17/4/26
La grandiosa arquitectura de las células
Todos nosotros somos perfectamente capaces de reconocer gran parte de los más grandes y famosos monumentos del pasado. Si nos encontrásemos, de pronto, ante las majestuosas formas de las grandes pirámides de Egipto, ante la portentosa y descomunal Gran Muralla China, ante el egregio y soberbio Coliseo o ante cualquier otra de las magnas obras de la historia de la humanidad, sin duda sabríamos reconocer todas ellas al instante sin ningún tipo de problema.
Aunque, si lo pensamos más detenidamente, quizás esto no sea del todo verdad. En realidad, nuestra capacidad para reconocer todos estos monumentos dependerá mucho de la distancia a que los observemos. Si nos viésemos forzados, por ejemplo, a mirarlos muy de cerca, a menos de un palmo de distancia, difícilmente sabríamos reconocer o diferenciar ninguno de ellos. En ese caso únicamente conseguiríamos ver la superficie de las piedras de que están hechos, todas ellas muy semejantes y parecidas entre sí, prácticamente indistinguibles.
Esta simple reflexión, tan obvia como elemental, puede servirnos, no obstante, para hacer algunas consideraciones acerca de la naturaleza de estas construcciones y enumerar una serie de ideas al respecto. Primero, que todos los grandes monumentos de la antigüedad están hechos con los mismos elementos, es decir, con bloques de piedra. Segundo, que utilizando esos mismos bloques tanto podría haberse construido un determinado monumento como otro cualquiera. Tercero, que todos los monumentos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la forma en que han sido dispuestos sus elementos. Y cuarto, que para reconocer esa particular disposición que los caracteriza es necesario contemplarlos desde una cierta distancia, con una determinada perspectiva.
Lo cierto es que estas mismas ideas pueden servirnos también para reflexionar, pese a las lógicas diferencias, acerca de otro asunto muy diferente y mucho más complejo, como es la naturaleza de los seres vivos. Porque también en este caso podemos plantearnos unos enunciados muy semejantes a los anteriores, aunque aquí no se ajusten tanto a la realidad. Primero, que todos los seres vivos están formados por los mismos elementos, es decir, por células. Segundo, que unas mismas células tanto pueden dar lugar a un determinado ser vivo como a otro completamente diferente, aunque esto sólo en apariencia, pues en realidad las células nunca son iguales. Tercero, que todos los seres vivos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la distinta organización de sus células. Y cuarto, que es imprescindible una cierta perspectiva para conseguir ver y reconocer esa particular organización que caracteriza a cada uno de ellos.
Es evidente para todos nosotros que mirando a simple vista, es decir, a una distancia suficiente, no tenemos la menor dificultad en distinguir entre especies tan diversas y dispares como, por ejemplo, un roble, un caracol, un saltamontes, una golondrina o una ballena. Sin embargo, si por algún motivo tuviésemos que mirarlas muy de cerca, mucho más de cerca de lo que nos permiten nuestros ojos, algo que sólo conseguimos hacer con la ayuda de un microscopio, la situación sería del todo diferente. Porque a esa escala únicamente conseguiríamos ver sus elementos de construcción, es decir, sus células. Y todas ellas nos parecerían prácticamente iguales.
Aunque, a decir verdad, no son todas tan iguales. Un observador con los suficientes conocimientos podría distinguir fácilmente, a través del microscopio, entre células que perteneciesen a cada uno de los grandes grupos de seres vivos, pues éstas presentan en realidad diferencias bastante notables entre sí. Por ejemplo, la mayoría de seres unicelulares, como las bacterias, están formados por células de un tamaño muy pequeño y carentes de núcleo. Por el contrario, las células vegetales son mucho mayores y tienen un núcleo bien patente, además de poseer una rígida pared exterior y, por lo general, unos distintivos cloroplastos. Características estas últimas de que las células animales, por su parte, siendo muy parecidas a las anteriores, carecen por completo.
No obstante, si nos aproximásemos más a estas células, si consiguiésemos ver todo a una escala mucho menor que aquella que nos proporciona un microscopio, la situación nuevamente cambiaría por completo. En ese momento ya no veríamos ninguna célula, sino únicamente los elementos de construcción de que están hechas. Porque en realidad todas las células están formadas, a su vez, por grandes moléculas orgánicas, como las proteínas, los glúcidos o los ácidos nucleicos. Y todas estas moléculas, cada una dentro de su clase, son prácticamente indistinguibles entre sí, incluso cuando comparamos entre células pertenecientes a diferentes grupos de seres vivos.
Y aunque fuésemos entonces capaces de detectar pequeñas diferencias dentro de cada uno de estos tipos de moléculas, nos bastaría con descender a una escala aún menor, verlas aún más de cerca, para constatar que incluso esas diferencias también desaparecerían. Porque todas estas moléculas están formadas, a su vez, por otros elementos de construcción: todas las proteínas están formadas por aminoácidos, todos los glúcidos por monosacáridos y todos los ácidos nucleicos por nucleótidos. Y todas estas subunidades son, si cabe, aún más iguales e indistinguibles en todos los seres vivos. Por no hablar de que, si por algún motivo nos aventurásemos a ir a una escala aún menor, ya a un nivel inorgánico, veríamos que todas estas subunidades, en todos los tipos de moléculas, están formadas siempre por algunos, muy pocos, elementos químicos.
En resumen, cuanto más nos aproximamos, todos aquellos seres vivos que conocemos y que pensábamos que eran completamente diferentes más acaban por parecernos exactamente iguales, sin ninguna diferencia entre sí. Al acercarnos a ellos, todos los individuos se convierten en células prácticamente idénticas, todas las células en grandes moléculas aún más idénticas y todas las grandes moléculas en subunidades aún mucho más idénticas entre sí, ya completamente indistinguibles.
Está claro que nuestra escala de visión determina la forma y la configuración con que vemos a todos los seres vivos. Pero también determina inevitablemente la manera en la que interpretamos el mundo que nos rodea. Por ejemplo, a nuestra escala natural de visión contemplamos a nuestro alrededor un mundo, de apariencia finita, habitado por grandes seres vivos y en el que es siempre posible distinguir con claridad cada uno de los diferentes organismos que lo componen.
Sin embargo, gracias a los microscopios podemos contemplar otro mundo diferente, sin ningún parecido con el anterior. Aunque, como es evidente, ese mundo es exactamente el mismo, únicamente cambia la perspectiva desde la cual lo observamos. Y en ese mundo lo que vemos es un espacio, aparentemente sin límites, dominado por la presencia de ingentes cantidades de células, ya sean aisladas o formando enormes agregados. Pero si pudiésemos ver todo aún más de cerca, con algún instrumento mucho más preciso, observaríamos otro mundo todavía más diferente a los anteriores. Ante nosotros se extendería un espacio, de naturaleza indescriptible, dominado por inmensos y vibrantes océanos de grandes moléculas orgánicas, en los que sería casi imposible adivinar la existencia de las células que forman, nunca perceptibles a esa escala.
A medida que nos adentramos sucesivamente en estos mundos, podemos comprobar así que todos los seres vivos están constituidos, como ya hemos dicho, por los mismos elementos de construcción. Y lo cierto es que esto no tiene absolutamente nada de extraño o sorprendente, si consideramos que todos los seres vivos descienden de un único antecesor común, de aquello que podríamos considerar como la célula primordial o primigenia. Por tanto, como es lógico, todos ellos están formados necesariamente por los mismos componentes. Aunque la evolución haya hecho luego que éstos se hayan ido diversificando, diferenciando o incluso hayan sido sustituidos en parte.
Podemos con todo esto concluir que, de forma parecida a como sucede en los monumentos, con unos mismos elementos de construcción se puede hacer prácticamente cualquier ser vivo existente. Es decir, con un mismo conjunto de células, pero en mayor medida con un mismo conjunto de grandes moléculas orgánicas, pero en mucha mayor medida con un mismo conjunto de sus respectivas subunidades, se puede construir indistintamente cualquier tipo de ser vivo, ya sea un alga, una planta, un hongo o un animal. Y también, por supuesto, un ser humano como nosotros.
Porque lo único que nos distingue a nosotros de todos los otros seres vivos es la diferente disposición de nuestros prácticamente idénticos elementos de construcción. Y además, como ya ha quedado claro, esta disposición sólo se hace patente a una determinada distancia. Es decir, sólo existimos, en apariencia, a nuestra escala natural de visión, pues más de cerca nos parecería que en realidad no existimos, a no ser como una posible abstracción hecha a partir de nuestros múltiples componentes.
Parece claro entonces que, al menos, a nuestra escala de visión sí que somos capaces de diferenciarnos a nosotros mismos y a todas las especies que vemos a nuestro alrededor. Pero lo cierto es que, si lo pensamos bien, esto también acaba por ser sólo verdad en parte. Porque no podemos olvidar que todos los seres que vemos a simple vista son en realidad organismos sujetos a un complejo ciclo vital. Todos ellos comienzan en un principio por estar formados por una única célula. Y sólo tras pasar por sucesivos estados embrionarios alcanzan, al final, la forma adulta que nos resulta visible y fácilmente reconocible. Es decir, aunque pensemos ser capaces de distinguir, por ejemplo, entre una ballena y un ratón, lo cierto es que en las primeras fases de su ciclo vital somos absolutamente incapaces de diferenciarlos. Además de que, como es evidente, necesitaríamos la ayuda de un microscopio incluso para conseguir verlos.
También nosotros, aunque tendemos a olvidarnos de ello, desarrollamos ese mismo ciclo vital. Tras unas primeras fases unicelulares en las que recibimos el nombre de ovocito o de espermatocito y, más tarde, de gametos, nuestro ciclo vital propiamente dicho se inicia con la fusión de estos últimos para crear una única célula, llamada zigoto. Bajo esta forma, empezamos rápidamente a dividirnos y a diferenciar nuestras células para formar un embrión que, en sus sucesivas fases, va desarrollándose y aumentando continuamente de tamaño. Hasta que, al final de ese proceso, adquirimos la forma definitiva del organismo pluricelular, visible a simple vista, que todos conocemos y que tan fácil nos resulta de diferenciar.
Esto significa, por tanto, que a nuestra escala natural de visión sólo somos capaces de ver una reducida parte de nuestra propia existencia. Y precisamente por ello, el concepto que tenemos sobre nosotros mismos acaba siendo inevitablemente muy pobre, escaso e incompleto. Tal como, por otra parte, también lo sería si se diese el caso de que viésemos el mundo únicamente a una escala más pequeña, en la cual sólo alcanzásemos a ver las primeras etapas de nuestro desarrollo.
Hasta aquí hemos abordado lo que pasaría si observásemos todos los seres vivos mucho más de cerca, a una distancia cada vez menor. Pero también podríamos plantearnos exactamente lo contrario. Podríamos pensar en lo que pasaría, cambiando por completo de enfoque, si observásemos todo mucho más de lejos, si tratásemos de mirar todo a una distancia cada vez mayor.
Si estuviésemos, por ejemplo, en lo alto de la más grande montaña y mirásemos con atención hacia la llanura que se extiende a sus pies, seguramente nuestra visión del mundo cambiaría una vez más por completo. Porque desde allí, desde lo alto, no seríamos capaces de distinguir ninguna especie ni ningún individuo concreto. A lo sumo, con gran esfuerzo, podríamos divisar algunas manchas boscosas o quizás algunos bandos fugaces de animales.
