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17/4/26

La grandiosa arquitectura de las células


Todos nosotros somos perfectamente capaces de reconocer gran parte de los más grandes y famosos monumentos del pasado. Si nos encontrásemos, de pronto, ante las majestuosas formas de las grandes pirámides de Egipto, ante la portentosa y descomunal Gran Muralla China, ante el egregio y soberbio Coliseo o ante cualquier otra de las magnas obras de la historia de la humanidad, sin duda sabríamos reconocer todas ellas al instante sin ningún tipo de problema.

Aunque, si lo pensamos más detenidamente, quizás esto no sea del todo verdad. En realidad, nuestra capacidad para reconocer todos estos monumentos dependerá mucho de la distancia a que los observemos. Si nos viésemos forzados, por ejemplo, a mirarlos muy de cerca, a menos de un palmo de distancia, difícilmente sabríamos reconocer o diferenciar ninguno de ellos. En ese caso únicamente conseguiríamos ver la superficie de las piedras de que están hechos, todas ellas muy semejantes y parecidas entre sí, prácticamente indistinguibles.

Esta simple reflexión, tan obvia como elemental, puede servirnos, no obstante, para hacer algunas consideraciones acerca de la naturaleza de estas construcciones y enumerar una serie de ideas al respecto. Primero, que todos los grandes monumentos de la antigüedad están hechos con los mismos elementos, es decir, con bloques de piedra. Segundo, que utilizando esos mismos bloques tanto podría haberse construido un determinado monumento como otro cualquiera. Tercero, que todos los monumentos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la forma en que han sido dispuestos sus elementos. Y cuarto, que para reconocer esa particular disposición que los caracteriza es necesario contemplarlos desde una cierta distancia, con una determinada perspectiva.

Lo cierto es que estas mismas ideas pueden servirnos también para reflexionar, pese a las lógicas diferencias, acerca de otro asunto muy diferente y mucho más complejo, como es la naturaleza de los seres vivos. Porque también en este caso podemos plantearnos unos enunciados muy semejantes a los anteriores, aunque aquí no se ajusten tanto a la realidad. Primero, que todos los seres vivos están formados por los mismos elementos, es decir, por células. Segundo, que unas mismas células tanto pueden dar lugar a un determinado ser vivo como a otro completamente diferente, aunque esto sólo en apariencia, pues en realidad las células nunca son iguales. Tercero, que todos los seres vivos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la distinta organización de sus células. Y cuarto, que es imprescindible una cierta perspectiva para conseguir ver y reconocer esa particular organización que caracteriza a cada uno de ellos.

Es evidente para todos nosotros que mirando a simple vista, es decir, a una distancia suficiente, no tenemos la menor dificultad en distinguir entre especies tan diversas y dispares como, por ejemplo, un roble, un caracol, un saltamontes, una golondrina o una ballena. Sin embargo, si por algún motivo tuviésemos que mirarlas muy de cerca, mucho más de cerca de lo que nos permiten nuestros ojos, algo que sólo conseguimos hacer con la ayuda de un microscopio, la situación sería del todo diferente. Porque a esa escala únicamente conseguiríamos ver sus elementos de construcción, es decir, sus células. Y todas ellas nos parecerían prácticamente iguales.

Aunque, a decir verdad, no son todas tan iguales. Un observador con los suficientes conocimientos podría distinguir fácilmente, a través del microscopio, entre células que perteneciesen a cada uno de los grandes grupos de seres vivos, pues éstas presentan en realidad diferencias bastante notables entre sí. Por ejemplo, la mayoría de seres unicelulares, como las bacterias, están formados por células de un tamaño muy pequeño y carentes de núcleo. Por el contrario, las células vegetales son mucho mayores y tienen un núcleo bien patente, además de poseer una rígida pared exterior y, por lo general, unos distintivos cloroplastos. Características estas últimas de que las células animales, por su parte, siendo muy parecidas a las anteriores, carecen por completo.

No obstante, si nos aproximásemos más a estas células, si consiguiésemos ver todo a una escala mucho menor que aquella que nos proporciona un microscopio, la situación nuevamente cambiaría por completo. En ese momento ya no veríamos ninguna célula, sino únicamente los elementos de construcción de que están hechas. Porque en realidad todas las células están formadas, a su vez, por grandes moléculas orgánicas, como las proteínas, los glúcidos o los ácidos nucleicos. Y todas estas moléculas, cada una dentro de su clase, son prácticamente indistinguibles entre sí, incluso cuando comparamos entre células pertenecientes a diferentes grupos de seres vivos.

Y aunque fuésemos entonces capaces de detectar pequeñas diferencias dentro de cada uno de estos tipos de moléculas, nos bastaría con descender a una escala aún menor, verlas aún más de cerca, para constatar que incluso esas diferencias también desaparecerían. Porque todas estas moléculas están formadas, a su vez, por otros elementos de construcción: todas las proteínas están formadas por aminoácidos, todos los glúcidos por monosacáridos y todos los ácidos nucleicos por nucleótidos. Y todas estas subunidades son, si cabe, aún más iguales e indistinguibles en todos los seres vivos. Por no hablar de que, si por algún motivo nos aventurásemos a ir a una escala aún menor, ya a un nivel inorgánico, veríamos que todas estas subunidades, en todos los tipos de moléculas, están formadas siempre por algunos, muy pocos, elementos químicos.

En resumen, cuanto más nos aproximamos, todos aquellos seres vivos que conocemos y que pensábamos que eran completamente diferentes más acaban por parecernos exactamente iguales, sin ninguna diferencia entre sí. Al acercarnos a ellos, todos los individuos se convierten en células prácticamente idénticas, todas las células en grandes moléculas aún más idénticas y todas las grandes moléculas en subunidades aún mucho más idénticas entre sí, ya completamente indistinguibles.

Está claro que nuestra escala de visión determina la forma y la configuración con que vemos a todos los seres vivos. Pero también determina inevitablemente la manera en la que interpretamos el mundo que nos rodea. Por ejemplo, a nuestra escala natural de visión contemplamos a nuestro alrededor un mundo, de apariencia finita, habitado por grandes seres vivos y en el que es siempre posible distinguir con claridad cada uno de los diferentes organismos que lo componen.

Sin embargo, gracias a los microscopios podemos contemplar otro mundo diferente, sin ningún parecido con el anterior. Aunque, como es evidente, ese mundo es exactamente el mismo, únicamente cambia la perspectiva desde la cual lo observamos. Y en ese mundo lo que vemos es un espacio, aparentemente sin límites, dominado por la presencia de ingentes cantidades de células, ya sean aisladas o formando enormes agregados. Pero si pudiésemos ver todo aún más de cerca, con algún instrumento mucho más preciso, observaríamos otro mundo todavía más diferente a los anteriores. Ante nosotros se extendería un espacio, de naturaleza indescriptible, dominado por inmensos y vibrantes océanos de grandes moléculas orgánicas, en los que sería casi imposible adivinar la existencia de las células que forman, nunca perceptibles a esa escala.

A medida que nos adentramos sucesivamente en estos mundos, podemos comprobar así que todos los seres vivos están constituidos, como ya hemos dicho, por los mismos elementos de construcción. Y lo cierto es que esto no tiene absolutamente nada de extraño o sorprendente, si consideramos que todos los seres vivos descienden de un único antecesor común, de aquello que podríamos considerar como la célula primordial o primigenia. Por tanto, como es lógico, todos ellos están formados necesariamente por los mismos componentes. Aunque la evolución haya hecho luego que éstos se hayan ido diversificando, diferenciando o incluso hayan sido sustituidos en parte.

Podemos con todo esto concluir que, de forma parecida a como sucede en los monumentos, con unos mismos elementos de construcción se puede hacer prácticamente cualquier ser vivo existente. Es decir, con un mismo conjunto de células, pero en mayor medida con un mismo conjunto de grandes moléculas orgánicas, pero en mucha mayor medida con un mismo conjunto de sus respectivas subunidades, se puede construir indistintamente cualquier tipo de ser vivo, ya sea un alga, una planta, un hongo o un animal. Y también, por supuesto, un ser humano como nosotros.

Porque lo único que nos distingue a nosotros de todos los otros seres vivos es la diferente disposición de nuestros prácticamente idénticos elementos de construcción. Y además, como ya ha quedado claro, esta disposición sólo se hace patente a una determinada distancia. Es decir, sólo existimos, en apariencia, a nuestra escala natural de visión, pues más de cerca nos parecería que en realidad no existimos, a no ser como una posible abstracción hecha a partir de nuestros múltiples componentes.

Parece claro entonces que, al menos, a nuestra escala de visión sí que somos capaces de diferenciarnos a nosotros mismos y a todas las especies que vemos a nuestro alrededor. Pero lo cierto es que, si lo pensamos bien, esto también acaba por ser sólo verdad en parte. Porque no podemos olvidar que todos los seres que vemos a simple vista son en realidad organismos sujetos a un complejo ciclo vital. Todos ellos comienzan en un principio por estar formados por una única célula. Y sólo tras pasar por sucesivos estados embrionarios alcanzan, al final, la forma adulta que nos resulta visible y fácilmente reconocible. Es decir, aunque pensemos ser capaces de distinguir, por ejemplo, entre una ballena y un ratón, lo cierto es que en las primeras fases de su ciclo vital somos absolutamente incapaces de diferenciarlos. Además de que, como es evidente, necesitaríamos la ayuda de un microscopio incluso para conseguir verlos.

También nosotros, aunque tendemos a olvidarnos de ello, desarrollamos ese mismo ciclo vital. Tras unas primeras fases unicelulares en las que recibimos el nombre de ovocito o de espermatocito y, más tarde, de gametos, nuestro ciclo vital propiamente dicho se inicia con la fusión de estos últimos para crear una única célula, llamada zigoto. Bajo esta forma, empezamos rápidamente a dividirnos y a diferenciar nuestras células para formar un embrión que, en sus sucesivas fases, va desarrollándose y aumentando continuamente de tamaño. Hasta que, al final de ese proceso, adquirimos la forma definitiva del organismo pluricelular, visible a simple vista, que todos conocemos y que tan fácil nos resulta de diferenciar.

Esto significa, por tanto, que a nuestra escala natural de visión sólo somos capaces de ver una reducida parte de nuestra propia existencia. Y precisamente por ello, el concepto que tenemos sobre nosotros mismos acaba siendo inevitablemente muy pobre, escaso e incompleto. Tal como, por otra parte, también lo sería si se diese el caso de que viésemos el mundo únicamente a una escala más pequeña, en la cual sólo alcanzásemos a ver las primeras etapas de nuestro desarrollo.

Hasta aquí hemos abordado lo que pasaría si observásemos todos los seres vivos mucho más de cerca, a una distancia cada vez menor. Pero también podríamos plantearnos exactamente lo contrario. Podríamos pensar en lo que pasaría, cambiando por completo de enfoque, si observásemos todo mucho más de lejos, si tratásemos de mirar todo a una distancia cada vez mayor.

Si estuviésemos, por ejemplo, en lo alto de la más grande montaña y mirásemos con atención hacia la llanura que se extiende a sus pies, seguramente nuestra visión del mundo cambiaría una vez más por completo. Porque desde allí, desde lo alto, no seríamos capaces de distinguir ninguna especie ni ningún individuo concreto. A lo sumo, con gran esfuerzo, podríamos divisar algunas manchas boscosas o quizás algunos bandos fugaces de animales.

A esa distancia, sin embargo, quizás empezaríamos a comprender lo que es realmente un ecosistema, un nivel de organización de la vida situado a una escala superior. Desde esa elevada altura, utilizando una escala de tiempo también diferente, posiblemente veríamos que toda esa extensa llanura está recubierta por una masa dinámica, vigorosa y cambiante de materia viva, de contornos no siempre bien definidos. Y entenderíamos entonces que los ecosistemas no son otra cosa que complejos organismos vivos formados por unos elementos de construcción, invisibles a esa distancia, que son los individuos y las especies a las que pertenecen.

