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15/2/26

La triunfante infinitud del tiempo


El tiempo que necesitamos para lanzar un dado y ver el resultado obtenido podemos decir que es de, aproximadamente, unos diez segundos. Considerando que la probabilidad de sacar un seis en un lanzamiento es de una en cada seis veces, podemos concluir que si lanzásemos continuamente un dado, una y otra vez, necesitaríamos como máximo seis veces ese tiempo, es decir, un minuto, en teoría, para llegar a obtener ese número.

Siguiendo el mismo razonamiento, si en vez de un dado lanzásemos un par de ellos a la vez, tardaríamos como máximo seis minutos en sacar dos seises en una misma tirada, siempre en términos puramente probabilísticos. Si nos decidiésemos entonces por aumentar más la dificultad, optando por lanzar cinco dados, tardaríamos como máximo un día en sacar los cinco seises en simultáneo. Y si lanzásemos el doble de dados, diez al mismo tiempo, tardaríamos nada menos que veinte años, como máximo, en obtener los diez seises en una misma tirada. Algo sin duda difícil de conseguir, pero no imposible si se dispone del tiempo necesario.

Imaginemos ahora que los dados, en vez de números, tuviesen letras dispuestas en todas sus caras. ¿Qué ocurriría si tratásemos de obtener una determinada palabra mediante la secuencia de letras resultante de lanzar esos dados? Empleando un idioma que tuviese apenas seis letras, es decir, la misma cantidad de caras que hay en un dado, ya sabemos que podríamos tardar hasta veinte años en conseguir una determinada palabra de diez caracteres. A partir de ahí, es fácil deducir que para conseguir una frase o un texto completo, utilizando además un idioma con todas las letras del alfabeto, sería necesario un periodo de tiempo del todo inconcebible, casi infinito.

Precisamente esta idea de una escritura puramente aleatoria, producida por el más absoluto azar, ha llegado a fascinar a lo largo del tiempo a un gran número de personas. Por ejemplo, en el campo de la literatura, Michael Ende planteó la idea de que, si se juega con unos dados dotados de letras durante toda una eternidad, al final de ese tiempo necesariamente deberán surgir todos los poemas y todas las historias posibles del mundo. Y antes que él, Jonathan Swift fantaseó también sobre la construcción de una máquina de escritura aleatoria que, siendo utilizada el tiempo suficiente, permitiría escribir libros enteros de filosofía, de poesía o de política.

En el campo de las matemáticas, Émile Borel introdujo esta misma idea de la escritura aleatoria para ilustrar el concepto de la probabilidad y del infinito. Según su premisa, gracias a las leyes de las matemáticas es posible afirmar, de forma totalmente incuestionable, que un mono aporreando al azar un teclado conseguirá escribir siempre, palabra por palabra, cualquier obra famosa de cualquier escritor del pasado. Aunque, eso sí, siempre que disponga del tiempo, en términos probabilísticos, necesario para ello. Es decir, un tiempo infinito.

Dicha premisa no deja de resultar sorprendente e incluso, hasta cierto punto, algo inquietante. ¿Deberíamos confiar plenamente en las leyes de las matemáticas y aceptar entonces, a pesar de nuestra natural extrañeza, que cualquier mono conseguirá escribir siempre cualquier libro, y no sólo eso, sino todos los libros del mundo, utilizando solamente el más puro azar? ¿Será realmente posible tal cosa o quizás se trata sólo de una entelequia, de un concepto abstracto que no va más allá de una formulación puramente teórica?

Y si aceptásemos tal idea, ¿cómo encarar entonces otras muchas cuestiones que inevitablemente nos surgirían de inmediato? Por ejemplo, ¿sería necesario esperar un tiempo infinito para ver finalmente escrito un libro, uno cualquiera, gracias al más puro azar? ¿No podría ocurrir, por simple casualidad, que se obtuviese ese resultado ya en el primer intento? ¿No podríamos tener un libro, ya perfectamente completo y acabado, con el primer lanzamiento de unos dados o con la primera pulsación aleatoria de las teclas realizada por un mono? Porque lo cierto es que, en teoría, nada impide que tal cosa sea así. Tal como tampoco hay nada que diga que haya que esperar hasta el último lanzamiento de los dados o hasta la última pulsación de las teclas, en el infinito, para conseguirlo. En realidad, podría suceder en cualquier momento.

