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13/12/23

La filosofía como el arte de conocer, pensar y actuar


En un día muy nublado, con el cielo presentando un aspecto sombrío y amenazador, lo más habitual es que antes de salir de casa nos asomemos a la ventana, observemos atentamente las nubes y extendamos la mano para comprobar si cae o no alguna gota de lluvia. En función de esta breve y sencilla observación, tomaremos seguramente una decisión y actuaremos de una determinada forma o de otra. Si en ese momento la lluvia que cae es débil o moderada, podemos simplemente dirigirnos al armario para coger un paraguas que nos evite mojarnos. Pero si llueve de forma cada vez más intensa, podemos optar por quedarnos en casa hasta que pase el mal tiempo. Y con esta simple decisión estaremos evitando el riesgo de contraer algún enfriamiento o resfriado, salvaguardando prudentemente nuestra salud. O en el peor de los casos, ante un posible recrudecimiento de la tormenta, podremos incluso estar evitando morir bajo la furia imprevisible y desbocada de los elementos.

Con esta simple y habitual rutina estaremos dando forma a la más fundamental de las premisas: obtener información del medio en que vivimos, comprender su significado y actuar en consecuencia para mejorar o preservar nuestra vida. Y a pesar de la aparente simplicidad de su enunciado, podemos decir que en esta premisa reside precisamente el propósito esencial y la razón de ser de todo nuestro pensamiento, de nuestra conciencia, de nuestra voluntad. Todo nuestro empeño en la vida se puede resumir, básicamente, en el cumplimiento de dicha premisa y en la continua y sucesiva ejecución de los tres principios fundamentales que se recogen en ella: conocer, pensar y actuar.

En consecuencia, podemos esperar también que la filosofía, como desarrollo intelectual de nuestro pensamiento, se centre en cada uno de estos tres principios fundamentales y labre sus diversos campos de estudio partiendo de ellos. En base a esta idea y atendiendo siempre a los tres principios antes referidos, podríamos dividir las ciencias filosóficas en tres grandes apartados: las ciencias naturales, que tienen por objeto obtener información del medio en que vivimos, las ciencias éticas, también identificables como ciencias sociales o comportamentales, que tratan de adecuar nuestras acciones a la mejora de nuestras condiciones de vida, y las ciencias formales, que nos capacitan para elaborar la información obtenida del medio y proyectarla adecuadamente sobre nuestras acciones.

Partiendo de esta división, podemos caracterizar brevemente cada uno de estos tres grandes apartados y reflexionar en alguna medida sobre cómo es tratado y abordado cada uno de ellos en la actualidad.

Comenzando por las ciencias naturales, debemos recordar que dichas ciencias, en su inicio, estaban plenamente integradas en el campo general de estudio de la filosofía. Sin embargo, debido al gran desarrollo que lograron alcanzar a lo largo de los últimos siglos, en gran parte debido a importantes avances técnicos, fueron independizándose progresivamente del resto de las ciencias filosóficas, acabando así por crear campos propios y especializados del saber como, por ejemplo, la física, la química, la geología o la biología.

Por desgracia, este enorme desarrollo, con la creación incluso de nuevas áreas especializadas dentro de cada una de ellas, ha ido llevando a las ciencias naturales a un progresivo aislamiento y a una pérdida de conexión con el resto de las ciencias filosóficas. Tanto es así que las ciencias naturales muchas veces se interpretan, en la actualidad, como ciencias completamente ajenas a la filosofía y al resto de sus ciencias, sin poseer ninguna relación directa o indirecta con ellas. Es decir, las ciencias naturales y la filosofía, en su generalidad, son vistas como saberes divergentes, ajenos o excluyentes.

La triste consecuencia de esta situación es que muchas veces el conocimiento y la información obtenidos mediante las ciencias naturales no son pensados ni aplicados en acciones que mejoren nuestra vida. En ocasiones, se emplean incluso en exactamente todo lo contrario, es decir, en empeorarla. Ya sea por simple ignorancia o inconsciencia, ya sea de una forma premeditada, estúpida e irreflexiva, lo cierto es que la información obtenida por las ciencias naturales a menudo se utiliza al margen o incluso en contra de cualquier tipo de principio ético. Y con esto, como es evidente, se rompe con la premisa fundamental que rige nuestra actividad intelectual, que queda así incompleta y carente por completo de sentido.

Cuando esto sucede, cuando las ciencias naturales se aplican para empeorar nuestras vidas, se convierten en anticiencia. Y no sólo constituyen una clara negación de nuestra conciencia y de nuestro pensamiento, sino que se convierten en un obstáculo para el desarrollo de nuestra vida. O incluso, en el peor de los casos, llevadas por el más ciego fanatismo, en enemigas directas de nuestra propia supervivencia.

Al abordar el apartado siguiente, el de las ciencias éticas, hay que considerar, antes de nada, que nuestras acciones responden a diversos mecanismos, por lo que conviene separarlas en al menos dos grupos diferentes. En primer lugar, están aquellas acciones que obedecen a mecanismos determinados genéticamente. Algunos de estos mecanismos son responsables de simples reflejos, de tipo involuntario. Pero muchos otros son responsables de acciones y conductas complejas, que afloran y se manifiestan en nuestra conciencia bajo la forma de sentimientos, impulsos o instintos. En segundo lugar, están aquellas acciones que obedecen a mecanismos elaborados por nuestra mente, sin una determinación genética directa, y que se desarrollan en nuestra conciencia bajo la forma de ideas y pensamientos.

La parte de nuestras acciones determinada por los genes, gobernada por tanto por nuestros sentimientos, impulsos o instintos, es estudiada por diferentes campos del saber. Al menos en parte de su ámbito y en algunos de sus aspectos, es tratada por ciencias como la antropología, la psicología o la estética. En cambio, la parte de nuestras acciones determinada por nuestra mente, basada en nuestras ideas y pensamientos, es estudiada por ciencias como la ética, la política o las restantes ciencias sociales.

Entre estas últimas, la ética se ocupa del estudio y la elaboración de normas para el comportamiento individual, mientras que la política o filosofía política se ocupa del estudio y la elaboración de normas aplicables al comportamiento de un grupo social. Por su parte, el estudio detallado de las leyes y de la justicia, de la organización equilibrada e igualitaria de las sociedades, de la economía real y productiva, de la historia y la evolución social, así como de muchas otras áreas relacionadas con diversos aspectos del comportamiento de los grupos humanos, dan su forma y completan el conjunto de las diferentes ciencias sociales.

De igual forma que el aislamiento de las ciencias naturales con respecto a las ciencias éticas conduce a las primeras al abismo de la anticiencia, también podemos observar este mismo fenómeno en sentido contrario. Moviéndose ambos tipos de saberes en mundos cada vez más separados y excluyentes, es frecuente en la actualidad encontrar formulaciones éticas que ignoran por completo los grandes descubrimientos y avances conseguidos por las ciencias naturales, situándose por completo al margen de ellos. Las ciencias éticas quedan así muchas veces ancladas en el pasado, manejando conceptos ampliamente superados y sin sentido, en un ejercicio voluntario o involuntario de oscurantismo.

Negando o ignorando la realidad, rompiendo igualmente, de esta forma, con la premisa fundamental que caracteriza nuestro pensamiento, las ciencias éticas se convierten en algo que, de forma equivalente, podríamos denominar como antiética. Y sus consecuencias resultan ser igualmente catastróficas, constituyendo un claro obstáculo para nuestra vida y también, con excesiva frecuencia, para nuestra propia supervivencia.

Llegados al apartado de las ciencias formales, debemos destacar que dichas ciencias poseen una situación central, de intermediación, entre las ciencias tratadas en los dos apartados anteriores. Sería imposible adquirir información o desarrollar formas adecuadas de comportamiento si no convirtiésemos previamente nuestro mundo y todo nuestro entorno en algo tan simple y manejable por nuestra mente como son los conceptos. Pero además, para que estos conceptos nos sean realmente útiles, debemos organizarlos y relacionarlos entre sí de la forma más clara y precisa posible.

Son diversos los campos de estudio que tratan sobre la conceptualización de la realidad y la organización de los conceptos e ideas resultantes de ella. Como ciencias relacionadas en mayor o menor medida con este tema, podemos citar la epistemología, que estudia los límites de la percepción y de nuestros sentidos, el lenguaje, que analiza la transmisión de ideas entre individuos, la lógica, que trata de la organización y relación entre los conceptos, o las matemáticas, que parten, en ciertas áreas, del intento de cuantificación de esa misma realidad.

Dentro también de este apartado, resulta de particular importancia la llamada filosofía de la ciencia, un campo formal del saber que establece y determina el método científico, utilizado por todas las ciencias naturales. Es precisamente este método, en realidad un conjunto de métodos, el que nos permite ajustar al máximo nuestro conocimiento a la realidad que nos rodea, adquiriendo de esta forma una información lo más útil, consistente y veraz posible.

