnos a nosotros mismos y a todas las especies que vemos a nuestro alrededor. Pero lo cierto es que, si lo pensamos bien, esto también acaba por ser sólo verdad en parte. Porque no podemos olvidar que todos los seres que vemos a simple vista son en realidad organismos sujetos a un complejo ciclo vital. Todos ellos comienzan en un principio por estar formados por una única célula. Y sólo tras pasar por sucesivos estados embrionarios alcanzan, al final, la forma adulta que nos resulta visible y fácilmente reconocible. Es decir, aunque pensemos ser capaces de distinguir, por ejemplo, entre una ballena y un ratón, lo cierto es que en las primeras fases de su ciclo vital somos absolutamente incapaces de diferenciarlos. Además de que, como es evidente, necesitaríamos la ayuda de un microscopio incluso para conseguir verlos.

También nosotros, aunque tendemos a olvidarnos de ello, desarrollamos ese mismo ciclo vital. Tras unas primeras fases unicelulares en las que recibimos el nombre de ovocito o de espermatocito y, más tarde, de gametos, nuestro ciclo vital propiamente dicho se inicia con la fusión de estos últimos para crear una única célula, llamada zigoto. Bajo esta forma, empezamos rápidamente a dividirnos y a diferenciar nuestras células para formar un embrión que, en sus sucesivas fases, va desarrollándose y aumentando continuamente de tamaño. Hasta que, al final de ese proceso, adquirimos la forma definitiva del organismo pluricelular, visible a simple vista, que todos conocemos y que tan fácil nos resulta de diferenciar.

Esto significa, por tanto, que a nuestra escala natural de visión sólo somos capaces de ver una reducida parte de nuestra propia existencia. Y precisamente por ello, el concepto que tenemos sobre nosotros mismos acaba siendo inevitablemente muy pobre, escaso e incompleto. Tal como, por otra parte, también lo sería si se diese el caso de que viésemos el mundo únicamente a una escala más pequeña, en la cual sólo alcanzásemos a ver las primeras etapas de nuestro desarrollo.

Hasta aquí hemos abordado lo que pasaría si observásemos todos los seres vivos mucho más de cerca, a una distancia cada vez menor. Pero también podríamos plantearnos exactamente lo contrario. Podríamos pensar en lo que pasaría, cambiando por completo de enfoque, si observásemos todo mucho más de lejos, si tratásemos de mirar todo a una distancia cada vez mayor.

Si estuviésemos, por ejemplo, en lo alto de la más grande montaña y mirásemos con atención hacia la llanura que se extiende a sus pies, seguramente nuestra visión del mundo cambiaría una vez más por completo. Porque desde allí, desde lo alto, no seríamos capaces de distinguir ninguna especie ni ningún individuo concreto. A lo sumo, con gran esfuerzo, podríamos divisar algunas manchas boscosas o quizás algunos bandos fugaces de animales.

A esa distancia, sin embargo, quizás empezaríamos a comprender lo que es realmente un ecosistema, un nivel de organización de la vida situado a una escala superior. Desde esa elevada altura, utilizando una escala de tiempo también diferente, posiblemente veríamos que toda esa extensa llanura está recubierta por una masa dinámica, vigorosa y cambiante de materia viva, de contornos no siempre bien definidos. Y entenderíamos entonces que los ecosistemas no son otra cosa que complejos organismos vivos formados por unos elementos de construcción, invisibles a esa distancia, que son los individuos y las especies a las que pertenecen.

Comprenderíamos, de este modo, que nuestra propia especie, como todas las otras, no es más que uno de esos muchos elementos que dan forma al ecosistema. Y, en consecuencia, que el exiguo concepto que tenemos de nosotros mismos, sobre lo que realmente somos, no se debe únicamente a que no conseguimos ver el mundo muy de cerca, sino también a que no conseguimos verlo mucho más de lejos.

Pero si nos fuésemos entonces más lejos, aún mucho más lejos, por ejemplo, hasta la luna, lo que desde allí conseguiríamos ver, en último término, sería la biosfera. A esa distancia quizás comprenderíamos finalmente que la biosfera es un único organismo, una única entidad, formada por unos elementos de construcción que son los ecosistemas. Y que nosotros, como individuos, somos sólo una parte ínfima e insignificante de ese ser vivo colosal que envuelve la superficie de nuestro planeta.

