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17/4/26

La grandiosa arquitectura de las células


Todos nosotros somos perfectamente capaces de reconocer gran parte de los más grandes y famosos monumentos del pasado. Si nos encontrásemos, de pronto, ante las majestuosas formas de las grandes pirámides de Egipto, ante la portentosa y descomunal Gran Muralla China, ante el egregio y soberbio Coliseo o ante cualquier otra de las magnas obras de la historia de la humanidad, sin duda sabríamos reconocer todas ellas al instante sin ningún tipo de problema.

Aunque, si lo pensamos más detenidamente, quizás esto no sea del todo verdad. En realidad, nuestra capacidad para reconocer todos estos monumentos dependerá mucho de la distancia a que los observemos. Si nos viésemos forzados, por ejemplo, a mirarlos muy de cerca, a menos de un palmo de distancia, difícilmente sabríamos reconocer o diferenciar ninguno de ellos. En ese caso únicamente conseguiríamos ver la superficie de las piedras de que están hechos, todas ellas muy semejantes y parecidas entre sí, prácticamente indistinguibles.

Esta simple reflexión, tan obvia como elemental, puede servirnos, no obstante, para hacer algunas consideraciones acerca de la naturaleza de estas construcciones y enumerar una serie de ideas al respecto. Primero, que todos los grandes monumentos de la antigüedad están hechos con los mismos elementos, es decir, con bloques de piedra. Segundo, que utilizando esos mismos bloques tanto podría haberse construido un determinado monumento como otro cualquiera. Tercero, que todos los monumentos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la forma en que han sido dispuestos sus elementos. Y cuarto, que para reconocer esa particular disposición que los caracteriza es necesario contemplarlos desde una cierta distancia, con una determinada perspectiva.

Lo cierto es que estas mismas ideas pueden servirnos también para reflexionar, pese a las lógicas diferencias, acerca de otro asunto muy diferente y mucho más complejo, como es la naturaleza de los seres vivos. Porque también en este caso podemos plantearnos unos enunciados muy semejantes a los anteriores, aunque aquí no se ajusten tanto a la realidad. Primero, que todos los seres vivos están formados por los mismos elementos, es decir, por células. Segundo, que unas mismas células tanto pueden dar lugar a un determinado ser vivo como a otro completamente diferente, aunque esto sólo en apariencia, pues en realidad las células nunca son iguales. Tercero, que todos los seres vivos únicamente difieren entre sí, por tanto, en la distinta organización de sus células. Y cuarto, que es imprescindible una cierta perspectiva para conseguir ver y reconocer esa particular organización que caracteriza a cada uno de ellos.

Es evidente para todos nosotros que mirando a simple vista, es decir, a una distancia suficiente, no tenemos la menor dificultad en distinguir entre especies tan diversas y dispares como, por ejemplo, un roble, un caracol, un saltamontes, una golondrina o una ballena. Sin embargo, si por algún motivo tuviésemos que mirarlas muy de cerca, mucho más de cerca de lo que nos permiten nuestros ojos, algo que sólo conseguimos hacer con la ayuda de un microscopio, la situación sería del todo diferente. Porque a esa escala únicamente conseguiríamos ver sus elementos de construcción, es decir, sus células. Y todas ellas nos parecerían prácticamente iguales.

Aunque, a decir verdad, no son todas tan iguales. Un observador con los suficientes conocimientos podría distinguir fácilmente, a través del microscopio, entre células que perteneciesen a cada uno de los grandes grupos de seres vivos, pues éstas presentan en realidad diferencias bastante notables entre sí. Por ejemplo, la mayoría de seres unicelulares, como las bacterias, están formados por células de un tamaño muy pequeño y carentes de núcleo. Por el contrario, las células vegetales son mucho mayores y tienen un núcleo bien patente, además de poseer una rígida pared exterior y, por lo general, unos distintivos cloroplastos. Características estas últimas de que las células animales, por su parte, siendo muy parecidas a las anteriores, carecen por completo.

No obstante, si nos aproximásemos más a estas células, si consiguiésemos ver todo a una escala mucho menor que aquella que nos proporciona un microscopio, la situación nuevamente cambiaría por completo. En ese momento ya no veríamos ninguna célula, sino únicamente los elementos de construcción de que están hechas. Porque en realidad todas las células están formadas, a su vez, por grandes moléculas orgánicas, como las proteínas, los glúcidos o los ácidos nucleicos. Y todas estas moléculas, cada una dentro de su clase, son prácticamente indistinguibles entre sí, incluso cuando comparamos entre células pertenecientes a diferentes grupos de seres vivos.

