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11/7/23

La superior inteligencia del gusano acéfalo


Los gusanos nematodos son seres tremendamente admirables. Llevan una vida simple, modesta, humilde, tranquila, sin grandes estridencias ni preocupaciones. Pasan la mayor parte del tiempo moviéndose calmamente en el reducido espacio que conforma su hogar, entregándose en todo momento al disfrute de una existencia lo más cómoda y placentera posible. En ningún caso se dejan llevar por vanas y engañosas ilusiones. Ni piensan tampoco en alcanzar grandes logros en la vida. Aunque, a decir verdad, los nematodos no piensan, pues no tienen cerebro. En realidad, por no tener, ni tan siquiera tienen cabeza. Y a pesar de todo, pese a estas notables e importantes carencias físicas, estos gusanos constituyen la forma de vida animal más extendida y prolífica de todo el planeta, aquella que ha conseguido un mayor éxito evolutivo.

Pero quizás lo más admirable de los nematodos sea su indiscutible y superior inteligencia. Sí, es cierto que su sistema nervioso no parece gran cosa. De hecho, consta apenas de un simple anillo neuronal alrededor del esófago y de unos pocos nervios que recorren a lo largo su cuerpo. Pero sorprendentemente, con apenas unos tan rudimentarios órganos, incomparablemente más simples que el complejo y voluminoso cerebro que posee nuestra especie, los nematodos consiguen superar ampliamente a los seres humanos en inteligencia. Y esta superioridad la abordan además con una extrema modestia, sin alardear nunca de ella, sin vanagloriarse en ningún momento, sin ni tan siquiera ridiculizar de forma humillante a seres inferiores como nosotros. Es por ello que los nematodos son, sin duda, seres doblemente admirables.

Pero, al final, ¿cómo es posible que estos simples y modestos gusanos sean más inteligentes que nosotros? ¿De qué forma pueden tener una inteligencia superior a la nuestra, si ni tan siquiera tienen cerebro? ¿Cómo puede ser que, sin presentar el menor asomo de capacidad intelectual, estos diminutos seres lleguen a superarnos en una tan sofisticada cualidad? Parece una idea absurda si pensamos, por ejemplo, en la extrema y portentosa complejidad de nuestro cerebro, en nuestros conocidos y fructíferos esfuerzos por desarrollar todas las aptitudes y capacidades de nuestra mente o también en los grandes logros intelectuales, científicos y artísticos conseguidos por el ser humano a lo largo de los siglos. ¿Cómo es posible sostener entonces una afirmación semejante?

Para responder a esta interesante cuestión debemos analizar, en primer lugar, en qué consiste realmente la inteligencia. No hay duda de que desde muy antiguo se han propuesto muchas, diversas y variadas fórmulas para definir un concepto tan difícil y complejo de caracterizar. Pero, en esencia, podemos definir la inteligencia como la capacidad que tiene un individuo de obtener información del medio en que vive para, a partir de ella, modificar su comportamiento y conseguir una mejor y más completa adaptación a él, aumentando con ello su capacidad de supervivencia. Por tanto, tal como se desprende de esta definición, está claro que para poseer algún grado de inteligencia son imprescindibles dos requisitos básicos: tener capacidad de obtener información del medio y tener capacidad de modificar el propio comportamiento.

Sin embargo, antes de abordar este tema con más detalle debemos tener en cuenta que, para sobrevivir, dichos requisitos y, en definitiva, la propia inteligencia no son siempre, ni mucho menos, estrictamente necesarios. Esto es así porque todos los seres vivos nacemos ya con una información y unos comportamientos básicos codificados en nuestros genes. Y gracias a ellos somos perfectamente capaces de sobrevivir en un medio ambiente ideal, es decir, en un medio ambiente propicio, uniforme y sin ningún tipo cambios. En otras palabras, gracias a la evolución nuestros genes ya saben, en lo fundamental, cuáles son las características propias de nuestro ambiente más primordial y cómo debemos comportarnos en él. Así que, encontrándonos en dicho medio, no necesitamos obtener nueva información ni tampoco modificar para nada nuestro comportamiento. No necesitamos, por tanto, desarrollar ningún tipo de inteligencia.