Al margen de los tres apartados citados anteriormente, fuera por tanto del campo de las ciencias naturales, éticas o formales, se citan a menudo otras ciencias filosóficas que a lo largo de la historia han llegado a tener un cierto desarrollo. Sin embargo, dichas ciencias, que podríamos agrupar en su conjunto bajo el nombre de metafísicas, han dejado de tener sentido o razón de ser en la actualidad debido al avance logrado tanto en el conocimiento general como en la caracterización de nuestra propia percepción. Estas ciencias, por tanto, han quedado reducidas a meros ejercicios especulativos, sin una base real.

Por otra parte, debido al continuo ataque perpetrado históricamente contra la filosofía, a menudo han llegado a incluirse en ella diversas falsas ciencias o pseudociencias, algo que por desgracia todavía sucede en la actualidad con demasiada frecuencia. Estas falsas ciencias suelen estar generalmente relacionadas con las religiones, que son las responsables, en la mayoría de los casos, de crearlas e imponerlas. Todas ellas se basan en un determinado pensamiento mágico que ignora o niega directamente la realidad, cuando no se opone frontalmente a ella. De igual forma, niegan y combaten la ética, tratando siempre de sustituirla por unas determinadas normas de conducta de tipo dogmático. El evidente propósito de estas falsas ciencias, a un determinado nivel, consiste en destruir o corromper la filosofía para con ello conseguir imponer más fácilmente un determinado orden social.

Podemos afirmar que la filosofía es, por definición, la ciencia objetiva y universal. Sin embargo, debemos tener en cuenta que, a pesar de ello, su desarrollo y aplicación no necesariamente lo son. Por ejemplo, aunque la información obtenida por las ciencias naturales, utilizando el método científico, es siempre objetiva, cuando éstas centran su atención únicamente en una determinada materia e ignoran al mismo tiempo todas las demás pueden llegar a proporcionarnos una visión bastante distorsionada y engañosa de la realidad. De igual forma, aunque la ética es siempre universal en sus principios, su aplicación y su práctica resultan ser siempre particulares. Un mismo principio ético puede dar lugar a acciones aparentemente opuestas según el medio o la circunstancia en que se aplique. Y diferentes culturas, creadas en ambientes distintos, pueden desarrollar normas de comportamiento diferentes incluso aplicando unos mismos principios.

Lo que es evidente es que todas las ciencias filosóficas son necesarias. Y aunque no siempre seamos plenamente conscientes de ello, todas forman parte indisociable de nuestra actividad intelectual. Incluso de nuestros actos más habituales y cotidianos. Volviendo de nuevo al ejemplo inicial, puede ser que hoy u otro día cualquiera el cielo se encuentre nublado y empiece a llover. Pues bien, si nosotros conseguimos identificar la lluvia como una precipitación de vapor de agua condensado, si sabemos en qué condiciones atmosféricas se produce, si extendemos la mano a través de la ventana para comprobar su posible precipitación, si sabemos proyectar en nuestra mente los efectos que estar expuestos a la lluvia puede producir sobre nuestra salud, si somos además conscientes de todas las diversas acciones que podemos realizar y de cuáles serán sus posibles consecuencias, si hacemos todo esto, estaremos realizando un profundo, elaborado y complejo ejercicio de filosofía.

Y así, mientras paseamos bajo la lluvia cómodamente resguardados bajo un paraguas, pisando alegre y despreocupadamente todos los charcos, podemos tener la satisfacción de saber que, con sólo mirar al cielo y abrir un modesto y vulgar utensilio, hemos dado fiel cumplimiento a la premisa fundamental que caracteriza nuestra voluntad y nuestra conciencia. El simple ejercicio de conocer, pensar y actuar nos es suficiente para dar completo sentido y plenitud a nuestro pensamiento y para adentrarnos de inmediato en el admirable arte de la filosofía.


30/6/21

Un juego cuyo premio es siempre perder


Imaginemos un juego tremendamente divertido. Imaginemos que lanzamos una moneda al aire y la dejamos caer al suelo. Si sale cara, nuestro adversario gana. Y si sale cruz, por el contrario, nosotros no ganamos, sino que el juego se repite y vuelve a lanzarse la moneda al aire. Ciertamente no parece un juego muy justo o equitativo. En realidad, nuestro adversario siempre acaba por ganar, ya sea en el primer lanzamiento o en cualquiera de los siguientes. Y nosotros, en consecuencia, siempre perdemos.

Imaginemos ahora una variante de este mismo juego, pero aún más divertida. Una única persona juega contra un numeroso grupo de personas del cual nosotros formamos parte. Las reglas son las mismas. Si sale cara esa persona gana y si sale cruz nuestro grupo no gana, sino que se repite nuevamente el lanzamiento. No hay duda de que se trata de un juego aún más injusto que el anterior, pues a lo absurdo de las reglas se le añade ahora la enorme desproporción existente entre la única persona que siempre gana y el conjunto de personas que siempre perdemos.

Pero intentemos que el juego sea todavía más divertido. Imaginemos ahora que en el lanzamiento nos apostamos nuestra salud o, llegado el momento, incluso nuestra propia vida. Si sale cara nuestro oponente gana y, por tanto, todos los del grupo perdemos la salud o la vida. Y si sale cruz no ganamos nada, sino que simplemente se lanza de nuevo la moneda al aire. Parece algo diabólico, ¿verdad? ¿Quién querría participar por propia voluntad en un juego tan absurdo y claramente suicida?

Imaginemos, sin embargo, que no jugamos voluntariamente, sino que nos obligan por la fuerza a jugar y a formar parte del grupo que siempre pierde. Para cualquier persona resultará evidente que ya no se trata de un juego sino, en todo caso, de un atentado contra nuestra libertad y nuestra salud, de un tremendo abuso de poder, de una acción de naturaleza criminal necesariamente perseguida y condenada por las leyes.

Sin embargo, si pensamos así estaremos completamente equivocados. En realidad, este juego cruel y despiadado es perfectamente legal. Y no sólo eso, sino que estamos sometidos a él todos los días, sin excepción. Todos los días, sin nosotros saberlo o desearlo, una moneda invisible gira continuamente en el aire sobre nuestras cabezas, una moneda con la que nos jugamos de forma permanente la salud y la vida. Y claro, evidentemente, siempre acabamos por perder.

Pero ¿cómo es esto posible? Pues bien, en realidad es muy fácil. Se trata de un juego que está a la vista de todos. Todos sabemos desde hace tiempo que determinados compuestos químicos artificiales llenan nuestro ambiente, nuestros campos, nuestros alimentos y también, de forma inevitable, nuestro propio cuerpo. Están por todas partes, cada vez en mayor número y en mayor concentración. Son centenares de productos con multitud de nombres extraños, como dioxinas, furanos, DDT, bisfenoles, PCB o ftalatos. Sabemos ahora, por ejemplo, que uno de ellos, el glifosato, un veneno utilizado como herbicida, se encuentra presente en la sangre del 80% de las personas de algunos países europeos. Siendo así, ¿cuál es el efecto que produce tener en nuestro cuerpo éste y todos los otros compuestos químicos antes mencionados? Pues bien, saberlo es, en realidad, lo que convierte a todo esto en un juego.

Por un lado, los científicos nos alertan continuamente de que muchos de estos compuestos son nocivos para la salud, a veces incluso cancerígenos, y que probablemente lleguen en ocasiones a costarnos incluso la vida. Por el otro lado, las grandes empresas que los producen, con el valioso respaldo de sus científicos a sueldo, contradicen todo lo anterior diciendo que en realidad no se ha conseguido nunca demostrar dicho efecto. Algo que aparentemente debería tranquilizarnos.

El juego, por tanto, está claro en todas sus reglas. Se lanza la moneda al aire. Si sale cara, si estos productos químicos son realmente peligrosos, las grandes empresas ganan. Ganan o habrán ganado dinero produciéndolos, incluso en el caso de que estos productos lleguen luego finalmente a prohibirse. Y nosotros inevitablemente perdemos. Más concretamente, la salud o la vida. Por el contrario, si sale cruz, si los compuestos al final no son peligrosos y no afectan a nuestra salud, nosotros no ganamos absolutamente nada con ello. Simplemente vemos cómo la moneda vuelve a lanzarse nuevamente al aire.

Vuelve a lanzarse y en cada lanzamiento nos vemos expuestos a nuevos compuestos o a una concentración mayor de los ya existentes, pues siendo aparentemente inocuos podrán producirse y utilizarse en mayor cantidad. Y mientras tanto lo único que podemos hacer es asistir, una y otra vez, al lanzamiento de estas o de nuevas monedas, esperando a que en cualquier momento salga finalmente cara, es decir, a caer definitivamente enfermos o muertos.

La pregunta se hace evidente: ¿por qué dejamos que nos sometan a este absurdo y criminal juego en el cual unos pocos ganan y todos los demás, no ganando nunca nada, arriesgamos incluso nuestra propia vida?