Y aunque fuésemos entonces capaces de detectar pequeñas diferencias dentro de cada uno de estos tipos de moléculas, nos bastaría con descender a una escala aún menor, verlas aún más de cerca, para constatar que incluso esas diferencias también desaparecerían. Porque todas estas moléculas están formadas, a su vez, por otros elementos de construcción: todas las proteínas están formadas por aminoácidos, todos los glúcidos por monosacáridos y todos los ácidos nucleicos por nucleótidos. Y todas estas subunidades son, si cabe, aún más iguales e indistinguibles en todos los seres vivos. Por no hablar de que, si por algún motivo nos aventurásemos a ir a una escala aún menor, ya a un nivel inorgánico, veríamos que todas estas subunidades, en todos los tipos de moléculas, están formadas siempre por algunos, muy pocos, elementos químicos.

En resumen, cuanto más nos aproximamos, todos aquellos seres vivos que conocemos y que pensábamos que eran completamente diferentes más acaban por parecernos exactamente iguales, sin ninguna diferencia entre sí. Al acercarnos a ellos, todos los individuos se convierten en células prácticamente idénticas, todas las células en grandes moléculas aún más idénticas y todas las grandes moléculas en subunidades aún mucho más idénticas entre sí, ya completamente indistinguibles.

Está claro que nuestra escala de visión determina la forma y la configuración con que vemos a todos los seres vivos. Pero también determina inevitablemente la manera en la que interpretamos el mundo que nos rodea. Por ejemplo, a nuestra escala natural de visión contemplamos a nuestro alrededor un mundo, de apariencia finita, habitado por grandes seres vivos y en el que es siempre posible distinguir con claridad cada uno de los diferentes organismos que lo componen.

Sin embargo, gracias a los microscopios podemos contemplar otro mundo diferente, sin ningún parecido con el anterior. Aunque, como es evidente, ese mundo es exactamente el mismo, únicamente cambia la perspectiva desde la cual lo observamos. Y en ese mundo lo que vemos es un espacio, aparentemente sin límites, dominado por la presencia de ingentes cantidades de células, ya sean aisladas o formando enormes agregados. Pero si pudiésemos ver todo aún más de cerca, con algún instrumento mucho más preciso, observaríamos otro mundo todavía más diferente a los anteriores. Ante nosotros se extendería un espacio, de naturaleza indescriptible, dominado por inmensos y vibrantes océanos de grandes moléculas orgánicas, en los que sería casi imposible adivinar la existencia de las células que forman, nunca perceptibles a esa escala.

A medida que nos adentramos sucesivamente en estos mundos, podemos comprobar así que todos los seres vivos están constituidos, como ya hemos dicho, por los mismos elementos de construcción. Y lo cierto es que esto no tiene absolutamente nada de extraño o sorprendente, si consideramos que todos los seres vivos descienden de un único antecesor común, de aquello que podríamos considerar como la célula primordial o primigenia. Por tanto, como es lógico, todos ellos están formados necesariamente por los mismos componentes. Aunque la evolución haya hecho luego que éstos se hayan ido diversificando, diferenciando o incluso hayan sido sustituidos en parte.

Podemos con todo esto concluir que, de forma parecida a como sucede en los monumentos, con unos mismos elementos de construcción se puede hacer prácticamente cualquier ser vivo existente. Es decir, con un mismo conjunto de células, pero en mayor medida con un mismo conjunto de grandes moléculas orgánicas, pero en mucha mayor medida con un mismo conjunto de sus respectivas subunidades, se puede construir indistintamente cualquier tipo de ser vivo, ya sea un alga, una planta, un hongo o un animal. Y también, por supuesto, un ser humano como nosotros.

Porque lo único que nos distingue a nosotros de todos los otros seres vivos es la diferente disposición de nuestros prácticamente idénticos elementos de construcción. Y además, como ya ha quedado claro, esta disposición sólo se hace patente a una determinada distancia. Es decir, sólo existimos, en apariencia, a nuestra escala natural de visión, pues más de cerca nos parecería que en realidad no existimos, a no ser como una posible abstracción hecha a partir de nuestros múltiples componentes.

Parece claro entonces que, al menos, a nuestra escala de visión sí que somos capaces de diferenciarnos a nosotros mismos y a todas las especies que vemos a nuestro alrededor. Pero lo cierto es que, si lo pensamos bien, esto también acaba por ser sólo verdad en parte. Porque no podemos olvidar que todos los seres que vemos a simple vista son en realidad organismos sujetos a un complejo ciclo vital. Todos ellos comienzan en un principio por estar formados por una única célula. Y sólo tras pasar por sucesivos estados embrionarios alcanzan, al final, la forma adulta que nos resulta visible y fácilmente reconocible. Es decir, aunque pensemos ser capaces de distinguir, por ejemplo, entre una ballena y un ratón, lo cierto es que en las primeras fases de su ciclo vital somos absolutamente incapaces de diferenciarlos. Además de que, como es evidente, necesitaríamos la ayuda de un microscopio incluso para conseguir verlos.