Lo que resulta sin duda evidente con todo esto es que para nuestra habitual forma de pensar, para nuestra particular concepción del tiempo, la sola idea de que se pueda escribir un libro utilizando únicamente el azar es algo que nos resulta del todo inconcebible. Y sin embargo, a pesar de ello, por más fantasiosa y remota que nos parezca tal posibilidad, por más delirante que se muestre incluso para nuestra más desbocada imaginación, tal cosa es simplemente… posible.

Y no sólo posible, sino también completamente real. Porque además, siendo un hecho indiscutible, no sólo ha sucedido una, sino muchas veces. Incluso podríamos decir que está sucediendo continuamente, a cada momento. Y la prueba más clara y evidente de esto la tenemos, además, muy cerca de nosotros. Mucho más cerca, en realidad, de lo que podríamos pensar. De hecho, no podría estar más cerca. Porque esa prueba, en definitiva, somos… nosotros mismos.

En efecto, aunque no seamos ni siquiera lo más mínimamente conscientes de ello, aunque nos cueste enormemente aceptarlo, nosotros no somos otra cosa, en realidad, que un libro escrito por el más puro azar. Y para entender esta sorprendente afirmación nos basta con adentrarnos someramente en el campo de estudio de la genética.

Como es sabido, todas nuestras células llevan en su núcleo el genoma que es propio de nuestra especie. Pues bien, este genoma, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un asombroso, detallado y complejo libro de instrucciones cuya función consiste en crear y gobernar el funcionamiento de todo nuestro organismo. En nuestra especie este libro está dividido en veintitrés volúmenes, que son nuestros veintitrés cromosomas. Y cada volumen está escrito en una única e ininterrumpida línea, formada por una larga y extensa molécula de ADN.

Cada línea contiene innumerables frases, que son los genes, escritos utilizando un alfabeto de apenas cuatro letras: A, C, G y T. Estas letras representan, más exactamente, las cuatro posibles bases que puede presentar cada uno de los eslabones de que está formada la larga cadena de ADN. Y cuando la compleja maquinaria celular decide leer una de estas frases, uno de estos genes, el resultado final que se obtiene es la síntesis de una determinada proteína. Son entonces estas proteínas, como moléculas básicas y estructurales de la vida, las que se encargan, a partir de ahí, de configurar, organizar y regular el funcionamiento de las células y, con ello, de todo nuestro organismo por completo.

Podemos decir, por tanto, que el genoma de nuestra especie es un extenso libro de varios volúmenes escrito con un total de, aproximadamente, 3.200 millones de letras, las cuales se agrupan para formar un conjunto de más de 20.000 frases. Y cada una de estas frases o genes, mediante la formación de su respectiva proteína, representa una instrucción precisa y concreta para el funcionamiento de nuestro organismo.

Pues bien, al margen de estos impresionantes números, lo que resulta más asombroso de todo esto es el hecho de que el autor de este fantástico y maravilloso libro no es otro que, efectivamente… el más puro azar. Para la inimaginable proeza que ha sido crear este libro no se ha utilizado más que la simple casualidad. Nuestro genoma se ha escrito de forma puramente aleatoria, sin existir, como es evidente, cualquier plan, idea o propósito concreto sobre aquello que debía o no ser escrito.

Así, podemos decir que, en términos matemáticos, la escritura de nuestro genoma ha sido tan absolutamente casual como puede ser el escribir un libro lanzando a un mismo tiempo 3.200 millones de dados de cuatro caras. O realizando 3.200 millones de pulsaciones aleatorias seguidas en un teclado de cuatro letras. Algo que, con mucho esfuerzo, quizás podemos imaginar que pueda ocurrir alguna vez en el infinito. Pero que, como es evidente, ya ha ocurrido, es algo completamente real.

