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23/12/24
La mal disimulada tiranía mundial
Todos nosotros vivimos bajo el yugo insoportable de la tiranía. Esto es así a pesar de que la mayoría de las veces, llevados quizás por un absurdo e irreductible optimismo, no queramos admitirlo. O a pesar de que, en otras ocasiones, no seamos total y plenamente conscientes de ello. En todo caso, lleguemos a aceptarlo o no, resulta innegable que, de una forma o de otra, todos estamos sometidos al cruel dominio de esta indigna y despreciable forma de gobierno, que anula por completo nuestra libertad, arruina nuestras vidas y somete vilmente nuestra voluntad.
Sin embargo, pese a hallarnos en tan triste y lamentable situación, en ningún modo debemos dejarnos caer por ello en el desánimo. Ni tampoco abandonar nuestros pensamientos a una siempre estéril y melancólica fatalidad. Al fin y al cabo, la tiranía es una de las formas de gobierno más habituales y con más tradición en todo el mundo. En todas las épocas ha habido siempre tiranías de todo tipo y para todos los gustos. Los pueblos del mundo, eternas víctimas de esta forma de gobierno, en ningún momento han llegado a ser desatendidos por sus crueles opresores ni han podido quejarse, por tanto, de una posible falta de infelicidad, de injusticia o de sufrimiento.
Y es que vivir bajo una tiranía es, en realidad, bastante fácil. Basta con poner al frente del poder a un individuo cualquiera, el más tonto si es necesario, y dejar que gobierne de forma despótica, sin ninguna contestación posible. Es cierto que en épocas antiguas se consideraba que un tirano no necesariamente era un mal gobernante y que, en ocasiones, incluso podía ser útil para resolver una situación de extrema gravedad. Pero la verdad es que, desde sus mismos inicios, la tiranía se ha asociado siempre con una forma de gobierno cruel, corrupta y despiadada. Y los tiranos de todo el mundo, con gran empeño y dedicación, se han esforzado en todo momento para que tal imagen se corresponda fielmente con la realidad, reprimiendo siempre cualquier posible escrúpulo moral que pudiesen tener.
Hay que reconocer, por otra parte, que vivir bajo una tiranía es también, hasta cierto punto, bastante cómodo. Bajo esta nefasta forma de gobierno los ciudadanos no tienen que preocuparse prácticamente por nada. No deben molestarse, por ejemplo, en discutir la idoneidad de las leyes, en debatir las medidas de gobierno, en elegir a los cargos públicos, en velar por la adecuada aplicación de las normas o en defender la justicia y la equidad social. Pero, claro, también tiene sus pequeños inconvenientes. En una tiranía es muy probable, por ejemplo, vivir en una miseria permanente, pasar hambre, ser explotado, esclavizado, torturado o asesinado, entre otras muchas cosas desagradables.
De cualquier forma, el rasgo que quizás mejor caracteriza a una tiranía, al margen de cualquier época o circunstancia particular, es que en ella las personas no pueden decidir nada acerca de sus vidas ni tampoco sobre las condiciones en que transcurre su existencia. No pueden en ningún momento dar solución a los problemas que las afectan, preocupan o amenazan, por más terribles o angustiosos que éstos sean. Por el contrario, lo más probable es que dichos problemas no dejen de aumentar, llevando a menudo a sus víctimas al borde mismo del desfallecimiento físico o moral. Es decir, bajo una tiranía las personas no pueden decidir nada sobre sus vidas, no pueden solucionar ninguno de sus problemas vitales ni tampoco pueden evitar que éstos se agraven.
Siendo así, atendiendo a estas tres simples características, tenemos que concluir, rindiéndonos a toda evidencia, que nuestras vidas y nuestros sistemas de gobierno se corresponden de forma casi perfecta con una vulgar y odiosa tiranía. No cabe la menor duda. Es evidente que ninguno de nosotros tiene el poder suficiente para decidir sobre muchos de los aspectos fundamentales que afectan a nuestras vidas. Tampoco tenemos ninguna capacidad real para enfrentarnos a aquellos problemas que, por desgracia, amenazan nuestra supervivencia. Y por último, está claro que no poseemos ni la más remota esperanza de poder evitar que dichos problemas crezcan y se multipliquen en el futuro.
Debemos aceptar, por tanto, que en todo momento hay siempre alguien que decide por nosotros y, por lo general, también en contra de nosotros, determinando cómo debe ser nuestra vida o, en último término, cómo debe ser nuestra muerte. Y si sobre esto existiese alguna duda, basta con citar algunos simples ejemplos, cada uno de ellos, si cabe, de mayor gravedad que el anterior.
Para empezar, es evidente que todos nosotros sufrimos los graves y terribles efectos provocados por el cambio climático, un problema causado por la continua y desmedida utilización de combustibles fósiles. Todos nosotros nos vemos sometidos, cada vez en mayor medida, a tremendas olas de calor, a sequías persistentes, a fenómenos atmosféricos violentos, a inundaciones devastadoras, a incendios sobrecogedores o a la progresiva e imparable desertificación de nuestras tierras. Debido a ello, muchas personas en el mundo sufren o sufrimos ya la miseria, el hambre, la sed, las migraciones forzosas, las guerras, las enfermedades o, por último, la muerte.
Sin embargo, a pesar de ello, a pesar de la enorme magnitud de esta terrible tragedia que azota nuestras vidas, lo cierto es que ninguno de nosotros puede llegar a impedir o solucionar este angustioso problema. Ninguno de nosotros puede decidir, en ningún momento, poner fin a la emisión masiva de gases de efecto invernadero a nivel mundial. En una cuestión tan importante, de la que tan directamente dependen nuestras vidas, hay siempre alguien que nos impone su voluntad y decide por nosotros. Hay siempre alguien, una persona, un grupo, una empresa, un país, un conjunto de países o todos ellos a la vez, que nos impide poner fin a esta descomunal catástrofe. Hay siempre alguien, por tanto, que decide de forma tiránica sobre nuestro propio destino, sobre nuestra vida y también, especialmente, sobre nuestra muerte.
Y aunque los ciudadanos de uno o varios países del mundo, en las naciones más libres y afortunadas, se uniesen para detener sus propias emisiones de gases contaminantes, no por ello conseguirían solucionar el problema. Pues, como es evidente, en modo alguno podrían impedir que otros países continuasen, o incluso aumentasen, su siempre desmedida y abusiva producción de estos gases. Es decir, en relación a este asunto, nos es del todo imposible evitar que la forma en que vivimos o, cada vez más, la forma en que todos nosotros morimos nos sea tiránicamente impuesta.
También resulta indiscutible, siguiendo con otro ejemplo, que los mares y los océanos de todo mundo están cada vez más contaminados, alterados y depauperados. Los recursos marinos, utilizados desde siempre en la alimentación humana, son cada vez más escasos y se presentan cada vez más envenenados.
Y tal como en el caso anterior, por mucho que determinados países optasen por dejar de verter sustancias tóxicas al mar o de acabar con la sobreexplotación de los recursos marinos, ni estos países ni sus ciudadanos tendrían forma alguna de solucionar la progresiva e irreversible muerte de nuestros mares. Porque nada impediría, desde luego, que otros países continuasen agravando cada vez más el problema. Ni tampoco que los grandes destructores del medio marino se desplazasen de un país a otro, burlando cualquier prohibición, para poder continuar con su actividad devastadora. Por tanto, es evidente que la forma en que se destruyen nuestros mares también nos es impuesta por la fuerza, de una manera arrogante, despreciable y tiránica.
Nada decidimos, ni tampoco nada podemos decidir, sobre otras muchas cuestiones de las que igualmente dependen nuestras vidas y nuestra propia supervivencia. Nada podemos hacer, por ejemplo, para evitar la contaminación y los residuos generados por la industria nuclear de determinados países, ni para evitar la destrucción de las selvas tropicales que constituyen nuestras más valiosas reservas de biodiversidad, ni para evitar las sucesivas e interminables guerras provocadas por las grandes rivalidades financieras y los inconfesables intereses de la industria del armamento, ni tampoco para evitar la explotación desmedida y generalizada de todo tipo de recursos naturales, ya sea por parte de los países más ricos o por parte de grandes entidades multinacionales. Nada podemos hacer respecto a todos estos problemas de ámbito y escala mundial que tan gravemente amenazan nuestras vidas. En todos ellos, sin excepción, somos vilmente ignorados, ninguneados y tiranizados.
Es fácil concluir, a través de estos ejemplos, que, aun viviendo en un país modélico donde nuestras decisiones cuenten para algo, en el mismo momento en que intentamos proyectarnos más allá de nuestras fronteras nuestro poder de decisión desaparece por completo y se hace del todo inexistente. Así, en una época como la nuestra, donde los problemas generados por la sobreexplotación, la contaminación y la destrucción de los recursos naturales sobrepasan cualquier frontera o límite territorial, es evidente que nunca tendremos la más mínima oportunidad ni el poder necesario para defender nuestras vidas.
De hecho, las odiosas y múltiples tiranías a que nos enfrentamos se mueven claramente, desde hace ya bastante tiempo, al margen de cualquier división territorial, siguiendo libremente la difusa estela del capital internacional, en la cual los países son meras formalidades, piezas sin valor en un enorme dominó pronto a ser derribado en cascada.
Así, la única opción que tenemos para poder luchar por nuestras vidas pasa necesariamente por superar cualquier limitación impuesta por las fronteras y jurisdicciones territoriales existentes. Es necesario que nuestro poder de decisión se extienda, con la fuerza suficiente, en un ámbito de alcance y extensión mundial, sin ningún tipo de fronteras, de igual forma que lo hacen ya las tiranías que pretendemos derrotar.
Al afrontar este arduo y difícil objetivo, debemos recordar que, a pesar de todo, tenemos a nuestra disposición algunas modestas herramientas que quizás puedan facilitarnos el camino. Estas herramientas son, básicamente, la diplomacia y los tratados internacionales. No se puede negar que, en la actualidad, existe un gran número de acuerdos internacionales con los que se intenta dar solución a algunos de los más graves problemas que nos amenazan. Se pretende con ellos, por ejemplo, proteger algunos de los más importantes recursos mundiales, resolver las necesidades más apremiantes de ciertos países y regiones o incluso, de un modo muy general, asegurar determinados derechos y aspectos fundamentales de los que depende el bienestar y la supervivencia del conjunto de la población mundial.
Sin embargo, los resultados conseguidos por ellos son casi siempre, por desgracia, bastante escasos, insuficientes e ineficaces. Esto es así, para empezar, debido a que estos acuerdos no son firmados por todos los países, no son cumplidos por todos aquellos que los firman y, además, tampoco hay una forma clara de exigir su debido cumplimiento, ni a los países que no los respetan ni a aquellos que los ignoran desde un principio.
La única solución realmente efectiva para resolver todos los problemas a que nos enfrentamos consistiría, sin duda alguna, en la creación de un gobierno y de una gobernanza de orden mundial. Es necesaria la existencia de una poderosa institución internacional que, representando de forma justa a todos los ciudadanos y países del mundo, consiga elaborar, aplicar y hacer cumplir una legislación de ámbito y alcance universal.
Es cierto que, en este momento, la Organización de las Naciones Unidas y sus respectivas agencias suponen un claro intento de crear, de alguna forma, este tipo de gobernanza. Pero, por desgracia, sus casi siempre loables propósitos acaban inevitablemente por reproducir los mismos defectos y tensiones ya existentes, las mismas estructuras de poder, la misma dominación y los mismos abusos, especialmente en relación a los pueblos más desfavorecidos.