Atrapados en nuestra particular escala de visión, todos nosotros somos, sin embargo, incapaces de percibir de forma intuitiva toda esta compleja realidad. Creemos ver el mundo tal como es, pero en realidad sólo llegamos a captar de él una determinada y particular perspectiva. Creemos entender lo que son los seres vivos, pero apenas conseguimos observarlos bajo una cierta escala y apariencia. Y creemos saber lo que somos nosotros mismos, pero únicamente alcanzamos a vislumbrar una parte de nuestra propia naturaleza, una mínima parte de lo que siempre hemos sido y de lo que siempre seremos. A menos que, con nuevos y múltiples ojos, seamos en algún momento capaces de extender nuestra mirada mucho más allá, para ver finalmente el mundo y nuestra realidad en toda su auténtica, desbordante y sobrecogedora dimensión.


10/11/23

La conciencia como ficción eminentemente útil


Cuando, tras la fuerte descarga eléctrica, los ojos de la criatura finalmente se abrieron, lo primero que ésta sintió fue una luz cegadora y sofocante, casi dolorosa, inundándolo todo y anulando la totalidad de sus sentidos. Pasados algunos momentos de angustia y confusión, su vista pudo al fin acostumbrarse mínimamente a aquella potente claridad. Y lo primero de que la criatura se apercibió entonces fue del espacio que la envolvía, a un mismo tiempo vibrante y tenebroso, insondable, casi imposible de escrutar. Comprendió en ese momento que la luz venía de arriba, de lo alto. Mientras agitaba su cuerpo, sentía el calor insoportable que ésta provocaba sobre su piel. Y sentía también el aire caliente que, al respirar, entraba de forma violenta en su pecho. Supo entonces que debía alejarse lo antes posible de aquella terrible y asfixiante luz. Pero, al intentar hacerlo, comprobó que sus extremidades se encontraban amarradas, con fuerza, a la dura superficie sobre la cual se hallaba tendido su cuerpo.

Sí, la conciencia de la criatura se había finalmente despertado. Tenía conciencia del espacio en que se hallaba y de los límites y la posición de su cuerpo. Tenía conciencia de la existencia y de la localización de la luz que la amenazaba. Y tenía conciencia también de los movimientos que debía realizar para alejarse lo más rápidamente posible de ella. Pero de lo que no era en absoluto consciente, en cambio, era de la verdadera naturaleza de su propio cuerpo.

Quien sí conocía esa naturaleza con todo detalle era la persona que se hallaba a pocos pasos de ella, su creador. Oculto en la penumbra del laboratorio, el eminente y genial científico, trastornado sin embargo, desde hacía años, por las más locas y obsesivas ideas, permanecía inmóvil y en silencio, concentrado todavía en manipular la compleja maquinaria con la que había dado vida a su nueva y más fabulosa creación. Él sabía muy bien cómo era la criatura. Sabía el origen de todos los órganos que había tenido que buscar, robar y juntar para dar lugar al nuevo ser. Conocía a la perfección los fragmentos de los diferentes cuerpos que había tenido que ensamblar y coser pacientemente para formar con ellos uno solo. Sabía todo acerca de los fluidos, las conexiones y los implantes con los que había tenido que dotar a su más reciente y escalofriante experimento. Sabía, en definitiva, que la criatura no era otra cosa que la suma aberrante, repulsiva y antinatural de muchos otros organismos.

Pero la criatura, evidentemente, no era consciente de ello. Su conciencia permanecía al margen por completo de este hecho. Porque, como es lógico, la función de la conciencia no consiste en conocer la naturaleza del propio cuerpo. Su verdadera función consiste en recibir la información proporcionada por los sentidos, saber cómo es y en qué se caracteriza el espacio que nos rodea. Consiste en identificar, en ese espacio, los límites y los movimientos de nuestro propio cuerpo. Y consiste también en saber cuáles son en cada momento nuestras necesidades y decidir de qué forma debemos actuar para conseguir vivir o sobrevivir de la mejor manera posible.

Puede que quizás algún día, tras escapar del laboratorio, la criatura acabe por mirarse en un espejo o que vaya a un hospital a hacerse una radiografía, momento en que podrá conocer finalmente la aberrante naturaleza de su cuerpo. Pero eso en nada afectará a su conciencia, que no dejará por ello de seguir funcionando exactamente igual, cumpliendo siempre las mismas funciones que tiene asignadas.

