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1/4/24
¿Para qué sirve una especie?
Aquel día la intervención quirúrgica, aparentemente sencilla y sin complicaciones, no transcurrió exactamente como se esperaba. El paciente en cuestión, la sufrida víctima, era, por otra parte, una persona excepcional, fuera de lo común. Se trataba de un famoso economista, muy ilustre y distinguido, autor de numerosos tratados de gran éxito sobre el complejo mundo de las finanzas internacionales. Debido a sus grandes y destacados méritos era unánimemente reconocido en todo el mundo como una de las mentes más brillantes de su generación. Y la verdad es que, quizás precisamente por eso, cuando entró en el quirófano, empujado sobre una vieja, endeble y chirriante camilla, tal vez debería haberse extrañado de algunas de las cosas que vio.
Debería haber desconfiado, por ejemplo, del hecho de ver al cirujano vestido de una forma un tanto peculiar. Podríamos decir, incluso, que bastante estrafalaria. Para empezar, llevaba una enorme nariz postiza de color rojo en medio de la cara. Su cabeza, tímidamente coronada por un pequeño y ridículo sombrero, estaba generosamente cubierta por una exuberante y desaliñada peluca de color remolacha. Vestía una enorme y divertida bata de topos multicolores que le cubría holgadamente todo el cuerpo, abrochada en su parte delantera mediante unos enormes botones, la mayoría de ellos extraviados, ocupando el ojal equivocado. Y lucía además en su solapa una despampanante flor amarilla, algo descuidada y marchita, sin aparentemente ningún rastro, pasado o presente, de olor perceptible.
No cabía duda de que el aspecto del cirujano era de lo más extraño, del todo imposible de pasar desapercibido. Sin embargo, en aquel momento, debido al creciente y entorpecedor efecto de la anestesia, el economista ya no conseguía pensar ni razonar de una forma que pudiese considerase mínimamente normal o coherente.
—De modo que tenemos que retirarle el apéndice –comentó distraídamente el cirujano en el momento mismo de empezar la operación, mientras se frotaba enérgicamente las manos–. ¿Es el apéndice derecho o el izquierdo? Bueno, no importa, le abro por la mitad y luego vemos –y sin pensárselo más, abrió al instante en canal al economista utilizando unas grandes tijeras de punta roma, mostrando en ello una sorprendente e inesperada habilidad.
—La verdad es que no me dijeron… si era el derecho o el izquierdo –acertó finalmente a balbucear el economista, completamente aturdido, mientras el cirujano se encontraba ya hurgando con ávida curiosidad entre sus entrañas.
—¿Sabe usted lo que le digo? –preguntó el cirujano al cabo de unos momentos, levantando de repente la vista y mirando al economista fijamente a los ojos–. Tiene usted todo el cuerpo lleno de órganos. Quizás sea éste el problema. Y me parece que están todos bastante desaprovechados. Si quiere mi opinión, a estos órganos hay que sacarles algún rendimiento, no puede tenerlos aquí parados, sin ninguna utilidad. Mire por ejemplo éste –y en ese instante, tras revolver con dificultad en su interior, extrajo del cuerpo uno de los riñones–. Puede venderlo a muy buen precio. Hay un mercado fantástico para estas cosas. Y además le queda el otro. ¿Qué digo? Lo mejor es que venda los dos, pues así le sale más a cuenta.
—En eso tiene razón, no se puede mantener ningún capital inactivo –respondió el economista, mucho más animado, de repente, al reconocer un tema de conversación tan grato para él–. Hay siempre un elevado riesgo de que se desvalorice. Y más cuando los mercados están en crisis, aunque últimamente haya algunos síntomas de recuperación. Pero, dígame, ¿no necesitaría conservar al menos uno de los riñones? ¿No son necesarios para alguna de esas cosas que hace el cuerpo?
—¿Necesarios los riñones? ¡Qué tontería! Conozco personas que viven sin ningún riñón y se sienten incluso mejor que antes. No tiene nada de qué preocuparse. No se hable más, le quito los dos ahora mismo. Pero, vamos a ver… ¿qué es esta otra cosa que tiene justo aquí en medio? ¿Será el hígado? –se preguntó el cirujano, entornando los ojos y adquiriendo por momentos en su rostro una expresión algo sombría y misteriosa–. Sí, bueno, supongo que debe serlo, creo yo. Pues mire, conozco una receta de hígado con ajo y salsa tártara que es de chuparse los dedos. Se lo voy a sacar también y ya verá luego lo fácil que es de cocinar. Así aprovecha toda esta cosa tan fea y blandengue que tiene aquí y deja además de estorbarnos a todos.
—Pues lo cierto es que el hígado es uno de mis platos favoritos, en eso acierta plenamente –asintió el economista–. ¿Con ajo, dice? Se nota que usted entiende. Seguro que debe ser una delicia. Casi que estoy deseando ya probar esa receta.
—Mire, le saco también el corazón, que está quitando sitio a uno de los pulmones. Así respirará mejor. Y al mismo tiempo le evitará tener cualquier tipo de enfermedades cardiacas en el futuro. Con esto reducirá en más de la mitad los gastos en salud, que tanto nos desequilibran a todos las cuentas. Observe, fíjese bien como se mueve –el cirujano sostenía ahora el corazón, todavía palpitante, en la palma de su mano–. ¡Qué gasto absurdo de energía! ¡Esto le estaba quitando todas las fuerzas al cuerpo! Sin él se sentirá mucho mejor. Aunque, hablando de pulmones, ya me dirá usted para qué quiere respirar. El aire está cada vez más contaminado. Créame, estos pulmones sólo le traerán disgustos. Se los quito y ya verá como me lo agradece. Sacará también un buen provecho de ello.
—¿Un buen provecho por los pulmones? ¿Cree usted que pueden revalorizarse a corto o medio plazo y rendir algún dinero?