En primer lugar lo hacemos, desde luego, por nuestro desconocimiento e ignorancia. No sabemos, ni de lejos, qué tipo de compuestos están ya en el ambiente o en nuestro cuerpo, ni en qué cantidades, ni en qué concentraciones, ni qué tipo de riesgos implican, ni cómo nos afectan. Es decir, en gran medida ni siquiera sabemos que estamos participando en este diabólico juego.

Pero también lo hacemos porque nos lo ocultan. Quienes producen estos compuestos y deberían conocer sus efectos y el riesgo a que nos están sometiendo nunca nos informan de nada. Pero claro, ¿por qué irían a hacerlo? ¿Por qué irían a renunciar voluntariamente a un juego en el que siempre ganan? ¿Por qué irían a renunciar a su enorme y provechoso negocio? ¿Por escrúpulos de conciencia? Todos sabemos, por ejemplo, que en las grandes empresas todo es fruto de una larga cadena de decisiones. Cada agente toma una pequeña decisión, pero ninguno toma la decisión por entero. Nadie es, por tanto, realmente responsable de las consecuencias finales. Nadie se siente culpable ni puede sentir ningún tipo de remordimientos.

Aunque también jugamos, contra toda lógica, porque nos lo ocultan nuestras propias autoridades sanitarias, aquellas que precisamente tienen la obligación de vigilar, controlar y, sobre todo, prohibir todo aquello que afecta negativamente a la salud pública. Son ellas las que deberían defendernos y evitar que seamos sometidos a este criminal juego. Pero, por desgracia, en la actualidad dichas autoridades están casi siempre en manos del poder económico y de quienes lo manejan. Incluso no es raro ver determinados funcionarios trabajando alternadamente para las empresas que producen los compuestos y para los organismos públicos que los deberían controlar.

Sin embargo, también participamos en este juego porque nos engañan. Nos mienten sobre el verdadero significado de la ciencia y sobre algo tan importante como es el principio de precaución. Para empezar, intentan hacernos creer que los estudios pagados por las grandes empresas, muchas veces auténticos ejercicios de anticiencia, sólo por el hecho de ser realizados en laboratorios con máquinas muy caras y sofisticadas arrojan necesariamente verdades científicas incuestionables. Por el contrario, si un científico independiente y con menos dinero prueba otra cosa, rápidamente se le desautoriza, se le ataca o incluso se le hace perder su empleo. Como es evidente, nada de esto tiene que ver con la ciencia.

Por otra parte, el principio de precaución determina que para que un compuesto pueda ser comercializado primero debe demostrar de forma positiva que no tiene ningún efecto sobre la salud. Y tampoco podrá seguir produciéndose si posteriormente surge alguna duda, por mínima que sea, en relación a sus posibles efectos. No obstante, en la actualidad este principio se incumple por completo. A las empresas no se las obliga a presentar estudios que demuestren que los compuestos no afectan a la salud. Únicamente se las obliga a presentar estudios que afirmen que no han hallado ninguna relación. Es decir, no se las obliga a demostrar la inexistencia de esa relación, sino simplemente a decir que no la han encontrado, o bien que no han querido encontrarla.

Y peor aún, si un estudio independiente levanta luego dudas sobre un determinado compuesto, las autoridades, en vez de poner en cuarentena el producto, lo que hacen es poner en cuarentena ese estudio y esas dudas. Es decir, se pone en cuarentena el propio principio de precaución y la propia ciencia.

No, en realidad todo esto no es ningún juego. No deberíamos resignarnos por más tiempo a ser las víctimas silenciosas, las involuntarias cobayas del lucrativo negocio de unos pocos. No deberíamos dejar por más tiempo que nos mantengan en la ignorancia, que nos oculten la información, que nos desprotejan o que nos engañen. No deberíamos permitir que jueguen con nosotros y con nuestra vida. Y sobre todo, no deberíamos olvidar que tenemos todo el derecho del mundo a nuestra salud, a la salud de todos, a una salud universal que siempre, sin excepción, en todo momento debe ganar.


12/7/19

La lucha entre el buen salvaje y el científico loco


Todos nosotros leemos o escuchamos noticias a diario, pues nos gusta estar informados de todo cuanto ocurre a nuestro alrededor, especialmente de todo aquello que pueda de alguna forma afectar a nuestras vidas. Y al hacerlo mostramos nuestra preferencia por unos determinados medios de comunicación que, de forma más o menos consciente, seleccionamos porque consideramos que son más fiables o adecuados para que nos transmitan esas noticias que nos interesan o que simplemente consumimos.

Esta labor de analizar, comparar y finalmente seleccionar nuestras fuentes de información es algo que realmente tiene gran importancia para nosotros, pues ni todas las fuentes son iguales, ni tienen todas el mismo valor, ni merecen todas la misma confianza. Somos bien conscientes de que, con demasiada frecuencia, determinados medios de comunicación recogen noticias falsas, dan pábulo a rumores infundados, tergiversan torpemente los hechos o, simplemente, se inventan historias fantasiosas con inconfesables propósitos comerciales o de cualquier otro tipo.

Es por tanto evidente que todo tipo de verdades, de medias verdades, de falsedades o de simples mentiras crecen, se multiplican y se atropellan cada día tumultuosamente a nuestro alrededor. Y para sobrevivir en medio de esta vorágine, para llegar a vislumbrar al menos una parte de la verdad de las cosas, tenemos que aprender a lidiar con todas ellas. Para empezar, evaluando continuamente la veracidad de la información que nos llega y quién nos la transmite.

Así, no pasará mucho tiempo antes de que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿en quién debemos confiar más, en una persona que nos dice siempre veinte verdades sobre cualquier tema o en una persona que nos dice tan solo cinco verdades?

Parece lógico que escojamos siempre la primera, que escojamos a quien nos proporciona una mayor cantidad de información y además conforme a la realidad de los hechos. Sin embargo, ¿qué ocurriría si la persona que nos dice veinte verdades nos dice siempre también, al mismo tiempo, veinte mentiras? ¿Y si la persona que nos dice sólo cinco verdades, en cambio, no nos dice nunca ninguna mentira? Si así fuese, ¿en quién deberíamos realmente confiar más? Parece ahora evidente que deberíamos confiar más en la segunda persona, pues no nos miente nunca, mientras que la primera nos miente la mitad de las veces.

Considerando la información que recibimos y cómo la recibimos, deberemos aceptar una máxima o principio básico. Deberemos aceptar que nuestro conocimiento no es la suma de la información que recibimos, sino que es el resultado de un simple cómputo matemático. Nuestro conocimiento es, en realidad, la suma de las verdades que adquirimos menos la suma de las mentiras que erróneamente aceptamos.

La suma de las informaciones verdaderas menos la suma de las informaciones falsas es la que nos da la auténtica medida de nuestro nivel de conocimiento. Es cierto que, de forma algo ingenua, podríamos pensar inicialmente que, para ser más sabios, nuestro mayor interés consiste en saber el mayor número posible de cosas, en tener un conjunto de informaciones lo más amplio y extenso posible, en convertirnos en un vasta enciclopedia de hechos y sucesos.

Pero esto no es así. No nos basta con tener mucha información. Nos interesa también, al mismo tiempo, que entre las informaciones que adquirimos y aceptamos como verdaderas haya el menor número posible de mentiras. Y sabiendo que existen pequeñas y grandes verdades tanto como pequeñas y grandes mentiras, concluiremos que tener más y mejor conocimiento consiste, en realidad, en adquirir un mayor número de grandes verdades y un menor número de grandes mentiras.

El cómputo entre verdades y mentiras nos permite, por ejemplo, comprender por qué vivimos en un mundo que tiene cada vez más conocimiento científico y técnico y, al mismo tiempo, paradójicamente, en un mundo que tiene cada vez peores condiciones de vida, al menos para la mayor parte de sus habitantes, o que se enfrenta a catástrofes ambientales y ecológicas de una gravedad extrema y sin precedentes.

Parece como si, en realidad, el mundo avanzase en sentido opuesto al que debería dictar el enorme progreso existente en el conocimiento científico. Pero esto no nos debe resultar extraño si recurrimos a nuestro cómputo de conocimiento. No cabe duda que nuestras sociedades modernas están desbordantes de nuevos y deslumbrantes descubrimientos, pero al mismo tiempo, por desgracia, están aún dominadas por enormes y terribles mentiras que se agarran a nuestro pensamiento y que, parasitándolo, nos impiden avanzar.

Víctimas, a nuestro pesar, de un enorme conjunto de ideas antiguas, desfasadas y, sobre todo, falsas, cada nuevo descubrimiento parece, en realidad, destinado únicamente a potenciar y aumentar los efectos de las ideas trasnochadas que dominan nuestras mentes. Cada nuevo avance se pone inevitablemente al servicio de las antiguas y grandes mentiras, sin ser nunca capaz de vencer o de escapar a su pesado lastre, siempre cada vez más pesado. Baste citar, como ejemplo paradigmático, la rapidez con que el descubrimiento de la física nuclear se aplicó en algo tan primitivo como la guerra y con consecuencias tan devastadoras para la propia humanidad.

