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8/2/24
El triunfo de la infelicidad
La filosofía, desde sus mismos inicios, tuvo siempre como principal objetivo la búsqueda de la felicidad del ser humano. Por ello, diversas escuelas filosóficas de la antigüedad, como la escuela hedonista, la epicúrea o la estoica, trataron de desarrollar esa búsqueda estudiando diversos conceptos directamente relacionados con ella, como son el placer, la racionalidad o la virtud, al tiempo que teorizaban sobre el correcto equilibrio que debía existir entre ellos.
Lo que sin duda resultaba inconcebible para estos filósofos, tal como lo sigue siendo hoy en día, era pensar que en algún momento el ser humano renunciase, por su propia voluntad, a alcanzar la felicidad. Y mucho menos aún que se dedicase justamente a todo lo contrario, es decir, que buscase premeditadamente su propia infelicidad, que se esforzase al máximo por llevar en todo momento una vida lo más desgraciada posible. Y sin embargo, por extraño que parezca, esto mismo es lo que ha venido ocurriendo repetidamente, en mayor o menor medida, a lo largo de toda la historia. Aunque quizás no exactamente por propia voluntad de las personas, sino debido a una velada, perversa y sutil imposición.
Con el surgimiento de las grandes desigualdades sociales y la aparición de unas élites privilegiadas cada vez más poderosas, se hizo necesario controlar en todo momento la voluntad de la población. Para lograr este objetivo, la filosofía fue progresivamente eliminada y sustituida por las grandes religiones, con las que se buscaba dejar al pueblo reducido a la sumisión y la ignorancia, imposibilitado de realizar cualquier tipo de protesta o rebelión. Y como es lógico, con la desaparición de la filosofía y la implantación de este modelo, la ansiada y compleja búsqueda de la felicidad del ser humano acabó por ser definitivamente abandonada.
Pero no sólo eso, sino algo mucho peor. El ansia de dominación por parte de los más poderosos, siempre desmedida y sin límites, necesitaba llegar mucho más lejos. Era necesario que el pueblo, además de renunciar a su felicidad, se volviese por sí mismo contra sus propios intereses. Es decir, era necesario que las personas, siempre para único beneficio y provecho de los poderosos, pasasen a buscar activamente en sus vidas una continua, persistente y completa infelicidad.
Para conseguir este infame propósito las élites dominantes contaban con la valiosa ayuda de las grandes religiones, que no dudaron para ello, a partir de entonces, en ir penetrando lenta y sigilosamente en todos y cada uno de los aspectos de la vida de las personas. Su ambicioso objetivo era nada menos que conseguir la destrucción sistemática de las personas, la total desvalorización de sus vidas, la negación absoluta de su libertad y la completa aniquilación de su voluntad y su pensamiento. Y por desgracia, todos y cada uno de estos infames propósitos fueron logrados, sin excesivas dificultades, siguiendo un plan sistemático de tenebrosa e inigualable perversidad.
En primer lugar, era necesario destruir a las personas. Para conseguirlo, se obligó a todas ellas a creer que poseían en su interior un alma mágica, una sustancia inmaterial e intangible, de naturaleza inmortal. Y que esta alma era la única e indiscutible esencia de ellas mismas, de su propio ser y de su personalidad. Por tanto, su propio cuerpo, su real y auténtica persona, no era más que un simple, perecedero y despreciable recipiente destinado únicamente a ser usado por esa alma. Además, dicha alma, siendo mágica e inmortal, no pertenecía a las personas, sino que era propiedad de los dioses, quienes la habían creado e infundido generosamente en sus cuerpos para otorgarles la vida.
De esta forma, las personas ya no eran realmente ellas. Sus cuerpos no eran su propia persona. Y tampoco se pertenecían a sí mismas, sino a las deidades, a las que debían nada menos que la propia vida. Es decir, que sólo por el hecho nacer toda persona era propiedad de los dioses y estaba, además, en profunda y permanente deuda con ellos.
En segundo lugar, era necesario destruir la vida de la gente. Según los tenebrosos mandatos de la religión, el objetivo primordial de la vida de las personas debía ser, como ya se ha dicho, evitar la felicidad. Y esto porque, según los misteriosos preceptos divinos, contra mayor fuese el sufrimiento y el dolor padecidos en este mundo terrenal, mayor sería la recompensa que recibiría el alma, después de la muerte, en el mundo celestial. Las personas, por tanto, para alcanzar esa máxima recompensa, esa felicidad eterna, debían buscar en todo momento el sufrimiento y complacerse con él.
Aunque, como es lógico, no cualquier tipo de sufrimiento servía. El mejor era aquel que fuese más productivo y beneficioso para las clases dominantes. Así, el sufrimiento producido por la esclavitud, la sumisión al poder o la ciega obediencia a las élites era, por supuesto, el tipo de sacrificio que los dioses mejor y más generosamente recompensaban.
En tercer lugar, era necesario instaurar el terror. No es posible someter a las personas simplemente con promesas de futuras recompensas, pues eso no siempre funciona. La promesa de vivir para siempre, tras la muerte, en un mundo idílico y celestial, compartiendo la misma gloria de los poderosos, no es suficiente para asegurar una total obediencia de la población. Para conseguirla, lo primero que debe hacerse es castigar duramente a las personas que no obedecen. Pero, sobre todo, es necesario aterrorizarlas para que ni siquiera lleguen a pensar nunca en desobedecer.
Así, el castigo destinado para los rebeldes debía ser lo más contundente y ejemplar posible, incluyendo métodos violentos como la tortura y la muerte. Pero para conseguir el terror más absoluto era necesario inventar una amenaza aún más monstruosa y escalofriante. Y para ello precisamente se creó la fantasiosa idea del infierno, un lugar delirante y de pesadilla donde, tras la muerte, los rebeldes eran condenados a sufrir todos los días, por toda la eternidad, los más horribles y dolorosos tormentos.
En definitiva, desobedecer los sagrados mandatos de la religión y de los poderosos significaba, en primer lugar, morir de forma cruel y dolorosa. Y en segundo lugar, sufrir todo tipo de torturas horribles y espeluznantes durante un tiempo eterno e infinito. Nada mal como amenaza.
En cuarto lugar, era necesario destruir la sociedad. Las comunidades, como lugares destinados al libre desarrollo de las personas, debían desaparecer. Para conseguir este objetivo era necesario imponer unas leyes y unas normas que las corrompiesen y transformasen por completo. Algo relativamente fácil de conseguir, teniendo en cuenta que, gracias a la religión, los poderosos eran los intérpretes exclusivos de la voluntad de los dioses, su única voz autorizada. Por tanto, sus dictados eran al mismo tiempo un mandato divino que debía ser obligatoriamente seguido por todos. Siendo así, rebelarse contra las nuevas leyes impuestas por los poderosos suponía, al mismo tiempo, atentar contra los dioses, contra sus legítimos representantes y contra el nuevo orden social, cuya naturaleza pasó a ser celestial, inmutable e imposible de cuestionar.