El desconocimiento que tiene la conciencia de la criatura sobre la naturaleza de su propio cuerpo es algo que puede parecernos extraño e inquietante. Pero lo cierto es que todos nosotros nos encontramos, básicamente, en la misma e idéntica situación. Todos nosotros estamos formados por órganos, por fluidos, por conexiones nerviosas, por músculos y ligamentos. Y solamente conocemos su existencia porque nos han enseñado o hemos leído en libros que nuestro cuerpo está hecho de esa determinada manera. Pero si nuestro cuerpo fuese otro completamente diferente, con otros órganos, con otros fluidos, con otros sistemas corporales, nuestra conciencia continuaría funcionando exactamente igual que hasta ahora, en nada se vería afectada. De hecho, antes de que la ciencia empezara a estudiar la anatomía del cuerpo humano y comenzara a revelarnos su contenido, nuestra conciencia no era en nada diferente de la actual, ni en su funcionamiento ni en su propósito.

Esto es así porque la conciencia no necesita, en realidad, saber lo que somos o cómo estamos hechos. No necesita saber si somos una persona normal o la aberrante creación de un científico loco. Únicamente necesita cumplir, como hemos dicho, las funciones que tiene encomendadas, que consisten en salvaguardar, cuidar y dotar de mejores condiciones de vida a nuestro organismo, sea cual fuere su naturaleza o composición.

Pero aunque nuestra conciencia no sepa cuál es nuestra auténtica y verdadera naturaleza, nuestro organismo, en su conjunto, evidentemente sí que lo sabe. Sabe perfectamente cómo está hecho nuestro cuerpo y es capaz además de regular todo su funcionamiento hasta en los más mínimos detalles. En nuestro interior existe toda una serie de órganos, glándulas y sistemas encargados de vigilar y de controlar toda la complejidad de nuestro organismo. Y estos órganos sí que son, desde luego, conscientes de nuestra propia naturaleza y de todo aquello que sucede, a cada momento, en cualquier parte de nuestro cuerpo.

Así, aunque en general nos refiramos a la existencia de una única conciencia en cada persona, lo correcto sería decir que existen muchas conciencias en cada uno de nosotros, funcionando todas en paralelo y de forma coordinada entre sí. Por tanto, deberíamos comenzar por distinguir, al menos, entre dos tipos diferentes de conciencias: las conciencias externas, que se encargan de analizar el medio externo y la forma como interactuamos con él, y las conciencias internas, que se encargan de analizar el medio interno de nuestro organismo y las interacciones que en él se producen.

La conciencia a la que tradicionalmente nos referimos, la conciencia mental, localizada en la parte cortical de nuestro cerebro, es la conciencia externa que se encarga de analizar la información transmitida por los sentidos y de decidir cuáles deben ser nuestras acciones para conseguir adaptarnos de la mejor manera a nuestro entorno. Sin embargo, también recibe algunas informaciones procedentes del medio interno, como pueden ser las sensaciones de dolor, de hambre o de sed, transmitidas por otras conciencias. Y de forma recíproca, influye también en el medio interno y en esas otras conciencias, como, por ejemplo, haciendo que se acelere el pulso ante una súbita situación de peligro.

Determinados estímulos requieren, sin embargo, una respuesta rápida en la forma de reflejos. Es por ello que dichos estímulos y las respuestas motoras correspondientes no llegan a alcanzar la mente, funcionando al margen de ella. Así, podemos decir que los reflejos constituyen un tipo diferente de conciencia externa, localizada físicamente en diferentes partes del sistema nervioso. Y como es fácil deducir, son el tipo de conciencia externa predominante en los animales más simples, aquellos que no poseen un cerebro desarrollado.

Entre las conciencias internas, podemos citar la que constituye el sistema inmune, un tipo de conciencia altamente complejo y sofisticado que no sólo es capaz de identificar cualquier elemento vivo ajeno a nuestro organismo, sino que además es capaz de combatirlo de la forma más eficaz posible, analizando con detalle hasta sus más mínimas características.

Podemos hablar también de conciencias internas al referirnos a cualquier órgano o glándula que controle el equilibrio fisiológico de nuestro cuerpo, de nuestro medio interno. Dichos órganos son conscientes, en cada ámbito particular, de cuáles son los parámetros propios del organismo y de todo aquello que deben hacer para reponer el equilibrio cuando éste se pierde. De igual forma, existen otros tipos de conciencia responsables de mecanismos de enorme complejidad fisiológica, como pueden ser las diferentes funciones hepáticas, los sistemas hormonales o los factores de crecimiento que gobiernan el desarrollo del organismo.