Y esto es exactamente lo que ocurre en el microscópico, tranquilo y monótono mundo de los nematodos. Teniendo una existencia que transcurre básicamente en un medio uniforme, podríamos decir que casi primordial, los nematodos, gracias a sus genes, no necesitan obtener apenas información adicional del medio en que viven ni tampoco necesitan cambiar o modificar su habitual forma de actuar.

Por el contrario, aquellas especies que, como la nuestra, viven en un ambiente complejo, altamente cambiante e impredecible, necesitan obtener continuamente información del medio para, de esta forma, poder reaccionar de forma adecuada a cada nueva y particular circunstancia. Las limitadas informaciones y conductas codificadas en nuestros genes no son suficientes. Así que, para sobrevivir, tenemos que observar nuestro entorno y replantearnos continuamente nuestro comportamiento. Y este propósito llega tan lejos en nuestra especie que incluso somos capaces transmitir las nuevas formas de actuar de unos individuos a otros o de una generación a la siguiente, creando aquello que conocemos como cultura.

Podemos decir, por tanto, que los nematodos poseen prácticamente toda la información que necesitan en sus genes, por lo que de nada les serviría tener una cabeza, un cerebro o desarrollar cualquier tipo de inteligencia, algo que para ellos no sería más que una carga y una complicación del todo inútil e innecesaria. Por el contrario, nuestra especie sí que necesita poseer un sistema nervioso complejo, lo suficientemente desarrollado como para poder procesar toda la información que recoge del medio y elaborar, a partir de ella, acciones y comportamientos igualmente complejos. Por eso hemos desarrollado evolutivamente una cabeza y un cerebro voluminoso y somos capaces, gracias a él, de generar formas de actuar tan adaptables, elaboradas y diversas.

En buena lógica deberíamos concluir, por tanto, que nuestra especie es mucho más inteligente de lo que son los nematodos, pues no hay duda de que, en relación a ellos, poseemos una mayor capacidad de obtener información del medio y de aplicarla de forma mucho más diversa en nuestro comportamiento. Entonces, ¿cómo es posible, contra toda evidencia, afirmar que los nematodos poseen una inteligencia superior?

Pues bien, la explicación en realidad es bastante simple. Lo que ocurre es que, casi sin darnos cuenta, nos hemos pasado por alto algo del todo fundamental. Y para entenderlo debemos fijarnos con más atención en la definición de inteligencia, más concretamente en la parte que dice que toda la capacidad de obtener información y de crear nuevos comportamientos, aquello mismo que caracteriza a la inteligencia, tiene una finalidad. Y esta finalidad no es otra que la de adaptarnos mejor al medio en que vivimos para, de esta forma, aumentar nuestra capacidad de supervivencia.

Por tanto, es precisamente consiguiendo una mayor capacidad de supervivencia como, al fin y al cabo, se demuestra un mayor o menor grado de inteligencia. Si obteniendo información del medio y elaborando nuevos comportamientos conseguimos sobrevivir mejor, seremos inteligentes. Si, por el contrario, con ello no aumentamos para nada nuestra capacidad de supervivencia, no seremos en absoluto inteligentes. En otras palabras, por muchos receptores sensoriales que tengamos, por muchas extensas redes neuronales, por mucho encéfalo desarrollado, por mucha variación de conductas individuales o grupales, por mucha cultura transmisible, por muchos avances científicos, por muchos logros intelectuales que consigamos, si con todo esto no aumentamos nuestra capacidad de supervivencia no podemos decir que seamos inteligentes.

Es más, si lo que conseguimos es exactamente lo contrario, es decir, si con ello únicamente conseguimos reducir nuestra capacidad de supervivencia, no sólo no seremos inteligentes, sino que seremos rematadamente tontos. Y en el caso concreto de nuestra especie, considerando nuestro complejo cerebro y nuestra enorme potencialidad para cambiar nuestros comportamientos, lo que demostraríamos es que, además de tontos, somos completamente ridículos, algo así como los payasos de la evolución.