Utilizando el cómputo de verdades y mentiras podemos también comprender fácilmente el mito del buen salvaje, el mito del individuo primitivo sin casi ningún conocimiento pero, al mismo tiempo, sin ningún rastro de maldad. El buen salvaje es, en realidad, un individuo ingenuo que conoce unas pocas verdades y ninguna mentira, ya que en ningún momento ha sido corrompido por nuestra sociedad. Así, a pesar de tener poca experiencia y un escaso volumen de información, el cómputo de su conocimiento es siempre enormemente positivo.

Y podemos igualmente comprender el mito del científico loco, el mito del individuo poseedor de un portentoso conocimiento y una erudición sin límites pero que, al mismo tiempo, se halla completamente dominado por la maldad, pues ha sido corrompido por las más grandes mentiras y vicios de nuestra sociedad. Así, a pesar de poseer un vasto y admirable volumen de información, el cómputo de conocimiento del científico loco es siempre tremendamente negativo.

Evidentemente, podemos rehuir del modelo simplista creado por estos dos ejemplos tan extremos. Podemos pensar, por ejemplo, en la existencia de un científico benévolo, guiado únicamente por la verdad, que se revela continua y corajosamente contra toda maldad, mentira o superstición propia de nuestra sociedad. Y podemos pensar también en que no sólo existen buenos salvajes, sino que también puede haber salvajes malvados o perversos, dominados por unas pocas pero abominables mentiras. En resumen, podemos concluir que, independientemente del mayor o menor volumen de información que posea una persona, el cómputo de sus ideas tanto puede ser, en cada caso, de signo positivo como negativo.

Sin embargo, si analizamos con detenimiento la realidad de nuestras sociedades modernas podemos concluir, no sin cierto pesar, que parecen caracterizarse por lo peor de los dos mitos, de estos dos extremos. Nuestras sociedades podrían quizás definirse como un bando de científicos locos y suicidas guiando tras de sí a una horda descerebrada de bárbaros salvajes.

No cabe duda de que el volumen de conocimiento de nuestra sociedad moderna es muy elevado, cada vez mayor. Pero al mismo tiempo, el cómputo, la relación entre la suma de las verdades y las mentiras, parecer ser terriblemente negativo.


30/4/12

El mayor error de la mayoría.


En todas las escuelas los profesores intentan pasar conocimientos científicos a sus alumnos, ya que es precisamente este tipo de conocimientos el que los hará progresar en su formación, preparándolos para afrontar en el futuro cualquier problema que se les presente. Así, por ejemplo, todo el mundo espera que un profesor de aritmética transmita a sus alumnos verdades científicas tales como que la suma de tres más cuatro son siete. Nadie entendería que el profesor enseñase otra cosa o que diese una solución diferente por válida.

Sin embargo, si en un principio preguntásemos a los alumnos cuál es el resultado de esa suma podríamos encontrarnos con algunas sorpresas. Algunos responderían, de forma correcta, que la solución es siete. Pero quizás otros muchos responderían que la solución es cinco, ocho, seis o cuatro y medio… Y si entonces hiciésemos una votación entre los alumnos, podríamos encontrarnos con que la solución más votada fuese, por ejemplo, ocho. Lógicamente, esto no debería hacer con que el profesor, para respetar la opinión mayoritaria de los alumnos, pasase a enseñar a partir de entonces que la solución correcta es ocho. Un auténtico profesor debería enseñar siempre que tres más cuatro son siete, y no otra cosa cualquiera.

No obstante, bien podría ser que, realizada esa votación, los alumnos se rebelasen entonces contra el profesor, rechazando la validez de su opinión científica y repudiando igualmente su intento autoritario de imponerla por la fuerza. Podrían incluso amenazar al profesor con expulsarle de la escuela si no aceptase la opinión mayoritaria, es decir, que tres más cuatro son ocho. Y siendo así, para salvar su empleo, el profesor al final no tendría quizás otro remedio que retractarse y enseñar, a partir de entonces, semejante falsedad. Con ello sacrificaría el valor científico de sus enseñanzas, pero también estaría sacrificando, lo que es peor, la capacidad de los propios alumnos para enfrentarse con éxito a los futuros problemas de su vida.

Esto mismo puede aplicarse también al campo de la política. Lo que se espera de un buen gobernante es que gobierne basándose en principios científicos, buscando en todo momento el bien común de la sociedad y de todos los ciudadanos. No se entendería que gobernase siguiendo unos principios erróneos o que favoreciesen únicamente a una determinada clase social. Un buen gobernante, tras el imprescindible debate público, debería aplicar siempre los principios científicos más adecuados a cada situación.

No obstante, esos principios pueden ser, en un determinado momento, diferentes de la opinión mayoritaria de los ciudadanos. Y si se hiciese entonces una votación, la opción mayoritaria podría ser diferente de aquella considerada como científica. Siendo así, el gobernante únicamente tendría dos opciones. La primera sería intentar continuar a aplicar los mismos principios científicos, siempre en la medida que su cada vez más comprometida legitimidad se lo permitiese. Y la segunda sería renunciar definitivamente a su cargo. Lo que nunca se entendería es que el gobernante cambiase de opinión y pasase a defender, por respeto a la opinión de la mayoría, unos principios opuestos.

Sin embargo, en no pocas ocasiones ocurre que determinados gobernantes, preciando más su cargo que cualquier otra cosa, son capaces de cambiar públicamente de opinión y de pasar a defender las opiniones mayoritarias, sean ellas cuales fueren, independientemente de su validez científica. El resultado lógico es un gobierno de tipo populista o electoralista, carente de ciencia y de ideología, cambiando de opinión como una veleta al sabor de los vientos. Y este gobierno, perpetuándose así en el poder, llevaría inevitablemente el país a la ruina, pues desviaría continuamente su futuro de la senda científica.

Así, el camino que lleva al progreso de una sociedad podrá ser a veces contrario a las opciones elegidas por la mayoría de los ciudadanos. En realidad, esta contradicción no hará más que revelar la existencia un mediocre o inadecuado nivel de instrucción científica de la población. Atenta a este posible conflicto, una buena constitución debería permitir articular adecuadamente tres aspectos diferentes: la acción del gobierno, la opinión mayoritaria de los ciudadanos y las ideas científicas, siendo que estas últimas podrían estar defendidas, por ejemplo, por un auténtico senado con funciones deliberativas. Además, confrontado con este tipo de conflicto, el gobernante debería poder contar siempre con un cierto margen de maniobra, evitándose así que el poder cayese inmediatamente en las manos de gobernantes populistas sin escrúpulos.

Y es que lo peor de todo sería negar principios científicos tan indiscutibles como que la suma de tres más cuatro son siete… Bueno, vale, si ustedes insisten tanto, ocho. ¿Quién puede cuestionar la opinión de la mayoría?

20/2/12

El ocaso de los dioses.


En tiempos pasados la lluvia era considerada por el hombre como un auténtico misterio. No se sabía por qué motivo el agua caía del cielo, ni tampoco por qué llovía sólo en determinados periodos de tiempo y no en otros. Debido a ello, intentando buscar una explicación lo más sencilla posible, el hombre imaginó la existencia de un ser sobrenatural que, gobernando la inmensidad de los cielos, decidía entonces cuándo, cómo y dónde debía llover. Y este dios era necesariamente humano, o al menos de mentalidad humana, pues sólo de esta forma en época de inclemencias sus caprichos podrían ser comprendidos por el hombre y su furia convenientemente aplacada.

Más tarde, con los avances de la ciencia, se descubrió que la lluvia se debía realmente a un complicado proceso atmosférico en el cual el agua, tras evaporarse con el calor del sol, volvía a condensarse y a precipitar bajo determinadas condiciones. No había por tanto ningún dios que gobernase la lluvia. Ni tampoco, por desgracia, había forma de aplacar la furia desencadenada, de forma mecánica, por los elementos.

La lluvia estaba explicada. Pero faltaban por explicar otros misterios aún mayores: la existencia de la tierra, del cielo, del mar... la propia existencia del mundo. Nuevamente la invención de un dios permitió dar una respuesta simple a todos estos enigmas. La voluntad caprichosa de un dios todopoderoso, creador del mundo, explicaba fácilmente la existencia de cualquier aspecto o característica de la naturaleza. Y este dios era, una vez más, humano. Nadie sería capaz de entender y aplacar los caprichos de una deidad que fuese una hormiga gigante, una tortuga de seis patas o un enorme gusano devorador de cieno. En cambio, es bien fácil comprender los caprichos de otro ser humano. Por eso el dios creador del mundo tenía que ser también humano. Incluso convenía que fuese el padre de todos los hombres y su más fiel, aunque ciertamente algo distraído, protector.

Nuevamente llegó la ciencia para desmentir esta explicación llena de seres sobrenaturales y todopoderosos. En realidad, nuestro planeta se formó juntamente con el sistema solar y sobre su corteza se asientan naturalmente mares y atmósferas cambiantes. No existe por tanto ningún dios creador del cielo, del mar o de la tierra.