En quinto lugar, era necesario esclavizar al pueblo. Siendo el mundo también una creación de los dioses, las personas debían agradecer en todo momento a las deidades el hecho de poder vivir en él. Y especialmente el poder disfrutar de todo aquello que el mundo proporciona y de los medios materiales que ofrece para permitir la subsistencia de los seres humanos.
Por esta razón, cualquier cosa conseguida mediante el propio trabajo y el esfuerzo se convertía de inmediato, de forma incuestionable, en una deuda hacia los dioses, a los que se debía pagar obligatoriamente el debido tributo. Y este tributo, por supuesto, era recaudado, utilizado y disfrutado por sus representantes en el mundo terrenal, es decir, por las clases sociales privilegiadas. Como es fácil deducir, con el establecimiento de esta abusiva norma, las personas fueron obligadas a trabajar durante toda su vida, sin descanso, para enriquecer aún más, siempre más, a los poderosos. Y sólo tenían derecho a quedarse con una mínima parte del resultado de su esfuerzo, aquella que les permitiese la más elemental subsistencia, o en ocasiones ni siquiera eso.
En sexto lugar, era necesario destruir el pensamiento. Para ello, los dioses, como entidades mágicas, debían ser omnipresentes y omniscientes, capaces de vigilar en todo momento cada una de las acciones e incluso cada uno de los pensamientos de las personas. De esta forma, la amenaza y el castigo de los dioses estaría constantemente presente en todos y cada uno de los ámbitos de sus vidas, anulando el más mínimo resquicio de libertad de acción o de pensamiento.
Además, esta constante vigilancia debía ser considerada como algo benéfico, pues siendo los dioses los creadores de la humanidad, debía aceptarse que ellos en todo momento procuran el bien de sus hijos y desean guiarlos por el buen camino. Los dioses, por tanto, eran merecedores de la misma obediencia y respeto debidos a un progenitor y desobedecerles era lo mismo que atentar contra los sagrados valores de la familia.
En resumen, considerando todo lo anteriormente expuesto, es posible decir que con la implantación de este terrible y opresor sistema las personas ya no eran personas. Ya no eran dueñas de sí mismas, ni de su trabajo, ni de sus tierras. No tenían libertad para actuar, ni tan siquiera para pensar. Su voluntad había desaparecido y había sido sustituida por los simples deseos y caprichos de los poderosos. Además, debían mostrarse agradecidas por verse reducidas a la esclavitud y poder seguir las leyes injustas impuestas por sus opresores. Y como si esto no bastase, su felicidad consistía ahora, de forma incuestionable, en buscar y lograr la mayor infelicidad posible.
Una vez sometido un pueblo a este perverso y abominable plan, a esta aterradora y demencial pesadilla, en modo alguno es fácil conseguir recuperar la libertad. Para ello es necesario, en primer lugar, que todo el mundo recobre su propia conciencia como persona. Pero también es necesario dejar de creer, de forma inequívoca y para siempre, en todas las mentiras de los poderosos, en sus dioses y sus religiones, en sus leyes y su orden social, en su mundo sin libertad ni derechos, en su futuro sin verdad ni conocimiento. Aunque, sobre todo, es necesario algo aún mucho más difícil: es necesario luchar para liberarse y lograr, además, sobrevivir a esa lucha.
10/11/23
La conciencia como ficción eminentemente útil
Cuando, tras la fuerte descarga eléctrica, los ojos de la criatura finalmente se abrieron, lo primero que ésta sintió fue una luz cegadora y sofocante, casi dolorosa, inundándolo todo y anulando la totalidad de sus sentidos. Pasados algunos momentos de angustia y confusión, su vista pudo al fin acostumbrarse mínimamente a aquella potente claridad. Y lo primero de que la criatura se apercibió entonces fue del espacio que la envolvía, a un mismo tiempo vibrante y tenebroso, insondable, casi imposible de escrutar. Comprendió en ese momento que la luz venía de arriba, de lo alto. Mientras agitaba su cuerpo, sentía el calor insoportable que ésta provocaba sobre su piel. Y sentía también el aire caliente que, al respirar, entraba de forma violenta en su pecho. Supo entonces que debía alejarse lo antes posible de aquella terrible y asfixiante luz. Pero, al intentar hacerlo, comprobó que sus extremidades se encontraban amarradas, con fuerza, a la dura superficie sobre la cual se hallaba tendido su cuerpo.
Sí, la conciencia de la criatura se había finalmente despertado. Tenía conciencia del espacio en que se hallaba y de los límites y la posición de su cuerpo. Tenía conciencia de la existencia y de la localización de la luz que la amenazaba. Y tenía conciencia también de los movimientos que debía realizar para alejarse lo más rápidamente posible de ella. Pero de lo que no era en absoluto consciente, en cambio, era de la verdadera naturaleza de su propio cuerpo.
Quien sí conocía esa naturaleza con todo detalle era la persona que se hallaba a pocos pasos de ella, su creador. Oculto en la penumbra del laboratorio, el eminente y genial científico, trastornado sin embargo, desde hacía años, por las más locas y obsesivas ideas, permanecía inmóvil y en silencio, concentrado todavía en manipular la compleja maquinaria con la que había dado vida a su nueva y más fabulosa creación. Él sabía muy bien cómo era la criatura. Sabía el origen de todos los órganos que había tenido que buscar, robar y juntar para dar lugar al nuevo ser. Conocía a la perfección los fragmentos de los diferentes cuerpos que había tenido que ensamblar y coser pacientemente para formar con ellos uno solo. Sabía todo acerca de los fluidos, las conexiones y los implantes con los que había tenido que dotar a su más reciente y escalofriante experimento. Sabía, en definitiva, que la criatura no era otra cosa que la suma aberrante, repulsiva y antinatural de muchos otros organismos.
Pero la criatura, evidentemente, no era consciente de ello. Su conciencia permanecía al margen por completo de este hecho. Porque, como es lógico, la función de la conciencia no consiste en conocer la naturaleza del propio cuerpo. Su verdadera función consiste en recibir la información proporcionada por los sentidos, saber cómo es y en qué se caracteriza el espacio que nos rodea. Consiste en identificar, en ese espacio, los límites y los movimientos de nuestro propio cuerpo. Y consiste también en saber cuáles son en cada momento nuestras necesidades y decidir de qué forma debemos actuar para conseguir vivir o sobrevivir de la mejor manera posible.
Puede que quizás algún día, tras escapar del laboratorio, la criatura acabe por mirarse en un espejo o que vaya a un hospital a hacerse una radiografía, momento en que podrá conocer finalmente la aberrante naturaleza de su cuerpo. Pero eso en nada afectará a su conciencia, que no dejará por ello de seguir funcionando exactamente igual, cumpliendo siempre las mismas funciones que tiene asignadas.
