Mostrando entradas con la etiqueta filosofía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta filosofía. Mostrar todas las entradas
8/2/24
El triunfo de la infelicidad
La filosofía, desde sus mismos inicios, tuvo siempre como principal objetivo la búsqueda de la felicidad del ser humano. Por ello, diversas escuelas filosóficas de la antigüedad, como la escuela hedonista, la epicúrea o la estoica, trataron de desarrollar esa búsqueda estudiando diversos conceptos directamente relacionados con ella, como son el placer, la racionalidad o la virtud, al tiempo que teorizaban sobre el correcto equilibrio que debía existir entre ellos.
Lo que sin duda resultaba inconcebible para estos filósofos, tal como lo sigue siendo hoy en día, era pensar que en algún momento el ser humano renunciase, por su propia voluntad, a alcanzar la felicidad. Y mucho menos aún que se dedicase justamente a todo lo contrario, es decir, que buscase premeditadamente su propia infelicidad, que se esforzase al máximo por llevar en todo momento una vida lo más desgraciada posible. Y sin embargo, por extraño que parezca, esto mismo es lo que ha venido ocurriendo repetidamente, en mayor o menor medida, a lo largo de toda la historia. Aunque quizás no exactamente por propia voluntad de las personas, sino debido a una velada, perversa y sutil imposición.
Con el surgimiento de las grandes desigualdades sociales y la aparición de unas élites privilegiadas cada vez más poderosas, se hizo necesario controlar en todo momento la voluntad de la población. Para lograr este objetivo, la filosofía fue progresivamente eliminada y sustituida por las grandes religiones, con las que se buscaba dejar al pueblo reducido a la sumisión y la ignorancia, imposibilitado de realizar cualquier tipo de protesta o rebelión. Y como es lógico, con la desaparición de la filosofía y la implantación de este modelo, la ansiada y compleja búsqueda de la felicidad del ser humano acabó por ser definitivamente abandonada.
Pero no sólo eso, sino algo mucho peor. El ansia de dominación por parte de los más poderosos, siempre desmedida y sin límites, necesitaba llegar mucho más lejos. Era necesario que el pueblo, además de renunciar a su felicidad, se volviese por sí mismo contra sus propios intereses. Es decir, era necesario que las personas, siempre para único beneficio y provecho de los poderosos, pasasen a buscar activamente en sus vidas una continua, persistente y completa infelicidad.
Para conseguir este infame propósito las élites dominantes contaban con la valiosa ayuda de las grandes religiones, que no dudaron para ello, a partir de entonces, en ir penetrando lenta y sigilosamente en todos y cada uno de los aspectos de la vida de las personas. Su ambicioso objetivo era nada menos que conseguir la destrucción sistemática de las personas, la total desvalorización de sus vidas, la negación absoluta de su libertad y la completa aniquilación de su voluntad y su pensamiento. Y por desgracia, todos y cada uno de estos infames propósitos fueron logrados, sin excesivas dificultades, siguiendo un plan sistemático de tenebrosa e inigualable perversidad.
En primer lugar, era necesario destruir a las personas. Para conseguirlo, se obligó a todas ellas a creer que poseían en su interior un alma mágica, una sustancia inmaterial e intangible, de naturaleza inmortal. Y que esta alma era la única e indiscutible esencia de ellas mismas, de su propio ser y de su personalidad. Por tanto, su propio cuerpo, su real y auténtica persona, no era más que un simple, perecedero y despreciable recipiente destinado únicamente a ser usado por esa alma. Además, dicha alma, siendo mágica e inmortal, no pertenecía a las personas, sino que era propiedad de los dioses, quienes la habían creado e infundido generosamente en sus cuerpos para otorgarles la vida.
De esta forma, las personas ya no eran realmente ellas. Sus cuerpos no eran su propia persona. Y tampoco se pertenecían a sí mismas, sino a las deidades, a las que debían nada menos que la propia vida. Es decir, que sólo por el hecho nacer toda persona era propiedad de los dioses y estaba, además, en profunda y permanente deuda con ellos.
En segundo lugar, era necesario destruir la vida de la gente. Según los tenebrosos mandatos de la religión, el objetivo primordial de la vida de las personas debía ser, como ya se ha dicho, evitar la felicidad. Y esto porque, según los misteriosos preceptos divinos, contra mayor fuese el sufrimiento y el dolor padecidos en este mundo terrenal, mayor sería la recompensa que recibiría el alma, después de la muerte, en el mundo celestial. Las personas, por tanto, para alcanzar esa máxima recompensa, esa felicidad eterna, debían buscar en todo momento el sufrimiento y complacerse con él.
Aunque, como es lógico, no cualquier tipo de sufrimiento servía. El mejor era aquel que fuese más productivo y beneficioso para las clases dominantes. Así, el sufrimiento producido por la esclavitud, la sumisión al poder o la ciega obediencia a las élites era, por supuesto, el tipo de sacrificio que los dioses mejor y más generosamente recompensaban.
En tercer lugar, era necesario instaurar el terror. No es posible someter a las personas simplemente con promesas de futuras recompensas, pues eso no siempre funciona. La promesa de vivir para siempre, tras la muerte, en un mundo idílico y celestial, compartiendo la misma gloria de los poderosos, no es suficiente para asegurar una total obediencia de la población. Para conseguirla, lo primero que debe hacerse es castigar duramente a las personas que no obedecen. Pero, sobre todo, es necesario aterrorizarlas para que ni siquiera lleguen a pensar nunca en desobedecer.
Así, el castigo destinado para los rebeldes debía ser lo más contundente y ejemplar posible, incluyendo métodos violentos como la tortura y la muerte. Pero para conseguir el terror más absoluto era necesario inventar una amenaza aún más monstruosa y escalofriante. Y para ello precisamente se creó la fantasiosa idea del infierno, un lugar delirante y de pesadilla donde, tras la muerte, los rebeldes eran condenados a sufrir todos los días, por toda la eternidad, los más horribles y dolorosos tormentos.
En definitiva, desobedecer los sagrados mandatos de la religión y de los poderosos significaba, en primer lugar, morir de forma cruel y dolorosa. Y en segundo lugar, sufrir todo tipo de torturas horribles y espeluznantes durante un tiempo eterno e infinito. Nada mal como amenaza.
En cuarto lugar, era necesario destruir la sociedad. Las comunidades, como lugares destinados al libre desarrollo de las personas, debían desaparecer. Para conseguir este objetivo era necesario imponer unas leyes y unas normas que las corrompiesen y transformasen por completo. Algo relativamente fácil de conseguir, teniendo en cuenta que, gracias a la religión, los poderosos eran los intérpretes exclusivos de la voluntad de los dioses, su única voz autorizada. Por tanto, sus dictados eran al mismo tiempo un mandato divino que debía ser obligatoriamente seguido por todos. Siendo así, rebelarse contra las nuevas leyes impuestas por los poderosos suponía, al mismo tiempo, atentar contra los dioses, contra sus legítimos representantes y contra el nuevo orden social, cuya naturaleza pasó a ser celestial, inmutable e imposible de cuestionar.
En quinto lugar, era necesario esclavizar al pueblo. Siendo el mundo también una creación de los dioses, las personas debían agradecer en todo momento a las deidades el hecho de poder vivir en él. Y especialmente el poder disfrutar de todo aquello que el mundo proporciona y de los medios materiales que ofrece para permitir la subsistencia de los seres humanos.