De cualquier modo, debemos ser conscientes, ya desde un principio, de que con la existencia de un gobierno mundial tampoco se acabarían definitivamente todos nuestros problemas. Porque, desde luego, siempre existiría el peligro de que dicho gobierno, al margen de sus posibles éxitos o fracasos, acabase también por convertirse en una clásica y tradicional tiranía de las de toda la vida. Nada puede asegurarnos que la omnipresente tiranía, un modelo de dominación tan cultivado a lo largo de toda la historia, no consiguiese apoderarse también, en último término, de un tan apetecible gobierno de ámbito y escala mundial.
En definitiva, aunque para muchos de nosotros nuestra supervivencia se vea ya amenazada en nuestro propio país, dentro de nuestras propias fronteras, por la existencia de una cruel y odiosa tiranía de ámbito local, resulta innegable que todos nosotros, independientemente del país o del lugar del mundo en que vivamos, nos hallamos siempre sometidos, en contra de nuestra voluntad, al indigno dictado de una omnipresente, múltiple y despreciable tiranía de ámbito internacional. Todos nosotros somos, por desgracia, súbditos, esclavos y víctimas de una mal disimulada tiranía mundial. Y con ella, tal como bajo cualquier otro tipo de tiranía, no existe ningún futuro para nosotros.
1/4/24
¿Para qué sirve una especie?
Aquel día la intervención quirúrgica, aparentemente sencilla y sin complicaciones, no transcurrió exactamente como se esperaba. El paciente en cuestión, la sufrida víctima, era, por otra parte, una persona excepcional, fuera de lo común. Se trataba de un famoso economista, muy ilustre y distinguido, autor de numerosos tratados de gran éxito sobre el complejo mundo de las finanzas internacionales. Debido a sus grandes y destacados méritos era unánimemente reconocido en todo el mundo como una de las mentes más brillantes de su generación. Y la verdad es que, quizás precisamente por eso, cuando entró en el quirófano, empujado sobre una vieja, endeble y chirriante camilla, tal vez debería haberse extrañado de algunas de las cosas que vio.
Debería haber desconfiado, por ejemplo, del hecho de ver al cirujano vestido de una forma un tanto peculiar. Podríamos decir, incluso, que bastante estrafalaria. Para empezar, llevaba una enorme nariz postiza de color rojo en medio de la cara. Su cabeza, tímidamente coronada por un pequeño y ridículo sombrero, estaba generosamente cubierta por una exuberante y desaliñada peluca de color remolacha. Vestía una enorme y divertida bata de topos multicolores que le cubría holgadamente todo el cuerpo, abrochada en su parte delantera mediante unos enormes botones, la mayoría de ellos extraviados, ocupando el ojal equivocado. Y lucía además en su solapa una despampanante flor amarilla, algo descuidada y marchita, sin aparentemente ningún rastro, pasado o presente, de olor perceptible.
No cabía duda de que el aspecto del cirujano era de lo más extraño, del todo imposible de pasar desapercibido. Sin embargo, en aquel momento, debido al creciente y entorpecedor efecto de la anestesia, el economista ya no conseguía pensar ni razonar de una forma que pudiese considerase mínimamente normal o coherente.
—De modo que tenemos que retirarle el apéndice –comentó distraídamente el cirujano en el momento mismo de empezar la operación, mientras se frotaba enérgicamente las manos–. ¿Es el apéndice derecho o el izquierdo? Bueno, no importa, le abro por la mitad y luego vemos –y sin pensárselo más, abrió al instante en canal al economista utilizando unas grandes tijeras de punta roma, mostrando en ello una sorprendente e inesperada habilidad.
—La verdad es que no me dijeron… si era el derecho o el izquierdo –acertó finalmente a balbucear el economista, completamente aturdido, mientras el cirujano se encontraba ya hurgando con ávida curiosidad entre sus entrañas.
—¿Sabe usted lo que le digo? –preguntó el cirujano al cabo de unos momentos, levantando de repente la vista y mirando al economista fijamente a los ojos–. Tiene usted todo el cuerpo lleno de órganos. Quizás sea éste el problema. Y me parece que están todos bastante desaprovechados. Si quiere mi opinión, a estos órganos hay que sacarles algún rendimiento, no puede tenerlos aquí parados, sin ninguna utilidad. Mire por ejemplo éste –y en ese instante, tras revolver con dificultad en su interior, extrajo del cuerpo uno de los riñones–. Puede venderlo a muy buen precio. Hay un mercado fantástico para estas cosas. Y además le queda el otro. ¿Qué digo? Lo mejor es que venda los dos, pues así le sale más a cuenta.
—En eso tiene razón, no se puede mantener ningún capital inactivo –respondió el economista, mucho más animado, de repente, al reconocer un tema de conversación tan grato para él–. Hay siempre un elevado riesgo de que se desvalorice. Y más cuando los mercados están en crisis, aunque últimamente haya algunos síntomas de recuperación. Pero, dígame, ¿no necesitaría conservar al menos uno de los riñones? ¿No son necesarios para alguna de esas cosas que hace el cuerpo?
—¿Necesarios los riñones? ¡Qué tontería! Conozco personas que viven sin ningún riñón y se sienten incluso mejor que antes. No tiene nada de qué preocuparse. No se hable más, le quito los dos ahora mismo. Pero, vamos a ver… ¿qué es esta otra cosa que tiene justo aquí en medio? ¿Será el hígado? –se preguntó el cirujano, entornando los ojos y adquiriendo por momentos en su rostro una expresión algo sombría y misteriosa–. Sí, bueno, supongo que debe serlo, creo yo. Pues mire, conozco una receta de hígado con ajo y salsa tártara que es de chuparse los dedos. Se lo voy a sacar también y ya verá luego lo fácil que es de cocinar. Así aprovecha toda esta cosa tan fea y blandengue que tiene aquí y deja además de estorbarnos a todos.
—Pues lo cierto es que el hígado es uno de mis platos favoritos, en eso acierta plenamente –asintió el economista–. ¿Con ajo, dice? Se nota que usted entiende. Seguro que debe ser una delicia. Casi que estoy deseando ya probar esa receta.
—Mire, le saco también el corazón, que está quitando sitio a uno de los pulmones. Así respirará mejor. Y al mismo tiempo le evitará tener cualquier tipo de enfermedades cardiacas en el futuro. Con esto reducirá en más de la mitad los gastos en salud, que tanto nos desequilibran a todos las cuentas. Observe, fíjese bien como se mueve –el cirujano sostenía ahora el corazón, todavía palpitante, en la palma de su mano–. ¡Qué gasto absurdo de energía! ¡Esto le estaba quitando todas las fuerzas al cuerpo! Sin él se sentirá mucho mejor. Aunque, hablando de pulmones, ya me dirá usted para qué quiere respirar. El aire está cada vez más contaminado. Créame, estos pulmones sólo le traerán disgustos. Se los quito y ya verá como me lo agradece. Sacará también un buen provecho de ello.
—¿Un buen provecho por los pulmones? ¿Cree usted que pueden revalorizarse a corto o medio plazo y rendir algún dinero?
—¿Dinero? No nos engañemos, los pulmones no valen nada. Por eso lo mejor es quitárselos de encima. En eso precisamente está el provecho. Pero olvídese ahora de los pulmones y vea con atención todo esto: aquí tiene el bazo, el páncreas, la vejiga y esa otra cosa que no sé muy bien lo que es. ¿Sabe para qué sirven? Pues si no lo sabe, me parece a mí que tampoco le hacen falta. Van fuera también.
—¡Cuánta razón tiene! Si no sé para qué sirven, ¿qué utilidad pueden tener? La verdad es que nunca en mi vida he oído hablar de ellos. Aunque, si he de ser sincero, yo fui muy poco a la escuela cuando era niño. Ya por entonces tenía claro que quería ser economista. Y ya sabe, para eso no hay que estudiar mucho.
—Quizás no se lo crea, pero yo tampoco he estudiado mucho para ser cirujano. Ah, pero veo que además tiene dos piernas y dos brazos, todo por duplicado. ¡Qué cosa tan anticuada! ¡Con toda la tecnología moderna y sofisticada que hay en la actualidad! Ahora fabrican unas magníficas sillas de ruedas que permiten desplazarse a todas partes mucho más rápido y sin necesidad alguna de andar. Y además, con todos los automatismos de la vida moderna, ¿para qué necesita los brazos? Ya de poco le sirven. Piense, por ejemplo, que sin ellos no tendría la necesidad de estar continuamente cortándose las uñas, con lo que ganaría un tiempo precioso para tareas mucho más productivas. Lo mejor sería quitárselo todo.
—Si usted lo dice, que así sea. Soy un firme defensor del progreso tecnológico. Y apoyo, desde luego, todo lo que signifique aumentar la productividad. Todos tenemos que contribuir con nuestro empeño personal y nuestro sacrificio en hacer más grande la economía. ¿Qué haríamos con una economía que no creciese continuamente? Es eso lo que nos mantiene con vida, lo que nos hace avanzar hacia el futuro.
—Pues no se diga más. Fuera entonces las piernas y los brazos. Aunque ahora, sin ellos, la verdad es que le será mucho más difícil mantener la cabeza en equilibrio sobre el cuerpo. Así que lo mejor será quitarla también. Además, como ya sabe, las personas sin cabeza trabajan mejor y son mucho más productivas. No pierden el tiempo cuestionándose en todo momento qué es lo que hacen. Y bien, ya que estamos puestos a eliminar cosas superfluas, le voy a quitar también todos estos huesos, como las costillas y la pelvis, que me parece que la tiene al revés, o quizás no. Y este intestino tan largo se lo reduzco o, mejor aún, se lo quito del todo.
—Si me permite el comentario, usted parece que entiende bastante de economía. Y además, es un excelente cirujano. Nunca me había sentido mejor que en este momento, tan ligero y al mismo tiempo tan pletórico de energía. Es como si de repente me hubiese convertido en un activo financiero, siempre sin ninguna base real pero capaz de absorber dinero de todo lo que hay a su alrededor. La verdad es que estoy ansioso por levantarme ya de esta mesa, salir del hospital y seguir contribuyendo con todo mi esfuerzo al crecimiento de la economía del país… Por cierto, antes de irme, hay una cosa que quería preguntarle: esa enorme nariz roja, ¿la tiene así desde siempre?
Cuando el cirujano acabó de sacar todos los órganos inútiles del cuerpo del economista, sobre la mesa de operaciones tan sólo quedaba el apéndice, el derecho, que en realidad se encontraba en perfecto estado. Así pues, no fue en absoluto necesario extirparlo. Por desgracia, sin pulmones, ni corazón, ni intestino, ni cabeza, ni hígado… es decir, sin ninguno de los órganos esenciales del cuerpo, el apéndice acabó por fallecer pocos días después. Y éste fue, sin más, de forma inesperada, el triste y fatídico final del famoso economista.
Aunque, desde luego, hay que reconocer que hasta en sus últimos momentos el economista fue una persona ejemplar y coherente con sus ideas. Murió de una forma casi heroica, defendiendo fielmente los grandes conceptos económicos que rigen nuestra época. Así, eliminar todos los órganos de su cuerpo por ser poco productivos y rentables desde un punto de vista financiero fue sin duda la mejor cosa y la más valiente que hizo en toda su vida.