Para ser algo más exactos, hay que decir que nuestro genoma no se ha creado de repente con un único lanzamiento de dados. Y tampoco ha tenido siempre tantas letras como tiene ahora. En realidad, nuestro genoma ha ido creciendo y aumentando a lo largo del tiempo. Al principio se empezó, por tanto, lanzando sólo unos cuantos dados, a los que se fueron añadiendo progresivamente más y más hasta alcanzar el número actual. Y en cada una de las tiradas no se lanza nunca la totalidad de los dados, sino una mínima parte de ellos, intentando de alguna forma conservar todos aquellos que ya forman frases completas. Aunque también es cierto, por otra parte, que a lo largo del tiempo se han ido cambiando frecuentemente unas frases por otras y se han abandonado muchas de las ya obtenidas. Por todo esto, lo más correcto sería decir que nuestro genoma ha ido aumentando y reescribiéndose de forma continua, forjándose lentamente a lo largo del tiempo, a medida que se iban lanzando progresivamente algunos de sus cada vez más numerosos dados.

La forma real en que se lanzan estos dados es bastante simple. Se basa en la aparición aleatoria de errores en el genoma, algo que ocurre principalmente durante la división celular. Cada vez que una célula se reproduce y realiza una nueva copia de su genoma se producen inevitablemente algunos errores, las mutaciones, que hacen que cada nuevo libro sea siempre ligeramente diferente del anterior. Y aunque estos errores generalmente son ínfimos y sin ningún efecto concreto, al acumularse pueden llegar a cambiar finalmente el significado de las frases. O incluso, con menos frecuencia, a crear frases completamente nuevas.

De todos los libros creados, es la evolución la que se encarga de rechazar aquellos en que se han producido más errores sin sentido y también aquellos otros que contienen frases que han acabado por quedar obsoletas, ya sin ninguna utilidad. Por el contrario, va salvaguardando todos aquellos libros en los que aparecen nuevas frases que permiten una mejor adaptación al medio y una mayor supervivencia de la especie. Así, mientras los primeros tienden a desaparecer, estos últimos son conservados siempre en mayor medida. Y al realizarse nuevas copias, al lanzarse otra vez los dados, vuelven a producirse nuevos errores sobre los que actuará la evolución, nuevamente, en uno o en otro sentido.

Así, mediante este simple mecanismo, la evolución ha conseguido la inconcebible tarea de dar forma a la totalidad del extenso y complejo genoma nuestra especie. Un genoma que, además, tenemos que reconocer que es de una perfección completamente asombrosa y extraordinaria. Basta con observar el funcionamiento de nuestro organismo, con sus múltiples órganos y sistemas, con sus complejos mecanismos fisiológicos siempre en constante equilibrio, con su continua capacidad de crearse y regenerarse una y otra vez, para llegar fácilmente a la conclusión de que nuestro genoma es, sin duda, incomparablemente superior a cualquier obra literaria, de poesía, de matemáticas o de filosofía que podamos concebir que salga, al azar, al lanzar infinitamente millones de dados o al aporrear infinitamente un teclado.

Y sin embargo, por más extraordinario y perfecto que sea nuestro genoma, lo más asombroso es que cada una de las millones de especies que existen en el mundo, todas ellas, poseen un genoma, un libro de instrucciones, completamente diferente. Y en todos los casos su genoma, el libro de cada especie, es siempre de una perfección igualmente maravillosa y casi absoluta. Es decir, el azar no sólo ha sido capaz de escribir un libro tan extraordinario como el nuestro, sino que, en realidad, ha escrito millones y millones de libros, todos ellos diferentes entre sí y todos ellos de una insuperable perfección.

Es más, considerando que todos los seres vivos se relacionan entre sí formando complejos e intrincados ecosistemas, deberíamos decir que el azar no se ha limitado sólo a escribir todos estos libros, sino que, en realidad, ha creado una enorme biblioteca de obras maestras donde cada uno de los libros, ya de por sí extraordinarios, se complementa con todos los demás con una misma e idéntica perfección. O incluso, dada la multiplicidad de ecosistemas existentes, deberíamos hablar más bien de toda una compleja red de bibliotecas perfectamente interconectadas entre sí.