El desconocimiento que tiene la conciencia de la criatura sobre la naturaleza de su propio cuerpo es algo que puede parecernos extraño e inquietante. Pero lo cierto es que todos nosotros nos encontramos, básicamente, en la misma e idéntica situación. Todos nosotros estamos formados por órganos, por fluidos, por conexiones nerviosas, por músculos y ligamentos. Y solamente conocemos su existencia porque nos han enseñado o hemos leído en libros que nuestro cuerpo está hecho de esa determinada manera. Pero si nuestro cuerpo fuese otro completamente diferente, con otros órganos, con otros fluidos, con otros sistemas corporales, nuestra conciencia continuaría funcionando exactamente igual que hasta ahora, en nada se vería afectada. De hecho, antes de que la ciencia empezara a estudiar la anatomía del cuerpo humano y comenzara a revelarnos su contenido, nuestra conciencia no era en nada diferente de la actual, ni en su funcionamiento ni en su propósito.
Esto es así porque la conciencia no necesita, en realidad, saber lo que somos o cómo estamos hechos. No necesita saber si somos una persona normal o la aberrante creación de un científico loco. Únicamente necesita cumplir, como hemos dicho, las funciones que tiene encomendadas, que consisten en salvaguardar, cuidar y dotar de mejores condiciones de vida a nuestro organismo, sea cual fuere su naturaleza o composición.
Pero aunque nuestra conciencia no sepa cuál es nuestra auténtica y verdadera naturaleza, nuestro organismo, en su conjunto, evidentemente sí que lo sabe. Sabe perfectamente cómo está hecho nuestro cuerpo y es capaz además de regular todo su funcionamiento hasta en los más mínimos detalles. En nuestro interior existe toda una serie de órganos, glándulas y sistemas encargados de vigilar y de controlar toda la complejidad de nuestro organismo. Y estos órganos sí que son, desde luego, conscientes de nuestra propia naturaleza y de todo aquello que sucede, a cada momento, en cualquier parte de nuestro cuerpo.
Así, aunque en general nos refiramos a la existencia de una única conciencia en cada persona, lo correcto sería decir que existen muchas conciencias en cada uno de nosotros, funcionando todas en paralelo y de forma coordinada entre sí. Por tanto, deberíamos comenzar por distinguir, al menos, entre dos tipos diferentes de conciencias: las conciencias externas, que se encargan de analizar el medio externo y la forma como interactuamos con él, y las conciencias internas, que se encargan de analizar el medio interno de nuestro organismo y las interacciones que en él se producen.
La conciencia a la que tradicionalmente nos referimos, la conciencia mental, localizada en la parte cortical de nuestro cerebro, es la conciencia externa que se encarga de analizar la información transmitida por los sentidos y de decidir cuáles deben ser nuestras acciones para conseguir adaptarnos de la mejor manera a nuestro entorno. Sin embargo, también recibe algunas informaciones procedentes del medio interno, como pueden ser las sensaciones de dolor, de hambre o de sed, transmitidas por otras conciencias. Y de forma recíproca, influye también en el medio interno y en esas otras conciencias, como, por ejemplo, haciendo que se acelere el pulso ante una súbita situación de peligro.
Determinados estímulos requieren, sin embargo, una respuesta rápida en la forma de reflejos. Es por ello que dichos estímulos y las respuestas motoras correspondientes no llegan a alcanzar la mente, funcionando al margen de ella. Así, podemos decir que los reflejos constituyen un tipo diferente de conciencia externa, localizada físicamente en diferentes partes del sistema nervioso. Y como es fácil deducir, son el tipo de conciencia externa predominante en los animales más simples, aquellos que no poseen un cerebro desarrollado.
Entre las conciencias internas, podemos citar la que constituye el sistema inmune, un tipo de conciencia altamente complejo y sofisticado que no sólo es capaz de identificar cualquier elemento vivo ajeno a nuestro organismo, sino que además es capaz de combatirlo de la forma más eficaz posible, analizando con detalle hasta sus más mínimas características.
Podemos hablar también de conciencias internas al referirnos a cualquier órgano o glándula que controle el equilibrio fisiológico de nuestro cuerpo, de nuestro medio interno. Dichos órganos son conscientes, en cada ámbito particular, de cuáles son los parámetros propios del organismo y de todo aquello que deben hacer para reponer el equilibrio cuando éste se pierde. De igual forma, existen otros tipos de conciencia responsables de mecanismos de enorme complejidad fisiológica, como pueden ser las diferentes funciones hepáticas, los sistemas hormonales o los factores de crecimiento que gobiernan el desarrollo del organismo.
En último término, más allá de los diferentes órganos y sistemas, podemos hablar de conciencia al referirnos a cualquiera de las células que forman parte de nuestro organismo, pues todas ellas reciben información del medio interno e interactúan de forma compleja con él. Baste citar, como ejemplo de dicha complejidad, la forma asombrosa en que cada célula es capaz de saber, durante el desarrollo embrionario, en qué lugar exacto del organismo se encuentra y cómo debe diferenciarse para formar un determinado órgano, coordinándose además con las células vecinas para generar formas del todo perfectas y funcionales.
En realidad, todas las conciencias citadas anteriormente no son otra cosa que la suma de la actividad de las células que componen los órganos donde dichas conciencias se localizan. Por tanto, a un determinado nivel, todas las conciencias del organismo pueden resumirse en la existencia de una única conciencia, aquella que es propia de nuestras células. Y esta conciencia es en realidad única, puesto que todas las células de nuestro organismo son clones, es decir, células hermanas e idénticas en su material genético, aunque luego acaben por diferenciarse y especializarse cada una en una determinada función.
También nuestra corteza cerebral está formada por células, por lo que, evidentemente, nuestra conciencia mental es también una consecuencia de la ya referida conciencia celular. Sin embargo, como hemos dicho anteriormente, para cumplir sus funciones nuestra mente no necesita saber de la existencia de órganos, de células o de otras conciencias. Y si bien la ciencia es capaz de revelarle ahora su existencia, lo cierto es que nuestra mente no está hecha para asimilar ni para integrar dicha información. Así, incluso en la actualidad, nosotros y nuestra mente tendemos inevitablemente a considerar todas las conciencias internas como meros automatismos determinados genéticamente. Como si en verdad la propia mente y la propia conciencia mental no lo fuesen también.
Es cierto que en la mente convergen, además de la información genética, la información cultural transmisible y la experiencia individual que vamos acumulando a lo largo de toda nuestra vida. Pero recordemos, por ejemplo, que también nuestro sistema y conciencia inmune poseen memoria y acumulan experiencia individual, siendo capaces de recordar pasadas infecciones y la forma exacta y más eficaz de combatirlas. Y los anticuerpos, que representan una información adquirida por esa memoria inmune, se transmiten durante la lactancia de madres a hijos, constituyendo un tipo de información en cierta forma bastante semejante a la cultura.