Comprenderíamos, de este modo, que nuestra propia especie, como todas las otras, no es más que uno de esos muchos elementos que dan forma al ecosistema. Y, en consecuencia, que el exiguo concepto que tenemos de nosotros mismos, sobre lo que realmente somos, no se debe únicamente a que no conseguimos ver el mundo muy de cerca, sino también a que no conseguimos verlo mucho más de lejos.

Pero si nos fuésemos entonces más lejos, aún mucho más lejos, por ejemplo, hasta la luna, lo que desde allí conseguiríamos ver, en último término, sería la biosfera. A esa distancia quizás comprenderíamos finalmente que la biosfera es un único organismo, una única entidad, formada por unos elementos de construcción que son los ecosistemas. Y que nosotros, como individuos, somos sólo una parte ínfima e insignificante de ese ser vivo colosal que envuelve la superficie de nuestro planeta.

Atrapados en nuestra particular escala de visión, todos nosotros somos, sin embargo, incapaces de percibir de forma intuitiva toda esta compleja realidad. Creemos ver el mundo tal como es, pero en realidad sólo llegamos a captar de él una determinada y particular perspectiva. Creemos entender lo que son los seres vivos, pero apenas conseguimos observarlos bajo una cierta escala y apariencia. Y creemos saber lo que somos nosotros mismos, pero únicamente alcanzamos a vislumbrar una parte de nuestra propia naturaleza, una mínima parte de lo que siempre hemos sido y de lo que siempre seremos. A menos que, con nuevos y múltiples ojos, seamos en algún momento capaces de extender nuestra mirada mucho más allá, para ver finalmente el mundo y nuestra realidad en toda su auténtica, desbordante y sobrecogedora dimensión.


24/3/26

El imprescindible protagonismo de la conciencia


En una ciudad podemos desplazarnos de un lugar a otro utilizando diversos medios de transporte como, por ejemplo, un coche privado o un autobús. Entre estos dos medios de transporte, concretamente, existen sin duda muchas diferencias, pero quizás una de las más notables, desde un punto de vista conceptual, sea también una de las más insospechadas: el protagonismo. Porque, por sorprendente que parezca, en estos medios de transporte tiene lugar una extraña competición entre el pasajero y el vehículo por alcanzar, a nuestros ojos, una condición de preponderancia el uno sobre el otro.

De forma general, podemos decir que en un coche privado la condición de protagonista recae siempre en el pasajero. Para ir de un lugar a otro, una persona puede utilizar un determinado coche u otro completamente diferente. Y para nosotros el protagonista, el que se desplaza, es siempre el pasajero, no el vehículo. En cambio, en un autobús ocurre justo lo contrario. En este caso el protagonismo recae siempre en el vehículo. Es el autobús el que va de un lugar a otro, el que se desplaza, no el pasajero que lleve o pueda dejar de llevar en su interior.

En ambos casos, como es evidente, tanto el pasajero como el vehículo se mueven al mismo tiempo, como un todo. Son ambos, por tanto, los que se desplazan. Pero de forma inconsciente otorgamos a cada uno de ellos un diferente protagonismo. Y lo hacemos así porque relacionamos el protagonismo con otro concepto diferente, como es la voluntad. Porque cuando vamos en un coche somos nosotros quienes conducimos, es nuestra voluntad la que dirige el movimiento. Pero cuando vamos en un autobús es éste quien nos conduce, nos vemos sometidos a su voluntad. Por tanto, o bien nosotros llevamos el coche o bien el autobús nos lleva a nosotros. Y defender lo contrario, es decir, que el coche nos ha llevado a nosotros o que nosotros hemos llevado el autobús en su recorrido, nos parecería sumamente extraño.

Sin embargo, lo que resulta más sorprendente, si nos detenemos a analizarlo, es que esta misma forma de pensar la aplicamos también a nuestro propio cuerpo. De forma natural, casi inconsciente, otorgamos un diferente grado de protagonismo a nuestros diversos órganos. Y aunque está claro que todos viajan por igual en el mismo vehículo, que es nuestro cuerpo, no podemos dejar de pensar que hay uno de ellos que dirige a todos los demás, imponiendo su voluntad. De forma que todos los restantes órganos son, dentro de esta lógica, simples pasajeros. O incluso, llevando esta idea mucho más allá de lo razonable, llegamos al extremo de pensar que estos últimos no son ni siquiera pasajeros, sino simples piezas o engranajes en un vehículo que es nuestro cuerpo. Un cuerpo que queda así reducido a una simple máquina al servicio de ese órgano preminente que en todo momento hace imperar su voluntad.

A todos nos parece bastante obvio, sin necesidad de citarlo, a qué órgano nos estamos refiriendo. Sin embargo, antes de dar nada por sentado, quizás deberíamos ser algo más cautelosos, ya que, por ejemplo, a lo largo de la historia no se ha considerado que este órgano preminente fuese siempre el mismo. Por eso, antes de nada, lo mejor sería analizar lo más objetivamente posible la importancia que damos a cada uno de nuestros órganos. Y esto es algo que sin duda queda meridianamente claro cuando abordamos las complejas decisiones asociadas a un asunto tan trascendental como es el trasplante de órganos.

En la actualidad, gracias a los grandes avances científicos conseguidos en las últimas décadas, resulta posible trasplantar con bastante éxito un buen número de órganos de nuestro cuerpo. Así, son muchas las personas que hoy en día se someten al trasplante de órganos tales como, por ejemplo, el riñón, el hígado o el corazón. Y es precisamente este mismo hecho el que nos demuestra, de la forma más objetiva posible, que no es a estos órganos en concreto a quienes atribuimos el protagonismo absoluto de nuestro cuerpo. Porque, a nuestro entender, el hecho de recibir cualquiera de ellos no afecta para nada a nuestra voluntad. Para nosotros, una persona que recibe uno de estos órganos es y continúa siendo la misma persona que era antes de recibir el referido trasplante.

Sin embargo, ¿qué ocurriría si fuese posible realizar un trasplante de cerebro? ¿Alguien aceptaría, en algún momento, someterse a una operación semejante? Está claro que la respuesta sería que no. A nadie se le ocurriría nunca aceptarlo, porque, en efecto, tal como sospechábamos, el cerebro es para nosotros el protagonista absoluto, el indiscutible conductor, con su voluntad, de todas las acciones de nuestro cuerpo. Por tanto, si en algún momento un individuo recibiese un cerebro, para nosotros dejaría de ser la persona que era antes y pasaría a ser otra completamente diferente.

Incluso consideraríamos, atentando contra la más elemental lógica, que en este caso no se habría realizado un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo. Es decir, el donante, el que aporta el cerebro, sería el que ha recibido un cuerpo nuevo. Y el receptor, el que acepta el cerebro, sería alguien que simplemente… ha dejado de existir. Y esto a pesar de que, evidentemente, la casi totalidad de su cuerpo continuaría con vida justo igual y en las mismas condiciones que antes del trasplante. No hay duda, por tanto, de que en relación al cerebro nos empeñamos en verlo todo al contrario. Porque, en realidad, para nosotros recibir un cerebro sería lo mismo que destruir nuestra propia voluntad, nuestra persona. Y por tanto nunca lo aceptaríamos, ni siquiera aunque fuese la única alternativa posible para salvarnos de una muerte inmediata.

Resulta oportuno preguntarnos entonces por qué estamos tan seguros, hasta tal extremo, de que es precisamente en el cerebro donde reside nuestra voluntad. Pero esto no tiene en realidad ningún misterio si consideramos que el cerebro es el órgano responsable de nuestro pensamiento y, por tanto, de aquello que consideramos como la esencia misma de nuestra persona: nuestra conciencia. Porque para nosotros, en realidad, hablando claro, el verdadero protagonista, el verdadero detentor de nuestra voluntad, no es el cerebro ni cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, sino únicamente la conciencia, nuestra conciencia.

Y esto resulta fácil de demostrar recurriendo otra vez a los trasplantes de órganos. Imaginemos por un momento que nuevos descubrimientos científicos nos demostrasen que nuestro pensamiento y nuestra conciencia residen únicamente en el lóbulo frontal de nuestro cerebro. Siendo así, ¿qué ocurriría si, en caso de absoluta y urgente necesidad, nos propusiesen recibir el trasplante de otro lóbulo cerebral cualquiera? ¿Pondríamos alguna objeción a dicho trasplante o, por el contrario, lo aceptaríamos sin ningún problema, con toda naturalidad? Y sin embargo, después, pasado un tiempo, ¿qué ocurriría si nos dijeran, de repente, que nuestra conciencia no está realmente en ese lóbulo frontal, sino en otro lóbulo cualquiera? ¿No cambiaríamos al instante de opinión, tratando siempre de preservar, ante todo, el lugar donde creemos que se halla nuestra tan preciada y estimada conciencia?

Y no pensemos que estos súbitos cambios de opinión aquí ejemplificados son algo meramente hipotético, pues de hecho han ocurrido realmente a lo largo de la historia, y no una sino diversas veces. Por ejemplo, durante mucho tiempo se consideró que nuestra conciencia no residía en el cerebro, sino en una entidad de naturaleza puramente inmaterial a la que se denominaba espíritu. En ese momento el cerebro era visto simplemente como una víscera más, sin ningún valor especial que lo diferenciase de otros órganos de nuestro cuerpo. Y nadie se habría opuesto a recibir entonces un trasplante de cerebro, si tal cosa hubiese sido posible.

En cambio, con bastante frecuencia se fantaseaba sobre la posibilidad de la migración de un espíritu de un cuerpo a otro. En la mayoría de los casos se hablaba de la posesión de un cuerpo por parte del espíritu de una persona ya fallecida. Y se creía que la persona poseída se convertía entonces, al instante, en la persona muerta, ya que su conciencia desaparecía al ser sustituida por la conciencia del difunto. Por tanto, nadie estaba dispuesto a que tal cosa le sucediese. Nadie estaba dispuesto, en otras palabras, a ser el destinatario de un trasplante de espíritu, pues eso significaría perder la propia conciencia y por tanto, simple y llanamente, dejar de existir.

Otro órgano que en épocas pasadas gozó de bastante popularidad como posible depositario de nuestra conciencia fue el corazón. Esta creencia poseía una cierta verosimilitud, ya que el corazón siempre se acelera con nuestros pensamientos y nuestras pasiones, señalando aparentemente una estrecha conexión con nuestra conciencia. Y además su latido se detiene justo cuando ésta desaparece de forma definitiva, en el momento de nuestro fallecimiento. Por esta razón, como órgano preminente, con cierta frecuencia llegaba a ser enterrado por separado del resto del cuerpo. Y, desde luego, nadie habría aceptado recibir entonces, en caso de ser posible, un hipotético trasplante de corazón.

Considerando todo lo anteriormente expuesto, podemos plantearnos si estará realmente justificada esta desmesurada preminencia y protagonismo que otorgamos a nuestra conciencia. Y, en consecuencia, si estará justificada también la enorme importancia que damos actualmente a nuestro cerebro, como fiel depositario de ella.

Lo cierto es que cuando hablamos de conciencia deberíamos empezar por decir, en primer lugar, que nuestra conciencia mental es sólo una de las muchas conciencias que podemos identificar y definir en nuestro cuerpo. Son muchos los órganos y sistemas que poseemos y, en consecuencia, muchas las diferentes conciencias que gobiernan el funcionamiento de nuestro organismo. Dentro de este conjunto, la conciencia mental es aquella que determina la mayor parte de nuestras acciones en relación al mundo exterior. Y, por tanto, aquella que, en efecto, conduce todo el vehículo, imponiendo aparentemente, desde esta particular perspectiva, su voluntad.

Otra cuestión importante a tener en cuenta es el hecho de que nuestra conciencia mental es inseparable de nuestro pensamiento. Por tanto, debido a ello, nos enfrentamos siempre con la inevitable paradoja de que cualquier consideración que podamos hacer sobre nuestra conciencia mental acaba siendo realizada, al final, por ella misma. Y por mucho que nos esforcemos por tratar de pensar sobre ella de la forma más objetiva posible, lo cierto es que nos resulta muy difícil escapar de su particular perspectiva, en la cual se otorga a sí misma, como es lógico, un protagonismo absoluto.