También nosotros, aunque tendemos a olvidarnos de ello, desarrollamos ese mismo ciclo vital. Tras unas primeras fases unicelulares en las que recibimos el nombre de ovocito o de espermatocito y, más tarde, de gametos, nuestro ciclo vital propiamente dicho se inicia con la fusión de estos últimos para crear una única célula, llamada zigoto. Bajo esta forma, empezamos rápidamente a dividirnos y a diferenciar nuestras células para formar un embrión que, en sus sucesivas fases, va desarrollándose y aumentando continuamente de tamaño. Hasta que, al final de ese proceso, adquirimos la forma definitiva del organismo pluricelular, visible a simple vista, que todos conocemos y que tan fácil nos resulta de diferenciar.

Esto significa, por tanto, que a nuestra escala natural de visión sólo somos capaces de ver una reducida parte de nuestra propia existencia. Y precisamente por ello, el concepto que tenemos sobre nosotros mismos acaba siendo inevitablemente muy pobre, escaso e incompleto. Tal como, por otra parte, también lo sería si se diese el caso de que viésemos el mundo únicamente a una escala más pequeña, en la cual sólo alcanzásemos a ver las primeras etapas de nuestro desarrollo.

Hasta aquí hemos abordado lo que pasaría si observásemos todos los seres vivos mucho más de cerca, a una distancia cada vez menor. Pero también podríamos plantearnos exactamente lo contrario. Podríamos pensar en lo que pasaría, cambiando por completo de enfoque, si observásemos todo mucho más de lejos, si tratásemos de mirar todo a una distancia cada vez mayor.

Si estuviésemos, por ejemplo, en lo alto de la más grande montaña y mirásemos con atención hacia la llanura que se extiende a sus pies, seguramente nuestra visión del mundo cambiaría una vez más por completo. Porque desde allí, desde lo alto, no seríamos capaces de distinguir ninguna especie ni ningún individuo concreto. A lo sumo, con gran esfuerzo, podríamos divisar algunas manchas boscosas o quizás algunos bandos fugaces de animales.

A esa distancia, sin embargo, quizás empezaríamos a comprender lo que es realmente un ecosistema, un nivel de organización de la vida situado a una escala superior. Desde esa elevada altura, utilizando una escala de tiempo también diferente, posiblemente veríamos que toda esa extensa llanura está recubierta por una masa dinámica, vigorosa y cambiante de materia viva, de contornos no siempre bien definidos. Y entenderíamos entonces que los ecosistemas no son otra cosa que complejos organismos vivos formados por unos elementos de construcción, invisibles a esa distancia, que son los individuos y las especies a las que pertenecen.

Comprenderíamos, de este modo, que nuestra propia especie, como todas las otras, no es más que uno de esos muchos elementos que dan forma al ecosistema. Y, en consecuencia, que el exiguo concepto que tenemos de nosotros mismos, sobre lo que realmente somos, no se debe únicamente a que no conseguimos ver el mundo muy de cerca, sino también a que no conseguimos verlo mucho más de lejos.

Pero si nos fuésemos entonces más lejos, aún mucho más lejos, por ejemplo, hasta la luna, lo que desde allí conseguiríamos ver, en último término, sería la biosfera. A esa distancia quizás comprenderíamos finalmente que la biosfera es un único organismo, una única entidad, formada por unos elementos de construcción que son los ecosistemas. Y que nosotros, como individuos, somos sólo una parte ínfima e insignificante de ese ser vivo colosal que envuelve la superficie de nuestro planeta.

Atrapados en nuestra particular escala de visión, todos nosotros somos, sin embargo, incapaces de percibir de forma intuitiva toda esta compleja realidad. Creemos ver el mundo tal como es, pero en realidad sólo llegamos a captar de él una determinada y particular perspectiva. Creemos entender lo que son los seres vivos, pero apenas conseguimos observarlos bajo una cierta escala y apariencia. Y creemos saber lo que somos nosotros mismos, pero únicamente alcanzamos a vislumbrar una parte de nuestra propia naturaleza, una mínima parte de lo que siempre hemos sido y de lo que siempre seremos. A menos que, con nuevos y múltiples ojos, seamos en algún momento capaces de extender nuestra mirada mucho más allá, para ver finalmente el mundo y nuestra realidad en toda su auténtica, desbordante y sobrecogedora dimensión.


1/4/24

¿Para qué sirve una especie?


Aquel día la intervención quirúrgica, aparentemente sencilla y sin complicaciones, no transcurrió exactamente como se esperaba. El paciente en cuestión, la sufrida víctima, era, por otra parte, una persona excepcional, fuera de lo común. Se trataba de un famoso economista, muy ilustre y distinguido, autor de numerosos tratados de gran éxito sobre el complejo mundo de las finanzas internacionales. Debido a sus grandes y destacados méritos era unánimemente reconocido en todo el mundo como una de las mentes más brillantes de su generación. Y la verdad es que, quizás precisamente por eso, cuando entró en el quirófano, empujado sobre una vieja, endeble y chirriante camilla, tal vez debería haberse extrañado de algunas de las cosas que vio.