Pero rápidamente surgió entonces una nueva pregunta: ¿y dónde se encuentra este sistema solar? ¿En un universo infinito lleno de millones de estrellas y galaxias? ¿Y por qué existe entonces este universo? Una vez más, la solución más sencilla para este problema fue inventar un nuevo dios, esta vez un dios creador del universo. Y humano, claro. Un dios alienígena nos sería completamente incomprensible y no nos serviría para nada. Debería ser un dios terrestre y además humano, a ser posible con nuestra misma mentalidad, nuestras mismas pasiones y nuestro mismo sentido de la realidad, tal como eran los desaparecidos dioses de la lluvia, del cielo y de los mares.

La ciencia empieza ahora a explicarnos que el origen del universo se debió a una gran explosión de materia y energía, que desde entonces continúan a expandirse sin fin por un espacio ilimitado. Definitivamente no hay ningún dios, ningún ser abstracto ni sobrenatural, en ninguna parte. Sin embargo, aun así, los dioses se resisten hoy en día, obstinadamente, a morir. Parece incluso que andan por ahí preguntando distraídamente: ¿y quién prendió la mecha de esa tal explosión?

El ser humano es una ínfima especie dentro del inmenso conjunto de los seres vivos de nuestro planeta. Vive además en un periodo ínfimo de la prácticamente eterna historia de la Tierra. Por otra parte, nuestro ínfimo planeta gira alrededor de una estrella que es ínfima en el conjunto de la galaxia, que a su vez es ínfima en el conjunto de todas las galaxias del universo. Sin embargo, el dios que originó toda esa infinidad, esa inmensidad del universo, es humano. Tiene que ser forzosamente humano, tal como nosotros. Así es: el ser humano es una ínfima creación de un universo infinito, pero aun así es lo bastante arrogante para crear, a su vez, al dios que creó todo ese universo.

En realidad, era de esperar que el avance de la ciencia provocase el definitivo ocaso de los dioses, la desaparición de todos estos seres fantasiosos creados por la fértil imaginación humana. Pero en vez de eso, lo único que la ciencia ha conseguido es que nuestros dioses sean cada vez más poderosos y arrogantes. Ya no son sólo capaces de crear la lluvia, el cielo, el mar o la tierra. Ahora son capaces de crear el sol, las estrellas, las galaxias e incluso la totalidad del universo.

¿Qué tendrá que hacer ya la ciencia para demostrar que no existen los dioses, ni los horóscopos, ni cualquier otro tipo de superstición? Pues bien, seguramente nada. Porque en realidad ninguna de las armas de la ciencia es capaz de derribar al auténtico y más poderoso dios que gobierna al ser humano: la pereza mental.


30/6/11

Conocimiento científico y anticientífico.

Podemos imaginarnos visitando la sala de cuidados intensivos de un hospital. Ante nosotros se encuentra un investigador médico ocupado en ese momento en retirar la medicación a un paciente. Su objetivo es saber cuántos días consigue el enfermo sobrevivir sin el medicamento: un día, dos días, tres, cuatro… Al final de ese tiempo acabará inevitablemente por morir en dolorosa agonía. El investigador apuntará entonces en su libreta el tiempo que el enfermo duró con vida, juntando éste y otros datos a aquellos que recogió en otros pacientes con la misma enfermedad y a los que dejó morir de la misma forma. Como buen investigador que es, anotará todo cuidadosamente, siempre con la máxima precisión y rigor.

Podemos ahora imaginar que estamos en las obras de construcción de un gigantesco edificio. Ante nosotros, un arquitecto investiga la capacidad de resistencia de diferentes materiales defectuosos y de mala calidad. Primero construye el edificio con estos materiales y luego, cuando acaba, va metiendo gente en su interior hasta que éste acaba por hundirse, hiriendo o matando a gran parte de las personas. Apuntará entonces los resultados en su libreta, juntando éste y otros datos a aquellos que recogió en otros edificios igualmente defectuosos y mortales que construyó. Como buen investigador que es, anotará todo cuidadosamente, siempre con la máxima precisión y rigor.

En ambos ejemplos podemos decir que los investigadores obtienen un conocimiento objetivo y metódico. Ambos obtienen informaciones médicas e arquitectónicas sumamente precisas y de gran valor. Sin embargo, por más rigurosos que sean todos los métodos y procedimientos que siguen, ni uno ni otro están realizando medicina o arquitectura. Porque la medicina es una ciencia que consiste en curar a las personas, no en dejarlas morir. Y porque la arquitectura es una ciencia que consiste en construir casas seguras, bellas y confortables, no en construir casas que se hunden y matan a sus ocupantes.

A pesar de seguir de forma irreprochable todos los procedimientos de la investigación científica, ninguno de estos dos casos constituye realmente un ejemplo de investigación científica. Porque para que una investigación pueda ser considerada científica no basta con seguir los métodos materiales e instrumentales propios de la ciencia. Es necesario que esa investigación siga también los propósitos, los objetivos y las finalidades de la ciencia. Y estos, como ocurre en cualquier actividad humana, tienen siempre un fundamento ético. Tanto la ciencia médica como la ciencia arquitectónica tienen un propósito y, como consecuencia, una base ética fuera de la cual dejarían de tener el menor sentido.

Así, considerando esto, podemos preguntarnos cuánto del conocimiento que en la actualidad llamamos científico es verdaderamente científico. Y cuánto, por el contrario, es anticientífico. Ambos tipos de conocimiento tienen la misma apariencia, adoptan las mismas formas, siguen los mismos métodos. Ambos nos deslumbran con su lógica, con su precisión, con su objetividad, con su racionalidad. Sin embargo, en un caso es científico y en otro no.

Para saber si una investigación y su resultado son o no científicos tenemos que juzgar su fundamento ético, su propósito y finalidad. Pero hacer esto muchas veces no es nada fácil. En algunas ocasiones, el carácter científico de una investigación acaba por depender del resultado final, que puede ser imprevisto o inesperado. En otros casos, va cambiando según el rumbo seguido por la investigación. Y a veces puede depender del uso de un determinado método y no de otro. Además, la investigación puede en ciertos casos moverse dentro de las fronteras de la ética, siendo que estas fronteras también se mueven en función de las ideas y del desarrollo de la sociedad de cada época.

Pero a veces resulta fácil saber lo que no es ciencia. En ocasiones es fácil saber lo que, pese a su apariencia, no tiene ninguna relación con la ciencia. No existe ninguna ciencia, por ejemplo, en crear bombas con una tecnología cada vez más sofisticada y destructora. Tampoco existe ciencia en fabricar venenos y biocidas, ni en la energía nuclear, ni en la modificación genética de organismos. No existe, en definitiva, ninguna ciencia en todo aquello que tenga como propósito destruir la vida y la naturaleza. Esto es simplemente anticiencia.

La figura del científico loco es emblemática de un cierto tipo de literatura fantástica. Pero muchísimo peor que un científico loco es un científico a sueldo, falto de ética y sin espíritu crítico, como los que tanto abundan en nuestra sociedad. Es decir, un anticientífico.

31/1/11

La ideología de la ciencia.


Existen en este mundo altos e infranqueables muros que nos es del todo imposible franquear. Ante ellos, nuestra única opción es dar media vuelta y volver, sombríos y cabizbajos, por el mismo lugar por donde hemos venido. Uno de esos altos muros es, sin lugar a dudas, la llamada verdad científica. Cuando nos confrontamos con ella, con aquello que es considerado como verdadero por la ciencia, comprendemos de inmediato que no tenemos nada que hacer, si no abandonar o desistir.

Sabemos que la verdad científica es siempre objetiva, clara, concisa, firme, impoluta, sin posibilidad de ser contaminada por cualquier tipo de ideas o de ideologías. Así, cualquier otro pensamiento discordante debe doblegarse y rendirse ante una verdad que se considera incuestionable, muy por encima del pensamiento de cualquier persona particular. Por ello, es común aceptarse, por ejemplo, que cualquier idea filosófica no pasa de simple palabrería al ser comparada con la ciencia y con sus sólidas verdades. Y esto porque, como se sabe, la ciencia, en su diáfana pureza intelectual, está siempre exenta de cualquier ideología o de cualquier pensamiento filosófico.

Pues bien, en realidad esto es completamente falso. Toda la ciencia, así como cualquier verdad por ella obtenida, se basa siempre en una ideología, en una ideología muy concreta y característica. Esta ideología, este conjunto riguroso y orgánico de ideas, es el llamado método científico. Y únicamente aquellos enunciados alcanzados por medio de este método, de estas ideas, son considerados por la ciencia como verdades científicas. Porque dicho método científico, forjado y elaborado por la filosofía del conocimiento, tiene como único propósito conducir al estudioso a un conocimiento siempre lo más próximo posible de la realidad.