Además, sabemos también que es a través de nuestra conciencia mental que interactuamos con otras personas. Y debido a que es en el ámbito social donde mejor nos definimos a nosotros mismos como individuos, está claro que la conciencia mental adquiere, en este contexto, una importancia fundamental. Se convierte para nosotros en algo parecido a nuestra propia identidad, en algo sin lo cual nos parece que no existiríamos ni individual ni socialmente.

Sin embargo, a pesar de todas estas importantes y peculiares características, debemos tener claro que la conciencia mental no es, de ninguna manera, más importante que cualquier otra conciencia. Y, por consiguiente, el órgano en el cual creemos que reside tampoco lo es. Todos los órganos de nuestro cuerpo son absolutamente necesarios. Todos gobiernan y conducen, individual o conjuntamente, los diferentes y complejos sistemas de nuestro cuerpo. Y aunque la mayoría de ellos no se relacione con el mundo exterior, no sea el lugar donde reside nuestro pensamiento y no nos permita identificarnos socialmente como individuos, no por ello poseen una menor importancia. Tal como tampoco poseen una menor importancia las múltiples conciencias que albergan, todas ellas imprescindibles para nuestra supervivencia.

Por tanto, aunque nos cueste enormemente creerlo, una persona a la que se le ha trasplantado el hígado no se diferencia mucho, en términos generales, de una a la que se le ha trasplantado el cerebro. Porque, de igual forma que una persona con un hígado trasplantado no es un individuo diferente, una persona con un cerebro trasplantado tampoco lo es. Tal como, en otro orden de cosas, tampoco consideramos que sea una persona diferente aquella que, debido a una lesión o enfermedad cerebral, ha perdido por completo toda su conciencia y su personalidad.

Es cierto que en una persona con el cerebro trasplantado nos resultaría fácil observar claras diferencias tanto en su pensamiento como en su modo de actuar. Pero también es cierto que sería fácil observar claras diferencias, antes y después, en la función hepática de una persona que ha recibido un hígado, si es que nos detuviésemos a analizarla.

Parece, por tanto, algo absurda esta visión tan enormemente prevalente y sesgada que en todo momento tenemos de nuestra conciencia mental. Sin embargo, dicha visión encuentra, en realidad, una plena y completa justificación en términos evolutivos. Y esto se debe a que, desde sus mismos inicios, nuestra conciencia mental ha tenido siempre como principal función preservarse a sí misma y con ello, de forma implícita, a todo nuestro organismo. Así, en la continua interacción con el medio exterior, es precisamente ella la encargada de decidir en todo momento, de forma rápida e imperiosa, todas las prioridades que atañen a nuestra supervivencia.

Puede tener que decidir, por ejemplo, entre que suframos una posible lesión en los ojos o bien proteger éstos con las manos, con el peligro de que estas últimas puedan quedar seriamente dañadas. Puede tener que decidir también entre enfrentarnos directamente a una grave amenaza o bien hacer que huyamos rápidamente de ella, asumiendo con ello todas las posibles y previsibles consecuencias. O incluso, en circunstancias extremas, puede tener que decidir entre la preservación de nuestro propio cuerpo o bien, por el contrario, entregar éste en sacrificio para tratar de salvaguardar, en contrapartida, la vida de nuestra progenie.

La verdad es que si nuestra conciencia mental no estuviese hecha expresamente para tener una visión tan sesgada, tan enormemente preponderante, en ningún momento conseguiríamos sobrevivir ni como individuos ni como especie. Nuestra conciencia mental debe necesariamente creer que es la protagonista absoluta de nuestro cuerpo, pues precisamente es esa la característica de que la evolución la ha dotado para que consigamos mantenernos en todo momento con vida.

Volviendo al símil del autobús, parece claro que tiene que haber obligatoriamente un conductor que observe el exterior y piense en cómo desplazar el vehículo de un lugar a otro, imponiendo siempre su voluntad. Pero para lograr ese desplazamiento es imprescindible que todas las otras partes del vehículo, como pueden ser el motor, las ruedas o los múltiples engranajes, ejecuten sus respectivas funciones. Tal como es igualmente necesario que haya, en todo momento, unos pasajeros que proporcionen un sentido y una finalidad a ese desplazamiento.

De forma parecida, no hay duda de que nosotros tenemos un cerebro que actúa como conductor de nuestro cuerpo, imponiendo siempre su voluntad. Pero todos nuestros restantes órganos actúan proporcionando la necesaria estructura, fuerza y estabilidad a nuestro cuerpo, del cual forman además parte integrante e indisoluble. Aunque lo realmente importante, lo fundamental, es que todos nuestros órganos, incluido el cerebro, constituyen, en su condición de pasajeros, la única, incuestionable y auténtica finalidad a que responde la totalidad de las acciones de nuestro cuerpo.

Resulta interesante considerar, por otra parte, la paradójica circunstancia de que nuestra conciencia mental tiene en este momento a su alcance todas estas nuevas ideas que surgen acerca de su propia naturaleza. Y que, por tanto, está ahora en condiciones de cuestionarse su propio protagonismo o la prevalencia de su voluntad. Sin embargo, a pesar de ello, está claro que, como es inevitable y también, por otra parte, muy deseable, sólo tiene la capacidad de realizar dicho cuestionamiento en un plano puramente teórico, nunca en un plano emocional, aquél para el cual ha sido principalmente creada.

Y hablando precisamente de ideas, resulta también bastante curioso constatar el hecho de que una idea, una simple idea, puede ser fácilmente transmitida de una persona a otra. Es decir, las ideas, los elementos básicos que conforman nuestra conciencia mental, pueden ser trasplantadas con toda facilidad de un individuo a otro. Y todo esto sin necesidad alguna de que el primero las pierda o de que el segundo vea por ello mermada su personalidad. Antes al contrario, dicha personalidad parece verse aumentada y enriquecida con el continuo aporte de nuevas ideas.

Así, para gran y enorme sorpresa de todos, podemos decir que, al final, el trasplante de conciencia… sí que existe. Y ocurre continuamente en todos nosotros, a cada instante, en la misma medida en que intercambiamos nuestras ideas. A cada momento, por tanto, dejamos de ser quienes somos para convertirnos, en cierto modo, en una persona diferente. O incluso podríamos decir que para convertirnos en una persona nueva, con una mente, un espíritu o un corazón renovado.

Resulta fácil concluir también, como consecuencia de esto, que en todos los grupos humanos existe, o puede existir, una conciencia mental colectiva. Es decir, un tipo de conciencia compartida, en gran parte común a todos individuos, caracterizada por tener una estructura y unos límites difusos, ser objeto de repetidos cambios y estar sujeta a una continua transmisión entre los integrantes del grupo. Y podemos concluir igualmente que, de alguna forma, esta conciencia colectiva necesariamente lucha por tener siempre un protagonismo absoluto y por sobrevivir.

Tengamos así, por tanto, todo esto en cuenta cuando subamos la próxima vez a un autobús. Para empezar, no distraigamos al conductor hablándole de cualquier tontería. Cuidemos en todo momento de la limpieza y del buen estado del interior del vehículo. Y comportémonos siempre de forma educada y cordial con el resto de pasajeros. Pero sobre todo, muy especialmente, tengamos siempre el mayor cuidado en coger el autobús que ha de llevarnos a nuestro verdadero y deseado destino.


15/2/26

La triunfante infinitud del tiempo


El tiempo que necesitamos para lanzar un dado y ver el resultado obtenido podemos decir que es de, aproximadamente, unos diez segundos. Considerando que la probabilidad de sacar un seis en un lanzamiento es de una en cada seis veces, podemos concluir que si lanzásemos continuamente un dado, una y otra vez, necesitaríamos como máximo seis veces ese tiempo, es decir, un minuto, en teoría, para llegar a obtener ese número.

Siguiendo el mismo razonamiento, si en vez de un dado lanzásemos un par de ellos a la vez, tardaríamos como máximo seis minutos en sacar dos seises en una misma tirada, siempre en términos puramente probabilísticos. Si nos decidiésemos entonces por aumentar más la dificultad, optando por lanzar cinco dados, tardaríamos como máximo un día en sacar los cinco seises en simultáneo. Y si lanzásemos el doble de dados, diez al mismo tiempo, tardaríamos nada menos que veinte años, como máximo, en obtener los diez seises en una misma tirada. Algo sin duda difícil de conseguir, pero no imposible si se dispone del tiempo necesario.

Imaginemos ahora que los dados, en vez de números, tuviesen letras dispuestas en todas sus caras. ¿Qué ocurriría si tratásemos de obtener una determinada palabra mediante la secuencia de letras resultante de lanzar esos dados? Empleando un idioma que tuviese apenas seis letras, es decir, la misma cantidad de caras que hay en un dado, ya sabemos que podríamos tardar hasta veinte años en conseguir una determinada palabra de diez caracteres. A partir de ahí, es fácil deducir que para conseguir una frase o un texto completo, utilizando además un idioma con todas las letras del alfabeto, sería necesario un periodo de tiempo del todo inconcebible, casi infinito.

Precisamente esta idea de una escritura puramente aleatoria, producida por el más absoluto azar, ha llegado a fascinar a lo largo del tiempo a un gran número de personas. Por ejemplo, en el campo de la literatura, Michael Ende planteó la idea de que, si se juega con unos dados dotados de letras durante toda una eternidad, al final de ese tiempo necesariamente deberán surgir todos los poemas y todas las historias posibles del mundo. Y antes que él, Jonathan Swift fantaseó también sobre la construcción de una máquina de escritura aleatoria que, siendo utilizada el tiempo suficiente, permitiría escribir libros enteros de filosofía, de poesía o de política.

En el campo de las matemáticas, Émile Borel introdujo esta misma idea de la escritura aleatoria para ilustrar el concepto de la probabilidad y del infinito. Según su premisa, gracias a las leyes de las matemáticas es posible afirmar, de forma totalmente incuestionable, que un mono aporreando al azar un teclado conseguirá escribir siempre, palabra por palabra, cualquier obra famosa de cualquier escritor del pasado. Aunque, eso sí, siempre que disponga del tiempo, en términos probabilísticos, necesario para ello. Es decir, un tiempo infinito.

Dicha premisa no deja de resultar sorprendente e incluso, hasta cierto punto, algo inquietante. ¿Deberíamos confiar plenamente en las leyes de las matemáticas y aceptar entonces, a pesar de nuestra natural extrañeza, que cualquier mono conseguirá escribir siempre cualquier libro, y no sólo eso, sino todos los libros del mundo, utilizando solamente el más puro azar? ¿Será realmente posible tal cosa o quizás se trata sólo de una entelequia, de un concepto abstracto que no va más allá de una formulación puramente teórica?

Y si aceptásemos tal idea, ¿cómo encarar entonces otras muchas cuestiones que inevitablemente nos surgirían de inmediato? Por ejemplo, ¿sería necesario esperar un tiempo infinito para ver finalmente escrito un libro, uno cualquiera, gracias al más puro azar? ¿No podría ocurrir, por simple casualidad, que se obtuviese ese resultado ya en el primer intento? ¿No podríamos tener un libro, ya perfectamente completo y acabado, con el primer lanzamiento de unos dados o con la primera pulsación aleatoria de las teclas realizada por un mono? Porque lo cierto es que, en teoría, nada impide que tal cosa sea así. Tal como tampoco hay nada que diga que haya que esperar hasta el último lanzamiento de los dados o hasta la última pulsación de las teclas, en el infinito, para conseguirlo. En realidad, podría suceder en cualquier momento.

Lo que resulta sin duda evidente con todo esto es que para nuestra habitual forma de pensar, para nuestra particular concepción del tiempo, la sola idea de que se pueda escribir un libro utilizando únicamente el azar es algo que nos resulta del todo inconcebible. Y sin embargo, a pesar de ello, por más fantasiosa y remota que nos parezca tal posibilidad, por más delirante que se muestre incluso para nuestra más desbocada imaginación, tal cosa es simplemente… posible.