A esa distancia, sin embargo, quizás empezaríamos a comprender lo que es realmente un ecosistema, un nivel de organización de la vida situado a una escala superior. Desde esa elevada altura, utilizando una escala de tiempo también diferente, posiblemente veríamos que toda esa extensa llanura está recubierta por una masa dinámica, vigorosa y cambiante de materia viva, de contornos no siempre bien definidos. Y entenderíamos entonces que los ecosistemas no son otra cosa que complejos organismos vivos formados por unos elementos de construcción, invisibles a esa distancia, que son los individuos y las especies a las que pertenecen.
Comprenderíamos, de este modo, que nuestra propia especie, como todas las otras, no es más que uno de esos muchos elementos que dan forma al ecosistema. Y, en consecuencia, que el exiguo concepto que tenemos de nosotros mismos, sobre lo que realmente somos, no se debe únicamente a que no conseguimos ver el mundo muy de cerca, sino también a que no conseguimos verlo mucho más de lejos.
Pero si nos fuésemos entonces más lejos, aún mucho más lejos, por ejemplo, hasta la luna, lo que desde allí conseguiríamos ver, en último término, sería la biosfera. A esa distancia quizás comprenderíamos finalmente que la biosfera es un único organismo, una única entidad, formada por unos elementos de construcción que son los ecosistemas. Y que nosotros, como individuos, somos sólo una parte ínfima e insignificante de ese ser vivo colosal que envuelve la superficie de nuestro planeta.
Atrapados en nuestra particular escala de visión, todos nosotros somos, sin embargo, incapaces de percibir de forma intuitiva toda esta compleja realidad. Creemos ver el mundo tal como es, pero en realidad sólo llegamos a captar de él una determinada y particular perspectiva. Creemos entender lo que son los seres vivos, pero apenas conseguimos observarlos bajo una cierta escala y apariencia. Y creemos saber lo que somos nosotros mismos, pero únicamente alcanzamos a vislumbrar una parte de nuestra propia naturaleza, una mínima parte de lo que siempre hemos sido y de lo que siempre seremos. A menos que, con nuevos y múltiples ojos, seamos en algún momento capaces de extender nuestra mirada mucho más allá, para ver finalmente el mundo y nuestra realidad en toda su auténtica, desbordante y sobrecogedora dimensión.
24/3/26
El imprescindible protagonismo de la conciencia
En una ciudad podemos desplazarnos de un lugar a otro utilizando diversos medios de transporte como, por ejemplo, un coche privado o un autobús. Entre estos dos medios de transporte, concretamente, existen sin duda muchas diferencias, pero quizás una de las más notables, desde un punto de vista conceptual, sea también una de las más insospechadas: el protagonismo. Porque, por sorprendente que parezca, en estos medios de transporte tiene lugar una extraña competición entre el pasajero y el vehículo por alcanzar, a nuestros ojos, una condición de preponderancia el uno sobre el otro.
De forma general, podemos decir que en un coche privado la condición de protagonista recae siempre en el pasajero. Para ir de un lugar a otro, una persona puede utilizar un determinado coche u otro completamente diferente. Y para nosotros el protagonista, el que se desplaza, es siempre el pasajero, no el vehículo. En cambio, en un autobús ocurre justo lo contrario. En este caso el protagonismo recae siempre en el vehículo. Es el autobús el que va de un lugar a otro, el que se desplaza, no el pasajero que lleve o pueda dejar de llevar en su interior.
En ambos casos, como es evidente, tanto el pasajero como el vehículo se mueven al mismo tiempo, como un todo. Son ambos, por tanto, los que se desplazan. Pero de forma inconsciente otorgamos a cada uno de ellos un diferente protagonismo. Y lo hacemos así porque relacionamos el protagonismo con otro concepto diferente, como es la voluntad. Porque cuando vamos en un coche somos nosotros quienes conducimos, es nuestra voluntad la que dirige el movimiento. Pero cuando vamos en un autobús es éste quien nos conduce, nos vemos sometidos a su voluntad. Por tanto, o bien nosotros llevamos el coche o bien el autobús nos lleva a nosotros. Y defender lo contrario, es decir, que el coche nos ha llevado a nosotros o que nosotros hemos llevado el autobús en su recorrido, nos parecería sumamente extraño.
Sin embargo, lo que resulta más sorprendente, si nos detenemos a analizarlo, es que esta misma forma de pensar la aplicamos también a nuestro propio cuerpo. De forma natural, casi inconsciente, otorgamos un diferente grado de protagonismo a nuestros diversos órganos. Y aunque está claro que todos viajan por igual en el mismo vehículo, que es nuestro cuerpo, no podemos dejar de pensar que hay uno de ellos que dirige a todos los demás, imponiendo su voluntad. De forma que todos los restantes órganos son, dentro de esta lógica, simples pasajeros. O incluso, llevando esta idea mucho más allá de lo razonable, llegamos al extremo de pensar que estos últimos no son ni siquiera pasajeros, sino simples piezas o engranajes en un vehículo que es nuestro cuerpo. Un cuerpo que queda así reducido a una simple máquina al servicio de ese órgano preminente que en todo momento hace imperar su voluntad.
A todos nos parece bastante obvio, sin necesidad de citarlo, a qué órgano nos estamos refiriendo. Sin embargo, antes de dar nada por sentado, quizás deberíamos ser algo más cautelosos, ya que, por ejemplo, a lo largo de la historia no se ha considerado que este órgano preminente fuese siempre el mismo. Por eso, antes de nada, lo mejor sería analizar lo más objetivamente posible la importancia que damos a cada uno de nuestros órganos. Y esto es algo que sin duda queda meridianamente claro cuando abordamos las complejas decisiones asociadas a un asunto tan trascendental como es el trasplante de órganos.
En la actualidad, gracias a los grandes avances científicos conseguidos en las últimas décadas, resulta posible trasplantar con bastante éxito un buen número de órganos de nuestro cuerpo. Así, son muchas las personas que hoy en día se someten al trasplante de órganos tales como, por ejemplo, el riñón, el hígado o el corazón. Y es precisamente este mismo hecho el que nos demuestra, de la forma más objetiva posible, que no es a estos órganos en concreto a quienes atribuimos el protagonismo absoluto de nuestro cuerpo. Porque, a nuestro entender, el hecho de recibir cualquiera de ellos no afecta para nada a nuestra voluntad. Para nosotros, una persona que recibe uno de estos órganos es y continúa siendo la misma persona que era antes de recibir el referido trasplante.
Sin embargo, ¿qué ocurriría si fuese posible realizar un trasplante de cerebro? ¿Alguien aceptaría, en algún momento, someterse a una operación semejante? Está claro que la respuesta sería que no. A nadie se le ocurriría nunca aceptarlo, porque, en efecto, tal como sospechábamos, el cerebro es para nosotros el protagonista absoluto, el indiscutible conductor, con su voluntad, de todas las acciones de nuestro cuerpo. Por tanto, si en algún momento un individuo recibiese un cerebro, para nosotros dejaría de ser la persona que era antes y pasaría a ser otra completamente diferente.
Incluso consideraríamos, atentando contra la más elemental lógica, que en este caso no se habría realizado un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo. Es decir, el donante, el que aporta el cerebro, sería el que ha recibido un cuerpo nuevo. Y el receptor, el que acepta el cerebro, sería alguien que simplemente… ha dejado de existir. Y esto a pesar de que, evidentemente, la casi totalidad de su cuerpo continuaría con vida justo igual y en las mismas condiciones que antes del trasplante. No hay duda, por tanto, de que en relación al cerebro nos empeñamos en verlo todo al contrario. Porque, en realidad, para nosotros recibir un cerebro sería lo mismo que destruir nuestra propia voluntad, nuestra persona. Y por tanto nunca lo aceptaríamos, ni siquiera aunque fuese la única alternativa posible para salvarnos de una muerte inmediata.
Resulta oportuno preguntarnos entonces por qué estamos tan seguros, hasta tal extremo, de que es precisamente en el cerebro donde reside nuestra voluntad. Pero esto no tiene en realidad ningún misterio si consideramos que el cerebro es el órgano responsable de nuestro pensamiento y, por tanto, de aquello que consideramos como la esencia misma de nuestra persona: nuestra conciencia. Porque para nosotros, en realidad, hablando claro, el verdadero protagonista, el verdadero detentor de nuestra voluntad, no es el cerebro ni cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, sino únicamente la conciencia, nuestra conciencia.
Y esto resulta fácil de demostrar recurriendo otra vez a los trasplantes de órganos. Imaginemos por un momento que nuevos descubrimientos científicos nos demostrasen que nuestro pensamiento y nuestra conciencia residen únicamente en el lóbulo frontal de nuestro cerebro. Siendo así, ¿qué ocurriría si, en caso de absoluta y urgente necesidad, nos propusiesen recibir el trasplante de otro lóbulo cerebral cualquiera? ¿Pondríamos alguna objeción a dicho trasplante o, por el contrario, lo aceptaríamos sin ningún problema, con toda naturalidad? Y sin embargo, después, pasado un tiempo, ¿qué ocurriría si nos dijeran, de repente, que nuestra conciencia no está realmente en ese lóbulo frontal, sino en otro lóbulo cualquiera? ¿No cambiaríamos al instante de opinión, tratando siempre de preservar, ante todo, el lugar donde creemos que se halla nuestra tan preciada y estimada conciencia?
Y no pensemos que estos súbitos cambios de opinión aquí ejemplificados son algo meramente hipotético, pues de hecho han ocurrido realmente a lo largo de la historia, y no una sino diversas veces. Por ejemplo, durante mucho tiempo se consideró que nuestra conciencia no residía en el cerebro, sino en una entidad de naturaleza puramente inmaterial a la que se denominaba espíritu. En ese momento el cerebro era visto simplemente como una víscera más, sin ningún valor especial que lo diferenciase de otros órganos de nuestro cuerpo. Y nadie se habría opuesto a recibir entonces un trasplante de cerebro, si tal cosa hubiese sido posible.
En cambio, con bastante frecuencia se fantaseaba sobre la posibilidad de la migración de un espíritu de un cuerpo a otro. En la mayoría de los casos se hablaba de la posesión de un cuerpo por parte del espíritu de una persona ya fallecida. Y se creía que la persona poseída se convertía entonces, al instante, en la persona muerta, ya que su conciencia desaparecía al ser sustituida por la conciencia del difunto. Por tanto, nadie estaba dispuesto a que tal cosa le sucediese. Nadie estaba dispuesto, en otras palabras, a ser el destinatario de un trasplante de espíritu, pues eso significaría perder la propia conciencia y por tanto, simple y llanamente, dejar de existir.
Otro órgano que en épocas pasadas gozó de bastante popularidad como posible depositario de nuestra conciencia fue el corazón. Esta creencia poseía una cierta verosimilitud, ya que el corazón siempre se acelera con nuestros pensamientos y nuestras pasiones, señalando aparentemente una estrecha conexión con nuestra conciencia. Y además su latido se detiene justo cuando ésta desaparece de forma definitiva, en el momento de nuestro fallecimiento. Por esta razón, como órgano preminente, con cierta frecuencia llegaba a ser enterrado por separado del resto del cuerpo. Y, desde luego, nadie habría aceptado recibir entonces, en caso de ser posible, un hipotético trasplante de corazón.
Considerando todo lo anteriormente expuesto, podemos plantearnos si estará realmente justificada esta desmesurada preminencia y protagonismo que otorgamos a nuestra conciencia. Y, en consecuencia, si estará justificada también la enorme importancia que damos actualmente a nuestro cerebro, como fiel depositario de ella.
