Mostrando entradas con la etiqueta consumismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta consumismo. Mostrar todas las entradas
29/11/18
Financie la esclavitud mientras hace las compras
El mar está lleno de peces de todos los tamaños, unos más grandes y otros más pequeños. Y comúnmente se acepta que entre ellos sólo rige una única e invariable norma: la ley de que el pez grande se come al pequeño. Esto significa, en resumen, que el pez grande se come a uno pequeño, que se come a su vez a otro aún más pequeño, que se come a su vez a otro aún menor, y así sucesivamente. Así, en virtud de esta simple ley, el mar se convierte en un mundo idílico, en perfecta armonía, donde unos comen y otros se dejan comer.
Sin embargo, en algunos mares más profundos y escondidos estalla a veces la rebelión. En ellos, los peces pequeños deciden no dejarse comer y se unen valerosamente para defenderse contra los peces más grandes. En ocasiones, incluso llegan a convencer a otros peces algo más grandes a unirse a ellos y luchar juntos contra los peces mayores, aquellos que, según el orden social establecido, se los comen a todos. El caos y el desorden se apoderan así, sin remedio, de estos ocultos y procelosos mares.
Podemos decir que en las sociedades humanas ocurre poco más o menos lo mismo que sucede en el mar. Las personas más ricas y poderosas se enriquecen y ganan poder a costa de las que tienen menos. Y entre éstas, las mejor situadas abusan de las que son más pobres, que a su vez abusan de las que son aún más pobres. Es decir, el pez grande se come al pequeño, que se come a otro más pequeño, y así por delante. Y este recatado y admirable modelo social llega a la más exquisita perfección en las florecientes sociedades capitalistas, donde todos viven felices, unos robando y explotando y otros dejándose robar y explotar.
Podemos preguntarnos si en las sociedades humanas no existirán también regiones remotas y desconocidas donde las personas más pobres se rebelen y luchen contra su explotación. Ciertamente existen. Pero por lo general el caos dura poco tiempo y el orden social es luego rápidamente reestablecido. Los ricos acaban otra vez más ricos y los pobres más pobres, llegando algunos de ellos, los más miserables, a convertirse incluso en esclavos. Y es que con la continua negación de derechos y libertades, con su ataque a la dignidad de las personas, el capitalismo empuja inevitablemente a los más pobres a vivir sumidos en la esclavitud.
Podemos entender por qué los esclavos no suelen rebelarse contra los más ricos, pues no suelen tener las más mínimas condiciones materiales para hacerlo. Ni siquiera las fuerzas anímicas necesarias para emprender lo que es, casi siempre, poco menos que un suicidio. Pero ¿por qué las personas menos pobres no se unen a ellos para luchar juntos contra los más ricos? ¿No derrotarían fácilmente, de esta forma, a sus comunes opresores? Pues bien, seguramente sí.
Pero lo que suele ocurrir es que los peces medianos, en vez de volverse contra los más grandes, intentan compensar su desgracia atacando con más fuerza a los más pequeños. En vez atacar a quien se los come, deciden atacar, con mayor empeño y fiereza, a aquellos que pueden comerse. Y es lógico que así sea, porque los peces pequeños están completamente indefensos, mientras que los grandes suelen estar fuertemente armados. Pero también porque los peces grandes hacen lo posible para convencerles, o incluso obligarles, a actuar de esta forma.
Es tristemente frecuente ver como el capitalismo alienta entre las clases medias un consumismo que, llenando sus vidas de cosas inútiles, las lleva a hacerse creer que son más ricas, más opulentas, como peces más grandes. De igual forma, los sueños e ideales que alienta entre estas mismas clases no son ciertamente de justicia o de fraternidad universal, sino de riqueza fácil, rápida y deslumbrante. Es el sueño de volverse más rico a costa de crear muchos más pobres, pobres a los que inevitablemente siempre se debe odiar y despreciar.
Pero quizás el mecanismo más admirable creado por el capitalismo es aquel que permite que las personas pertenecientes a las clases sociales más bajas financien la esclavitud mientras realizan sus habituales compras semanales. Y eso a pesar de que esas mismas personas están a veces a sólo un paso de convertirse, a su vez, en míseros esclavos.