No cabe duda de que nuestra especie ha conseguido cosas portentosas e inimaginables. Pero al mismo tiempo ha ido creando una sucesión de civilizaciones de características agresivas, destructoras y suicidas que, a pesar de unos comienzos prometedores, siempre han acabado por reducir progresivamente la capacidad de supervivencia de sus poblaciones. Y si nos fijamos en el presente, en la más reciente actualidad, vemos de la forma más clara posible, sin ningún margen para la duda, cómo nuestra más moderna, flamante y soberbia civilización está sumiendo a todos sus habitantes, y junto con ellos a la totalidad del planeta, en la más completa, progresiva y total autodestrucción.

Sí, es cierto que las comparaciones son muchas veces odiosas, pero tenemos que aceptar la indiscutible realidad. Los nematodos no han creado civilizaciones suicidas ni se dedican a destruir el planeta en que viven y que sustenta a todos los seres vivos. Y aunque no consigan aumentar su capacidad de supervivencia mediante una inteligencia que en realidad no poseen, lo cierto es que tampoco la disminuyen. Es decir, que si hacemos un balance de su inteligencia éste arrojará un resultado nulo, como no podría ser de otra forma en un gusano acéfalo.

En cambio, el balance que podemos hacer de la inteligencia de nuestra especie arroja un resultado muy diferente y para nada halagador. Al disminuir siempre con nuestras acciones nuestra capacidad de supervivencia, haciéndolo además de una forma tan incomprensible, insistente, casi fanática, el balance de nuestra inteligencia resulta ser claramente negativo y nos sitúa, sin lugar a dudas, en el campo de los rematadamente tontos. En consecuencia, respondiendo finalmente a la cuestión que nos planteábamos en un principio, resulta evidente que la inteligencia de los nematodos, aunque no sea por méritos propios, es indiscutiblemente muy superior a la nuestra.

Pero no nos desanimemos por ello, ni dejemos tampoco de soñar y de encarar el futuro con optimismo. Porque ¿qué pasaría si nuestra especie, afectada de repente por una súbita e inexplicable lucidez, por una extraña demencia, utilizase su complejo cerebro y su enorme capacidad intelectual no para disminuir sino para aumentar su supervivencia, si los emplease para crear civilizaciones prósperas y duraderas, para cuidar de nuestro planeta, para convivir finalmente en paz y armonía con todos los seres vivos? ¿No se convertiría entonces, de repente, en la especie más inteligente de todas las que existen?

Aunque también, por otra parte, si dejásemos de ser los payasos de la evolución, ¿de quién nos iríamos a reír? Y muy especialmente, ¿de quién nos iríamos a reír, a grandes carcajadas, en el momento final y más cómico de nuestra propia autodestrucción?


11/10/19

El mundo triste e infeliz de la eugenesia


Todos somos conscientes del diferente valor que, según nuestros propios criterios, otorgamos a cada persona. Vemos cada día a nuestro alrededor personas admirables, inteligentes, simpáticas y bellas que nos llenan de orgullo y cuya compañía nos satisface. Otras personas, por el contrario, nos parecen del todo detestables. Algunas por ser demasiado estúpidas, otras por resultarnos tremendamente antipáticas, otras por parecernos brutas e incivilizadas y algunas otras por poseer un aspecto físico en exceso desagradable. Lo cierto es que, de forma más o menos consciente, acabamos por intentar evitar a estas personas o incluso cruzarnos en su camino.

Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué no serán todas las personas bellas, simpáticas e inteligentes? Sí, porque quizás por pura modestia olvidamos enunciar la pregunta en su forma completa, esto es: ¿por qué no serán todas las personas bellas, simpáticas e inteligentes como lo soy yo? Ciertamente, cuánto mejor sería el mundo si estuviese habitado sólo por personas como nosotros y no tuviésemos que sufrir a tanta gente estúpida, a tanto engendro, a tanto maleante, a tanto ser huraño y malcarado.