—¿Dinero? No nos engañemos, los pulmones no valen nada. Por eso lo mejor es quitárselos de encima. En eso precisamente está el provecho. Pero olvídese ahora de los pulmones y vea con atención todo esto: aquí tiene el bazo, el páncreas, la vejiga y esa otra cosa que no sé muy bien lo que es. ¿Sabe para qué sirven? Pues si no lo sabe, me parece a mí que tampoco le hacen falta. Van fuera también.
—¡Cuánta razón tiene! Si no sé para qué sirven, ¿qué utilidad pueden tener? La verdad es que nunca en mi vida he oído hablar de ellos. Aunque, si he de ser sincero, yo fui muy poco a la escuela cuando era niño. Ya por entonces tenía claro que quería ser economista. Y ya sabe, para eso no hay que estudiar mucho.
—Quizás no se lo crea, pero yo tampoco he estudiado mucho para ser cirujano. Ah, pero veo que además tiene dos piernas y dos brazos, todo por duplicado. ¡Qué cosa tan anticuada! ¡Con toda la tecnología moderna y sofisticada que hay en la actualidad! Ahora fabrican unas magníficas sillas de ruedas que permiten desplazarse a todas partes mucho más rápido y sin necesidad alguna de andar. Y además, con todos los automatismos de la vida moderna, ¿para qué necesita los brazos? Ya de poco le sirven. Piense, por ejemplo, que sin ellos no tendría la necesidad de estar continuamente cortándose las uñas, con lo que ganaría un tiempo precioso para tareas mucho más productivas. Lo mejor sería quitárselo todo.
—Si usted lo dice, que así sea. Soy un firme defensor del progreso tecnológico. Y apoyo, desde luego, todo lo que signifique aumentar la productividad. Todos tenemos que contribuir con nuestro empeño personal y nuestro sacrificio en hacer más grande la economía. ¿Qué haríamos con una economía que no creciese continuamente? Es eso lo que nos mantiene con vida, lo que nos hace avanzar hacia el futuro.
—Pues no se diga más. Fuera entonces las piernas y los brazos. Aunque ahora, sin ellos, la verdad es que le será mucho más difícil mantener la cabeza en equilibrio sobre el cuerpo. Así que lo mejor será quitarla también. Además, como ya sabe, las personas sin cabeza trabajan mejor y son mucho más productivas. No pierden el tiempo cuestionándose en todo momento qué es lo que hacen. Y bien, ya que estamos puestos a eliminar cosas superfluas, le voy a quitar también todos estos huesos, como las costillas y la pelvis, que me parece que la tiene al revés, o quizás no. Y este intestino tan largo se lo reduzco o, mejor aún, se lo quito del todo.
—Si me permite el comentario, usted parece que entiende bastante de economía. Y además, es un excelente cirujano. Nunca me había sentido mejor que en este momento, tan ligero y al mismo tiempo tan pletórico de energía. Es como si de repente me hubiese convertido en un activo financiero, siempre sin ninguna base real pero capaz de absorber dinero de todo lo que hay a su alrededor. La verdad es que estoy ansioso por levantarme ya de esta mesa, salir del hospital y seguir contribuyendo con todo mi esfuerzo al crecimiento de la economía del país… Por cierto, antes de irme, hay una cosa que quería preguntarle: esa enorme nariz roja, ¿la tiene así desde siempre?
Cuando el cirujano acabó de sacar todos los órganos inútiles del cuerpo del economista, sobre la mesa de operaciones tan sólo quedaba el apéndice, el derecho, que en realidad se encontraba en perfecto estado. Así pues, no fue en absoluto necesario extirparlo. Por desgracia, sin pulmones, ni corazón, ni intestino, ni cabeza, ni hígado… es decir, sin ninguno de los órganos esenciales del cuerpo, el apéndice acabó por fallecer pocos días después. Y éste fue, sin más, de forma inesperada, el triste y fatídico final del famoso economista.
Aunque, desde luego, hay que reconocer que hasta en sus últimos momentos el economista fue una persona ejemplar y coherente con sus ideas. Murió de una forma casi heroica, defendiendo fielmente los grandes conceptos económicos que rigen nuestra época. Así, eliminar todos los órganos de su cuerpo por ser poco productivos y rentables desde un punto de vista financiero fue sin duda la mejor cosa y la más valiente que hizo en toda su vida.
Pensando por momentos en la trágica historia del prestigioso economista, es posible que quizás también nosotros, por breves instantes, nos hagamos la misma pregunta que él se hizo durante el trascurso de su accidentada operación, es decir: ¿para qué sirven realmente los órganos de nuestro cuerpo?
Esta cuestión, no obstante, poco tiempo podrá ocupar nuestro pensamiento, pues la respuesta resulta más que evidente. Es algo obvio: la finalidad de los órganos de nuestro cuerpo es mantenernos con vida. De eso no nos cabe la menor duda. Es verdad que quizás podamos sobrevivir algún tiempo sin uno de los riñones o sin algún otro órgano cuya función sea menos esencial, pero, básicamente, todos ellos son imprescindibles para que continuemos con vida y de perfecta salud. De modo que eliminarlos por puro capricho o por ignorancia, pensando que con ello no nos va a pasar nada, sería evidentemente un terrible y fatídico error.
Una vez que tenemos claro para qué sirven nuestros órganos, quizás nos resulte más fácil responder a otra pregunta, en apariencia más complicada y algo alejada de la anterior. La pregunta, concretamente, es la siguiente: ¿para qué sirve realmente una especie? Es decir, ¿para qué sirve cada una de las especies que ocupan y conforman la totalidad de los ecosistemas de nuestro planeta? ¿Para qué sirve, en definitiva, toda la maravillosa diversidad de seres vivos que existe en nuestro mundo?