El mecanismo es en realidad bastante sencillo. Gracias a la creciente globalización, a la creciente falta de regulación del trabajo y del comercio, los ricos no dudan en utilizar una gran cantidad de esclavos, generalmente en países más pobres, con el fin de producir bienes que son puestos luego a la venta en países más ricos. Y evidentemente el precio de venta de estos productos resulta mucho más bajo que el de cualquier otro producto que pueda haber sido creado bajo unas condiciones laborales dignas.
Por otra parte, debido a esa misma globalización, las personas más pobres que realizan sus compras en los países ricos reciben salarios que son cada vez más bajos. Y como es evidente, no pueden permitirse comprar productos caros. Por el contrario, esas personas se ven obligadas a adquirir los productos que son más baratos, es decir, precisamente aquellos que son creados mediante mano de obra esclava.
Así, comprando estos productos, las personas pobres acaban por financiar la esclavitud. Sin pretenderlo, sus compras semanales acaban inevitablemente por enriquecer y engordar a los productores y comerciantes esclavistas, que ven así aumentar exponencialmente sus beneficios. Y además, contra más bajos y miserables se vuelvan los salarios de estos compradores, más bajo será el precio de los productos que compren y, de esta forma, más lucrativa y floreciente será la esclavitud, más esclavos habrá en el mundo. Y por si fuera poco, pasado cierto tiempo los propios compradores se convertirán a su vez en esclavos, momento en que la siguiente clase social, algo menos pobre, ocupará su lugar.
Gracias a este admirable y portentoso mecanismo, entre muchos otros semejantes, resulta casi inevitable que los vastos mares del capitalismo acaben siempre dominados por unos pocos peces, grandes, gordos e insaciables. Unos peces que se alimentan glotonamente, día y noche, de otros muchos peces cada vez más pequeños, cada vez más indefensos y cada vez más sumisos al orden social establecido. Pero pensemos bien en lo siguiente: un pez grande y gordo ¿no es más fácil de pescar?
19/12/12
La inocencia perdida.
A todos nos gustaría creer que la inocencia existe y que de alguna forma, o en alguna medida, nosotros somos parte integrante de ella. Nos gustaría creer que en lo más hondo de nuestro ser existe siempre un rincón escondido donde brilla, con todo su esplendor, nuestra más pura e inmaculada inocencia. Pero la verdad es que en el mundo en que vivimos actualmente la inocencia no existe. Ni tampoco existe el menor rastro de ella en nuestro interior.
Nuestro mundo moderno, contrariando quizás nuestro propio deseo, fue construido de forma calculada y metódica para no dejar ningún espacio posible para la inocencia. Así, aunque nos cueste mucho admitirlo, todos nosotros, como parte integrante de ese mundo, tenemos las manos inevitablemente manchadas de sangre: sangre propia y ajena, sangre reprimida y derramada, sangre caliente de todos los tipos y colores.
Sin que nos demos cuenta, la sangre salpica continuamente nuestras manos. Nos salpica, por ejemplo, cuando compramos productos hechos con trabajo infantil, hechos con ese tipo de trabajo esclavo que seca día a día miles de venas jóvenes y vigorosas. Y nosotros ni siquiera sabemos qué productos, de aquellos que compramos, utilizan este tipo de trabajo. Nuestras leyes de libre comercio y nuestros modernos tratados económicos internacionales nos impiden saberlo. Y de esta forma apartan definitivamente de nuestras pequeñas conciencias cualquier tipo de escrúpulo que pudiésemos tener.
La sangre mancha también nuestras manos cuando sostenemos en ellas los enigmáticos alimentos de los que depende actualmente nuestro sustento. Son alimentos que en su mayoría provienen de lejanos campos y que conservan de ellos un cierto aroma de muerte y desolación: aroma de venenos, de herbicidas y de pesticidas aplicados sobre campos que una vez fueron sanos y fértiles, aroma de bosques y selvas desforestadas y despojadas de vida para recoger unas pocas y breves cosechas, aroma de tierras arrebatadas a agricultores anónimos que mueren ahora en los grises suburbios de alguna mísera ciudad. El sabor de todos estos alimentos es amargo, pero ya hace mucho tiempo que nos hemos acostumbrado a él. Y no nos permite distinguir el sabor a tragedia que impregna las tierras donde son producidos.