Conviene aclarar que el método científico no es, en realidad, un único método, sino un conjunto de metodologías. Las ciencias experimentales como la física, la química o la biología, aquellas que más fácilmente se asocian al concepto popular de ciencia, utilizan una de sus variedades, el llamado método empírico-analítico. Dicho método combina procedimientos propios de otros dos métodos científicos más simples: la lógica y el empirismo. Así, para que un determinado enunciado pueda ser considerado por ellas como verdad científica, deberá satisfacer tanto las exigencias teóricas propias de la lógica como las exigencias experimentales que son propias del empirismo.

El empirismo determina que un mismo experimento, partiendo de unas mismas condiciones iniciales, deberá dar siempre el mismo resultado. Sin embargo, cuando se analizan realidades complejas, sujetas a una gran cantidad de factores y variables, esta regla acaba por ser relativizada. Pasa entonces a aceptarse como verdad empírica aquel enunciado en cuya experimentación el resultado se repite casi siempre. Y son complicados cálculos estadísticos los encargados precisamente de determinar si una cosa se repite o no casi siempre. Así, el método científico acaba por añadir al suyo elementos de otro método o procedimiento: la estadística.

Por ejemplo, es frecuente considerar como verdad científica un enunciado lógico que, al ser experimentado más de 30 veces, da casi siempre el mismo resultado y que, cuando que no lo da, lo hace con una probabilidad estadística inferior al 5%. Esta verdad científica, así definida, asumiendo en sí misma una determinada probabilidad de error, puede parecernos en principio algo decepcionante. Pero no por ello dejan de ser, objetivamente, la más razonable forma de alcanzar la verdad.

No cabe duda de que el método científico, particularmente su elaborado y complejo método empírico-analitico, constituye el mejor método filosófico posible para llegar al conocimiento de la realidad, para alcanzar la verdad objetiva. Sus exigentes procedimientos, su compleja y fundamentada ideología, nos permiten afirmar que la verdad científica será siempre superior a cualquier otra verdad obtenida por cualquier otro método.

Resulta, sin embargo, sorprendente la actitud arrogante de muchos científicos experimentales que afirman frecuentemente que la ciencia, aquella que practican, es superior a la filosofía o a cualquier tipo de ideas o ideologías. Ignoran por completo, o bien desprecian, el hecho de que su ciencia, así como todas sus verdades científicas, se basan en conceptos y en ideas filosóficas, en una concreta y arbitraria ideología… Y es precisamente en la grandeza de esa ideología que reside la enorme grandeza de la ciencia.


25/11/10

En las cumbres de la evolución.

En la base del árbol de la evolución se sitúan ciertos organismos unicelulares que dieron lugar a todos los demás seres vivos existentes en la actualidad. Estos organismos desaparecieron hace ya mucho tiempo, pero aún hoy es posible encontrar algunos organismos relativamente parecidos, con parte de sus características: son los llamados microorganismos termófilos, seres unicelulares que viven principalmente en fuentes termales, ocupando medios de elevada temperatura o acidez.

De aquellos organismos primigenios, similares a los actuales termófilos, surgieron tres grandes ramas evolutivas que dieron lugar a los tres grandes grupos de organismos existentes en la actualidad: las arqueas, las bacterias y los eucariotas. Los primeros, las Arqueas, son organismos unicelulares poco abundantes que habitan también medios muy extremos, como fuentes termales y ambientes salinos.

Las Bacterias, que son igualmente organismos unicelulares, se destacan por ser los seres vivos más abundantes de todos. Así, pueden ser encontrados en cualquier tipo de medio. Una parte significativa de las bacterias realiza la fotosíntesis y se alimenta de la luz solar, como ocurre con las llamadas cianobacterias. De éstas puede decirse que, hace miles de millones de años, fueron las inventoras de la fotosíntesis. Y así, produciendo oxígeno de una forma masiva, llegaron a cambiar la composición de la atmósfera terrestre. En realidad, aún hoy continúan siendo las principales productoras de oxígeno, estando presentes sobre todo en el fitoplancton marino.

El tercer grupo, los Eucariotas, generalmente unicelulares, tienen como principal característica el haberse formado a partir de la simbiosis de varios organismos unicelulares primitivos. Así, la célula típica de un eucariota posee en su interior mitocondrias y cloroplastos, que son, en realidad, dos tipos de bacterias simbiontes que fueron incorporadas, hace miles de millones de años, dentro de una célula eucariota primitiva. Los cloroplastos son bacterias muy próximas y semejantes a las cianobacterias. Las mitocondrias, en cambio, no tienen actualmente parientes vivos. Ni cloroplastos ni mitocondrias serían ya capaces de vivir sin formar parte de las células eucariotas.

Los eucariotas, sin embargo, no son únicamente seres unicelulares. Forman también organismos pluricelulares, como las plantas, los animales y los hongos. Y mientras las plantas conservaron los cloroplastos y realizan, por tanto, la fotosíntesis, los animales y los hongos los perdieron. Por ello, para alimentarse necesitan consumir la materia orgánica creada por otros organismos, como las plantas. Pero los tres grupos, plantas, animales y hongos, conservan las mitocondrias, responsables por la respiración, es decir, por la obtención de energía a partir compuestos químicos y de oxígeno.

Centrándonos en los animales, los más abundantes son los artrópodos, y dentro ellos las hormigas. Pero aquellos animales que llegan a alcanzar mayor tamaño son los vertebrados, como los antiguos dinosaurios y los modernos mamíferos. Estos últimos evolucionaron a partir de pequeños animales insectívoros, similares a musarañas, llegando a formar seres tan evolucionados como los cetáceos, donde se incluyen delfines y ballenas. Por el contrario, bastante próximo a aquellos pequeños insectívoros se encuentra el grupo de los primates, al cual pertenece el hombre.

Todo lo que se sabe sobre la evolución de los seres vivos se basa en descubrimientos científicos recientes, enunciados a lo largo de poco más de un siglo. Por ello, en el imaginario de muchas personas continúan persistiendo, aún hoy en día, toda una serie de leyendas y supersticiones acerca del origen de los seres vivos, de los animales y del hombre. Durante milenios, los seres humanos pensaron ser una creación de los dioses, en ocasiones incluso su creación favorita. De ahí que, al ser finalmente enunciada la teoría de la evolución, los hombres, por una cuestión de orgullo, intentaron de alguna forma conservar ese privilegio que ostentaban. Y así, se pasó a defender que el ser humano era la cumbre de la evolución.

Y mucha gente continúa a creer hoy en día en esta idea, a pesar de ser científicamente absurda. No existe, en realidad, ninguna cumbre en la evolución, pues la vida constituye una unidad, con todas las especies emparentadas y dependiendo unas de otras a través de los ecosistemas que ellas mismas crean. Además, si quisiésemos buscar algún protagonista, convendría recordar que, tanto en número como en importancia, las bacterias continúan siendo las formas de vida dominantes en nuestro planeta.

Aun así, si pretendiésemos poner al hombre en lo alto de alguna falsa cumbre evolutiva, convendría, al menos, decidir en qué cumbre querríamos ponerlo. Porque todas nuestras células tienen dos componentes esenciales: uno de ellos, el cuerpo y núcleo celular, procede de una célula eucariota primitiva; el otro, las mitocondrias, no son otra cosa sino bacterias. ¿El hombre sería, entonces, la cumbre de la evolución de los eucariotas primitivos o sería la cumbre de la evolución de las bacterias?

17/9/10

Los colosos de la ciencia.


La estatua de Helios en la ciudad griega de Rodas era considerada una de las siete maravillas del mundo. Construida hace más de 2.200 años, utilizando hierro y bronce, se piensa que medía más de 30 metros de altura y que pesaba más de 70 toneladas. Sin embargo, a pesar de su altivo y magnífico porte, la estatua no resistió los efectos de un súbito temblor de tierra, que acabó por derribarla. En la actualidad, perdidos todos sus restos, no queda ya ni el menor rastro de ella. Un final muy diferente, por el contrario, es el que ha conocido la venus de Willendorf, una pequeña estatuilla de once centímetros descubierta en la localidad austriaca del mismo nombre. Esta simple y modesta escultura, creada hace más de 20.000 años en piedra caliza, permaneció perdida y enterrada a lo largo de innúmeros siglos hasta ser encontrada, hace cien años, durante unas excavaciones arqueológicas. Así, hoy en día, puede ser vista y admirada por cualquier persona.

Entre la arrogancia sin límites de una estatua de carácter colosal y la falta de pretensiones de una simple y pequeña estatuilla, el paso del tiempo acabó por premiar generosamente a esta última. A pesar de su tosco y orondo aspecto, ciertamente poco o nada envidiable, la venus de Willendorf consiguió sobrevivir sin problemas al paso de los siglos, al contrario de lo sucedido con la estatua del admirable Helios.

Podemos preguntarnos acerca de lo que movió al pueblo de Rodas a levantar, tan esforzadamente, su enorme y deslumbrante coloso. Y también acerca de lo que sintieron al ver cómo se derrumbaba, bastante poco tiempo después. La verdad es que los motivos que llevan a la construcción de un monumento de porte colosal, ya sea dedicado a un hecho, a una persona o a una idea, son casi siempre bastante mezquinos: son el miedo, la incerteza y la inseguridad. El verdadero objetivo que, en realidad, persigue quien levanta un enorme coloso es tener una buena sombra en la que poder esconderse, un abrigo bajo el cual poder protegerse de cualquier tipo de intemperie, ya sea física o intelectual. Sólo con el amparo de un imponente coloso ciertas personas consiguen sentirse tranquilas, rehuyendo todos sus temores y sus miedos.

