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30/6/21

Un juego cuyo premio es siempre perder


Imaginemos un juego tremendamente divertido. Imaginemos que lanzamos una moneda al aire y la dejamos caer al suelo. Si sale cara, nuestro adversario gana. Y si sale cruz, por el contrario, nosotros no ganamos, sino que el juego se repite y vuelve a lanzarse la moneda al aire. Ciertamente no parece un juego muy justo o equitativo. En realidad, nuestro adversario siempre acaba por ganar, ya sea en el primer lanzamiento o en cualquiera de los siguientes. Y nosotros, en consecuencia, siempre perdemos.

Imaginemos ahora una variante de este mismo juego, pero aún más divertida. Una única persona juega contra un numeroso grupo de personas del cual nosotros formamos parte. Las reglas son las mismas. Si sale cara esa persona gana y si sale cruz nuestro grupo no gana, sino que se repite nuevamente el lanzamiento. No hay duda de que se trata de un juego aún más injusto que el anterior, pues a lo absurdo de las reglas se le añade ahora la enorme desproporción existente entre la única persona que siempre gana y el conjunto de personas que siempre perdemos.

Pero intentemos que el juego sea todavía más divertido. Imaginemos ahora que en el lanzamiento nos apostamos nuestra salud o, llegado el momento, incluso nuestra propia vida. Si sale cara nuestro oponente gana y, por tanto, todos los del grupo perdemos la salud o la vida. Y si sale cruz no ganamos nada, sino que simplemente se lanza de nuevo la moneda al aire. Parece algo diabólico, ¿verdad? ¿Quién querría participar por propia voluntad en un juego tan absurdo y claramente suicida?

Imaginemos, sin embargo, que no jugamos voluntariamente, sino que nos obligan por la fuerza a jugar y a formar parte del grupo que siempre pierde. Para cualquier persona resultará evidente que ya no se trata de un juego sino, en todo caso, de un atentado contra nuestra libertad y nuestra salud, de un tremendo abuso de poder, de una acción de naturaleza criminal necesariamente perseguida y condenada por las leyes.

Sin embargo, si pensamos así estaremos completamente equivocados. En realidad, este juego cruel y despiadado es perfectamente legal. Y no sólo eso, sino que estamos sometidos a él todos los días, sin excepción. Todos los días, sin nosotros saberlo o desearlo, una moneda invisible gira continuamente en el aire sobre nuestras cabezas, una moneda con la que nos jugamos de forma permanente la salud y la vida. Y claro, evidentemente, siempre acabamos por perder.

Pero ¿cómo es esto posible? Pues bien, en realidad es muy fácil. Se trata de un juego que está a la vista de todos. Todos sabemos desde hace tiempo que determinados compuestos químicos artificiales llenan nuestro ambiente, nuestros campos, nuestros alimentos y también, de forma inevitable, nuestro propio cuerpo. Están por todas partes, cada vez en mayor número y en mayor concentración. Son centenares de productos con multitud de nombres extraños, como dioxinas, furanos, DDT, bisfenoles, PCB o ftalatos. Sabemos ahora, por ejemplo, que uno de ellos, el glifosato, un veneno utilizado como herbicida, se encuentra presente en la sangre del 80% de las personas de algunos países europeos. Siendo así, ¿cuál es el efecto que produce tener en nuestro cuerpo éste y todos los otros compuestos químicos antes mencionados? Pues bien, saberlo es, en realidad, lo que convierte a todo esto en un juego.

Por un lado, los científicos nos alertan continuamente de que muchos de estos compuestos son nocivos para la salud, a veces incluso cancerígenos, y que probablemente lleguen en ocasiones a costarnos incluso la vida. Por el otro lado, las grandes empresas que los producen, con el valioso respaldo de sus científicos a sueldo, contradicen todo lo anterior diciendo que en realidad no se ha conseguido nunca demostrar dicho efecto. Algo que aparentemente debería tranquilizarnos.

El juego, por tanto, está claro en todas sus reglas. Se lanza la moneda al aire. Si sale cara, si estos productos químicos son realmente peligrosos, las grandes empresas ganan. Ganan o habrán ganado dinero produciéndolos, incluso en el caso de que estos productos lleguen luego finalmente a prohibirse. Y nosotros inevitablemente perdemos. Más concretamente, la salud o la vida. Por el contrario, si sale cruz, si los compuestos al final no son peligrosos y no afectan a nuestra salud, nosotros no ganamos absolutamente nada con ello. Simplemente vemos cómo la moneda vuelve a lanzarse nuevamente al aire.

Vuelve a lanzarse y en cada lanzamiento nos vemos expuestos a nuevos compuestos o a una concentración mayor de los ya existentes, pues siendo aparentemente inocuos podrán producirse y utilizarse en mayor cantidad. Y mientras tanto lo único que podemos hacer es asistir, una y otra vez, al lanzamiento de estas o de nuevas monedas, esperando a que en cualquier momento salga finalmente cara, es decir, a caer definitivamente enfermos o muertos.