La sangre inunda nuestras manos y se desborda a borbotones por entre nuestros dedos cuando pagamos los impuestos que sirven, entre otras cosas, para financiar a los ejércitos mercenarios cuyo oficio, cada vez más sofisticado e implacable, es asesinar hombres, mujeres y niños de otras razas. Pero esta terrible crueldad nunca llega a quitarnos el sueño, pues nuestros gobernantes nos aseguran una y otra vez que esos crímenes son cometidos en nombre de la paz y de la libertad. Eso es lo que nosotros queremos creer y eso es lo que nos basta para dormir de conciencia tranquila. Las bombas caen tan lejos de nuestras casas que ni siquiera llegamos a oír el eco de sus explosiones, ni el rumor de los llantos, ni el olor de la carne quemada.
La sangre cae y se reseca sobre nuestras manos cada vez que quemamos petróleo u otros combustibles fósiles: cada vez que arrancamos nuestros coches, cada vez que encendemos nuestras calefacciones, cada vez que importamos productos de lejanos países, cada vez que hacemos casi cualquier cosa en un mundo moderno absolutamente dependiente del petróleo. Y con ello vamos apagando poco a poco el aliento de nuestra atmósfera, el aliento suave y sereno que gobierna nuestro clima, nuestros vientos, nuestras lluvias, nuestros ríos, nuestros veranos, nuestras cosechas, nuestros mares. Pero los gases que emitimos para acabar con este benéfico clima son invisibles y su efecto no es inmediato, por lo que nunca llegan a nublar la determinación de nuestra debilísima inteligencia.
No, no existe ni puede existir inocencia en nuestras sociedades modernas, basadas en el abuso sistemático del hombre y de la naturaleza, basadas en el esplendor de viejas concepciones clasistas, feudalistas, capitalistas, colonialistas, totalitarias, tiránicas, imperialistas o cualquiera de sus modernas combinaciones.
La sangre mancha nuestras manos. Hay muchos que no la ven y muchos otros, demasiados, que no quieren verla. Muchas personas viven en las tinieblas de la ignorancia, donde nunca llega la luz del día ni de la razón. Y muchas otras, demasiadas, huyen corriendo de la luz o simplemente no miran ni se preocupan con el color de sus manos. Pero la sangre está ahí, imborrable, reluciente, delatora.
Luchar para cambiar este mundo en que vivimos, más que un ejercicio de idealismo o de utopía, es simplemente un intento desesperado por lavar unas manos sucias y una conciencia perturbada. No hacerlo, no intentar luchar cada día por un mundo mejor, renunciar definitivamente a la inocencia, sólo puede calificarse como pura locura.
27/3/10
Dando vueltas alrededor del consumismo.
Ver a un animal atado a una noria y tirando de ella, sacando el agua con su arduo y constante trabajo, tiene algo de hipnótico. El animal, que en muchas ocasiones es un burro, camina con paso cansino alrededor de la noria describiendo siempre, una y otra vez, el mismo círculo infinito. Sus pasos suenan débil y acompasadamente en un camino ya descarnado por el incesante golpear de los cascos. Al mismo tiempo, con algo de soberbia, el chirrido brusco de los engranajes desafía el calmo y regular caminar del animal. Ya sea bajo el sol o bajo la lluvia, el sudor escurre por el recio pelaje del burro. Y, a pesar de ello, el brillo de su mirada está puesto siempre en frente.
Su ansiosa mirada, llena de sofoco y de mal saciada hambre, está siempre fija en la zanahoria que cuelga delante de él, suspendida de un simple palo. La prometida recompensa está ahí, siempre al alcance de un paso. Sin embargo, por más que intenta una y otra vez aproximarse a ella, la zanahoria tiende obstinadamente a alejarse. En realidad, sólo al final de la jornada conseguirá quizás comerla, junto con el resto de su triste y escasa ración de alimento. Y de toda la cantidad de agua que sacó de la noria, sólo un cubo servirá para saciar su sed.
La imagen de un burro dando vueltas incesantemente alrededor de una noria es una bella y elegíaca metáfora del capitalismo. Y puede además servir también para explicar el desbordante consumismo que caracteriza a las sociedades actuales, rendidas casi por completo a los sutiles y refinados placeres del capital.
El sistema económico capitalista se basa en la propiedad privada de los medios de producción y, gracias a esta condición abusiva, en las jugosas plusvalías obtenidas del trabajo ajeno. Es algo muy simple de comprender: con cada vuelta que da a la noria, el burro consigue extraer del pozo diez litros de agua. Pero sólo uno de esos litros redunda en su beneficio. Los otros nueve son siempre para el dueño de la noria, que se arroga la propiedad del ingenio mecánico y de toda el agua extraída con él. Así, cada vuelta que da el burro a la noria supone para su propietario un beneficio absoluto.