Por otra parte, debemos siempre tener en cuenta que la conciencia mental posee una importancia variable en cada especie. Dicha conciencia tendrá un mayor o menor desarrollo en función de la complejidad del medio externo al que tenga que enfrentarse la especie y, también, de la mayor o menor variabilidad de comportamientos con que el individuo pueda responder a ese mismo medio.
Más concretamente, en un medio cambiante pero repetitivo resultará útil que la conciencia mental se desarrolle y adquiera la capacidad de memoria, con la cual podrá almacenar y utilizar en todo momento información recogida en el pasado. En otras ocasiones también le será útil al individuo poder predecir determinados cambios en el medio, combinando los indicios observados con la información aportada por la memoria y el aprendizaje. En este caso, la conciencia mental tenderá también a desarrollar la capacidad de imaginación, con la cual le será posible trazar hipotéticos escenarios futuribles y ensayar en ellos el mayor o menor acierto de cada tipo de comportamiento.
Si una especie es social, la conciencia mental deberá ser además capaz de reconocer a otros organismos semejantes a él y de comprender que a ellos se aplica exactamente lo mismo que al propio organismo. Gracias a esto, un individuo podrá ser capaz de predecir, imitar, transmitir o inducir comportamientos en las conciencias de los otros. Y será también posible desarrollar una conciencia colectiva, resultado de la suma coordinada de todas las conciencias individuales, permitiendo que el grupo social responda por igual o de forma organizada ante una determinada situación. En último término, como en nuestra especie, podrá crearse una organización social que permita que determinados individuos se especialicen en la transmisión del conocimiento. Y que surja, de este modo, el conocimiento científico que nos está permitiendo empezar a conocer nuestro medio interno y nuestras conciencias, así como el propio funcionamiento de la conciencia mental, que de esta forma se revela a sí misma.
En un sentido contrario, existen ciertas situaciones en que la actividad y las funciones de la conciencia mental quedan bastante condicionadas. Determinadas tareas repetitivas, por ejemplo, consiguen evitar su paso continuo por dicha conciencia, creándose así actividades semiconscientes que, una vez iniciadas, tienen una ejecución casi automática. También existen determinadas informaciones que se almacenan en lugares poco accesibles y manejables por la mente, como el subconsciente. Por otra parte, hay ocasiones en que la conciencia mental queda desbordada por los sentimientos y emociones inducidos por las conciencias internas o subconscientes, que adquieren en ese momento un dominio casi completo sobre el comportamiento. Por último, es importante recordar que durante el periodo del sueño, que ocupa una gran parte de nuestra vida, la conciencia mental parece anularse y desaparecer por completo.
En resumen, podemos decir que la abominable criatura creada por el científico loco, cuando despierta sobre la fría mesa del laboratorio, tiene conciencia plena de ser un individuo y de estar situado en algún lugar del mundo, pero desconoce qué es lo que eso significa y cuál es su propia naturaleza. Su mente, tal como la nuestra, no sabe de qué órganos está compuesto su cuerpo ni de qué forma sus conciencias internas lo regulan mediante complejos mecanismos fisiológicos y genéticos.
Es más, tampoco podemos decir que conozca mucho acerca de la verdadera naturaleza del medio externo. Todos nuestros sentidos nos proporcionan una determinada información sobre el entorno, siempre muy limitada, que luego nuestro cerebro se encarga de conceptualizar y poner a disposición de la conciencia mental. Pero es sólo gracias a la ciencia, en nuestro caso, que comenzamos ahora a conocer, en realidad, qué es y de qué está formada la materia que constituye el mundo exterior.
En definitiva, tanto la criatura como nosotros mismos poseemos una conciencia mental que desconoce por igual los fundamentos básicos que constituyen nuestro medio externo y nuestro propio medio interno. Por un lado, nuestra conciencia reduce la realidad del mundo exterior a una serie de imágenes y conceptos extremamente simplificados y abstractos, fáciles de manejar. Y por otro, reduce a la categoría de un único ser pensante toda la extrema complejidad de nuestro organismo y de nuestro medio interno, incluidas todas nuestras diversas conciencias y la totalidad de nuestras células.
Parece por tanto bastante evidente que nuestra conciencia mental vive, en cierto modo, sumida en una ficción. Aunque debemos reconocer que se trata de una ficción premeditada, calculada y útil, forjada sabiamente por la evolución, que permite a nuestra mente conseguir la máxima simplicidad y eficiencia en todas sus funciones.
Así, cuando nos miramos en un espejo, ¿qué es lo que nuestra conciencia está viendo realmente? ¿Qué tipo de ficción ve reflejada en su superficie? O mejor dicho, ¿qué tipo de ficción nos resulta útil que vea reflejada en ella? No hay duda de que a nuestra conciencia poco le importa si la imagen que le llega es la de un determinado cuerpo o la de otro completamente diferente, siempre que ese cuerpo sea el nuestro. Para ella tanto da si somos unos seres monstruosos y terribles creados por un científico loco o, bien por el contrario, unos seres monstruosos y terribles creados por la propia naturaleza.
11/2/23
Derechos ganados y derechos otorgados
En el ámbito jurídico es bastante frecuente oír hablar de los derechos y las obligaciones que todo ciudadano tiene ante la ley. O también de que todos los ciudadanos, tal como los colectivos que forman, son sujetos de derecho, pues a ellos les son aplicables las leyes vigentes. Sin embargo, todo este variado conjunto de términos jurídicos, sin una correspondencia directa con el lenguaje común, acaba generando a menudo un considerable grado de confusión. Es por ello que, para comprender estos conceptos e intentar evitar equívocos, es conveniente, en primer lugar, identificar los elementos básicos que participan en todo proceso jurídico y entender cómo se organizan entre sí.
Como en cualquier otro tipo de acción, también en una acción de naturaleza jurídica pueden distinguirse cuatro elementos básicos: un sujeto que actúa, un destinatario que recibe la acción, un ámbito en que dicha acción tiene lugar y una razón o causa que justifica la existencia de dicha acción. En otras palabras, en cualquier acción, derecho u obligación de tipo jurídico podemos identificar: quién la aplica, sobre quién se aplica, dónde y cuándo se aplica y por qué se aplica.
Y estos cuatro elementos deberemos tenerlos aún más claros, si cabe, en aquellos casos en que la acción jurídica se extienda o pueda extenderse más allá de los límites estrictos de la sociedad o de las propias personas. Así, considerando precisamente estos casos extremos, moviéndonos por tanto dentro de una perspectiva lo más general posible, podríamos caracterizar de la siguiente manera cada uno de estos elementos.
1) Podemos empezar, por ejemplo, por considerar el ámbito de la acción, es decir, dónde y cuándo se aplican las leyes. Ante todo, debemos tener claro que cualquier legislación existente es, lógicamente, obra del ser humano. Está hecha por y para el hombre y carece de sentido más allá de su propio ámbito. Por tanto, son necesariamente las sociedades humanas, cada una en particular, el lugar en donde se aplican las leyes y en el momento en que ellas así lo determinen.