Pues bien, aunque quizás pueda parecernos menos evidente, la respuesta es exactamente la misma que en el caso anterior. No cabe la menor duda: la finalidad de todas las especies que existen en el mundo es mantenernos con vida.
Esto es así aunque no siempre seamos plenamente conscientes de ello. O aunque muchas veces incluso finjamos o pretendamos ignorarlo por completo. En todo caso, lo que resulta innegable es que necesitamos mantener y conservar todas las especies existentes en nuestros ecosistemas para poder sobrevivir. Sin ellas, simplemente, no conseguiríamos continuar con vida.
Para entender esto con mayor claridad, podemos hacer un simple paralelismo con lo que ocurre en nuestro propio cuerpo. Sabemos que durante nuestro desarrollo embrionario nuestras células crecen, se multiplican y se diferencian para formar todos y cada uno de los órganos que configuran nuestro cuerpo. Y sabemos también, como ya hemos dicho, que, en lo fundamental, nos sería imposible vivir sin cualquiera de ellos.
Pues bien, de forma semejante, a lo largo de millones de años, durante el desarrollo evolutivo de la vida, los organismos se han ido multiplicando y diferenciando para dar lugar a cada una de las especies que en la actualidad conforman nuestros ecosistemas. Y de forma parecida a lo que ocurre con los órganos de nuestro cuerpo, todas las especies existentes son necesarias, en lo fundamental, para la supervivencia de dichos ecosistemas. Unos ecosistemas que, como conviene recordar, son precisamente los que nos mantienen con vida a nosotros y a la totalidad de los seres vivos.
Si eliminar uno de los órganos de nuestro cuerpo supone nuestra muerte inmediata, eliminar una de las especies de nuestro ecosistema supone, de igual forma, el camino directo a nuestra propia destrucción. El problema está, para nosotros, en la diferente percepción que conseguimos tener de ambos casos. Siendo el número de órganos de nuestro cuerpo muy limitado, nos resulta fácil comprender el efecto que tiene sobre nosotros eliminar cualquiera de ellos. Por el contrario, contándose por millares las especies que forman parte de nuestros ecosistemas, solapándose además muchas veces unas especies con otras en parte sus funciones, nos resulta extremadamente difícil comprender el efecto que puede tener sobre nosotros la desaparición de cualquiera de ellas. Sin embargo, ese efecto, por más difuso e intangible que nos parezca, es bien real. Y por desgracia, no se manifiesta de forma inmediata, sino que sólo conseguimos verlo con claridad pasado un cierto tiempo, a menudo de muchas generaciones.
En determinadas ocasiones, sin embargo, sí que nos es posible ver ese efecto con bastante rapidez, la suficiente como para entender, gracias a ello, su auténtica dimensión. Esto es así porque, tal como en nuestro cuerpo hay órganos absolutamente esenciales sin los cuales no podríamos sobrevivir ni siquiera un minuto, también en los ecosistemas hay determinadas especies, denominadas especies clave, sin las cuales todo el ecosistema se vendría abajo y desaparecería de forma casi inmediata. La falta de cualquiera de estas especies generaría un efecto en cascada que, en último término, acabaría por alterar alguno de los ciclos fundamentales propios del ecosistema, que se vería así afectado en su totalidad y condenado rápidamente a desaparecer.
Un ejemplo utilizado con frecuencia para ilustrar este tipo de especies es el castor, un animal que, mediante la paciente y laboriosa construcción de sus presas en los cursos fluviales donde vive, crea y mantiene en ellos un hábitat acuático muy particular que desaparecería de inmediato si dejase de pronto de existir la especie. También son claros ejemplos los grandes predadores terrestres, situados en lo alto de la cadena trófica, sin los cuales los herbívoros proliferarían hasta acabar con toda la vegetación existente, acabando en poco tiempo con todo el ecosistema. Y también lo son las especies arbóreas dominantes en un determinado tipo de hábitat, donde además puede pensarse que quizás también sean igualmente fundamentales los polinizadores de dichas plantas, los dispersores de sus semillas o los defensores contra sus plagas, sin los cuales, probablemente, todo el ecosistema desaparecería en poco tiempo.
A nosotros, dado nuestro corto tiempo de vida y nuestra limitada capacidad de comprensión, sólo nos es posible ver con claridad los efectos causados por la desaparición de las especies clave. Sin embargo, debemos ser conscientes de que todas las especies, cada una de ellas, son necesarias e imprescindibles para los ecosistemas. Y por tanto, también para nuestra propia supervivencia. No nos es posible prescindir de ninguna de ellas, por más insignificantes que nos parezcan. De hecho, son precisamente las especies más insignificantes, como pueden ser por ejemplo los microorganismos, los gusanos o las hormigas, las que suelen aportar una mayor cantidad de biomasa total, de materia viva, al ecosistema y ser por ello una pieza fundamental dentro de él.
Por otra parte, es también cierto que determinadas especies con una función ecológica muy semejante a otras podrían desaparecer sin tener quizás un efecto apreciable en el ecosistema. O que ciertas especies pueden estar a punto de desaparecer, por sí mismas, debido al propio proceso evolutivo, que actúa siempre a una escala de millones de años. Pero dichos casos, muy difíciles o casi imposibles de identificar por nosotros, deben ser entendidos como una excepción. Además, dichas especies poseen siempre por sí mismas, como cualquier otra, un importante y fundamental valor como reserva genética. Por tanto, el que haya especies esenciales para el ecosistema en un mayor o menor grado no significa que todas ellas, en lo fundamental, no sean siempre necesarias. Exactamente lo mismo que ocurre con los órganos de nuestro cuerpo.