Y no sólo posible, sino también completamente real. Porque además, siendo un hecho indiscutible, no sólo ha sucedido una, sino muchas veces. Incluso podríamos decir que está sucediendo continuamente, a cada momento. Y la prueba más clara y evidente de esto la tenemos, además, muy cerca de nosotros. Mucho más cerca, en realidad, de lo que podríamos pensar. De hecho, no podría estar más cerca. Porque esa prueba, en definitiva, somos… nosotros mismos.

En efecto, aunque no seamos ni siquiera lo más mínimamente conscientes de ello, aunque nos cueste enormemente aceptarlo, nosotros no somos otra cosa, en realidad, que un libro escrito por el más puro azar. Y para entender esta sorprendente afirmación nos basta con adentrarnos someramente en el campo de estudio de la genética.

Como es sabido, todas nuestras células llevan en su núcleo el genoma que es propio de nuestra especie. Pues bien, este genoma, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un asombroso, detallado y complejo libro de instrucciones cuya función consiste en crear y gobernar el funcionamiento de todo nuestro organismo. En nuestra especie este libro está dividido en veintitrés volúmenes, que son nuestros veintitrés cromosomas. Y cada volumen está escrito en una única e ininterrumpida línea, formada por una larga y extensa molécula de ADN.

Cada línea contiene innumerables frases, que son los genes, escritos utilizando un alfabeto de apenas cuatro letras: A, C, G y T. Estas letras representan, más exactamente, las cuatro posibles bases que puede presentar cada uno de los eslabones de que está formada la larga cadena de ADN. Y cuando la compleja maquinaria celular decide leer una de estas frases, uno de estos genes, el resultado final que se obtiene es la síntesis de una determinada proteína. Son entonces estas proteínas, como moléculas básicas y estructurales de la vida, las que se encargan, a partir de ahí, de configurar, organizar y regular el funcionamiento de las células y, con ello, de todo nuestro organismo por completo.

Podemos decir, por tanto, que el genoma de nuestra especie es un extenso libro de varios volúmenes escrito con un total de, aproximadamente, 3.200 millones de letras, las cuales se agrupan para formar un conjunto de más de 20.000 frases. Y cada una de estas frases o genes, mediante la formación de su respectiva proteína, representa una instrucción precisa y concreta para el funcionamiento de nuestro organismo.

Pues bien, al margen de estos impresionantes números, lo que resulta más asombroso de todo esto es el hecho de que el autor de este fantástico y maravilloso libro no es otro que, efectivamente… el más puro azar. Para la inimaginable proeza que ha sido crear este libro no se ha utilizado más que la simple casualidad. Nuestro genoma se ha escrito de forma puramente aleatoria, sin existir, como es evidente, cualquier plan, idea o propósito concreto sobre aquello que debía o no ser escrito.

Así, podemos decir que, en términos matemáticos, la escritura de nuestro genoma ha sido tan absolutamente casual como puede ser el escribir un libro lanzando a un mismo tiempo 3.200 millones de dados de cuatro caras. O realizando 3.200 millones de pulsaciones aleatorias seguidas en un teclado de cuatro letras. Algo que, con mucho esfuerzo, quizás podemos imaginar que pueda ocurrir alguna vez en el infinito. Pero que, como es evidente, ya ha ocurrido, es algo completamente real.

Para ser algo más exactos, hay que decir que nuestro genoma no se ha creado de repente con un único lanzamiento de dados. Y tampoco ha tenido siempre tantas letras como tiene ahora. En realidad, nuestro genoma ha ido creciendo y aumentando a lo largo del tiempo. Al principio se empezó, por tanto, lanzando sólo unos cuantos dados, a los que se fueron añadiendo progresivamente más y más hasta alcanzar el número actual. Y en cada una de las tiradas no se lanza nunca la totalidad de los dados, sino una mínima parte de ellos, intentando de alguna forma conservar todos aquellos que ya forman frases completas. Aunque también es cierto, por otra parte, que a lo largo del tiempo se han ido cambiando frecuentemente unas frases por otras y se han abandonado muchas de las ya obtenidas. Por todo esto, lo más correcto sería decir que nuestro genoma ha ido aumentando y reescribiéndose de forma continua, forjándose lentamente a lo largo del tiempo, a medida que se iban lanzando progresivamente algunos de sus cada vez más numerosos dados.

La forma real en que se lanzan estos dados es bastante simple. Se basa en la aparición aleatoria de errores en el genoma, algo que ocurre principalmente durante la división celular. Cada vez que una célula se reproduce y realiza una nueva copia de su genoma se producen inevitablemente algunos errores, las mutaciones, que hacen que cada nuevo libro sea siempre ligeramente diferente del anterior. Y aunque estos errores generalmente son ínfimos y sin ningún efecto concreto, al acumularse pueden llegar a cambiar finalmente el significado de las frases. O incluso, con menos frecuencia, a crear frases completamente nuevas.

De todos los libros creados, es la evolución la que se encarga de rechazar aquellos en que se han producido más errores sin sentido y también aquellos otros que contienen frases que han acabado por quedar obsoletas, ya sin ninguna utilidad. Por el contrario, va salvaguardando todos aquellos libros en los que aparecen nuevas frases que permiten una mejor adaptación al medio y una mayor supervivencia de la especie. Así, mientras los primeros tienden a desaparecer, estos últimos son conservados siempre en mayor medida. Y al realizarse nuevas copias, al lanzarse otra vez los dados, vuelven a producirse nuevos errores sobre los que actuará la evolución, nuevamente, en uno o en otro sentido.

Así, mediante este simple mecanismo, la evolución ha conseguido la inconcebible tarea de dar forma a la totalidad del extenso y complejo genoma nuestra especie. Un genoma que, además, tenemos que reconocer que es de una perfección completamente asombrosa y extraordinaria. Basta con observar el funcionamiento de nuestro organismo, con sus múltiples órganos y sistemas, con sus complejos mecanismos fisiológicos siempre en constante equilibrio, con su continua capacidad de crearse y regenerarse una y otra vez, para llegar fácilmente a la conclusión de que nuestro genoma es, sin duda, incomparablemente superior a cualquier obra literaria, de poesía, de matemáticas o de filosofía que podamos concebir que salga, al azar, al lanzar infinitamente millones de dados o al aporrear infinitamente un teclado.

Y sin embargo, por más extraordinario y perfecto que sea nuestro genoma, lo más asombroso es que cada una de las millones de especies que existen en el mundo, todas ellas, poseen un genoma, un libro de instrucciones, completamente diferente. Y en todos los casos su genoma, el libro de cada especie, es siempre de una perfección igualmente maravillosa y casi absoluta. Es decir, el azar no sólo ha sido capaz de escribir un libro tan extraordinario como el nuestro, sino que, en realidad, ha escrito millones y millones de libros, todos ellos diferentes entre sí y todos ellos de una insuperable perfección.

Es más, considerando que todos los seres vivos se relacionan entre sí formando complejos e intrincados ecosistemas, deberíamos decir que el azar no se ha limitado sólo a escribir todos estos libros, sino que, en realidad, ha creado una enorme biblioteca de obras maestras donde cada uno de los libros, ya de por sí extraordinarios, se complementa con todos los demás con una misma e idéntica perfección. O incluso, dada la multiplicidad de ecosistemas existentes, deberíamos hablar más bien de toda una compleja red de bibliotecas perfectamente interconectadas entre sí.

Dentro de esta prodigiosa, soberbia y colosal red de bibliotecas que es la vida podemos encontrar libros de todo tipo, con instrucciones detalladas y precisas para el desarrollo de casi cualquier forma de vida que podamos imaginar. Hay, por ejemplo, gruesos y pesados volúmenes cuyas páginas describen modos de existencia tan concretos y especializados que casi nos resultan imposibles de concebir. Hay enormes e interminables estanterías, sin límites aparentes, en donde se recoge todo el conocimiento necesario para sobrevivir en cualquier medio físico existente, ya sea terrestre, subterráneo, acuático o aéreo. Hay también amplias secciones, ocultas por entretejidas sombras, que nos narran los ambientes y las formas de vida propias de un pasado remoto, ya inexistente. Y muchos otros pasillos, todavía inaccesibles, presentan multitud de espacios vacíos destinados a especies futuras que sin duda han de llegar. Pero además, por todas partes encontramos libros que aparecen de repente, otros que se dividen en dos o más volúmenes y aún otros que, al apartar la vista por un instante, parecen desvanecerse en el aire sin dejar el menor rastro.

Al intentar recorrer este fantástico e interminable laberinto creado lenta y pacientemente por la evolución, es fácil adentrarnos a cada momento, sin darnos cuenta, en el interior de profundos e inquietantes abismos, recorrer extensas e interminables llanuras o elevarnos, de repente, sobre altas y vertiginosas cumbres. A cada instante nos enfrentamos con una infinidad de pasillos que se bifurcan y que convergen sobre sí mismos, que se multiplican y que se extinguen, que se iluminan y que se ocultan en la oscuridad, que se ensanchan y que se estrechan simultáneamente, que avanzan y que retroceden al mismo tiempo para llegar a un mismo y único lugar que se repite innumerables veces. Y por si todo esto no fuese ya lo suficientemente vertiginoso y desconcertante, lo más increíble es que todos los volúmenes existentes, siempre de una perfección inimaginable, están siendo continuamente reescritos y mejorados a cada instante.

Para realizar esta inconcebible y titánica labor sabemos ahora que el azar no ha necesitado un tiempo infinito. Se piensa que quizás haya empleado unos pocos miles de millones de años. Aunque, para la limitada capacidad de comprensión de nuestra mente, dicho periodo de tiempo es ciertamente tan inimaginable como puede ser la propia idea de infinito. O incluso la idea de una infinita sucesión de tiempos infinitos.

En este extenso y dilatado periodo, el tiempo ha conseguido que lo infinitamente improbable ocurra y que, además, sea una inevitable realidad. Le ha bastado su inconmensurable dimensión para lograr crear fácilmente un mundo de la más extraordinaria complejidad, de la más inimaginable perfección y de la más inconcebible belleza. Un mundo en el que cada ser vivo es en sí mismo una obra maestra, creada siempre por el más puro azar y modelada luego delicadamente, en un largo y laborioso proceso, por la evolución.

Todos los seres vivos somos, por tanto, una inevitable consecuencia del azar. Todos nosotros somos hijos de lo infinitamente improbable. Todos nosotros somos, en definitiva, el necesario resultado de la siempre inexorable y triunfante infinitud del tiempo.

Siendo así, no nos corresponde ahora deslucir esta titánica labor. Y mucho menos destruir nada de lo escrito durante un tiempo que es, en su misma esencia, pero mucho más para nosotros, absoluta e incomparablemente infinito.


20/3/25

Una evolución progresivamente acelerada


En el mundo de la informática, cuando se quiere crear un nuevo programa no se parte casi nunca de cero, pues esto supondría un enorme y costoso trabajo. Lo más habitual es partir de un programa ya existente, en el cual se realizan las modificaciones necesarias para obtener la nueva funcionalidad que se pretende conseguir. Además, dichas modificaciones suelen hacerse utilizando también un lenguaje informático ya existente, normalmente el mismo empleado por el programa del que se parte.

Salvando todas las lógicas y elementales diferencias, podemos decir que esto mismo ocurre, poco más o menos, en el campo de la evolución biológica. Debido a los cambios que se producen en el medio ambiente y en los ecosistemas, la evolución necesita ir creando constantemente nuevas especies que se adapten mejor a cada nueva realidad. Pero crear una especie partiendo de cero sería, desde luego, del todo impensable. Para hacerlo se necesitaría un tiempo, en el mejor de los casos, de varios miles de millones de años. Y esto sin contar con que, para entonces, el medio ambiente ya habría vuelto a cambiar otras tantas e innumerables veces.