Debería haber desconfiado, por ejemplo, del hecho de ver al cirujano vestido de una forma un tanto peculiar. Podríamos decir, incluso, que bastante estrafalaria. Para empezar, llevaba una enorme nariz postiza de color rojo en medio de la cara. Su cabeza, tímidamente coronada por un pequeño y ridículo sombrero, estaba generosamente cubierta por una exuberante y desaliñada peluca de color remolacha. Vestía una enorme y divertida bata de topos multicolores que le cubría holgadamente todo el cuerpo, abrochada en su parte delantera mediante unos enormes botones, la mayoría de ellos extraviados, ocupando el ojal equivocado. Y lucía además en su solapa una despampanante flor amarilla, algo descuidada y marchita, sin aparentemente ningún rastro, pasado o presente, de olor perceptible.

No cabía duda de que el aspecto del cirujano era de lo más extraño, del todo imposible de pasar desapercibido. Sin embargo, en aquel momento, debido al creciente y entorpecedor efecto de la anestesia, el economista ya no conseguía pensar ni razonar de una forma que pudiese considerase mínimamente normal o coherente.

—De modo que tenemos que retirarle el apéndice –comentó distraídamente el cirujano en el momento mismo de empezar la operación, mientras se frotaba enérgicamente las manos–. ¿Es el apéndice derecho o el izquierdo? Bueno, no importa, le abro por la mitad y luego vemos –y sin pensárselo más, abrió al instante en canal al economista utilizando unas grandes tijeras de punta roma, mostrando en ello una sorprendente e inesperada habilidad.
—La verdad es que no me dijeron… si era el derecho o el izquierdo –acertó finalmente a balbucear el economista, completamente aturdido, mientras el cirujano se encontraba ya hurgando con ávida curiosidad entre sus entrañas.
—¿Sabe usted lo que le digo? –preguntó el cirujano al cabo de unos momentos, levantando de repente la vista y mirando al economista fijamente a los ojos–. Tiene usted todo el cuerpo lleno de órganos. Quizás sea éste el problema. Y me parece que están todos bastante desaprovechados. Si quiere mi opinión, a estos órganos hay que sacarles algún rendimiento, no puede tenerlos aquí parados, sin ninguna utilidad. Mire por ejemplo éste –y en ese instante, tras revolver con dificultad en su interior, extrajo del cuerpo uno de los riñones–. Puede venderlo a muy buen precio. Hay un mercado fantástico para estas cosas. Y además le queda el otro. ¿Qué digo? Lo mejor es que venda los dos, pues así le sale más a cuenta.
—En eso tiene razón, no se puede mantener ningún capital inactivo –respondió el economista, mucho más animado, de repente, al reconocer un tema de conversación tan grato para él–. Hay siempre un elevado riesgo de que se desvalorice. Y más cuando los mercados están en crisis, aunque últimamente haya algunos síntomas de recuperación. Pero, dígame, ¿no necesitaría conservar al menos uno de los riñones? ¿No son necesarios para alguna de esas cosas que hace el cuerpo?
—¿Necesarios los riñones? ¡Qué tontería! Conozco personas que viven sin ningún riñón y se sienten incluso mejor que antes. No tiene nada de qué preocuparse. No se hable más, le quito los dos ahora mismo. Pero, vamos a ver… ¿qué es esta otra cosa que tiene justo aquí en medio? ¿Será el hígado? –se preguntó el cirujano, entornando los ojos y adquiriendo por momentos en su rostro una expresión algo sombría y misteriosa–. Sí, bueno, supongo que debe serlo, creo yo. Pues mire, conozco una receta de hígado con ajo y salsa tártara que es de chuparse los dedos. Se lo voy a sacar también y ya verá luego lo fácil que es de cocinar. Así aprovecha toda esta cosa tan fea y blandengue que tiene aquí y deja además de estorbarnos a todos.
—Pues lo cierto es que el hígado es uno de mis platos favoritos, en eso acierta plenamente –asintió el economista–. ¿Con ajo, dice? Se nota que usted entiende. Seguro que debe ser una delicia. Casi que estoy deseando ya probar esa receta.
—Mire, le saco también el corazón, que está quitando sitio a uno de los pulmones. Así respirará mejor. Y al mismo tiempo le evitará tener cualquier tipo de enfermedades cardiacas en el futuro. Con esto reducirá en más de la mitad los gastos en salud, que tanto nos desequilibran a todos las cuentas. Observe, fíjese bien como se mueve –el cirujano sostenía ahora el corazón, todavía palpitante, en la palma de su mano–. ¡Qué gasto absurdo de energía! ¡Esto le estaba quitando todas las fuerzas al cuerpo! Sin él se sentirá mucho mejor. Aunque, hablando de pulmones, ya me dirá usted para qué quiere respirar. El aire está cada vez más contaminado. Créame, estos pulmones sólo le traerán disgustos. Se los quito y ya verá como me lo agradece. Sacará también un buen provecho de ello.