Para el burro, cada nueva vuelta significa simplemente la posibilidad de alimentarse al final de la jornada, puesto que si no la diese no recibiría al final del día el alimento que le es esencial para sobrevivir. El burro es, por tanto, un mero engranaje de la máquina productiva, no teniendo ningún derecho sobre el resultado de su trabajo.
Como es evidente, contra más vueltas dé el burro, más beneficio obtiene el dueño. Por eso, los animales de las norias fueron siempre fustigados por los dueños para que andasen más deprisa y para que diesen más vueltas. Sin embargo, eso de agitar el látigo en el aire y descargarlo sobre el burro implica algún esfuerzo físico, algo a que los dueños, con el paso del tiempo, cada vez iban estando menos acostumbrados. Y así, un buen día, uno de ellos tuvo la ingeniosa ocurrencia de colgar una zanahoria a frente del burro. De esta forma, el animal, atraído por la promesa de este modesto pero sabroso manjar, comenzó a andar velozmente, sin parar, alrededor de la noria. Y contra más hambriento estaba, más aceleraba el paso.
Para que el burro andase aún más deprisa, bastaba con poner dos zanahorias a su frente. O incluso un manojo de ellas. Más tarde, alguien pensó que bastaba simplemente con poner a frente del animal la fotografía de un campo de zanahorias. De esta forma, sin necesidad de fustigarlos, los burros pasaron a andar rápidamente alrededor de las norias. Y a cada nueva vuelta que daban, ahora ya por su propia voluntad, mayor era el beneficio obtenido por los dueños. Fue así que nació la idea del consumismo.
En las economías capitalistas los obreros trabajan constantemente, tal como los burros en la noria. Y a pesar de ello, en la mayoría de los casos, nunca consiguen salir de la pobreza. El resultado de su trabajo redunda claramente en beneficio de los dueños de los medios de producción. Y cuanto más trabajan los obreros, más beneficio tienen sus patronos. Pocas posibilidades les son dadas para reclamar una parte más justa de su propio trabajo.
De igual forma que los burros, los obreros eran al principio fustigados para que trabajasen más. Pero también aquí alguien encontró una solución mucho más cómoda. Bastaba con colgar preciosos objetos de consumo a frente de ellos. Así, intentando conseguirlos, los obreros pasaron a trabajar más horas y siempre con más ahínco. Para un obrero de vida triste y vacía, la visión de un simple objeto de consumo, siempre de un modelo más moderno y avanzado, es lo mismo que la visión sublime y esplendorosa de un campo de zanahorias.
De esta forma, los obreros trabajan duramente para comprar mil y una cosas que en realidad no necesitan. Pero contra más trabajan para obtenerlas, contra más vueltas dan a la noria, más ganan los patronos, que son además los dueños y vendedores de esos mismos objetos de consumo. El consumismo crea riqueza... Pero sólo para algunos. Para el resto es siempre la misma miseria. Para el resto es siempre una noria a la que dar vueltas de forma hipnótica y sin sentido.
Su ansiosa mirada, llena de sofoco y de mal saciada hambre, está siempre fija en la zanahoria que cuelga delante de él, suspendida de un simple palo. La prometida recompensa está ahí, siempre al alcance de un paso. Sin embargo, por más que intenta una y otra vez aproximarse a ella, la zanahoria tiende obstinadamente a alejarse. En realidad, sólo al final de la jornada conseguirá quizás comerla, junto con el resto de su triste y escasa ración de alimento. Y de toda la cantidad de agua que sacó de la noria, sólo un cubo servirá para saciar su sed.
La imagen de un burro dando vueltas incesantemente alrededor de una noria es una bella y elegíaca metáfora del capitalismo. Y puede además servir también para explicar el desbordante consumismo que caracteriza a las sociedades actuales, rendidas casi por completo a los sutiles y refinados placeres del capital.