Pues bien, en primer lugar deberíamos pensar que si todas estas personas indeseables forman parte de nuestro mundo es porque son nuestros hermanos, nuestros primos, nuestros parientes, nuestros vecinos, nuestros conciudadanos, aquellos con los que convivimos desde siempre. Si de alguna forma tenemos que cargar con ellos es simplemente porque son una parte de nosotros mismos. Y, aunque nos cueste mucho aceptarlo, quizás ellos también estén cargando, a su vez, con nosotros. Por otra parte, si pudiésemos crear un mundo ideal habitado sólo por personas perfectas y maravillosas, ese mundo tendría, al final, un solo y único habitante.

Siendo por tanto muy conscientes del enorme subjetivismo con el que juzgamos las cualidades de otras personas, también es cierto que en ese juicio siempre podemos emplear algunos criterios mínimamente objetivos. Existe objetivamente poca belleza en las personas que poseen graves defectos físicos. Existe sin duda poca inteligencia en las personas incapaces de resolver los problemas más básicos para su propia supervivencia. Hay personas que sufren perturbaciones mentales y son de carácter claramente intratable. Y otras tienen una conducta tan perversa que resultan del todo perjudiciales para sus conciudadanos.

En estos casos extremos resulta fácil ser objetivo al juzgar aspectos concretos de una persona. Pero, evidentemente, esto será mucho más difícil cuando no nos enfrentemos a casos extremos o cuando tengamos que integrar todos los diferentes aspectos de una persona en un único juicio de valor. Y así, suponiendo que alguna vez alcanzásemos un grado de objetividad lo suficientemente aceptable para poder juzgar a determinadas personas como indeseables o perjudiciales, ¿será que, de alguna forma, podríamos librarnos de ellas para poder vivir en un supuesto mundo feliz?

Para empezar, deberíamos plantearnos la siguiente pregunta: ¿estamos de verdad seguros de que, librándonos de estas personas, no volverían a aparecer al poco tiempo nuevas personas igual de indeseables que las anteriores? En realidad, sabemos muy bien que las características y el comportamiento de cada individuo están determinados por factores extrínsecos, como por ejemplo la educación o la instrucción recibidas, y por otros intrínsecos, como puede ser el propio acervo genético.

Parece claro que si mantenemos siempre los mismos factores extrínsecos, como por ejemplo una educación deplorable o una mala instrucción pública, continuaremos a crear personas estúpidas, brutas o malvadas. Y aunque pudiésemos libramos de algunas de ellas, rápidamente surgirían otras nuevas de idénticas características. Por el contrario, si nos decidiésemos a mejorar dichos factores posiblemente podríamos llegar a crear, no sin poco esfuerzo, un mundo y unas personas mucho mejores.

Pero, ¿y en relación a los factores intrínsecos? ¿Podríamos también mejorar nuestro acervo genético? ¿Podríamos librarnos quizás, aunque sólo sea, de una parte indeseable y perjudicial de nuestros genes? Pues bien, lo cierto es que al contrario de lo que ocurre con los factores extrínsecos, en esta materia podemos hacer más bien poco.

Hace poco más de un siglo surgieron diversas teorías, conocidas bajo el nombre de eugenesia (no confundir con la espantosa y racista doctrina del eugenismo), que partían del principio de que acabando con determinados genes, que se consideraban defectuosos, se acabaría también con la existencia, entre nosotros, de determinadas características y comportamientos indeseables.

Pero lo cierto es que esos genes y esos defectos no desaparecen. La mayoría de los caracteres de cada persona no son determinados por un único gen, sino que son el resultado de la suma e interacción simultánea de muchos genes. Y esos genes se combinan de forma diferente e impredecible en cada nuevo individuo y en cada nueva generación. Así, progenitores sin defectos pueden generar hijos con o sin defectos que a su vez pueden generar nietos con o sin defectos. Es decir, que en general vamos a encontrar exactamente los mismos genes en ambos tipos de personas.

La única forma de conseguir quizás algún cambio en nuestros genes, logrando combinaciones algo diferentes, sería sometiéndonos voluntariamente, durante varias generaciones, a un proceso de selección artificial. Este es un proceso que se utiliza con frecuencia en los animales domésticos y en el que, para conseguir fijar unas determinadas características, se aplica activamente el incesto y la endogamia a miembros seleccionados de una población. Su éxito depende así, entre otras cosas, de evitar que exista cualquier cruzamiento fortuito con el exterior.