—¿Un buen provecho por los pulmones? ¿Cree usted que pueden revalorizarse a corto o medio plazo y rendir algún dinero?
—¿Dinero? No nos engañemos, los pulmones no valen nada. Por eso lo mejor es quitárselos de encima. En eso precisamente está el provecho. Pero olvídese ahora de los pulmones y vea con atención todo esto: aquí tiene el bazo, el páncreas, la vejiga y esa otra cosa que no sé muy bien lo que es. ¿Sabe para qué sirven? Pues si no lo sabe, me parece a mí que tampoco le hacen falta. Van fuera también.
—¡Cuánta razón tiene! Si no sé para qué sirven, ¿qué utilidad pueden tener? La verdad es que nunca en mi vida he oído hablar de ellos. Aunque, si he de ser sincero, yo fui muy poco a la escuela cuando era niño. Ya por entonces tenía claro que quería ser economista. Y ya sabe, para eso no hay que estudiar mucho.
—Quizás no se lo crea, pero yo tampoco he estudiado mucho para ser cirujano. Ah, pero veo que además tiene dos piernas y dos brazos, todo por duplicado. ¡Qué cosa tan anticuada! ¡Con toda la tecnología moderna y sofisticada que hay en la actualidad! Ahora fabrican unas magníficas sillas de ruedas que permiten desplazarse a todas partes mucho más rápido y sin necesidad alguna de andar. Y además, con todos los automatismos de la vida moderna, ¿para qué necesita los brazos? Ya de poco le sirven. Piense, por ejemplo, que sin ellos no tendría la necesidad de estar continuamente cortándose las uñas, con lo que ganaría un tiempo precioso para tareas mucho más productivas. Lo mejor sería quitárselo todo.
—Si usted lo dice, que así sea. Soy un firme defensor del progreso tecnológico. Y apoyo, desde luego, todo lo que signifique aumentar la productividad. Todos tenemos que contribuir con nuestro empeño personal y nuestro sacrificio en hacer más grande la economía. ¿Qué haríamos con una economía que no creciese continuamente? Es eso lo que nos mantiene con vida, lo que nos hace avanzar hacia el futuro.
—Pues no se diga más. Fuera entonces las piernas y los brazos. Aunque ahora, sin ellos, la verdad es que le será mucho más difícil mantener la cabeza en equilibrio sobre el cuerpo. Así que lo mejor será quitarla también. Además, como ya sabe, las personas sin cabeza trabajan mejor y son mucho más productivas. No pierden el tiempo cuestionándose en todo momento qué es lo que hacen. Y bien, ya que estamos puestos a eliminar cosas superfluas, le voy a quitar también todos estos huesos, como las costillas y la pelvis, que me parece que la tiene al revés, o quizás no. Y este intestino tan largo se lo reduzco o, mejor aún, se lo quito del todo.
—Si me permite el comentario, usted parece que entiende bastante de economía. Y además, es un excelente cirujano. Nunca me había sentido mejor que en este momento, tan ligero y al mismo tiempo tan pletórico de energía. Es como si de repente me hubiese convertido en un activo financiero, siempre sin ninguna base real pero capaz de absorber dinero de todo lo que hay a su alrededor. La verdad es que estoy ansioso por levantarme ya de esta mesa, salir del hospital y seguir contribuyendo con todo mi esfuerzo al crecimiento de la economía del país… Por cierto, antes de irme, hay una cosa que quería preguntarle: esa enorme nariz roja, ¿la tiene así desde siempre?

Cuando el cirujano acabó de sacar todos los órganos inútiles del cuerpo del economista, sobre la mesa de operaciones tan sólo quedaba el apéndice, el derecho, que en realidad se encontraba en perfecto estado. Así pues, no fue en absoluto necesario extirparlo. Por desgracia, sin pulmones, ni corazón, ni intestino, ni cabeza, ni hígado… es decir, sin ninguno de los órganos esenciales del cuerpo, el apéndice acabó por fallecer pocos días después. Y éste fue, sin más, de forma inesperada, el triste y fatídico final del famoso economista.

Aunque, desde luego, hay que reconocer que hasta en sus últimos momentos el economista fue una persona ejemplar y coherente con sus ideas. Murió de una forma casi heroica, defendiendo fielmente los grandes conceptos económicos que rigen nuestra época. Así, eliminar todos los órganos de su cuerpo por ser poco productivos y rentables desde un punto de vista financiero fue sin duda la mejor cosa y la más valiente que hizo en toda su vida.