Lo cierto es que cuando hablamos de conciencia deberíamos empezar por decir, en primer lugar, que nuestra conciencia mental es sólo una de las muchas conciencias que podemos identificar y definir en nuestro cuerpo. Son muchos los órganos y sistemas que poseemos y, en consecuencia, muchas las diferentes conciencias que gobiernan el funcionamiento de nuestro organismo. Dentro de este conjunto, la conciencia mental es aquella que determina la mayor parte de nuestras acciones en relación al mundo exterior. Y, por tanto, aquella que, en efecto, conduce todo el vehículo, imponiendo aparentemente, desde esta particular perspectiva, su voluntad.
Otra cuestión importante a tener en cuenta es el hecho de que nuestra conciencia mental es inseparable de nuestro pensamiento. Por tanto, debido a ello, nos enfrentamos siempre con la inevitable paradoja de que cualquier consideración que podamos hacer sobre nuestra conciencia mental acaba siendo realizada, al final, por ella misma. Y por mucho que nos esforcemos por tratar de pensar sobre ella de la forma más objetiva posible, lo cierto es que nos resulta muy difícil escapar de su particular perspectiva, en la cual se otorga a sí misma, como es lógico, un protagonismo absoluto.
Además, sabemos también que es a través de nuestra conciencia mental que interactuamos con otras personas. Y debido a que es en el ámbito social donde mejor nos definimos a nosotros mismos como individuos, está claro que la conciencia mental adquiere, en este contexto, una importancia fundamental. Se convierte para nosotros en algo parecido a nuestra propia identidad, en algo sin lo cual nos parece que no existiríamos ni individual ni socialmente.
Sin embargo, a pesar de todas estas importantes y peculiares características, debemos tener claro que la conciencia mental no es, de ninguna manera, más importante que cualquier otra conciencia. Y, por consiguiente, el órgano en el cual creemos que reside tampoco lo es. Todos los órganos de nuestro cuerpo son absolutamente necesarios. Todos gobiernan y conducen, individual o conjuntamente, los diferentes y complejos sistemas de nuestro cuerpo. Y aunque la mayoría de ellos no se relacione con el mundo exterior, no sea el lugar donde reside nuestro pensamiento y no nos permita identificarnos socialmente como individuos, no por ello poseen una menor importancia. Tal como tampoco poseen una menor importancia las múltiples conciencias que albergan, todas ellas imprescindibles para nuestra supervivencia.
Por tanto, aunque nos cueste enormemente creerlo, una persona a la que se le ha trasplantado el hígado no se diferencia mucho, en términos generales, de una a la que se le ha trasplantado el cerebro. Porque, de igual forma que una persona con un hígado trasplantado no es un individuo diferente, una persona con un cerebro trasplantado tampoco lo es. Tal como, en otro orden de cosas, tampoco consideramos que sea una persona diferente aquella que, debido a una lesión o enfermedad cerebral, ha perdido por completo toda su conciencia y su personalidad.
Es cierto que en una persona con el cerebro trasplantado nos resultaría fácil observar claras diferencias tanto en su pensamiento como en su modo de actuar. Pero también es cierto que sería fácil observar claras diferencias, antes y después, en la función hepática de una persona que ha recibido un hígado, si es que nos detuviésemos a analizarla.
Parece, por tanto, algo absurda esta visión tan enormemente prevalente y sesgada que en todo momento tenemos de nuestra conciencia mental. Sin embargo, dicha visión encuentra, en realidad, una plena y completa justificación en términos evolutivos. Y esto se debe a que, desde sus mismos inicios, nuestra conciencia mental ha tenido siempre como principal función preservarse a sí misma y con ello, de forma implícita, a todo nuestro organismo. Así, en la continua interacción con el medio exterior, es precisamente ella la encargada de decidir en todo momento, de forma rápida e imperiosa, todas las prioridades que atañen a nuestra supervivencia.
Puede tener que decidir, por ejemplo, entre que suframos una posible lesión en los ojos o bien proteger éstos con las manos, con el peligro de que estas últimas puedan quedar seriamente dañadas. Puede tener que decidir también entre enfrentarnos directamente a una grave amenaza o bien hacer que huyamos rápidamente de ella, asumiendo con ello todas las posibles y previsibles consecuencias. O incluso, en circunstancias extremas, puede tener que decidir entre la preservación de nuestro propio cuerpo o bien, por el contrario, entregar éste en sacrificio para tratar de salvaguardar, en contrapartida, la vida de nuestra progenie.
La verdad es que si nuestra conciencia mental no estuviese hecha expresamente para tener una visión tan sesgada, tan enormemente preponderante, en ningún momento conseguiríamos sobrevivir ni como individuos ni como especie. Nuestra conciencia mental debe necesariamente creer que es la protagonista absoluta de nuestro cuerpo, pues precisamente es esa la característica de que la evolución la ha dotado para que consigamos mantenernos en todo momento con vida.
Volviendo al símil del autobús, parece claro que tiene que haber obligatoriamente un conductor que observe el exterior y piense en cómo desplazar el vehículo de un lugar a otro, imponiendo siempre su voluntad. Pero para lograr ese desplazamiento es imprescindible que todas las otras partes del vehículo, como pueden ser el motor, las ruedas o los múltiples engranajes, ejecuten sus respectivas funciones. Tal como es igualmente necesario que haya, en todo momento, unos pasajeros que proporcionen un sentido y una finalidad a ese desplazamiento.
De forma parecida, no hay duda de que nosotros tenemos un cerebro que actúa como conductor de nuestro cuerpo, imponiendo siempre su voluntad. Pero todos nuestros restantes órganos actúan proporcionando la necesaria estructura, fuerza y estabilidad a nuestro cuerpo, del cual forman además parte integrante e indisoluble. Aunque lo realmente importante, lo fundamental, es que todos nuestros órganos, incluido el cerebro, constituyen, en su condición de pasajeros, la única, incuestionable y auténtica finalidad a que responde la totalidad de las acciones de nuestro cuerpo.
Resulta interesante considerar, por otra parte, la paradójica circunstancia de que nuestra conciencia mental tiene en este momento a su alcance todas estas nuevas ideas que surgen acerca de su propia naturaleza. Y que, por tanto, está ahora en condiciones de cuestionarse su propio protagonismo o la prevalencia de su voluntad. Sin embargo, a pesar de ello, está claro que, como es inevitable y también, por otra parte, muy deseable, sólo tiene la capacidad de realizar dicho cuestionamiento en un plano puramente teórico, nunca en un plano emocional, aquél para el cual ha sido principalmente creada.
Y hablando precisamente de ideas, resulta también bastante curioso constatar el hecho de que una idea, una simple idea, puede ser fácilmente transmitida de una persona a otra. Es decir, las ideas, los elementos básicos que conforman nuestra conciencia mental, pueden ser trasplantadas con toda facilidad de un individuo a otro. Y todo esto sin necesidad alguna de que el primero las pierda o de que el segundo vea por ello mermada su personalidad. Antes al contrario, dicha personalidad parece verse aumentada y enriquecida con el continuo aporte de nuevas ideas.
Así, para gran y enorme sorpresa de todos, podemos decir que, al final, el trasplante de conciencia… sí que existe. Y ocurre continuamente en todos nosotros, a cada instante, en la misma medida en que intercambiamos nuestras ideas. A cada momento, por tanto, dejamos de ser quienes somos para convertirnos, en cierto modo, en una persona diferente. O incluso podríamos decir que para convertirnos en una persona nueva, con una mente, un espíritu o un corazón renovado.
Resulta fácil concluir también, como consecuencia de esto, que en todos los grupos humanos existe, o puede existir, una conciencia mental colectiva. Es decir, un tipo de conciencia compartida, en gran parte común a todos individuos, caracterizada por tener una estructura y unos límites difusos, ser objeto de repetidos cambios y estar sujeta a una continua transmisión entre los integrantes del grupo. Y podemos concluir igualmente que, de alguna forma, esta conciencia colectiva necesariamente lucha por tener siempre un protagonismo absoluto y por sobrevivir.
Tengamos así, por tanto, todo esto en cuenta cuando subamos la próxima vez a un autobús. Para empezar, no distraigamos al conductor hablándole de cualquier tontería. Cuidemos en todo momento de la limpieza y del buen estado del interior del vehículo. Y comportémonos siempre de forma educada y cordial con el resto de pasajeros. Pero sobre todo, muy especialmente, tengamos siempre el mayor cuidado en coger el autobús que ha de llevarnos a nuestro verdadero y deseado destino.
15/2/26
La triunfante infinitud del tiempo
El tiempo que necesitamos para lanzar un dado y ver el resultado obtenido podemos decir que es de, aproximadamente, unos diez segundos. Considerando que la probabilidad de sacar un seis en un lanzamiento es de una en cada seis veces, podemos concluir que si lanzásemos continuamente un dado, una y otra vez, necesitaríamos como máximo seis veces ese tiempo, es decir, un minuto, en teoría, para llegar a obtener ese número.
Siguiendo el mismo razonamiento, si en vez de un dado lanzásemos un par de ellos a la vez, tardaríamos como máximo seis minutos en sacar dos seises en una misma tirada, siempre en términos puramente probabilísticos. Si nos decidiésemos entonces por aumentar más la dificultad, optando por lanzar cinco dados, tardaríamos como máximo un día en sacar los cinco seises en simultáneo. Y si lanzásemos el doble de dados, diez al mismo tiempo, tardaríamos nada menos que veinte años, como máximo, en obtener los diez seises en una misma tirada. Algo sin duda difícil de conseguir, pero no imposible si se dispone del tiempo necesario.
Imaginemos ahora que los dados, en vez de números, tuviesen letras dispuestas en todas sus caras. ¿Qué ocurriría si tratásemos de obtener una determinada palabra mediante la secuencia de letras resultante de lanzar esos dados? Empleando un idioma que tuviese apenas seis letras, es decir, la misma cantidad de caras que hay en un dado, ya sabemos que podríamos tardar hasta veinte años en conseguir una determinada palabra de diez caracteres. A partir de ahí, es fácil deducir que para conseguir una frase o un texto completo, utilizando además un idioma con todas las letras del alfabeto, sería necesario un periodo de tiempo del todo inconcebible, casi infinito.
Precisamente esta idea de una escritura puramente aleatoria, producida por el más absoluto azar, ha llegado a fascinar a lo largo del tiempo a un gran número de personas. Por ejemplo, en el campo de la literatura, Michael Ende planteó la idea de que, si se juega con unos dados dotados de letras durante toda una eternidad, al final de ese tiempo necesariamente deberán surgir todos los poemas y todas las historias posibles del mundo. Y antes que él, Jonathan Swift fantaseó también sobre la construcción de una máquina de escritura aleatoria que, siendo utilizada el tiempo suficiente, permitiría escribir libros enteros de filosofía, de poesía o de política.
En el campo de las matemáticas, Émile Borel introdujo esta misma idea de la escritura aleatoria para ilustrar el concepto de la probabilidad y del infinito. Según su premisa, gracias a las leyes de las matemáticas es posible afirmar, de forma totalmente incuestionable, que un mono aporreando al azar un teclado conseguirá escribir siempre, palabra por palabra, cualquier obra famosa de cualquier escritor del pasado. Aunque, eso sí, siempre que disponga del tiempo, en términos probabilísticos, necesario para ello. Es decir, un tiempo infinito.
Dicha premisa no deja de resultar sorprendente e incluso, hasta cierto punto, algo inquietante. ¿Deberíamos confiar plenamente en las leyes de las matemáticas y aceptar entonces, a pesar de nuestra natural extrañeza, que cualquier mono conseguirá escribir siempre cualquier libro, y no sólo eso, sino todos los libros del mundo, utilizando solamente el más puro azar? ¿Será realmente posible tal cosa o quizás se trata sólo de una entelequia, de un concepto abstracto que no va más allá de una formulación puramente teórica?