La pregunta se hace evidente: ¿por qué dejamos que nos sometan a este absurdo y criminal juego en el cual unos pocos ganan y todos los demás, no ganando nunca nada, arriesgamos incluso nuestra propia vida?

En primer lugar lo hacemos, desde luego, por nuestro desconocimiento e ignorancia. No sabemos, ni de lejos, qué tipo de compuestos están ya en el ambiente o en nuestro cuerpo, ni en qué cantidades, ni en qué concentraciones, ni qué tipo de riesgos implican, ni cómo nos afectan. Es decir, en gran medida ni siquiera sabemos que estamos participando en este diabólico juego.

Pero también lo hacemos porque nos lo ocultan. Quienes producen estos compuestos y deberían conocer sus efectos y el riesgo a que nos están sometiendo nunca nos informan de nada. Pero claro, ¿por qué irían a hacerlo? ¿Por qué irían a renunciar voluntariamente a un juego en el que siempre ganan? ¿Por qué irían a renunciar a su enorme y provechoso negocio? ¿Por escrúpulos de conciencia? Todos sabemos, por ejemplo, que en las grandes empresas todo es fruto de una larga cadena de decisiones. Cada agente toma una pequeña decisión, pero ninguno toma la decisión por entero. Nadie es, por tanto, realmente responsable de las consecuencias finales. Nadie se siente culpable ni puede sentir ningún tipo de remordimientos.

Aunque también jugamos, contra toda lógica, porque nos lo ocultan nuestras propias autoridades sanitarias, aquellas que precisamente tienen la obligación de vigilar, controlar y, sobre todo, prohibir todo aquello que afecta negativamente a la salud pública. Son ellas las que deberían defendernos y evitar que seamos sometidos a este criminal juego. Pero, por desgracia, en la actualidad dichas autoridades están casi siempre en manos del poder económico y de quienes lo manejan. Incluso no es raro ver determinados funcionarios trabajando alternadamente para las empresas que producen los compuestos y para los organismos públicos que los deberían controlar.

Sin embargo, también participamos en este juego porque nos engañan. Nos mienten sobre el verdadero significado de la ciencia y sobre algo tan importante como es el principio de precaución. Para empezar, intentan hacernos creer que los estudios pagados por las grandes empresas, muchas veces auténticos ejercicios de anticiencia, sólo por el hecho de ser realizados en laboratorios con máquinas muy caras y sofisticadas arrojan necesariamente verdades científicas incuestionables. Por el contrario, si un científico independiente y con menos dinero prueba otra cosa, rápidamente se le desautoriza, se le ataca o incluso se le hace perder su empleo. Como es evidente, nada de esto tiene que ver con la ciencia.

Por otra parte, el principio de precaución determina que para que un compuesto pueda ser comercializado primero debe demostrar de forma positiva que no tiene ningún efecto sobre la salud. Y tampoco podrá seguir produciéndose si posteriormente surge alguna duda, por mínima que sea, en relación a sus posibles efectos. No obstante, en la actualidad este principio se incumple por completo. A las empresas no se las obliga a presentar estudios que demuestren que los compuestos no afectan a la salud. Únicamente se las obliga a presentar estudios que afirmen que no han hallado ninguna relación. Es decir, no se las obliga a demostrar la inexistencia de esa relación, sino simplemente a decir que no la han encontrado, o bien que no han querido encontrarla.

Y peor aún, si un estudio independiente levanta luego dudas sobre un determinado compuesto, las autoridades, en vez de poner en cuarentena el producto, lo que hacen es poner en cuarentena ese estudio y esas dudas. Es decir, se pone en cuarentena el propio principio de precaución y la propia ciencia.

No, en realidad todo esto no es ningún juego. No deberíamos resignarnos por más tiempo a ser las víctimas silenciosas, las involuntarias cobayas del lucrativo negocio de unos pocos. No deberíamos dejar por más tiempo que nos mantengan en la ignorancia, que nos oculten la información, que nos desprotejan o que nos engañen. No deberíamos permitir que jueguen con nosotros y con nuestra vida. Y sobre todo, no deberíamos olvidar que tenemos todo el derecho del mundo a nuestra salud, a la salud de todos, a una salud universal que siempre, sin excepción, en todo momento debe ganar.


10/6/19

La fábula de la sobreexplotación


Mucho más allá de las montañas, a una distancia no inferior a veinte vuelos de águila, treinta estampidas de bisonte o cien cantos de ruiseñor, existía una gran llanura en cuyo mismo centro se levantaba un viejo y frondoso bosque, el cual daba cobijo y sustento a un sinfín de pequeños animales que en él vivían placenteramente, viendo pasar los días con la mayor calma y serenidad, agradeciendo al sol del mediodía su calor, a los árboles cargados de hojas su delicada sombra, al rocío de la noche su vívido y renovado frescor y agradeciéndose igualmente, de unos para otros, la fortuna de la grata y recíproca compañía, no siempre exenta de sus pequeñas cuitas, zozobras y disputas.