Así, cuando oímos a falsos e ignorantes economistas afirmar que la naturaleza y las especies no son necesarias, que no sirven para nada y que lo mejor que podemos hacer es eliminarlas para sacar un buen provecho de ellas, para enriquecernos a su costa, no nos cuesta nada imaginarnos a esos mismos economistas tendidos sobre una mesa de operaciones. No nos cuesta nada imaginárnoslos bajo las luces del quirófano, inquietos, temblorosos, agitándose nerviosamente. O incluso completamente aterrorizados, de repente, al ver ante ellos, entre las sombras, a un cirujano con una gran nariz roja en la cara, una exuberante peluca de color remolacha y una divertida bata de topos multicolores cubriendo todo su cuerpo.
Y lo peor es que en ese momento, por mucho que quieran, no podrán quejarse de nada. Porque, de igual forma que el cirujano comenzará en seguida a sacar todos los órganos de sus cuerpos por no considerarlos necesarios, sabemos que dichos economistas tampoco dudarían nunca, llegado el caso, en ir sacando, matando y exterminando todas las especies existentes en nuestros ecosistemas, al tiempo que repiten solemnemente, en voz alta, sus grandes e incuestionables sofismas.
Por desgracia, sus locos y extravagantes desvaríos no les afectan sólo a ellos, sino que nos ponen en peligro a todos nosotros. Y el hecho de que en el mundo se sigan con tanta frecuencia, ciegamente, sus absurdos consejos, como ocurre en unos tiempos tan turbios y convulsos como los nuestros, es algo que nos llevará irremediablemente al desastre.
En el momento final, cuando sobre la mesa de operaciones sólo quede el apéndice, es decir, cuando en todo el ecosistema sólo quede nuestra propia especie, no debería admirarnos que, privados de todo sustento, acabemos finalmente por morir. Aun así, podemos estar seguros de que, incluso en esos instantes, no dejaremos de oír la voz de los grandes economistas, atrincherados en el solitario y triste apéndice, defender que la suya es la única y mejor opción, la más rentable. Y que lo demás son tonterías.
25/7/14
El empacho humano y la destrucción del mundo.
En ocasiones los lagos y otros ecosistemas de agua dulce sufren una profunda alteración debido a la llegada masiva de nutrientes a sus aguas. Estos nutrientes, como por ejemplo el nitrógeno o el fósforo, provienen generalmente de los fertilizantes químicos utilizados en la agricultura y que más tarde son arrastrados por las lluvias desde los campos hasta ríos y lagos. Su presencia en exceso desencadena entonces una alteración, muchas veces irreversible, en las características biológicas, químicas y físicas de las aguas de los lagos mediante un proceso que se conoce como eutrofización.
La llegada de estos nutrientes provoca que unas pocas especies de algas comiencen a crecer descontroladamente hasta cubrir por completo toda la superficie del lago y ocupar también toda la parte superior de las aguas. Las algas captan entonces toda la luz del sol e impiden que ésta pueda llegar a más profundidad, donde otras especies de algas y los animales, no teniendo ni luz ni oxígeno, acaban por morir, descomponiéndose y degradando aún más la calidad del agua. Mientras tanto, las algas continúan a crecer sin control, generando una creciente cantidad de materia orgánica cuyas capas más inferiores entran también en descomposición. Las aguas del lago acaban así, poco a poco, sepultadas bajo esta creciente masa de materia orgánica. El lago se convierte primero en un pantano y luego, con su lecho ya totalmente colmatado, acaba por perder el agua y secarse por completo. El lago, por tanto, muere y desaparece.
Podemos decir que con la eutrofización el lago muere de empacho. La dieta saludable que llevaba hasta entonces, con un moderado aporte de nutrientes, favorecía la limpidez de las aguas, el desarrollo de una gran variedad de formas de vida y la manutención de un ecosistema bien equilibrado. Con la llegada del exceso de nutrientes el lago pasa a disponer de mucho más alimento, lo que aparentemente sería bueno para el desarrollo de la vida. Y efectivamente esto es así para algunas algas, que proliferan sin control. Sin embargo, debido a esa misma proliferación, mueren luego todas las otras algas y los animales, se destruye el equilibrio ecológico y la biodiversidad y se provoca finalmente la desaparición física y material del propio lago.
El proceso de eutrofización de los lagos es un interesante ejemplo que nos permite comprender mucho mejor qué es lo que en la actualidad está acabando con todos los ecosistemas naturales a nivel mundial. Podemos decir que el planeta sufre hoy en día un proceso muy semejante al de la eutrofización. Pero en este caso no se debe a un crecimiento descontrolado de algas causado por un aporte masivo de nutrientes. En este caso se debe, por el contrario, a un crecimiento descontrolado de la población humana causado por un aporte masivo de energía.
No hay duda de que en la actualidad la población humana prolifera descontroladamente. Y lo hace debido al aporte masivo de energía que le proporcionan los combustibles fósiles. Son millones de años de energía solar los que están almacenados en el subsuelo bajo la forma de carbón y petróleo y que están ahora a ser utilizados, de manera súbita y desenfrenada, por las sociedades humanas.
Pero no sólo el hombre prolifera gracias a la eutrofización energética. También lo hacen todas las especies asociadas a él a través de la agricultura y la ganadería. El mundo está lleno ahora de seres humanos, pero también lo está, en mucha mayor proporción, de trigo, de maíz, de arroz, de soja, de cerdos, de vacas, de gallinas, de perros... El hombre y sus especies asociadas crecieron tanto en número y en extensión que en la actualidad llegan a cubrir ya la mayor parte de la superficie fértil del planeta. Y todas las otras especies, sin acceso a esta superficie o sin ni tan siquiera muchas veces espacio físico para existir, están muriendo y desapareciendo. Así, asistimos hoy en día a un rápido y alarmante desplome de la biodiversidad a nivel mundial.