Pensando por momentos en la trágica historia del prestigioso economista, es posible que quizás también nosotros, por breves instantes, nos hagamos la misma pregunta que él se hizo durante el trascurso de su accidentada operación, es decir: ¿para qué sirven realmente los órganos de nuestro cuerpo?
Esta cuestión, no obstante, poco tiempo podrá ocupar nuestro pensamiento, pues la respuesta resulta más que evidente. Es algo obvio: la finalidad de los órganos de nuestro cuerpo es mantenernos con vida. De eso no nos cabe la menor duda. Es verdad que quizás podamos sobrevivir algún tiempo sin uno de los riñones o sin algún otro órgano cuya función sea menos esencial, pero, básicamente, todos ellos son imprescindibles para que continuemos con vida y de perfecta salud. De modo que eliminarlos por puro capricho o por ignorancia, pensando que con ello no nos va a pasar nada, sería evidentemente un terrible y fatídico error.
Una vez que tenemos claro para qué sirven nuestros órganos, quizás nos resulte más fácil responder a otra pregunta, en apariencia más complicada y algo alejada de la anterior. La pregunta, concretamente, es la siguiente: ¿para qué sirve realmente una especie? Es decir, ¿para qué sirve cada una de las especies que ocupan y conforman la totalidad de los ecosistemas de nuestro planeta? ¿Para qué sirve, en definitiva, toda la maravillosa diversidad de seres vivos que existe en nuestro mundo?
Pues bien, aunque quizás pueda parecernos menos evidente, la respuesta es exactamente la misma que en el caso anterior. No cabe la menor duda: la finalidad de todas las especies que existen en el mundo es mantenernos con vida.
Esto es así aunque no siempre seamos plenamente conscientes de ello. O aunque muchas veces incluso finjamos o pretendamos ignorarlo por completo. En todo caso, lo que resulta innegable es que necesitamos mantener y conservar todas las especies existentes en nuestros ecosistemas para poder sobrevivir. Sin ellas, simplemente, no conseguiríamos continuar con vida.
Para entender esto con mayor claridad, podemos hacer un simple paralelismo con lo que ocurre en nuestro propio cuerpo. Sabemos que durante nuestro desarrollo embrionario nuestras células crecen, se multiplican y se diferencian para formar todos y cada uno de los órganos que configuran nuestro cuerpo. Y sabemos también, como ya hemos dicho, que, en lo fundamental, nos sería imposible vivir sin cualquiera de ellos.
Pues bien, de forma semejante, a lo largo de millones de años, durante el desarrollo evolutivo de la vida, los organismos se han ido multiplicando y diferenciando para dar lugar a cada una de las especies que en la actualidad conforman nuestros ecosistemas. Y de forma parecida a lo que ocurre con los órganos de nuestro cuerpo, todas las especies existentes son necesarias, en lo fundamental, para la supervivencia de dichos ecosistemas. Unos ecosistemas que, como conviene recordar, son precisamente los que nos mantienen con vida a nosotros y a la totalidad de los seres vivos.
Si eliminar uno de los órganos de nuestro cuerpo supone nuestra muerte inmediata, eliminar una de las especies de nuestro ecosistema supone, de igual forma, el camino directo a nuestra propia destrucción. El problema está, para nosotros, en la diferente percepción que conseguimos tener de ambos casos. Siendo el número de órganos de nuestro cuerpo muy limitado, nos resulta fácil comprender el efecto que tiene sobre nosotros eliminar cualquiera de ellos. Por el contrario, contándose por millares las especies que forman parte de nuestros ecosistemas, solapándose además muchas veces unas especies con otras en parte sus funciones, nos resulta extremadamente difícil comprender el efecto que puede tener sobre nosotros la desaparición de cualquiera de ellas. Sin embargo, ese efecto, por más difuso e intangible que nos parezca, es bien real. Y por desgracia, no se manifiesta de forma inmediata, sino que sólo conseguimos verlo con claridad pasado un cierto tiempo, a menudo de muchas generaciones.
En determinadas ocasiones, sin embargo, sí que nos es posible ver ese efecto con bastante rapidez, la suficiente como para entender, gracias a ello, su auténtica dimensión. Esto es así porque, tal como en nuestro cuerpo hay órganos absolutamente esenciales sin los cuales no podríamos sobrevivir ni siquiera un minuto, también en los ecosistemas hay determinadas especies, denominadas especies clave, sin las cuales todo el ecosistema se vendría abajo y desaparecería de forma casi inmediata. La falta de cualquiera de estas especies generaría un efecto en cascada que, en último término, acabaría por alterar alguno de los ciclos fundamentales propios del ecosistema, que se vería así afectado en su totalidad y condenado rápidamente a desaparecer.
Un ejemplo utilizado con frecuencia para ilustrar este tipo de especies es el castor, un animal que, mediante la paciente y laboriosa construcción de sus presas en los cursos fluviales donde vive, crea y mantiene en ellos un hábitat acuático muy particular que desaparecería de inmediato si dejase de pronto de existir la especie. También son claros ejemplos los grandes predadores terrestres, situados en lo alto de la cadena trófica, sin los cuales los herbívoros proliferarían hasta acabar con toda la vegetación existente, acabando en poco tiempo con todo el ecosistema. Y también lo son las especies arbóreas dominantes en un determinado tipo de hábitat, donde además puede pensarse que quizás también sean igualmente fundamentales los polinizadores de dichas plantas, los dispersores de sus semillas o los defensores contra sus plagas, sin los cuales, probablemente, todo el ecosistema desaparecería en poco tiempo.
A nosotros, dado nuestro corto tiempo de vida y nuestra limitada capacidad de comprensión, sólo nos es posible ver con claridad los efectos causados por la desaparición de las especies clave. Sin embargo, debemos ser conscientes de que todas las especies, cada una de ellas, son necesarias e imprescindibles para los ecosistemas. Y por tanto, también para nuestra propia supervivencia. No nos es posible prescindir de ninguna de ellas, por más insignificantes que nos parezcan. De hecho, son precisamente las especies más insignificantes, como pueden ser por ejemplo los microorganismos, los gusanos o las hormigas, las que suelen aportar una mayor cantidad de biomasa total, de materia viva, al ecosistema y ser por ello una pieza fundamental dentro de él.
Por otra parte, es también cierto que determinadas especies con una función ecológica muy semejante a otras podrían desaparecer sin tener quizás un efecto apreciable en el ecosistema. O que ciertas especies pueden estar a punto de desaparecer, por sí mismas, debido al propio proceso evolutivo, que actúa siempre a una escala de millones de años. Pero dichos casos, muy difíciles o casi imposibles de identificar por nosotros, deben ser entendidos como una excepción. Además, dichas especies poseen siempre por sí mismas, como cualquier otra, un importante y fundamental valor como reserva genética. Por tanto, el que haya especies esenciales para el ecosistema en un mayor o menor grado no significa que todas ellas, en lo fundamental, no sean siempre necesarias. Exactamente lo mismo que ocurre con los órganos de nuestro cuerpo.
Así, cuando oímos a falsos e ignorantes economistas afirmar que la naturaleza y las especies no son necesarias, que no sirven para nada y que lo mejor que podemos hacer es eliminarlas para sacar un buen provecho de ellas, para enriquecernos a su costa, no nos cuesta nada imaginarnos a esos mismos economistas tendidos sobre una mesa de operaciones. No nos cuesta nada imaginárnoslos bajo las luces del quirófano, inquietos, temblorosos, agitándose nerviosamente. O incluso completamente aterrorizados, de repente, al ver ante ellos, entre las sombras, a un cirujano con una gran nariz roja en la cara, una exuberante peluca de color remolacha y una divertida bata de topos multicolores cubriendo todo su cuerpo.
Y lo peor es que en ese momento, por mucho que quieran, no podrán quejarse de nada. Porque, de igual forma que el cirujano comenzará en seguida a sacar todos los órganos de sus cuerpos por no considerarlos necesarios, sabemos que dichos economistas tampoco dudarían nunca, llegado el caso, en ir sacando, matando y exterminando todas las especies existentes en nuestros ecosistemas, al tiempo que repiten solemnemente, en voz alta, sus grandes e incuestionables sofismas.
Por desgracia, sus locos y extravagantes desvaríos no les afectan sólo a ellos, sino que nos ponen en peligro a todos nosotros. Y el hecho de que en el mundo se sigan con tanta frecuencia, ciegamente, sus absurdos consejos, como ocurre en unos tiempos tan turbios y convulsos como los nuestros, es algo que nos llevará irremediablemente al desastre.
En el momento final, cuando sobre la mesa de operaciones sólo quede el apéndice, es decir, cuando en todo el ecosistema sólo quede nuestra propia especie, no debería admirarnos que, privados de todo sustento, acabemos finalmente por morir. Aun así, podemos estar seguros de que, incluso en esos instantes, no dejaremos de oír la voz de los grandes economistas, atrincherados en el solitario y triste apéndice, defender que la suya es la única y mejor opción, la más rentable. Y que lo demás son tonterías.
19/2/19
La desbordante dimensión del poder
Las muñecas rusas o matrioshkas son una serie de figuras huecas de madera, de tamaño progresivamente creciente, en las que cada figura puede introducirse en el interior de aquella otra que es inmediatamente mayor. Las muñecas pueden ir así encajándose sucesivamente unas dentro de otras, ganando cada vez más en tamaño, hasta conseguir al final aquello que en apariencia es una única gran muñeca. Pero, en realidad, ésta no es otra cosa que un conjunto de varias muñecas reivindicando un mismo y único espacio desde la pluralidad de sus diferentes dimensiones.
De igual forma que las muñecas rusas, también los diferentes poderes públicos existentes en una sociedad, tales como el poder local, el poder regional o el poder estatal, teniendo diferentes y progresivos tamaños, consiguen ir encajando sucesivamente unos dentro de otros. Y tal como las muñecas, todos ellos tratan de reivindicar y de ejercer su poder en un mismo y único espacio desde la pluralidad de sus diferentes dimensiones.
Sabemos que todo poder, cualquiera que sea su tamaño o dimensión, es capaz de degradarse y corromperse, especialmente en el seno de una sociedad decadente e ideológicamente a la deriva. Y también que la única solución para evitarlo es tener en todo momento una sociedad fuertemente instruida e ideologizada, inmune a la corrupción y decidida a defender esforzadamente su libertad.
Pero, de igual forma, para evitar esa deriva y esa corrupción puede ser de gran ayuda tener un poder público dividido en varios niveles y que funcionen de forma simultánea. Ayudará tener al mismo tiempo un poder local, un poder regional y un poder estatal que mantengan un equilibrio constante entre ellos, interactuando y vigilándose mutuamente, reforzándose para tratar de impedir que aflore en cualquiera de ellos la corrupción, la decadencia o el dominio de uno sobre otro.
Se podrá conseguir así un equilibrio que pueda evitar la aparición de centralismos estatales, de nacionalismos regionales o de caciquismos locales, o también de abusos y discriminaciones entre diferentes regiones o localidades. Aunque deberá tenerse en cuenta que, ante todo, la primera y primordial función de los diferentes poderes deberá ser siempre cooperar para crear y arraigar en la sociedad una fuerte ideología en defensa del bien público y de la libertad.