Y si aceptásemos tal idea, ¿cómo encarar entonces otras muchas cuestiones que inevitablemente nos surgirían de inmediato? Por ejemplo, ¿sería necesario esperar un tiempo infinito para ver finalmente escrito un libro, uno cualquiera, gracias al más puro azar? ¿No podría ocurrir, por simple casualidad, que se obtuviese ese resultado ya en el primer intento? ¿No podríamos tener un libro, ya perfectamente completo y acabado, con el primer lanzamiento de unos dados o con la primera pulsación aleatoria de las teclas realizada por un mono? Porque lo cierto es que, en teoría, nada impide que tal cosa sea así. Tal como tampoco hay nada que diga que haya que esperar hasta el último lanzamiento de los dados o hasta la última pulsación de las teclas, en el infinito, para conseguirlo. En realidad, podría suceder en cualquier momento.
Lo que resulta sin duda evidente con todo esto es que para nuestra habitual forma de pensar, para nuestra particular concepción del tiempo, la sola idea de que se pueda escribir un libro utilizando únicamente el azar es algo que nos resulta del todo inconcebible. Y sin embargo, a pesar de ello, por más fantasiosa y remota que nos parezca tal posibilidad, por más delirante que se muestre incluso para nuestra más desbocada imaginación, tal cosa es simplemente… posible.
Y no sólo posible, sino también completamente real. Porque además, siendo un hecho indiscutible, no sólo ha sucedido una, sino muchas veces. Incluso podríamos decir que está sucediendo continuamente, a cada momento. Y la prueba más clara y evidente de esto la tenemos, además, muy cerca de nosotros. Mucho más cerca, en realidad, de lo que podríamos pensar. De hecho, no podría estar más cerca. Porque esa prueba, en definitiva, somos… nosotros mismos.
En efecto, aunque no seamos ni siquiera lo más mínimamente conscientes de ello, aunque nos cueste enormemente aceptarlo, nosotros no somos otra cosa, en realidad, que un libro escrito por el más puro azar. Y para entender esta sorprendente afirmación nos basta con adentrarnos someramente en el campo de estudio de la genética.
Como es sabido, todas nuestras células llevan en su núcleo el genoma que es propio de nuestra especie. Pues bien, este genoma, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un asombroso, detallado y complejo libro de instrucciones cuya función consiste en crear y gobernar el funcionamiento de todo nuestro organismo. En nuestra especie este libro está dividido en veintitrés volúmenes, que son nuestros veintitrés cromosomas. Y cada volumen está escrito en una única e ininterrumpida línea, formada por una larga y extensa molécula de ADN.
Cada línea contiene innumerables frases, que son los genes, escritos utilizando un alfabeto de apenas cuatro letras: A, C, G y T. Estas letras representan, más exactamente, las cuatro posibles bases que puede presentar cada uno de los eslabones de que está formada la larga cadena de ADN. Y cuando la compleja maquinaria celular decide leer una de estas frases, uno de estos genes, el resultado final que se obtiene es la síntesis de una determinada proteína. Son entonces estas proteínas, como moléculas básicas y estructurales de la vida, las que se encargan, a partir de ahí, de configurar, organizar y regular el funcionamiento de las células y, con ello, de todo nuestro organismo por completo.
Podemos decir, por tanto, que el genoma de nuestra especie es un extenso libro de varios volúmenes escrito con un total de, aproximadamente, 3.200 millones de letras, las cuales se agrupan para formar un conjunto de más de 20.000 frases. Y cada una de estas frases o genes, mediante la formación de su respectiva proteína, representa una instrucción precisa y concreta para el funcionamiento de nuestro organismo.
Pues bien, al margen de estos impresionantes números, lo que resulta más asombroso de todo esto es el hecho de que el autor de este fantástico y maravilloso libro no es otro que, efectivamente… el más puro azar. Para la inimaginable proeza que ha sido crear este libro no se ha utilizado más que la simple casualidad. Nuestro genoma se ha escrito de forma puramente aleatoria, sin existir, como es evidente, cualquier plan, idea o propósito concreto sobre aquello que debía o no ser escrito.
Así, podemos decir que, en términos matemáticos, la escritura de nuestro genoma ha sido tan absolutamente casual como puede ser el escribir un libro lanzando a un mismo tiempo 3.200 millones de dados de cuatro caras. O realizando 3.200 millones de pulsaciones aleatorias seguidas en un teclado de cuatro letras. Algo que, con mucho esfuerzo, quizás podemos imaginar que pueda ocurrir alguna vez en el infinito. Pero que, como es evidente, ya ha ocurrido, es algo completamente real.
Para ser algo más exactos, hay que decir que nuestro genoma no se ha creado de repente con un único lanzamiento de dados. Y tampoco ha tenido siempre tantas letras como tiene ahora. En realidad, nuestro genoma ha ido creciendo y aumentando a lo largo del tiempo. Al principio se empezó, por tanto, lanzando sólo unos cuantos dados, a los que se fueron añadiendo progresivamente más y más hasta alcanzar el número actual. Y en cada una de las tiradas no se lanza nunca la totalidad de los dados, sino una mínima parte de ellos, intentando de alguna forma conservar todos aquellos que ya forman frases completas. Aunque también es cierto, por otra parte, que a lo largo del tiempo se han ido cambiando frecuentemente unas frases por otras y se han abandonado muchas de las ya obtenidas. Por todo esto, lo más correcto sería decir que nuestro genoma ha ido aumentando y reescribiéndose de forma continua, forjándose lentamente a lo largo del tiempo, a medida que se iban lanzando progresivamente algunos de sus cada vez más numerosos dados.
La forma real en que se lanzan estos dados es bastante simple. Se basa en la aparición aleatoria de errores en el genoma, algo que ocurre principalmente durante la división celular. Cada vez que una célula se reproduce y realiza una nueva copia de su genoma se producen inevitablemente algunos errores, las mutaciones, que hacen que cada nuevo libro sea siempre ligeramente diferente del anterior. Y aunque estos errores generalmente son ínfimos y sin ningún efecto concreto, al acumularse pueden llegar a cambiar finalmente el significado de las frases. O incluso, con menos frecuencia, a crear frases completamente nuevas.
De todos los libros creados, es la evolución la que se encarga de rechazar aquellos en que se han producido más errores sin sentido y también aquellos otros que contienen frases que han acabado por quedar obsoletas, ya sin ninguna utilidad. Por el contrario, va salvaguardando todos aquellos libros en los que aparecen nuevas frases que permiten una mejor adaptación al medio y una mayor supervivencia de la especie. Así, mientras los primeros tienden a desaparecer, estos últimos son conservados siempre en mayor medida. Y al realizarse nuevas copias, al lanzarse otra vez los dados, vuelven a producirse nuevos errores sobre los que actuará la evolución, nuevamente, en uno o en otro sentido.
Así, mediante este simple mecanismo, la evolución ha conseguido la inconcebible tarea de dar forma a la totalidad del extenso y complejo genoma nuestra especie. Un genoma que, además, tenemos que reconocer que es de una perfección completamente asombrosa y extraordinaria. Basta con observar el funcionamiento de nuestro organismo, con sus múltiples órganos y sistemas, con sus complejos mecanismos fisiológicos siempre en constante equilibrio, con su continua capacidad de crearse y regenerarse una y otra vez, para llegar fácilmente a la conclusión de que nuestro genoma es, sin duda, incomparablemente superior a cualquier obra literaria, de poesía, de matemáticas o de filosofía que podamos concebir que salga, al azar, al lanzar infinitamente millones de dados o al aporrear infinitamente un teclado.
Y sin embargo, por más extraordinario y perfecto que sea nuestro genoma, lo más asombroso es que cada una de las millones de especies que existen en el mundo, todas ellas, poseen un genoma, un libro de instrucciones, completamente diferente. Y en todos los casos su genoma, el libro de cada especie, es siempre de una perfección igualmente maravillosa y casi absoluta. Es decir, el azar no sólo ha sido capaz de escribir un libro tan extraordinario como el nuestro, sino que, en realidad, ha escrito millones y millones de libros, todos ellos diferentes entre sí y todos ellos de una insuperable perfección.
Es más, considerando que todos los seres vivos se relacionan entre sí formando complejos e intrincados ecosistemas, deberíamos decir que el azar no se ha limitado sólo a escribir todos estos libros, sino que, en realidad, ha creado una enorme biblioteca de obras maestras donde cada uno de los libros, ya de por sí extraordinarios, se complementa con todos los demás con una misma e idéntica perfección. O incluso, dada la multiplicidad de ecosistemas existentes, deberíamos hablar más bien de toda una compleja red de bibliotecas perfectamente interconectadas entre sí.
Dentro de esta prodigiosa, soberbia y colosal red de bibliotecas que es la vida podemos encontrar libros de todo tipo, con instrucciones detalladas y precisas para el desarrollo de casi cualquier forma de vida que podamos imaginar. Hay, por ejemplo, gruesos y pesados volúmenes cuyas páginas describen modos de existencia tan concretos y especializados que casi nos resultan imposibles de concebir. Hay enormes e interminables estanterías, sin límites aparentes, en donde se recoge todo el conocimiento necesario para sobrevivir en cualquier medio físico existente, ya sea terrestre, subterráneo, acuático o aéreo. Hay también amplias secciones, ocultas por entretejidas sombras, que nos narran los ambientes y las formas de vida propias de un pasado remoto, ya inexistente. Y muchos otros pasillos, todavía inaccesibles, presentan multitud de espacios vacíos destinados a especies futuras que sin duda han de llegar. Pero además, por todas partes encontramos libros que aparecen de repente, otros que se dividen en dos o más volúmenes y aún otros que, al apartar la vista por un instante, parecen desvanecerse en el aire sin dejar el menor rastro.
Al intentar recorrer este fantástico e interminable laberinto creado lenta y pacientemente por la evolución, es fácil adentrarnos a cada momento, sin darnos cuenta, en el interior de profundos e inquietantes abismos, recorrer extensas e interminables llanuras o elevarnos, de repente, sobre altas y vertiginosas cumbres. A cada instante nos enfrentamos con una infinidad de pasillos que se bifurcan y que convergen sobre sí mismos, que se multiplican y que se extinguen, que se iluminan y que se ocultan en la oscuridad, que se ensanchan y que se estrechan simultáneamente, que avanzan y que retroceden al mismo tiempo para llegar a un mismo y único lugar que se repite innumerables veces. Y por si todo esto no fuese ya lo suficientemente vertiginoso y desconcertante, lo más increíble es que todos los volúmenes existentes, siempre de una perfección inimaginable, están siendo continuamente reescritos y mejorados a cada instante.
Para realizar esta inconcebible y titánica labor sabemos ahora que el azar no ha necesitado un tiempo infinito. Se piensa que quizás haya empleado unos pocos miles de millones de años. Aunque, para la limitada capacidad de comprensión de nuestra mente, dicho periodo de tiempo es ciertamente tan inimaginable como puede ser la propia idea de infinito. O incluso la idea de una infinita sucesión de tiempos infinitos.
En este extenso y dilatado periodo, el tiempo ha conseguido que lo infinitamente improbable ocurra y que, además, sea una inevitable realidad. Le ha bastado su inconmensurable dimensión para lograr crear fácilmente un mundo de la más extraordinaria complejidad, de la más inimaginable perfección y de la más inconcebible belleza. Un mundo en el que cada ser vivo es en sí mismo una obra maestra, creada siempre por el más puro azar y modelada luego delicadamente, en un largo y laborioso proceso, por la evolución.
Todos los seres vivos somos, por tanto, una inevitable consecuencia del azar. Todos nosotros somos hijos de lo infinitamente improbable. Todos nosotros somos, en definitiva, el necesario resultado de la siempre inexorable y triunfante infinitud del tiempo.
