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21/1/19
La poliédrica dimensión del poder
Aparentemente existe siempre una dimensión adecuada para todas las cosas. ¿Podría acaso existir un elefante muy pequeño, de tamaño ínfimo y microscópico? ¿O una pulga enorme, de dimensiones descomunales y hercúleas? ¿Tendrían acaso algún sentido animales de semejantes proporciones? Lo cierto es que sólo cuando la grandeza y la pequeñez, en su eterna e imperecedera lucha, alcanzan un satisfactorio equilibrio es cuando las cosas obtienen sus dimensiones perfectas, dando siempre lugar, por ejemplo, a un elefante grande o a una pulga pequeña.
Considerando la existencia de este constante equilibrio entre lo grande y lo pequeño, ¿existirá también una dimensión perfecta para las estructuras de poder que gobiernan o deben gobernar una sociedad? ¿Será más perfecto, por ejemplo, un poder de pequeña dimensión, como el poder local, que otro de una dimensión mayor, como el poder regional o estatal? Y si uno de ellos es más perfecto, ¿cuál deberá ser su dimensión exacta?
El debate sobre la adecuada dimensión del poder no es nada nuevo. En términos históricos, ya estuvo presente, por ejemplo, en el mismo inicio de la ideología socialista, cuando las dos principales corrientes, la comunista y la anarquista, se enfrentaron entre sí. Aunque ambas tenían un mismo objetivo, es decir, conseguir una sociedad basada en la igualdad y la justicia, las dos diferían precisamente en cuanto a la dimensión del poder político que debía guiar el cambio hacia esa sociedad mejor. Así, los comunistas pretendían conquistar el poder estatal existente para, desde él, poder deshacer todas las injusticias, dejando luego que ese mismo poder estatal se disolviese paulatinamente. Por el contrario, los anarquistas no aceptaban la existencia de ningún poder de dimensión estatal, ni siquiera de forma temporal. Sólo admitían, desde el principio, la existencia y el protagonismo absoluto de un poder de dimensión local.
Está claro que cuando no existe un poder público sólido, cuando hay un vacío de poder, la sociedad queda expuesta a la posibilidad de un ataque externo o interno. Esa sociedad podrá ser fácilmente conquistada y el poder rápidamente usurpado, acabando por instalarse, con toda probabilidad, una tiranía que utilice todo el poder para beneficio de una nueva y recién llegada minoría opresora.
Por el contrario, con la existencia de un poder público sólido, la sociedad se encuentra mucho mejor protegida contra los ataques. No obstante, en este caso aparecerá lógicamente un nuevo y quizás más alarmante peligro. Existirá el riesgo de que ese poder público, inicialmente defensor del bien común, acabe con el tiempo por corromperse y convertirse en un poder despótico al servicio únicamente de sí mismo y de una minoría opresora. El resultado podrá será, por tanto, igualmente, la aparición de una nueva tiranía.
Así, tanto si el detentor el poder proviene de un ataque o de un proceso político interno, el peligro de que una sociedad caiga víctima de la tiranía siempre existe. Podemos decir, no obstante, que tras un ataque la tiranía suele ser inmediata, mientras que cuando se origina a partir de la corrupción su aparición suele ser gradual, como una amenaza que va creciendo y extendiéndose lentamente, día a día.
Partiendo así del principio de que siempre parece una mejor opción disponer de un poder público sólido, podemos preguntarnos entonces cuál será la dimensión ideal de ese poder, especialmente de forma a evitar que pueda llegar a corromperse con facilidad. ¿Será más resistente a la corrupción, por ejemplo, un poder de dimensión local o quizás un poder mayor, de dimensión regional o estatal?
En una sociedad sumida en la decadencia, parece claro que un poder de dimensión estatal fácilmente podrá tender a convertirse en un estado autoritario, adoptando una lógica centralista en relación a cualquier otro posible poder existente, ya sea regional o local. Por su parte, un poder local también podrá fácilmente degradarse y caer en el caciquismo, adoptando frente a otros poderes una lógica autárquica y aislacionista. Y lo mismo podemos decir sobre el poder regional, que podrá caer en el nacionalismo, combinando una lógica centralista frente al poder local y secesionista frente al poder estatal.
Básicamente debemos aceptar que, en una sociedad decadente, el poder, cualesquiera que sean sus formas y dimensiones, siempre podrá fácilmente llegar a corromperse. Y en la mayoría de los casos, ese poder decadente se manifestará frente a los otros poderes adoptando las formas habituales de centralismo, de secesionismo o de aislacionismo.
Así, en una sociedad a la deriva, tanto el camino proyectado inicialmente por los comunistas como por los anarquistas estaría irremediablemente abocado al fracaso. Si el poder estatal, conquistado por los comunistas, se prolongase indefinidamente en el tiempo se daría oportunidad a que surgiese, tarde o temprano, una nueva élite privilegiada y una nueva forma de tiranía bajo la forma de un estado totalitario y centralista. Por su parte, nada impediría tampoco que el poder local, defendido por los anarquistas, pasado cierto tiempo, se degradase y cayese en el más puro caciquismo, dando lugar a una asfixiante y totalitaria tiranía que intentaría deshacerse rápidamente del contrapeso de cualquier nivel superior de poder.
En resumen, ninguna dimensión del poder parece ser capaz de evitar mejor que otra la aparición de la tiranía o la progresiva deriva hacia un poder tiránico. Ninguna permite asegurar mejor que otra el afianzamiento de una sociedad más justa y más libre. Por otra parte, considerando su escala, no parece existir una dimensión máxima del poder lo suficientemente grande para evitar un asalto desde el exterior, ni una dimensión mínima lo suficientemente pequeña para evitar una usurpación desde el interior.