Teniendo todo esto en cuenta, ¿cuál debería ser entonces la medida y la extensión adecuada de cada uno de estos poderes? ¿Y de qué forma deberían encajar unos dentro de otros para conseguir una única, múltiple y armoniosa matrioshka?
Un buen punto de partida para abordar este problema sería adoptar, en primer lugar, el principio de autosuficiencia. Debería residir en el poder local todo aquello que una comunidad local sea capaz de resolver por sí misma. Y en el poder regional únicamente aquello que el poder local no consiga asegurar. Siguiendo la misma lógica, el poder estatal únicamente debería ocuparse de aquello que estuviese por encima de las posibilidades del poder regional. El principio de autosuficiencia es por tanto un principio de tipo centrífugo, que otorga siempre preponderancia a los poderes periféricos y de menor dimensión. Sin embargo, sobre él deberemos aplicar luego otros principios contrarios, de tipo centrípeto, que otorgan preponderancia a los poderes centrales y de mayor dimensión.
Uno de ellos sería el principio de economía institucional, según el cual no debería replicarse o multiplicarse en un poder inferior aquello que se ejecuta de forma más fácil, eficiente y económica en un poder superior. Está claro que mantener instituciones de carácter complejo y especializado, como puede ser por ejemplo una universidad o un hospital, supondrá siempre un enorme esfuerzo a nivel local, pero supondrá mucho menor esfuerzo a nivel regional y aún menos a nivel nacional.
Otro principio es el de integración. La eliminación de fronteras, cualquiera que sea la razón primordial a que éstas obedezcan, favorece la comunicación, el intercambio, la ayuda, la cooperación, la libertad y la paz. Así, dentro siempre de la más exigente defensa de la justicia y la igualdad, deberán crearse unidades y niveles de poder lo más grandes y extensos posibles. Y en ese proceso de integración cualquier particularidad o diferencia no fundamentada debería ser generosamente dejada atrás.
No menos importante es el principio de adaptación al medio. La propia dimensión del medio físico y de los recursos naturales es la que determina la dimensión del poder que deberá hacerse cargo de todo lo que se relaciona con ellos. Una cuenca fluvial, por ejemplo, deberá estar bajo la jurisdicción de un nivel de poder que englobe la totalidad de la extensión física de este recurso natural, pues de otra forma cualquier intento de gobierno o de gestión de ella resultaría completamente inútil e ineficaz.
Utilizando estos y otros principios, podría esbozarse un sistema político en que, por encima del poder local autosuficiente, se estableciese un poder regional que asegurase, por ejemplo, la existencia de universidades, de hospitales, de tribunales, la ejecución de las leyes o la elaboración de reglamentos. Y por encima de él, un poder estatal que asegurase, por ejemplo, le existencia de una red de universidades y hospitales, los tribunales superiores, las policías, la función legislativa o la protección de los recursos naturales.
Pero a ellos fácilmente podríamos añadir aún otro poder de un nivel superior, un poder de dimensión interestatal o continental. Este nivel de poder, gracias a su mayor extensión, sería el más adecuado para asegurar, por ejemplo, la creación de una red armoniosa de políticas que defendiese la preservación de la naturaleza y sus ecosistemas, los derechos sociales fundamentales, la defensa o la paz.
Sin embargo, cada vez resulta más evidente la urgente necesidad de que exista un poder o una gobernanza aún mucho mayor, de nivel mundial. El mundo se enfrenta actualmente a terribles problemas ambientales, como por ejemplo la degradación de la capa de ozono, el calentamiento global, la contaminación de mares y océanos o la pérdida de biodiversidad. Todos estos problemas afectan al planeta entero como a un todo y, por tanto, sólo pueden resolverse a la misma escala, con un gobierno de dimensión mundial. Cualquier poder de escala inferior sería completamente incapaz de resolverlos y de asegurar por tanto la supervivencia, hoy tan gravemente amenazada, de sus ciudadanos.
Está claro que para superar esta terrible situación, en la cual unos países comprometen y amenazan la vida en todos los otros, es imperativo llegar a construir un gobierno mundial cuya compleja composición y articulación, más allá de los modestos tratados y convenios internacionales actualmente existentes, nunca ha sido realmente formulada, ideada o reglamentada. Sin embargo, no podemos olvidar que existirá entonces otro peligro. Debe alertarse de que este hipotético y complejo gobierno mundial, si no se toman en todo momento las medidas más correctas y adecuadas, podría eventualmente derivar hacia un poder tiránico absoluto de unas dimensiones nunca antes vistas ni imaginadas.
28/10/10
Saturno devora nuevamente a sus hijos.
Durante los últimos años de su vida, el pintor romántico Francisco de Goya pintó sobre los muros de su casa unos frescos, las llamadas pinturas negras, en las que, a través de una serie de escenas tétricas, sombrías y alucinadas, nos transporta hacia un mundo inquietante dominado por la locura y el terror. Una de esas pinturas, quizás la más famosa de todas, es la conocida como “Saturno devorando a un hijo”. Con esta horrenda pintura, basada en la historia del antiguo mito griego, Goya consiguió retratar una parte del alma de la sociedad de su tiempo, una sociedad llena por entonces de oscuras sombras, de crueldad y de odio. Sin embargo, para desgracia de todos nosotros, esta pintura se ha convertido también, en los días de hoy, en una imagen profética del presente y del futuro próximo de la humanidad.
Tal como en la grotesca pintura de Goya, la humanidad de hoy devora a la humanidad del mañana. En este caso no es por temor de ser destronada por la siguiente generación, como le ocurría al dios Saturno, pues en el mundo real, en el mundo de los seres mortales, los hijos acaban siempre, inevitablemente, por sustituir a sus progenitores. La razón por la cual la humanidad actual devora a la del mañana es tan sólo por codicia, por comodidad, por egoísmo, por incapacidad, por arrogancia, por vicio, por falta de inteligencia.
La humanidad de hoy está a apropiarse, a robar, el futuro de la humanidad del mañana. Roba sus recursos, su aire, sus aguas, sus tierras, su alimento, sus casas, sus bienes, sus trabajos, su sustento. Poseída por la misma locura que el dios Saturno, la generación actual devora los recursos pertenecientes a las próximas generaciones y, al hacerlo, engulle también todas sus posibilidades de supervivencia. Bien puede decirse que lejos, muy lejos, van ya aquellos tiempos en que una generación se preocupaba por el bienestar y la supervivencia de las siguientes, aquello a lo que hoy se llama solidaridad intergeneracional.
En tiempos pasados, las personas plantaban árboles que sabían que sólo sus hijos, o sus nietos, iban a llegar a ver crecer y fructificar. Araban y aplanaban terrenos agrestes para que sus descendientes pudiesen realizar en ellos sus siembras. Seleccionaban con paciencia las mejores semillas para que en el futuro sus hijos tuviesen abundantes cosechas. Construían canales para llevar el agua a las ciudades y los campos, asegurando el sustento de las generaciones siguientes. Levantaban muros y fortificaciones que se mantenían en pie durante siglos, dando protección a todos sus habitantes. Edificaban sólidas casas que pasaban de padres a hijos. Construían puentes y diques que domaban los ríos y sus periódicas crecidas… Todo cuanto los antiguos hacían, o al menos gran parte de ello, constituía un valioso legado que dejaban en herencia a sus descendientes. Y seguramente, se sentían muy orgullosos de ello.
Hoy en día las cosas son muy diferentes. ¿Qué es lo que, en verdad, nuestra generación deja en herencia a las siguientes generaciones? ¿Es algo quizás de lo que podamos sentirnos satisfechos y orgullosos? Ciertamente, no.
Lo que nuestra generación deja a las siguientes son los residuos radioactivos de las centrales nucleares. Son los metales y compuestos químicos, de carácter venenoso, vertidos diariamente en los suelos, en los ríos, en los lagos y en el mar. Son los antiguos suelos fértiles ahora desertificados y áridos, agotados por una explotación agrícola intensiva basada en el petróleo y en fertilizantes artificiales. Son los mares vacíos de pesca y sin alimento, con las especies piscatorias llevadas hasta el exterminio. Son las nuevas enfermedades nacidas de la miseria, más todas aquellas otras antiguas que volverán debido al mal uso y agotamiento de los antibióticos. Es el cambio climático producido por la contaminación de la atmósfera, amenazando de mil formas terribles el futuro, entre ellas nuevas sequías, catástrofes y más desolación. Es la desforestación de todos los bosques del mundo. Es la ausencia de centenares de especies vivientes que son exterminadas a cada día que pasa y que nunca más volverán a existir. Son todos los ecosistemas alterados y heridos de muerte, incapaces de captar de forma fecunda y sostenible la energía del sol. Son los recursos naturales asaltados, agotados y destruidos. Es un mundo superpoblado y condenado a una progresiva degradación. Es, en resumen, un futuro negro y sin atisbos posibles de supervivencia. Al final, ¿qué es lo que puede mover a un odio tan profundo hacia las siguientes generaciones?
A pesar de haber sido realizada hace dos siglos, la pintura de Goya retrata fielmente el escenario de locura y de muerte del mundo de hoy. Un mundo absurdo donde el padre devora golosamente el futuro de sus hijos y, escarbándose los dientes con un palillo, eructa de satisfacción.
Tal como en la grotesca pintura de Goya, la humanidad de hoy devora a la humanidad del mañana. En este caso no es por temor de ser destronada por la siguiente generación, como le ocurría al dios Saturno, pues en el mundo real, en el mundo de los seres mortales, los hijos acaban siempre, inevitablemente, por sustituir a sus progenitores. La razón por la cual la humanidad actual devora a la del mañana es tan sólo por codicia, por comodidad, por egoísmo, por incapacidad, por arrogancia, por vicio, por falta de inteligencia.
La humanidad de hoy está a apropiarse, a robar, el futuro de la humanidad del mañana. Roba sus recursos, su aire, sus aguas, sus tierras, su alimento, sus casas, sus bienes, sus trabajos, su sustento. Poseída por la misma locura que el dios Saturno, la generación actual devora los recursos pertenecientes a las próximas generaciones y, al hacerlo, engulle también todas sus posibilidades de supervivencia. Bien puede decirse que lejos, muy lejos, van ya aquellos tiempos en que una generación se preocupaba por el bienestar y la supervivencia de las siguientes, aquello a lo que hoy se llama solidaridad intergeneracional.En tiempos pasados, las personas plantaban árboles que sabían que sólo sus hijos, o sus nietos, iban a llegar a ver crecer y fructificar. Araban y aplanaban terrenos agrestes para que sus descendientes pudiesen realizar en ellos sus siembras. Seleccionaban con paciencia las mejores semillas para que en el futuro sus hijos tuviesen abundantes cosechas. Construían canales para llevar el agua a las ciudades y los campos, asegurando el sustento de las generaciones siguientes. Levantaban muros y fortificaciones que se mantenían en pie durante siglos, dando protección a todos sus habitantes. Edificaban sólidas casas que pasaban de padres a hijos. Construían puentes y diques que domaban los ríos y sus periódicas crecidas… Todo cuanto los antiguos hacían, o al menos gran parte de ello, constituía un valioso legado que dejaban en herencia a sus descendientes. Y seguramente, se sentían muy orgullosos de ello.
Hoy en día las cosas son muy diferentes. ¿Qué es lo que, en verdad, nuestra generación deja en herencia a las siguientes generaciones? ¿Es algo quizás de lo que podamos sentirnos satisfechos y orgullosos? Ciertamente, no.