Quisieron los vientos y las tormentas abrir en el mismo corazón del bosque un pequeño claro donde tenían a bien solazarse con la mayor asiduidad los más de sus habitantes. Allí acudían, de pecho hinchado, los siempre ufanos y presumidos petirrojos, allí enseñaban las arañas más viejas a tejer los delicados puntos de sus telas a aquellas otras más jóvenes y allí se reunían, a cada tarde, los bulliciosos grillos para entablar sus interminables, vehementes y monótonas conversaciones.

Para salvaguarda de los apremios de la sed, especialmente sofocante en las cálidas tardes del verano, hacía tiempo que en el claro del bosque se había horadado la tierra y se habían construido tres pozos de dulce y refrescante agua. Y para cuidar de ellos se había atribuido su guarda y propiedad a tres de los más antiguos y renombrados moradores del lugar: a una cigarra bien conocida por ser gran amiga del canto y de las artes, a una hormiga de todos admirada por su ejemplar laboriosidad y a una mantis a quien todo el mundo en el bosque respetaba, cuando no temía, y a quien nadie osaba bajo ningún concepto en nada contradecir.

Fue generosa la naturaleza llenando los pozos con agua abundante, aunque no sin ciertas limitaciones. Así, cada pozo conseguía acumular hasta tres litros de agua, aunque a cada año brotaba de su fondo un nuevo litro que venía a reponer con sobrado margen el agua consumida por los pequeños animales. Y con la venta de ese litro, cada uno de los propietarios podía recibir a cambio hasta cien monedas acuñadas en delicada piedra de aguamarina.

Aunque no solía ser así para la alegre y confiada cigarra, para quien ni el pozo ni el dinero fueron nunca una verdadera preocupación. Dedicada por entero a hacer más bella y placentera la vida de sus conciudadanos, entonando a diario sus melodiosas canciones o recitando al sol sus inspiradas odas y versos, la cigarra vendía a sus sedientos vecinos únicamente el agua que estos le pedían y las más de las veces se olvidaba incluso de cobrarles por razón de ello el debido peaje.

No ocurría así con la hormiga, que, envidiosa del talento y la admiración que la cigarra alcanzaba a cada día en el desempeño de sus artes, decidió compensar sus escasas dotes para las musas centrando sus preocupaciones en asuntos mucho más prosaicos y terrenales. Y así pensó en ganar una cierta fortuna dedicándose al comercio y a la venta de agua. Para ello, tras largas y cuidadosas consideraciones, decidió que lo mejor era emprender la tarea de explotar intensivamente el pozo que era de su propiedad.

Como bien sabía la hormiga, la explotación de un recurso permite obtener más dinero cuanto mayor sea la cantidad que fuere vendida. Y como aquello con que la tierra proveía al pozo era de un litro de agua cada año, la hormiga decidió vender la totalidad de ese litro para conseguir el máximo de beneficio. Con todo esto no le fue mal a la hormiga en su propósito y ya en ese mismo año vendió la totalidad de esa agua, ganando con ello cien monedas, dinero con que inició su pequeña fortuna.

Gran envidiosa de la riqueza que estaba alcanzando la hormiga, la mantis no hallaba forma de emular el éxito alcanzado por aquella, mirando con gran codicia las monedas por ella obtenidas y deseando en todo momento ganar muchas más. Aunque la mantis no poseía ciertamente la laboriosidad y el empeño propios de la hormiga, contaba sin embargo con una gran inteligencia y con una astucia sibilina. Y así, tras mucho rumiarlo, halló finalmente la solución para su secreto propósito, concluyendo que la mejor forma para conseguirlo era sobreexplotar su pozo.

Como muy bien sabía la mantis, aumentar la explotación de un recurso da más dinero, pero sobreexplotarlo da mucho más, a pesar de que con ello se acabe por llevar inevitablemente el negocio a la ruina. Así, poniendo en práctica su astuto plan, la mantis vendió ese año dos litros de agua de su pozo y con ello ganó doscientas monedas. Y al año siguiente vendió otros dos, ganando otro tanto, aunque con ello el pozo acabó por secarse definitivamente. Pero eso no le importó en absoluto a la mantis, que en ese momento disponía ya de cuatrocientas monedas en su nutrida arca.

Siguiendo su elaborado plan, al año siguiente la mantis compró a la hormiga su pozo por trescientas monedas, una oferta que la hormiga no pudo rechazar, pues dicha cantidad suponía nada menos que el trabajo y las ventas de tres años. Cerrado el negocio, con este pozo hizo la mantis otro tanto que con el suyo. Vendió dos litros a cada año hasta secarlo por completo y con ello ganó fácilmente otras cuatrocientas monedas.