En realidad, la única solución posible para este problema consiste en mantener en todo momento una sociedad fuertemente instruida e ideologizada, inmune a la deriva de la corrupción, decidida en todo momento a mantener esforzadamente su rumbo, capaz de luchar sin descanso contra cualquier amenaza exterior o interior que pueda poner en peligro su libertad. Y esto independientemente de la dimensión del poder existente.
La única solución posible es, en otras palabras, entrar en una nueva dimensión del poder, pero no en una dimensión de orden física sino en una nueva, superior y esperanzadora dimensión de orden intelectual.
12/11/18
La ideología, más arriba a la izquierda
El gazpacho es un plato típico del sur de España que resulta particularmente apreciado durante los meses más cálidos del verano. Consiste en un caldo que se sirve frío y que se elabora a partir de diversos vegetales triturados. Existe, desde luego, una gran variedad de formas de preparar el gazpacho. Pero lo más sorprendente es que su receta ha ido cambiando enormemente a lo largo del tiempo y de diferentes épocas. Si en un principio, hace siglos, el gazpacho se preparaba básicamente con migas de pan, aceite, vinagre y ajo, con la llegada de las nuevas hortalizas provenientes de América y de Asia pasó a incorporar ingredientes ahora tan esenciales como el tomate, el pepino o el pimiento.
Así, la idea de lo que es el gazpacho –o, si se prefiere, la ideología culinaria inherente a su preparación– ha ido evolucionando y perfeccionándose con el tiempo, permitiendo a este famoso plato llegar a ser lo que es hoy.
Precisamente este mismo aspecto de evolución y de perfeccionamiento es de enorme importancia cuando hablamos de ideologías. Al buscar la definición de lo que es una ideología, nos encontraremos en general con dos posiciones enfrentadas, dos visiones antagónicas que difieren exactamente en el reconocimiento o no de la capacidad de las ideologías para cambiar y evolucionar.
Para algunos, una ideología no es más que un conjunto de ideas, una especie de ideario de carácter fijo e inmutable, cuya función consiste únicamente en definir y cohesionar a un determinado grupo social. Así, funcionando como un sistema totémico de ideas, la ideología tiene una naturaleza dogmática y es de obligada obediencia por parte de todos los miembros del grupo. Cualquier persona que se aleje de ella es expulsada. Y, de igual forma, cualquiera que desee entrar en el grupo deberá adoptarla por completo, renunciando a sus ideas previas.
Sin embargo, para otros esta definición de ideología es totalmente abusiva y reduccionista, contraria al ejercicio de las ideas y de la filosofía, es decir, contraria a aquello que es la esencia misma de las auténticas ideologías. Una verdadera ideología es también un conjunto de ideas, pero es un conjunto de ideas de carácter cambiante y perfeccionista, en continua evolución, que se organiza necesariamente en una estructura formal sólida y coherente. Su función es elevar a todo el conjunto de la sociedad, no sólo a un grupo, hacia un nuevo nivel de conocimiento y de ética que intenta construir. Y si en ocasiones una ideología coincide con un determinado grupo social, principalmente al inicio de su andadura, ésta no sirve necesariamente para cohesionar a sus miembros ni pretende nunca exigirles una sumisión intelectual.
En la filosofía todas las ideas nacen, se oponen, se contrastan, se apoyan, se diluyen, se reencuentran, van dialogando entre sí, determinando su validez, para luego servir de base a otras ideas de orden superior. La filosofía política sigue también este mismo proceso y, ante una determinada realidad social o histórica, debe utilizar las ideas existentes para construir una o varias ideologías. Pero a medida que las ideas evolucionan, así también las ideologías deben progresar, morir, divergir o unirse entre sí para alumbrar otras nuevas.
Toda verdadera ideología, toda construcción filosófica de ideas, tiene por tanto un propósito de progreso, de cambio, de desarrollo. Y este desarrollo, en su vertiente política y social, es lo que ha venido a llamarse históricamente como la izquierda.
Toda verdadera ideología es por tanto, nominalmente, una ideología de izquierda. Y entre los diferentes tipos existentes podemos distinguir, por ejemplo, las ideologías progresistas, defensoras de una transformación lenta y gradual de la sociedad, o las ideologías revolucionarias, comprometidas con un cambio social inmediato y rupturista. De estos tipos deberemos excluir, claro está, todas las falsas izquierdas con sus falsas ideologías.
Pero muchas veces oímos hablar también de ideologías de derecha, lo que es ciertamente una utilización abusiva del término. Lo que conocemos históricamente como la derecha se caracteriza por oponerse expresamente a cualquier discusión y desarrollo de las ideas, aunque éstas inevitablemente acaben siempre por forzar con el tiempo una cierta deriva.
En el campo de la derecha, cualquier idea o incluso cualquier realidad deberá doblegarse, y si es necesario deformarse, para caber dentro de la estructura axiomática previamente concebida. Las mal denominadas ideologías de derecha, en realidad simples idearios, se corresponden claramente con aquella visión reduccionista que iguala la ideología a un conjunto de dogmas destinados a crear la cohesión social de un determinado grupo.