Esta tendencia a construir grandes colosos está presente en todos los pueblos y en todas las actividades humanas. Y el mundo de la ciencia, el de los científicos, con todos los miedos e incertezas que estos arrastran, no es ninguna excepción. Así, contra más mediocres e incompetentes son los científicos, contra más necesitados están de una sombra en la que ocultarse de cualquier mirada crítica, más altos y soberbios son los colosos que levantan. En este caso, claro, dedicados al imponente dios de la verdad científica.

Parapetados tras estos enormes colosos, amparados por su altura divina e intimidatoria, los malos científicos se sienten finalmente seguros. Y así, sabiéndose intocables, pueden ya mostrar al mundo su actitud más vanidosa y arrogante. Pueden desarrollar ya todos sus falsos argumentos, esconder hábilmente sus dudas y sus mentiras, exagerar sus pocas certezas. Pueden envolver el vacío con grandes y lujosas palabras, desplegar la opacidad de sus lenguajes para proteger sus intelectos de la luz, alabarse y encumbrarse unos a otros en función de los mutuos favores que se prestan, mostrarse condescendientes con aquellos que no conocen sus doctas y falsas verdades. Pueden regocijarse de forma narcisista ante cualquier espejo, enojarse ante la simplicidad de las cosas, odiar a todo aquel que osa ignorarlos, vanagloriarse de la infinita dimensión de su pequeñez, adornarse con antiguos y marchitos oropeles. Pueden lanzarse al abismo de sus propios errores, reírse con desprecio de la bondad, horrorizarse ante los recuerdos de la infancia, confrontarse y luchar repetidamente contra lo innegable, morir una y otra vez de tedio…

Por supuesto, bastaría un estornudo para derribar y echar por tierra todos estos enormes colosos. Porque la verdad, la auténtica verdad científica, no es una altiva y petulante estatua. En realidad, la mayoría de las veces es como la venus de Willendorf, con su misma pequeñez y persistencia, y con su mismo insospechado poder. Es un conjunto de ideas que, siendo capaz de grandes logros, muchas veces es incapaz de explicar la más simple de las incógnitas, aunque abre siempre el camino hacia su resolución.

El método científico, en el cual se basa, es un compendio de métodos filosóficos que ayudan a ordenar y sistematizar la forma de adquisición del conocimiento, obligando a éste a aproximarse una y otra vez a la realidad, evitando así cualquier desvío. Utilizando este método, el estudioso consigue adquirir, de forma progresiva, un conocimiento lo más cercano posible del mundo y de la realidad en que vive, es decir, de la verdad.

No dude usted, por tanto, en apartarse de los defensores de los grandes libros, de los tratados incomprensibles, de las verdades exclusivas de las élites, de los grandes sabios que nada dicen ni dejan decir, de los eminentes doctores que no se dignan en explicar sus ideas... Apártese de este tipo de científicos y de sus altos y pesados colosos dedicados a la verdad científica. Apártese, en general, de cualquier tipo de coloso, pues así tendrá menos riesgo de quedar sepultado bajo uno de ellos.


19/6/10

La incomprensible actitud de Pinocchio.


Pinocchio, el famoso muñeco de madera del cuento de Collodi (Carlo Lorenzini), veía crecer su nariz cada vez que decía una mentira. ¿Por qué entonces insistía en mentir una y otra vez? ¿Pensaba que haciéndolo evitaba tener un rostro demasiado vulgar, con un perfil excesivamente plano y anodino? ¿Tenía acaso la pretensión de llegar a todas partes antes que nadie? ¿O será, por el contrario, que Pinocchio tenía una percepción diferente, de carácter alternativo, de lo que era o no era verdad?

Hoy en día es bastante frecuente escuchar argumentos que cultivan el relativismo sobre lo que es la verdad, argumentos destinados a confundir o nublar el entendimiento. Porque lo cierto es que existe una única realidad y es, precisamente, dicha realidad la que determina lo que es o no verdad. Cualquier idea que se aproxime a la realidad deberá ser considerada como verdadera, mientras que cualquier idea que se aleje de la ella será evidentemente falsa. Y considerando diferentes ideas, unas más próximas que otras de la realidad, unas serán por ello más verdaderas y otras lo serán menos.

Existen ideas que se acercan a la realidad en un aspecto y no en otro, mientras que otras lo hacen justamente al contrario, siendo al mismo tiempo igualmente verdaderas e igualmente falsas. Y también hay ideas que, siendo verdaderas en un aspecto, están muy lejos de la realidad en otros, mientras que otras ideas, no estando cerca en ningún aspecto, tampoco están muy lejos en ninguno de ellos. Así, podemos decir que entre las ideas imperfectas existe la posibilidad de hacer todo tipo de comparaciones. Pero eso no debe confundirnos ni apartarnos de la necesaria búsqueda de la verdad, es decir, de aquellas ideas que se identifican perfecta y plenamente con la realidad.

El mecanismo lógico por el cual se va probando o arquitectando la veracidad de las ideas, ya sea en un aspecto particular o en todos ellos, es la discusión y el análisis. Si a través de ellos se demuestra que una idea, o una parte importante de ella, no es válida, esa idea pasa entonces a ser considerada una falsedad o una mentira. Y, por lógica, quien la defendió debería pasar a ser considerado como un falsario o un mentiroso.

Pero evidentemente esto no es así, ni mucho menos. La consideración que es dada al defensor de una idea que se revela como falsa dependerá siempre del carácter moral de esa persona. Al demostrarse la falsedad de una idea, debe permitirse siempre a quien la defendió que rectifique sus argumentos. Sólo en el caso de que, pese a la evidencia, continuase defendiendo los mismos argumentos falsos, esa persona debería ser considerada como mentirosa. Sólo entonces merecería que le creciese la nariz.

Pinocchio, a pesar de ser un muñeco de madera, no era tonto. Bien pronto comprendió cómo era el mundo en que se encontraba. Miró a su alrededor y vio a toda la gente, a la gente de carne y hueso, defender siempre, invariablemente, las mismas falsas ideas, sin retractarse jamás de ellas. Cierto es que, en medio de toda esa gente, había también unas pocas personas dedicadas al estudio y al conocimiento, esforzadas en demostrar la falsedad de las ideas comunes y en proponer otras más acordes con la realidad. Pero estos estudiosos eran siempre ignorados y despreciados por la mayoría. ¿Para qué iban a cambiar ahora de ideas, si las que tenían les habían servido siempre hasta ahora, ya fuese mucho, poco o nada?

Pinocchio, sintiendo gran admiración por aquellos pocos estudiosos, rompió su hucha y compró algunos de sus libros. Leyó con mucha atención e interés los tratados que demostraban, por ejemplo, que utilizar el petróleo de forma masiva alteraba el clima del planeta, que adoptar una economía basada en el lucro provocaba siempre una creciente injusticia social, que la práctica de una agricultura intensiva acababa por agotar la fertilidad del suelo, que destruir la naturaleza implicaba inevitablemente nuestra propia e impiedosa destrucción.

La verdad de aquellas ideas era evidente. Pero claro, él no podía defender esas nuevas ideas, por más próximas a la realidad que estuviesen. Él era un muñeco de madera y no podía correr riesgos. Si alguien se irritase con él, lo más seguro es que lo echasen al fuego. Pinocchio sabía muy bien que incluso personas de carne y hueso habían sido quemadas en el pasado por la misma razón. No, de nada sirve defender la verdad cuando de lo que se trata es de evitar ser devorado por las llamas.

Comprendiendo todo esto, Pinocchio comenzó a mentir. Mentía siempre y a todas horas. Tener una nariz en crecimiento no era en realidad un gran problema, pues incluso era vista como un símbolo de carácter y personalidad en su rudo perfil de muñeco de madera. Así fue como, a partir de entonces, Pinocchio prosperó en este mundo. Quién sabe si hoy en día no se habrá convertido en un ministro importante de cualquier país occidental. O quizás en un pedazo de leña.


2/2/10

La voz de Casandra.

Llegar a ser escuchado no es a veces suficiente. Ni siquiera llega a ser suficiente que nos oigan con gran atención en todo aquello que decimos. Incluso en el caso de que consigamos transmitir correctamente el significado de todas y cada una de nuestras palabras, tampoco eso llega a ser suficiente. A veces es necesario algo más.