No tardó al año siguiente en acudir a comprar el pozo a la cigarra, que, poco interesada por los negocios, se lo vendió por apenas cien monedas. Y tal como antes, en sólo dos años la mantis secó también este otro pozo ganado con ello una cantidad de dinero equivalente. Haciendo cuentas, la mantis poseía ahora una fortuna total de ochocientas monedas de aguamarina, más de lo que poseyó nunca ningún otro habitante del bosque. Y siendo la más rica del lugar, bien podía decirse que tenía ahora a todo el bosque y sus habitantes sometidos al dictado de sus más mínimos caprichos y voluntades.

Sin embargo, al año siguiente llegó la inevitable y esperada catástrofe, pues privados de toda agua de los pozos, ahora completamente secos, con la llegada del calor estival la mayoría de los animales del bosque acabaron por ir debilitándose, enfermando y muriendo lentamente de sed. Aunque, a decir verdad, la mantis no pasó en todo ese tiempo ni sed ni hambre alguna, pues uno a uno se los fue comiendo a todos ellos a medida que desfallecían. Y entre sus primeros y más deliciosos ágapes se hallaron, claro está, la cigarra y la hormiga.

Llegado el final del estío, con todos los animales muertos y habiendo acabado ya su copioso y opíparo banquete, la mantis decidió marcharse del bosque llevando consigo toda su enorme fortuna. Y con ella no tardó en encontrar lugar y asiento en otros bosques vecinos, dedicándose siempre al exitoso y respetable negocio de la sobreexplotación de recursos. Con ello, a cada año que pasaba, la mantis prosperó y se enriqueció aún más, dejando por toda la región un enorme y creciente rastro de muerte y destrucción, siempre para mayor gloria de los elevados y nobles ideales del capitalismo.

Siendo nosotros conocedores del trágico destino sufrido por los desdichados animales del bosque, tengamos por bien aprender la diferencia existente entre el uso, la explotación y la sobreexplotación de un recurso natural. Pues fijando nuestro interés únicamente en el beneficio que de él podamos extraer, corremos el riesgo de caer en el vicio de la explotación, tal como hizo la hormiga, lo que nos llevará al mismo borde de la desgracia.

Pero si además olvidamos todo lo demás y nos abandonamos a los más fríos dictados del dinero, siguiendo vilmente las normas del capitalismo, tal como hizo la mantis, caeremos en la tragedia de la sobreexplotación e, inevitablemente, nos veremos abocados a la más terrible y mortal de las catástrofes. Pues no debemos olvidar nunca que la sobreexplotación es siempre rentable, la más rentable de las opciones… hasta llegar al momento mismo del colapso final.



29/11/18

Financie la esclavitud mientras hace las compras


El mar está lleno de peces de todos los tamaños, unos más grandes y otros más pequeños. Y comúnmente se acepta que entre ellos sólo rige una única e invariable norma: la ley de que el pez grande se come al pequeño. Esto significa, en resumen, que el pez grande se come a uno pequeño, que se come a su vez a otro aún más pequeño, que se come a su vez a otro aún menor, y así sucesivamente. Así, en virtud de esta simple ley, el mar se convierte en un mundo idílico, en perfecta armonía, donde unos comen y otros se dejan comer.

Sin embargo, en algunos mares más profundos y escondidos estalla a veces la rebelión. En ellos, los peces pequeños deciden no dejarse comer y se unen valerosamente para defenderse contra los peces más grandes. En ocasiones, incluso llegan a convencer a otros peces algo más grandes a unirse a ellos y luchar juntos contra los peces mayores, aquellos que, según el orden social establecido, se los comen a todos. El caos y el desorden se apoderan así, sin remedio, de estos ocultos y procelosos mares.

Podemos decir que en las sociedades humanas ocurre poco más o menos lo mismo que sucede en el mar. Las personas más ricas y poderosas se enriquecen y ganan poder a costa de las que tienen menos. Y entre éstas, las mejor situadas abusan de las que son más pobres, que a su vez abusan de las que son aún más pobres. Es decir, el pez grande se come al pequeño, que se come a otro más pequeño, y así por delante. Y este recatado y admirable modelo social llega a la más exquisita perfección en las florecientes sociedades capitalistas, donde todos viven felices, unos robando y explotando y otros dejándose robar y explotar.

Podemos preguntarnos si en las sociedades humanas no existirán también regiones remotas y desconocidas donde las personas más pobres se rebelen y luchen contra su explotación. Ciertamente existen. Pero por lo general el caos dura poco tiempo y el orden social es luego rápidamente reestablecido. Los ricos acaban otra vez más ricos y los pobres más pobres, llegando algunos de ellos, los más miserables, a convertirse incluso en esclavos. Y es que con la continua negación de derechos y libertades, con su ataque a la dignidad de las personas, el capitalismo empuja inevitablemente a los más pobres a vivir sumidos en la esclavitud.