Pensando por momentos en la trágica historia del prestigioso economista, es posible que quizás también nosotros, por breves instantes, nos hagamos la misma pregunta que él se hizo durante el trascurso de su accidentada operación, es decir: ¿para qué sirven realmente los órganos de nuestro cuerpo?

Esta cuestión, no obstante, poco tiempo podrá ocupar nuestro pensamiento, pues la respuesta resulta más que evidente. Es algo obvio: la finalidad de los órganos de nuestro cuerpo es mantenernos con vida. De eso no nos cabe la menor duda. Es verdad que quizás podamos sobrevivir algún tiempo sin uno de los riñones o sin algún otro órgano cuya función sea menos esencial, pero, básicamente, todos ellos son imprescindibles para que continuemos con vida y de perfecta salud. De modo que eliminarlos por puro capricho o por ignorancia, pensando que con ello no nos va a pasar nada, sería evidentemente un terrible y fatídico error.

Una vez que tenemos claro para qué sirven nuestros órganos, quizás nos resulte más fácil responder a otra pregunta, en apariencia más complicada y algo alejada de la anterior. La pregunta, concretamente, es la siguiente: ¿para qué sirve realmente una especie? Es decir, ¿para qué sirve cada una de las especies que ocupan y conforman la totalidad de los ecosistemas de nuestro planeta? ¿Para qué sirve, en definitiva, toda la maravillosa diversidad de seres vivos que existe en nuestro mundo?

Pues bien, aunque quizás pueda parecernos menos evidente, la respuesta es exactamente la misma que en el caso anterior. No cabe la menor duda: la finalidad de todas las especies que existen en el mundo es mantenernos con vida.

Esto es así aunque no siempre seamos plenamente conscientes de ello. O aunque muchas veces incluso finjamos o pretendamos ignorarlo por completo. En todo caso, lo que resulta innegable es que necesitamos mantener y conservar todas las especies existentes en nuestros ecosistemas para poder sobrevivir. Sin ellas, simplemente, no conseguiríamos continuar con vida.

Para entender esto con mayor claridad, podemos hacer un simple paralelismo con lo que ocurre en nuestro propio cuerpo. Sabemos que durante nuestro desarrollo embrionario nuestras células crecen, se multiplican y se diferencian para formar todos y cada uno de los órganos que configuran nuestro cuerpo. Y sabemos también, como ya hemos dicho, que, en lo fundamental, nos sería imposible vivir sin cualquiera de ellos.

Pues bien, de forma semejante, a lo largo de millones de años, durante el desarrollo evolutivo de la vida, los organismos se han ido multiplicando y diferenciando para dar lugar a cada una de las especies que en la actualidad conforman nuestros ecosistemas. Y de forma parecida a lo que ocurre con los órganos de nuestro cuerpo, todas las especies existentes son necesarias, en lo fundamental, para la supervivencia de dichos ecosistemas. Unos ecosistemas que, como conviene recordar, son precisamente los que nos mantienen con vida a nosotros y a la totalidad de los seres vivos.

Si eliminar uno de los órganos de nuestro cuerpo supone nuestra muerte inmediata, eliminar una de las especies de nuestro ecosistema supone, de igual forma, el camino directo a nuestra propia destrucción. El problema está, para nosotros, en la diferente percepción que conseguimos tener de ambos casos. Siendo el número de órganos de nuestro cuerpo muy limitado, nos resulta fácil comprender el efecto que tiene sobre nosotros eliminar cualquiera de ellos. Por el contrario, contándose por millares las especies que forman parte de nuestros ecosistemas, solapándose además muchas veces unas especies con otras en parte sus funciones, nos resulta extremadamente difícil comprender el efecto que puede tener sobre nosotros la desaparición de cualquiera de ellas. Sin embargo, ese efecto, por más difuso e intangible que nos parezca, es bien real. Y por desgracia, no se manifiesta de forma inmediata, sino que sólo conseguimos verlo con claridad pasado un cierto tiempo, a menudo de muchas generaciones.

En determinadas ocasiones, sin embargo, sí que nos es posible ver ese efecto con bastante rapidez, la suficiente como para entender, gracias a ello, su auténtica dimensión. Esto es así porque, tal como en nuestro cuerpo hay órganos absolutamente esenciales sin los cuales no podríamos sobrevivir ni siquiera un minuto, también en los ecosistemas hay determinadas especies, denominadas especies clave, sin las cuales todo el ecosistema se vendría abajo y desaparecería de forma casi inmediata. La falta de cualquiera de estas especies generaría un efecto en cascada que, en último término, acabaría por alterar alguno de los ciclos fundamentales propios del ecosistema, que se vería así afectado en su totalidad y condenado rápidamente a desaparecer.