La única posibilidad de que dispone, por tanto, la evolución para crear una nueva especie consiste en partir de una ya existente y modificarla para conseguir en ella la funcionalidad que desea obtener. Y la única forma que tiene de hacer que esta modificación sea efectiva y permanente es alterar el genoma de la especie, su material genético, es decir, el equivalente a su programa informático. Además, para ello debe emplear el mismo lenguaje de programación que utilizan todos los seres vivos, el llamado código genético.

Dicho código es, hasta cierto punto, bastante simple. Se basa en el uso de tan sólo cuatro letras, con las que se consigue escribir un total de veinte palabras diferentes, todas ellas de sólo tres letras. Utilizando este reducido conjunto de palabras es posible, sin embargo, formar un número incalculable y casi infinito de frases, siempre de diferente longitud, complejidad y significado.

Si analizamos la estructura de la molécula que constituye nuestro genoma, el ADN, vemos que dicha molécula es una larga cadena donde, en efecto, cada eslabón incorpora una de cuatro bases posibles, comparables a cuatro letras. Y cada tres bases consecutivas de esta cadena forman el equivalente a una palabra, cuyo significado se traduce en un determinado aminoácido, de un conjunto de veinte utilizado por todos los seres vivos. De este modo, cuando en la célula se realiza la lectura de un gen, es decir, el fragmento de ADN equivalente a una frase, a cada tres bases se une, de cierta forma, su aminoácido correspondiente. Y en ese instante los respectivos aminoácidos se encadenan entre sí para formar una determinada proteína. A partir de ahí, son las proteínas, siendo las moléculas fundamentales de la vida, las que se encargan de conformar, organizar y regular el funcionamiento de las células. Y, con ello, de configurar también la compleja y detallada arquitectura de todo el organismo.

Por tanto, a la evolución le basta simplemente con cambiar unas pocas letras en nuestro genoma para crear una nueva secuencia de palabras, formar una frase diferente a la anterior y dar lugar a una nueva proteína. Y esta proteína, juntamente con muchas otras, será capaz de generar, de forma predeterminada, todo un conjunto diverso e inimaginable de nuevos procesos metabólicos, de nuevas estructuras, de nuevos órganos y de nuevas funcionalidades para la especie. Es decir, con apenas unos cambios relativamente sencillos, la evolución es capaz de crear una especie diferente de la anterior. Y además, si esos cambios son los adecuados, mejor adaptada al medio ambiente existente en ese momento.

En los seres pluricelulares, no obstante, es posible encontrar también, además del código genético, otros lenguajes de programación que actúan de forma complementaria y que pueden ser igualmente utilizados por la evolución para crear nuevas especies.

Es lo que ocurre, por ejemplo, gracias al sistema endocrino u hormonal. Las hormonas son un tipo de moléculas, liberadas por ciertas glándulas, que al llegar a otros tejidos u órganos actúan sobre ellos provocando una determinada respuesta en su nivel de actividad. Así, mediante la simple liberación de una determinada hormona, en un cierto momento y en una cierta cantidad, es posible definir todo un conjunto de características propias del organismo. Por ejemplo, algunas de las relativas a su crecimiento y desarrollo y, por tanto, responsables de la configuración de su estructura corporal.

Pero también pueden definir otro tipo de características, menos estructurales, como la conducta. Esto sucede, por ejemplo, con la oxitocina, una hormona que en algunas especies influye en el grado de sociabilidad que presentan los individuos. En dichas especies, basta una pequeña alteración en la producción de esta hormona para hacer que los individuos pasen de llevar una vida solitaria a llevar una vida eminentemente social, o viceversa, cambiando por completo sus hábitos de vida. Y lo mismo se puede decir de otras hormonas que, de igual forma, determinan diversos tipos de conducta como, por ejemplo, el grado de actividad física, el tipo de respuesta ante un peligro, la época de inicio de la reproducción o las condiciones en que ésta se realiza.

De modo que si los cambios en la conducta producidos por una diferente producción de hormonas son lo suficientemente importantes y persistentes, el resultado puede ser, al final, la creación de una nueva especie de características diferentes a la anterior.

Esto significa que, utilizando las hormonas y su particular lenguaje de programación, la evolución tiene por tanto la posibilidad de crear nuevas especies ya sea modificando la estructura física del organismo, sus características metabólicas o incluso, también, su conducta. Y además puede crear estas especies de forma bastante rápida y sencilla, pues sólo necesita modificar la cantidad y proporción de unas hormonas que la especie inicial produce, ya de por sí, de forma regular.

Pero si hablamos de posibles cambios en la conducta, es inevitable referirnos también a otro lenguaje de programación, con un particular desarrollo en algunas especies como la nuestra, como es la cultura. En términos biológicos, se entiende como cultura la transmisión regular de información y de comportamientos aprendidos de unos individuos a otros. Por ello, si en un determinado momento se produce una alteración significativa en la información que se transmite de una generación a la siguiente, es decir, en la cultura, pueden originarse cambios importantes en el comportamiento de los individuos de la nueva generación. Y si estos cambios permanecen en el tiempo, juntándose a ellos quizás algunas otras alteraciones a nivel fisiológico, el resultado final puede ser igualmente la creación de una nueva especie.

Un ejemplo de este particular proceso lo encontramos en las orcas, una especie de cetáceo en la cual, en la actualidad, es posible diferenciar a nivel mundial varias poblaciones independientes. Dichas poblaciones, que en este momento muestran ya algún grado de diferenciación genética entre sí, podrían haber comenzado a divergir, tiempo atrás, simplemente por el hecho de haber adoptado unos determinados hábitos de comportamiento. Concretamente, los referidos al tipo de estructura social y de alimentación. Estos hábitos, que en un inicio eran incipientes y reversibles, en este momento se han convertido en distintivos y característicos de cada una de las poblaciones. Y debido a ello, estas poblaciones pueden ya considerarse, según muchas opiniones, como especies diferentes.

Pero también podemos hablar, por supuesto, de un ejemplo mucho más cercano a nosotros, como es nuestra propia especie. Como es sabido, desde hace unos milenios es posible distinguir, en todos los grupos humanos primitivos, poblaciones dedicadas a la caza y la recolección y poblaciones dedicadas a la agricultura y la ganadería. Dichas poblaciones, con modos de vida muy diferentes entre sí, en realidad difieren únicamente en el tipo de cultura que han adoptado sus individuos. Por tanto, en teoría, podríamos pensar que si estas diferencias culturales se acentuasen con el tiempo y se acompañasen de determinados cambios fisiológicos, dichas poblaciones podrían empezar también a divergir evolutivamente. Y de esta forma, en un futuro remoto, caso perduren, podrían dar lugar igualmente a especies diferentes.

Por tanto, utilizando el lenguaje proporcionado por la cultura la evolución puede también crear nuevas especies. Y además, considerando la rapidez y la facilidad con la que pueden cambiar las ideas y, por consiguiente, la propia cultura, podemos pensar que, utilizando este particular lenguaje de programación, la evolución tiene la capacidad de crear nuevas especies aún más rápidamente que con otros lenguajes. O, como mínimo, de dar inicio mucho más rápidamente a ese proceso.

De cualquier forma, debemos tener en cuenta que todos estos lenguajes accesorios, como las hormonas o la cultura, dependen siempre, en último término, del propio código genético. Los cambios en la producción de hormonas, si son permanentes, se deben siempre a cambios en el genoma, que es el que determina las características de los órganos que las producen. Y son también los genes, del mismo modo, los que determinan la mayor o menor capacidad de las redes neuronales para almacenar y transmitir conocimientos, pudiendo o no generar culturas, aunque luego estas últimas escapen al ámbito de su acción directa. Así, podemos decir que todos estos lenguajes complementarios actúan, en realidad, amplificando y multiplicando en cascada el efecto de unos cambios, en ocasiones mínimos, que se producen en el código genético.

Aunque también es cierto, por otra parte, que los cambios producidos por estos lenguajes pueden exponer a los individuos a nuevos ambientes y a nuevas relaciones con otros seres vivos. Y con ello se estará proporcionando también a la especie la oportunidad de seleccionar nuevos cambios en su genoma, en su código genético, para adaptarse a las nuevas circunstancias creadas por ellos.

En definitiva, la evolución crea nuevas especies siempre a partir de otras ya existentes realizando pequeñas alteraciones en su código genético. Pero puede crearlas más rápidamente si utiliza además el lenguaje proporcionado, por ejemplo, por las hormonas. O incluso más rápidamente si utiliza, de forma parecida, el lenguaje proporcionado por la cultura.

Ahora bien, teniendo en cuenta que con la utilización de estos lenguajes accesorios o complementarios se pueden crear especies más fácil y rápidamente, podemos esperar entonces que la propia evolución, en alguna medida, favorezca a las especies que creen y desarrollen dichos lenguajes, especialmente si éstos son fáciles de utilizar y más susceptibles de ser modificados.

La razón de esto es que las especies que los posean conseguirán adaptarse más rápidamente a cualquier nuevo tipo de ambiente. Necesitarán apenas unos pocos cambios en su genoma, adecuadamente amplificados por estos otros lenguajes, para conseguir la adaptación deseada. Por el contrario, aquellas especies que no los posean necesitarán realizar muchos más cambios en su genoma para alcanzar el mismo grado de adaptación. Por tanto, tardarán más tiempo en adaptarse al medio y posiblemente, debido a ello, serán fácilmente superadas por las primeras.

Debe considerarse, sin embargo, que la rapidez en la adaptación al medio también depende de otros varios factores. Por ejemplo, de la velocidad con que la especie se reproduce y crea nuevas generaciones. Esto es así debido a que los cambios en el genoma, las mutaciones, se deben en gran parte a los errores aleatorios que inevitablemente se producen cuando, durante la división celular, el genoma crea una copia de sí mismo. Por tanto, si una especie se reproduce más rápidamente y crea más copias de su genoma en un mismo periodo de tiempo, podrá sufrir más mutaciones y tendrá también más posibilidades de obtener aquellas que puedan resultarle favorables.

Otro factor igualmente importante, en este sentido, es la capacidad de intercambiar genes con otros individuos. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con la reproducción sexual o con la transmisión de material genético propia de algunos organismos unicelulares. Gracias a este tipo de intercambios resulta mucho más fácil y rápido crear nuevas combinaciones de genes y, con ello, es más probable obtener, al azar, combinaciones que sean más propicias para el individuo y su descendencia.

Así, en resumen, podemos decir que la evolución probablemente favorecerá a las especies que presenten, a un mismo tiempo, una mayor capacidad para sufrir cambios, una mayor velocidad para conseguirlos y una mayor facilidad para transmitirlos entre individuos.

Aunque lo cierto es que esto no será siempre así, ni mucho menos. En realidad, la facilidad para crear rápidamente nuevas especies sólo resulta favorable durante el transcurso de un proceso evolutivo, cuando es necesario adaptarse a un medio y a unas condiciones que antes no existían. En un medio ambiente completamente estable, de características inmutables, la evolución podrá actuar justamente en sentido contrario. Es decir, podrá favorecer la ausencia de cambios y, con ello, a las especies que presenten una mayor resistencia a sufrirlos.

De hecho, hay que tener en cuenta que todos los cambios y mutaciones, que son siempre resultado del azar, sólo de forma excepcional llegan a ser favorables. En la gran mayoría de los casos únicamente generan individuos defectuosos que suponen, en realidad, un elevado y pesado coste para la especie. Por tanto, en términos generales, poseer una mayor facilidad para sufrir cambios suele suponer una clara desventaja.

Y lo mismo puede decirse de los lenguajes complementarios. Incluso durante el transcurso de procesos evolutivos, cuando existe un claro interés en sufrir nuevos cambios, estos lenguajes pueden también suponer, en muchos casos, una cierta desventaja. Esto es debido a que los órganos que son necesarios para desarrollar estos lenguajes representan siempre un importante coste energético y estructural para el organismo. Por tanto, si los beneficios que aportan en un determinado momento no son superiores a los costes, la evolución podrá tender a reducir o eliminar esos órganos, acabando con todos los lenguajes asociados a ellos.