Sin embargo, al margen de la evidente aberración que supondría aplicarnos este terrible proceso, lo cierto es que la selección artificial nos llevaría a una significativa degeneración en todos los aspectos, ya que este tipo de selección, en realidad, tiene precisamente como objetivo y como efecto reducir la diversidad genética. Y con una diversidad genética menguada nuestras posibilidades de supervivencia se verían seriamente afectadas.

Si es cierto, como se ha dicho, que la mayoría de caracteres son el resultado de la suma y de la interacción de muchos genes, en unas pocas ocasiones esto no es así. A veces una característica depende de un único gen, como sucede, por ejemplo, con determinadas enfermedades genéticas graves. En estos casos, excepcionalmente, la eugenesia sí tiene sentido. Resulta del todo deseable evitar que nazcan individuos con ese gen y con esa enfermedad. Y para ello es posible recurrir a métodos como el diagnóstico prenatal, una hipotética alteración del gen o, simplemente, una renuncia voluntaria a reproducirse, siendo precisamente éstos los únicos casos de eugenesia y de técnicas eugenésicas que tienen sentido y que se aceptan en la actualidad.

Aunque, para ser más exactos, la eugenesia también está implícita en otro mecanismo que forma parte de la evolución y del cual la mayoría de las veces no somos muy conscientes: la selección sexual. Al reproducirse, una persona trata de elegir una pareja que posea las mejores características genéticas, despreciando otras que considera de peor calidad. Por tanto, al elegir una pareja y no otra estamos seleccionando, de hecho, tal como en la eugenesia, los genes que queremos pasar a la siguiente generación. Y a pesar de que, como se ha dicho, esto no altere significativamente la composición genética de la nueva generación, lo cierto es que la selección sexual es un proceso que funciona a escala evolutiva y, como tal, podrá generar cambios significativos al cabo de un sinfín de generaciones.

En resumen, aunque podamos mejorar muchos de los males crónicos de nuestra sociedad cambiando los factores extrínsecos que modelan el comportamiento de las personas, lo cierto es que, por culpa de los genes y de su obstinada persistencia, tendremos que seguir soportando la presencia de todo tipo de personas indeseables en nuestra vida. Y ellas tendrán también que soportarnos a nosotros, aunque, claro, ellas lo tienen mucho más fácil, pues nosotros somos casi perfectos.


21/10/11

La generación perdida.

Cuando se habla de la existencia de una generación perdida, muchas veces se ignora hasta qué punto este tipo de generaciones son frecuentes. En realidad, la mitad de las generaciones humanas son generaciones perdidas, generaciones de las que nunca se habla y muchas veces ni tan siquiera se sospecha su existencia. Para entender esto, algo aparentemente tan sorprendente, resulta útil estudiar la vida de los helechos.

La vida de estas plantas consiste en un ciclo donde se alternan repetidamente dos generaciones de características muy diferentes. El helecho, en la forma habitual que conocemos, es una planta de porte generalmente mediano. Sus células, como las de cualquier ser vivo, poseen cromosomas, las grandes macromoléculas donde se sitúan los genes. Y estos cromosomas se encuentran por duplicado, siendo cada conjunto procedente de cada uno de sus progenitores, paterno y materno. Las plantas de helecho son, por tanto, organismos diploides, con dos conjuntos de cromosomas.

En un determinado momento, los helechos producen las esporas, un tipo de semilla capaz de germinar y de dar lugar a la siguiente generación. Ésta consiste en una planta de muy reducidas dimensiones, en forma de lámina, llamada prótalo. Sin embargo, en el momento de la formación de las esporas cada célula desecha, al azar, uno de los dos conjuntos de cromosomas. Y es por ello que, tal como la espora que lo origina, también el prótalo posee en sus células un único conjunto de cromosomas. El prótalo es, por tanto, un organismo haploide, con un solo conjunto de cromosomas.