Dentro de esta prodigiosa, soberbia y colosal red de bibliotecas que es la vida podemos encontrar libros de todo tipo, con instrucciones detalladas y precisas para el desarrollo de casi cualquier forma de vida que podamos imaginar. Hay, por ejemplo, gruesos y pesados volúmenes cuyas páginas describen modos de existencia tan concretos y especializados que casi nos resultan imposibles de concebir. Hay enormes e interminables estanterías, sin límites aparentes, en donde se recoge todo el conocimiento necesario para sobrevivir en cualquier medio físico existente, ya sea terrestre, subterráneo, acuático o aéreo. Hay también amplias secciones, ocultas por entretejidas sombras, que nos narran los ambientes y las formas de vida propias de un pasado remoto, ya inexistente. Y muchos otros pasillos, todavía inaccesibles, presentan multitud de espacios vacíos destinados a especies futuras que sin duda han de llegar. Pero además, por todas partes encontramos libros que aparecen de repente, otros que se dividen en dos o más volúmenes y aún otros que, al apartar la vista por un instante, parecen desvanecerse en el aire sin dejar el menor rastro.

Al intentar recorrer este fantástico e interminable laberinto creado lenta y pacientemente por la evolución, es fácil adentrarnos a cada momento, sin darnos cuenta, en el interior de profundos e inquietantes abismos, recorrer extensas e interminables llanuras o elevarnos, de repente, sobre altas y vertiginosas cumbres. A cada instante nos enfrentamos con una infinidad de pasillos que se bifurcan y que convergen sobre sí mismos, que se multiplican y que se extinguen, que se iluminan y que se ocultan en la oscuridad, que se ensanchan y que se estrechan simultáneamente, que avanzan y que retroceden al mismo tiempo para llegar a un mismo y único lugar que se repite innumerables veces. Y por si todo esto no fuese ya lo suficientemente vertiginoso y desconcertante, lo más increíble es que todos los volúmenes existentes, siempre de una perfección inimaginable, están siendo continuamente reescritos y mejorados a cada instante.

Para realizar esta inconcebible y titánica labor sabemos ahora que el azar no ha necesitado un tiempo infinito. Se piensa que quizás haya empleado unos pocos miles de millones de años. Aunque, para la limitada capacidad de comprensión de nuestra mente, dicho periodo de tiempo es ciertamente tan inimaginable como puede ser la propia idea de infinito. O incluso la idea de una infinita sucesión de tiempos infinitos.

En este extenso y dilatado periodo, el tiempo ha conseguido que lo infinitamente improbable ocurra y que, además, sea una inevitable realidad. Le ha bastado su inconmensurable dimensión para lograr crear fácilmente un mundo de la más extraordinaria complejidad, de la más inimaginable perfección y de la más inconcebible belleza. Un mundo en el que cada ser vivo es en sí mismo una obra maestra, creada siempre por el más puro azar y modelada luego delicadamente, en un largo y laborioso proceso, por la evolución.

Todos los seres vivos somos, por tanto, una inevitable consecuencia del azar. Todos nosotros somos hijos de lo infinitamente improbable. Todos nosotros somos, en definitiva, el necesario resultado de la siempre inexorable y triunfante infinitud del tiempo.

Siendo así, no nos corresponde ahora deslucir esta titánica labor. Y mucho menos destruir nada de lo escrito durante un tiempo que es, en su misma esencia, pero mucho más para nosotros, absoluta e incomparablemente infinito.


20/3/25

Una evolución progresivamente acelerada


En el mundo de la informática, cuando se quiere crear un nuevo programa no se parte casi nunca de cero, pues esto supondría un enorme y costoso trabajo. Lo más habitual es partir de un programa ya existente, en el cual se realizan las modificaciones necesarias para obtener la nueva funcionalidad que se pretende conseguir. Además, dichas modificaciones suelen hacerse utilizando también un lenguaje informático ya existente, normalmente el mismo empleado por el programa del que se parte.