Así, podemos concluir que existe siempre un difícil y complejo equilibrio, en todos los seres vivos, entre poseer una mayor o una menor capacidad adaptativa. Algo que se traduce, por ejemplo, en tener una mayor o menor facilidad para sufrir cambios o un mayor o menor interés por desarrollar otros lenguajes. Prueba evidente de todo esto es el hecho de que en la naturaleza coexisten aparentemente todo tipo de especies con todo tipo de estrategias diferentes. Podemos encontrar, para cualquier situación, especies con mayor o menor capacidad para cambiar, con mayor o menor rapidez para hacerlo y con mayor o menor facilidad para transmitir esos cambios.

A pesar de todo, sin embargo, si contemplamos en su conjunto toda la diversidad de seres vivos que existe en nuestro planeta, podemos decir que la evolución parece presentar una tendencia creciente para crear nuevas especies de forma cada vez más rápida y acelerada. Entre otras razones, desde luego, porque dispone cada vez de un mayor número de especies, cada vez más diversas y variadas, de las que poder partir para modelar sus nuevas e inigualables creaciones. Por eso, es posible afirmar que la evolución camina, de forma inevitablemente acelerada, hacia una siempre creciente y más admirable perfección.


11/7/23

La superior inteligencia del gusano acéfalo


Los gusanos nematodos son seres tremendamente admirables. Llevan una vida simple, modesta, humilde, tranquila, sin grandes estridencias ni preocupaciones. Pasan la mayor parte del tiempo moviéndose calmamente en el reducido espacio que conforma su hogar, entregándose en todo momento al disfrute de una existencia lo más cómoda y placentera posible. En ningún caso se dejan llevar por vanas y engañosas ilusiones. Ni piensan tampoco en alcanzar grandes logros en la vida. Aunque, a decir verdad, los nematodos no piensan, pues no tienen cerebro. En realidad, por no tener, ni tan siquiera tienen cabeza. Y a pesar de todo, pese a estas notables e importantes carencias físicas, estos gusanos constituyen la forma de vida animal más extendida y prolífica de todo el planeta, aquella que ha conseguido un mayor éxito evolutivo.

Pero quizás lo más admirable de los nematodos sea su indiscutible y superior inteligencia. Sí, es cierto que su sistema nervioso no parece gran cosa. De hecho, consta apenas de un simple anillo neuronal alrededor del esófago y de unos pocos nervios que recorren a lo largo su cuerpo. Pero sorprendentemente, con apenas unos tan rudimentarios órganos, incomparablemente más simples que el complejo y voluminoso cerebro que posee nuestra especie, los nematodos consiguen superar ampliamente a los seres humanos en inteligencia. Y esta superioridad la abordan además con una extrema modestia, sin alardear nunca de ella, sin vanagloriarse en ningún momento, sin ni tan siquiera ridiculizar de forma humillante a seres inferiores como nosotros. Es por ello que los nematodos son, sin duda, seres doblemente admirables.

Pero, al final, ¿cómo es posible que estos simples y modestos gusanos sean más inteligentes que nosotros? ¿De qué forma pueden tener una inteligencia superior a la nuestra, si ni tan siquiera tienen cerebro? ¿Cómo puede ser que, sin presentar el menor asomo de capacidad intelectual, estos diminutos seres lleguen a superarnos en una tan sofisticada cualidad? Parece una idea absurda si pensamos, por ejemplo, en la extrema y portentosa complejidad de nuestro cerebro, en nuestros conocidos y fructíferos esfuerzos por desarrollar todas las aptitudes y capacidades de nuestra mente o también en los grandes logros intelectuales, científicos y artísticos conseguidos por el ser humano a lo largo de los siglos. ¿Cómo es posible sostener entonces una afirmación semejante?

Para responder a esta interesante cuestión debemos analizar, en primer lugar, en qué consiste realmente la inteligencia. No hay duda de que desde muy antiguo se han propuesto muchas, diversas y variadas fórmulas para definir un concepto tan difícil y complejo de caracterizar. Pero, en esencia, podemos definir la inteligencia como la capacidad que tiene un individuo de obtener información del medio en que vive para, a partir de ella, modificar su comportamiento y conseguir una mejor y más completa adaptación a él, aumentando con ello su capacidad de supervivencia. Por tanto, tal como se desprende de esta definición, está claro que para poseer algún grado de inteligencia son imprescindibles dos requisitos básicos: tener capacidad de obtener información del medio y tener capacidad de modificar el propio comportamiento.

Sin embargo, antes de abordar este tema con más detalle debemos tener en cuenta que, para sobrevivir, dichos requisitos y, en definitiva, la propia inteligencia no son siempre, ni mucho menos, estrictamente necesarios. Esto es así porque todos los seres vivos nacemos ya con una información y unos comportamientos básicos codificados en nuestros genes. Y gracias a ellos somos perfectamente capaces de sobrevivir en un medio ambiente ideal, es decir, en un medio ambiente propicio, uniforme y sin ningún tipo cambios. En otras palabras, gracias a la evolución nuestros genes ya saben, en lo fundamental, cuáles son las características propias de nuestro ambiente más primordial y cómo debemos comportarnos en él. Así que, encontrándonos en dicho medio, no necesitamos obtener nueva información ni tampoco modificar para nada nuestro comportamiento. No necesitamos, por tanto, desarrollar ningún tipo de inteligencia.

Y esto es exactamente lo que ocurre en el microscópico, tranquilo y monótono mundo de los nematodos. Teniendo una existencia que transcurre básicamente en un medio uniforme, podríamos decir que casi primordial, los nematodos, gracias a sus genes, no necesitan obtener apenas información adicional del medio en que viven ni tampoco necesitan cambiar o modificar su habitual forma de actuar.

Por el contrario, aquellas especies que, como la nuestra, viven en un ambiente complejo, altamente cambiante e impredecible, necesitan obtener continuamente información del medio para, de esta forma, poder reaccionar de forma adecuada a cada nueva y particular circunstancia. Las limitadas informaciones y conductas codificadas en nuestros genes no son suficientes. Así que, para sobrevivir, tenemos que observar nuestro entorno y replantearnos continuamente nuestro comportamiento. Y este propósito llega tan lejos en nuestra especie que incluso somos capaces transmitir las nuevas formas de actuar de unos individuos a otros o de una generación a la siguiente, creando aquello que conocemos como cultura.

Podemos decir, por tanto, que los nematodos poseen prácticamente toda la información que necesitan en sus genes, por lo que de nada les serviría tener una cabeza, un cerebro o desarrollar cualquier tipo de inteligencia, algo que para ellos no sería más que una carga y una complicación del todo inútil e innecesaria. Por el contrario, nuestra especie sí que necesita poseer un sistema nervioso complejo, lo suficientemente desarrollado como para poder procesar toda la información que recoge del medio y elaborar, a partir de ella, acciones y comportamientos igualmente complejos. Por eso hemos desarrollado evolutivamente una cabeza y un cerebro voluminoso y somos capaces, gracias a él, de generar formas de actuar tan adaptables, elaboradas y diversas.

En buena lógica deberíamos concluir, por tanto, que nuestra especie es mucho más inteligente de lo que son los nematodos, pues no hay duda de que, en relación a ellos, poseemos una mayor capacidad de obtener información del medio y de aplicarla de forma mucho más diversa en nuestro comportamiento. Entonces, ¿cómo es posible, contra toda evidencia, afirmar que los nematodos poseen una inteligencia superior?

Pues bien, la explicación en realidad es bastante simple. Lo que ocurre es que, casi sin darnos cuenta, nos hemos pasado por alto algo del todo fundamental. Y para entenderlo debemos fijarnos con más atención en la definición de inteligencia, más concretamente en la parte que dice que toda la capacidad de obtener información y de crear nuevos comportamientos, aquello mismo que caracteriza a la inteligencia, tiene una finalidad. Y esta finalidad no es otra que la de adaptarnos mejor al medio en que vivimos para, de esta forma, aumentar nuestra capacidad de supervivencia.

Por tanto, es precisamente consiguiendo una mayor capacidad de supervivencia como, al fin y al cabo, se demuestra un mayor o menor grado de inteligencia. Si obteniendo información del medio y elaborando nuevos comportamientos conseguimos sobrevivir mejor, seremos inteligentes. Si, por el contrario, con ello no aumentamos para nada nuestra capacidad de supervivencia, no seremos en absoluto inteligentes. En otras palabras, por muchos receptores sensoriales que tengamos, por muchas extensas redes neuronales, por mucho encéfalo desarrollado, por mucha variación de conductas individuales o grupales, por mucha cultura transmisible, por muchos avances científicos, por muchos logros intelectuales que consigamos, si con todo esto no aumentamos nuestra capacidad de supervivencia no podemos decir que seamos inteligentes.

Es más, si lo que conseguimos es exactamente lo contrario, es decir, si con ello únicamente conseguimos reducir nuestra capacidad de supervivencia, no sólo no seremos inteligentes, sino que seremos rematadamente tontos. Y en el caso concreto de nuestra especie, considerando nuestro complejo cerebro y nuestra enorme potencialidad para cambiar nuestros comportamientos, lo que demostraríamos es que, además de tontos, somos completamente ridículos, algo así como los payasos de la evolución.

No cabe duda de que nuestra especie ha conseguido cosas portentosas e inimaginables. Pero al mismo tiempo ha ido creando una sucesión de civilizaciones de características agresivas, destructoras y suicidas que, a pesar de unos comienzos prometedores, siempre han acabado por reducir progresivamente la capacidad de supervivencia de sus poblaciones. Y si nos fijamos en el presente, en la más reciente actualidad, vemos de la forma más clara posible, sin ningún margen para la duda, cómo nuestra más moderna, flamante y soberbia civilización está sumiendo a todos sus habitantes, y junto con ellos a la totalidad del planeta, en la más completa, progresiva y total autodestrucción.

Sí, es cierto que las comparaciones son muchas veces odiosas, pero tenemos que aceptar la indiscutible realidad. Los nematodos no han creado civilizaciones suicidas ni se dedican a destruir el planeta en que viven y que sustenta a todos los seres vivos. Y aunque no consigan aumentar su capacidad de supervivencia mediante una inteligencia que en realidad no poseen, lo cierto es que tampoco la disminuyen. Es decir, que si hacemos un balance de su inteligencia éste arrojará un resultado nulo, como no podría ser de otra forma en un gusano acéfalo.

En cambio, el balance que podemos hacer de la inteligencia de nuestra especie arroja un resultado muy diferente y para nada halagador. Al disminuir siempre con nuestras acciones nuestra capacidad de supervivencia, haciéndolo además de una forma tan incomprensible, insistente, casi fanática, el balance de nuestra inteligencia resulta ser claramente negativo y nos sitúa, sin lugar a dudas, en el campo de los rematadamente tontos. En consecuencia, respondiendo finalmente a la cuestión que nos planteábamos en un principio, resulta evidente que la inteligencia de los nematodos, aunque no sea por méritos propios, es indiscutiblemente muy superior a la nuestra.

Pero no nos desanimemos por ello, ni dejemos tampoco de soñar y de encarar el futuro con optimismo. Porque ¿qué pasaría si nuestra especie, afectada de repente por una súbita e inexplicable lucidez, por una extraña demencia, utilizase su complejo cerebro y su enorme capacidad intelectual no para disminuir sino para aumentar su supervivencia, si los emplease para crear civilizaciones prósperas y duraderas, para cuidar de nuestro planeta, para convivir finalmente en paz y armonía con todos los seres vivos? ¿No se convertiría entonces, de repente, en la especie más inteligente de todas las que existen?

Aunque también, por otra parte, si dejásemos de ser los payasos de la evolución, ¿de quién nos iríamos a reír? Y muy especialmente, ¿de quién nos iríamos a reír, a grandes carcajadas, en el momento final y más cómico de nuestra propia autodestrucción?