Llegada la madurez, el prótalo genera células reproductoras, los gametos, que pueden ser masculinos o femeninos. Y con la unión de dos de estos gametos, provenientes de diferentes prótalos, es como se forma una nueva célula, el cigoto. Este cigoto es diploide por reunir dos conjuntos de cromosomas, uno de cada gameto. Y tras dividirse y desarrollarse dará lugar a una nueva planta de helecho.

En todo este ciclo existe, por tanto, una alternancia de generaciones: una planta diploide da lugar a una pequeña planta haploide, el prótalo, y seguidamente ésta da lugar a una nueva planta diploide, el helecho. Y así repetidamente.

En realidad, la alternancia de generaciones se da en todos los organismos pluricelulares que poseen reproducción sexual. En algunas especies, como en los helechos, el organismo diploide y el haploide son de tamaño y aspecto diferentes. En otras especies, como por ejemplo en algunas algas, las dos generaciones tienen exactamente el mismo aspecto, dimensiones y forma de vida. Por el contrario, hay especies en que una de las dos generaciones tiene un tiempo de vida muy reducido y casi no se manifiesta. Esto es precisamente lo que ocurre en la mayoría de los animales, tal como en el hombre.

El ser humano, en su forma habitual que conocemos, es un organismo pluricelular y diploide, con células que poseen dos conjuntos de cromosomas. En un determinado momento, el ser humano produce también el equivalente a las esporas, en este caso unas células denominadas espermatocitos u ovocitos, según se formen en el hombre o en la mujer. Y son estas células, ya con un único conjunto de cromosomas, las que darán lugar a la siguiente generación, al pequeño organismo haploide.

Sin embargo, como en casi todos los animales, esta fase se encuentra reducida al máximo en el ser humano. Los organismos haploides, que no llegan a desprenderse ni a salir del cuerpo del progenitor, ni tan siquiera llegan a ser claramente pluricelulares. En su breve periodo de vida se limitan a ser unos simples agregados de células cuya única función es producir inmediatamente los gametos. Estos gametos, llamados espermatozoides y óvulos, sí que llegan a desprenderse del progenitor. Y cuando se unen forman una nueva célula diploide, el cigoto, que tras dividirse una y otra vez dará lugar a un nuevo organismo pluricelular, es decir, a un nuevo hombre o mujer.

Por tanto, cuando decimos que el ser humano es un organismo pluricelular en realidad lo que estamos haciendo es una simplificación. El ser humano sólo es pluricelular en su fase diploide, mientras que es unicelular o casi unicelular en su breve fase haploide y también durante sus formas de transición entre una y otra fase.

Así, cuando observamos a uno de nuestros hijos lo que estamos viendo no es la primera, sino la segunda generación que nos sucede. En medio ha vivido otra generación de la que nadie habla y de la que la mayoría ni tan siquiera sospecha su existencia. Se trata de una nueva generación perdida.

30/3/11

Rebeldes de conciencia.


Lo seres vivos más simples se desarrollan, por lo general, en ambientes relativamente constantes, previsibles, sujetos a pocas alteraciones. Por ello, a lo largo del lento y continuo proceso evolutivo, llegaron a reunir en su código genético toda la información que les es necesaria para su supervivencia. En el caso de los animales más complejos, sin embargo, la situación es muy diferente. Destinados a vivir y a buscar su alimento en un medio cambiante, variable e imprevisible, su código genético nunca podría reunir, pues eso equivaldría prácticamente a adivinar, todas las informaciones que les son necesarias para su supervivencia. Por ello, estos animales necesitan adquirir constantemente nuevas informaciones que, almacenadas en su cerebro, les permiten enfrentarse con éxito a sus condiciones particulares e irrepetibles de vida.

En los seres humanos, estas informaciones pueden ser adquiridas de dos formas diferentes: mediante el propio aprendizaje individual o mediante las enseñanzas transmitidas por los progenitores o su grupo social. Así, en total podemos distinguir en una persona tres tipos diferentes de información, que pueden considerarse como tres niveles superpuestos de conciencia: la información definida por el código genético, la información transmitida socialmente por medio de la cultura y la información adquirida individualmente mediante la propia experiencia personal.