Los dogmas de la derecha nacen muchas veces de forma natural a partir de la ignorancia, de la incapacidad filosófica para concebir o desarrollar ideas. Pero también nacen premeditadamente como una forma de dominación: su imposición, directa o indirecta, impide el avance de las ideas y obliga a la sociedad a permanecer para siempre en el más puro inmovilismo. Así, cuando los dogmas tienen esta función de fijar el orden social existente, impidiendo que sea destruido por el progreso y por las verdaderas ideologías, suele hablarse de ideologías conservadoras. Y cuando los dogmas pretenden hacer retroceder a la sociedad en el progreso alcanzado, revertirla hacia una situación anterior para reconquistar un orden social perdido, suele hablarse de ideologías reaccionarias.
La derecha sólo genera falsas ideologías, simples idearios de carácter inamovible. Con sus burdos axiomas, con sus ideas deformes y atormentadas, sólo pretende excavar catacumbas cada vez más hondas a las que nunca pueda llegar la luz del progreso. Y en ellas forja las cadenas con las que condena a la sociedad a sufrir una esclavitud que se perpetúa eternamente, dentro de un orden social asfixiante e imperecedero.
Si a usted le gusta el gazpacho, si usted ama el conocimiento, la filosofía y la libertad, si usted busca una auténtica ideología, no tenga dudas de donde podrá encontrarla: allí, más arriba, a la izquierda.
28/2/13
El nacimiento del ecologismo real.
De vez en cuando conviene hacer un alto en el camino y volver la vista hacia atrás para contemplar, atisbando las huellas de nuestros efímeros pasos, la totalidad del camino que hemos recorrido. Conviene detenernos para ver los altos, las curvas, los pasos angostos que hemos conseguido superar, pero también todas las piedras, los errores, en los que hemos tropezado. Y de igual forma que observamos nuestro propio camino conviene también observar el camino realizado por otros, por aquellos otros caminantes que siguen o que siguieron en el pasado un camino semejante o paralelo al nuestro. Contemplando sus errores podremos quizás intentar evitarlos. Así, nos será sin duda de gran utilidad, por ejemplo, buscar paralelismos entre los caminos recorridos por dos ideologías recientes: el socialismo y el ecologismo.
El socialismo surgió en el siglo XIX bajo la forma del llamado socialismo utópico. Según esta corriente de pensamiento, el simple conocimiento y la práctica de los ideales socialistas, tendentes a crear una sociedad más justa, más libre, más armoniosa, serían más que suficientes para acabar con la injusticia y la existencia de clases sociales. Se pensaba que incluso los detentores del poder social y económico se sumarían con convicción a la defensa de las luminosas ideas del socialismo. Sin embargo, como bien rápidamente se pudo comprobar, quien tiene el poder y se beneficia de él de forma creciente nunca tiene, salvo raras excepciones, la inteligencia o la voluntad suficiente como para cambiar renunciando a sus privilegios.
Por ello surgió una nueva corriente, el socialismo científico. Para esta corriente, el socialismo sólo podría imponerse por la lucha y por la presión social ejercida por los más desfavorecidos, siendo ésta la única forma de vencer la férrea voluntad de la minoría privilegiada por mantenerse en el poder. La sociedad ideal, más justa, más digna y más sostenible, sólo podría alcanzarse mediante una acción bien estudiada y delineada, mediante una metodología científica capaz de enfrentar todas las dificultades. Y esta metodología, pretendiendo en primer lugar la eliminación de los privilegios sociales y la propiedad privada de los medios de producción, debería definir con claridad los primeros pasos de una transformación social que tuviese siempre como motor la lucha y la rebelión de la mayoría desfavorecida, a la que igualmente podrían sumarse luego los elementos más lúcidos de la minoría privilegiada.
Ya en el siglo XX, algunos procesos revolucionarios, ya siempre bajo una inevitable inspiración socialista, acabaron por dar lugar a regímenes de características autoritarias, cada vez menos democráticos, progresivamente dominados por la aparición de una minoría social privilegiada de índole política o burocrática. En estos regímenes, los iniciales ideales socialistas pasaron a aplicarse de una forma cada vez más despótica o incluso, finalmente, como una simple fachada para encubrir su progresiva corrupción moral. Este camino de degradación ideológica fue conocido como socialismo real, siendo justificado por sus autores como la única opción posible para el socialismo en el contexto y las particulares circunstancias históricas en que intentó desarrollarse.
Fue también en este último siglo, ante la cada vez más evidente y alarmante crisis ambiental mundial, que surgió el movimiento ecologista como un amplio movimiento social en defensa de la naturaleza y del medio ambiente. Una vez más, la primera corriente de pensamiento en aparecer, el denominado ambientalismo, consideró que el simple conocimiento de la necesidad de preservar el medio ambiente sería más que suficiente para que las sociedades modernas tomasen todas las medidas necesarias para su urgente salvaguarda. Y se pensó incluso que las sociedades más destructoras del medio ambiente, justamente aquellas que más se beneficiaban del activo ambiental de los otros países o incluso, de forma suicida, del activo ambiental de las generaciones futuras, serían las primeras en sumarse a la defensa de las ideas ambientalistas.
Pero esta idea se reveló ya como claramente utópica. Salvo raras excepciones, o salvo aplicaciones muy limitadas a un entorno inmediato, los países y las multinacionales que se benefician de forma creciente de los abusos ambientales muy raras veces llegan a tener la inteligencia o la conciencia suficiente como para renunciar a sus privilegios. Privilegios estos que, tal como es frecuente en la historia, han pasado a confundirse mientras tanto con los privilegios previamente existentes, en este caso con los privilegios sociales combatidos por el socialismo.