El planeta está muriendo de puro empacho. El exceso de energía y el consiguiente crecimiento del paisaje humanizado están sepultando y eliminando todos los ecosistemas naturales. Y con ello el desastre, tal como en el caso de los lagos, está asegurado. La desaparición de los ecosistemas hace que el planeta sea cada vez más inhabitable y estéril. Y con la progresiva reducción de las condiciones de vida y de la fertilidad de la tierra no hay duda de que en un determinado momento la población humana acabará también por perecer, por mucha energía de que disponga. Aunque ni siquiera será mucha, pues los combustibles fósiles, tan rápidamente como aparecieron, acabarán por agotarse y desaparecer.
Podríamos pensar que con el fin de los combustibles fósiles y la disipación de su energía volveremos a la situación inicial. Pero lo que nos encontraremos entonces será un escenario ya demasiado catastrófico, con la mayoría de los ecosistemas destruidos, arrasados o muertos. Gran parte de las especies habrá sucumbido. Y las pocas que proliferaron, sin la energía que hasta ahora las sustentaba, cubrirán la tierra con sus cadáveres, alterando quizás por última vez los ecosistemas.
Los combustibles fósiles no son, como siempre se ha creído, una fuente barata, útil y benéfica de energía. En realidad son, como todo lo que es en exceso, un veneno de características destruidoras. Amenazan con acabar con el planeta condenándolo a una muerte lenta por empacho en el que la humanidad no es otra cosa que el alimento indigesto que se atraviesa en su estómago. Y contra más energía fósil utilicemos y gastemos, mayor será esa indigestión. Piense en esto cada vez que consume carbón o petróleo, es decir, a cada momento.
La llegada de estos nutrientes provoca que unas pocas especies de algas comiencen a crecer descontroladamente hasta cubrir por completo toda la superficie del lago y ocupar también toda la parte superior de las aguas. Las algas captan entonces toda la luz del sol e impiden que ésta pueda llegar a más profundidad, donde otras especies de algas y los animales, no teniendo ni luz ni oxígeno, acaban por morir, descomponiéndose y degradando aún más la calidad del agua. Mientras tanto, las algas continúan a crecer sin control, generando una creciente cantidad de materia orgánica cuyas capas más inferiores entran también en descomposición. Las aguas del lago acaban así, poco a poco, sepultadas bajo esta creciente masa de materia orgánica. El lago se convierte primero en un pantano y luego, con su lecho ya totalmente colmatado, acaba por perder el agua y secarse por completo. El lago, por tanto, muere y desaparece.
Podemos decir que con la eutrofización el lago muere de empacho. La dieta saludable que llevaba hasta entonces, con un moderado aporte de nutrientes, favorecía la limpidez de las aguas, el desarrollo de una gran variedad de formas de vida y la manutención de un ecosistema bien equilibrado. Con la llegada del exceso de nutrientes el lago pasa a disponer de mucho más alimento, lo que aparentemente sería bueno para el desarrollo de la vida. Y efectivamente esto es así para algunas algas, que proliferan sin control. Sin embargo, debido a esa misma proliferación, mueren luego todas las otras algas y los animales, se destruye el equilibrio ecológico y la biodiversidad y se provoca finalmente la desaparición física y material del propio lago.
El proceso de eutrofización de los lagos es un interesante ejemplo que nos permite comprender mucho mejor qué es lo que en la actualidad está acabando con todos los ecosistemas naturales a nivel mundial. Podemos decir que el planeta sufre hoy en día un proceso muy semejante al de la eutrofización. Pero en este caso no se debe a un crecimiento descontrolado de algas causado por un aporte masivo de nutrientes. En este caso se debe, por el contrario, a un crecimiento descontrolado de la población humana causado por un aporte masivo de energía.
No hay duda de que en la actualidad la población humana prolifera descontroladamente. Y lo hace debido al aporte masivo de energía que le proporcionan los combustibles fósiles. Son millones de años de energía solar los que están almacenados en el subsuelo bajo la forma de carbón y petróleo y que están ahora a ser utilizados, de manera súbita y desenfrenada, por las sociedades humanas.
Pero no sólo el hombre prolifera gracias a la eutrofización energética. También lo hacen todas las especies asociadas a él a través de la agricultura y la ganadería. El mundo está lleno ahora de seres humanos, pero también lo está, en mucha mayor proporción, de trigo, de maíz, de arroz, de soja, de cerdos, de vacas, de gallinas, de perros... El hombre y sus especies asociadas crecieron tanto en número y en extensión que en la actualidad llegan a cubrir ya la mayor parte de la superficie fértil del planeta. Y todas las otras especies, sin acceso a esta superficie o sin ni tan siquiera muchas veces espacio físico para existir, están muriendo y desapareciendo. Así, asistimos hoy en día a un rápido y alarmante desplome de la biodiversidad a nivel mundial.
El planeta está muriendo de puro empacho. El exceso de energía y el consiguiente crecimiento del paisaje humanizado están sepultando y eliminando todos los ecosistemas naturales. Y con ello el desastre, tal como en el caso de los lagos, está asegurado. La desaparición de los ecosistemas hace que el planeta sea cada vez más inhabitable y estéril. Y con la progresiva reducción de las condiciones de vida y de la fertilidad de la tierra no hay duda de que en un determinado momento la población humana acabará también por perecer, por mucha energía de que disponga. Aunque ni siquiera será mucha, pues los combustibles fósiles, tan rápidamente como aparecieron, acabarán por agotarse y desaparecer.
Podríamos pensar que con el fin de los combustibles fósiles y la disipación de su energía volveremos a la situación inicial. Pero lo que nos encontraremos entonces será un escenario ya demasiado catastrófico, con la mayoría de los ecosistemas destruidos, arrasados o muertos. Gran parte de las especies habrá sucumbido. Y las pocas que proliferaron, sin la energía que hasta ahora las sustentaba, cubrirán la tierra con sus cadáveres, alterando quizás por última vez los ecosistemas.