Por esta razón, cualquier cosa conseguida mediante el propio trabajo y el esfuerzo se convertía de inmediato, de forma incuestionable, en una deuda hacia los dioses, a los que se debía pagar obligatoriamente el debido tributo. Y este tributo, por supuesto, era recaudado, utilizado y disfrutado por sus representantes en el mundo terrenal, es decir, por las clases sociales privilegiadas. Como es fácil deducir, con el establecimiento de esta abusiva norma, las personas fueron obligadas a trabajar durante toda su vida, sin descanso, para enriquecer aún más, siempre más, a los poderosos. Y sólo tenían derecho a quedarse con una mínima parte del resultado de su esfuerzo, aquella que les permitiese la más elemental subsistencia, o en ocasiones ni siquiera eso.
En sexto lugar, era necesario destruir el pensamiento. Para ello, los dioses, como entidades mágicas, debían ser omnipresentes y omniscientes, capaces de vigilar en todo momento cada una de las acciones e incluso cada uno de los pensamientos de las personas. De esta forma, la amenaza y el castigo de los dioses estaría constantemente presente en todos y cada uno de los ámbitos de sus vidas, anulando el más mínimo resquicio de libertad de acción o de pensamiento.
Además, esta constante vigilancia debía ser considerada como algo benéfico, pues siendo los dioses los creadores de la humanidad, debía aceptarse que ellos en todo momento procuran el bien de sus hijos y desean guiarlos por el buen camino. Los dioses, por tanto, eran merecedores de la misma obediencia y respeto debidos a un progenitor y desobedecerles era lo mismo que atentar contra los sagrados valores de la familia.
En resumen, considerando todo lo anteriormente expuesto, es posible decir que con la implantación de este terrible y opresor sistema las personas ya no eran personas. Ya no eran dueñas de sí mismas, ni de su trabajo, ni de sus tierras. No tenían libertad para actuar, ni tan siquiera para pensar. Su voluntad había desaparecido y había sido sustituida por los simples deseos y caprichos de los poderosos. Además, debían mostrarse agradecidas por verse reducidas a la esclavitud y poder seguir las leyes injustas impuestas por sus opresores. Y como si esto no bastase, su felicidad consistía ahora, de forma incuestionable, en buscar y lograr la mayor infelicidad posible.
Una vez sometido un pueblo a este perverso y abominable plan, a esta aterradora y demencial pesadilla, en modo alguno es fácil conseguir recuperar la libertad. Para ello es necesario, en primer lugar, que todo el mundo recobre su propia conciencia como persona. Pero también es necesario dejar de creer, de forma inequívoca y para siempre, en todas las mentiras de los poderosos, en sus dioses y sus religiones, en sus leyes y su orden social, en su mundo sin libertad ni derechos, en su futuro sin verdad ni conocimiento. Aunque, sobre todo, es necesario algo aún mucho más difícil: es necesario luchar para liberarse y lograr, además, sobrevivir a esa lucha.
10/1/24
El rapto de la filosofía
En aquel fatídico día, el aire entero retumbaba y se estremecía a cada pocos instantes ante pavoroso, cruel y ensordecedor rugido de los cañones. Era el mes de mayo del año 1453 y la inmortal Constantinopla, la antigua y gloriosa capital del imperio romano de oriente, se enfrentaba a sus últimas y postreras horas antes de caer definitivamente en manos del poderoso imperio otomano, que por aquellos instantes había iniciado el asalto final a la ciudad. En esos angustiosos y trágicos momentos, en medio del terror, la destrucción y la muerte, se cuenta que las más preclaras mentes de la ciudad, los más grandes intelectuales y filósofos, refugiados tras unas murallas que por instantes se desmoronaban hechas pedazos, tuvieron por bien reunirse para discutir una de las más importantes y urgentes cuestiones que, en aquella situación tan trascendental y decisiva, más preocupaba al conjunto de la población.
Y esta decisiva y apremiante cuestión, como es lógico suponer, no era otra que la siguiente: ¿será que los ángeles tienen sexo? Es decir, ¿será que las incorpóreas entidades celestiales propias de la mitología oriental son, en sí mismas, de naturaleza masculina o, por el contrario, carecen de esa o cualquier otra naturaleza? ¿Será aceptable pensar que estos imaginarios seres alados, que tan alegremente revolotean por los más sublimes espacios etéreos son, debido a su perfección, a su carencia de todo tipo de sentimientos y pasiones terrenales, seres privados por completo de género?
Pues bien, a pesar del enorme empeño demostrado en aquellos momentos por los eminentes y sabios filósofos, a pesar de la gran y deslumbrante complejidad de sus argumentos, de su elaborada e impecable dialéctica, de su admirable, perfecta y sutil oratoria, el resultado de la discusión, de forma incomprensible, acabó por no ser del todo concluyente. Así, cuando las gruesas y poderosas murallas de la ciudad finalmente se derrumbaron por completo ante el furioso e imparable ímpetu de los atacantes, el sexo de los ángeles continuaba siendo, tal como hoy en día, un misterio irresoluble.
Tan irresoluble como incomprensible puede parecernos ahora la razón por la que aquellos sabios, según se cuenta, dedicaron su tiempo a discutir una cuestión tan frívola, ridícula y anodina en un momento tan trascendental para la ciudad. Sin embargo, por más que nos resulte sorprendente, lo cierto es que en aquella época este tipo de debates absurdos no era en absoluto una excepción. Las discusiones más disparatadas, fanáticas y vehementes, las famosas discusiones bizantinas, eran de lo más común por aquel entonces, constituyendo el núcleo central de toda actividad filosófica y su principal razón de ser.
Ante episodios tan tristes y bochornosos como éste, nos vienen inevitablemente a la mente algunas preguntas. ¿En qué preciso momento, por aquellos lejanos tiempos, la filosofía dejó de preocuparse por las cuestiones del mundo real? ¿Cómo pasó a convertirse, de repente, en una interminable sucesión de acaloradas discusiones acerca de ideas simplemente etéreas e incomprensibles? ¿Por qué fue remplazada sin remedio por el cántico disonante y desafinado de una cohorte de falsos sabios cuyos intereses parecían corresponderse más con la pureza del ámbito celestial que con la realidad palpable del mundo terrenal? ¿Cómo es que, por aquel entonces, la auténtica y verdadera filosofía había desaparecido casi por completo? ¿Y por qué, por desgracia, sigue estando aún desaparecida, en buena medida, en los días de hoy?
La verdad es que si intentamos analizar esta cuestión con algún detalle, debemos concluir que ese momento de desaparición de la auténtica filosofía en realidad se dio mucho antes. Y de hecho, parece haber ocurrido no una sino repetidas veces, en diversos grados y circunstancias, a lo largo de toda la historia, casi desde los mismos inicios de nuestra civilización. Nada que deba extrañarnos en absoluto si pensamos que, admirados y odiados a un tiempo, los filósofos y sus enseñanzas siempre fueron las primeras víctimas en caer bajo los arrolladores y funestos intereses del poder y los poderosos.
No cabe duda de que, en cualquier época y lugar, mantener una situación de privilegio y de profunda desigualdad social es, en todos los sentidos, algo bastante incómodo para todas las partes implicadas. Los privilegiados, desde sus lujosos, relucientes y dorados palacios, se ven forzados a hacer toda clase de cosas desagradables, a veces crueles y despiadadas, en ocasiones incluso sangrientas, con tal de mantener todo su poder o de aumentarlo todavía más, siempre sin ningún tipo aparente de freno o mesura. Y las sufridas víctimas, con tal de sobrevivir a los continuos abusos de los poderosos, a menudo se ven forzadas a renunciar a su humanidad, a mostrarse serviles, a transigir, a dar la razón, a perdonar o incluso glorificar los actos de mayor crueldad de sus opresores, unos actos que, dentro de esa lógica perversa, reciben muy merecidamente.