Un ejemplo utilizado con frecuencia para ilustrar este tipo de especies es el castor, un animal que, mediante la paciente y laboriosa construcción de sus presas en los cursos fluviales donde vive, crea y mantiene en ellos un hábitat acuático muy particular que desaparecería de inmediato si dejase de pronto de existir la especie. También son claros ejemplos los grandes predadores terrestres, situados en lo alto de la cadena trófica, sin los cuales los herbívoros proliferarían hasta acabar con toda la vegetación existente, acabando en poco tiempo con todo el ecosistema. Y también lo son las especies arbóreas dominantes en un determinado tipo de hábitat, donde además puede pensarse que quizás también sean igualmente fundamentales los polinizadores de dichas plantas, los dispersores de sus semillas o los defensores contra sus plagas, sin los cuales, probablemente, todo el ecosistema desaparecería en poco tiempo.

A nosotros, dado nuestro corto tiempo de vida y nuestra limitada capacidad de comprensión, sólo nos es posible ver con claridad los efectos causados por la desaparición de las especies clave. Sin embargo, debemos ser conscientes de que todas las especies, cada una de ellas, son necesarias e imprescindibles para los ecosistemas. Y por tanto, también para nuestra propia supervivencia. No nos es posible prescindir de ninguna de ellas, por más insignificantes que nos parezcan. De hecho, son precisamente las especies más insignificantes, como pueden ser por ejemplo los microorganismos, los gusanos o las hormigas, las que suelen aportar una mayor cantidad de biomasa total, de materia viva, al ecosistema y ser por ello una pieza fundamental dentro de él.

Por otra parte, es también cierto que determinadas especies con una función ecológica muy semejante a otras podrían desaparecer sin tener quizás un efecto apreciable en el ecosistema. O que ciertas especies pueden estar a punto de desaparecer, por sí mismas, debido al propio proceso evolutivo, que actúa siempre a una escala de millones de años. Pero dichos casos, muy difíciles o casi imposibles de identificar por nosotros, deben ser entendidos como una excepción. Además, dichas especies poseen siempre por sí mismas, como cualquier otra, un importante y fundamental valor como reserva genética. Por tanto, el que haya especies esenciales para el ecosistema en un mayor o menor grado no significa que todas ellas, en lo fundamental, no sean siempre necesarias. Exactamente lo mismo que ocurre con los órganos de nuestro cuerpo.

Así, cuando oímos a falsos e ignorantes economistas afirmar que la naturaleza y las especies no son necesarias, que no sirven para nada y que lo mejor que podemos hacer es eliminarlas para sacar un buen provecho de ellas, para enriquecernos a su costa, no nos cuesta nada imaginarnos a esos mismos economistas tendidos sobre una mesa de operaciones. No nos cuesta nada imaginárnoslos bajo las luces del quirófano, inquietos, temblorosos, agitándose nerviosamente. O incluso completamente aterrorizados, de repente, al ver ante ellos, entre las sombras, a un cirujano con una gran nariz roja en la cara, una exuberante peluca de color remolacha y una divertida bata de topos multicolores cubriendo todo su cuerpo.

Y lo peor es que en ese momento, por mucho que quieran, no podrán quejarse de nada. Porque, de igual forma que el cirujano comenzará en seguida a sacar todos los órganos de sus cuerpos por no considerarlos necesarios, sabemos que dichos economistas tampoco dudarían nunca, llegado el caso, en ir sacando, matando y exterminando todas las especies existentes en nuestros ecosistemas, al tiempo que repiten solemnemente, en voz alta, sus grandes e incuestionables sofismas.

Por desgracia, sus locos y extravagantes desvaríos no les afectan sólo a ellos, sino que nos ponen en peligro a todos nosotros. Y el hecho de que en el mundo se sigan con tanta frecuencia, ciegamente, sus absurdos consejos, como ocurre en unos tiempos tan turbios y convulsos como los nuestros, es algo que nos llevará irremediablemente al desastre.

En el momento final, cuando sobre la mesa de operaciones sólo quede el apéndice, es decir, cuando en todo el ecosistema sólo quede nuestra propia especie, no debería admirarnos que, privados de todo sustento, acabemos finalmente por morir. Aun así, podemos estar seguros de que, incluso en esos instantes, no dejaremos de oír la voz de los grandes economistas, atrincherados en el solitario y triste apéndice, defender que la suya es la única y mejor opción, la más rentable. Y que lo demás son tonterías.


25/7/14

El empacho humano y la destrucción del mundo.

En ocasiones los lagos y otros ecosistemas de agua dulce sufren una profunda alteración debido a la llegada masiva de nutrientes a sus aguas. Estos nutrientes, como por ejemplo el nitrógeno o el fósforo, provienen generalmente de los fertilizantes químicos utilizados en la agricultura y que más tarde son arrastrados por las lluvias desde los campos hasta ríos y lagos. Su presencia en exceso desencadena entonces una alteración, muchas veces irreversible, en las características biológicas, químicas y físicas de las aguas de los lagos mediante un proceso que se conoce como eutrofización.