Es así como nació el ecologismo o ecologismo social, que, abordando el problema de una forma más científica, defiende el cambio radical hacia un nuevo modelo de sociedad donde sea imposible obtener beneficios o privilegios con la destrucción del ambiente y donde no exista la propiedad privada de los recursos naturales o de su explotación. Y este cambio sólo se podrá alcanzar con la fuerza y la lucha ejercida por las mayorías desfavorecidas, por las víctimas de los cada vez más terribles abusos ambientales, por los pueblos y países dominados, explotados y devastados, por las nuevas generaciones que nacieron ya condenadas a la miseria y también, de forma especial, por los sectores más lúcidos e ilustrados de las sociedades privilegiadas, que desde luego no son inmunes al creciente desastre ambiental mundial.
En los últimos años, sin embargo, en el movimiento en defensa del medio ambiente aparecieron determinados partidos o corrientes que defienden firmemente el pragmatismo y, de forma sorprendente, se alían con los abusadores o apoyan la continuidad, bajo simples reformas, del actual modelo de sociedad, tan terriblemente destructivo para el ambiente. Se denominan a sí mismos como realistas. ¿Estaremos así ante el nacimiento, a imagen del socialismo real, de lo que podremos denominar como el ecologismo real?
El socialismo surgió en el siglo XIX bajo la forma del llamado socialismo utópico. Según esta corriente de pensamiento, el simple conocimiento y la práctica de los ideales socialistas, tendentes a crear una sociedad más justa, más libre, más armoniosa, serían más que suficientes para acabar con la injusticia y la existencia de clases sociales. Se pensaba que incluso los detentores del poder social y económico se sumarían con convicción a la defensa de las luminosas ideas del socialismo. Sin embargo, como bien rápidamente se pudo comprobar, quien tiene el poder y se beneficia de él de forma creciente nunca tiene, salvo raras excepciones, la inteligencia o la voluntad suficiente como para cambiar renunciando a sus privilegios.
Por ello surgió una nueva corriente, el socialismo científico. Para esta corriente, el socialismo sólo podría imponerse por la lucha y por la presión social ejercida por los más desfavorecidos, siendo ésta la única forma de vencer la férrea voluntad de la minoría privilegiada por mantenerse en el poder. La sociedad ideal, más justa, más digna y más sostenible, sólo podría alcanzarse mediante una acción bien estudiada y delineada, mediante una metodología científica capaz de enfrentar todas las dificultades. Y esta metodología, pretendiendo en primer lugar la eliminación de los privilegios sociales y la propiedad privada de los medios de producción, debería definir con claridad los primeros pasos de una transformación social que tuviese siempre como motor la lucha y la rebelión de la mayoría desfavorecida, a la que igualmente podrían sumarse luego los elementos más lúcidos de la minoría privilegiada.Ya en el siglo XX, algunos procesos revolucionarios, ya siempre bajo una inevitable inspiración socialista, acabaron por dar lugar a regímenes de características autoritarias, cada vez menos democráticos, progresivamente dominados por la aparición de una minoría social privilegiada de índole política o burocrática. En estos regímenes, los iniciales ideales socialistas pasaron a aplicarse de una forma cada vez más despótica o incluso, finalmente, como una simple fachada para encubrir su progresiva corrupción moral. Este camino de degradación ideológica fue conocido como socialismo real, siendo justificado por sus autores como la única opción posible para el socialismo en el contexto y las particulares circunstancias históricas en que intentó desarrollarse.
Fue también en este último siglo, ante la cada vez más evidente y alarmante crisis ambiental mundial, que surgió el movimiento ecologista como un amplio movimiento social en defensa de la naturaleza y del medio ambiente. Una vez más, la primera corriente de pensamiento en aparecer, el denominado ambientalismo, consideró que el simple conocimiento de la necesidad de preservar el medio ambiente sería más que suficiente para que las sociedades modernas tomasen todas las medidas necesarias para su urgente salvaguarda. Y se pensó incluso que las sociedades más destructoras del medio ambiente, justamente aquellas que más se beneficiaban del activo ambiental de los otros países o incluso, de forma suicida, del activo ambiental de las generaciones futuras, serían las primeras en sumarse a la defensa de las ideas ambientalistas.
Pero esta idea se reveló ya como claramente utópica. Salvo raras excepciones, o salvo aplicaciones muy limitadas a un entorno inmediato, los países y las multinacionales que se benefician de forma creciente de los abusos ambientales muy raras veces llegan a tener la inteligencia o la conciencia suficiente como para renunciar a sus privilegios. Privilegios estos que, tal como es frecuente en la historia, han pasado a confundirse mientras tanto con los privilegios previamente existentes, en este caso con los privilegios sociales combatidos por el socialismo.
Es así como nació el ecologismo o ecologismo social, que, abordando el problema de una forma más científica, defiende el cambio radical hacia un nuevo modelo de sociedad donde sea imposible obtener beneficios o privilegios con la destrucción del ambiente y donde no exista la propiedad privada de los recursos naturales o de su explotación. Y este cambio sólo se podrá alcanzar con la fuerza y la lucha ejercida por las mayorías desfavorecidas, por las víctimas de los cada vez más terribles abusos ambientales, por los pueblos y países dominados, explotados y devastados, por las nuevas generaciones que nacieron ya condenadas a la miseria y también, de forma especial, por los sectores más lúcidos e ilustrados de las sociedades privilegiadas, que desde luego no son inmunes al creciente desastre ambiental mundial.
En los últimos años, sin embargo, en el movimiento en defensa del medio ambiente aparecieron determinados partidos o corrientes que defienden firmemente el pragmatismo y, de forma sorprendente, se alían con los abusadores o apoyan la continuidad, bajo simples reformas, del actual modelo de sociedad, tan terriblemente destructivo para el ambiente. Se denominan a sí mismos como realistas. ¿Estaremos así ante el nacimiento, a imagen del socialismo real, de lo que podremos denominar como el ecologismo real?