Los combustibles fósiles no son, como siempre se ha creído, una fuente barata, útil y benéfica de energía. En realidad son, como todo lo que es en exceso, un veneno de características destruidoras. Amenazan con acabar con el planeta condenándolo a una muerte lenta por empacho en el que la humanidad no es otra cosa que el alimento indigesto que se atraviesa en su estómago. Y contra más energía fósil utilicemos y gastemos, mayor será esa indigestión. Piense en esto cada vez que consume carbón o petróleo, es decir, a cada momento.
28/10/10
Saturno devora nuevamente a sus hijos.
Durante los últimos años de su vida, el pintor romántico Francisco de Goya pintó sobre los muros de su casa unos frescos, las llamadas pinturas negras, en las que, a través de una serie de escenas tétricas, sombrías y alucinadas, nos transporta hacia un mundo inquietante dominado por la locura y el terror. Una de esas pinturas, quizás la más famosa de todas, es la conocida como “Saturno devorando a un hijo”. Con esta horrenda pintura, basada en la historia del antiguo mito griego, Goya consiguió retratar una parte del alma de la sociedad de su tiempo, una sociedad llena por entonces de oscuras sombras, de crueldad y de odio. Sin embargo, para desgracia de todos nosotros, esta pintura se ha convertido también, en los días de hoy, en una imagen profética del presente y del futuro próximo de la humanidad.
Tal como en la grotesca pintura de Goya, la humanidad de hoy devora a la humanidad del mañana. En este caso no es por temor de ser destronada por la siguiente generación, como le ocurría al dios Saturno, pues en el mundo real, en el mundo de los seres mortales, los hijos acaban siempre, inevitablemente, por sustituir a sus progenitores. La razón por la cual la humanidad actual devora a la del mañana es tan sólo por codicia, por comodidad, por egoísmo, por incapacidad, por arrogancia, por vicio, por falta de inteligencia.
La humanidad de hoy está a apropiarse, a robar, el futuro de la humanidad del mañana. Roba sus recursos, su aire, sus aguas, sus tierras, su alimento, sus casas, sus bienes, sus trabajos, su sustento. Poseída por la misma locura que el dios Saturno, la generación actual devora los recursos pertenecientes a las próximas generaciones y, al hacerlo, engulle también todas sus posibilidades de supervivencia. Bien puede decirse que lejos, muy lejos, van ya aquellos tiempos en que una generación se preocupaba por el bienestar y la supervivencia de las siguientes, aquello a lo que hoy se llama solidaridad intergeneracional.
En tiempos pasados, las personas plantaban árboles que sabían que sólo sus hijos, o sus nietos, iban a llegar a ver crecer y fructificar. Araban y aplanaban terrenos agrestes para que sus descendientes pudiesen realizar en ellos sus siembras. Seleccionaban con paciencia las mejores semillas para que en el futuro sus hijos tuviesen abundantes cosechas. Construían canales para llevar el agua a las ciudades y los campos, asegurando el sustento de las generaciones siguientes. Levantaban muros y fortificaciones que se mantenían en pie durante siglos, dando protección a todos sus habitantes. Edificaban sólidas casas que pasaban de padres a hijos. Construían puentes y diques que domaban los ríos y sus periódicas crecidas… Todo cuanto los antiguos hacían, o al menos gran parte de ello, constituía un valioso legado que dejaban en herencia a sus descendientes. Y seguramente, se sentían muy orgullosos de ello.
Hoy en día las cosas son muy diferentes. ¿Qué es lo que, en verdad, nuestra generación deja en herencia a las siguientes generaciones? ¿Es algo quizás de lo que podamos sentirnos satisfechos y orgullosos? Ciertamente, no.
Lo que nuestra generación deja a las siguientes son los residuos radioactivos de las centrales nucleares. Son los metales y compuestos químicos, de carácter venenoso, vertidos diariamente en los suelos, en los ríos, en los lagos y en el mar. Son los antiguos suelos fértiles ahora desertificados y áridos, agotados por una explotación agrícola intensiva basada en el petróleo y en fertilizantes artificiales. Son los mares vacíos de pesca y sin alimento, con las especies piscatorias llevadas hasta el exterminio. Son las nuevas enfermedades nacidas de la miseria, más todas aquellas otras antiguas que volverán debido al mal uso y agotamiento de los antibióticos. Es el cambio climático producido por la contaminación de la atmósfera, amenazando de mil formas terribles el futuro, entre ellas nuevas sequías, catástrofes y más desolación. Es la desforestación de todos los bosques del mundo. Es la ausencia de centenares de especies vivientes que son exterminadas a cada día que pasa y que nunca más volverán a existir. Son todos los ecosistemas alterados y heridos de muerte, incapaces de captar de forma fecunda y sostenible la energía del sol. Son los recursos naturales asaltados, agotados y destruidos. Es un mundo superpoblado y condenado a una progresiva degradación. Es, en resumen, un futuro negro y sin atisbos posibles de supervivencia. Al final, ¿qué es lo que puede mover a un odio tan profundo hacia las siguientes generaciones?
A pesar de haber sido realizada hace dos siglos, la pintura de Goya retrata fielmente el escenario de locura y de muerte del mundo de hoy. Un mundo absurdo donde el padre devora golosamente el futuro de sus hijos y, escarbándose los dientes con un palillo, eructa de satisfacción.
Tal como en la grotesca pintura de Goya, la humanidad de hoy devora a la humanidad del mañana. En este caso no es por temor de ser destronada por la siguiente generación, como le ocurría al dios Saturno, pues en el mundo real, en el mundo de los seres mortales, los hijos acaban siempre, inevitablemente, por sustituir a sus progenitores. La razón por la cual la humanidad actual devora a la del mañana es tan sólo por codicia, por comodidad, por egoísmo, por incapacidad, por arrogancia, por vicio, por falta de inteligencia.