El problema está en que no todas las víctimas se muestran siempre tan sumisas. En ocasiones algunas de ellas se rebelan, de una forma o de otra, contra el poder establecido. Y si se rebelan es porque, en cierta medida, tienen conciencia de la situación de servilismo y de esclavitud a la que injustamente son sometidas. Por tanto, el principal problema para el poder es precisamente el surgimiento de esa conciencia y su más peligroso y declarado enemigo no es otro que la filosofía, que inevitablemente la despierta, fomenta y desarrolla. Así, el poder y los poderosos no tienen otro remedio que atacar la filosofía, acabar con ella, aniquilarla y destruirla.
Aunque, en realidad, mejor que destruirla por completo, lo ideal es domesticarla y mantenerla bajo una férrea y estricta vigilancia. Lo más rentable para los oscuros intereses de los opresores es reducir la filosofía al mínimo y permitir que desarrolle únicamente aquellos campos de conocimiento que les resultan más útiles, aquellos que precisamente les ayudarán a aumentar y perpetuar aún más su dominio. Al tiempo que se impide, por supuesto, el desarrollo de cualquier otro tipo de saber capaz de proporcionar algún atisbo de libertad a sus víctimas.
Si se quiere acabar con la filosofía o simplemente domesticarla, lo mejor es, en primer lugar, estimular y potenciar toda la ignorancia que aún arrastramos dentro de nosotros, todo ese penoso lastre del que hasta ahora no hemos conseguido desprendernos. Pero también, siempre que sea posible, rescatar toda la ignorancia que ya habíamos dejado atrás y a la que, por pura sensatez, nunca deberíamos volver. Una vez conseguido ese objetivo, se hace necesario entonces consagrar e institucionalizar toda esa ignorancia de forma que sea imposible, en toda y cualquier circunstancia, poder escapar a ella.
Fue precisamente con este propósito que se crearon las grandes religiones, juntamente con todo su entramado de preceptos y costumbres inmutables, incuestionables y sagradas. Con ellas fue solemnemente entronizada, glorificada y consagrada la ignorancia. El conocimiento de la realidad fue sustituido por la obligatoria creencia en los fantasiosos e incoherentes preceptos divinos. Y la ética más elemental fue sustituida por la rígida sumisión a las normas dictadas por el poder religioso y la jerarquía social dominante. En algunas ocasiones, en un alarde de arrogancia, los propios gobernantes se erigieron a sí mismos en dioses. Pero con más frecuencia, ante la dificultad de ocultar su innegable condición mortal, se limitaron simplemente a instituirse como los máximos representantes e intérpretes de las divinidades. Por tanto, la obediencia a los poderosos no sólo era ya obligatoria como antes, sino que además pasó a convertirse en sagrada y, en consecuencia, del todo incuestionable.
El mundo y la realidad se deformaron a la medida del poder. La mayoría de las enseñanzas de los antiguos filósofos fueron destruidas, desterradas o bien recluidas en oscuras e inaccesibles bibliotecas. Y las pocas restantes, aquellas aún permitidas, fueron transformadas y corrompidas para adaptarlas a los indiscutibles axiomas del poder y los aberrantes postulados de las religiones. En esta nueva, falsa y domesticada filosofía, toda actividad intelectual se redujo a una interminable serie de absurdas elucubraciones, siempre estériles y sin sentido, como las ya referidas discusiones bizantinas. Y los filósofos fueron progresivamente marginados y sustituidos por dóciles sacerdotes, siempre dispuestos a ignorar la realidad y a alabar el poder.
No obstante, esta nueva situación ocasionaba también algunos lógicos problemas. Las enseñanzas de los sacerdotes, al generarse siempre a partir de creencias subjetivas e indemostrables, imposibles de ser contrastadas con la realidad, no coincidían casi nunca entre sí, ni era probable que pudiesen hacerlo. De modo que, para tratar de reducir esas divergencias, todos ellos eran obligados a acatar las sentencias de la más alta autoridad religiosa, sometiéndose de forma inquebrantable a la ortodoxia dominante.
Sin embargo, en ocasiones esas divergencias no desaparecían y se convertían, de repente, en algo más que puro fuego de artificio dialéctico. Debido a las continuas luchas por el poder, era frecuente que cada facción rival, levantada en armas, decidiese apoyar un determinado postulado religioso, desde ese momento irreconciliable y opuesto a todos los demás. De este modo, las luchas entre facciones opuestas se convertían en guerras de religión, responsables a lo largo de la historia de todo tipo de masacres y de actos atroces.
Por este motivo, la aparición de cualquier nuevo postulado al margen de la ortodoxia dominante era rápidamente combatida por el poder. Y fácilmente podía llevar a quien lo enunciase o defendiese a sufrir un castigo y una muerte violenta. El mismo tipo de condena que ya era aplicada a todo intelectual o filósofo que defendiese un principio científico incómodo para la religión y los poderosos.
A pesar de esta continua marginación, a pesar de todas las condenas, masacres, torturas y destierros, la filosofía siempre consiguió, no obstante, encontrar un camino para ir abriéndose paso a lo largo del tiempo. Sus avances incluso llegaron a cobrar un especial impulso en aquellos periodos históricos en que el poder se transformaba, es decir, cuando se gestaba un nuevo orden social y económico, un nuevo equilibrio de poderes. En esos momentos la filosofía incluso podía ser utilizada como un arma contra el orden anterior, con lo que de repente ganaba una inusitada protección y un enorme desarrollo. Su mirada solía volverse entonces hacia el pasado, hacia el mundo clásico, intentando retomar la actividad intelectual desde una época previa al oscurantismo de las religiones. Pero tal como era de esperar, pasados estos breves periodos, el nuevo poder dominante rápidamente reprimía de forma sangrienta gran parte de los avances conseguidos, especialmente los relacionados con los aspectos sociales.
En nuestra época más reciente, ante el continuo surgimiento de nuevos recursos y de nuevos poderes, se han ido sucediendo importantes avances y tremendos retrocesos, con guerras cada vez más crueles y destructivas. Debido a la creciente dificultad para seguir contraponiendo las fantasías con la realidad, se ha ido produciendo una progresiva pérdida de importancia de las religiones, aunque no siempre ni en todas partes. Pero a pesar de ello, con dioses o sin dioses, la visión del mundo sigue siendo muy parecida. Y la firme creencia en la sumisión a una jerarquía social dominante y en el obligado cumplimiento de sus normas sigue imperando en la actualidad.
Los mecanismos para imponer el poder son otros, pero igualmente efectivos. La realidad sigue siendo deformada para justificar el dominio absoluto del poder. Las víctimas siguen siendo obligadas a mostrarse obedientes y serviles con sus opresores. Las divergencias con respecto a la ortodoxia siguen siendo condenadas a la marginalidad y al fracaso. Y la rebelión sigue siendo combatida con la destrucción y la muerte.
La filosofía continúa domesticada, corrompida y cercenada, dominada en gran parte por una cohorte de sabios ocupada en la discusión de conceptos abstractos que no interesan a nadie. Y aunque no se debata sobre el sexo de los ángeles, sus discusiones continúan siendo igualmente inútiles y absurdas. Lejos de cuestionar el presente, los sabios actuales parecen complacerse en mirar hacia atrás y analizar, con exagerado rigor, todo el pasado de la filosofía, hundiéndose sin remedio en el polvo y las telarañas. Lejos de criticar la realidad, ignoran premeditadamente los avances conseguidos en el conocimiento o incluso llegan a relativizarlos, defendiendo supuestas verdades alternativas. Lejos de enfrentarse al poder, alaban un futuro prometedor que, de forma mágica, nos salvará de todos los males posibles, siempre sin necesidad de cambiar nuestros actos o la estructura de nuestras sociedades.