Lo que nuestra generación deja a las siguientes son los residuos radioactivos de las centrales nucleares. Son los metales y compuestos químicos, de carácter venenoso, vertidos diariamente en los suelos, en los ríos, en los lagos y en el mar. Son los antiguos suelos fértiles ahora desertificados y áridos, agotados por una explotación agrícola intensiva basada en el petróleo y en fertilizantes artificiales. Son los mares vacíos de pesca y sin alimento, con las especies piscatorias llevadas hasta el exterminio. Son las nuevas enfermedades nacidas de la miseria, más todas aquellas otras antiguas que volverán debido al mal uso y agotamiento de los antibióticos. Es el cambio climático producido por la contaminación de la atmósfera, amenazando de mil formas terribles el futuro, entre ellas nuevas sequías, catástrofes y más desolación. Es la desforestación de todos los bosques del mundo. Es la ausencia de centenares de especies vivientes que son exterminadas a cada día que pasa y que nunca más volverán a existir. Son todos los ecosistemas alterados y heridos de muerte, incapaces de captar de forma fecunda y sostenible la energía del sol. Son los recursos naturales asaltados, agotados y destruidos. Es un mundo superpoblado y condenado a una progresiva degradación. Es, en resumen, un futuro negro y sin atisbos posibles de supervivencia. Al final, ¿qué es lo que puede mover a un odio tan profundo hacia las siguientes generaciones?
A pesar de haber sido realizada hace dos siglos, la pintura de Goya retrata fielmente el escenario de locura y de muerte del mundo de hoy. Un mundo absurdo donde el padre devora golosamente el futuro de sus hijos y, escarbándose los dientes con un palillo, eructa de satisfacción.
18/2/10
Ilusión de riqueza.
La riqueza parece ser una de las aspiraciones más comunes y generalizadas dentro de nuestra sociedad. Todas las personas desean ser ricas. Incluso las ciudades, los países o los continentes desean ser ricos. En realidad, todo el mundo desea ser rico. Todos aspiran a vivir en la mayor opulencia, a nadar en la mayor abundancia posible de dinero. La pobreza, por el contrario, es vista siempre como un sinónimo de fracaso, como la última y postrera señal de decadencia. Se la considera siempre como algo vergonzoso, algo que debe esconderse en todo momento… incluso cuando no se tenga suficiente dinero para ocultarla de forma convincente.
Y ciertamente, debe admitirse que la pobreza es cosa de fracasados, pues no hay nada más fácil que convertirse en una persona rica. Andar siempre con los bolsillos a reventar de dinero es la cosa más sencilla del mundo. Para ello basta con seguir una serie de consejos elementales, todos ellos muy simples y fáciles de realizar. Recordemos aquí algunos de los más habituales y conocidos:
● ¿Tiene usted casa? Pues bien, pida entonces una hipoteca a un banco y al instante estará usted lleno de dinero. Una vez hecho esto, pida una segunda hipoteca para conseguir aún más dinero. Venda después todo lo que tenga dentro de la casa: los muebles, la ropa, los electrodomésticos… No dude en vender cualquier cosa que se encuentre en su interior y que no sea fundamental para que la casa se mantenga en pie.● No se limite a su propia casa. Venda también las casas de otras personas. Aunque en el futuro vaya a tener algunos problemas judiciales, lo cierto es que de momento habrá obtenido una buena cantidad de dinero. Y no olvide que esas casas casi siempre tienen en su interior objetos valiosos. Róbelos y véndalos por un buen precio. Es lógico que al principio encuentre cierta oposición de sus dueños, pero no se desanime y persevere en todo momento.
● Pero nada de lo dicho es suficiente para ser aún más rico. Como todo el mundo, usted tiene dos riñones. ¿Para qué quiere los dos? Venda uno a quien pague mejor por él. ¿Y qué hacer con el resto de órganos? Ciertamente que no utiliza todos. Puede hacer un buen dinero vendiendo aquellos que tiene repetidos o que no utiliza así mucho.
● ¿Tiene usted hijos? Si los tiene, podrá ser aún más rico. Apodérese del dinero destinado a su educación. Y también del que estaba ahorrando para poder pagarles aquella operación en el hospital. Venda al instante todo el patrimonio que sus hijos pensaban heredar y que iba a constituir en el futuro su único sustento. Ponga a todos sus hijos a trabajar para usted y, cuando no le sirvan para nada, véndalos.
Sí, es verdad, todos estos consejos parecen completamente disparatados. Sin duda que seguirlos permitiría ganar algún dinero, pero no por ello dejan de ser un montón de ideas absurdas, obra de un idiota o de un loco… ¿O quizás no lo son?
Pues bien, en realidad, y por más sorprendente que pueda parecer, todos estos consejos aquí citados son seguidos a diario por… ¡todos nosotros!
Todos nosotros vivimos en un mundo que sigue un modelo económico de ideología neoliberal. Es decir, un mundo que sigue al pie de la letra todos los consejos aquí referidos. Sólo que estos consejos tienen habitualmente otro nombre, otras dimensiones y otra apariencia. Pero, en realidad, son exactamente los mismos.
● Todos nosotros vivimos en países que se endeudan una y otra vez a los bancos internacionales, convertidos ya en auténticos dueños del mundo. Endeudamiento externo, balanza comercial negativa, créditos financieros internacionales… son los nombres habituales que se da a una economía hipotecada varias veces. Y para obtener más dinero, los gobiernos no dudan luego en vender todo el patrimonio del país, todas sus empresas, toda su economía productiva… Todo lo que exista de valor.
● También acaban por vender a entidades privadas, ya sean nacionales o extranjeras, los sistemas públicos que garantizan el bienestar y la seguridad de los ciudadanos: la sanidad, la educación, la defensa, los servicios sociales… Parece que, al fin y al cabo, el país puede sobrevivir perfectamente sin algunos de sus órganos vitales.
● El asalto y saqueo de otros países constituye una larga y gloriosa tradición del mundo rico. Saqueo éste que continúa hoy en día, como bien demuestra el origen de las materias primas que alimentan a los países más ricos, casi siempre provenientes de países cada vez más y más pobres.
● Consumiendo de forma insostenible cualquier recurso natural o productivo, nuestros países son ahora cada vez más ricos. Pero lo son siempre a costa de la pobreza y de la miseria de las futuras generaciones, que además deberán pagar todas las deudas ambientales, ecológicas y financieras dejadas por sus desconsiderados progenitores.
Sí, todos nosotros vivimos en un mundo dorado lleno de riqueza. Pero es una riqueza ilusoria. Y es nuestra obra: la obra de un idiota o de un loco.
15/10/09
Invocar al ángel de la perversidad.
Existe toda una serie de personajes, tanto históricos como imaginarios, que tradicionalmente han sido tratados con gran desprecio, a veces incluso con repugnancia, por la opinión pública más bien pensante. Podemos citar aquí algunos ejemplos: Atila, terrible rey de los hunos, la bruja malvada que aprisionó a Hänsel y Gretel en su cabaña de mazapán, el misterioso y siniestro Jack el Destripador, piratas crueles como el capitán Barbarroja, los famosos y siempre desalmados traficantes de esclavos, etc.
Hasta ahora, todos estos personajes eran vistos como monstruos despiadados y sanguinarios. Sin embargo, en la actualidad, esta visión negativa que se tenía de ellos está comenzando a cambiar. Y esto es así porque, a la luz de las ideas neoliberales que dominan el mundo actual, todos ellos comienzan a revelarse ante nuestros ojos como auténticos héroes. Todos ellos, de forma modesta y silenciosa, hicieron algo que favoreció el bienestar de todos los pueblos del mundo, aproximándolos al siempre tan ansiado objetivo de la riqueza universal. Sí, todos ellos… crearon puestos de trabajo.
No cabe la menor duda. Consideremos, por ejemplo, al bárbaro Atila. Este famoso caudillo contrataba un número ingente de soldados en cada una de sus sangrientas correrías, y cuando la mayoría moría, pocos días después, siempre reclutaba aún más. Gracias a él, no existían nunca personas desempleadas. Por su parte, la bruja de la cabaña de mazapán fue, en realidad, un ejemplo admirable de iniciativa empresarial. Su mesón, que tenía por especialidad gastronómica los niños asados, dinamizaba la economía del bosque y creaba muchos puestos de trabajo entre los duendes, empleados allí como camareros. ¿Y qué podemos decir del sanguinario Jack? Nunca el sector de las funerarias estuvo tan floreciente, empleando a tantos trabajadores. El pirata Barbarroja, por su parte, creó numerosos puestos de trabajo en el sector naval. Y los traficantes de esclavos, que transportaban a los trabajadores hasta las plantaciones, donde existía una gran demanda de mano de obra, no hacían otra cosa sino permitir la creación de empleo y estimular la economía.
Sí, porque en los días de hoy lo importante, lo admirable, es crear puestos de trabajo. No importa si, para ello, se comete algún pequeño crimen, o incluso uno un poco más grande o un poco más desmedido. Matar, comer, envenenar, explotar, asesinar a alguien… no dejan de ser pequeños detalles, algo que no se compara a la creación de empleo, ese bien tan precioso para la actual sociedad industrial. Nada existe, por tanto, más digno de admiración que los grandes creadores de empleo de la actualidad, eximios benefactores de la humanidad: los comerciantes internacionales de armas, los empresarios que buscan mano de obra del tercer mundo, los banqueros y financieros dedicados al fraude y a la usura, los gobernantes corruptos que llenan de cemento sus propios países, los promotores de grandes centrales nucleares… El bien supremo es siempre la creación de puestos de trabajo.
De todo esto se concluye que el mundo en que vivimos se olvidó de algunas cosas. Para comenzar, se olvidó de que los puestos de trabajo no son creados por una única persona. En realidad, son creados conjuntamente por diversos sujetos activos y pasivos: los trabajadores, el capital inversor, la gestión empresarial, los consumidores del producto, las leyes y usos laborales, etc. Quien toma la iniciativa de abrir y gestionar una empresa se limita a seguir, junto con los otros intervinientes, las indicaciones dadas por la realidad del mercado.
Y claro, su objetivo no es beneficiar a la humanidad creando empleo. Su objetivo es simplemente el lucro personal. Para ello no dudará, en muchos casos, y tal como se ve tantas veces, en explotar abusivamente a los trabajadores, en apoderarse de forma fraudulenta del capital de la empresa, en someter a los consumidores a una publicidad agresiva y persistente, o incluso en tratar de modificar las leyes laborales existentes… El supuesto benefactor de la humanidad no es, muchas veces, más que un tirano poseído por una avaricia desmedida.
Otra cosa olvidada por nuestro mundo actual es que el trabajo es un derecho constitucional. Corresponde, por tanto, al estado asegurar que todos los ciudadanos tienen trabajo, ya sea creando empresas o empleo público, ya sea favoreciendo la formación de empresas privadas que respeten las leyes. Sin embargo, los gobernantes neoliberales de la actualidad incumplen este mandato constitucional y renuncian a crear o a asegurar el empleo de los ciudadanos. La iniciativa privada pasa a ser, por tanto, la única en formar empresas, la única a partir de la cual se forma el poco empleo existente. Así, cualquier ciudadano que se incorpore a una de estas empresas privadas tiene la obligación de agradecer a la persona que lo contrata la dádiva de su puesto de trabajo. Y, claro, si no quiere quedar desempleado, debe perdonarle también todos sus pequeños o grandes crímenes. Aunque estos atenten contra su propia salud o dignidad.