31/1/11
La ideología de la ciencia.
Existen en este mundo altos e infranqueables muros que nos es del todo imposible franquear. Ante ellos, nuestra única opción es dar media vuelta y volver, sombríos y cabizbajos, por el mismo lugar por donde hemos venido. Uno de esos altos muros es, sin lugar a dudas, la llamada verdad científica. Cuando nos confrontamos con ella, con aquello que es considerado como verdadero por la ciencia, comprendemos de inmediato que no tenemos nada que hacer, si no abandonar o desistir.
Sabemos que la verdad científica es siempre objetiva, clara, concisa, firme, impoluta, sin posibilidad de ser contaminada por cualquier tipo de ideas o de ideologías. Así, cualquier otro pensamiento discordante debe doblegarse y rendirse ante una verdad que se considera incuestionable, muy por encima del pensamiento de cualquier persona particular. Por ello, es común aceptarse, por ejemplo, que cualquier idea filosófica no pasa de simple palabrería al ser comparada con la ciencia y con sus sólidas verdades. Y esto porque, como se sabe, la ciencia, en su diáfana pureza intelectual, está siempre exenta de cualquier ideología o de cualquier pensamiento filosófico.
Pues bien, en realidad esto es completamente falso. Toda la ciencia, así como cualquier verdad por ella obtenida, se basa siempre en una ideología, en una ideología muy concreta y característica. Esta ideología, este conjunto riguroso y orgánico de ideas, es el llamado método científico. Y únicamente aquellos enunciados alcanzados por medio de este método, de estas ideas, son considerados por la ciencia como verdades científicas. Porque dicho método científico, forjado y elaborado por la filosofía del conocimiento, tiene como único propósito conducir al estudioso a un conocimiento siempre lo más próximo posible de la realidad.Conviene aclarar que el método científico no es, en realidad, un único método, sino un conjunto de metodologías. Las ciencias experimentales como la física, la química o la biología, aquellas que más fácilmente se asocian al concepto popular de ciencia, utilizan una de sus variedades, el llamado método empírico-analítico. Dicho método combina procedimientos propios de otros dos métodos científicos más simples: la lógica y el empirismo. Así, para que un determinado enunciado pueda ser considerado por ellas como verdad científica, deberá satisfacer tanto las exigencias teóricas propias de la lógica como las exigencias experimentales que son propias del empirismo.
El empirismo determina que un mismo experimento, partiendo de unas mismas condiciones iniciales, deberá dar siempre el mismo resultado. Sin embargo, cuando se analizan realidades complejas, sujetas a una gran cantidad de factores y variables, esta regla acaba por ser relativizada. Pasa entonces a aceptarse como verdad empírica aquel enunciado en cuya experimentación el resultado se repite casi siempre. Y son complicados cálculos estadísticos los encargados precisamente de determinar si una cosa se repite o no casi siempre. Así, el método científico acaba por añadir al suyo elementos de otro método o procedimiento: la estadística.
Por ejemplo, es frecuente considerar como verdad científica un enunciado lógico que, al ser experimentado más de 30 veces, da casi siempre el mismo resultado y que, cuando que no lo da, lo hace con una probabilidad estadística inferior al 5%. Esta verdad científica, así definida, asumiendo en sí misma una determinada probabilidad de error, puede parecernos en principio algo decepcionante. Pero no por ello dejan de ser, objetivamente, la más razonable forma de alcanzar la verdad.
No cabe duda de que el método científico, particularmente su elaborado y complejo método empírico-analitico, constituye el mejor método filosófico posible para llegar al conocimiento de la realidad, para alcanzar la verdad objetiva. Sus exigentes procedimientos, su compleja y fundamentada ideología, nos permiten afirmar que la verdad científica será siempre superior a cualquier otra verdad obtenida por cualquier otro método.
Resulta, sin embargo, sorprendente la actitud arrogante de muchos científicos experimentales que afirman frecuentemente que la ciencia, aquella que practican, es superior a la filosofía o a cualquier tipo de ideas o ideologías. Ignoran por completo, o bien desprecian, el hecho de que su ciencia, así como todas sus verdades científicas, se basan en conceptos y en ideas filosóficas, en una concreta y arbitraria ideología… Y es precisamente en la grandeza de esa ideología que reside la enorme grandeza de la ciencia.
24/4/10
Respetables opiniones.
Según el cuento popular, en un lejano país había tres cerdos que temían el ataque del lobo. Así, cada uno de ellos decidió construir una casa bien fuerte y resistente en la que poder refugiarse ante el acoso de su feroz enemigo. Sin embargo, los tres cerdos tenían una opinión diferente sobre el tipo de casa que debían construir. Uno de ellos, el más joven e inexperiente, opinaba que una simple choza construida en adobe sería suficiente para resistir el ataque del lobo. Su hermano mayor, más precavido, optó por construir una cabaña de madera, mucho más resistente. Por último, el hermano mayor, bastante más sabio, decidió esforzarse en construir una casa con gruesos muros de piedra.
Cuando el lobo finalmente bajó de la montaña y atacó a los tres hermanos, dos de las casas revelaron ser un refugio completamente ineficaz. La casa de adobe prácticamente se desmoronó ante el aliento furioso del lobo. Y la cabaña de madera no tuvo mejor suerte ante los repetidos embates del enemigo. Únicamente la casa construida en piedra reveló ser eficaz ante los ataques del lobo. Y fue gracias a esta casa que los tres hermanos consiguieron sobrevivir.