Sin embargo, tal como la acción del hombre tiene influencia en el mundo que le rodea, también las leyes que él utiliza participan, en la misma medida, de esa misma influencia y repercusión. Por tanto, si bien las leyes se refieren al propio hombre y a sus sociedades, acaban también por afectar a todos los ámbitos ajenos a él con los que necesaria, regular u ocasionalmente se relaciona. En realidad, como es fácil comprobar, las leyes no se limitan a regular las relaciones existentes dentro de la sociedad, sino que también se extienden a regular las relaciones de la sociedad con otras sociedades y, especialmente, con su entorno más inmediato.
2) Podemos pensar, a continuación, en el sujeto de la acción, en quién aplica las leyes. Si analizamos quién es el actor o elemento activo de una acción jurídica, resulta bastante obvio que ese actor únicamente puede ser el hombre, más concretamente, el ciudadano. Sin embargo, debemos tener claro que en una determinada acción jurídica no todos los ciudadanos actúan, pueden actuar o deben actuar en la misma medida. No todos se ven obligados a seguir, aplicar o cumplir las leyes de igual modo, en todo momento y circunstancia.
En realidad, en términos generales, sólo son actores o sujetos activos plenos aquellos ciudadanos adultos que viven dentro del área de jurisdicción de las leyes, siendo ellos los únicos que tienen el deber y la obligación de seguir, aplicar o cumplir, en todo momento y circunstancia, la totalidad de las normas jurídicas. Por el contrario, quienes, por ejemplo, sean menores de edad, sean ancianos o padezcan una enfermedad grave normalmente están eximidos de seguirlas, ya sea parcial o totalmente, por lo que, en función de sus capacidades, son sólo actores o sujetos activos parciales. Por su parte, los extranjeros sin ciudadanía o los simples viajeros tampoco están obligados a seguir todas las normas, aunque se les suele exigir que cumplan las principales, siendo actores incompletos u ocasionales.
3) Resulta importante analizar, a continuación, quiénes son los destinatarios de la acción, a quién se dirige el efecto de las leyes, es decir, quién es el objeto pasivo o beneficiario de ellas. También aquí, no cabe duda de que los principales beneficiarios, aunque no los únicos, son los propios ciudadanos, los propios actores, ya sean plenos, parciales u ocasionales, de esas mismas leyes.
Considerando esto último, resulta fácil concluir que a los ciudadanos adultos sí que se les aplica el conocido binomio que asocia derechos y obligaciones. Reciben y se benefician de los derechos en la misma medida en que también actúan y cumplen plenamente con sus obligaciones, pues ambas condiciones se les aplican en su totalidad. En cambio, los menores de edad, los ancianos o los enfermos reciben, en términos generales, idénticos derechos a pesar de no desempeñar plenamente o en absoluto las mismas obligaciones. Y los extranjeros, por su parte, suelen recibir sólo ciertos derechos, casi siempre en función de las obligaciones que se les exige o que desempeñan.
No obstante, en las sociedades modernas existe un determinado tipo de leyes que siempre otorga derechos sin importar el cumplimiento o no de posibles obligaciones. Dichas leyes constituyen lo que, en su conjunto, se denomina como derecho natural y dentro del cual, como ejemplo destacado, podemos citar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, una legislación de ámbito internacional compartida por gran parte de los países del mundo. El derecho natural, por tanto, otorga unos derechos básicos y universales a toda persona al margen de su ciudadanía, del país del que proceda, de la jurisdicción en que se encuentre o de cualquier otro tipo de característica, condición o circunstancia. Puede decirse que toda persona es beneficiaria de este tipo de leyes sólo por el hecho de vivir en este mundo.
Pero el derecho natural no es, ni mucho menos, el único tipo de leyes en que se establece una completa disociación entre derechos y obligaciones. Y esto es así, simplemente, porque el objeto o beneficiario de las leyes no tiene en realidad por qué ser humano. Puede ser, por ejemplo, un cierto tipo de animal, de quien nunca se esperará, lógicamente, que pueda ser al mismo tiempo un actor jurídico. Así, en efecto, existen muchos países en la actualidad que otorgan protección o derechos a ciertos animales domésticos, integrados en las sociedades humanas, o también a animales silvestres, protegiendo, por ejemplo, una determinada especie amenazada o en peligro de desaparición. Y lo mismo sucede, según otras leyes, con algunas especies de plantas o con otros tipos de seres vivos. O incluso con determinados ecosistemas, que se entiende que se deben conservar y a los que se otorga igualmente protección o derechos mediante las leyes.
Aunque, en realidad, el beneficiario de las leyes ni siquiera tiene por qué ser una entidad viviente. Existen numerosas leyes que otorgan protección a paisajes, a lugares geográficos, a monumentos, a obras de arte, al patrimonio arquitectónico o a cualquier objeto material que se considere que tiene un especial valor. Y no sólo a objetos materiales, sino también a ideas, a conceptos, a saberes, a memorias o a tradiciones. Es decir, tanto los seres humanos como los animales, los seres vivos, los lugares, los objetos o determinados conceptos inmateriales pueden ser, todos ellos, beneficiarios de las leyes.
En relación a los términos utilizados, conviene aclarar que en estas leyes sólo en ciertos casos se habla de derechos. Así, cuando el objeto de las leyes son personas, suele hablarse de derechos. En cambio, en el caso de los animales, en ocasiones se habla de derechos y en otras no. Y cuando se trata de otro tipo de ser vivo o bien de un objeto material o inmaterial no se habla de derechos, sino simplemente de leyes de protección o de conservación. Por tanto, las leyes suelen ser de derechos para el hombre, de derechos o bien de protección para los animales y de protección o conservación para todos los demás beneficiarios. Si bien que, de forma excepcional, también se habla hoy en día de derechos refiriéndose al conjunto del medio natural, es decir, de derechos de la naturaleza.
En consecuencia, el beneficio que recibe quien es objeto pasivo de las leyes tanto puede ser denominado derecho como puede ser denominado de otras formas, en general dependiendo de las características culturalmente atribuidas a su destinatario. Pero no por ello deja de tratarse siempre, en todos los casos, del mismo concepto.
4) Finalmente, podemos preguntarnos acerca de la razón de la acción, de por qué se aplican las leyes. Debemos entender que en todos los casos, ya se trate de leyes de derechos o de conservación, ya se trate de leyes particulares o universales, todas las leyes existen por decisión humana y para provecho humano. Es el ser humano y sus sociedades las que entienden que dar derechos y proteger con sus leyes a sus propios ciudadanos, a cualquier ser humano, a otros seres vivos, a la naturaleza o a simples objetos inanimados redunda en su propio beneficio, ya sea a corto, medio o largo plazo. Por tanto, es siempre la ética del ser humano y, más concretamente, la ética de sus sociedades la que determina la acción y la existencia de las leyes.