Hoy en día, a cualquier criminal que es llevado ante el juez le basta con invocar a este nuevo ángel de la perversidad para, al instante, salir en completa libertad. Sólo necesita decir: yo creé puestos de trabajo.
Hasta ahora, todos estos personajes eran vistos como monstruos despiadados y sanguinarios. Sin embargo, en la actualidad, esta visión negativa que se tenía de ellos está comenzando a cambiar. Y esto es así porque, a la luz de las ideas neoliberales que dominan el mundo actual, todos ellos comienzan a revelarse ante nuestros ojos como auténticos héroes. Todos ellos, de forma modesta y silenciosa, hicieron algo que favoreció el bienestar de todos los pueblos del mundo, aproximándolos al siempre tan ansiado objetivo de la riqueza universal. Sí, todos ellos… crearon puestos de trabajo.
No cabe la menor duda. Consideremos, por ejemplo, al bárbaro Atila. Este famoso caudillo contrataba un número ingente de soldados en cada una de sus sangrientas correrías, y cuando la mayoría moría, pocos días después, siempre reclutaba aún más. Gracias a él, no existían nunca personas desempleadas. Por su parte, la bruja de la cabaña de mazapán fue, en realidad, un ejemplo admirable de iniciativa empresarial. Su mesón, que tenía por especialidad gastronómica los niños asados, dinamizaba la economía del bosque y creaba muchos puestos de trabajo entre los duendes, empleados allí como camareros. ¿Y qué podemos decir del sanguinario Jack? Nunca el sector de las funerarias estuvo tan floreciente, empleando a tantos trabajadores. El pirata Barbarroja, por su parte, creó numerosos puestos de trabajo en el sector naval. Y los traficantes de esclavos, que transportaban a los trabajadores hasta las plantaciones, donde existía una gran demanda de mano de obra, no hacían otra cosa sino permitir la creación de empleo y estimular la economía.Sí, porque en los días de hoy lo importante, lo admirable, es crear puestos de trabajo. No importa si, para ello, se comete algún pequeño crimen, o incluso uno un poco más grande o un poco más desmedido. Matar, comer, envenenar, explotar, asesinar a alguien… no dejan de ser pequeños detalles, algo que no se compara a la creación de empleo, ese bien tan precioso para la actual sociedad industrial. Nada existe, por tanto, más digno de admiración que los grandes creadores de empleo de la actualidad, eximios benefactores de la humanidad: los comerciantes internacionales de armas, los empresarios que buscan mano de obra del tercer mundo, los banqueros y financieros dedicados al fraude y a la usura, los gobernantes corruptos que llenan de cemento sus propios países, los promotores de grandes centrales nucleares… El bien supremo es siempre la creación de puestos de trabajo.
De todo esto se concluye que el mundo en que vivimos se olvidó de algunas cosas. Para comenzar, se olvidó de que los puestos de trabajo no son creados por una única persona. En realidad, son creados conjuntamente por diversos sujetos activos y pasivos: los trabajadores, el capital inversor, la gestión empresarial, los consumidores del producto, las leyes y usos laborales, etc. Quien toma la iniciativa de abrir y gestionar una empresa se limita a seguir, junto con los otros intervinientes, las indicaciones dadas por la realidad del mercado.
Y claro, su objetivo no es beneficiar a la humanidad creando empleo. Su objetivo es simplemente el lucro personal. Para ello no dudará, en muchos casos, y tal como se ve tantas veces, en explotar abusivamente a los trabajadores, en apoderarse de forma fraudulenta del capital de la empresa, en someter a los consumidores a una publicidad agresiva y persistente, o incluso en tratar de modificar las leyes laborales existentes… El supuesto benefactor de la humanidad no es, muchas veces, más que un tirano poseído por una avaricia desmedida.
Otra cosa olvidada por nuestro mundo actual es que el trabajo es un derecho constitucional. Corresponde, por tanto, al estado asegurar que todos los ciudadanos tienen trabajo, ya sea creando empresas o empleo público, ya sea favoreciendo la formación de empresas privadas que respeten las leyes. Sin embargo, los gobernantes neoliberales de la actualidad incumplen este mandato constitucional y renuncian a crear o a asegurar el empleo de los ciudadanos. La iniciativa privada pasa a ser, por tanto, la única en formar empresas, la única a partir de la cual se forma el poco empleo existente. Así, cualquier ciudadano que se incorpore a una de estas empresas privadas tiene la obligación de agradecer a la persona que lo contrata la dádiva de su puesto de trabajo. Y, claro, si no quiere quedar desempleado, debe perdonarle también todos sus pequeños o grandes crímenes. Aunque estos atenten contra su propia salud o dignidad.
Hoy en día, a cualquier criminal que es llevado ante el juez le basta con invocar a este nuevo ángel de la perversidad para, al instante, salir en completa libertad. Sólo necesita decir: yo creé puestos de trabajo.
9/7/09
La eterna culpabilidad de los dioses.
Se cuenta que una vez, en unas lejanas montañas, un joven pastor tenía a su cargo el cuidado de un enorme rebaño de ovejas. Debido a la presencia numerosa de lobos, cuyas manadas rondaban incesantemente las montañas, el pastor se veía obligado a guardar cada noche las ovejas en el interior de un cercado de altas y firmes paredes. De esta forma, las ovejas permanecían seguras, sin riesgo de ser robadas por los lobos.
Los lobos, hartos de pasar hambre, se reunieron una noche y, tras mucho discutir, decidieron poner en práctica un astuto plan. Acordaron que, a partir de entonces, cada vez que encontrasen al pastor deberían fingirse asustados y huir dando grandes aullidos de pavor. El objetivo era hacer pensar al pastor que tenían un enorme miedo de él. Y fue de este modo, a partir de entonces, que los lobos empezaron a engañar al pastor, mostrándose siempre asustados cuando lo veían. Pasado algún tiempo, el joven pastor comenzó a mostrarse cada vez menos receloso de los lobos y, envalentonado, llegó a creer que, si se lo propusiese, podría acabar con todos ellos de un solo golpe de su cayado.
Sucedió una noche que el pastor, ya en exceso confiado, no se molestó en cerrar la puerta del cercado. Y, claro, al día siguiente se encontró con que el cercado estaba completamente vacío. Los lobos, que habían estado esperando ansiosamente ese momento, habían robado todo el rebaño durante la noche.
Cuando los habitantes de la aldea, llenos de indignación, se enteraron de que habían perdido todas sus ovejas fueron a ver al pastor. Éste, para sorpresa de todos, los recibió con gran tranquilidad y les explicó que él no era responsable por la pérdida del rebaño. “Fue la voluntad de los dioses”, dijo con una gran humildad. Los dioses, esos sí, eran los auténticos culpables de la pérdida de las ovejas. El hecho de que él hubiese dejado abierta la puerta del cercado, dejando el camino libre a los lobos, carecía de importancia. Fueron los dioses quienes decidieron que inevitablemente ocurriese esta desgracia.
Los aldeanos, todos muy devotos de los dioses, aceptaron la explicación del pastor y se lamentaron amargamente de que las divinidades hubiesen decidido privarles de sus ovejas. Tuvieron también pena del pastor, víctima inocente de los ineludibles mandatos divinos. Por ello, decidieron recompensarle generosamente, gracias a lo cual el joven pastor prosperó.
Varios siglos después, un descendiente de ese pastor llegó a ocupar la jefatura del gobierno de aquel país. Este gobernante, lleno siempre de una pastoril inocencia, escuchó un buen día los exaltados discursos de los grandes predicadores del neoliberalismo económico. Fascinado entonces por las enormes posibilidades que las mercancías y el capital extranjero supuestamente podrían dar a la economía del país, decidió probar tales ideas. Y así, poco tiempo después, viendo la llegada de tantos nuevos productos y la visita de tantos inversores extranjeros, llegó a la conclusión de que el libre comercio sin duda aseguraría al país un futuro próspero y radioso. Perdiendo así todos sus recelos, decidió abrir al comercio todas las fronteras del país.
Años más tarde, el descendiente del pastor se levantó de su cama y, asomándose a la ventana del palacio de gobierno, miró hacia fuera y comprobó que de la economía del país ya no quedaba nada. Los grandes comerciantes y los inversores extranjeros, no se sabía muy bien por qué, se habían marchado a otra parte y se lo habían llevado todo. Durante los últimos años se habían adueñado de la economía del país, habían utilizado a los obreros para enriquecerse, habían agotado todos los recursos disponibles, habían recibido con agrado la cuantiosa ayuda financiera del estado, siempre deseoso de apoyar la actividad industrial… Y ahora, sin más ni menos, se habían ido a otra parte. La economía, tal como el país, se había quedado vacía y completamente arruinada.
Los ciudadanos del país, llenos de indignación, fueron entonces a ver a su gobernante para exigirle explicaciones sobre lo sucedido. Éste, para sorpresa de todos, los recibió con gran tranquilidad y les explicó que él no era responsable por la pérdida de la economía del país. “Fueron los designios de la crisis económica internacional”, dijo con una gran humildad. La crisis, esa sí, era la auténtica culpable de la ruina del país. El hecho de haber dejado abiertas las fronteras, dejando el camino libre a la voluntad de las grandes y poderosas compañías multinacionales, carecía de importancia. Fue la crisis internacional la que decidió que inevitablemente ocurriese esta desgracia.
Los ciudadanos, todos muy devotos, aceptaron la explicación del gobernante y se lamentaron amargamente de que la crisis hubiese decidido arruinarles su economía. Tuvieron también pena del gobernante, víctima inocente de los ineludibles mandatos de la crisis internacional. Por ello, decidieron recompensarle generosamente, gracias a lo cual el gobernante prosperó aún más.
Los lobos, hartos de pasar hambre, se reunieron una noche y, tras mucho discutir, decidieron poner en práctica un astuto plan. Acordaron que, a partir de entonces, cada vez que encontrasen al pastor deberían fingirse asustados y huir dando grandes aullidos de pavor. El objetivo era hacer pensar al pastor que tenían un enorme miedo de él. Y fue de este modo, a partir de entonces, que los lobos empezaron a engañar al pastor, mostrándose siempre asustados cuando lo veían. Pasado algún tiempo, el joven pastor comenzó a mostrarse cada vez menos receloso de los lobos y, envalentonado, llegó a creer que, si se lo propusiese, podría acabar con todos ellos de un solo golpe de su cayado.
Sucedió una noche que el pastor, ya en exceso confiado, no se molestó en cerrar la puerta del cercado. Y, claro, al día siguiente se encontró con que el cercado estaba completamente vacío. Los lobos, que habían estado esperando ansiosamente ese momento, habían robado todo el rebaño durante la noche.
Cuando los habitantes de la aldea, llenos de indignación, se enteraron de que habían perdido todas sus ovejas fueron a ver al pastor. Éste, para sorpresa de todos, los recibió con gran tranquilidad y les explicó que él no era responsable por la pérdida del rebaño. “Fue la voluntad de los dioses”, dijo con una gran humildad. Los dioses, esos sí, eran los auténticos culpables de la pérdida de las ovejas. El hecho de que él hubiese dejado abierta la puerta del cercado, dejando el camino libre a los lobos, carecía de importancia. Fueron los dioses quienes decidieron que inevitablemente ocurriese esta desgracia.Los aldeanos, todos muy devotos de los dioses, aceptaron la explicación del pastor y se lamentaron amargamente de que las divinidades hubiesen decidido privarles de sus ovejas. Tuvieron también pena del pastor, víctima inocente de los ineludibles mandatos divinos. Por ello, decidieron recompensarle generosamente, gracias a lo cual el joven pastor prosperó.