El sistema económico capitalista se basa en la propiedad privada de los medios de producción y, gracias a esta condición abusiva, en las jugosas plusvalías obtenidas del trabajo ajeno. Es algo muy simple de comprender: con cada vuelta que da a la noria, el burro consigue extraer del pozo diez litros de agua. Pero sólo uno de esos litros redunda en su beneficio. Los otros nueve son siempre para el dueño de la noria, que se arroga la propiedad del ingenio mecánico y de toda el agua extraída con él. Así, cada vuelta que da el burro a la noria supone para su propietario un beneficio absoluto.Para el burro, cada nueva vuelta significa simplemente la posibilidad de alimentarse al final de la jornada, puesto que si no la diese no recibiría al final del día el alimento que le es esencial para sobrevivir. El burro es, por tanto, un mero engranaje de la máquina productiva, no teniendo ningún derecho sobre el resultado de su trabajo.
Como es evidente, contra más vueltas dé el burro, más beneficio obtiene el dueño. Por eso, los animales de las norias fueron siempre fustigados por los dueños para que andasen más deprisa y para que diesen más vueltas. Sin embargo, eso de agitar el látigo en el aire y descargarlo sobre el burro implica algún esfuerzo físico, algo a que los dueños, con el paso del tiempo, cada vez iban estando menos acostumbrados. Y así, un buen día, uno de ellos tuvo la ingeniosa ocurrencia de colgar una zanahoria a frente del burro. De esta forma, el animal, atraído por la promesa de este modesto pero sabroso manjar, comenzó a andar velozmente, sin parar, alrededor de la noria. Y contra más hambriento estaba, más aceleraba el paso.
Para que el burro andase aún más deprisa, bastaba con poner dos zanahorias a su frente. O incluso un manojo de ellas. Más tarde, alguien pensó que bastaba simplemente con poner a frente del animal la fotografía de un campo de zanahorias. De esta forma, sin necesidad de fustigarlos, los burros pasaron a andar rápidamente alrededor de las norias. Y a cada nueva vuelta que daban, ahora ya por su propia voluntad, mayor era el beneficio obtenido por los dueños. Fue así que nació la idea del consumismo.
En las economías capitalistas los obreros trabajan constantemente, tal como los burros en la noria. Y a pesar de ello, en la mayoría de los casos, nunca consiguen salir de la pobreza. El resultado de su trabajo redunda claramente en beneficio de los dueños de los medios de producción. Y cuanto más trabajan los obreros, más beneficio tienen sus patronos. Pocas posibilidades les son dadas para reclamar una parte más justa de su propio trabajo.
De igual forma que los burros, los obreros eran al principio fustigados para que trabajasen más. Pero también aquí alguien encontró una solución mucho más cómoda. Bastaba con colgar preciosos objetos de consumo a frente de ellos. Así, intentando conseguirlos, los obreros pasaron a trabajar más horas y siempre con más ahínco. Para un obrero de vida triste y vacía, la visión de un simple objeto de consumo, siempre de un modelo más moderno y avanzado, es lo mismo que la visión sublime y esplendorosa de un campo de zanahorias.
De esta forma, los obreros trabajan duramente para comprar mil y una cosas que en realidad no necesitan. Pero contra más trabajan para obtenerlas, contra más vueltas dan a la noria, más ganan los patronos, que son además los dueños y vendedores de esos mismos objetos de consumo. El consumismo crea riqueza... Pero sólo para algunos. Para el resto es siempre la misma miseria. Para el resto es siempre una noria a la que dar vueltas de forma hipnótica y sin sentido.
19/11/09
La espiritualidad masoquista occidental.
Para un faquir de la India nada existe más saludable que levantarse cada día, bien de madrugada, de su confortable cama de pinchos y atravesarse el cuerpo con un par de puñales bien afilados. Acabado este simple ritual, es el momento oportuno de ingerir unos cuantos vidrios partidos para matar el hambre. Y luego, para hacer la necesaria digestión, nada mejor que unos sosegados momentos de reposo colgándose del techo por un pie. Sí, todos estos ejercicios ascéticos son, desde luego, poco recomendables para el común de los mortales. Sin embargo, su repetida realización permite al faquir superar algunos de los miedos que atormentan a la mayoría de la humanidad: el dolor, el hambre, la pobreza, el frío… Conviviendo a diario con todos estos miedos de una forma voluntaria, tratando de dominarlos, el faquir consigue librarse de cualquier influencia que estos puedan ejercer sobre su voluntad, logrando así un cierto tipo de libertad y de confianza en sí mismo.