Podemos resumir todo lo anteriormente expuesto diciendo que las leyes son normas de conducta aplicadas y seguidas por un sujeto que es el propio hombre, en especial los ciudadanos adultos. Tienen un beneficiario que en general es el propio ser humano, pero que puede ser igualmente cualquier tipo de ser vivo o cualquier entidad material o inmaterial relacionada con él. Siendo normas de conducta humana, la razón última de las leyes se basa y fundamenta en la ética. Y por último, aunque están hechas por y para el hombre, las leyes inevitablemente afectan a su entorno y a todos los ámbitos con los que él se relaciona.
Para intentar ejemplificar quizás algunos de estos conceptos, podemos imaginar, por un momento, una flor de extraordinaria belleza que crezca únicamente en la cumbre de la montaña más alta, remota e inaccesible. Dicha flor no conoce al hombre ni mucho menos conoce sus leyes, no necesita ni ha necesitado nunca cualquier tipo de legislación para poder sobrevivir, no tiene obligaciones con el ser humano, no forma parte de su mundo y, desde luego, no decide ni quiere decidir la forma en que él debe comportarse. Sin embargo, a pesar de ello, dicha flor puede estar protegida por una ley que le otorgue derechos, tal como pueden estarlo quizás otras plantas que, como ella, crezcan en la cumbre de esa montaña. La flor, sin saberlo, imaginarlo o mucho menos desearlo, puede ser beneficiaria de una ley que la proteja y que, por tanto, regule estrictamente cualquier acción humana relacionada con ella.
Y esto será así, esta ley existirá, si el hombre considera en ese momento que es importante cuidar y proteger esa flor. Si cree, en definitiva, que necesita la flor, tal como necesita toda la naturaleza, para poder sobrevivir en este mundo. O bien, simplemente, porque está convencido de que necesita esa flor para poder vivir de una forma mucho más plena, saludable y feliz.
Así, aunque la ley proteja la flor, en última instancia a quien protege en realidad es al propio ser humano. Otorga derechos a la flor pero siempre en beneficio del hombre, quien en ese momento piensa que no puede o no quiere vivir sin ella. Porque, en definitiva, toda ley que protege a otros seres, ya sean humanos o no, ya sean ciudadanos o extranjeros, ya sean amigos o enemigos, no es más que una forma sabia e inteligente que tienen el hombre y el conjunto de los ciudadanos de protegerse a sí mismos. Y esta es, sin duda, la razón última y principal de todas las leyes.
24/11/14
El poder diabólico de la red de cerebros.
Gracias a las novelas y a las películas de ciencia-ficción sabemos exactamente en qué momento debemos comenzar a tener miedo de los robots. Mientras ellos son simpáticas e inocentes máquinas ocupadas en realizar tareas simples y rutinarias no debemos temer nada. Debemos comenzar a tener ya algún cuidado cuando los robots comienzan a pensar, a crear sus propias tareas o incluso a contradecir algunas de las órdenes que les damos. Pero cuando realmente debemos asustarnos y huir de ellos lo más rápidamente posible es cuando los robots empiezan a comunicar entre sí y logran conectar sus cerebros en red, formando una superestructura cibernética. Es en ese momento, según las novelas, cuando los robots se rebelan contra sus creadores, protagonizan un asalto apocalíptico al poder y ocasionan el fin de la civilización humana.
Pero esto no es sólo ciencia-ficción. Esta misma situación apocalíptica, o al menos una muy parecida, sucedió en el mundo real hace unos cuantos miles de años. En ese momento una nueva raza de androides conectó sus cerebros en red y comenzó a arrasar el mundo conocido, transformándolo y tiranizándolo para siempre. Sólo que esos androides no estaban hechos de metal, cables o circuitos, sino que eran de carne y hueso. Esos androides eran en realidad los propios seres humanos.
No hay duda de que en tiempos primitivos los seres humanos eran bastante inofensivos, tal como lo son ahora nuestros simpáticos robots. Realizaban cada día sus tareas rutinarias sin provocar grandes sobresaltos en el ambiente ni en los otros seres vivos. El problema surgió cuando los hombres se agruparon para formar pequeñas sociedades y, como consecuencia de la especialización, algunos de ellos empezaron a inventar y crear nuevos tipos de tareas y rutinas, como por ejemplo cuidar del fuego, construir refugios, fabricar tejidos o crear utensilios. Todas estas actividades eran tareas completamente nuevas para las cuales, en realidad, los hombres nunca habían sido programados.
Y entonces ocurrió la tan esperada catástrofe: los seres humanos comenzaron a conectar sus mentes y a crear una terrible y diabólica red de cerebros. Hasta ese momento las formas de comunicación empleadas por los hombres eran muy rudimentarias, basadas en el lenguaje facial y corporal. Un semblante triste, una actitud nerviosa o un simple bostezo rápidamente se transmitían y contagiaban a los restantes miembros del grupo, que compartían así esas mismas emociones de tristeza, miedo o somnolencia. Pero la especialización de los individuos y la invención de nuevas e importantes tareas sociales llevaron a la necesidad urgente de crear un nuevo tipo de comunicación, mucho más complejo, capaz de trasmitir todo el conjunto de ideas asociadas a esas tareas y para las cuales el lenguaje facial y corporal no estaba preparado.
Fue así como surgió y se desarrolló el lenguaje hablado, permitiendo a los hombres transmitir fácilmente cualquier nuevo tipo de ideas, de informaciones, de experiencias, de sensaciones o de conocimientos. Los hombres comunicaban ahora entre sí como nunca antes lo habían hecho. Sus cerebros estaban definitivamente conectados en red, tal como los cerebros de los robots en las novelas de ciencia-ficción. A partir de entonces, el fin del mundo conocido era casi inevitable.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Los seres humanos rápidamente asaltaron el poder y se rebelaron contra la propia naturaleza que los había creado. Comenzaron a modificar, controlar y destruir gran parte de su entorno. Y comenzaron también a tiranizar a todos los otros seres vivos, que empezaron así a sufrir el poder desenfrenado y despótico de la diabólica superestructura mental humana.
En nuestros días, atrapados todavía en esta tremenda vorágine destructora que comenzó hace apenas unos pocos milenios, los propios seres humanos sentimos la urgente necesidad de interrogarnos sobre cuál será el futuro del mundo. ¿Podremos sobrevivir al tremendo caos generado por la súbita y terrible rebelión de nuestra propia especie?
En este punto los relatos de ciencia-ficción suelen ofrecernos diferentes y posibles desenlaces. En algunos relatos, las tiránicas sociedades de robots, obsesionadas con sus viejas rutinas cibernéticas, acaban por destruir ciegamente todo el planeta. Sin embargo, en otros relatos, los robots consiguen adquirir un nuevo tipo de inteligencia superior a la de los hombres y logran así salvar el planeta, amenazado hasta ese momento por la locura humana, por las guerras, el hambre y la autodestrucción. En estos relatos los robots son, en realidad, los salvadores del mundo.