La humanidad de hoy está a apropiarse, a robar, el futuro de la humanidad del mañana. Roba sus recursos, su aire, sus aguas, sus tierras, su alimento, sus casas, sus bienes, sus trabajos, su sustento. Poseída por la misma locura que el dios Saturno, la generación actual devora los recursos pertenecientes a las próximas generaciones y, al hacerlo, engulle también todas sus posibilidades de supervivencia. Bien puede decirse que lejos, muy lejos, van ya aquellos tiempos en que una generación se preocupaba por el bienestar y la supervivencia de las siguientes, aquello a lo que hoy se llama solidaridad intergeneracional.En tiempos pasados, las personas plantaban árboles que sabían que sólo sus hijos, o sus nietos, iban a llegar a ver crecer y fructificar. Araban y aplanaban terrenos agrestes para que sus descendientes pudiesen realizar en ellos sus siembras. Seleccionaban con paciencia las mejores semillas para que en el futuro sus hijos tuviesen abundantes cosechas. Construían canales para llevar el agua a las ciudades y los campos, asegurando el sustento de las generaciones siguientes. Levantaban muros y fortificaciones que se mantenían en pie durante siglos, dando protección a todos sus habitantes. Edificaban sólidas casas que pasaban de padres a hijos. Construían puentes y diques que domaban los ríos y sus periódicas crecidas… Todo cuanto los antiguos hacían, o al menos gran parte de ello, constituía un valioso legado que dejaban en herencia a sus descendientes. Y seguramente, se sentían muy orgullosos de ello.
Hoy en día las cosas son muy diferentes. ¿Qué es lo que, en verdad, nuestra generación deja en herencia a las siguientes generaciones? ¿Es algo quizás de lo que podamos sentirnos satisfechos y orgullosos? Ciertamente, no.
Lo que nuestra generación deja a las siguientes son los residuos radioactivos de las centrales nucleares. Son los metales y compuestos químicos, de carácter venenoso, vertidos diariamente en los suelos, en los ríos, en los lagos y en el mar. Son los antiguos suelos fértiles ahora desertificados y áridos, agotados por una explotación agrícola intensiva basada en el petróleo y en fertilizantes artificiales. Son los mares vacíos de pesca y sin alimento, con las especies piscatorias llevadas hasta el exterminio. Son las nuevas enfermedades nacidas de la miseria, más todas aquellas otras antiguas que volverán debido al mal uso y agotamiento de los antibióticos. Es el cambio climático producido por la contaminación de la atmósfera, amenazando de mil formas terribles el futuro, entre ellas nuevas sequías, catástrofes y más desolación. Es la desforestación de todos los bosques del mundo. Es la ausencia de centenares de especies vivientes que son exterminadas a cada día que pasa y que nunca más volverán a existir. Son todos los ecosistemas alterados y heridos de muerte, incapaces de captar de forma fecunda y sostenible la energía del sol. Son los recursos naturales asaltados, agotados y destruidos. Es un mundo superpoblado y condenado a una progresiva degradación. Es, en resumen, un futuro negro y sin atisbos posibles de supervivencia. Al final, ¿qué es lo que puede mover a un odio tan profundo hacia las siguientes generaciones?
A pesar de haber sido realizada hace dos siglos, la pintura de Goya retrata fielmente el escenario de locura y de muerte del mundo de hoy. Un mundo absurdo donde el padre devora golosamente el futuro de sus hijos y, escarbándose los dientes con un palillo, eructa de satisfacción.
24/4/09
Quemar otra vez la biblioteca de Alejandría.
La famosa biblioteca de Alejandría ardió hace ahora un par de milenios, en los lejanos tiempos clásicos. A pesar de la magnitud de la catástrofe, la verdad es que nunca se llegó a saber muy bien cuál fue el origen del incendio. Sin embargo, conociendo la naturaleza humana tal como la conocemos hoy en día, podemos tener una idea bastante clara de cómo sucedió.
Todo comenzó en un frío día de invierno, poco después de las fiestas en honor del dios Apis. En ese día, de repente, el bibliotecario mayor de la gran biblioteca de Alejandría comenzó a sentir frío. Viendo que ya no quedaba leña, el bibliotecario pensó que, para calentarse un poco, quizás podía quemar unos cuantos papiros viejos en la chimenea. Seguro que nadie iba a notar su falta.
El invierno fue avanzando lentamente y, siempre con falta de leña, los papiros fueron desapareciendo en el fuego uno tras otro, convirtiéndose en reconfortante calor. Y así, meses después, cuando el bibliotecario fue a buscar más papiros para quemar, se dio cuenta de que ya había quemado todos. No quedaban más en toda la biblioteca. Comenzó entonces a pensar que su comportamiento, después de todo, no había sido demasiado inteligente. Así, tratando de ocultar la negligente destrucción de todos los papiros de la biblioteca, prendió fuego a todo el edificio. Y así fue, con toda probabilidad, cómo ardió la más famosa biblioteca de la historia.
Ese fue sin duda el invierno más calentito de toda la vida del bibliotecario. Desgraciadamente, pasó el resto de sus días sin empleo y sin dinero para comprar leña o cualquier otro tipo de combustible, por lo que acabó por morir de frío poco tiempo después.
Es una historia con un final triste. Resulta imposible no sentir lástima por este pobre hombre. Y eso a pesar de que, debido a su actitud estúpida e irresponsable, desaparecieron todos los valiosos e irrepetibles libros guardados en la biblioteca. La humanidad quedó así privada de un conocimiento adquirido durante siglos y siglos de arduo y laborioso esfuerzo.
Podemos pensar que, hoy en día, a nadie se le ocurriría quemar los libros de una biblioteca como la de Alejandría sólo para entrar un poco en calor. ¿O quizás sí?… Pues bien, en realidad no sólo es posible, sino que es casi inevitable. Forma parte del modo de pensar y de ser de nuestra civilización. Basta observar, por ejemplo, lo que ocurre hoy en día con la conservación de la diversidad biológica, la llamada biodiversidad.