La llegada de estos nutrientes provoca que unas pocas especies de algas comiencen a crecer descontroladamente hasta cubrir por completo toda la superficie del lago y ocupar también toda la parte superior de las aguas. Las algas captan entonces toda la luz del sol e impiden que ésta pueda llegar a más profundidad, donde otras especies de algas y los animales, no teniendo ni luz ni oxígeno, acaban por morir, descomponiéndose y degradando aún más la calidad del agua. Mientras tanto, las algas continúan a crecer sin control, generando una creciente cantidad de materia orgánica cuyas capas más inferiores entran también en descomposición. Las aguas del lago acaban así, poco a poco, sepultadas bajo esta creciente masa de materia orgánica. El lago se convierte primero en un pantano y luego, con su lecho ya totalmente colmatado, acaba por perder el agua y secarse por completo. El lago, por tanto, muere y desaparece.

Podemos decir que con la eutrofización el lago muere de empacho. La dieta saludable que llevaba hasta entonces, con un moderado aporte de nutrientes, favorecía la limpidez de las aguas, el desarrollo de una gran variedad de formas de vida y la manutención de un ecosistema bien equilibrado. Con la llegada del exceso de nutrientes el lago pasa a disponer de mucho más alimento, lo que aparentemente sería bueno para el desarrollo de la vida. Y efectivamente esto es así para algunas algas, que proliferan sin control. Sin embargo, debido a esa misma proliferación, mueren luego todas las otras algas y los animales, se destruye el equilibrio ecológico y la biodiversidad y se provoca finalmente la desaparición física y material del propio lago.

El proceso de eutrofización de los lagos es un interesante ejemplo que nos permite comprender mucho mejor qué es lo que en la actualidad está acabando con todos los ecosistemas naturales a nivel mundial. Podemos decir que el planeta sufre hoy en día un proceso muy semejante al de la eutrofización. Pero en este caso no se debe a un crecimiento descontrolado de algas causado por un aporte masivo de nutrientes. En este caso se debe, por el contrario, a un crecimiento descontrolado de la población humana causado por un aporte masivo de energía.

No hay duda de que en la actualidad la población humana prolifera descontroladamente. Y lo hace debido al aporte masivo de energía que le proporcionan los combustibles fósiles. Son millones de años de energía solar los que están almacenados en el subsuelo bajo la forma de carbón y petróleo y que están ahora a ser utilizados, de manera súbita y desenfrenada, por las sociedades humanas.

Pero no sólo el hombre prolifera gracias a la eutrofización energética. También lo hacen todas las especies asociadas a él a través de la agricultura y la ganadería. El mundo está lleno ahora de seres humanos, pero también lo está, en mucha mayor proporción, de trigo, de maíz, de arroz, de soja, de cerdos, de vacas, de gallinas, de perros... El hombre y sus especies asociadas crecieron tanto en número y en extensión que en la actualidad llegan a cubrir ya la mayor parte de la superficie fértil del planeta. Y todas las otras especies, sin acceso a esta superficie o sin ni tan siquiera muchas veces espacio físico para existir, están muriendo y desapareciendo. Así, asistimos hoy en día a un rápido y alarmante desplome de la biodiversidad a nivel mundial.

El planeta está muriendo de puro empacho. El exceso de energía y el consiguiente crecimiento del paisaje humanizado están sepultando y eliminando todos los ecosistemas naturales. Y con ello el desastre, tal como en el caso de los lagos, está asegurado. La desaparición de los ecosistemas hace que el planeta sea cada vez más inhabitable y estéril. Y con la progresiva reducción de las condiciones de vida y de la fertilidad de la tierra no hay duda de que en un determinado momento la población humana acabará también por perecer, por mucha energía de que disponga. Aunque ni siquiera será mucha, pues los combustibles fósiles, tan rápidamente como aparecieron, acabarán por agotarse y desaparecer.

Podríamos pensar que con el fin de los combustibles fósiles y la disipación de su energía volveremos a la situación inicial. Pero lo que nos encontraremos entonces será un escenario ya demasiado catastrófico, con la mayoría de los ecosistemas destruidos, arrasados o muertos. Gran parte de las especies habrá sucumbido. Y las pocas que proliferaron, sin la energía que hasta ahora las sustentaba, cubrirán la tierra con sus cadáveres, alterando quizás por última vez los ecosistemas.

Los combustibles fósiles no son, como siempre se ha creído, una fuente barata, útil y benéfica de energía. En realidad son, como todo lo que es en exceso, un veneno de características destruidoras. Amenazan con acabar con el planeta condenándolo a una muerte lenta por empacho en el que la humanidad no es otra cosa que el alimento indigesto que se atraviesa en su estómago. Y contra más energía fósil utilicemos y gastemos, mayor será esa indigestión. Piense en esto cada vez que consume carbón o petróleo, es decir, a cada momento.