Para nosotros ambos desenlaces son igualmente posibles: podemos efectivamente destruir el mundo siguiendo nuestras viejas y absurdas rutinas o, por el contrario, podemos aprender a vivir pacíficamente en él adoptando un nuevo y superior tipo de conciencia. La decisión es nuestra. Nuestros cerebros conectados en red permiten tanto una cosa como otra.
También con la aparición de las hormigas, de sus sociedades complejas y sus pequeños cerebros conectados en red, nada en el mundo podía continuar a ser como era antes. Pero las hormigas, hoy en día los animales más abundantes del planeta, aprendieron a vivir en paz y armonía con el mundo, sin llegar a destruirlo. Y si ellas lo consiguieron, ¿por qué no podríamos nosotros, con cerebros más complejos, hacerlo también?
Debemos conectar nuestros cerebros para vivir pacíficamente en este planeta, para ser una parte fundamental de su futuro, no para destruirlo. Y claro… mientras tanto, no dejemos de vigilar a nuestros simpáticos robots. Incluso por la noche, cuando ellos creen que nadie los observa.
18/6/14
La polución de los elementos.
Tierra, agua, aire y fuego eran los cuatro elementos primordiales que, según los antiguos filósofos, constituían la materia. Estos cuatro elementos, combinados en una determinada proporción, eran los responsables de la formación de todas las cosas. Sin embargo, tres de ellos dominaban claramente nuestro mundo: la tierra, formando los continentes, las montañas y las islas; el agua, formando los océanos, los mares, los lagos y los ríos; y el aire, formando el cielo, el viento y la atmósfera que respiramos.
Y precisamente por ser dominantes en nuestro mundo, la tierra, el agua y el aire han sido también las principales víctimas de la creciente polución generada por las sociedades humanas industrializadas. Si en un primer momento la polución era acumulada casi exclusivamente en tierra, en depósitos y basureros, ésta no tardó en extenderse también a los otros dos elementos. Ríos y mares comenzaron así a recibir todo tipo de residuos a través de crecientes sistemas de drenaje, de cloacas y emisores. Y el aire se convirtió en nuestros días en el destino inevitable de cualquier residuo combustible y capaz de convertirse en material gaseoso.
En la antigüedad estos tres elementos naturales parecían infinitos, ilimitados. Podían ser contaminados sin ningún tipo de preocupación, pues siempre parecía haber más tierra, más mar y más aire impolutos. Pero actualmente, por el contrario, nuestra visión es muy diferente. Hoy en día vemos la tierra, el agua y el aire saturados de contaminación, de enfermedad y, en muchos casos, de muerte. Ya no hay casi ningún territorio en donde no encontremos nuestra propia basura. Los océanos están tan contaminados de plásticos y metales pesados que llegan incluso a envenenar la pesca y nuestra propia alimentación. Y la atmósfera, herida incluso en su capa de ozono, se degrada sin remedio por la continua emisión de compuestos tóxicos y de gases de efecto invernadero que alteran por completo el clima del planeta.
En la naturaleza, todos los ecosistemas existentes se caracterizan por ser ciclos cerrados. Teniendo como único aporte externo la energía solar, los ecosistemas naturales utilizan y reciclan constantemente todos sus elementos. La materia orgánica es descompuesta y reutilizada para crear nueva materia orgánica. Elementos como el nitrógeno, el fósforo o el azufre circulan una y otra vez en el mismo ciclo de la vida. E incluso el dióxido de carbono que se crea es rápidamente reabsorbido por la fotosíntesis. Por el contrario, el modelo de civilización industrial creado por el hombre se basa en ciclos abiertos, en ciclos falsos e incompletos que no llegan nunca a cerrarse. Son, por tanto, ciclos incapaces de alimentarse a sí mismos, incapaces de recuperar y reutilizar los elementos que utilizan y que son siempre desechados y apartados del proceso.
Así, en el modelo de sociedad industrial poco o casi nada es reutilizado, reaprovechado o regenerado. La vegetación es quemada y el suelo fértil destruido antes de que puedan volver a regenerarse. La materia orgánica es lanzada a los mares sin que pueda originar un nuevo crecimiento en tierra. Los minerales del subsuelo son extraídos y esparcidos por tierras y mares, acumulándose y envenenando los ecosistemas. Y el carbono fósil, también extraído del subsuelo como carbón o petróleo, es quemado e inyectado sin descanso en la cada vez más maltrecha atmósfera.
Tratándose de un modelo de ciclo abierto, disipativo y despilfarrador, la civilización industrial necesita ser continuamente alimentada para poder mantenerse y subsistir. Es por tanto un modelo devorador y destructor de la naturaleza, insustentable a corto, medio o largo plazo. Constituye un modelo suicida que además, en su autodestrucción, arrastra consigo a todos los ecosistemas naturales y atenta contra la propia vida en el planeta.
Para rectificar este modelo mucho podríamos aprender, por ejemplo, de nuestros abuelos, que no vivían en un mundo industrial, ni con el actual e irresponsable despilfarro de materia y energía. Ellos intentaban reutilizar una y otra vez todo lo que tenían, desechando únicamente aquello que ya no podía ser arreglado, reparado o reconvertido. La materia orgánica servía para hacer abono y fertilizar la tierra. La leña de los bosques era una fuente de energía casi renovable. Y los minerales extraídos del subsuelo eran empleados y refundidos innumerables veces. Su modelo de sociedad se aproximaba por tanto a un modelo de ciclo cerrado, mucho más sustentable y equilibrado con la naturaleza que el nuestro.
No hay duda de que la terrible contaminación de la naturaleza y de los elementos a que asistimos hoy en día se debe a un modelo de sociedad ciego e insustentable, a un ciclo abierto devorador insaciable de recursos naturales y productor impenitente de desechos. Si no conseguimos rectificar o alterar este modelo, el mundo continuará a ser el basurero donde arrojamos cada día nuestra creciente falta de inteligencia y nuestra incapacidad para crear sociedades sanas y sustentables.
31/5/11
La educación liberal.
Si tenemos la oportunidad de observar una manada de perros salvajes, podremos comprobar cómo todos ellos se tratan entre sí con gran ferocidad: empujándose, luchando de forma violenta, mordiéndose los unos a los otros… Sin embargo, cuando se ven confrontados con una amenaza externa, todos ellos olvidan rápidamente sus pasados enfrentamientos y se organizan como una unidad para repeler conjuntamente al enemigo. Así, aunque luchen continuamente entre ellos para defender su jerarquía dentro del grupo, son conscientes de que, cuando la manada pierde, todos y cada uno de ellos también pierde.