Podemos entender por qué los esclavos no suelen rebelarse contra los más ricos, pues no suelen tener las más mínimas condiciones materiales para hacerlo. Ni siquiera las fuerzas anímicas necesarias para emprender lo que es, casi siempre, poco menos que un suicidio. Pero ¿por qué las personas menos pobres no se unen a ellos para luchar juntos contra los más ricos? ¿No derrotarían fácilmente, de esta forma, a sus comunes opresores? Pues bien, seguramente sí.

Pero lo que suele ocurrir es que los peces medianos, en vez de volverse contra los más grandes, intentan compensar su desgracia atacando con más fuerza a los más pequeños. En vez atacar a quien se los come, deciden atacar, con mayor empeño y fiereza, a aquellos que pueden comerse. Y es lógico que así sea, porque los peces pequeños están completamente indefensos, mientras que los grandes suelen estar fuertemente armados. Pero también porque los peces grandes hacen lo posible para convencerles, o incluso obligarles, a actuar de esta forma.

Es tristemente frecuente ver como el capitalismo alienta entre las clases medias un consumismo que, llenando sus vidas de cosas inútiles, las lleva a hacerse creer que son más ricas, más opulentas, como peces más grandes. De igual forma, los sueños e ideales que alienta entre estas mismas clases no son ciertamente de justicia o de fraternidad universal, sino de riqueza fácil, rápida y deslumbrante. Es el sueño de volverse más rico a costa de crear muchos más pobres, pobres a los que inevitablemente siempre se debe odiar y despreciar.

Pero quizás el mecanismo más admirable creado por el capitalismo es aquel que permite que las personas pertenecientes a las clases sociales más bajas financien la esclavitud mientras realizan sus habituales compras semanales. Y eso a pesar de que esas mismas personas están a veces a sólo un paso de convertirse, a su vez, en míseros esclavos.

El mecanismo es en realidad bastante sencillo. Gracias a la creciente globalización, a la creciente falta de regulación del trabajo y del comercio, los ricos no dudan en utilizar una gran cantidad de esclavos, generalmente en países más pobres, con el fin de producir bienes que son puestos luego a la venta en países más ricos. Y evidentemente el precio de venta de estos productos resulta mucho más bajo que el de cualquier otro producto que pueda haber sido creado bajo unas condiciones laborales dignas.

Por otra parte, debido a esa misma globalización, las personas más pobres que realizan sus compras en los países ricos reciben salarios que son cada vez más bajos. Y como es evidente, no pueden permitirse comprar productos caros. Por el contrario, esas personas se ven obligadas a adquirir los productos que son más baratos, es decir, precisamente aquellos que son creados mediante mano de obra esclava.

Así, comprando estos productos, las personas pobres acaban por financiar la esclavitud. Sin pretenderlo, sus compras semanales acaban inevitablemente por enriquecer y engordar a los productores y comerciantes esclavistas, que ven así aumentar exponencialmente sus beneficios. Y además, contra más bajos y miserables se vuelvan los salarios de estos compradores, más bajo será el precio de los productos que compren y, de esta forma, más lucrativa y floreciente será la esclavitud, más esclavos habrá en el mundo. Y por si fuera poco, pasado cierto tiempo los propios compradores se convertirán a su vez en esclavos, momento en que la siguiente clase social, algo menos pobre, ocupará su lugar.

Gracias a este admirable y portentoso mecanismo, entre muchos otros semejantes, resulta casi inevitable que los vastos mares del capitalismo acaben siempre dominados por unos pocos peces, grandes, gordos e insaciables. Unos peces que se alimentan glotonamente, día y noche, de otros muchos peces cada vez más pequeños, cada vez más indefensos y cada vez más sumisos al orden social establecido. Pero pensemos bien en lo siguiente: un pez grande y gordo ¿no es más fácil de pescar?



24/7/13

La conspiración del dinero fantasma.

En su origen el dinero era una representación de la cantidad de trabajo realizado por una persona. Así, servía para poder intercambiar libremente el propio trabajo por el trabajo de otros o por cualquier otro tipo de bienes o servicios, dentro de una sociedad ya caracterizada por la división del trabajo. La utilización de dinero ofrecía mejores condiciones que las trocas, utilizadas hasta ese momento, y tenía claras ventajas en el intercambio de bienes de naturaleza perecible, que perdían rápidamente su valor, o que eran imposibles de transportar o acumular.

Ese dinero tomó generalmente la forma de piezas de metal, las monedas, cuyo valor se basaba en el valor del metal que las constituía. En la mayoría de las sociedades antiguas el metal preferido para hacer las monedas fue el oro, cuyo valor era considerado más o menos constante, tal como lo era el esfuerzo de su extracción minera. Y el emblema público acuñado entonces sobre las monedas pasó a garantizar que tenían siempre la misma cantidad de oro, permitiendo que pudiesen ser utilizadas para representar e intercambiar un mismo valor y una misma cantidad de trabajo.