Sin embargo, para todo existen ciertos límites que nunca deben ser rebasados. Un faquir de la India, acostumbrado a perforar todo su cuerpo con hierros candentes, jamás se atrevería, por ejemplo, a viajar a occidente y sufrir la terrible disciplina ascética a que son sometidos todos los habitantes de los países más modernos y desarrollados. Cualquier faquir palidecería de horror al contemplar los severos ejercicios de mortificación que los ciudadanos occidentales se infligen a sí mismos cada día. Esta espiritualidad masoquista occidental, tan superior y excesiva respecto a la oriental, es vulgarmente designada con el nombre de publicidad.
Desde que se levantan hasta que se acuestan, los ciudadanos occidentales se torturan cada día a sí mismos sometiéndose a las más sutiles y despiadadas formas de publicidad. Su campo visual es constantemente invadido por carteles publicitarios de colores y contenidos insufribles, sus oídos son perforados por repetitivos anuncios radiofónicos llenos de músicas obsesivas, sus cabezas son vaciadas de cualquier tipo de idea por las omnipresentes televisiones comerciales, sus gustos son anulados, sus aspiraciones falsificadas, sus deseos corrompidos… Nada escapa al terrible dominio de la publicidad.
Esta forma de tortura está tan interiorizada en el espíritu occidental que la mayoría de las personas, al ser interrogadas, negarán someterse voluntariamente a ella. Todos afirmarán que son sometidos a la publicidad en contra de su voluntad. Pero este argumento resulta totalmente ridículo. ¿Acaso puede alguien pensar que toda la ingente cantidad de dinero que cuesta la publicidad aparece de repente de la nada? Todo ese dinero, en realidad, es ofrecido religiosamente por las mismas personas que más tarde se quejan de esa publicidad. Porque, evidentemente, cada vez que una persona cualquiera compra un producto de consumo, una parte del dinero que paga se destina invariablemente a financiar la publicidad con que más tarde será torturada.
Y la cantidad de dinero que los occidentales pagan para ser torturados no es poca. Puede calcularse, como mínimo, en el orden de cientos de millones de euros cada año. De esta forma, si los ciudadanos no pagasen los costes de la publicidad al comprar sus productos, el precio que pagan por ellos bajaría de una forma considerable. En otras palabras, si no existiese la publicidad todo sería más barato.
Es bastante conocido, por ejemplo, que las empresas farmacéuticas gastan en la promoción de sus medicamentos casi el doble de lo que gastan en investigación y desarrollo. Si no existiese la publicidad, sin duda se descubrirían muchos más medicamentos para las más variadas enfermedades y todos ellos se venderían a un precio bastante menor que el actual.
La espiritualidad accidental, sin embargo, llega a ser mucho más perversa. Desde los órganos del poder, se intenta engañar continuamente a los ciudadanos haciéndoles creer que todo aquello que es financiado por la publicidad o por actividades comerciales resulta gratis. Por ejemplo, se dice que un canal estatal de televisión, financiado a través de los impuestos, resulta caro de mantener, mientras que un canal comercial es completamente gratis. En realidad, este último se financia a través de la publicidad, es decir, a través de lo que los ciudadanos pagan al consumir cualquier producto. Pero lo peor de todo es que el servicio suministrado por este tipo de canales no se guía por el interés público, sino que obedece a los oscuros propósitos de lucro y rentabilidad de una minoría. Lo mismo se puede decir de cualquier otro servicio, ya sea de televisión, de radio, de agencias estatales, de institutos privados, etc, que se financie por medio de la publicidad. Al final estos servicios gratuitos acaban por ser mucho más caros para el ciudadano. Y son además una inestimable fuente de tortura para la población.
Prohibir la publicidad sería una forma de liberar a los ciudadanos de una innoble y despiadada forma de tortura. Pero también sería una forma de bajar los precios de todos los productos, incluyendo los de mayor necesidad, que también son frecuentemente gravados por la publicidad. La promoción de los nuevos productos que aparecen en el mercado podría hacerse simplemente a través de revistas especializadas u otros medios de difusión dirigidos a los distribuidores comerciales. Y además, de esta forma el valor del nuevo producto sería medido únicamente por su calidad y no por la mayor o menor cantidad de dinero gastado en su promoción.
A pesar de atravesar su cuerpo con hierros candentes, la mayoría de los faquires no sabe la forma envidiable de vida que lleva.