Sin embargo, tal como nos demuestra la historia, nada puede parar el avance del conocimiento. Y aunque la filosofía siga en buena parte raptada, sustituida por el culto al poder instituido, aunque nuestros oídos se ensordezcan cada día con continuas e insoportables alabanzas al mejor de los mundos posibles, siempre nos queda la remota esperanza, en nuestras más secretas ensoñaciones, de que en algún momento esos misteriosos y enigmáticos ángeles, sean del sexo que sean, bajen del cielo para salvarnos. Y que se lleven consigo, hacia los etéreos e impolutos reinos celestiales, a todos aquellos que quieren privarnos de pensar libremente.
13/12/23
La filosofía como el arte de conocer, pensar y actuar
En un día muy nublado, con el cielo presentando un aspecto sombrío y amenazador, lo más habitual es que antes de salir de casa nos asomemos a la ventana, observemos atentamente las nubes y extendamos la mano para comprobar si cae o no alguna gota de lluvia. En función de esta breve y sencilla observación, tomaremos seguramente una decisión y actuaremos de una determinada forma o de otra. Si en ese momento la lluvia que cae es débil o moderada, podemos simplemente dirigirnos al armario para coger un paraguas que nos evite mojarnos. Pero si llueve de forma cada vez más intensa, podemos optar por quedarnos en casa hasta que pase el mal tiempo. Y con esta simple decisión estaremos evitando el riesgo de contraer algún enfriamiento o resfriado, salvaguardando prudentemente nuestra salud. O en el peor de los casos, ante un posible recrudecimiento de la tormenta, podremos incluso estar evitando morir bajo la furia imprevisible y desbocada de los elementos.
Con esta simple y habitual rutina estaremos dando forma a la más fundamental de las premisas: obtener información del medio en que vivimos, comprender su significado y actuar en consecuencia para mejorar o preservar nuestra vida. Y a pesar de la aparente simplicidad de su enunciado, podemos decir que en esta premisa reside precisamente el propósito esencial y la razón de ser de todo nuestro pensamiento, de nuestra conciencia, de nuestra voluntad. Todo nuestro empeño en la vida se puede resumir, básicamente, en el cumplimiento de dicha premisa y en la continua y sucesiva ejecución de los tres principios fundamentales que se recogen en ella: conocer, pensar y actuar.
En consecuencia, podemos esperar también que la filosofía, como desarrollo intelectual de nuestro pensamiento, se centre en cada uno de estos tres principios fundamentales y labre sus diversos campos de estudio partiendo de ellos. En base a esta idea y atendiendo siempre a los tres principios antes referidos, podríamos dividir las ciencias filosóficas en tres grandes apartados: las ciencias naturales, que tienen por objeto obtener información del medio en que vivimos, las ciencias éticas, también identificables como ciencias sociales o comportamentales, que tratan de adecuar nuestras acciones a la mejora de nuestras condiciones de vida, y las ciencias formales, que nos capacitan para elaborar la información obtenida del medio y proyectarla adecuadamente sobre nuestras acciones.
Partiendo de esta división, podemos caracterizar brevemente cada uno de estos tres grandes apartados y reflexionar en alguna medida sobre cómo es tratado y abordado cada uno de ellos en la actualidad.
Comenzando por las ciencias naturales, debemos recordar que dichas ciencias, en su inicio, estaban plenamente integradas en el campo general de estudio de la filosofía. Sin embargo, debido al gran desarrollo que lograron alcanzar a lo largo de los últimos siglos, en gran parte debido a importantes avances técnicos, fueron independizándose progresivamente del resto de las ciencias filosóficas, acabando así por crear campos propios y especializados del saber como, por ejemplo, la física, la química, la geología o la biología.
Por desgracia, este enorme desarrollo, con la creación incluso de nuevas áreas especializadas dentro de cada una de ellas, ha ido llevando a las ciencias naturales a un progresivo aislamiento y a una pérdida de conexión con el resto de las ciencias filosóficas. Tanto es así que las ciencias naturales muchas veces se interpretan, en la actualidad, como ciencias completamente ajenas a la filosofía y al resto de sus ciencias, sin poseer ninguna relación directa o indirecta con ellas. Es decir, las ciencias naturales y la filosofía, en su generalidad, son vistas como saberes divergentes, ajenos o excluyentes.
La triste consecuencia de esta situación es que muchas veces el conocimiento y la información obtenidos mediante las ciencias naturales no son pensados ni aplicados en acciones que mejoren nuestra vida. En ocasiones, se emplean incluso en exactamente todo lo contrario, es decir, en empeorarla. Ya sea por simple ignorancia o inconsciencia, ya sea de una forma premeditada, estúpida e irreflexiva, lo cierto es que la información obtenida por las ciencias naturales a menudo se utiliza al margen o incluso en contra de cualquier tipo de principio ético. Y con esto, como es evidente, se rompe con la premisa fundamental que rige nuestra actividad intelectual, que queda así incompleta y carente por completo de sentido.
Cuando esto sucede, cuando las ciencias naturales se aplican para empeorar nuestras vidas, se convierten en anticiencia. Y no sólo constituyen una clara negación de nuestra conciencia y de nuestro pensamiento, sino que se convierten en un obstáculo para el desarrollo de nuestra vida. O incluso, en el peor de los casos, llevadas por el más ciego fanatismo, en enemigas directas de nuestra propia supervivencia.
Al abordar el apartado siguiente, el de las ciencias éticas, hay que considerar, antes de nada, que nuestras acciones responden a diversos mecanismos, por lo que conviene separarlas en al menos dos grupos diferentes. En primer lugar, están aquellas acciones que obedecen a mecanismos determinados genéticamente. Algunos de estos mecanismos son responsables de simples reflejos, de tipo involuntario. Pero muchos otros son responsables de acciones y conductas complejas, que afloran y se manifiestan en nuestra conciencia bajo la forma de sentimientos, impulsos o instintos. En segundo lugar, están aquellas acciones que obedecen a mecanismos elaborados por nuestra mente, sin una determinación genética directa, y que se desarrollan en nuestra conciencia bajo la forma de ideas y pensamientos.
La parte de nuestras acciones determinada por los genes, gobernada por tanto por nuestros sentimientos, impulsos o instintos, es estudiada por diferentes campos del saber. Al menos en parte de su ámbito y en algunos de sus aspectos, es tratada por ciencias como la antropología, la psicología o la estética. En cambio, la parte de nuestras acciones determinada por nuestra mente, basada en nuestras ideas y pensamientos, es estudiada por ciencias como la ética, la política o las restantes ciencias sociales.
Entre estas últimas, la ética se ocupa del estudio y la elaboración de normas para el comportamiento individual, mientras que la política o filosofía política se ocupa del estudio y la elaboración de normas aplicables al comportamiento de un grupo social. Por su parte, el estudio detallado de las leyes y de la justicia, de la organización equilibrada e igualitaria de las sociedades, de la economía real y productiva, de la historia y la evolución social, así como de muchas otras áreas relacionadas con diversos aspectos del comportamiento de los grupos humanos, dan su forma y completan el conjunto de las diferentes ciencias sociales.
De igual forma que el aislamiento de las ciencias naturales con respecto a las ciencias éticas conduce a las primeras al abismo de la anticiencia, también podemos observar este mismo fenómeno en sentido contrario. Moviéndose ambos tipos de saberes en mundos cada vez más separados y excluyentes, es frecuente en la actualidad encontrar formulaciones éticas que ignoran por completo los grandes descubrimientos y avances conseguidos por las ciencias naturales, situándose por completo al margen de ellos. Las ciencias éticas quedan así muchas veces ancladas en el pasado, manejando conceptos ampliamente superados y sin sentido, en un ejercicio voluntario o involuntario de oscurantismo.
Negando o ignorando la realidad, rompiendo igualmente, de esta forma, con la premisa fundamental que caracteriza nuestro pensamiento, las ciencias éticas se convierten en algo que, de forma equivalente, podríamos denominar como antiética. Y sus consecuencias resultan ser igualmente catastróficas, constituyendo un claro obstáculo para nuestra vida y también, con excesiva frecuencia, para nuestra propia supervivencia.