La información existente en el código genético determina la casi totalidad de una persona. Además de todas sus características físicas, determina también la base de su comportamiento, de sus sentimientos y de su personalidad, pues estos se hallan en gran medida condicionados por los genes. Este tipo de información tiene la característica de ser fija e inmutable para cada individuo, pues es siempre la misma a lo largo de toda su vida. Los genes únicamente cambian de persona para persona y, evolutivamente, de generación en generación, pero nunca dentro del propio individuo.

Sobre esta información genética se sobrepone otro nivel de conciencia: la información transmitida culturalmente por los progenitores u otras personas. Estas enseñanzas tienen una gran importancia en el ser humano, pues nuestra especie hace mucho que abandonó su hábitat original, colonizando nuevas tierras en las que el desarrollo de una cultura adaptada al nuevo ambiente resulta prácticamente imprescindible para la supervivencia. A diferencia de la información genética, este tipo de información puede ser modificada por el propio individuo. Y es precisamente debido a ello que la cultura se transmite siempre de forma algo diferente a la siguiente generación. La cultura va así modificándose y transformándose a lo largo de las generaciones, asociada a un determinado grupo humano, etnia o civilización.

Por último, la experiencia personal proporciona al individuo una información, una conciencia, que se sobrepone a las anteriores y que permite a cada persona afrontar todas aquellas situaciones que ni los genes ni la cultura podrían definir, adivinar o precaver. Esta información tiene la característica de ser continuamente modificada, creciendo y desarrollándose a lo largo de toda la vida del individuo.

Pero, ¿será que las informaciones aportadas por estos tres niveles diferentes de conciencia pueden entrar alguna vez en conflicto u oposición? Y si fuese así, si hubiese una contradicción entre genes, cultura y experiencia, ¿cómo debería actuar en ese caso el individuo?

Para empezar, puede decirse que ningún acto dictaminado por la cultura o por la experiencia puede ir directamente en contra de la propia base genética, pues tal sería una autonegación del propio individuo y, en última instancia, una especie de suicidio. La información genética es fija e irrenunciable para cada individuo. El papel de la cultura y la experiencia consiste únicamente en complementar, regular o modular la información existente en los genes, adaptándola a cada situación concreta. Y también en evitar, a veces, las fatales consecuencias que podría tener su aplicación directa e irreflexiva. Pero de ninguna forma pueden pretender sustituirla, pues, por el hecho de ser fija, la información genética no es sustituible.

Sin embargo, en el caso de haber contradicción entre cultura y experiencia, la situación es muy diferente. El papel de la experiencia es, en un primer momento, complementar la cultura y sus siempre genéricos conocimientos. Pero a medida que la experiencia se va desarrollando, llega un momento en que ésta debe comenzar a cuestionar la cultura. Y más tarde, debe modificarla, completarla o rectificarla. Porque la cultura es, en realidad, una especie de compendio de las experiencias adquiridas por las generaciones anteriores. Y por ello, para desarrollarse, la cultura necesita que en cada generación los individuos cuestionen, amplíen o transformen el bagaje cultural que han heredado.

Así, partiendo de una determinada cultura, el individuo debe rebelarse contra ella y mejorarla utilizando toda su experiencia e intelecto. Pero no puede rebelarse contra su propia naturaleza genética, que únicamente puede complementar de la mejor manera llevando con acierto las riendas de su cultura. El individuo debe tomar con fuerza las riendas del viejo centauro para poder cabalgar cada vez más briosa y velozmente.


3/3/11

Tres niveles de conciencia.


Todos los objetos pueden ser descritos o resumidos mediante algún tipo de código que permita, con posterioridad, reproducir ese mismo objeto de una forma idéntica o parecida al original. Una figura geométrica, por ejemplo, puede ser descrita mediante fórmulas matemáticas y ser luego reproducida innúmeras veces. El mecanismo de un reloj puede ser delineado sobre un papel, permitiendo a cualquier relojero crear una copia idéntica de él. También una zona geográfica puede ser representada en un mapa, con sus formas y relieves, y posteriormente reproducida en modelos tridimensionales.