10/1/21

Viaje a la isla de los tontos, los ciegos y los torpes


Envuelta en la más misteriosa leyenda, oculta su memoria en el silencio y la bruma de los tiempos, murmurado su nombre apenas al calor de las más secretas conversaciones entre viejos y tullidos marineros, se narra en ocasiones, entre temerosos, furtivos y entrecortados susurros, la terrible historia de una isla que, sacudida por la feroz y despiadada fuerza de la naturaleza, acabó partida en dos.

Todo ocurrió en apenas una única, fatídica y estremecedora noche. Tras varios días seguidos en los cuales fue posible palpar en el aire una indescriptible e inquietante calma, de repente, en medio de la noche, un torbellino de fuego, de furia y de terror pareció agitarse en el interior mismo de las entrañas de la tierra. Y luego, casi de inmediato, un violento y devastador terremoto sacudió con fuerza cruel y desmedida hasta los más hondos y antiguos cimientos de la isla. En cuestión de pocos minutos el tremendo y ensordecedor temblor derribó las más altas, sólidas e imponentes montañas, arrasó al instante valles, planicies y llanuras y sembró por doquier el caos y la destrucción, todo ello en medio de la más demencial y despiadada pesadilla.

A la mañana siguiente, levantada ya la niebla, las cenizas y la desesperación de la noche anterior, la primitiva isla, tal como era conocida hasta entonces, había desaparecido por completo. Y en su lugar, allí donde se situaban otrora sus dos extremos más alejados, aparecían ahora dos nuevas islas de pequeño tamaño, esculpidas con abruptos y atormentados perfiles. Separándolas, el océano se abría entre ellas, con inusitada fuerza y bravura, a través de un ancho e impetuoso canal.

Cuentan los marineros que aquella infortunada isla se hallaba situada justo en mitad del océano, en medio de todos los vientos y de las mareas, a semanas de navegación de cualquier otra tierra firme conocida. Y según se dice, estaba habitada desde muy antiguo por unos seres fantásticos, con aspecto mitad hombre, mitad avestruz, aunque en verdad no es posible encontrar nunca dos relatos que describan a sus habitantes del mismo e igual modo. No obstante, casi todas las historias coinciden en afirmar que aquellos extraños seres habían conseguido desarrollar una civilización muy avanzada, en todo superior a las existentes en cualquier otro país o continente conocido en aquella época.

Debido quizás a su media parte de avestruz, o bien a otro motivo cualquiera, aquellos seres se dividían en dos formas bien características, siendo que esta división afectaba por igual tanto a hombres como a mujeres. Por un lado, estaban los individuos de aspecto más grácil, recubiertos de un denso y hermoso plumaje, caracterizados por ser todos ellos, sin excepción, enormemente cultos, bellos, refinados e inteligentes. Y por otro, estaban los individuos de aspecto más atolondrado, con el cuerpo casi lampiño, todos ellos de muy escasa y ruda inteligencia, fea y desagradable apariencia, formas mal proporcionadas, movimientos lentos y torpes, casi nula visión y muy escaso oído. Sin embargo, a pesar de estas notables diferencias, demostrando con ello el alto grado de civilización alcanzado, ambos tipos de seres convivían en la isla de forma fraternal, siempre en la mayor de las armonías.

Sucedió no obstante que, justo en la noche del terrible y devastador terremoto, ambos tipos de individuos se encontraban precisamente en los extremos más distantes de la isla. Todos los seres emplumados e inteligentes se encontraban en un extremo, asistiendo a un espectáculo poético y musical de gran refinamiento artístico. Y simultáneamente, todos los seres lampiños y tontos se encontraban en el extremo opuesto, asistiendo a una estúpida carrera de caracoles, espectáculo por el cual parecían mostrar un incomprensible y fervoroso entusiasmo. Ocurrió así que, como consecuencia del violento cataclismo, unos quedaron atrapados en una de las nuevas islas y los otros en la otra. Y sin tener la más mínima posibilidad de poder volver nuevamente a reunirse, pues las furiosas corrientes oceánicas que separaban ambas islas imposibilitaban cualquier viaje entre ellas.

Pasaron así los siglos, lenta y pausadamente, sin que nadie volviese a saber nada de las islas ni de sus infelices y desdichados habitantes. No obstante, trascurrido ese tiempo, se cuenta que un moderno navío de perfiles poderosos y audaces, tras ser arrastrado despiadadamente durante semanas por una tormenta de fuerza y crueldad nunca antes conocidas, acabó por llegar, de forma casual, hasta las aguas circundantes a las islas. Y no sin muchos y denodados esfuerzos, consiguió fondear primero en una isla y, días más tarde, en la otra.

Los marineros de aquel intrépido navío, muchos de ellos conocedores de la antigua y misteriosa leyenda, esperaban encontrar en la isla de los seres inteligentes una población próspera y feliz, continuadora de los muchos logros y maravillas conseguidos por la primitiva civilización. Por el contrario, pensaban que la isla de los seres tontos estaría sin duda completamente deshabitada, habida cuenta de la evidente incapacidad de aquellos pobres infelices para valerse por sí mismos.

Sin embargo, la sorpresa que se llevaron fue del todo indescriptible. Ninguno de ellos podía dar veraz crédito a lo que veían sus ojos. Al contrario de lo que pensaban, la isla de los seres inteligentes estaba completamente desierta. Y en cambio, la isla de los tontos, los ciegos y los torpes se hallaba feliz y prósperamente habitada. Y no sólo eso, sino que en ella encontraron una floreciente, soberbia y admirable civilización. Así, nada más desembarcar, los desgarbados moradores de la isla acudieron en tropel, de brazos abiertos, a recibir a los navegantes. Y al instante trataron de agasajarles con todos los fastos y honores que estaban al alcance de sus, no obstante, modestas capacidades.

Para empezar, organizaron innumerables carreras de caracoles por toda la isla en honra de los recién llegados. Y por suerte, debido a la muy escasa visión de los isleños, los famélicos y hambrientos marineros pudieron comerse todos los caracoles sin por ello despertar en ningún momento las sospechas o la ira de sus desconcertados anfitriones. En aquellos alegres momentos, todo en la isla parecía ser sólo fiesta y diversión.

Transcurrieron así las semanas siguientes con grandes y memorables jornadas, siempre en medio de otras muchas celebraciones y alegrías. Pero pasado ese tiempo, varios meses después, los valerosos marineros decidieron finalmente abandonar su tan grata y placentera estancia en la isla para volver nuevamente de regreso a casa. Gozando de un exaltado e inmejorable ánimo, los navegantes tenían además la bodega del barco bien cargada, casi a desbordar, con todos los enseres, lujos y riquezas que aquellos seres medio emplumados extrañamente despreciaban.

Así, momentos después de zarpar de la isla, por breves instantes, los marineros volvieron por última vez su mirada hacia atrás. Y fue entonces cuando sus ojos alcanzaron a ver, llenos de espanto y admiración, cómo una densa, opaca y misteriosa bruma se levantaba desde el mar y, en apenas un momento, abrazaba con fuerza, como si fuese ya para siempre, el débil y somnoliento contorno de las islas.

Y seguramente así, envueltas en aquella misma bruma blanca e impenetrable, deben continuar las misteriosas islas hasta el día de hoy, sin que nadie haya podido volver nunca a encontrarlas ni a vislumbrar sus atormentadas e inquietantes formas…

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Esta antigua leyenda sobre una mítica isla habitada por seres tontos, ciegos y torpes nos brinda una excelente oportunidad para reflexionar acerca de los caminos que sigue la evolución biológica en su continuo, complejo y fascinante devenir. Y muy especialmente, nos sirve para ilustrar uno de los mayores errores en los que, de forma continua y reiterada, caemos siempre que pensamos en ella.

Todos estamos habituados a pensar que la evolución biológica selecciona la excelencia de un determinado rasgo o característica cuando éste aparece finalmente en una especie. Creemos que, a partir de entonces, la evolución favorece inevitablemente a todos aquellos ejemplares que poseen dicho rasgo o bien lo desarrollan en un mayor grado. Así, por ejemplo, pensamos que, cuando estos caracteres aparecen, la evolución favorece inevitablemente a todos aquellos individuos que demuestran ser más inteligentes, más veloces, de mejor visión, más ágiles, más fuertes, de mayor tamaño, más hábiles, más invulnerables, más escurridizos o más temibles.

Y sin embargo, esto no es así en absoluto. De hecho, muy a menudo nos encontramos, para nuestra sorpresa, con que la selección natural en realidad parece favorecer a los individuos que demuestran ser exactamente lo contrario: más tontos, más lentos, más miopes, más torpes, más débiles, más enclenques o más mansos. Es decir, a menudo nos encontramos con una situación muy parecida con aquella que se encontraron los marineros de la leyenda al visitar las dos remotas y misteriosas islas.

Esta aparente contradicción no debería, sin embargo, sorprendernos lo más mínimo. En realidad, lo que debemos tener siempre bien claro es que la selección natural no favorece la excelencia en un determinado rasgo o característica. Lo que realmente favorece, eso sí, es a los ejemplares que mejor se adaptan al medio en que viven.

Y dependiendo del medio en que una determinada especie viva, su mejor adaptación podrá consistir en desarrollar o, por el contario, en no desarrollar un mismo y determinado rasgo. Así, la mejor adaptación podrá consistir, por ejemplo, en ser cada vez más inteligente o en ser cada vez más tonto, cada vez más rápido o cada vez más lento, cada vez más fuerte o cada vez más débil, cada vez más grande o cada vez más pequeño.

Pero ¿cómo es posible aceptar, por ejemplo, que ser más tonto pueda ser una mejor adaptación que ser más inteligente, muy especialmente cuando estamos acostumbrados a escuchar, hasta la saciedad y de forma muy poco científica, que la inteligencia es el máximo logro, la máxima meta y el máximo exponente de todo proceso evolutivo?

Para abordar esta cuestión deberíamos comenzar por considerar algo tan simple como son los costes y los beneficios que supone tener un cerebro muy desarrollado, un cerebro como, por ejemplo, el de nuestra especie, el moderno ser humano. Todos conocemos los maravillosos y extraordinarios beneficios que nuestro cerebro nos proporciona, como es la posibilidad de generar a nuestro alrededor, mediante el desarrollo de una determinada cultura o una civilización, un ambiente artificial enormemente propicio y favorable para nuestra supervivencia.

Pero, en cambio, muy pocas veces nos paramos a pensar en cuáles son los costes que nos supone poseer este cerebro tan complejo. Por ejemplo, sabemos ahora que nuestro cerebro consume aproximadamente una quinta parte de toda la energía consumida por nuestro organismo. Esto significa que nuestro cerebro nos obliga, por fuerza, a conseguir cada día una quinta parte más de energía. Es decir, nos obliga a destinar mucho más tiempo y esfuerzo para obtener a diario una mayor cantidad de alimento. Y si en cualquier momento no lo hacemos, si no conseguimos cada día todo ese alimento y toda esa energía extra demandada por nuestro cerebro, nuestro cuerpo desfallece y, agotadas nuestras reservas, acabamos por morir de inanición.

Mantener un cerebro como el nuestro es, por tanto, un negocio con elevados beneficios pero también con elevados costes. Pero también es, sobre todo, una apuesta arriesgada en la que nos jugamos nuestra propia supervivencia. Lo apostamos todo a que los beneficios de tener un cerebro complejo serán siempre, en todo momento, mayores o como mínimo equivalentes a los costes de mantenerlo. Y en caso contrario, en caso de perder la apuesta, deberemos pagar sin falta esta arriesgada elección con nuestra propia vida. Parece así bastante claro que, afortunadamente, en nuestro caso, en el caso del hombre moderno, los beneficios han conseguido siempre, en todo momento, superar los costes. De lo contrario ya estaríamos muertos y nos habríamos extinguido hace tiempo.