Una de las cosas que este antiguo cuento popular nos enseña es que no todas las opiniones son igualmente correctas. También nos enseña que quien piensa y se esfuerza más en un determinado asunto llega a tener mejores ideas y a tomar las opciones más adecuadas. En ocasiones, salvando con ellas a sus hermanos o vecinos.
Sin embargo, nuestra sociedad moderna parece haber olvidado completamente estas simples enseñanzas. En la actualidad todas las opiniones, sean cuales fueren, se consideran iguales. No importa si para formularlas se ha hecho o no algún esfuerzo, si se han llegado o no a pensar o razonar. No importa si ya han demostrado ser incorrectas. No importa si se contradicen a sí mismas. En nuestra sociedad, se parte del principio errado de que el respeto que es debido a toda persona se hace extensible a sus opiniones.
Efectivamente, todas las personas merecen respeto (a menos que sean éticamente reprobables) y merecen en todo momento ser oídas. Pero eso no significa que sus opiniones sean todas de igual valor o que deban ser tratadas todas de igual forma. Las opiniones deben merecernos mayor o menor respeto en función de la calidad de su fundamentación y de su coherencia, y siempre después de haber sido discutidas de forma conveniente. En cambio, no se puede admitir que, con la excusa de un falso respeto democrático por las personas, se intente evitar cualquier valoración de sus opiniones, impidiéndose así cualquier discusión de los contenidos.
Esta actitud lo que en realidad pretende no es respetar a nadie, sino simplemente erradicar la existencia de todo pensamiento, de toda conciencia crítica. En un mundo en que todas las opiniones, por principio, son de igual valor, ¿de qué sirve ya discutirlas? ¿Para qué compararlas, razonarlas o demostrarlas si, al final, todas son igualmente válidas? ¿Para qué esforzarse en pensarlas? ¿Para qué molestarse en darles un mínimo de coherencia? ¿Para qué perder el tiempo en ver si contradicen hechos ya demostrados?
Un buen ejemplo de este feroz ataque a la conciencia crítica es el tratamiento social que se da a las grandes opciones políticas. En el campo de la llamada izquierda política, las opiniones están basadas en el estudio y desarrollo de la filosofía política, siendo analizadas en su aplicación práctica a lo largo de la historia. Por ello, estas opiniones serán siempre de mayor valor, estando además sujetas en todo momento al debate y a la corrección de cualquier incoherencia. En cambio, las opiniones de la llamada derecha política se destinan únicamente a mantener los privilegios conseguidos por una cierta clase social. Siendo su naturaleza axiomática, apenas están sujetos a cualquier tipo de debate o discusión.
A pesar de ello, en nuestra sociedad se pretende que ambos tipos de opiniones sean consideradas de igual valor. Se pretende que las veamos como meras opciones, siempre de naturaleza equiparable. Se pretende que nos inclinemos por unas o por otras según las modas o nuestros particulares gustos personales. Pero nunca por ser más o menos correctas.
Son muchos otros los ejemplos de ataque al pensamiento crítico, siempre apoyados, claro, por quien piensa menos y de forma más deficiente: se pretende, por ejemplo, que las creencias religiosas sean tan respetables como la ciencia; se pretende que la mentira o la propaganda sean tan respetables como la verdad o el rigor en la información; se pretende que el poder y la fuerza sean tan respetables como la razón; se pretende que el abuso sea tan respetable como la ética.
Cabe reafirmar una vez más que los tres cerdos del cuento popular deben merecernos siempre igual respeto. En cambio, sus ideas –las de cada uno de ellos– nunca deben merecernos, ni mucho menos, el mismo grado de respeto. Porque quien se beneficiaría de esta actitud acrítica sería únicamente el lobo.
Cuando el lobo finalmente bajó de la montaña y atacó a los tres hermanos, dos de las casas revelaron ser un refugio completamente ineficaz. La casa de adobe prácticamente se desmoronó ante el aliento furioso del lobo. Y la cabaña de madera no tuvo mejor suerte ante los repetidos embates del enemigo. Únicamente la casa construida en piedra reveló ser eficaz ante los ataques del lobo. Y fue gracias a esta casa que los tres hermanos consiguieron sobrevivir.
Una de las cosas que este antiguo cuento popular nos enseña es que no todas las opiniones son igualmente correctas. También nos enseña que quien piensa y se esfuerza más en un determinado asunto llega a tener mejores ideas y a tomar las opciones más adecuadas. En ocasiones, salvando con ellas a sus hermanos o vecinos.Sin embargo, nuestra sociedad moderna parece haber olvidado completamente estas simples enseñanzas. En la actualidad todas las opiniones, sean cuales fueren, se consideran iguales. No importa si para formularlas se ha hecho o no algún esfuerzo, si se han llegado o no a pensar o razonar. No importa si ya han demostrado ser incorrectas. No importa si se contradicen a sí mismas. En nuestra sociedad, se parte del principio errado de que el respeto que es debido a toda persona se hace extensible a sus opiniones.
Efectivamente, todas las personas merecen respeto (a menos que sean éticamente reprobables) y merecen en todo momento ser oídas. Pero eso no significa que sus opiniones sean todas de igual valor o que deban ser tratadas todas de igual forma. Las opiniones deben merecernos mayor o menor respeto en función de la calidad de su fundamentación y de su coherencia, y siempre después de haber sido discutidas de forma conveniente. En cambio, no se puede admitir que, con la excusa de un falso respeto democrático por las personas, se intente evitar cualquier valoración de sus opiniones, impidiéndose así cualquier discusión de los contenidos.