Llegados al apartado de las ciencias formales, debemos destacar que dichas ciencias poseen una situación central, de intermediación, entre las ciencias tratadas en los dos apartados anteriores. Sería imposible adquirir información o desarrollar formas adecuadas de comportamiento si no convirtiésemos previamente nuestro mundo y todo nuestro entorno en algo tan simple y manejable por nuestra mente como son los conceptos. Pero además, para que estos conceptos nos sean realmente útiles, debemos organizarlos y relacionarlos entre sí de la forma más clara y precisa posible.
Son diversos los campos de estudio que tratan sobre la conceptualización de la realidad y la organización de los conceptos e ideas resultantes de ella. Como ciencias relacionadas en mayor o menor medida con este tema, podemos citar la epistemología, que estudia los límites de la percepción y de nuestros sentidos, el lenguaje, que analiza la transmisión de ideas entre individuos, la lógica, que trata de la organización y relación entre los conceptos, o las matemáticas, que parten, en ciertas áreas, del intento de cuantificación de esa misma realidad.
Dentro también de este apartado, resulta de particular importancia la llamada filosofía de la ciencia, un campo formal del saber que establece y determina el método científico, utilizado por todas las ciencias naturales. Es precisamente este método, en realidad un conjunto de métodos, el que nos permite ajustar al máximo nuestro conocimiento a la realidad que nos rodea, adquiriendo de esta forma una información lo más útil, consistente y veraz posible.
Al margen de los tres apartados citados anteriormente, fuera por tanto del campo de las ciencias naturales, éticas o formales, se citan a menudo otras ciencias filosóficas que a lo largo de la historia han llegado a tener un cierto desarrollo. Sin embargo, dichas ciencias, que podríamos agrupar en su conjunto bajo el nombre de metafísicas, han dejado de tener sentido o razón de ser en la actualidad debido al avance logrado tanto en el conocimiento general como en la caracterización de nuestra propia percepción. Estas ciencias, por tanto, han quedado reducidas a meros ejercicios especulativos, sin una base real.
Por otra parte, debido al continuo ataque perpetrado históricamente contra la filosofía, a menudo han llegado a incluirse en ella diversas falsas ciencias o pseudociencias, algo que por desgracia todavía sucede en la actualidad con demasiada frecuencia. Estas falsas ciencias suelen estar generalmente relacionadas con las religiones, que son las responsables, en la mayoría de los casos, de crearlas e imponerlas. Todas ellas se basan en un determinado pensamiento mágico que ignora o niega directamente la realidad, cuando no se opone frontalmente a ella. De igual forma, niegan y combaten la ética, tratando siempre de sustituirla por unas determinadas normas de conducta de tipo dogmático. El evidente propósito de estas falsas ciencias, a un determinado nivel, consiste en destruir o corromper la filosofía para con ello conseguir imponer más fácilmente un determinado orden social.
Podemos afirmar que la filosofía es, por definición, la ciencia objetiva y universal. Sin embargo, debemos tener en cuenta que, a pesar de ello, su desarrollo y aplicación no necesariamente lo son. Por ejemplo, aunque la información obtenida por las ciencias naturales, utilizando el método científico, es siempre objetiva, cuando éstas centran su atención únicamente en una determinada materia e ignoran al mismo tiempo todas las demás pueden llegar a proporcionarnos una visión bastante distorsionada y engañosa de la realidad. De igual forma, aunque la ética es siempre universal en sus principios, su aplicación y su práctica resultan ser siempre particulares. Un mismo principio ético puede dar lugar a acciones aparentemente opuestas según el medio o la circunstancia en que se aplique. Y diferentes culturas, creadas en ambientes distintos, pueden desarrollar normas de comportamiento diferentes incluso aplicando unos mismos principios.
Lo que es evidente es que todas las ciencias filosóficas son necesarias. Y aunque no siempre seamos plenamente conscientes de ello, todas forman parte indisociable de nuestra actividad intelectual. Incluso de nuestros actos más habituales y cotidianos. Volviendo de nuevo al ejemplo inicial, puede ser que hoy u otro día cualquiera el cielo se encuentre nublado y empiece a llover. Pues bien, si nosotros conseguimos identificar la lluvia como una precipitación de vapor de agua condensado, si sabemos en qué condiciones atmosféricas se produce, si extendemos la mano a través de la ventana para comprobar su posible precipitación, si sabemos proyectar en nuestra mente los efectos que estar expuestos a la lluvia puede producir sobre nuestra salud, si somos además conscientes de todas las diversas acciones que podemos realizar y de cuáles serán sus posibles consecuencias, si hacemos todo esto, estaremos realizando un profundo, elaborado y complejo ejercicio de filosofía.
Y así, mientras paseamos bajo la lluvia cómodamente resguardados bajo un paraguas, pisando alegre y despreocupadamente todos los charcos, podemos tener la satisfacción de saber que, con sólo mirar al cielo y abrir un modesto y vulgar utensilio, hemos dado fiel cumplimiento a la premisa fundamental que caracteriza nuestra voluntad y nuestra conciencia. El simple ejercicio de conocer, pensar y actuar nos es suficiente para dar completo sentido y plenitud a nuestro pensamiento y para adentrarnos de inmediato en el admirable arte de la filosofía.
20/1/23
Derechos naturales e imprescriptibles
El juego de palma o juego de pelota era un deporte tremendamente popular en los tiempos de la antigua Francia. Dicho juego, que consistía básicamente en golpear una pelota con la mano o con una raqueta para lanzarla al campo contrario pasando por encima de una red, gozó durante mucho tiempo de una enorme y entusiasta afición en este país. No obstante, a partir del siglo XVII su popularidad comenzó lentamente a declinar y, tiempo después, acabó finalmente por desaparecer, aunque no sin antes dar lugar a una variedad de otros juegos, algunos de ellos también bastante populares en la actualidad, como el moderno juego del tenis.
Parece bastante difícil imaginar que pueda existir alguna relación, por mínima que sea, entre el antiguo juego de pelota y una moderna conquista política y social como es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, sus caminos se cruzaron, de forma sorprendente e inesperada, en un determinado momento de nuestra historia. Más concretamente, en los inicios de la Revolución Francesa, con la celebración de una turbulenta reunión política.
Sucedió precisamente el 20 de junio de 1789, cuando los diputados franceses que participaban en los Estados Generales decidieron reunirse en una improvisada asamblea con el fin de comprometerse públicamente en la redacción de una Constitución para el país. Debido a una serie de circunstancias, dicha asamblea acabó por celebrarse en un modesto y humilde recinto deportivo situado en Versalles. Y este recinto era, en efecto, la Sala del Juego de Pelota. La vieja sala dedicada a la práctica de este juego fue la única que en aquellos momentos ofreció su espacio y sus puertas abiertas a los fervorosos revolucionarios. Y precisamente debido a ello, el compromiso allí alcanzado pasó a ser conocido como el Juramento del Juego de Pelota.
Poco después, fieles a este juramento, los diputados franceses se reunieron en una Asamblea Constituyente. Y, antes de iniciar su magna labor, decidieron redactar una declaración política que estuviese a la altura de aquel importante momento y que recogiese en esencia el espíritu y los anhelos revolucionarios de los ciudadanos. Se trataba, en definitiva, de redactar un preámbulo a la Constitución que enumerase detalladamente todos aquellos derechos que, a partir de entonces, debían ser considerados como “derechos naturales e imprescriptibles” de toda persona. Y este texto, tras ser discutido y aprobado en la Asamblea, recibió el nombre de Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Esta declaración, incluida luego en la Constitución de 1791, ya desde sus inicios gozó de una gran popularidad y rápidamente comenzó a ganar un destacado protagonismo por sí misma. Por ello, los valores que en ella se defendían pasaron a ser, a partir de entonces, una referencia destacada en todas las luchas por la libertad y la justicia que tuvieron lugar a lo largo de las décadas siguientes.