En último término, más allá de los diferentes órganos y sistemas, podemos hablar de conciencia al referirnos a cualquiera de las células que forman parte de nuestro organismo, pues todas ellas reciben información del medio interno e interactúan de forma compleja con él. Baste citar, como ejemplo de dicha complejidad, la forma asombrosa en que cada célula es capaz de saber, durante el desarrollo embrionario, en qué lugar exacto del organismo se encuentra y cómo debe diferenciarse para formar un determinado órgano, coordinándose además con las células vecinas para generar formas del todo perfectas y funcionales.

En realidad, todas las conciencias citadas anteriormente no son otra cosa que la suma de la actividad de las células que componen los órganos donde dichas conciencias se localizan. Por tanto, a un determinado nivel, todas las conciencias del organismo pueden resumirse en la existencia de una única conciencia, aquella que es propia de nuestras células. Y esta conciencia es en realidad única, puesto que todas las células de nuestro organismo son clones, es decir, células hermanas e idénticas en su material genético, aunque luego acaben por diferenciarse y especializarse cada una en una determinada función.

También nuestra corteza cerebral está formada por células, por lo que, evidentemente, nuestra conciencia mental es también una consecuencia de la ya referida conciencia celular. Sin embargo, como hemos dicho anteriormente, para cumplir sus funciones nuestra mente no necesita saber de la existencia de órganos, de células o de otras conciencias. Y si bien la ciencia es capaz de revelarle ahora su existencia, lo cierto es que nuestra mente no está hecha para asimilar ni para integrar dicha información. Así, incluso en la actualidad, nosotros y nuestra mente tendemos inevitablemente a considerar todas las conciencias internas como meros automatismos determinados genéticamente. Como si en verdad la propia mente y la propia conciencia mental no lo fuesen también.

Es cierto que en la mente convergen, además de la información genética, la información cultural transmisible y la experiencia individual que vamos acumulando a lo largo de toda nuestra vida. Pero recordemos, por ejemplo, que también nuestro sistema y conciencia inmune poseen memoria y acumulan experiencia individual, siendo capaces de recordar pasadas infecciones y la forma exacta y más eficaz de combatirlas. Y los anticuerpos, que representan una información adquirida por esa memoria inmune, se transmiten durante la lactancia de madres a hijos, constituyendo un tipo de información en cierta forma bastante semejante a la cultura.

Por otra parte, debemos siempre tener en cuenta que la conciencia mental posee una importancia variable en cada especie. Dicha conciencia tendrá un mayor o menor desarrollo en función de la complejidad del medio externo al que tenga que enfrentarse la especie y, también, de la mayor o menor variabilidad de comportamientos con que el individuo pueda responder a ese mismo medio.

Más concretamente, en un medio cambiante pero repetitivo resultará útil que la conciencia mental se desarrolle y adquiera la capacidad de memoria, con la cual podrá almacenar y utilizar en todo momento información recogida en el pasado. En otras ocasiones también le será útil al individuo poder predecir determinados cambios en el medio, combinando los indicios observados con la información aportada por la memoria y el aprendizaje. En este caso, la conciencia mental tenderá también a desarrollar la capacidad de imaginación, con la cual le será posible trazar hipotéticos escenarios futuribles y ensayar en ellos el mayor o menor acierto de cada tipo de comportamiento.

Si una especie es social, la conciencia mental deberá ser además capaz de reconocer a otros organismos semejantes a él y de comprender que a ellos se aplica exactamente lo mismo que al propio organismo. Gracias a esto, un individuo podrá ser capaz de predecir, imitar, transmitir o inducir comportamientos en las conciencias de los otros. Y será también posible desarrollar una conciencia colectiva, resultado de la suma coordinada de todas las conciencias individuales, permitiendo que el grupo social responda por igual o de forma organizada ante una determinada situación. En último término, como en nuestra especie, podrá crearse una organización social que permita que determinados individuos se especialicen en la transmisión del conocimiento. Y que surja, de este modo, el conocimiento científico que nos está permitiendo empezar a conocer nuestro medio interno y nuestras conciencias, así como el propio funcionamiento de la conciencia mental, que de esta forma se revela a sí misma.

En un sentido contrario, existen ciertas situaciones en que la actividad y las funciones de la conciencia mental quedan bastante condicionadas. Determinadas tareas repetitivas, por ejemplo, consiguen evitar su paso continuo por dicha conciencia, creándose así actividades semiconscientes que, una vez iniciadas, tienen una ejecución casi automática. También existen determinadas informaciones que se almacenan en lugares poco accesibles y manejables por la mente, como el subconsciente. Por otra parte, hay ocasiones en que la conciencia mental queda desbordada por los sentimientos y emociones inducidos por las conciencias internas o subconscientes, que adquieren en ese momento un dominio casi completo sobre el comportamiento. Por último, es importante recordar que durante el periodo del sueño, que ocupa una gran parte de nuestra vida, la conciencia mental parece anularse y desaparecer por completo.