Con el tiempo las monedas de oro acabaron por ser sustituidas por otras fabricadas en plata u otro metal de valor inferior. Y ya en época reciente, por los actuales billetes bancarios fabricados en papel. Sin embargo, independientemente del material con que estaban hechos, estas monedas y billetes representaban una determinada y exacta cantidad de oro. Es decir, aunque no eran de oro, eran siempre intercambiables por la cantidad de oro que les correspondía, residiendo ahora ese metal en los cofres de los bancos nacionales de cada país.

Los problemas comenzaron cuando los países y sus bancos nacionales, renunciando a mantener el patrón oro, es decir, a mantener una exacta correlación entre el dinero en circulación y el oro acumulado en sus cofres, tomaron la decisión de emitir más dinero que aquel que correspondía a sus reservas de oro. Era una solución fácil y cómoda para enfrentar cualquier tipo de dificultad financiera. Si el dinero no llegaba, simplemente se acuñaba o imprimía más, creándose casi como por arte de magia. Sin embargo, esta pérfida maniobra tenía una lógica consecuencia: habiendo por un lado el mismo oro y por otro más billetes o monedas, a cada billete o moneda correspondía ahora una menor cantidad de oro. Así, el dinero pasó a valer menos oro del que oficialmente representaba, pasó a inflacionarse. Y debido al carácter recurrente con que esta maniobra era realizada, la inflación pasó a convertirse en un fenómeno constante y crónico.

Los bancos nacionales pasaron, en realidad, a emitir tanto dinero como les era posible. Aunque siempre intentando no sobrepasar ciertos límites, pues en el caso de que la emisión de dinero fuese muy exagerada, podrían desencadenar una inflación galopante dentro del país o también una caída a pique del valor de cambio del dinero frente a las monedas de otros países. Y ambas posibilidades, escapando siempre a cualquier control, tendrían sin duda consecuencias nefastas para el país.

No siendo convertible en oro, el valor del dinero de un país pasó a basarse entonces en una serie de factores de tipo político, social o financiero. Por ejemplo, en la confianza inspirada por el banco emisor, en la valoración de la política monetaria del país, en las expectativas sobre la evolución de su economía o en las previsiones sobre su futura productividad agrícola o industrial. Así, el valor de la moneda de un país fluctuaba ahora al capricho de la especulación internacional. Pero muy especialmente, pasó a depender, en última instancia, de la preponderancia política, militar o económica ostentada por ese país. La moneda del estado más poderoso, del estado imperial o colonizador, se convirtió invariablemente en la moneda más fuerte, en la más valorizada frente a cualquier otra.

Sin representar oro, ni mucho menos trabajo, el dinero pasó a ser una mera ficción contabilística o financiera y, más tarde, un simple mecanismo de poder político a escala internacional. Sin valor fijo ni real, existiendo ya casi por exclusivo en la ingeniería contable de los bancos públicos y privados, condenado a una espiral especulativa para intentar huir de la inflación, el dinero pasó a convertirse en dinero fantasma.

En los días de hoy únicamente los países más pequeños, con monedas modestas y seguras, alejadas de la especulación internacional, consiguen resistir en algo a la conspiración del dinero fantasma y a su creciente poder. Especialmente cuando tienen gobiernos populares empeñados en no utilizar la moneda para especular o para generar inflación. Pero desgraciadamente las monedas de estos países pequeños son también las más débiles en el contexto internacional, donde son las monedas imperiales las que dictan los valores cambiarios. Así, todos los países que aún consiguen resistir acabarán inevitablemente por ser atacados, invadidos o integrados, contra su voluntad, en los mercados económicos internacionales dominados por el dinero fantasma.

Vacíe usted su bolsillo y compruebe ahora qué clase de dinero tiene en él. Si es un dinero modesto, justo y sabiamente regulado, que intenta representar la cantidad de trabajo que usted ha realizado, guárdelo bien. Si se trata de un dinero fantasma, sin valor real, emitido por entidades financieras que únicamente buscan enriquecerse, por países que buscan el poder y la dominación, quémelo de inmediato. Quémelo, pues en realidad no vale nada. Y tarde o temprano acabará por intentar apoderarse de usted, de su trabajo y de su vida.


14/3/13

El poder del dinero o el dinero del poder.


Todo el mundo sueña. Ya sea despierto o dormido, todo el mundo sueña. Nadie se cansa de soñar. El sueño de un agricultor, por ejemplo, es tener cuatro primaveras por año y ver cómo la tierra produce suficiente alimento como para alejar para siempre el espectro de la escasez y del hambre. El sueño de un obrero es trabajar menos horas y dedicar todo ese tiempo al descanso, a la familia o a la educación. El de un pequeño comerciante es vender toda la mercancía y conseguir pagar así todos los gastos de su casa y su negocio. Por último, el sueño de una persona rica es… evidentemente, continuar a ser rica. En realidad, casi podemos decir que el sueño de cualquier persona es llegar a ser rica, aunque eso sea casi siempre un sueño imposible.