Sin embargo, para todo existen ciertos límites que nunca deben ser rebasados. Un faquir de la India, acostumbrado a perforar todo su cuerpo con hierros candentes, jamás se atrevería, por ejemplo, a viajar a occidente y sufrir la terrible disciplina ascética a que son sometidos todos los habitantes de los países más modernos y desarrollados. Cualquier faquir palidecería de horror al contemplar los severos ejercicios de mortificación que los ciudadanos occidentales se infligen a sí mismos cada día. Esta espiritualidad masoquista occidental, tan superior y excesiva respecto a la oriental, es vulgarmente designada con el nombre de publicidad.
Desde que se levantan hasta que se acuestan, los ciudadanos occidentales se torturan cada día a sí mismos sometiéndose a las más sutiles y despiadadas formas de publicidad. Su campo visual es constantemente invadido por carteles publicitarios de colores y contenidos insufribles, sus oídos son perforados por repetitivos anuncios radiofónicos llenos de músicas obsesivas, sus cabezas son vaciadas de cualquier tipo de idea por las omnipresentes televisiones comerciales, sus gustos son anulados, sus aspiraciones falsificadas, sus deseos corrompidos… Nada escapa al terrible dominio de la publicidad.Esta forma de tortura está tan interiorizada en el espíritu occidental que la mayoría de las personas, al ser interrogadas, negarán someterse voluntariamente a ella. Todos afirmarán que son sometidos a la publicidad en contra de su voluntad. Pero este argumento resulta totalmente ridículo. ¿Acaso puede alguien pensar que toda la ingente cantidad de dinero que cuesta la publicidad aparece de repente de la nada? Todo ese dinero, en realidad, es ofrecido religiosamente por las mismas personas que más tarde se quejan de esa publicidad. Porque, evidentemente, cada vez que una persona cualquiera compra un producto de consumo, una parte del dinero que paga se destina invariablemente a financiar la publicidad con que más tarde será torturada.
Y la cantidad de dinero que los occidentales pagan para ser torturados no es poca. Puede calcularse, como mínimo, en el orden de cientos de millones de euros cada año. De esta forma, si los ciudadanos no pagasen los costes de la publicidad al comprar sus productos, el precio que pagan por ellos bajaría de una forma considerable. En otras palabras, si no existiese la publicidad todo sería más barato.
Es bastante conocido, por ejemplo, que las empresas farmacéuticas gastan en la promoción de sus medicamentos casi el doble de lo que gastan en investigación y desarrollo. Si no existiese la publicidad, sin duda se descubrirían muchos más medicamentos para las más variadas enfermedades y todos ellos se venderían a un precio bastante menor que el actual.
La espiritualidad accidental, sin embargo, llega a ser mucho más perversa. Desde los órganos del poder, se intenta engañar continuamente a los ciudadanos haciéndoles creer que todo aquello que es financiado por la publicidad o por actividades comerciales resulta gratis. Por ejemplo, se dice que un canal estatal de televisión, financiado a través de los impuestos, resulta caro de mantener, mientras que un canal comercial es completamente gratis. En realidad, este último se financia a través de la publicidad, es decir, a través de lo que los ciudadanos pagan al consumir cualquier producto. Pero lo peor de todo es que el servicio suministrado por este tipo de canales no se guía por el interés público, sino que obedece a los oscuros propósitos de lucro y rentabilidad de una minoría. Lo mismo se puede decir de cualquier otro servicio, ya sea de televisión, de radio, de agencias estatales, de institutos privados, etc, que se financie por medio de la publicidad. Al final estos servicios gratuitos acaban por ser mucho más caros para el ciudadano. Y son además una inestimable fuente de tortura para la población.
Prohibir la publicidad sería una forma de liberar a los ciudadanos de una innoble y despiadada forma de tortura. Pero también sería una forma de bajar los precios de todos los productos, incluyendo los de mayor necesidad, que también son frecuentemente gravados por la publicidad. La promoción de los nuevos productos que aparecen en el mercado podría hacerse simplemente a través de revistas especializadas u otros medios de difusión dirigidos a los distribuidores comerciales. Y además, de esta forma el valor del nuevo producto sería medido únicamente por su calidad y no por la mayor o menor cantidad de dinero gastado en su promoción.
A pesar de atravesar su cuerpo con hierros candentes, la mayoría de los faquires no sabe la forma envidiable de vida que lleva.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