Eso es exactamente lo que constató Casandra, una de las hijas de Príamo, el legendario rey de Troya. Todo comenzó cuando el bello dios Apolo, seducido por la hermosura de Casandra, confirió a la princesa el maravilloso poder de la adivinación. Gracias a este don divino, la princesa fue capaz de prever, a partir de entonces, todo aquello que iba a suceder en el futuro. Su felicidad, sin embargo, no iba a durar mucho. Sintiéndose traicionado por Casandra, al no acceder ésta a sus caprichos, el dios Apolo condenó a la princesa a una terrible maldición. Sin retirarle el poder de la profecía que antes le había otorgado, la condenó a que, a partir de ese momento, nadie creyese nunca en sus palabras.

Así, durante la guerra de Troya, la princesa previó, entre otras cosas, la verdadera naturaleza e intención del famoso caballo de madera. Pero debido a la maldición del dios, nadie creyó en lo que decía. Por ello la ciudad de Troya fue invadida y derrotada. Nuevas profecías fueron una y otra vez enunciadas por el poder clarividente de Casandra, pero el resultado fue siempre el mismo. Ante la falta de crédito con que eran acogidas sus palabras, todos los desastres y tragedias que podían haberse evitado acabaron por consumarse.

La maldición del dios Apolo fue ciertamente terrible. Aunque, la verdad, si nos paramos a pensar un poco, quizás podamos tener algunas dudas sobre esta historia. Quizás el dios Apolo nunca llegase a lanzar esta maldición. En realidad, puede que tal maldición nunca existiese. Podría ser, simplemente, que los que escuchaban las clarividentes palabras de Casandra no quisiesen, por propia voluntad, creer en ellas. Quizás su propia estupidez y arrogancia les impidiese hacerlo. Podría ser que, voluntariamente ciegos y sordos, prefiriesen ignorarlas.

La historia de Casandra ilustra a la perfección la relación que existe, en nuestra sociedad, entre la ciencia y el poder político, entre los científicos y los gobernantes. La ciencia investiga la realidad que nos rodea y muchas veces, tal como la princesa troyana, prevé los desastres que van a suceder o que pueden suceder si no se toman las medidas necesarias para evitarlos. Los gobernantes, por su parte, parecen escuchar con atención lo que la ciencia les dice sobre el futuro. Sin embargo, tal como los troyanos, no creen o no quieren creer en sus palabras. Prefieren ignorarlas.

La gran mayoría de los gobernantes prefiere caminar hacia el desastre antes que esforzarse, aunque sea por una sola vez, en comprender el verdadero significado de las palabras y de los sucesos anunciados por la ciencia. Prefieren caminar hacia el suicidio, propio y colectivo, antes que reconocer que sus endebles y fútiles ideas, casi siempre contrarias a los más básicos principios científicos, puedan estar equivocadas. Si llegaron hasta donde están siguiendo esas mismas ideas, ¿cómo podrían pensar ahora que existen otras mucho mejores? Así, prefieren ignorarlas incluso cuando los primeros indicios del anunciado desastre están ya a la vista de todos.

Los gobernantes, sin embargo, saben cuidar bien de las apariencias. Cuando deben tomar una decisión importante sobre el destino de su país toman sus precauciones. En primer lugar, encargan un detallado estudio científico que analice todos los problemas relacionados con la cuestión y que enuncie detalladamente las posibles soluciones. Luego, una vez tienen finalmente el estudio en sus manos, lo guardan en un cajón y sacan del bolsillo su bola de cristal. Sí, porque es normalmente en su bola de cristal, siempre tan fácil de entender, siempre tan autocomplaciente, que los gobernantes encuentran la inspiración necesaria para tomar aquellas medidas que conducirán a su país directamente hacia el desastre.

Es de esta forma que asistimos en todo el mundo a nuevas y cada vez mayores tragedias. Y otras peores están aún por llegar. Podemos tomar como ejemplo los múltiples informes científicos sobre el efecto invernadero y la alteración del clima mundial. Ellos son, una vez más, la voz ignorada de Casandra. Las soluciones enunciadas por la ciencia para evitarlos son, desde luego, repetidamente ignoradas y despreciadas por los gobernantes. El desenlace es así inevitable. A menos, claro, que el mundo entero recupere la lucidez y consiga librarse de sus gobernantes. ¿Será también el dios Apolo quien nos lanzó esta terrible maldición? ¿Fue quizás este dios quien primero nos otorgó la libertad y luego, arrepentido, puso en el poder a nuestros actuales gobernantes?

25/9/09

Ciencia ética o ciencia patética.

Hace unos 2.400 años, un filósofo griego llamado Demócrito teorizó sobre la composición de la materia. Según afirmaba, la materia estaría formada por unas partículas indivisibles que pasaron a llamarse átomos. Mucho tiempo después, pasados más de mil años, los llamados alquimistas buscaron incesantemente el secreto de la piedra filosofal, por la cual pretendían convertir otras sustancias en oro. Fueron ellos los que sentaron las bases de la química moderna al demostrar que algunos compuestos, mediante ciertas reacciones, podían transformarse en otros completamente diferentes. Pasados otros mil años, un modesto monje llamado Mendel formuló las leyes genéticas de la herencia mientras se entretenía en plantar unos guisantes en su jardín. Como demostró, los genes se transmitían entre generaciones siguiendo unas determinadas reglas.

Todos estos filósofos y científicos eran, aparentemente, personas admirables. Sin embargo, pese a su aspecto sencillo e inocente, quizás podamos decir que se encuentran entre los mayores criminales de toda la historia de la humanidad… Sí, esta afirmación puede parecer algo sorprendente. Pero pensemos por un momento en lo siguiente: ¿no fueron ellos los precursores de ciencias que provocaron y provocan, hoy en día, miles y miles de muertes?

Si Demócrito no hubiese iniciado unas ideas que más tarde llevarían a la construcción de la bomba atómica, nunca habría existido el genocidio de Hiroshima. Si los alquimistas no hubiesen hecho los primeros experimentos para crear nuevos compuestos, no se habrían creado los clorofluorocarbonos (CFC), compuestos que están destruyendo la capa de ozono y provocando miles de víctimas. Si Mendel no hubiese dado inicio al estudio de la genética, no se habrían creado los organismos genéticamente modificados (OGM), que están siendo introducidos en los ecosistemas y provocarán efectos catastróficos en el futuro.

Podemos pensar, con toda razón, que el pobre Demócrito no fue responsable, ni mucho menos, de la creación de las bombas atómicas varios milenios después. O que a Mendel nunca le pasó por la cabeza que alguien pudiese, un siglo más tarde, utilizar sus guisantes para producir la contaminación genética de las más diversas especies. Ellos eran científicos que investigaban la naturaleza de las cosas. Su objetivo era simplemente ampliar el conocimiento para que éste pudiese ser utilizado para el bien de la humanidad.

Pero aquí está precisamente el problema: para que pudiese ser utilizado ¿cómo?, ¿por quién? y ¿realmente, para el bien de la humanidad? No cabe duda de que sus valiosos descubrimientos fueron utilizados por muchas personas: unas veces cultas y sabias, otras veces completamente ignorantes. Unas veces para realizar cosas maravillosas, otras veces para realizar las cosas más abominables del mundo. Cualquier tipo de conocimiento es en realidad un arma de doble filo: puede ser utilizado tanto para el bien como para el mal. Es decir, el conocimiento está inevitablemente sujeto a la ética.

En realidad toda ciencia, como epígono de la filosofía, como búsqueda humana de un conocimiento dirigido hacia un objetivo, ya sea concreto o difuso, es una extensión de la ética y está subordinada a ella de forma natural. Cualquier nuevo descubrimiento científico es, por tanto, inseparable de su raíz ética.

Sin embargo, la ciencia que vemos hoy en día a nuestro alrededor no es una ciencia ética, sino, en todo caso, una ciencia patética. En la mayoría de los casos, la ciencia actual está despojada de cualquier ética o de cualquier principio ético. Es por ello una falsa ciencia.

La mayoría de los científicos actuales no sabe ni se preocupa lo más mínimo por la ética. Y sus investigaciones no tienen necesariamente como objetivo el bien de la humanidad. Como auténticos profesionales que son, los científicos se limitan a estudiar aquello para lo cual hay dinero, aquello para lo que les pagan. Su área de conocimiento, además, llega a ser tan especializada y su campo de acción tan limitado que, muchas veces, sus supuestos objetivos resultan incoherentes o contradictorios. Y muy a menudo, su ignorancia de otros campos del saber les lleva a creer en la falsa bondad de sus investigaciones o de su posterior aplicación.

Una vez realizan un descubrimiento, los científicos actuales dejan su utilización en manos de otros, despreocupándose por completo de sus consecuencias. La mayoría piensa incluso que no les corresponde a ellos aplicar sus descubrimientos. Eso corresponde a cualquier otra persona, sin duda más ignorante. Y si ésta los emplea para realizar el mal, eso no es asunto de ellos.

No cabe duda de que esta actitud habría escandalizado a Demócrito, a Mendel o a los alquimistas, cuya dimensión ética podemos suponer muy superior a la de los científicos actuales. No a la de todos, evidentemente. Pero a nadie se le escapa que la mayoría de la patética ciencia actual es una mera actividad mercantilista, sin ningún cerebro, sin ninguna ética y sin ninguna… ciencia.