El requisito imprescindible para llegar a ser rico es tener dinero, mucho dinero. Pero ¿cómo se consigue toda esa cantidad de dinero? Los agricultores, los obreros y los pequeños comerciantes saben muy bien que por mucho que trabajen a lo largo de toda su vida, y muchos ciertamente llegan a hacerlo de forma esforzada y penosa, jamás llegarán a ser ricos. Tienen muy claro que no es trabajando que se consigue el dinero suficiente como para llegar a ser rico. Para eso es necesario algo más. Es necesario dominar la fuerza de trabajo de los otros. Es necesario, en resumen, tener poder.

Ya sea trabajando mucho o poco, o incluso nada, llegará a ser rica cualquier persona que consiga el poder de beneficiarse de forma continua del trabajo realizado por los otros. Y esto podrá hacerlo, por ejemplo, siendo el dueño de las tierras o de las fábricas donde trabajan. O gozando de una relación ventajosa en cualquier transacción comercial. O controlando el acceso exclusivo a un determinado bien o servicio. O incluso podrá hacerlo amenazando, robando y abusando de otras personas, o hasta creando un régimen tiránico. Todas estas son formas efectivas de obtener poder y de ganar mucho dinero, o mejor dicho, de hacerse con mucho dinero. El requisito necesario para ser rico es, por tanto, tener poder sobre los otros y su trabajo, tener poder social.

En una sociedad típicamente capitalista el poder es dinero y el dinero es poder. El dinero capitalista no representa el valor del trabajo realizado por una persona. Es simplemente una medida del poder y del dominio social. Una persona rica, por ejemplo, puede ganar en un solo día de trabajo la misma cantidad de dinero que una persona pobre gana en todo un mes. Así, cuando un rico compra un determinado bien por ese valor lo estará pagando con un día de trabajo, mientras que un pobre lo estará pagando muchísimo más caro, lo estará pagando con el salario de un mes.

De esta forma, sin existir ninguna regulación efectiva entre el valor del trabajo y el dinero que se recibe por él, sin existir tampoco un salario mínimo ni un salario máximo, el dinero que una persona recibe acaba por representar en muy escasa medida el trabajo realizado. Representa principalmente el poder o el privilegio social que se posee. Y esta situación injusta tiende a agravarse con el paso del tiempo. El dinero y los privilegios obtenidos por la clase social más rica se van acumulando progresivamente, se perpetúan y agigantan de una generación a otra. Y mientras tanto, el hambre y la miseria de los pobres se multiplican exactamente al mismo ritmo.

Como decíamos, el sueño de cualquier persona es llegar a ser rica. Pero para ello, esa persona tendrá necesariamente que abusar siempre de otras personas más pobres, tendrá que prosperar a costa de la creciente miseria creada a los otros. Y eso es, por supuesto, contrario a cualquier principio ético y a cualquier proyecto sostenible de sociedad. Así, cualquier persona mínimamente honrada y sensata debería abandonar de inmediato cualquier sueño de riqueza y debería empezar a soñar con otra serie de valores muy diferentes del dinero.

Debería soñar, por ejemplo, con valores como la tierra, la agricultura o la pequeña industria, con valores económicos que, siendo más tangibles, estables y seguros, están siempre menos sujetos a la ficción monetaria del dinero y del capital. Aunque sin duda deberán ser bien defendidos, pues el capitalismo también especula con la compra y venta de tierras o juega incluso con la expectativa sobre las grandes cosechas.

Debería soñar también con valores despreciados por la economía capitalista, como son el agua potable, la tierra fértil, el aire puro o el canto de los pájaros, como es un medio ambiente libre de productos químicos venenosos y desreguladores del organismo. Debería soñar, por tanto, con la protección y defensa de la naturaleza y de sus recursos.

Y debería soñar también con relaciones sociales de proximidad e igualitarias, como son la amistad, la vecindad, las asociaciones locales o los pequeños partidos cívicos. Debería soñar con defender la libertad y los valores constitucionales frente a estructuras políticas o económicas multinacionales que extienden cada vez más el enorme y despiadado poder de su riqueza.

No, no sueñe con dinero. El dinero capitalista es falso y engañoso. No representa ni el trabajo ni ningún otro valor real. En cambio, la amistad o el aire puro, por ejemplo, sí que son reales. No son dinero, pero son impagables. Sí, sueñe con esto. Sueñe con esto todos los días y con todas sus fuerzas.


27/3/10

Dando vueltas alrededor del consumismo.