Siendo así, no nos corresponde ahora deslucir esta titánica labor. Y mucho menos destruir nada de lo escrito durante un tiempo que es, en su misma esencia, pero mucho más para nosotros, absoluta e incomparablemente infinito.
20/3/25
Una evolución progresivamente acelerada
En el mundo de la informática, cuando se quiere crear un nuevo programa no se parte casi nunca de cero, pues esto supondría un enorme y costoso trabajo. Lo más habitual es partir de un programa ya existente, en el cual se realizan las modificaciones necesarias para obtener la nueva funcionalidad que se pretende conseguir. Además, dichas modificaciones suelen hacerse utilizando también un lenguaje informático ya existente, normalmente el mismo empleado por el programa del que se parte.
Salvando todas las lógicas y elementales diferencias, podemos decir que esto mismo ocurre, poco más o menos, en el campo de la evolución biológica. Debido a los cambios que se producen en el medio ambiente y en los ecosistemas, la evolución necesita ir creando constantemente nuevas especies que se adapten mejor a cada nueva realidad. Pero crear una especie partiendo de cero sería, desde luego, del todo impensable. Para hacerlo se necesitaría un tiempo, en el mejor de los casos, de varios miles de millones de años. Y esto sin contar con que, para entonces, el medio ambiente ya habría vuelto a cambiar otras tantas e innumerables veces.
La única posibilidad de que dispone, por tanto, la evolución para crear una nueva especie consiste en partir de una ya existente y modificarla para conseguir en ella la funcionalidad que desea obtener. Y la única forma que tiene de hacer que esta modificación sea efectiva y permanente es alterar el genoma de la especie, su material genético, es decir, el equivalente a su programa informático. Además, para ello debe emplear el mismo lenguaje de programación que utilizan todos los seres vivos, el llamado código genético.
Dicho código es, hasta cierto punto, bastante simple. Se basa en el uso de tan sólo cuatro letras, con las que se consigue escribir un total de veinte palabras diferentes, todas ellas de sólo tres letras. Utilizando este reducido conjunto de palabras es posible, sin embargo, formar un número incalculable y casi infinito de frases, siempre de diferente longitud, complejidad y significado.
Si analizamos la estructura de la molécula que constituye nuestro genoma, el ADN, vemos que dicha molécula es una larga cadena donde, en efecto, cada eslabón incorpora una de cuatro bases posibles, comparables a cuatro letras. Y cada tres bases consecutivas de esta cadena forman el equivalente a una palabra, cuyo significado se traduce en un determinado aminoácido, de un conjunto de veinte utilizado por todos los seres vivos. De este modo, cuando en la célula se realiza la lectura de un gen, es decir, el fragmento de ADN equivalente a una frase, a cada tres bases se une, de cierta forma, su aminoácido correspondiente. Y en ese instante los respectivos aminoácidos se encadenan entre sí para formar una determinada proteína. A partir de ahí, son las proteínas, siendo las moléculas fundamentales de la vida, las que se encargan de conformar, organizar y regular el funcionamiento de las células. Y, con ello, de configurar también la compleja y detallada arquitectura de todo el organismo.
Por tanto, a la evolución le basta simplemente con cambiar unas pocas letras en nuestro genoma para crear una nueva secuencia de palabras, formar una frase diferente a la anterior y dar lugar a una nueva proteína. Y esta proteína, juntamente con muchas otras, será capaz de generar, de forma predeterminada, todo un conjunto diverso e inimaginable de nuevos procesos metabólicos, de nuevas estructuras, de nuevos órganos y de nuevas funcionalidades para la especie. Es decir, con apenas unos cambios relativamente sencillos, la evolución es capaz de crear una especie diferente de la anterior. Y además, si esos cambios son los adecuados, mejor adaptada al medio ambiente existente en ese momento.
En los seres pluricelulares, no obstante, es posible encontrar también, además del código genético, otros lenguajes de programación que actúan de forma complementaria y que pueden ser igualmente utilizados por la evolución para crear nuevas especies.
Es lo que ocurre, por ejemplo, gracias al sistema endocrino u hormonal. Las hormonas son un tipo de moléculas, liberadas por ciertas glándulas, que al llegar a otros tejidos u órganos actúan sobre ellos provocando una determinada respuesta en su nivel de actividad. Así, mediante la simple liberación de una determinada hormona, en un cierto momento y en una cierta cantidad, es posible definir todo un conjunto de características propias del organismo. Por ejemplo, algunas de las relativas a su crecimiento y desarrollo y, por tanto, responsables de la configuración de su estructura corporal.
Pero también pueden definir otro tipo de características, menos estructurales, como la conducta. Esto sucede, por ejemplo, con la oxitocina, una hormona que en algunas especies influye en el grado de sociabilidad que presentan los individuos. En dichas especies, basta una pequeña alteración en la producción de esta hormona para hacer que los individuos pasen de llevar una vida solitaria a llevar una vida eminentemente social, o viceversa, cambiando por completo sus hábitos de vida. Y lo mismo se puede decir de otras hormonas que, de igual forma, determinan diversos tipos de conducta como, por ejemplo, el grado de actividad física, el tipo de respuesta ante un peligro, la época de inicio de la reproducción o las condiciones en que ésta se realiza.
De modo que si los cambios en la conducta producidos por una diferente producción de hormonas son lo suficientemente importantes y persistentes, el resultado puede ser, al final, la creación de una nueva especie de características diferentes a la anterior.
Esto significa que, utilizando las hormonas y su particular lenguaje de programación, la evolución tiene por tanto la posibilidad de crear nuevas especies ya sea modificando la estructura física del organismo, sus características metabólicas o incluso, también, su conducta. Y además puede crear estas especies de forma bastante rápida y sencilla, pues sólo necesita modificar la cantidad y proporción de unas hormonas que la especie inicial produce, ya de por sí, de forma regular.
Pero si hablamos de posibles cambios en la conducta, es inevitable referirnos también a otro lenguaje de programación, con un particular desarrollo en algunas especies como la nuestra, como es la cultura. En términos biológicos, se entiende como cultura la transmisión regular de información y de comportamientos aprendidos de unos individuos a otros. Por ello, si en un determinado momento se produce una alteración significativa en la información que se transmite de una generación a la siguiente, es decir, en la cultura, pueden originarse cambios importantes en el comportamiento de los individuos de la nueva generación. Y si estos cambios permanecen en el tiempo, juntándose a ellos quizás algunas otras alteraciones a nivel fisiológico, el resultado final puede ser igualmente la creación de una nueva especie.
Un ejemplo de este particular proceso lo encontramos en las orcas, una especie de cetáceo en la cual, en la actualidad, es posible diferenciar a nivel mundial varias poblaciones independientes. Dichas poblaciones, que en este momento muestran ya algún grado de diferenciación genética entre sí, podrían haber comenzado a divergir, tiempo atrás, simplemente por el hecho de haber adoptado unos determinados hábitos de comportamiento. Concretamente, los referidos al tipo de estructura social y de alimentación. Estos hábitos, que en un inicio eran incipientes y reversibles, en este momento se han convertido en distintivos y característicos de cada una de las poblaciones. Y debido a ello, estas poblaciones pueden ya considerarse, según muchas opiniones, como especies diferentes.
Pero también podemos hablar, por supuesto, de un ejemplo mucho más cercano a nosotros, como es nuestra propia especie. Como es sabido, desde hace unos milenios es posible distinguir, en todos los grupos humanos primitivos, poblaciones dedicadas a la caza y la recolección y poblaciones dedicadas a la agricultura y la ganadería. Dichas poblaciones, con modos de vida muy diferentes entre sí, en realidad difieren únicamente en el tipo de cultura que han adoptado sus individuos. Por tanto, en teoría, podríamos pensar que si estas diferencias culturales se acentuasen con el tiempo y se acompañasen de determinados cambios fisiológicos, dichas poblaciones podrían empezar también a divergir evolutivamente. Y de esta forma, en un futuro remoto, caso perduren, podrían dar lugar igualmente a especies diferentes.
Por tanto, utilizando el lenguaje proporcionado por la cultura la evolución puede también crear nuevas especies. Y además, considerando la rapidez y la facilidad con la que pueden cambiar las ideas y, por consiguiente, la propia cultura, podemos pensar que, utilizando este particular lenguaje de programación, la evolución tiene la capacidad de crear nuevas especies aún más rápidamente que con otros lenguajes. O, como mínimo, de dar inicio mucho más rápidamente a ese proceso.
De cualquier forma, debemos tener en cuenta que todos estos lenguajes accesorios, como las hormonas o la cultura, dependen siempre, en último término, del propio código genético. Los cambios en la producción de hormonas, si son permanentes, se deben siempre a cambios en el genoma, que es el que determina las características de los órganos que las producen. Y son también los genes, del mismo modo, los que determinan la mayor o menor capacidad de las redes neuronales para almacenar y transmitir conocimientos, pudiendo o no generar culturas, aunque luego estas últimas escapen al ámbito de su acción directa. Así, podemos decir que todos estos lenguajes complementarios actúan, en realidad, amplificando y multiplicando en cascada el efecto de unos cambios, en ocasiones mínimos, que se producen en el código genético.
Aunque también es cierto, por otra parte, que los cambios producidos por estos lenguajes pueden exponer a los individuos a nuevos ambientes y a nuevas relaciones con otros seres vivos. Y con ello se estará proporcionando también a la especie la oportunidad de seleccionar nuevos cambios en su genoma, en su código genético, para adaptarse a las nuevas circunstancias creadas por ellos.
En definitiva, la evolución crea nuevas especies siempre a partir de otras ya existentes realizando pequeñas alteraciones en su código genético. Pero puede crearlas más rápidamente si utiliza además el lenguaje proporcionado, por ejemplo, por las hormonas. O incluso más rápidamente si utiliza, de forma parecida, el lenguaje proporcionado por la cultura.
Ahora bien, teniendo en cuenta que con la utilización de estos lenguajes accesorios o complementarios se pueden crear especies más fácil y rápidamente, podemos esperar entonces que la propia evolución, en alguna medida, favorezca a las especies que creen y desarrollen dichos lenguajes, especialmente si éstos son fáciles de utilizar y más susceptibles de ser modificados.
La razón de esto es que las especies que los posean conseguirán adaptarse más rápidamente a cualquier nuevo tipo de ambiente. Necesitarán apenas unos pocos cambios en su genoma, adecuadamente amplificados por estos otros lenguajes, para conseguir la adaptación deseada. Por el contrario, aquellas especies que no los posean necesitarán realizar muchos más cambios en su genoma para alcanzar el mismo grado de adaptación. Por tanto, tardarán más tiempo en adaptarse al medio y posiblemente, debido a ello, serán fácilmente superadas por las primeras.
Debe considerarse, sin embargo, que la rapidez en la adaptación al medio también depende de otros varios factores. Por ejemplo, de la velocidad con que la especie se reproduce y crea nuevas generaciones. Esto es así debido a que los cambios en el genoma, las mutaciones, se deben en gran parte a los errores aleatorios que inevitablemente se producen cuando, durante la división celular, el genoma crea una copia de sí mismo. Por tanto, si una especie se reproduce más rápidamente y crea más copias de su genoma en un mismo periodo de tiempo, podrá sufrir más mutaciones y tendrá también más posibilidades de obtener aquellas que puedan resultarle favorables.
Otro factor igualmente importante, en este sentido, es la capacidad de intercambiar genes con otros individuos. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con la reproducción sexual o con la transmisión de material genético propia de algunos organismos unicelulares. Gracias a este tipo de intercambios resulta mucho más fácil y rápido crear nuevas combinaciones de genes y, con ello, es más probable obtener, al azar, combinaciones que sean más propicias para el individuo y su descendencia.