En resumen, podemos decir que la abominable criatura creada por el científico loco, cuando despierta sobre la fría mesa del laboratorio, tiene conciencia plena de ser un individuo y de estar situado en algún lugar del mundo, pero desconoce qué es lo que eso significa y cuál es su propia naturaleza. Su mente, tal como la nuestra, no sabe de qué órganos está compuesto su cuerpo ni de qué forma sus conciencias internas lo regulan mediante complejos mecanismos fisiológicos y genéticos.

Es más, tampoco podemos decir que conozca mucho acerca de la verdadera naturaleza del medio externo. Todos nuestros sentidos nos proporcionan una determinada información sobre el entorno, siempre muy limitada, que luego nuestro cerebro se encarga de conceptualizar y poner a disposición de la conciencia mental. Pero es sólo gracias a la ciencia, en nuestro caso, que comenzamos ahora a conocer, en realidad, qué es y de qué está formada la materia que constituye el mundo exterior.

En definitiva, tanto la criatura como nosotros mismos poseemos una conciencia mental que desconoce por igual los fundamentos básicos que constituyen nuestro medio externo y nuestro propio medio interno. Por un lado, nuestra conciencia reduce la realidad del mundo exterior a una serie de imágenes y conceptos extremamente simplificados y abstractos, fáciles de manejar. Y por otro, reduce a la categoría de un único ser pensante toda la extrema complejidad de nuestro organismo y de nuestro medio interno, incluidas todas nuestras diversas conciencias y la totalidad de nuestras células.

Parece por tanto bastante evidente que nuestra conciencia mental vive, en cierto modo, sumida en una ficción. Aunque debemos reconocer que se trata de una ficción premeditada, calculada y útil, forjada sabiamente por la evolución, que permite a nuestra mente conseguir la máxima simplicidad y eficiencia en todas sus funciones.

Así, cuando nos miramos en un espejo, ¿qué es lo que nuestra conciencia está viendo realmente? ¿Qué tipo de ficción ve reflejada en su superficie? O mejor dicho, ¿qué tipo de ficción nos resulta útil que vea reflejada en ella? No hay duda de que a nuestra conciencia poco le importa si la imagen que le llega es la de un determinado cuerpo o la de otro completamente diferente, siempre que ese cuerpo sea el nuestro. Para ella tanto da si somos unos seres monstruosos y terribles creados por un científico loco o, bien por el contrario, unos seres monstruosos y terribles creados por la propia naturaleza.


28/10/23

El individuo como ser inevitablemente difuso


Sin que nos hayamos dado cuenta, nuestra peor pesadilla se ha hecho realidad. Sí, así es, no hay la menor duda. Por más que nos espante, por más que nos aterrorice, por más que nos angustie, es un hecho probado, una verdad del todo incuestionable. Y aunque nos cueste mucho aceptarlo, no nos queda ya otro remedio que rendirnos con total resignación a sus fatales y trágicas consecuencias. Esta terrorífica verdad, esta dura realidad que tan cruelmente nos golpea, puede además resumirse, de la forma más simple posible, en una sola frase: ¡hemos muerto y hemos sido sustituidos por otra persona exactamente igual a nosotros!

Así es, otra persona ocupa ahora nuestro lugar. Hemos sido sustituidos por un impostor, por un suplantador hábil, astuto y perverso, por un ser infame que ha conseguido convertirse a sí mismo en una copia idéntica de lo que hasta ahora éramos nosotros. Y esta entidad misteriosa, sibilina y sin nombre, sin mostrar nunca el menor escrúpulo, ha ido apoderándose, lenta y sigilosamente, de toda nuestra vida. Ha hecho suya nuestra casa, nuestro trabajo, nuestras pertenencias, nuestras ropas, nuestros enseres, nuestra familia, nuestras amistades. Incluso ha conseguido adueñarse, de forma inconcebible, de nuestra personalidad o de nuestros más antiguos, íntimos y valiosos recuerdos.