Ver a un animal atado a una noria y tirando de ella, sacando el agua con su arduo y constante trabajo, tiene algo de hipnótico. El animal, que en muchas ocasiones es un burro, camina con paso cansino alrededor de la noria describiendo siempre, una y otra vez, el mismo círculo infinito. Sus pasos suenan débil y acompasadamente en un camino ya descarnado por el incesante golpear de los cascos. Al mismo tiempo, con algo de soberbia, el chirrido brusco de los engranajes desafía el calmo y regular caminar del animal. Ya sea bajo el sol o bajo la lluvia, el sudor escurre por el recio pelaje del burro. Y, a pesar de ello, el brillo de su mirada está puesto siempre en frente.

Su ansiosa mirada, llena de sofoco y de mal saciada hambre, está siempre fija en la zanahoria que cuelga delante de él, suspendida de un simple palo. La prometida recompensa está ahí, siempre al alcance de un paso. Sin embargo, por más que intenta una y otra vez aproximarse a ella, la zanahoria tiende obstinadamente a alejarse. En realidad, sólo al final de la jornada conseguirá quizás comerla, junto con el resto de su triste y escasa ración de alimento. Y de toda la cantidad de agua que sacó de la noria, sólo un cubo servirá para saciar su sed.

La imagen de un burro dando vueltas incesantemente alrededor de una noria es una bella y elegíaca metáfora del capitalismo. Y puede además servir también para explicar el desbordante consumismo que caracteriza a las sociedades actuales, rendidas casi por completo a los sutiles y refinados placeres del capital.

El sistema económico capitalista se basa en la propiedad privada de los medios de producción y, gracias a esta condición abusiva, en las jugosas plusvalías obtenidas del trabajo ajeno. Es algo muy simple de comprender: con cada vuelta que da a la noria, el burro consigue extraer del pozo diez litros de agua. Pero sólo uno de esos litros redunda en su beneficio. Los otros nueve son siempre para el dueño de la noria, que se arroga la propiedad del ingenio mecánico y de toda el agua extraída con él. Así, cada vuelta que da el burro a la noria supone para su propietario un beneficio absoluto.

Para el burro, cada nueva vuelta significa simplemente la posibilidad de alimentarse al final de la jornada, puesto que si no la diese no recibiría al final del día el alimento que le es esencial para sobrevivir. El burro es, por tanto, un mero engranaje de la máquina productiva, no teniendo ningún derecho sobre el resultado de su trabajo.

Como es evidente, contra más vueltas dé el burro, más beneficio obtiene el dueño. Por eso, los animales de las norias fueron siempre fustigados por los dueños para que andasen más deprisa y para que diesen más vueltas. Sin embargo, eso de agitar el látigo en el aire y descargarlo sobre el burro implica algún esfuerzo físico, algo a que los dueños, con el paso del tiempo, cada vez iban estando menos acostumbrados. Y así, un buen día, uno de ellos tuvo la ingeniosa ocurrencia de colgar una zanahoria a frente del burro. De esta forma, el animal, atraído por la promesa de este modesto pero sabroso manjar, comenzó a andar velozmente, sin parar, alrededor de la noria. Y contra más hambriento estaba, más aceleraba el paso.

Para que el burro andase aún más deprisa, bastaba con poner dos zanahorias a su frente. O incluso un manojo de ellas. Más tarde, alguien pensó que bastaba simplemente con poner a frente del animal la fotografía de un campo de zanahorias. De esta forma, sin necesidad de fustigarlos, los burros pasaron a andar rápidamente alrededor de las norias. Y a cada nueva vuelta que daban, ahora ya por su propia voluntad, mayor era el beneficio obtenido por los dueños. Fue así que nació la idea del consumismo.

En las economías capitalistas los obreros trabajan constantemente, tal como los burros en la noria. Y a pesar de ello, en la mayoría de los casos, nunca consiguen salir de la pobreza. El resultado de su trabajo redunda claramente en beneficio de los dueños de los medios de producción. Y cuanto más trabajan los obreros, más beneficio tienen sus patronos. Pocas posibilidades les son dadas para reclamar una parte más justa de su propio trabajo.

De igual forma que los burros, los obreros eran al principio fustigados para que trabajasen más. Pero también aquí alguien encontró una solución mucho más cómoda. Bastaba con colgar preciosos objetos de consumo a frente de ellos. Así, intentando conseguirlos, los obreros pasaron a trabajar más horas y siempre con más ahínco. Para un obrero de vida triste y vacía, la visión de un simple objeto de consumo, siempre de un modelo más moderno y avanzado, es lo mismo que la visión sublime y esplendorosa de un campo de zanahorias.

De esta forma, los obreros trabajan duramente para comprar mil y una cosas que en realidad no necesitan. Pero contra más trabajan para obtenerlas, contra más vueltas dan a la noria, más ganan los patronos, que son además los dueños y vendedores de esos mismos objetos de consumo. El consumismo crea riqueza... Pero sólo para algunos. Para el resto es siempre la misma miseria. Para el resto es siempre una noria a la que dar vueltas de forma hipnótica y sin sentido.