Ya algo más tarde, en pleno siglo XX, dicha declaración acabaría también por inspirar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 1948. Este nuevo texto, de carácter y ámbito mundial, ha gozado igualmente de un enorme prestigio desde sus inicios, un prestigio que no ha dejado de crecer hasta los días de hoy. Tanto es así que en la actualidad se considera, de forma consensual, como una norma legal cuyos valores esenciales deben estar obligatoriamente incluidos en las constituciones y en la legislación de todos los países del mundo.
Este importante paradigma que defiende la existencia de unas leyes de carácter universal, con rango superior a las leyes vigentes en cualquier país o lugar del mundo, no es en realidad nada nuevo. Es muy anterior a la Revolución Francesa, remontándose a los tiempos de la antigüedad clásica. El propio Aristóteles defendía ya, sobre este tema, la existencia de una justicia natural, es decir, de un ideal de justicia de carácter universal compartido por todos los pueblos y países del mundo y superior a cualquier tipo de leyes vigentes. Y es que, en definitiva, siempre ha sido fácil comprender, en cualquier época, que las leyes existentes en un determinado tiempo y lugar tanto pueden ser justas como injustas, tanto pueden estar próximas como alejadas del más elemental ideal de bondad, equidad o justicia.
Como es lógico, la percepción de la justicia o injusticia de las leyes dependerá del grado de desigualdad que éstas generen o de la capacidad de juicio de quien las analice. Una ley infame fácilmente se revelará como injusta para el común de los ciudadanos, mientras que otras más engañosas únicamente se revelarán como tales para aquellas personas más sabias o instruidas. Aunque todas ellas revelarán su verdadero carácter bajo el detallado análisis y el juicio crítico de la ciencia filosófica. Es por ello que, también ya desde tiempos antiguos, se considera que los filósofos de cualquier país o lugar son capaces de revelar el auténtico carácter de las leyes, pues todos ellos, en base al común uso de la razón, acaban por tener y compartir, en la práctica, un mismo o similar ideal de justicia.
Es precisamente la aproximación a este ideal común de justicia, estudiado desde siempre por la filosofía, el que nos permite en la actualidad elaborar y enunciar unas normas legales básicas de carácter universal que, en su conjunto, configuran el moderno concepto de derecho natural. Básicamente, como derecho natural se entiende un conjunto de normas, de rango superior a cualquier otra ley existente, en las que se recogen una serie de valores básicos que en todo momento deben amparar a las personas de cualquier lugar del mundo, sin importar su situación personal o las condiciones jurídicas concretas a que puedan estar sujetas. La citada Declaración Universal de los Derechos Humanos podría considerarse, por tanto, como una de las principales concreciones de este derecho natural.
Siendo así, se considera que si la legislación de un determinado país contradice el derecho natural, dicha legislación carece de autoridad y no puede ser considerada válida. Y mucho menos aún puede ser impuesta por la fuerza a la población. Es más, ante una situación semejante, la imperiosa obligación de cualquier ciudadano deberá ser desobedecer y rebelarse con firmeza contra dichas leyes.
Como se hace evidente a partir de esta última afirmación, resulta de la máxima importancia determinar entonces, con la mayor claridad y exactitud posible, en qué consiste el derecho natural y cuáles son los derechos universales que posee toda persona. Pues sólo así podrá decidirse, en consecuencia, qué legislación es válida y cuál no lo es. Y sólo así podrá también decidirse, en definitiva, qué legislación debe ser seguida y respetada y cuál, por el contrario, debe ser necesariamente desobedecida. Pero ¿será posible determinar con la suficiente claridad, objetividad y coherencia unos principios que, bajo esta perspectiva, poseen una tan fundamental importancia?
En cierto modo, cuando se habla de derecho natural, es decir, de un derecho que aparentemente proviene de la propia naturaleza, parece que se quiere dar a entender que este derecho es anterior y preexistente al propio ser humano. Y también, en consecuencia, que este derecho es único e invariable a lo largo de todos los tiempos.
Esta interpretación, no carente de lógica, parece no obstante bastante difícil de defender en la práctica. Si el derecho natural tiene un carácter preexistente, si se trata de una norma social precedente a la propia sociedad, será en definitiva poco menos que indemostrable a partir de ella. Y si además tiene un carácter único e inmutable, será por tanto una norma de carácter axiomático, lo que dificultará enormemente cualquier posible discusión sobre su contenido. Por otra parte, mirando nuestra historia, parece bastante claro que el derecho natural defendido durante la Revolución Francesa no es el mismo derecho natural que defiende la declaración de las Naciones Unidas, ni tampoco el mismo derecho natural que nosotros entendemos que debe defenderse en la actualidad.
Así, aunque sea sólo en términos prácticos, parece razonable aceptar que el derecho natural está formado por una serie de principios que cambian a lo largo del tiempo y de las épocas. Es decir, que el derecho natural no es único, no es invariable y tampoco es preexistente a su propia formulación.
Por tanto, la discusión que debe abordarse sobre esta materia no es aquella que tenga por objetivo identificar unos derechos naturales de carácter eterno e inmutable, sino aquella que se esfuerce por formular unos derechos naturales acordes con el desarrollo del pensamiento de la época y, desde luego, acordes también con el avance de la ciencia filosófica.
En resumen, podemos decir que corresponde a los ciudadanos, a la sociedad y a los filósofos de cada época enunciar, en cada momento, un determinado derecho natural. Y tanto por el deseable desarrollo histórico y social como también por el inevitable avance de la filosofía, parece lógico pensar que a lo largo del tiempo dichas normas deberán ir aumentando tanto en número como en contenido, calidad y exigencia.
Muchas de esas nuevas normas que acaban por incorporarse al derecho natural podemos verlas surgir o manifestarse con mayor claridad en el momento álgido de los ciclos históricos más progresistas, como sucedió, por ejemplo, durante la Revolución Francesa. Es en esos momentos, a menudo convulsos, cuando aparecen nuevos valores acerca de la justicia que con el tiempo acabarán por convertirse en materia de consenso social, correspondiendo a la filosofía alentar y acompañar estas ideas para proporcionarles una forma coherente y duradera.
Queda claro, por tanto, que ya sea participando en el progreso social o en el desarrollo de la filosofía está siempre en nuestra mano elevar el nivel de las normas consideradas como derechos naturales del ser humano. Está siempre en nuestra mano dar un paso más para acabar definitivamente con cualquier tipo de esclavitud, con los estamentos y las clases sociales, con las desigualdades, con la riqueza y con la miseria, con las guerras, con la destrucción de nuestro entorno y de nuestra salud o con la negación de nuestra inteligencia y de nuestra memoria. Acabar, en definitiva, con cualquier tipo de indignidad existente en nuestro mundo.
Practiquemos o no el juego de pelota, estemos o no reunidos en un humilde pabellón deportivo, hierva o no en nuestra sangre el espíritu ilustrado y revolucionario de antaño, lo cierto es que todos deberíamos comprometernos en un nuevo juramento colectivo. Todos deberíamos unirnos para formular y defender la creación de nuevos y más elevados derechos. Unos derechos que lleguen a poseer un alcance universal e imperecedero y que sean considerados, desde ese momento y ya para siempre, como derechos naturales e imprescriptibles de todo ser humano.
20/1/20
La felicidad y el placer de vivir a la sombra
Todos estamos de acuerdo en considerar que el objetivo último en la vida es obtener el mayor grado posible de felicidad. Por eso mismo, la forma en que podemos alcanzar esa felicidad ha sido, desde siempre, una de las materias centrales de la ética y uno de los principales campos de estudio de la filosofía.