Así, en resumen, podemos decir que la evolución probablemente favorecerá a las especies que presenten, a un mismo tiempo, una mayor capacidad para sufrir cambios, una mayor velocidad para conseguirlos y una mayor facilidad para transmitirlos entre individuos.
Aunque lo cierto es que esto no será siempre así, ni mucho menos. En realidad, la facilidad para crear rápidamente nuevas especies sólo resulta favorable durante el transcurso de un proceso evolutivo, cuando es necesario adaptarse a un medio y a unas condiciones que antes no existían. En un medio ambiente completamente estable, de características inmutables, la evolución podrá actuar justamente en sentido contrario. Es decir, podrá favorecer la ausencia de cambios y, con ello, a las especies que presenten una mayor resistencia a sufrirlos.
De hecho, hay que tener en cuenta que todos los cambios y mutaciones, que son siempre resultado del azar, sólo de forma excepcional llegan a ser favorables. En la gran mayoría de los casos únicamente generan individuos defectuosos que suponen, en realidad, un elevado y pesado coste para la especie. Por tanto, en términos generales, poseer una mayor facilidad para sufrir cambios suele suponer una clara desventaja.
Y lo mismo puede decirse de los lenguajes complementarios. Incluso durante el transcurso de procesos evolutivos, cuando existe un claro interés en sufrir nuevos cambios, estos lenguajes pueden también suponer, en muchos casos, una cierta desventaja. Esto es debido a que los órganos que son necesarios para desarrollar estos lenguajes representan siempre un importante coste energético y estructural para el organismo. Por tanto, si los beneficios que aportan en un determinado momento no son superiores a los costes, la evolución podrá tender a reducir o eliminar esos órganos, acabando con todos los lenguajes asociados a ellos.
Así, podemos concluir que existe siempre un difícil y complejo equilibrio, en todos los seres vivos, entre poseer una mayor o una menor capacidad adaptativa. Algo que se traduce, por ejemplo, en tener una mayor o menor facilidad para sufrir cambios o un mayor o menor interés por desarrollar otros lenguajes. Prueba evidente de todo esto es el hecho de que en la naturaleza coexisten aparentemente todo tipo de especies con todo tipo de estrategias diferentes. Podemos encontrar, para cualquier situación, especies con mayor o menor capacidad para cambiar, con mayor o menor rapidez para hacerlo y con mayor o menor facilidad para transmitir esos cambios.
A pesar de todo, sin embargo, si contemplamos en su conjunto toda la diversidad de seres vivos que existe en nuestro planeta, podemos decir que la evolución parece presentar una tendencia creciente para crear nuevas especies de forma cada vez más rápida y acelerada. Entre otras razones, desde luego, porque dispone cada vez de un mayor número de especies, cada vez más diversas y variadas, de las que poder partir para modelar sus nuevas e inigualables creaciones. Por eso, es posible afirmar que la evolución camina, de forma inevitablemente acelerada, hacia una siempre creciente y más admirable perfección.
23/12/24
La mal disimulada tiranía mundial
Todos nosotros vivimos bajo el yugo insoportable de la tiranía. Esto es así a pesar de que la mayoría de las veces, llevados quizás por un absurdo e irreductible optimismo, no queramos admitirlo. O a pesar de que, en otras ocasiones, no seamos total y plenamente conscientes de ello. En todo caso, lleguemos a aceptarlo o no, resulta innegable que, de una forma o de otra, todos estamos sometidos al cruel dominio de esta indigna y despreciable forma de gobierno, que anula por completo nuestra libertad, arruina nuestras vidas y somete vilmente nuestra voluntad.
Sin embargo, pese a hallarnos en tan triste y lamentable situación, en ningún modo debemos dejarnos caer por ello en el desánimo. Ni tampoco abandonar nuestros pensamientos a una siempre estéril y melancólica fatalidad. Al fin y al cabo, la tiranía es una de las formas de gobierno más habituales y con más tradición en todo el mundo. En todas las épocas ha habido siempre tiranías de todo tipo y para todos los gustos. Los pueblos del mundo, eternas víctimas de esta forma de gobierno, en ningún momento han llegado a ser desatendidos por sus crueles opresores ni han podido quejarse, por tanto, de una posible falta de infelicidad, de injusticia o de sufrimiento.
Y es que vivir bajo una tiranía es, en realidad, bastante fácil. Basta con poner al frente del poder a un individuo cualquiera, el más tonto si es necesario, y dejar que gobierne de forma despótica, sin ninguna contestación posible. Es cierto que en épocas antiguas se consideraba que un tirano no necesariamente era un mal gobernante y que, en ocasiones, incluso podía ser útil para resolver una situación de extrema gravedad. Pero la verdad es que, desde sus mismos inicios, la tiranía se ha asociado siempre con una forma de gobierno cruel, corrupta y despiadada. Y los tiranos de todo el mundo, con gran empeño y dedicación, se han esforzado en todo momento para que tal imagen se corresponda fielmente con la realidad, reprimiendo siempre cualquier posible escrúpulo moral que pudiesen tener.
Hay que reconocer, por otra parte, que vivir bajo una tiranía es también, hasta cierto punto, bastante cómodo. Bajo esta nefasta forma de gobierno los ciudadanos no tienen que preocuparse prácticamente por nada. No deben molestarse, por ejemplo, en discutir la idoneidad de las leyes, en debatir las medidas de gobierno, en elegir a los cargos públicos, en velar por la adecuada aplicación de las normas o en defender la justicia y la equidad social. Pero, claro, también tiene sus pequeños inconvenientes. En una tiranía es muy probable, por ejemplo, vivir en una miseria permanente, pasar hambre, ser explotado, esclavizado, torturado o asesinado, entre otras muchas cosas desagradables.
De cualquier forma, el rasgo que quizás mejor caracteriza a una tiranía, al margen de cualquier época o circunstancia particular, es que en ella las personas no pueden decidir nada acerca de sus vidas ni tampoco sobre las condiciones en que transcurre su existencia. No pueden en ningún momento dar solución a los problemas que las afectan, preocupan o amenazan, por más terribles o angustiosos que éstos sean. Por el contrario, lo más probable es que dichos problemas no dejen de aumentar, llevando a menudo a sus víctimas al borde mismo del desfallecimiento físico o moral. Es decir, bajo una tiranía las personas no pueden decidir nada sobre sus vidas, no pueden solucionar ninguno de sus problemas vitales ni tampoco pueden evitar que éstos se agraven.
Siendo así, atendiendo a estas tres simples características, tenemos que concluir, rindiéndonos a toda evidencia, que nuestras vidas y nuestros sistemas de gobierno se corresponden de forma casi perfecta con una vulgar y odiosa tiranía. No cabe la menor duda. Es evidente que ninguno de nosotros tiene el poder suficiente para decidir sobre muchos de los aspectos fundamentales que afectan a nuestras vidas. Tampoco tenemos ninguna capacidad real para enfrentarnos a aquellos problemas que, por desgracia, amenazan nuestra supervivencia. Y por último, está claro que no poseemos ni la más remota esperanza de poder evitar que dichos problemas crezcan y se multipliquen en el futuro.
Debemos aceptar, por tanto, que en todo momento hay siempre alguien que decide por nosotros y, por lo general, también en contra de nosotros, determinando cómo debe ser nuestra vida o, en último término, cómo debe ser nuestra muerte. Y si sobre esto existiese alguna duda, basta con citar algunos simples ejemplos, cada uno de ellos, si cabe, de mayor gravedad que el anterior.
Para empezar, es evidente que todos nosotros sufrimos los graves y terribles efectos provocados por el cambio climático, un problema causado por la continua y desmedida utilización de combustibles fósiles. Todos nosotros nos vemos sometidos, cada vez en mayor medida, a tremendas olas de calor, a sequías persistentes, a fenómenos atmosféricos violentos, a inundaciones devastadoras, a incendios sobrecogedores o a la progresiva e imparable desertificación de nuestras tierras. Debido a ello, muchas personas en el mundo sufren o sufrimos ya la miseria, el hambre, la sed, las migraciones forzosas, las guerras, las enfermedades o, por último, la muerte.
Sin embargo, a pesar de ello, a pesar de la enorme magnitud de esta terrible tragedia que azota nuestras vidas, lo cierto es que ninguno de nosotros puede llegar a impedir o solucionar este angustioso problema. Ninguno de nosotros puede decidir, en ningún momento, poner fin a la emisión masiva de gases de efecto invernadero a nivel mundial. En una cuestión tan importante, de la que tan directamente dependen nuestras vidas, hay siempre alguien que nos impone su voluntad y decide por nosotros. Hay siempre alguien, una persona, un grupo, una empresa, un país, un conjunto de países o todos ellos a la vez, que nos impide poner fin a esta descomunal catástrofe. Hay siempre alguien, por tanto, que decide de forma tiránica sobre nuestro propio destino, sobre nuestra vida y también, especialmente, sobre nuestra muerte.
Y aunque los ciudadanos de uno o varios países del mundo, en las naciones más libres y afortunadas, se uniesen para detener sus propias emisiones de gases contaminantes, no por ello conseguirían solucionar el problema. Pues, como es evidente, en modo alguno podrían impedir que otros países continuasen, o incluso aumentasen, su siempre desmedida y abusiva producción de estos gases. Es decir, en relación a este asunto, nos es del todo imposible evitar que la forma en que vivimos o, cada vez más, la forma en que todos nosotros morimos nos sea tiránicamente impuesta.
También resulta indiscutible, siguiendo con otro ejemplo, que los mares y los océanos de todo mundo están cada vez más contaminados, alterados y depauperados. Los recursos marinos, utilizados desde siempre en la alimentación humana, son cada vez más escasos y se presentan cada vez más envenenados.
Y tal como en el caso anterior, por mucho que determinados países optasen por dejar de verter sustancias tóxicas al mar o de acabar con la sobreexplotación de los recursos marinos, ni estos países ni sus ciudadanos tendrían forma alguna de solucionar la progresiva e irreversible muerte de nuestros mares. Porque nada impediría, desde luego, que otros países continuasen agravando cada vez más el problema. Ni tampoco que los grandes destructores del medio marino se desplazasen de un país a otro, burlando cualquier prohibición, para poder continuar con su actividad devastadora. Por tanto, es evidente que la forma en que se destruyen nuestros mares también nos es impuesta por la fuerza, de una manera arrogante, despreciable y tiránica.
Nada decidimos, ni tampoco nada podemos decidir, sobre otras muchas cuestiones de las que igualmente dependen nuestras vidas y nuestra propia supervivencia. Nada podemos hacer, por ejemplo, para evitar la contaminación y los residuos generados por la industria nuclear de determinados países, ni para evitar la destrucción de las selvas tropicales que constituyen nuestras más valiosas reservas de biodiversidad, ni para evitar las sucesivas e interminables guerras provocadas por las grandes rivalidades financieras y los inconfesables intereses de la industria del armamento, ni tampoco para evitar la explotación desmedida y generalizada de todo tipo de recursos naturales, ya sea por parte de los países más ricos o por parte de grandes entidades multinacionales. Nada podemos hacer respecto a todos estos problemas de ámbito y escala mundial que tan gravemente amenazan nuestras vidas. En todos ellos, sin excepción, somos vilmente ignorados, ninguneados y tiranizados.