Varios siglos después, un descendiente de ese pastor llegó a ocupar la jefatura del gobierno de aquel país. Este gobernante, lleno siempre de una pastoril inocencia, escuchó un buen día los exaltados discursos de los grandes predicadores del neoliberalismo económico. Fascinado entonces por las enormes posibilidades que las mercancías y el capital extranjero supuestamente podrían dar a la economía del país, decidió probar tales ideas. Y así, poco tiempo después, viendo la llegada de tantos nuevos productos y la visita de tantos inversores extranjeros, llegó a la conclusión de que el libre comercio sin duda aseguraría al país un futuro próspero y radioso. Perdiendo así todos sus recelos, decidió abrir al comercio todas las fronteras del país.
Años más tarde, el descendiente del pastor se levantó de su cama y, asomándose a la ventana del palacio de gobierno, miró hacia fuera y comprobó que de la economía del país ya no quedaba nada. Los grandes comerciantes y los inversores extranjeros, no se sabía muy bien por qué, se habían marchado a otra parte y se lo habían llevado todo. Durante los últimos años se habían adueñado de la economía del país, habían utilizado a los obreros para enriquecerse, habían agotado todos los recursos disponibles, habían recibido con agrado la cuantiosa ayuda financiera del estado, siempre deseoso de apoyar la actividad industrial… Y ahora, sin más ni menos, se habían ido a otra parte. La economía, tal como el país, se había quedado vacía y completamente arruinada.
Los ciudadanos del país, llenos de indignación, fueron entonces a ver a su gobernante para exigirle explicaciones sobre lo sucedido. Éste, para sorpresa de todos, los recibió con gran tranquilidad y les explicó que él no era responsable por la pérdida de la economía del país. “Fueron los designios de la crisis económica internacional”, dijo con una gran humildad. La crisis, esa sí, era la auténtica culpable de la ruina del país. El hecho de haber dejado abiertas las fronteras, dejando el camino libre a la voluntad de las grandes y poderosas compañías multinacionales, carecía de importancia. Fue la crisis internacional la que decidió que inevitablemente ocurriese esta desgracia.
Los ciudadanos, todos muy devotos, aceptaron la explicación del gobernante y se lamentaron amargamente de que la crisis hubiese decidido arruinarles su economía. Tuvieron también pena del gobernante, víctima inocente de los ineludibles mandatos de la crisis internacional. Por ello, decidieron recompensarle generosamente, gracias a lo cual el gobernante prosperó aún más.
7/5/09
Tres formas de mirar un árbol.
Para saber qué ideas económicas defiende una persona, basta con colocar un árbol a su frente. Para demostrarlo, hagamos la prueba de poner a tres personas diferentes ante un pequeño bosque y observemos atentamente su reacción.
1) Observemos en primer lugar al defensor del capitalismo más añejo. Lo que este individuo ve, ante sí, no es un conjunto de árboles, sino un enorme almacén de madera a cielo abierto, con piezas de leña listas para ser cortadas. Inmediatamente hará algunos cálculos y concluirá que esta leña, una vez comercializada, podría tener un valor de, por ejemplo, 50.000 €. Por tanto, es necesario cortar todos los árboles inmediatamente, pues la leña podría estropearse, o incluso podría haber un incendio. Y además, para ser sinceros, toda esa leña ahí, en pie, da al paisaje un aspecto anticuado, atrasado, pueblerino. Contra antes sea cortada, antes se podrá construir en su lugar algo más moderno, como, por ejemplo, un nuevo centro comercial.
2) Observemos ahora al defensor de las teorías economicistas. Mucho más culto que el anterior, esta persona es capaz de distinguir que lo que tiene ante sí son árboles, cosa que, al fin y al cabo, no era tan difícil de ver. Sabe también cuál es la función de los árboles y de qué forma crece y se desarrolla un bosque. Es consciente de que los árboles captan la energía solar y la transforman en energía química, produciendo, por ejemplo, la madera. Pero también sabe que los árboles producen el oxígeno que es necesario para nuestra respiración, que limpian el aire de partículas, que retienen el agua de la lluvia evitando las sequías estivales, que permiten la formación de suelo fértil, etc.
Según él, estos beneficios producidos por el bosque pueden ser cuantificados e introducidos en el ámbito de la economía con un determinado valor. Así, podría calcularse que el bosque produce cada año el equivalente a 100 € en oxígeno, 50 € en aire limpio, 1.500 € en agua, 1.000 € en suelo fértil, etc. La madera debería explotarse considerando todos estos valores y respetando el ritmo de crecimiento de los árboles. Así, explotando el bosque de una forma racional, podría conseguirse, por ejemplo, un rendimiento de 10.000 € anuales en madera, además de todos los otros beneficios.
3) Por último, observemos el defensor de una economía científica. Lo que esta persona ve ante sí es un bosque, claro, pero al mismo tiempo ve también un pequeño ecosistema, es decir, una unidad viva productora de energía. Y esta unidad no funciona solamente gracias a los árboles, sino también gracias al complejo equilibrio de todos los organismos vivos que forman parte de ella: microorganismos del suelo, hongos asociados a las raíces, herbívoros que controlan la vegetación, predadores que controlan a los anteriores, etc.
Según él, es absurdo valorar un bosque únicamente por los beneficios que podemos obtener de él. El bosque produce mucho más que aquello que nosotros podemos utilizar, mucho más que aquello que nos es posible introducir en el ámbito de la economía. En realidad, es debido a este ecosistema y a todos los otros ecosistemas del planeta que nosotros podemos mantenernos con vida. ¿Y qué valor económico podríamos asignar a nuestra propia vida? Nuestra vida es algo que consideramos como un valor absoluto, es decir, algo que no puede tener precio ni formar parte de ninguna ecuación económica.
Así, el bosque tiene en realidad un valor que no es calculable y que resulta ajeno a la economía. Si, para satisfacer posibles necesidades, decidimos explotar su madera, lo que estaremos haciendo será reducir el bosque a un simple parámetro económico, renunciando a su auténtico valor. En caso de aceptar esta renuncia, será necesario, al menos, que la explotación de la madera no altere ningún equilibrio del ecosistema y que sea, desde luego, racional y sostenible.
…Una vez observadas estas tres personas, podemos reflexionar sobre cuál de las opciones económicas que defienden será la más correcta y adecuada a nuestros intereses. Claro que, con todo este ruido que viene ahora del bosque, resulta bastante difícil intentar pensar. El estruendo de todas estas sierras mecánicas es insoportable. Y a pesar de que ya deben haber cortado más de la mitad de los árboles, lo más probable es que aún continúen varios días haciendo este ruido infernal.
Es una pena. ¡Era un bosque tan bonito! Pero en fin, no vale de nada lamentarse ahora. Dentro de unos pocos meses tendremos aquí un maravilloso centro comercial y ya nadie se acordará del bosque. ¡Qué podemos hacer si al final nuestra alma sí que tenía un precio!
1) Observemos en primer lugar al defensor del capitalismo más añejo. Lo que este individuo ve, ante sí, no es un conjunto de árboles, sino un enorme almacén de madera a cielo abierto, con piezas de leña listas para ser cortadas. Inmediatamente hará algunos cálculos y concluirá que esta leña, una vez comercializada, podría tener un valor de, por ejemplo, 50.000 €. Por tanto, es necesario cortar todos los árboles inmediatamente, pues la leña podría estropearse, o incluso podría haber un incendio. Y además, para ser sinceros, toda esa leña ahí, en pie, da al paisaje un aspecto anticuado, atrasado, pueblerino. Contra antes sea cortada, antes se podrá construir en su lugar algo más moderno, como, por ejemplo, un nuevo centro comercial.
2) Observemos ahora al defensor de las teorías economicistas. Mucho más culto que el anterior, esta persona es capaz de distinguir que lo que tiene ante sí son árboles, cosa que, al fin y al cabo, no era tan difícil de ver. Sabe también cuál es la función de los árboles y de qué forma crece y se desarrolla un bosque. Es consciente de que los árboles captan la energía solar y la transforman en energía química, produciendo, por ejemplo, la madera. Pero también sabe que los árboles producen el oxígeno que es necesario para nuestra respiración, que limpian el aire de partículas, que retienen el agua de la lluvia evitando las sequías estivales, que permiten la formación de suelo fértil, etc.
Según él, estos beneficios producidos por el bosque pueden ser cuantificados e introducidos en el ámbito de la economía con un determinado valor. Así, podría calcularse que el bosque produce cada año el equivalente a 100 € en oxígeno, 50 € en aire limpio, 1.500 € en agua, 1.000 € en suelo fértil, etc. La madera debería explotarse considerando todos estos valores y respetando el ritmo de crecimiento de los árboles. Así, explotando el bosque de una forma racional, podría conseguirse, por ejemplo, un rendimiento de 10.000 € anuales en madera, además de todos los otros beneficios.3) Por último, observemos el defensor de una economía científica. Lo que esta persona ve ante sí es un bosque, claro, pero al mismo tiempo ve también un pequeño ecosistema, es decir, una unidad viva productora de energía. Y esta unidad no funciona solamente gracias a los árboles, sino también gracias al complejo equilibrio de todos los organismos vivos que forman parte de ella: microorganismos del suelo, hongos asociados a las raíces, herbívoros que controlan la vegetación, predadores que controlan a los anteriores, etc.
Según él, es absurdo valorar un bosque únicamente por los beneficios que podemos obtener de él. El bosque produce mucho más que aquello que nosotros podemos utilizar, mucho más que aquello que nos es posible introducir en el ámbito de la economía. En realidad, es debido a este ecosistema y a todos los otros ecosistemas del planeta que nosotros podemos mantenernos con vida. ¿Y qué valor económico podríamos asignar a nuestra propia vida? Nuestra vida es algo que consideramos como un valor absoluto, es decir, algo que no puede tener precio ni formar parte de ninguna ecuación económica.
Así, el bosque tiene en realidad un valor que no es calculable y que resulta ajeno a la economía. Si, para satisfacer posibles necesidades, decidimos explotar su madera, lo que estaremos haciendo será reducir el bosque a un simple parámetro económico, renunciando a su auténtico valor. En caso de aceptar esta renuncia, será necesario, al menos, que la explotación de la madera no altere ningún equilibrio del ecosistema y que sea, desde luego, racional y sostenible.
…Una vez observadas estas tres personas, podemos reflexionar sobre cuál de las opciones económicas que defienden será la más correcta y adecuada a nuestros intereses. Claro que, con todo este ruido que viene ahora del bosque, resulta bastante difícil intentar pensar. El estruendo de todas estas sierras mecánicas es insoportable. Y a pesar de que ya deben haber cortado más de la mitad de los árboles, lo más probable es que aún continúen varios días haciendo este ruido infernal.
Es una pena. ¡Era un bosque tan bonito! Pero en fin, no vale de nada lamentarse ahora. Dentro de unos pocos meses tendremos aquí un maravilloso centro comercial y ya nadie se acordará del bosque. ¡Qué podemos hacer si al final nuestra alma sí que tenía un precio!
5/3/09
Por qué todo el mundo tiene tanta envidia de Cuba.