Esta actitud lo que en realidad pretende no es respetar a nadie, sino simplemente erradicar la existencia de todo pensamiento, de toda conciencia crítica. En un mundo en que todas las opiniones, por principio, son de igual valor, ¿de qué sirve ya discutirlas? ¿Para qué compararlas, razonarlas o demostrarlas si, al final, todas son igualmente válidas? ¿Para qué esforzarse en pensarlas? ¿Para qué molestarse en darles un mínimo de coherencia? ¿Para qué perder el tiempo en ver si contradicen hechos ya demostrados?
Un buen ejemplo de este feroz ataque a la conciencia crítica es el tratamiento social que se da a las grandes opciones políticas. En el campo de la llamada izquierda política, las opiniones están basadas en el estudio y desarrollo de la filosofía política, siendo analizadas en su aplicación práctica a lo largo de la historia. Por ello, estas opiniones serán siempre de mayor valor, estando además sujetas en todo momento al debate y a la corrección de cualquier incoherencia. En cambio, las opiniones de la llamada derecha política se destinan únicamente a mantener los privilegios conseguidos por una cierta clase social. Siendo su naturaleza axiomática, apenas están sujetos a cualquier tipo de debate o discusión.
A pesar de ello, en nuestra sociedad se pretende que ambos tipos de opiniones sean consideradas de igual valor. Se pretende que las veamos como meras opciones, siempre de naturaleza equiparable. Se pretende que nos inclinemos por unas o por otras según las modas o nuestros particulares gustos personales. Pero nunca por ser más o menos correctas.
Son muchos otros los ejemplos de ataque al pensamiento crítico, siempre apoyados, claro, por quien piensa menos y de forma más deficiente: se pretende, por ejemplo, que las creencias religiosas sean tan respetables como la ciencia; se pretende que la mentira o la propaganda sean tan respetables como la verdad o el rigor en la información; se pretende que el poder y la fuerza sean tan respetables como la razón; se pretende que el abuso sea tan respetable como la ética.
Cabe reafirmar una vez más que los tres cerdos del cuento popular deben merecernos siempre igual respeto. En cambio, sus ideas –las de cada uno de ellos– nunca deben merecernos, ni mucho menos, el mismo grado de respeto. Porque quien se beneficiaría de esta actitud acrítica sería únicamente el lobo.
29/7/09
El triángulo bidimensional de la política.
Hace un par de siglos, para subir a lo alto de la montaña sólo era necesario dar una decena de pasos, los mismos que eran necesarios para descender desde la montaña hasta el pantano. Esto sucedía durante los turbulentos y gloriosos tiempos de la Revolución Francesa. La asamblea legislativa de aquella época estaba dividida entre los representantes más revolucionarios y democráticos, atrincherados en los asientos superiores, y los representantes más conservadores, cómodamente instalados en los asientos inferiores. Bien pronto estos dos grupos recibieron nombres alusivos a su posición en la cámara: los habitantes de las alturas fueron llamados la Montaña, mientras que los habitantes de la llanura fueron llamados el Llano o, más jocosamente, el Pantano.
Tras la ascensión de la Montaña y su posterior hundimiento, la nueva cámara quedó sumida en el Pantano. No habiendo ya valles ni montañas en el horizonte, pasó entonces a adoptarse una nueva terminología, menos tridimensional, para designar las tendencias ideológicas resultantes. Por el hecho de utilizar los asientos situados a un lado o a otro de la cámara, los conservadores pasaron a ser llamados la Derecha y los más liberales la Izquierda. Esta designación tuvo un enorme éxito y pasó a utilizarse en lo sucesivo, llegando sin grandes cambios hasta nuestros días.
Sin embargo, esta terminología genera en la actualidad muchas confusiones. Hoy en día abundan las gentes pantanosas que afirman ser de izquierda. Otras personas, venidas de la montaña, se arrastran alegremente por el fondo de las llanuras de la derecha. Individuos de evidente naturaleza extremista aseguran estar en el centro y se presentan a sí mismos como un ejemplo de moderación y de virtudes. Y otros, finalmente, andan de un lado para otro y nadie sabe muy bien dónde encontrarlos.
Gran parte de esta confusión se debe a la insistencia en utilizar la vieja terminología unidimensional derecha – izquierda. Para entender mejor la política es necesario devolverle, como mínimo, la bidimensionalidad. Y para ello nada mejor que utilizar, por ejemplo, la forma del triángulo, siempre tan útil para el método dialéctico y su tríada de conceptos: tesis, antítesis y síntesis.
Así, en este triángulo político vemos, en primer lugar, una base situada entre los dos vértices inferiores. En el vértice izquierdo tenemos a los conservadores, mientras que en el vértice derecho encontramos a sus antitéticos, los liberales. Los primeros defienden un mundo regido por leyes degeneradas. Los segundos, por el contrario, defienden un mundo degenerado en que no existen leyes, regido únicamente por los caprichos del mercado.
Los conservadores defienden los derechos de una minoría privilegiada que es dueña de grandes posesiones materiales (herencia lejana del feudalismo) y que vive con un miedo constante de perderlas. Por ello, intentan defender sus posesiones imponiendo a la sociedad unas leyes férreas e inmovilistas. Los liberales, por el contrario, defienden a una minoría privilegiada en ascensión que, sin grandes propiedades materiales, acumula dinero y poder financiero. Tratan, por tanto, de impedir la existencia de cualquier tipo de ley, pues éstas supondrían un obstáculo para la acumulación de más riqueza.