Es fácil concluir, a través de estos ejemplos, que, aun viviendo en un país modélico donde nuestras decisiones cuenten para algo, en el mismo momento en que intentamos proyectarnos más allá de nuestras fronteras nuestro poder de decisión desaparece por completo y se hace del todo inexistente. Así, en una época como la nuestra, donde los problemas generados por la sobreexplotación, la contaminación y la destrucción de los recursos naturales sobrepasan cualquier frontera o límite territorial, es evidente que nunca tendremos la más mínima oportunidad ni el poder necesario para defender nuestras vidas.
De hecho, las odiosas y múltiples tiranías a que nos enfrentamos se mueven claramente, desde hace ya bastante tiempo, al margen de cualquier división territorial, siguiendo libremente la difusa estela del capital internacional, en la cual los países son meras formalidades, piezas sin valor en un enorme dominó pronto a ser derribado en cascada.
Así, la única opción que tenemos para poder luchar por nuestras vidas pasa necesariamente por superar cualquier limitación impuesta por las fronteras y jurisdicciones territoriales existentes. Es necesario que nuestro poder de decisión se extienda, con la fuerza suficiente, en un ámbito de alcance y extensión mundial, sin ningún tipo de fronteras, de igual forma que lo hacen ya las tiranías que pretendemos derrotar.
Al afrontar este arduo y difícil objetivo, debemos recordar que, a pesar de todo, tenemos a nuestra disposición algunas modestas herramientas que quizás puedan facilitarnos el camino. Estas herramientas son, básicamente, la diplomacia y los tratados internacionales. No se puede negar que, en la actualidad, existe un gran número de acuerdos internacionales con los que se intenta dar solución a algunos de los más graves problemas que nos amenazan. Se pretende con ellos, por ejemplo, proteger algunos de los más importantes recursos mundiales, resolver las necesidades más apremiantes de ciertos países y regiones o incluso, de un modo muy general, asegurar determinados derechos y aspectos fundamentales de los que depende el bienestar y la supervivencia del conjunto de la población mundial.
Sin embargo, los resultados conseguidos por ellos son casi siempre, por desgracia, bastante escasos, insuficientes e ineficaces. Esto es así, para empezar, debido a que estos acuerdos no son firmados por todos los países, no son cumplidos por todos aquellos que los firman y, además, tampoco hay una forma clara de exigir su debido cumplimiento, ni a los países que no los respetan ni a aquellos que los ignoran desde un principio.
La única solución realmente efectiva para resolver todos los problemas a que nos enfrentamos consistiría, sin duda alguna, en la creación de un gobierno y de una gobernanza de orden mundial. Es necesaria la existencia de una poderosa institución internacional que, representando de forma justa a todos los ciudadanos y países del mundo, consiga elaborar, aplicar y hacer cumplir una legislación de ámbito y alcance universal.
Es cierto que, en este momento, la Organización de las Naciones Unidas y sus respectivas agencias suponen un claro intento de crear, de alguna forma, este tipo de gobernanza. Pero, por desgracia, sus casi siempre loables propósitos acaban inevitablemente por reproducir los mismos defectos y tensiones ya existentes, las mismas estructuras de poder, la misma dominación y los mismos abusos, especialmente en relación a los pueblos más desfavorecidos.
De cualquier modo, debemos ser conscientes, ya desde un principio, de que con la existencia de un gobierno mundial tampoco se acabarían definitivamente todos nuestros problemas. Porque, desde luego, siempre existiría el peligro de que dicho gobierno, al margen de sus posibles éxitos o fracasos, acabase también por convertirse en una clásica y tradicional tiranía de las de toda la vida. Nada puede asegurarnos que la omnipresente tiranía, un modelo de dominación tan cultivado a lo largo de toda la historia, no consiguiese apoderarse también, en último término, de un tan apetecible gobierno de ámbito y escala mundial.
En definitiva, aunque para muchos de nosotros nuestra supervivencia se vea ya amenazada en nuestro propio país, dentro de nuestras propias fronteras, por la existencia de una cruel y odiosa tiranía de ámbito local, resulta innegable que todos nosotros, independientemente del país o del lugar del mundo en que vivamos, nos hallamos siempre sometidos, en contra de nuestra voluntad, al indigno dictado de una omnipresente, múltiple y despreciable tiranía de ámbito internacional. Todos nosotros somos, por desgracia, súbditos, esclavos y víctimas de una mal disimulada tiranía mundial. Y con ella, tal como bajo cualquier otro tipo de tiranía, no existe ningún futuro para nosotros.
1/4/24
¿Para qué sirve una especie?
Aquel día la intervención quirúrgica, aparentemente sencilla y sin complicaciones, no transcurrió exactamente como se esperaba. El paciente en cuestión, la sufrida víctima, era, por otra parte, una persona excepcional, fuera de lo común. Se trataba de un famoso economista, muy ilustre y distinguido, autor de numerosos tratados de gran éxito sobre el complejo mundo de las finanzas internacionales. Debido a sus grandes y destacados méritos era unánimemente reconocido en todo el mundo como una de las mentes más brillantes de su generación. Y la verdad es que, quizás precisamente por eso, cuando entró en el quirófano, empujado sobre una vieja, endeble y chirriante camilla, tal vez debería haberse extrañado de algunas de las cosas que vio.
Debería haber desconfiado, por ejemplo, del hecho de ver al cirujano vestido de una forma un tanto peculiar. Podríamos decir, incluso, que bastante estrafalaria. Para empezar, llevaba una enorme nariz postiza de color rojo en medio de la cara. Su cabeza, tímidamente coronada por un pequeño y ridículo sombrero, estaba generosamente cubierta por una exuberante y desaliñada peluca de color remolacha. Vestía una enorme y divertida bata de topos multicolores que le cubría holgadamente todo el cuerpo, abrochada en su parte delantera mediante unos enormes botones, la mayoría de ellos extraviados, ocupando el ojal equivocado. Y lucía además en su solapa una despampanante flor amarilla, algo descuidada y marchita, sin aparentemente ningún rastro, pasado o presente, de olor perceptible.
No cabía duda de que el aspecto del cirujano era de lo más extraño, del todo imposible de pasar desapercibido. Sin embargo, en aquel momento, debido al creciente y entorpecedor efecto de la anestesia, el economista ya no conseguía pensar ni razonar de una forma que pudiese considerase mínimamente normal o coherente.
—De modo que tenemos que retirarle el apéndice –comentó distraídamente el cirujano en el momento mismo de empezar la operación, mientras se frotaba enérgicamente las manos–. ¿Es el apéndice derecho o el izquierdo? Bueno, no importa, le abro por la mitad y luego vemos –y sin pensárselo más, abrió al instante en canal al economista utilizando unas grandes tijeras de punta roma, mostrando en ello una sorprendente e inesperada habilidad.
—La verdad es que no me dijeron… si era el derecho o el izquierdo –acertó finalmente a balbucear el economista, completamente aturdido, mientras el cirujano se encontraba ya hurgando con ávida curiosidad entre sus entrañas.
—¿Sabe usted lo que le digo? –preguntó el cirujano al cabo de unos momentos, levantando de repente la vista y mirando al economista fijamente a los ojos–. Tiene usted todo el cuerpo lleno de órganos. Quizás sea éste el problema. Y me parece que están todos bastante desaprovechados. Si quiere mi opinión, a estos órganos hay que sacarles algún rendimiento, no puede tenerlos aquí parados, sin ninguna utilidad. Mire por ejemplo éste –y en ese instante, tras revolver con dificultad en su interior, extrajo del cuerpo uno de los riñones–. Puede venderlo a muy buen precio. Hay un mercado fantástico para estas cosas. Y además le queda el otro. ¿Qué digo? Lo mejor es que venda los dos, pues así le sale más a cuenta.
—En eso tiene razón, no se puede mantener ningún capital inactivo –respondió el economista, mucho más animado, de repente, al reconocer un tema de conversación tan grato para él–. Hay siempre un elevado riesgo de que se desvalorice. Y más cuando los mercados están en crisis, aunque últimamente haya algunos síntomas de recuperación. Pero, dígame, ¿no necesitaría conservar al menos uno de los riñones? ¿No son necesarios para alguna de esas cosas que hace el cuerpo?
—¿Necesarios los riñones? ¡Qué tontería! Conozco personas que viven sin ningún riñón y se sienten incluso mejor que antes. No tiene nada de qué preocuparse. No se hable más, le quito los dos ahora mismo. Pero, vamos a ver… ¿qué es esta otra cosa que tiene justo aquí en medio? ¿Será el hígado? –se preguntó el cirujano, entornando los ojos y adquiriendo por momentos en su rostro una expresión algo sombría y misteriosa–. Sí, bueno, supongo que debe serlo, creo yo. Pues mire, conozco una receta de hígado con ajo y salsa tártara que es de chuparse los dedos. Se lo voy a sacar también y ya verá luego lo fácil que es de cocinar. Así aprovecha toda esta cosa tan fea y blandengue que tiene aquí y deja además de estorbarnos a todos.
—Pues lo cierto es que el hígado es uno de mis platos favoritos, en eso acierta plenamente –asintió el economista–. ¿Con ajo, dice? Se nota que usted entiende. Seguro que debe ser una delicia. Casi que estoy deseando ya probar esa receta.
—Mire, le saco también el corazón, que está quitando sitio a uno de los pulmones. Así respirará mejor. Y al mismo tiempo le evitará tener cualquier tipo de enfermedades cardiacas en el futuro. Con esto reducirá en más de la mitad los gastos en salud, que tanto nos desequilibran a todos las cuentas. Observe, fíjese bien como se mueve –el cirujano sostenía ahora el corazón, todavía palpitante, en la palma de su mano–. ¡Qué gasto absurdo de energía! ¡Esto le estaba quitando todas las fuerzas al cuerpo! Sin él se sentirá mucho mejor. Aunque, hablando de pulmones, ya me dirá usted para qué quiere respirar. El aire está cada vez más contaminado. Créame, estos pulmones sólo le traerán disgustos. Se los quito y ya verá como me lo agradece. Sacará también un buen provecho de ello.
—¿Un buen provecho por los pulmones? ¿Cree usted que pueden revalorizarse a corto o medio plazo y rendir algún dinero?
—¿Dinero? No nos engañemos, los pulmones no valen nada. Por eso lo mejor es quitárselos de encima. En eso precisamente está el provecho. Pero olvídese ahora de los pulmones y vea con atención todo esto: aquí tiene el bazo, el páncreas, la vejiga y esa otra cosa que no sé muy bien lo que es. ¿Sabe para qué sirven? Pues si no lo sabe, me parece a mí que tampoco le hacen falta. Van fuera también.
—¡Cuánta razón tiene! Si no sé para qué sirven, ¿qué utilidad pueden tener? La verdad es que nunca en mi vida he oído hablar de ellos. Aunque, si he de ser sincero, yo fui muy poco a la escuela cuando era niño. Ya por entonces tenía claro que quería ser economista. Y ya sabe, para eso no hay que estudiar mucho.
—Quizás no se lo crea, pero yo tampoco he estudiado mucho para ser cirujano. Ah, pero veo que además tiene dos piernas y dos brazos, todo por duplicado. ¡Qué cosa tan anticuada! ¡Con toda la tecnología moderna y sofisticada que hay en la actualidad! Ahora fabrican unas magníficas sillas de ruedas que permiten desplazarse a todas partes mucho más rápido y sin necesidad alguna de andar. Y además, con todos los automatismos de la vida moderna, ¿para qué necesita los brazos? Ya de poco le sirven. Piense, por ejemplo, que sin ellos no tendría la necesidad de estar continuamente cortándose las uñas, con lo que ganaría un tiempo precioso para tareas mucho más productivas. Lo mejor sería quitárselo todo.