Sin embargo, para muchas otras especies sería del todo imposible asumir una apuesta semejante a la nuestra. Sabemos, por ejemplo, que un pequeño herbívoro pasa ya prácticamente todo el día alimentándose y, por tanto, no podría dedicar más horas y esfuerzos a obtener más comida con la que mantener un cerebro mayor. Además, esto le supondría pasar más tiempo expuesto a sus numerosos predadores, lo que aumentaría enormemente su probabilidad de morir. Tampoco una frenética musaraña, teniendo que comer ya cada día una cantidad de alimento equivalente a su propio peso, podría permitirse esta apuesta. Ni tampoco un pequeño animal de sangre fría, cuyo lento metabolismo le dificultaría mucho aumentar su actividad para poder procurar más alimento. Para todos estos tipos de animales, la mejor adaptación, su mayor posibilidad de supervivencia, consistirá en no desarrollar nunca un cerebro complejo.

Y este mismo principio lo podemos aplicar por igual a todo tipo de rasgos y características, no solamente al cerebro y a la inteligencia. Podemos aplicarlo a la velocidad, a la fortaleza, a la capacidad de visión, a la habilidad, al tamaño o a la capacidad de defensa. Para la mayoría de las especies, desarrollar todos estos rasgos, aparentemente tan útiles y favorables, aparentemente tan superiores, en realidad no sale nada a cuenta. Antes por el contrario, resulta del todo contraproducente.

Es más, a veces nos encontramos con algunos casos en los que la evolución parece ir justo al contrario, de una forma que nos resulta bastante difícil de comprender. Vemos, por ejemplo, especies de aves que al llegar a islas oceánicas pierden su capacidad de vuelo, insectos que al vivir en grutas subterráneas pierden sus ojos y su capacidad de visión, reptiles que tras adoptar un modo de vida zapador pierden todas sus extremidades, o incluso diminutos animales que al convertirse en parásitos internos de otras especies pierden la casi totalidad de sus propios órganos internos. Nos encontramos por tanto con animales que, en apariencia, pierden todos los avances evolutivos conseguidos por sus antepasados y vuelven a un estado anterior, mucho más primitivo. O incluso a un estado que fácilmente podríamos calificar como degenerado.

Pues bien, la forma de explicar este aparente retroceso, esta aparente regresión evolutiva, es otra vez la misma: perdiendo dichas capacidades, estas especies consiguen adaptarse mejor al medio en que viven. Pierden la excelencia en los caracteres, o incluso pierden éstos por completo, para ganar con ello la excelencia de una mejor y más completa adaptación al medio. Es decir, para ganar aquella excelencia que realmente selecciona la evolución.

Perder la capacidad de vuelo, la capacidad de visión, las extremidades o incluso los órganos internos es sin duda un buen negocio para estas especies. Reducen con ello los costes frente a unos beneficios que son ya inexistentes, pues han dejado de tener sentido en el nuevo medio en que viven. Perder todos estos rasgos y todos sus costes asociados es por tanto, para estos animales, una apuesta acertada para su supervivencia.

Es cierto que, si nos detenemos a observar la evolución biológica a gran escala, podremos observar cómo progresivamente aparecen seres cada vez más diversos, complejos y especializados, con nuevos y sorprendentes caracteres que muestran un grado de desarrollo cada vez más perfecto y sofisticado. Pero a pequeña escala, como adaptación a un determinado medio, lo cierto es que la evolución biológica únicamente crea especies que poseen exactamente los caracteres necesarios y en el grado de desarrollo exactamente necesario.

La evolución hace que toda especie desarrolle exactamente el cerebro que necesita, la visión ocular que necesita, la velocidad locomotora que necesita, el tamaño corporal que necesita o el tipo de defensas que necesita. Las especies ganan todas estas características en la medida que necesitan ganarlas. Y las pierden en la medida que necesitan perderlas.

Es por ello que, evolutivamente, no existe ninguna especie que sea superior a otra. Ni por poseer un rasgo muy desarrollado ni por dejar de tenerlo. En realidad, todas las especies vivientes son indiscutible y eminentemente superiores, pues todas poseen por igual la máxima excelencia en su adaptación al medio en que viven. Todas son las mejores y las más excelentes en el modo de vida que les ha sido asignado por la evolución.

Aunque, a decir verdad, esta excelencia no es del todo perfecta, sino casi perfecta. Y es precisamente por ello que la selección natural continúa avanzando lentamente, continúa modificando poco a poco las especies para adaptarlas mejor, siempre mejor, a un medio ambiente que además está en continua transformación. Y paradójicamente, gran parte de esta transformación se debe precisamente a los efectos causados sobre el medio por los propios seres vivos y su compleja y fascinante evolución biológica.


11/10/19

El mundo triste e infeliz de la eugenesia


Todos somos conscientes del diferente valor que, según nuestros propios criterios, otorgamos a cada persona. Vemos cada día a nuestro alrededor personas admirables, inteligentes, simpáticas y bellas que nos llenan de orgullo y cuya compañía nos satisface. Otras personas, por el contrario, nos parecen del todo detestables. Algunas por ser demasiado estúpidas, otras por resultarnos tremendamente antipáticas, otras por parecernos brutas e incivilizadas y algunas otras por poseer un aspecto físico en exceso desagradable. Lo cierto es que, de forma más o menos consciente, acabamos por intentar evitar a estas personas o incluso cruzarnos en su camino.

Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué no serán todas las personas bellas, simpáticas e inteligentes? Sí, porque quizás por pura modestia olvidamos enunciar la pregunta en su forma completa, esto es: ¿por qué no serán todas las personas bellas, simpáticas e inteligentes como lo soy yo? Ciertamente, cuánto mejor sería el mundo si estuviese habitado sólo por personas como nosotros y no tuviésemos que sufrir a tanta gente estúpida, a tanto engendro, a tanto maleante, a tanto ser huraño y malcarado.

Pues bien, en primer lugar deberíamos pensar que si todas estas personas indeseables forman parte de nuestro mundo es porque son nuestros hermanos, nuestros primos, nuestros parientes, nuestros vecinos, nuestros conciudadanos, aquellos con los que convivimos desde siempre. Si de alguna forma tenemos que cargar con ellos es simplemente porque son una parte de nosotros mismos. Y, aunque nos cueste mucho aceptarlo, quizás ellos también estén cargando, a su vez, con nosotros. Por otra parte, si pudiésemos crear un mundo ideal habitado sólo por personas perfectas y maravillosas, ese mundo tendría, al final, un solo y único habitante.

Siendo por tanto muy conscientes del enorme subjetivismo con el que juzgamos las cualidades de otras personas, también es cierto que en ese juicio siempre podemos emplear algunos criterios mínimamente objetivos. Existe objetivamente poca belleza en las personas que poseen graves defectos físicos. Existe sin duda poca inteligencia en las personas incapaces de resolver los problemas más básicos para su propia supervivencia. Hay personas que sufren perturbaciones mentales y son de carácter claramente intratable. Y otras tienen una conducta tan perversa que resultan del todo perjudiciales para sus conciudadanos.

En estos casos extremos resulta fácil ser objetivo al juzgar aspectos concretos de una persona. Pero, evidentemente, esto será mucho más difícil cuando no nos enfrentemos a casos extremos o cuando tengamos que integrar todos los diferentes aspectos de una persona en un único juicio de valor. Y así, suponiendo que alguna vez alcanzásemos un grado de objetividad lo suficientemente aceptable para poder juzgar a determinadas personas como indeseables o perjudiciales, ¿será que, de alguna forma, podríamos librarnos de ellas para poder vivir en un supuesto mundo feliz?

Para empezar, deberíamos plantearnos la siguiente pregunta: ¿estamos de verdad seguros de que, librándonos de estas personas, no volverían a aparecer al poco tiempo nuevas personas igual de indeseables que las anteriores? En realidad, sabemos muy bien que las características y el comportamiento de cada individuo están determinados por factores extrínsecos, como por ejemplo la educación o la instrucción recibidas, y por otros intrínsecos, como puede ser el propio acervo genético.

Parece claro que si mantenemos siempre los mismos factores extrínsecos, como por ejemplo una educación deplorable o una mala instrucción pública, continuaremos a crear personas estúpidas, brutas o malvadas. Y aunque pudiésemos libramos de algunas de ellas, rápidamente surgirían otras nuevas de idénticas características. Por el contrario, si nos decidiésemos a mejorar dichos factores posiblemente podríamos llegar a crear, no sin poco esfuerzo, un mundo y unas personas mucho mejores.

Pero, ¿y en relación a los factores intrínsecos? ¿Podríamos también mejorar nuestro acervo genético? ¿Podríamos librarnos quizás, aunque sólo sea, de una parte indeseable y perjudicial de nuestros genes? Pues bien, lo cierto es que al contrario de lo que ocurre con los factores extrínsecos, en esta materia podemos hacer más bien poco.

Hace poco más de un siglo surgieron diversas teorías, conocidas bajo el nombre de eugenesia (no confundir con la espantosa y racista doctrina del eugenismo), que partían del principio de que acabando con determinados genes, que se consideraban defectuosos, se acabaría también con la existencia, entre nosotros, de determinadas características y comportamientos indeseables.

Pero lo cierto es que esos genes y esos defectos no desaparecen. La mayoría de los caracteres de cada persona no son determinados por un único gen, sino que son el resultado de la suma e interacción simultánea de muchos genes. Y esos genes se combinan de forma diferente e impredecible en cada nuevo individuo y en cada nueva generación. Así, progenitores sin defectos pueden generar hijos con o sin defectos que a su vez pueden generar nietos con o sin defectos. Es decir, que en general vamos a encontrar exactamente los mismos genes en ambos tipos de personas.

La única forma de conseguir quizás algún cambio en nuestros genes, logrando combinaciones algo diferentes, sería sometiéndonos voluntariamente, durante varias generaciones, a un proceso de selección artificial. Este es un proceso que se utiliza con frecuencia en los animales domésticos y en el que, para conseguir fijar unas determinadas características, se aplica activamente el incesto y la endogamia a miembros seleccionados de una población. Su éxito depende así, entre otras cosas, de evitar que exista cualquier cruzamiento fortuito con el exterior.

Sin embargo, al margen de la evidente aberración que supondría aplicarnos este terrible proceso, lo cierto es que la selección artificial nos llevaría a una significativa degeneración en todos los aspectos, ya que este tipo de selección, en realidad, tiene precisamente como objetivo y como efecto reducir la diversidad genética. Y con una diversidad genética menguada nuestras posibilidades de supervivencia se verían seriamente afectadas.

Si es cierto, como se ha dicho, que la mayoría de caracteres son el resultado de la suma y de la interacción de muchos genes, en unas pocas ocasiones esto no es así. A veces una característica depende de un único gen, como sucede, por ejemplo, con determinadas enfermedades genéticas graves. En estos casos, excepcionalmente, la eugenesia sí tiene sentido. Resulta del todo deseable evitar que nazcan individuos con ese gen y con esa enfermedad. Y para ello es posible recurrir a métodos como el diagnóstico prenatal, una hipotética alteración del gen o, simplemente, una renuncia voluntaria a reproducirse, siendo precisamente éstos los únicos casos de eugenesia y de técnicas eugenésicas que tienen sentido y que se aceptan en la actualidad.

Aunque, para ser más exactos, la eugenesia también está implícita en otro mecanismo que forma parte de la evolución y del cual la mayoría de las veces no somos muy conscientes: la selección sexual. Al reproducirse, una persona trata de elegir una pareja que posea las mejores características genéticas, despreciando otras que considera de peor calidad. Por tanto, al elegir una pareja y no otra estamos seleccionando, de hecho, tal como en la eugenesia, los genes que queremos pasar a la siguiente generación. Y a pesar de que, como se ha dicho, esto no altere significativamente la composición genética de la nueva generación, lo cierto es que la selección sexual es un proceso que funciona a escala evolutiva y, como tal, podrá generar cambios significativos al cabo de un sinfín de generaciones.

En resumen, aunque podamos mejorar muchos de los males crónicos de nuestra sociedad cambiando los factores extrínsecos que modelan el comportamiento de las personas, lo cierto es que, por culpa de los genes y de su obstinada persistencia, tendremos que seguir soportando la presencia de todo tipo de personas indeseables en nuestra vida. Y ellas tendrán también que soportarnos a nosotros, aunque, claro, ellas lo tienen mucho más fácil, pues nosotros somos casi perfectos.