A pesar de estos dos grupos ser antitéticos, esto no quiere decir que no sepan unirse contra el enemigo común, llegando en ocasiones a apoyar gobiernos de naturaleza tiránica. Además, los burgueses, en la medida que utilizan su dinero para comprar posesiones, se aproximan a los conservadores. Y los grandes propietarios, en la medida que convierten sus posesiones en dinero, se convierten en liberales.
Como superación de este espectro de partidarios de la oligocracia, ya sea de orientación feudalista o capitalista, surge el otro vértice del triángulo. En él se encuentran los modernos movimientos defensores de la democracia: comunismo (o socialismo científico), anarquismo, pacifismo, ecologismo, etc. Bajo diferentes perspectivas, con mayor o menor éxito, todos estos movimientos defienden el bien común de la población sobre bases éticas y científicas.
Nos es posible entender mejor la política actual si observamos la geometría de este triángulo. El vértice izquierdo pretende anular la libertad individual. Los otros, por el contrario, abogan por la libertad del individuo, en un caso basada en el individualismo y en el otro en la libertad social. El vértice derecho pretende imponer la ausencia de leyes. Los otros, por el contrario, defienden la existencia de leyes, en un caso de naturaleza represiva y en el otro basadas en la justicia. Y, por último, el vértice superior defiende la democracia. Los otros, por el contrario, pretenden perpetuar el poder abusivo de una minoría, ya sea de viejos o de nuevos ricos.
Si ya quedó claro que el mundo no es plano, sino redondo, ¿por qué continuar utilizando un modelo unidimensional para definir las ideologías?
Tras la ascensión de la Montaña y su posterior hundimiento, la nueva cámara quedó sumida en el Pantano. No habiendo ya valles ni montañas en el horizonte, pasó entonces a adoptarse una nueva terminología, menos tridimensional, para designar las tendencias ideológicas resultantes. Por el hecho de utilizar los asientos situados a un lado o a otro de la cámara, los conservadores pasaron a ser llamados la Derecha y los más liberales la Izquierda. Esta designación tuvo un enorme éxito y pasó a utilizarse en lo sucesivo, llegando sin grandes cambios hasta nuestros días.
Sin embargo, esta terminología genera en la actualidad muchas confusiones. Hoy en día abundan las gentes pantanosas que afirman ser de izquierda. Otras personas, venidas de la montaña, se arrastran alegremente por el fondo de las llanuras de la derecha. Individuos de evidente naturaleza extremista aseguran estar en el centro y se presentan a sí mismos como un ejemplo de moderación y de virtudes. Y otros, finalmente, andan de un lado para otro y nadie sabe muy bien dónde encontrarlos.
Gran parte de esta confusión se debe a la insistencia en utilizar la vieja terminología unidimensional derecha – izquierda. Para entender mejor la política es necesario devolverle, como mínimo, la bidimensionalidad. Y para ello nada mejor que utilizar, por ejemplo, la forma del triángulo, siempre tan útil para el método dialéctico y su tríada de conceptos: tesis, antítesis y síntesis.
Así, en este triángulo político vemos, en primer lugar, una base situada entre los dos vértices inferiores. En el vértice izquierdo tenemos a los conservadores, mientras que en el vértice derecho encontramos a sus antitéticos, los liberales. Los primeros defienden un mundo regido por leyes degeneradas. Los segundos, por el contrario, defienden un mundo degenerado en que no existen leyes, regido únicamente por los caprichos del mercado.Los conservadores defienden los derechos de una minoría privilegiada que es dueña de grandes posesiones materiales (herencia lejana del feudalismo) y que vive con un miedo constante de perderlas. Por ello, intentan defender sus posesiones imponiendo a la sociedad unas leyes férreas e inmovilistas. Los liberales, por el contrario, defienden a una minoría privilegiada en ascensión que, sin grandes propiedades materiales, acumula dinero y poder financiero. Tratan, por tanto, de impedir la existencia de cualquier tipo de ley, pues éstas supondrían un obstáculo para la acumulación de más riqueza.
A pesar de estos dos grupos ser antitéticos, esto no quiere decir que no sepan unirse contra el enemigo común, llegando en ocasiones a apoyar gobiernos de naturaleza tiránica. Además, los burgueses, en la medida que utilizan su dinero para comprar posesiones, se aproximan a los conservadores. Y los grandes propietarios, en la medida que convierten sus posesiones en dinero, se convierten en liberales.
Como superación de este espectro de partidarios de la oligocracia, ya sea de orientación feudalista o capitalista, surge el otro vértice del triángulo. En él se encuentran los modernos movimientos defensores de la democracia: comunismo (o socialismo científico), anarquismo, pacifismo, ecologismo, etc. Bajo diferentes perspectivas, con mayor o menor éxito, todos estos movimientos defienden el bien común de la población sobre bases éticas y científicas.
Nos es posible entender mejor la política actual si observamos la geometría de este triángulo. El vértice izquierdo pretende anular la libertad individual. Los otros, por el contrario, abogan por la libertad del individuo, en un caso basada en el individualismo y en el otro en la libertad social. El vértice derecho pretende imponer la ausencia de leyes. Los otros, por el contrario, defienden la existencia de leyes, en un caso de naturaleza represiva y en el otro basadas en la justicia. Y, por último, el vértice superior defiende la democracia. Los otros, por el contrario, pretenden perpetuar el poder abusivo de una minoría, ya sea de viejos o de nuevos ricos.
Si ya quedó claro que el mundo no es plano, sino redondo, ¿por qué continuar utilizando un modelo unidimensional para definir las ideologías?
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