—Si usted lo dice, que así sea. Soy un firme defensor del progreso tecnológico. Y apoyo, desde luego, todo lo que signifique aumentar la productividad. Todos tenemos que contribuir con nuestro empeño personal y nuestro sacrificio en hacer más grande la economía. ¿Qué haríamos con una economía que no creciese continuamente? Es eso lo que nos mantiene con vida, lo que nos hace avanzar hacia el futuro.
—Pues no se diga más. Fuera entonces las piernas y los brazos. Aunque ahora, sin ellos, la verdad es que le será mucho más difícil mantener la cabeza en equilibrio sobre el cuerpo. Así que lo mejor será quitarla también. Además, como ya sabe, las personas sin cabeza trabajan mejor y son mucho más productivas. No pierden el tiempo cuestionándose en todo momento qué es lo que hacen. Y bien, ya que estamos puestos a eliminar cosas superfluas, le voy a quitar también todos estos huesos, como las costillas y la pelvis, que me parece que la tiene al revés, o quizás no. Y este intestino tan largo se lo reduzco o, mejor aún, se lo quito del todo.
—Si me permite el comentario, usted parece que entiende bastante de economía. Y además, es un excelente cirujano. Nunca me había sentido mejor que en este momento, tan ligero y al mismo tiempo tan pletórico de energía. Es como si de repente me hubiese convertido en un activo financiero, siempre sin ninguna base real pero capaz de absorber dinero de todo lo que hay a su alrededor. La verdad es que estoy ansioso por levantarme ya de esta mesa, salir del hospital y seguir contribuyendo con todo mi esfuerzo al crecimiento de la economía del país… Por cierto, antes de irme, hay una cosa que quería preguntarle: esa enorme nariz roja, ¿la tiene así desde siempre?
Cuando el cirujano acabó de sacar todos los órganos inútiles del cuerpo del economista, sobre la mesa de operaciones tan sólo quedaba el apéndice, el derecho, que en realidad se encontraba en perfecto estado. Así pues, no fue en absoluto necesario extirparlo. Por desgracia, sin pulmones, ni corazón, ni intestino, ni cabeza, ni hígado… es decir, sin ninguno de los órganos esenciales del cuerpo, el apéndice acabó por fallecer pocos días después. Y éste fue, sin más, de forma inesperada, el triste y fatídico final del famoso economista.
Aunque, desde luego, hay que reconocer que hasta en sus últimos momentos el economista fue una persona ejemplar y coherente con sus ideas. Murió de una forma casi heroica, defendiendo fielmente los grandes conceptos económicos que rigen nuestra época. Así, eliminar todos los órganos de su cuerpo por ser poco productivos y rentables desde un punto de vista financiero fue sin duda la mejor cosa y la más valiente que hizo en toda su vida.
Pensando por momentos en la trágica historia del prestigioso economista, es posible que quizás también nosotros, por breves instantes, nos hagamos la misma pregunta que él se hizo durante el trascurso de su accidentada operación, es decir: ¿para qué sirven realmente los órganos de nuestro cuerpo?
Esta cuestión, no obstante, poco tiempo podrá ocupar nuestro pensamiento, pues la respuesta resulta más que evidente. Es algo obvio: la finalidad de los órganos de nuestro cuerpo es mantenernos con vida. De eso no nos cabe la menor duda. Es verdad que quizás podamos sobrevivir algún tiempo sin uno de los riñones o sin algún otro órgano cuya función sea menos esencial, pero, básicamente, todos ellos son imprescindibles para que continuemos con vida y de perfecta salud. De modo que eliminarlos por puro capricho o por ignorancia, pensando que con ello no nos va a pasar nada, sería evidentemente un terrible y fatídico error.
Una vez que tenemos claro para qué sirven nuestros órganos, quizás nos resulte más fácil responder a otra pregunta, en apariencia más complicada y algo alejada de la anterior. La pregunta, concretamente, es la siguiente: ¿para qué sirve realmente una especie? Es decir, ¿para qué sirve cada una de las especies que ocupan y conforman la totalidad de los ecosistemas de nuestro planeta? ¿Para qué sirve, en definitiva, toda la maravillosa diversidad de seres vivos que existe en nuestro mundo?
Pues bien, aunque quizás pueda parecernos menos evidente, la respuesta es exactamente la misma que en el caso anterior. No cabe la menor duda: la finalidad de todas las especies que existen en el mundo es mantenernos con vida.
Esto es así aunque no siempre seamos plenamente conscientes de ello. O aunque muchas veces incluso finjamos o pretendamos ignorarlo por completo. En todo caso, lo que resulta innegable es que necesitamos mantener y conservar todas las especies existentes en nuestros ecosistemas para poder sobrevivir. Sin ellas, simplemente, no conseguiríamos continuar con vida.
Para entender esto con mayor claridad, podemos hacer un simple paralelismo con lo que ocurre en nuestro propio cuerpo. Sabemos que durante nuestro desarrollo embrionario nuestras células crecen, se multiplican y se diferencian para formar todos y cada uno de los órganos que configuran nuestro cuerpo. Y sabemos también, como ya hemos dicho, que, en lo fundamental, nos sería imposible vivir sin cualquiera de ellos.
Pues bien, de forma semejante, a lo largo de millones de años, durante el desarrollo evolutivo de la vida, los organismos se han ido multiplicando y diferenciando para dar lugar a cada una de las especies que en la actualidad conforman nuestros ecosistemas. Y de forma parecida a lo que ocurre con los órganos de nuestro cuerpo, todas las especies existentes son necesarias, en lo fundamental, para la supervivencia de dichos ecosistemas. Unos ecosistemas que, como conviene recordar, son precisamente los que nos mantienen con vida a nosotros y a la totalidad de los seres vivos.
Si eliminar uno de los órganos de nuestro cuerpo supone nuestra muerte inmediata, eliminar una de las especies de nuestro ecosistema supone, de igual forma, el camino directo a nuestra propia destrucción. El problema está, para nosotros, en la diferente percepción que conseguimos tener de ambos casos. Siendo el número de órganos de nuestro cuerpo muy limitado, nos resulta fácil comprender el efecto que tiene sobre nosotros eliminar cualquiera de ellos. Por el contrario, contándose por millares las especies que forman parte de nuestros ecosistemas, solapándose además muchas veces unas especies con otras en parte sus funciones, nos resulta extremadamente difícil comprender el efecto que puede tener sobre nosotros la desaparición de cualquiera de ellas. Sin embargo, ese efecto, por más difuso e intangible que nos parezca, es bien real. Y por desgracia, no se manifiesta de forma inmediata, sino que sólo conseguimos verlo con claridad pasado un cierto tiempo, a menudo de muchas generaciones.
En determinadas ocasiones, sin embargo, sí que nos es posible ver ese efecto con bastante rapidez, la suficiente como para entender, gracias a ello, su auténtica dimensión. Esto es así porque, tal como en nuestro cuerpo hay órganos absolutamente esenciales sin los cuales no podríamos sobrevivir ni siquiera un minuto, también en los ecosistemas hay determinadas especies, denominadas especies clave, sin las cuales todo el ecosistema se vendría abajo y desaparecería de forma casi inmediata. La falta de cualquiera de estas especies generaría un efecto en cascada que, en último término, acabaría por alterar alguno de los ciclos fundamentales propios del ecosistema, que se vería así afectado en su totalidad y condenado rápidamente a desaparecer.
Un ejemplo utilizado con frecuencia para ilustrar este tipo de especies es el castor, un animal que, mediante la paciente y laboriosa construcción de sus presas en los cursos fluviales donde vive, crea y mantiene en ellos un hábitat acuático muy particular que desaparecería de inmediato si dejase de pronto de existir la especie. También son claros ejemplos los grandes predadores terrestres, situados en lo alto de la cadena trófica, sin los cuales los herbívoros proliferarían hasta acabar con toda la vegetación existente, acabando en poco tiempo con todo el ecosistema. Y también lo son las especies arbóreas dominantes en un determinado tipo de hábitat, donde además puede pensarse que quizás también sean igualmente fundamentales los polinizadores de dichas plantas, los dispersores de sus semillas o los defensores contra sus plagas, sin los cuales, probablemente, todo el ecosistema desaparecería en poco tiempo.
A nosotros, dado nuestro corto tiempo de vida y nuestra limitada capacidad de comprensión, sólo nos es posible ver con claridad los efectos causados por la desaparición de las especies clave. Sin embargo, debemos ser conscientes de que todas las especies, cada una de ellas, son necesarias e imprescindibles para los ecosistemas. Y por tanto, también para nuestra propia supervivencia. No nos es posible prescindir de ninguna de ellas, por más insignificantes que nos parezcan. De hecho, son precisamente las especies más insignificantes, como pueden ser por ejemplo los microorganismos, los gusanos o las hormigas, las que suelen aportar una mayor cantidad de biomasa total, de materia viva, al ecosistema y ser por ello una pieza fundamental dentro de él.
Por otra parte, es también cierto que determinadas especies con una función ecológica muy semejante a otras podrían desaparecer sin tener quizás un efecto apreciable en el ecosistema. O que ciertas especies pueden estar a punto de desaparecer, por sí mismas, debido al propio proceso evolutivo, que actúa siempre a una escala de millones de años. Pero dichos casos, muy difíciles o casi imposibles de identificar por nosotros, deben ser entendidos como una excepción. Además, dichas especies poseen siempre por sí mismas, como cualquier otra, un importante y fundamental valor como reserva genética. Por tanto, el que haya especies esenciales para el ecosistema en un mayor o menor grado no significa que todas ellas, en lo fundamental, no sean siempre necesarias. Exactamente lo mismo que ocurre con los órganos de nuestro cuerpo.
Así, cuando oímos a falsos e ignorantes economistas afirmar que la naturaleza y las especies no son necesarias, que no sirven para nada y que lo mejor que podemos hacer es eliminarlas para sacar un buen provecho de ellas, para enriquecernos a su costa, no nos cuesta nada imaginarnos a esos mismos economistas tendidos sobre una mesa de operaciones. No nos cuesta nada imaginárnoslos bajo las luces del quirófano, inquietos, temblorosos, agitándose nerviosamente. O incluso completamente aterrorizados, de repente, al ver ante ellos, entre las sombras, a un cirujano con una gran nariz roja en la cara, una exuberante peluca de color remolacha y una divertida bata de topos multicolores cubriendo todo su cuerpo.
Y lo peor es que en ese momento, por mucho que quieran, no podrán quejarse de nada. Porque, de igual forma que el cirujano comenzará en seguida a sacar todos los órganos de sus cuerpos por no considerarlos necesarios, sabemos que dichos economistas tampoco dudarían nunca, llegado el caso, en ir sacando, matando y exterminando todas las especies existentes en nuestros ecosistemas, al tiempo que repiten solemnemente, en voz alta, sus grandes e incuestionables sofismas.
Por desgracia, sus locos y extravagantes desvaríos no les afectan sólo a ellos, sino que nos ponen en peligro a todos nosotros. Y el hecho de que en el mundo se sigan con tanta frecuencia, ciegamente, sus absurdos consejos, como ocurre en unos tiempos tan turbios y convulsos como los nuestros, es algo que nos llevará irremediablemente al desastre.
En el momento final, cuando sobre la mesa de operaciones sólo quede el apéndice, es decir, cuando en todo el ecosistema sólo quede nuestra propia especie, no debería admirarnos que, privados de todo sustento, acabemos finalmente por morir. Aun así, podemos estar seguros de que, incluso en esos instantes, no dejaremos de oír la voz de los grandes economistas, atrincherados en el solitario y triste apéndice, defender que la suya es la única y mejor opción, la más rentable. Y que lo demás son tonterías.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