Cuba es un maravilloso país caribeño en el cual todo el mundo desearía pasar unas largas y merecidas vacaciones. Pero al mismo tiempo, por más sorprendente que parezca, Cuba es también el país más envidiado por todos los otros países del mundo. ¿A qué se deberá, pues, tanta y tan insana envidia?
La respuesta la podemos encontrar en el Informe Planeta Vivo del año 2006. En él, para caracterizar el modelo socio-económico seguido por cualquier país del mundo, se consideran dos aspectos fundamentales: la calidad de vida de la población y el impacto ejercido por ésta sobre los recursos naturales.
- La calidad de vida es medida por medio del Índice de Desarrollo Humano (IDH), desarrollado por las Naciones Unidas. Este índice mide el bienestar de la población del país considerando tres factores: la expectativa de vida (sanidad), el nivel de alfabetización e instrucción (educación) y el PIB per cápita (economía).
- El impacto sobre los recursos naturales es medido por medio de la Huella Ecológica. Este índice mide el impacto sobre el medio ambiente e indica si el consumo de recursos del país es superior o no a la capacidad de la naturaleza para generarlos.
Como era de esperar, la mayoría de los países ricos presentan un alto IDH, es decir, tienen una elevada calidad de vida. Pero, al mismo tiempo, ejercen un enorme impacto sobre los recursos naturales, siendo éste mayor que aquel que la naturaleza puede soportar. Es decir, el modelo de desarrollo de los países ricos es insostenible y acabará tarde o temprano por hundirse.
En el lado contrario tenemos a los países pobres, que ejercen sobre el ambiente una presión relativamente baja, fácilmente sostenible por la naturaleza. Sin embargo, el nivel de vida de su población queda bastante por debajo de lo que se considera aceptable.
Y existen aún algunos países que, para vergüenza de todos, consiguen lo peor de los dos mundos: una baja calidad de vida de su población y un alto impacto, claramente insostenible, sobre sus recursos naturales.
Así, no hay ningún país que cumpla los dos requisitos básicos que definen un modelo de desarrollo sostenible, es decir: un alto nivel de vida y un bajo impacto sobre los recursos naturales. ¿Deberemos por tanto pensar que el desarrollo sostenible es quizás un ideal fantasioso, una utopía inalcanzable? ¿Estaremos condenados, sin remedio, a vivir en países ricos con un alto nivel de vida, pero abocados al desastre, o en países pobres con un bajo nivel de vida?
¿Ningún país cumple los dos requisitos, decíamos?... Perdón por el descuido. La verdad es que sí que hay un país que lo consigue. Hay un solo país en el mundo que cumple con los dos requisitos del desarrollo sostenible. Y este país es... Cuba.
Por tanto, hablando objetivamente, es innegable que Cuba es el país más desarrollado de todo el mundo. Su modelo de desarrollo sostenible, único en todo el planeta, constituye un modelo socio-económico que debería ser copiado por todos los países pobres, pero también, especialmente, por todos los países más ricos del mundo.
Hay dos teorías posibles para explicar por qué esto es así, por qué Cuba es el único país del mundo que puede considerarse objetivamente desarrollado:
- Una de las teorías defiende que esto es así debido a que los cubanos son los mejores del mundo en todo lo que hacen. Esta teoría es apoyada únicamente por Cuba.
- La otra teoría alternativa defiende que esto se debe a la profunda ineptitud, ineficacia, indolencia y estupidez de todos los otros países del mundo. Esta teoría es apoyada por todos los otros países del mundo.
Podemos preguntarnos, quizás, por qué todos los otros países del mundo prefieren la segunda teoría, por qué prefieren calificarse a sí mismos como ineptos o ineficaces. La razón está clara: siempre es mejor declararse campeón de la estupidez que declararse en segundo o tercero lugar en relación a la inteligencia o a la virtud. ¡El orgullo siempre en primer lugar!
Puede ver el Informe Planeta Vivo 2006 en: http://www.footprintnetwork.org/newsletters/gfn_blast_0610.html
La respuesta la podemos encontrar en el Informe Planeta Vivo del año 2006. En él, para caracterizar el modelo socio-económico seguido por cualquier país del mundo, se consideran dos aspectos fundamentales: la calidad de vida de la población y el impacto ejercido por ésta sobre los recursos naturales.
- La calidad de vida es medida por medio del Índice de Desarrollo Humano (IDH), desarrollado por las Naciones Unidas. Este índice mide el bienestar de la población del país considerando tres factores: la expectativa de vida (sanidad), el nivel de alfabetización e instrucción (educación) y el PIB per cápita (economía).
- El impacto sobre los recursos naturales es medido por medio de la Huella Ecológica. Este índice mide el impacto sobre el medio ambiente e indica si el consumo de recursos del país es superior o no a la capacidad de la naturaleza para generarlos.
Como era de esperar, la mayoría de los países ricos presentan un alto IDH, es decir, tienen una elevada calidad de vida. Pero, al mismo tiempo, ejercen un enorme impacto sobre los recursos naturales, siendo éste mayor que aquel que la naturaleza puede soportar. Es decir, el modelo de desarrollo de los países ricos es insostenible y acabará tarde o temprano por hundirse.En el lado contrario tenemos a los países pobres, que ejercen sobre el ambiente una presión relativamente baja, fácilmente sostenible por la naturaleza. Sin embargo, el nivel de vida de su población queda bastante por debajo de lo que se considera aceptable.
Y existen aún algunos países que, para vergüenza de todos, consiguen lo peor de los dos mundos: una baja calidad de vida de su población y un alto impacto, claramente insostenible, sobre sus recursos naturales.
Así, no hay ningún país que cumpla los dos requisitos básicos que definen un modelo de desarrollo sostenible, es decir: un alto nivel de vida y un bajo impacto sobre los recursos naturales. ¿Deberemos por tanto pensar que el desarrollo sostenible es quizás un ideal fantasioso, una utopía inalcanzable? ¿Estaremos condenados, sin remedio, a vivir en países ricos con un alto nivel de vida, pero abocados al desastre, o en países pobres con un bajo nivel de vida?
¿Ningún país cumple los dos requisitos, decíamos?... Perdón por el descuido. La verdad es que sí que hay un país que lo consigue. Hay un solo país en el mundo que cumple con los dos requisitos del desarrollo sostenible. Y este país es... Cuba.
Por tanto, hablando objetivamente, es innegable que Cuba es el país más desarrollado de todo el mundo. Su modelo de desarrollo sostenible, único en todo el planeta, constituye un modelo socio-económico que debería ser copiado por todos los países pobres, pero también, especialmente, por todos los países más ricos del mundo.
Hay dos teorías posibles para explicar por qué esto es así, por qué Cuba es el único país del mundo que puede considerarse objetivamente desarrollado:
- Una de las teorías defiende que esto es así debido a que los cubanos son los mejores del mundo en todo lo que hacen. Esta teoría es apoyada únicamente por Cuba.
- La otra teoría alternativa defiende que esto se debe a la profunda ineptitud, ineficacia, indolencia y estupidez de todos los otros países del mundo. Esta teoría es apoyada por todos los otros países del mundo.
Podemos preguntarnos, quizás, por qué todos los otros países del mundo prefieren la segunda teoría, por qué prefieren calificarse a sí mismos como ineptos o ineficaces. La razón está clara: siempre es mejor declararse campeón de la estupidez que declararse en segundo o tercero lugar en relación a la inteligencia o a la virtud. ¡El orgullo siempre en primer lugar!
Puede ver el Informe Planeta Vivo 2006 en: http://www.footprintnetwork.org/newsletters/gfn_blast_0610.html
17/2/09
¿Estarán las pirámides de Egipto en la posición correcta?
Todos estamos acostumbrados a ver la soberbia imagen de las grandes pirámides de Egipto. Situadas en pleno desierto africano, enmarcadas por exóticas palmeras, rodeadas de simpáticos y tozudos camellos, invadidas a cada momento por terribles hordas de miles y miles de turistas… las colosales pirámides, tanto ayer como hoy, despiertan nuestra mayor admiración y nuestra más desbordante fantasía.
Su forma geométrica, por otra parte, es inconfundible: una base cuadrada, asentada sobre el suelo del desierto, y cuatro paredes triangulares alzándose hacia el cielo azul, apoyando sus bordes unas contra otras. Esta majestuosa e inconfundible figura ha inspirado, a lo largo de los tiempos, todos los campos del saber humano.
Así, hoy en día y de un modo general, se suele llamar pirámide a cualquier estructura en que exista un nivel inferior, la base, sustentando todos los demás elementos, seguida por otro nivel superior, más reducido, que sostiene a los siguientes, y así hasta llegar finalmente al último nivel, la cúspide, en que suele haber un único elemento.Por ejemplo, hablamos de pirámide cuando analizamos nuestro sistema económico y los diferentes sectores que lo componen. En la base tenemos el sector primario, referido a la producción agrícola y a la extracción de recursos naturales. Luego viene el sector secundario o industrial, que transforma los bienes conseguidos por el sector primario en nuevos bienes que son útiles para la sociedad. Y por último, el sector terciario o de servicios, que se alimenta, por así decir, de los sectores anteriores e intenta mejorar las condiciones en que se desarrolla todo el conjunto de la economía.
Sin embargo, en los últimos tiempos tenemos fuertes motivos para pensar que esto no es realmente así. Incluso podría ser al contrario. Basta con que observemos atentamente la labor de nuestros gobiernos y nos preguntemos lo siguiente: ¿cuál es el sector que tiene una mayor preponderancia en todas sus políticas? Es decir, ¿qué sector constituye en verdad la base de nuestro sistema económico?
¿Podemos pensar que es el sector primario? No, desde luego que no. Los pocos agricultores que aún existen no se puede decir precisamente que tengan una gran influencia dentro de la sociedad o de la política. Entonces, ¿será quizás el sector secundario? Hay desde luego más obreros que campesinos y existen algunas industrias que son consideradas como muy importantes. Pero no parece, en definitiva, que los obreros y lo que producen sean el centro de atención de nuestros gobernantes.
Pues entonces, por extraño que parezca, ¿debemos concluir que es el sector terciario el más importante para la economía? Evidentemente. De eso no cabe ninguna duda. El sector de los servicios es el centro de cualquier política económica efectuada por nuestros gobiernos. Y si hubiese alguna duda, pensemos justamente en lo que constituye la cúspide de la pirámide, es decir, el sector financiero y bancario. Aquí encontramos realmente el objeto de todos los mimos y de todos los anhelos de nuestros gobernantes.
Porque, ciertamente, ¿qué importancia puede tener la agricultura? Al fin y al cabo lo único que hacen los agricultores es sostener físicamente todo el sistema. No hacen nada más. ¿Y la industria? Lo que produce el sector industrial no tiene la menor importancia. Siempre podemos comprar los mismos productos en otro país cualquiera e importarlos para el nuestro. A veces incluso sale más barato. Por el contrario, el sector terciario, ese sí que es importante e imprescindible para la sociedad y para el país. Especialmente el sector financiero, que es el cuerpo y alma de la economía.
Así, nuestros gobernantes nos han abierto finalmente los ojos: en realidad no es la base, sino la cúspide la que sostiene a toda la economía y a la sociedad. Es en la cúspide de la pirámide que se asienta toda y cualquier estructura.
Ahora observe otra vez las pirámides de Egipto... ¿No cree, mirándolas bien, que están al contrario?
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