Todos vivimos con el firme propósito de alcanzar la felicidad. Sin embargo, es inevitable reconocer que dicho propósito sólo cobra sentido una vez que hemos conseguido asegurarnos lo más básico y esencial para nuestra propia supervivencia. No es posible alcanzar ningún grado de felicidad, por ejemplo, cuando nos falta el más imprescindible alimento, cuando somos víctimas de la guerra, cuando vivimos bajo la desolación de terribles epidemias, cuando sufrimos la continua tortura de la esclavitud o cuando nos enfrentamos a una situación de implacable injusticia o crueldad. En estas condiciones, el bien máximo se reduce simplemente a la mera supervivencia, ya sea física o espiritual.
Pero ninguno de estos infortunios depende ciertamente de nosotros mismos ni de nuestra actitud individual, sino que son una consecuencia de la realidad de nuestro tiempo y de las características de la sociedad en que vivimos. Y no sólo de nuestra sociedad, sino también de las sociedades vecinas con las que de alguna forma nos relacionamos o con las que podemos entrar en conflicto.
La filosofía ha intentado también dar respuesta a todos estos problemas de ámbito social mediante la elaboración de una compleja ética pública, es decir, de la política. Pero, en realidad, el desarrollo de la política implica siempre la participación activa de todas o, al menos, de una buena parte de las personas de la comunidad. Es decir, que la solución a los problemas de la sociedad, a fin de cuentas, acaba también por depender de los comportamientos individuales, aunque en este caso sumados y coordinados, de todos sus miembros.
Por tanto, para toda persona resulta imprescindible asegurar, en primer lugar, la propia supervivencia y la de su sociedad participando de forma decidida en la actividad política, en el ámbito público. Y sólo posteriormente, una vez conseguido ese objetivo, podrá pensar en buscar su propia felicidad mediante el desarrollo de una ética individual, centrada en el ámbito privado. Es decir, sólo tras conseguir asegurar, mediante la política, unas condiciones sociales adecuadas para vivir sin grandes dificultades, de forma digna y saludable, en un ambiente de paz, libertad y justicia, será cuando una persona podrá finalmente fijar su atención en construirse una vida privada lo más feliz posible.
Pero ¿cómo encontrar el camino hacia esa felicidad privada? Si miramos hacia atrás en la historia, vemos que este tema fue ya materia primordial de estudio de diversas escuelas filosóficas surgidas en la antigua Grecia durante el inicio del periodo helenístico. Entre ellas podemos citar la escuela hedonista de Aristipo de Cirene, la escuela epicúrea de Epicuro de Samos y la escuela estoica de Zenón de Citio. Y curiosamente, todas estas escuelas se plantearon una misma e interesante pregunta: ¿hasta qué punto la felicidad individual de la persona debe ser identificada con el placer?
Es evidente que el placer nos hace sentir bien, nos satisface, nos agrada. En resumen, nos hace sentirnos felices. Sin embargo, ¿la felicidad se reduce, o debe reducirse, a disfrutar de una continua o recurrente sensación de placer? Por otra parte, habiendo diferentes tipos de placer, en ocasiones contrapuestos, incluso antagónicos entre sí, ¿no deberíamos al menos tratar de seleccionar aquellos que nos proporcionan un mayor grado de felicidad? Además, ¿cómo puede compatibilizarse una continua búsqueda del placer con la necesaria construcción de un pensamiento lógico y racional, del todo imprescindible para nuestra propia supervivencia?
A todas estas preguntas las tres escuelas respondieron de forma algo diferente. Y la diferencia residía, precisamente, en la distinta importancia que daban a la búsqueda del placer en la obtención de la felicidad individual. Aunque podemos ya decir que ninguna de ellas defendía una completa identidad entre felicidad y placer, y mucho menos proponía una búsqueda desenfrenada y sin límites de este último.
La escuela que de alguna forma identificaba más estrechamente el placer con la felicidad era la escuela hedonista. Sin embargo, para esta escuela, el disfrute del placer estaba siempre sujeto a valores como la prudencia, la inteligencia o la moderación. Además, reconocía la existencia de placeres sensuales, ligados al cuerpo, tanto como la existencia de placeres intelectuales, ligados a la mente, si bien a estos últimos les otorgaba una menor importancia.
Mayor distancia entre placer y felicidad encontramos en la escuela epicúrea. También esta escuela diferenciaba entre placeres sensuales e intelectuales, pero daba más importancia a estos últimos, a los que consideraba más duraderos. Defendía además que una mayor felicidad no se alcanza sólo con un mayor grado de placer, sino también con un menor grado de sufrimiento, por lo que recomendaba evitar padecimientos innecesarios renunciando a aquellos deseos más superfluos. Así, la vida debería basarse, principalmente, en satisfacer las necesidades más esenciales, en potenciar los placeres espirituales y en evitar la notoriedad social o aquellos deseos más vanos y prescindibles. La felicidad consistía, por tanto, en llevar una existencia sencilla y plena viviendo cómodamente a la sombra, en un jardín florido, rodeado de amigos y familiares.
La escuela estoica, por el contrario, establecía una mayor distancia entre placer y felicidad. En realidad, esta escuela desplazaba el centro de sus atenciones del placer hacia otro concepto diferente, la virtud, que relacionaba directamente con los placeres más intelectuales, con la lógica y con el pensamiento racional. Las pasiones y los placeres sensuales quedaban por tanto relegados, debiendo ser evitados o, como mínimo, estar siempre sometidos a la razón. La felicidad consistía así en llevar una vida imperturbable ante el sufrimiento, dedicada al pleno desarrollo de la voluntad, de la disciplina y del placer intelectual.
Es destacable que las tres escuelas coincidían en distinguir entre placeres sensuales e intelectuales, a los que acababan otorgando, sin embargo, diferente grado de importancia. Centrándonos en esta distinción, podríamos decir que los placeres sensuales responden a la necesidad de la persona en satisfacer sus sentimientos, sus instintos y sus deseos naturales. Mientras que los placeres intelectuales responden a la necesidad de la persona en satisfacer su intelecto, su conocimiento adquirido y su pensamiento racional. Parece lógico, por tanto, afirmar que ambos tipos de placeres y necesidades son propios de toda persona y que ambos deben ser satisfechos.
Ahora bien, ¿la satisfacción de uno de estos dos tipos de placeres debería tener más peso e importancia que el otro, como se discutía en las tres escuelas filosóficas antes mencionadas? ¿Deberían privilegiarse los placeres sensuales sobre los intelectuales? ¿O quizás justo lo contrario? Pues bien, en primer lugar quizás deberíamos considerar que, en realidad, ambos tipos de placeres no parecen ser incompatibles ni excluyentes, pues los sentimientos y la razón no son de ninguna forma elementos contrapuestos, sino elementos que se complementan.
Los sentimientos están determinados por la información genética que heredamos de nuestros antepasados. Y la razón está determinada por la información empírica que nos aporta nuestra experiencia personal o las enseñanzas que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Ambas fuentes de información son necesarias e imprescindibles para tomar cualquier decisión. Y lo son porque, por ejemplo, cualquier información aportada por nuestros genes es o debe ser complementada y concretada, en todo momento, por la información aportada por nuestra experiencia.
Es cierto que hay algunos casos en los que se nos presenta una aparente contradicción entre ambas fuentes de información. Y en ellos nos vemos obligados a reflexionar, a sopesar y comparar sucesivamente la perspectiva dada por las emociones y la dada por el intelecto. Gracias a ello, sentimientos sólidos y complejos pueden llevarnos, acertadamente, a evitar seguir razonamientos basados en ideas demasiado simplistas. Y razonamientos sólidos y complejos pueden llevarnos, acertadamente, a evitar seguir sentimientos basados en impulsos demasiado simples.