Pero, ¿será igualmente posible describir un ser vivo mediante algún tipo de código, de forma que sea luego posible crear una copia exacta de él? Pues bien, podemos decir que esto es realmente posible para la inmensa mayoría de los seres vivos. Casi todos ellos pueden ser descritos con total exactitud utilizando un código existente en la naturaleza: el código genético. Presente en las células de todos los seres vivos, este código determina con exactitud la totalidad de las características de un organismo: su forma, su estructura, sus órganos, su metabolismo, sus funciones…

De hecho, este código es el utilizado por todos los seres vivos en el momento propio de su reproducción. Así, cuando una bacteria pretende reproducirse, lo primero que hace es crear una copia completa de su código genético para, al dividirse en dos, formar una nueva bacteria exactamente igual a ella (excepto en el caso de haber mutaciones). Y esto mismo puede ser hecho artificialmente. Mediante modernas técnicas de laboratorio, podemos crear una copia exacta del código genético de una bacteria para luego, juntando los componentes químicos necesarios, crear una copia idéntica de ella.

Pero, ¿será que esto se aplica también a seres vivos más complejos, como es el caso del hombre? ¿Será posible hacer una copia exacta de nosotros mismos? En las novelas de ciencia-ficción parece ser habitual que los seres humanos sean codificados y transferidos de un lugar a otro, donde son reconstituidos con total exactitud. Pero, ¿es esto posible en la realidad? Los seres humanos también tienen su código genético y, teóricamente, éste puede ser analizado y copiado innumerables veces. Pero, a diferencia de lo que ocurre en seres más simples, la forma de vida y el comportamiento de los animales complejos no están determinados únicamente por el código genético y la información contenida en él. Están también determinados por otro tipo de informaciones, igualmente valiosas para su supervivencia, que van acumulando, a lo largo de su vida, en zonas del cerebro especialmente destinadas a esa función.

Por ser resultado de la propia experiencia, irrepetible, de cada individuo, estas informaciones son siempre diferentes en cada uno de nosotros. Incluso los hermanos gemelos, idénticos en su código genético, acaban siempre por manifestar personalidades diferentes. Todas estas informaciones adquiridas son acumuladas en el cerebro mediante una red de uniones neuronales de una extraordinaria complejidad y de un número casi infinito, de tal forma que resulta completamente imposible intentar describirlas o codificarlas. Además existe el hecho incuestionable de que estas informaciones están siempre en permanente cambio y evolución. Por consiguiente, podemos concluir que es del todo imposible hacer una copia exacta de un animal complejo como es el hombre.

Por otra parte, en los seres humanos este tipo de informaciones pueden ser adquiridas de dos formas diferentes. En primer lugar, a partir de la educación y costumbres transmitidas al individuo por sus progenitores, o por su grupo social. Y en segundo lugar, a partir del aprendizaje obtenido por el individuo mediante sus propias experiencias personales. Así, si pretendiésemos definir o codificar totalmente a una persona deberíamos considerar, al menos, tres tipos de informaciones existentes en ella: la información contenida en su código genético, la información que le es transmitida a través de la cultura y la información que aprende mediante su propia experiencia.

Estos tres tipos de información pueden considerarse como tres niveles superpuestos de conciencia. En primer lugar, la información genética determina la casi totalidad del individuo, pues además de todas sus características físicas determina también las bases de sus sentimientos, de su carácter y de su personalidad. Sobre este nivel de conciencia se sobrepone otro: la información transmitida culturalmente, que es en general una serie de conocimientos, forjados a lo largo de generaciones, destinados a adaptarse a las condiciones de un determinado ámbito geográfico. Y por último, superpuesta a las anteriores, se sitúa la experiencia personal, un nivel de conciencia que va creciendo y desarrollándose con el paso del tiempo y que permite al individuo una mejor y más completa adaptación al medio y a las circunstancias concretas en que vive.

Así, es gracias a nuestra cultura y experiencia que podemos decir que todos nosotros somos únicos e irrepetibles, imposibles de copiar. Nuestra egolatría tiene así buenas razones para justificarse a sí misma.