Ciertamente, todo individuo que forma parte de un grupo organizado debe velar por sus propios intereses personales. Pero debe velar igualmente por los intereses del grupo. De lo contrario, tanto el grupo como el propio individuo saldrían perjudicados. Así, la defensa de los intereses de cada individuo pasa también, necesariamente, por la defensa de los intereses comunes del grupo. Si un individuo, celando únicamente por sí mismo, comenzase a atacar los intereses del grupo daría origen a una ruina generalizada de todos ellos. Y aunque en un primer momento pudiera obtener algunas pequeñas ventajas, las graves consecuencias de la desaparición del grupo se harían, con el paso del tiempo, cada vez más evidentes. Optar por conseguir beneficios a corto plazo condenando con ello el futuro parece, sin duda, una opción muy poco inteligente.
Sorprendentemente, en nuestra sociedad actual asistimos a esta falta de inteligencia en múltiples y variados temas. Y uno de ellos es en el sistema educativo, que tiene sin duda en la enseñanza universitaria su exponente máximo. Desde siempre, las universidades se construyeron con la misión elevar el nivel científico y cultural del país. Es evidente que en las sociedades dominadas por la ignorancia, cualquier esfuerzo para mejorar las condiciones de vida resulta casi siempre penoso y estéril. Por el contrario, en las sociedades cultas este esfuerzo rápidamente se multiplica y alcanza fácilmente sus objetivos. Es por ello que la existencia de las universidades supone un incuestionable beneficio para todo el país y para todos sus ciudadanos. El principal valor social de las universidades consiste, por tanto, en formar científica y culturalmente al mayor número posible de personas.
Por desgracia, sobre el sistema educativo se abaten en la actualidad un conjunto de teorías neoliberales que insisten en ignorar por completo esta idea. Y con ello, arruinan progresivamente la enseñanza universitaria y amenazan incluso con arruinar al propio país. Estas teorías neoliberales niegan a las universidades el necesario apoyo financiero del estado y las obligan, por fuerza, a financiarse a sí mismas. Las universidades deben por tanto obtener dinero con todo lo que hacen y con cualquier servicio que presten a la sociedad. Deben velar únicamente por sus propios intereses, olvidando los del país de que forman parte. Y, claro está, deben vender y rentabilizar al máximo la enseñanza que imparten a sus alumnos, que se ven así reducidos a un número mínimo, es decir, a la pequeña élite que es aún capaz de pagar matrículas cada vez más y más elevadas.
En resumen, las universidades acaban así por olvidar su principal función y su propio valor social. Y mirando únicamente por sus propios intereses, van arruinando poco a poco el país y abriendo también el camino para su propia autodestrucción. Porque el dinero que las universidades cobran por prestar sus servicios no crea ninguna riqueza en el país. El dinero únicamente se limita a cambiar de manos. En cambio, cuando las universidades elevan el nivel de los ciudadanos, haciendo con que estos sean capaces de crear mayor riqueza, toda la sociedad gana: ganan los ciudadanos, gana el país y, como consecuencia de ello, ganan también las universidades, que pueden así recibir un mayor apoyo financiero del estado. Por eso, puede decirse que las universidades no ganan cobrando cada vez más y más dinero por la educación que prestan. Ganan, eso sí, formando un número cada vez mayor de ciudadanos instruidos.
Es en las universidades donde teóricamente debería residir el más elevado y culto de los saberes de una sociedad. Por ello, resulta triste vivir en un mundo en que las propias universidades se rigen, en realidad, por principios infantiles, miserables y absurdos, y son capaces de hundirse a sí mismas en una espiral de decadencia y autodestrucción.
Ciertamente, todo individuo que forma parte de un grupo organizado debe velar por sus propios intereses personales. Pero debe velar igualmente por los intereses del grupo. De lo contrario, tanto el grupo como el propio individuo saldrían perjudicados. Así, la defensa de los intereses de cada individuo pasa también, necesariamente, por la defensa de los intereses comunes del grupo. Si un individuo, celando únicamente por sí mismo, comenzase a atacar los intereses del grupo daría origen a una ruina generalizada de todos ellos. Y aunque en un primer momento pudiera obtener algunas pequeñas ventajas, las graves consecuencias de la desaparición del grupo se harían, con el paso del tiempo, cada vez más evidentes. Optar por conseguir beneficios a corto plazo condenando con ello el futuro parece, sin duda, una opción muy poco inteligente.
Sorprendentemente, en nuestra sociedad actual asistimos a esta falta de inteligencia en múltiples y variados temas. Y uno de ellos es en el sistema educativo, que tiene sin duda en la enseñanza universitaria su exponente máximo. Desde siempre, las universidades se construyeron con la misión elevar el nivel científico y cultural del país. Es evidente que en las sociedades dominadas por la ignorancia, cualquier esfuerzo para mejorar las condiciones de vida resulta casi siempre penoso y estéril. Por el contrario, en las sociedades cultas este esfuerzo rápidamente se multiplica y alcanza fácilmente sus objetivos. Es por ello que la existencia de las universidades supone un incuestionable beneficio para todo el país y para todos sus ciudadanos. El principal valor social de las universidades consiste, por tanto, en formar científica y culturalmente al mayor número posible de personas.Por desgracia, sobre el sistema educativo se abaten en la actualidad un conjunto de teorías neoliberales que insisten en ignorar por completo esta idea. Y con ello, arruinan progresivamente la enseñanza universitaria y amenazan incluso con arruinar al propio país. Estas teorías neoliberales niegan a las universidades el necesario apoyo financiero del estado y las obligan, por fuerza, a financiarse a sí mismas. Las universidades deben por tanto obtener dinero con todo lo que hacen y con cualquier servicio que presten a la sociedad. Deben velar únicamente por sus propios intereses, olvidando los del país de que forman parte. Y, claro está, deben vender y rentabilizar al máximo la enseñanza que imparten a sus alumnos, que se ven así reducidos a un número mínimo, es decir, a la pequeña élite que es aún capaz de pagar matrículas cada vez más y más elevadas.
En resumen, las universidades acaban así por olvidar su principal función y su propio valor social. Y mirando únicamente por sus propios intereses, van arruinando poco a poco el país y abriendo también el camino para su propia autodestrucción. Porque el dinero que las universidades cobran por prestar sus servicios no crea ninguna riqueza en el país. El dinero únicamente se limita a cambiar de manos. En cambio, cuando las universidades elevan el nivel de los ciudadanos, haciendo con que estos sean capaces de crear mayor riqueza, toda la sociedad gana: ganan los ciudadanos, gana el país y, como consecuencia de ello, ganan también las universidades, que pueden así recibir un mayor apoyo financiero del estado. Por eso, puede decirse que las universidades no ganan cobrando cada vez más y más dinero por la educación que prestan. Ganan, eso sí, formando un número cada vez mayor de ciudadanos instruidos.
Es en las universidades donde teóricamente debería residir el más elevado y culto de los saberes de una sociedad. Por ello, resulta triste vivir en un mundo en que las propias universidades se rigen, en realidad, por principios infantiles, miserables y absurdos, y son capaces de hundirse a sí mismas en una espiral de decadencia y autodestrucción.
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