Pero la pesadilla no acaba aquí, ni mucho menos. Y es que, por más que nos cueste creerlo, todas las personas que están a nuestro alrededor, tal como nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros conocidos, nuestros vecinos o incluso las personas con las que solemos cruzarnos en la calle, todos ellos también han muerto y han sido sustituidos por otras personas de características idénticas. Aunque parezcan ser los mismos, en realidad no lo son. Los suplantadores han conseguido copiarlos con una habilidad asombrosa e inimaginable, imitando cada una de sus más mínimas características. Incluso, con total maestría, han llegado al extremo de perfeccionar sutilmente las copias dándoles un ligero matiz de envejecimiento. Y por si fuera poco, consiguen imitar todos los hábitos y las costumbres de las personas originales, actuando y comportándose en todo momento de la misma forma que ellas.

Así, a lo largo del día realizan los mismos trabajos y ocupaciones que las personas que suplantan, desempeñándolos con idéntica laboriosidad o con la misma torpe y censurable pereza. Pasean como siempre hicieron y, al caminar, hablan, gesticulan y balbucean de la misma forma. Pestañean con idéntica frecuencia mientras, absortos, reflexionan sobre la vida mirando vagamente hacia el cielo. Se aburren mostrando en su rostro la misma expresión de tedio, apatía y desesperanza. Se alborotan, gritan y despeinan con la misma facilidad y falta de juicio. Se miran insistentemente en el espejo con idéntico orgullo o con la misma amarga y triste decepción. Y al encontrarse unos con otros, mantienen entre sí los mismos afectos, los mismos odios o la misma fría y distante indiferencia. Pero a pesar de esto, a pesar de todas sus múltiples, minuciosas y sutiles argucias, no son realmente ellos, no son los mismos.

Todos ellos nos engañan a cada momento fingiendo ser quienes no son. Pero, claro, ¿cómo podríamos apercibirnos de esta enorme y tremenda mentira, si nosotros tampoco somos los mismos, si también nosotros hemos muerto y hemos sido sustituidos por otra persona, si también nosotros somos igualmente unos impostores? ¿Cómo podría la persona que somos ahora, nuestro pérfido y siniestro sustituto, darse cuenta de que ellos no son más que unas simples copias? Aunque, pensándolo bien, ¿son realmente ellos quienes nos engañan o somos nosotros quienes los engañamos a ellos? Por otra parte, en un mundo de mentirosos, ¿engañar a quien nos engaña no será quizás, de cierta forma, un involuntario, incomprensible y honesto acto de sinceridad?

Pero quizás una de las cosas más sorprendentes y admirables en todo este asunto es la forma misteriosa con que los suplantadores consiguen deshacerse de los cadáveres de las personas que sustituyen. Aparentemente se deshacen de sus cuerpos de una forma tan paciente, metódica y sutil que nadie puede ni podrá nunca darse cuenta de nada. Cambian un cuerpo por otro y es como si el primero se desvaneciese misteriosamente en el aire, sin dejar el menor rastro.

Sin embargo, la aterradora pesadilla que vivimos no acaba aquí, es aún mucho peor de lo que podamos imaginar, llegando a límites completamente inconcebibles, demenciales y estremecedores. Porque, en realidad, tanto nosotros como todas las personas que están a nuestro alrededor, todos sin excepción, volveremos a morir y a ser sustituidos por otros cuerpos, por otros impostores. Y esto ocurrirá sucesivamente, una y otra vez, hasta el final, hasta nuestra muerte definitiva. O al menos hasta aquello que siempre habíamos pensado que era la muerte, la única muerte que conocíamos y de la que hasta ahora éramos plenamente conscientes.

Sí, así es, vivimos sumidos en el horror más profundo, siniestro y amenazador, víctimas de una pesadilla cuya sola revelación, hasta en sus más mínimos detalles, es capaz de helarnos la sangre en las venas.

Aunque, en realidad… bien, quizás no sea para tanto. ¿Hemos dicho terrible y escalofriante? ¿Siniestro y demencial? ¿Inconcebible y aterrador? Bueno, quizás estemos exagerando un poco. Puede que al final, simplemente, no estemos abordando el asunto desde la perspectiva más correcta. O puede que no estemos analizando la situación utilizando los conceptos más adecuados para este tipo de circunstancias.

Porque, en realidad, todo lo referido hasta ahora, a pesar de su terrible y estremecedora apariencia, es algo perfectamente trivial e intrascendente, algo propio y característico de todos los seres vivos. Si somos realmente conscientes de cómo funciona cualquier organismo vivo, ya sea animal o vegetal, nada de lo dicho anteriormente debería sorprendernos, inquietarnos o atemorizarnos lo más mínimo.