Durante miles de millones de años, una cantidad de tiempo inimaginable, prácticamente una eternidad, la evolución fue creando las millones de especies existentes en la actualidad. Cada una de ellas está adaptada a la perfección al ambiente que vive y es única e irrepetible. Y cada una tiene la toda la información que la define en su código genético, escrita detalladamente en las moléculas de ADN.
Podemos fácilmente comparar el código genético de cada especie con un libro. En realidad, en el código genético está escrito, línea a línea, cómo construir un organismo vivo y cuáles son las características que le permitirán desempeñar una determinada función dentro del ecosistema en que se integra. Así, destruir una especie y su código genético equivaldría, según esta comparación, a quemar un libro.
Pues bien, quemar estos libros es exactamente lo que estamos haciendo actualmente. La actual actividad humana está destruyendo todas las especies. La biodiversidad disminuye en el mundo a cada día que pasa, cada vez más aceleradamente. Pero hay una gran diferencia entre destruir libros y destruir especies. Mientras que para reponer el conocimiento de los libros pueden ser necesarios quizás unos pocos siglos, para reponer, de alguna forma, las especies eliminadas harán falta, como mínimo, millones y millones de años de evolución.
¿Y cuál es el motivo para destruir todas estas especies? El motivo es mantener un modelo de civilización agresivo que, como ya todo el mundo sabe, resulta insostenible. Es decir, ni siquiera va a durar mucho más tiempo. Se talan bosques para plantar cultivos que duran apenas unos años, se convierten praderas en monocultivos contaminantes, se acaba con bancos pesqueros para crear piensos para el ganado, se secan los ríos desviando el agua para actividades turísticas, se propagan plagas y especies invasoras por descuidadas razones comerciales…
En fin, el motivo es aún más estúpido que el del bibliotecario de Alejandría. Si aún fuese para calentarse un poco las manos durante el invierno, sería más comprensible.
Todo comenzó en un frío día de invierno, poco después de las fiestas en honor del dios Apis. En ese día, de repente, el bibliotecario mayor de la gran biblioteca de Alejandría comenzó a sentir frío. Viendo que ya no quedaba leña, el bibliotecario pensó que, para calentarse un poco, quizás podía quemar unos cuantos papiros viejos en la chimenea. Seguro que nadie iba a notar su falta.
El invierno fue avanzando lentamente y, siempre con falta de leña, los papiros fueron desapareciendo en el fuego uno tras otro, convirtiéndose en reconfortante calor. Y así, meses después, cuando el bibliotecario fue a buscar más papiros para quemar, se dio cuenta de que ya había quemado todos. No quedaban más en toda la biblioteca. Comenzó entonces a pensar que su comportamiento, después de todo, no había sido demasiado inteligente. Así, tratando de ocultar la negligente destrucción de todos los papiros de la biblioteca, prendió fuego a todo el edificio. Y así fue, con toda probabilidad, cómo ardió la más famosa biblioteca de la historia.Ese fue sin duda el invierno más calentito de toda la vida del bibliotecario. Desgraciadamente, pasó el resto de sus días sin empleo y sin dinero para comprar leña o cualquier otro tipo de combustible, por lo que acabó por morir de frío poco tiempo después.
Es una historia con un final triste. Resulta imposible no sentir lástima por este pobre hombre. Y eso a pesar de que, debido a su actitud estúpida e irresponsable, desaparecieron todos los valiosos e irrepetibles libros guardados en la biblioteca. La humanidad quedó así privada de un conocimiento adquirido durante siglos y siglos de arduo y laborioso esfuerzo.
Podemos pensar que, hoy en día, a nadie se le ocurriría quemar los libros de una biblioteca como la de Alejandría sólo para entrar un poco en calor. ¿O quizás sí?… Pues bien, en realidad no sólo es posible, sino que es casi inevitable. Forma parte del modo de pensar y de ser de nuestra civilización. Basta observar, por ejemplo, lo que ocurre hoy en día con la conservación de la diversidad biológica, la llamada biodiversidad.
Durante miles de millones de años, una cantidad de tiempo inimaginable, prácticamente una eternidad, la evolución fue creando las millones de especies existentes en la actualidad. Cada una de ellas está adaptada a la perfección al ambiente que vive y es única e irrepetible. Y cada una tiene la toda la información que la define en su código genético, escrita detalladamente en las moléculas de ADN.
Podemos fácilmente comparar el código genético de cada especie con un libro. En realidad, en el código genético está escrito, línea a línea, cómo construir un organismo vivo y cuáles son las características que le permitirán desempeñar una determinada función dentro del ecosistema en que se integra. Así, destruir una especie y su código genético equivaldría, según esta comparación, a quemar un libro.
Pues bien, quemar estos libros es exactamente lo que estamos haciendo actualmente. La actual actividad humana está destruyendo todas las especies. La biodiversidad disminuye en el mundo a cada día que pasa, cada vez más aceleradamente. Pero hay una gran diferencia entre destruir libros y destruir especies. Mientras que para reponer el conocimiento de los libros pueden ser necesarios quizás unos pocos siglos, para reponer, de alguna forma, las especies eliminadas harán falta, como mínimo, millones y millones de años de evolución.
¿Y cuál es el motivo para destruir todas estas especies? El motivo es mantener un modelo de civilización agresivo que, como ya todo el mundo sabe, resulta insostenible. Es decir, ni siquiera va a durar mucho más tiempo. Se talan bosques para plantar cultivos que duran apenas unos años, se convierten praderas en monocultivos contaminantes, se acaba con bancos pesqueros para crear piensos para el ganado, se secan los ríos desviando el agua para actividades turísticas, se propagan plagas y especies invasoras por descuidadas razones comerciales…
En fin, el motivo es aún más estúpido que el del bibliotecario de Alejandría. Si aún fuese para calentarse un poco las manos durante el invierno, sería más comprensible.
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