Pero la mayoría de las veces no nos encontraremos con esa contradicción, en especial si poseemos un pensamiento sólido y maduro. Por el contario, cuanto más compleja y novedosa sea la situación a que nos enfrentamos, es decir, allí donde tanto nuestra información genética como nuestra información empírica o racional se revelen insuficientes o ineficaces, siendo por tanto necesariamente más frágil nuestro pensamiento, más fácilmente nos confrontaremos con esas aparentes contradicciones.
Asumiendo así que los sentimientos y la razón son elementos complementarios e imprescindibles para tomar buenas decisiones y obtener un mayor grado de felicidad, parece acertado decir que la satisfacción de los placeres sensuales, de los sentimientos, debería ser siempre complementaria y compatible con la satisfacción de los placeres intelectuales, de la razón. Y no debería haber, en principio, ninguna preponderancia de unos sobre otros.
Así, volviendo a las tres escuelas filosóficas antes citadas, podemos decir que quizás el epicureísmo representaba la opción más equilibrada. Pues, frente a un hedonismo que privilegiaba el sentimiento y a un estoicismo que privilegiaba la razón, el epicureísmo conseguía combinar en mayor grado de igualdad placeres sensuales e intelectuales.
En resumen, podemos concluir que toda persona debería ser activa, entregada y audaz en el desempeño de las funciones públicas y en la búsqueda del bien común. Para después, aseguradas unas mínimas condiciones, poder trazar el camino hacia su propia felicidad personal, hacia su bien privado y particular. Un camino que, seguramente, debería conducirla a llevar una existencia enriquecedora, vivida calmamente a la sombra, disfrutando por igual de la sensualidad y del intelecto, de la naturaleza y del arte, de la espontaneidad y de la virtud.
12/11/18
La ideología, más arriba a la izquierda
El gazpacho es un plato típico del sur de España que resulta particularmente apreciado durante los meses más cálidos del verano. Consiste en un caldo que se sirve frío y que se elabora a partir de diversos vegetales triturados. Existe, desde luego, una gran variedad de formas de preparar el gazpacho. Pero lo más sorprendente es que su receta ha ido cambiando enormemente a lo largo del tiempo y de diferentes épocas. Si en un principio, hace siglos, el gazpacho se preparaba básicamente con migas de pan, aceite, vinagre y ajo, con la llegada de las nuevas hortalizas provenientes de América y de Asia pasó a incorporar ingredientes ahora tan esenciales como el tomate, el pepino o el pimiento.
Así, la idea de lo que es el gazpacho –o, si se prefiere, la ideología culinaria inherente a su preparación– ha ido evolucionando y perfeccionándose con el tiempo, permitiendo a este famoso plato llegar a ser lo que es hoy.
Precisamente este mismo aspecto de evolución y de perfeccionamiento es de enorme importancia cuando hablamos de ideologías. Al buscar la definición de lo que es una ideología, nos encontraremos en general con dos posiciones enfrentadas, dos visiones antagónicas que difieren exactamente en el reconocimiento o no de la capacidad de las ideologías para cambiar y evolucionar.
Para algunos, una ideología no es más que un conjunto de ideas, una especie de ideario de carácter fijo e inmutable, cuya función consiste únicamente en definir y cohesionar a un determinado grupo social. Así, funcionando como un sistema totémico de ideas, la ideología tiene una naturaleza dogmática y es de obligada obediencia por parte de todos los miembros del grupo. Cualquier persona que se aleje de ella es expulsada. Y, de igual forma, cualquiera que desee entrar en el grupo deberá adoptarla por completo, renunciando a sus ideas previas.
Sin embargo, para otros esta definición de ideología es totalmente abusiva y reduccionista, contraria al ejercicio de las ideas y de la filosofía, es decir, contraria a aquello que es la esencia misma de las auténticas ideologías. Una verdadera ideología es también un conjunto de ideas, pero es un conjunto de ideas de carácter cambiante y perfeccionista, en continua evolución, que se organiza necesariamente en una estructura formal sólida y coherente. Su función es elevar a todo el conjunto de la sociedad, no sólo a un grupo, hacia un nuevo nivel de conocimiento y de ética que intenta construir. Y si en ocasiones una ideología coincide con un determinado grupo social, principalmente al inicio de su andadura, ésta no sirve necesariamente para cohesionar a sus miembros ni pretende nunca exigirles una sumisión intelectual.
En la filosofía todas las ideas nacen, se oponen, se contrastan, se apoyan, se diluyen, se reencuentran, van dialogando entre sí, determinando su validez, para luego servir de base a otras ideas de orden superior. La filosofía política sigue también este mismo proceso y, ante una determinada realidad social o histórica, debe utilizar las ideas existentes para construir una o varias ideologías. Pero a medida que las ideas evolucionan, así también las ideologías deben progresar, morir, divergir o unirse entre sí para alumbrar otras nuevas.
Toda verdadera ideología, toda construcción filosófica de ideas, tiene por tanto un propósito de progreso, de cambio, de desarrollo. Y este desarrollo, en su vertiente política y social, es lo que ha venido a llamarse históricamente como la izquierda.
Toda verdadera ideología es por tanto, nominalmente, una ideología de izquierda. Y entre los diferentes tipos existentes podemos distinguir, por ejemplo, las ideologías progresistas, defensoras de una transformación lenta y gradual de la sociedad, o las ideologías revolucionarias, comprometidas con un cambio social inmediato y rupturista. De estos tipos deberemos excluir, claro está, todas las falsas izquierdas con sus falsas ideologías.
Pero muchas veces oímos hablar también de ideologías de derecha, lo que es ciertamente una utilización abusiva del término. Lo que conocemos históricamente como la derecha se caracteriza por oponerse expresamente a cualquier discusión y desarrollo de las ideas, aunque éstas inevitablemente acaben siempre por forzar con el tiempo una cierta deriva.
En el campo de la derecha, cualquier idea o incluso cualquier realidad deberá doblegarse, y si es necesario deformarse, para caber dentro de la estructura axiomática previamente concebida. Las mal denominadas ideologías de derecha, en realidad simples idearios, se corresponden claramente con aquella visión reduccionista que iguala la ideología a un conjunto de dogmas destinados a crear la cohesión social de un determinado grupo.
Los dogmas de la derecha nacen muchas veces de forma natural a partir de la ignorancia, de la incapacidad filosófica para concebir o desarrollar ideas. Pero también nacen premeditadamente como una forma de dominación: su imposición, directa o indirecta, impide el avance de las ideas y obliga a la sociedad a permanecer para siempre en el más puro inmovilismo. Así, cuando los dogmas tienen esta función de fijar el orden social existente, impidiendo que sea destruido por el progreso y por las verdaderas ideologías, suele hablarse de ideologías conservadoras. Y cuando los dogmas pretenden hacer retroceder a la sociedad en el progreso alcanzado, revertirla hacia una situación anterior para reconquistar un orden social perdido, suele hablarse de ideologías reaccionarias.
La derecha sólo genera falsas ideologías, simples idearios de carácter inamovible. Con sus burdos axiomas, con sus ideas deformes y atormentadas, sólo pretende excavar catacumbas cada vez más hondas a las que nunca pueda llegar la luz del progreso. Y en ellas forja las cadenas con las que condena a la sociedad a sufrir una esclavitud que se perpetúa eternamente, dentro de un orden social asfixiante e imperecedero.
Si a usted le gusta el gazpacho, si usted ama el conocimiento, la filosofía y la libertad, si usted busca una auténtica ideología, no tenga dudas de donde podrá encontrarla: allí, más arriba, a la izquierda.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