Es cierto, cambiamos regularmente de cuerpo. Pero es que lo realmente preocupante sería que no lo hiciésemos. Eso sí que sería terrible. Como organismos vivos que somos, necesitamos sustituir periódicamente todo nuestro cuerpo por otro y eso es precisamente lo que hacemos. Todos los organismos vivos, sin excepción, se renuevan. Todos mueren y nacen a cada momento. Todos, en definitiva, están formados por células que mueren y nacen de forma continua, sin interrupción.

También nosotros, como seres vivos que somos, estamos formados por miles de millones de células que están sujetas a una permanente y continua renovación. A cada instante, mueren y nacen miles de células en nuestro organismo. Y es precisamente por este motivo que, al cabo de cierto tiempo, inevitablemente, todas las células de nuestro cuerpo habrán muerto y habrán sido sustituidas por otras.

Sin embargo, esta renovación no es uniforme en todo nuestro organismo, se produce a diferentes tiempos y velocidades. Por ejemplo, las células que recubren el interior de nuestro aparato digestivo se renuevan cada semana, por lo que al fin de cada pocos días dicha parte de nuestro cuerpo estará formada por células completamente nuevas. También la capa más externa de nuestra piel se renueva rápidamente, tardando apenas un mes en regenerarse. El hígado, un órgano tan importante y fundamental para el funcionamiento de nuestro organismo, se renueva y se convierte en un órgano completamente nuevo cada pocos meses. Por el contrario, otras partes de nuestro organismo se renuevan mucho más lentamente, como las fibras musculares, que pueden hacerlo cada veinte o más años. Y luego están aquellas células, como las neuronales, las más longevas, que apenas se renuevan durante el tiempo de vida del organismo.

Podemos imaginar así nuestro cuerpo como si fuese una casa a la que regularmente, cada cierto tiempo, le cambian todos los muebles y los sustituyen por otros exactamente iguales. Con menos frecuencia, le cambian también las paredes, el suelo, las tuberías, las vigas o el tejado por otros idénticos a los anteriores, manteniendo quizás sólo una parte de la instalación eléctrica. Siendo así, es evidente que cada cierto tiempo la casa es otra. Pero como todas las sustituciones se han hecho progresivamente y con piezas del todo idénticas a las anteriores, nos parece que la casa sea siempre la misma.

De igual forma, nosotros creemos que somos siempre el mismo individuo, inalterado e inmutable. Pero la verdad es que, cada cierto tiempo, nuestro cuerpo es otro completamente diferente. Cada cierto número de años somos sustituidos por otro organismo exactamente igual al nuestro, un nuevo organismo que crece en nuestro interior a medida que el original va lentamente muriendo y desapareciendo.

Los pocos cambios que conseguimos percibir en nuestro cuerpo, tales como el envejecimiento o las lesiones acumuladas, son apenas una consecuencia de la imperfección que existe en la sustitución de un cuerpo por otro. Pasado un tiempo, los órganos más viejos o lesionados no son ya capaces de generar nuevos órganos con las mismas características que los originales. Esto es debido a que, tras continuas e interminables divisiones, las células de nuestro cuerpo comienzan a acusar un progresivo desgaste que hace con que vaya disminuyendo su capacidad de regeneración. Y es precisamente esta pérdida de capacidad de regeneración la que provocará al final, con los años, el inevitable colapso y la muerte del organismo.

Ante este fatídico e irremediable acontecimiento, la solución que emplean todos los seres vivos consiste en generar un nuevo organismo completamente de raíz, partiendo de una única célula germinal. Es decir, recurren a la reproducción. A partir de una célula cuidadosamente preservada, inmune al desgaste, se genera otra vez la totalidad de las células y de los componentes del organismo, dando lugar a un ser vivo exactamente igual al anterior. Aunque en el caso de haber reproducción sexual, como en nuestra especie, el nuevo organismo en realidad no será idéntico, sino que tendrá características intermedias entre los dos progenitores.

Siendo del todo cierto que morimos y somos sustituidos por otro organismo cada cierto tiempo, ¿por qué no somos conscientes de ello? ¿Por qué pensamos que somos siempre exactamente la misma persona? Y de forma quizás aún más sorprendente, ¿por qué cuando vemos a un recién nacido crecer, cambiar sucesivamente de tamaño y de proporciones, multiplicar varias veces su peso, seguimos pensando que, al llegar a adulto, es la misma persona? ¿Cómo podemos pasar por alto que el cuerpo inicial del recién nacido ha sido sustituido por otro diferente y mucho mayor?

La explicación para esta sorprendente incapacidad de ver algo tan obvio consiste en que para nosotros, para nuestra mente, una persona es, en cierto modo, un concepto. Para nosotros una persona es una entidad viva que presenta una continuidad física a lo largo del tiempo y que, alcanzada la edad adulta, mantiene de forma permanente unas determinadas características, aunque siempre sujetas al lento y progresivo cambio provocado por el envejecimiento.

Pensamos, por tanto, que una persona es una y siempre la misma. Y si pensamos así es porque nuestra perspectiva es, inevitablemente, la de un ser pluricelular. Si tuviésemos, por ejemplo, la perspectiva de una bacteria, de un ser unicelular, nos veríamos a nosotros mismos no como a una persona, sino como a un conjunto de miles de millones de personas. Aunque incluso dentro de los seres pluricelulares puede haber también diferentes perspectivas. Para una mariposa, que llega a adulta tras sufrir una metamorfosis, nosotros seríamos sólo media persona, pues no llegamos nunca a transformarnos. Y para un vegetal que mediante estolones crea nuevas plantas, nosotros seríamos sólo el inicio de una persona, defectuosos por ser incapaces de multiplicarnos en numerosos clones independientes.

Nuestra mente piensa en todo momento que somos una única persona. Y menos mal que piensa exactamente así, porque de otra forma sería incapaz de tomar cualquiera de las decisiones que son necesarias para la supervivencia del organismo. Nuestra mente fue creada precisamente para coordinar nuestras células y nuestros órganos como si se tratasen de un único ser vivo. Y es gracias a esta visión integradora que el organismo, y con ello la totalidad de las células y órganos que lo componen, consiguen sobrevivir en su conjunto.

Sin embargo, esta perspectiva no es exclusiva de nuestra mente, la comparten también todos los órganos y sistemas que forman nuestro cuerpo. Todos ellos funcionan como si fuésemos un único individuo, trabajando, desarrollándose o sacrificándose por el organismo como un todo. Algo completamente lógico si pensamos que todas las células de nuestro cuerpo son clones, es decir, células con el mismo material genético, células hermanas descendientes de una única célula inicial. De cierta forma, podríamos considerar nuestro organismo pluricelular como una célula que se ha hipertrofiado, generando millones de clones, de otras células, pero que mantiene en todo momento una única funcionalidad y propósito en su conjunto.

Así, resumiendo lo anterior, podemos decir que todas nuestras células mueren y nacen continuamente, tal como también lo hacen cada cierto tiempo, debido a ello, todos nuestros órganos. En consecuencia, nuestro cuerpo muere y nace en su totalidad cada cierto número de años. Y al mismo tiempo, al reproducirnos y más tarde morir, nuestro organismo, como un todo, nace y muere con cada generación. Sin embargo, a pesar de todo esto, debido a nuestra particular perspectiva propia de un ser pluricelular, percibimos todas estas realidades de una determinada forma, justamente de aquella que nos resulta más adecuada para asegurar nuestra supervivencia.

Si, por el contrario, nuestra mente utilizase una perspectiva diferente, nos resultaría incómodo pensar, por ejemplo, que hemos muerto varias veces. Y que lo mismo les ha ocurrido a todas las personas que conocemos y que están a nuestro alrededor. Nos resultaría difícil pensar que hemos sido o que seremos otra persona. Y que ninguna de ellas es la auténtica y, al mismo tiempo, todas lo son. Nos resultaría igualmente confuso imaginar que nuestro cuerpo, mientras muere, genera y alimenta al cuerpo siguiente. O también, en otro orden de cosas, que los alimentos que ingerimos constituyen la materia que dará forma a nuestro siguiente organismo, es decir, que los alimentos se convertirán en nosotros mismos.

Todos nosotros nos consideramos una entidad fija, constante e inmutable. Pero en realidad somos un ser difuso, múltiple, cambiante e inacabado. Somos al mismo tiempo una y muchas personas, todas ellas en continuo cambio, en permanente renovación. Y todo esto va mucho más allá de lo que podamos comprender utilizando unos conceptos excesivamente reductores y simplistas como aquellos que habitualmente empleamos, como son, por ejemplo, vida, muerte, nacimiento o reproducción.

Así es, aceptémoslo de una vez por todas: hemos muerto y hemos sido sustituidos por una persona exactamente igual a nosotros. Pero, siendo éste un hecho inevitable, sin solución posible, esforcémonos al menos por que nuestro nuevo ser sea mejor que el anterior. Y no dejemos de celebrar, a cada momento, que nuestra continua muerte significa al mismo tiempo nuestro continuo renacimiento.