Salvando todas las lógicas y elementales diferencias, podemos decir que esto mismo ocurre, poco más o menos, en el campo de la evolución biológica. Debido a los cambios que se producen en el medio ambiente y en los ecosistemas, la evolución necesita ir creando constantemente nuevas especies que se adapten mejor a cada nueva realidad. Pero crear una especie partiendo de cero sería, desde luego, del todo impensable. Para hacerlo se necesitaría un tiempo, en el mejor de los casos, de varios miles de millones de años. Y esto sin contar con que, para entonces, el medio ambiente ya habría vuelto a cambiar otras tantas e innumerables veces.

La única posibilidad de que dispone, por tanto, la evolución para crear una nueva especie consiste en partir de una ya existente y modificarla para conseguir en ella la funcionalidad que desea obtener. Y la única forma que tiene de hacer que esta modificación sea efectiva y permanente es alterar el genoma de la especie, su material genético, es decir, el equivalente a su programa informático. Además, para ello debe emplear el mismo lenguaje de programación que utilizan todos los seres vivos, el llamado código genético.

Dicho código es, hasta cierto punto, bastante simple. Se basa en el uso de tan sólo cuatro letras, con las que se consigue escribir un total de veinte palabras diferentes, todas ellas de sólo tres letras. Utilizando este reducido conjunto de palabras es posible, sin embargo, formar un número incalculable y casi infinito de frases, siempre de diferente longitud, complejidad y significado.

Si analizamos la estructura de la molécula que constituye nuestro genoma, el ADN, vemos que dicha molécula es una larga cadena donde, en efecto, cada eslabón incorpora una de cuatro bases posibles, comparables a cuatro letras. Y cada tres bases consecutivas de esta cadena forman el equivalente a una palabra, cuyo significado se traduce en un determinado aminoácido, de un conjunto de veinte utilizado por todos los seres vivos. De este modo, cuando en la célula se realiza la lectura de un gen, es decir, el fragmento de ADN equivalente a una frase, a cada tres bases se une, de cierta forma, su aminoácido correspondiente. Y en ese instante los respectivos aminoácidos se encadenan entre sí para formar una determinada proteína. A partir de ahí, son las proteínas, siendo las moléculas fundamentales de la vida, las que se encargan de conformar, organizar y regular el funcionamiento de las células. Y, con ello, de configurar también la compleja y detallada arquitectura de todo el organismo.

Por tanto, a la evolución le basta simplemente con cambiar unas pocas letras en nuestro genoma para crear una nueva secuencia de palabras, formar una frase diferente a la anterior y dar lugar a una nueva proteína. Y esta proteína, juntamente con muchas otras, será capaz de generar, de forma predeterminada, todo un conjunto diverso e inimaginable de nuevos procesos metabólicos, de nuevas estructuras, de nuevos órganos y de nuevas funcionalidades para la especie. Es decir, con apenas unos cambios relativamente sencillos, la evolución es capaz de crear una especie diferente de la anterior. Y además, si esos cambios son los adecuados, mejor adaptada al medio ambiente existente en ese momento.

En los seres pluricelulares, no obstante, es posible encontrar también, además del código genético, otros lenguajes de programación que actúan de forma complementaria y que pueden ser igualmente utilizados por la evolución para crear nuevas especies.

Es lo que ocurre, por ejemplo, gracias al sistema endocrino u hormonal. Las hormonas son un tipo de moléculas, liberadas por ciertas glándulas, que al llegar a otros tejidos u órganos actúan sobre ellos provocando una determinada respuesta en su nivel de actividad. Así, mediante la simple liberación de una determinada hormona, en un cierto momento y en una cierta cantidad, es posible definir todo un conjunto de características propias del organismo. Por ejemplo, algunas de las relativas a su crecimiento y desarrollo y, por tanto, responsables de la configuración de su estructura corporal.

Pero también pueden definir otro tipo de características, menos estructurales, como la conducta. Esto sucede, por ejemplo, con la oxitocina, una hormona que en algunas especies influye en el grado de sociabilidad que presentan los individuos. En dichas especies, basta una pequeña alteración en la producción de esta hormona para hacer que los individuos pasen de llevar una vida solitaria a llevar una vida eminentemente social, o viceversa, cambiando por completo sus hábitos de vida. Y lo mismo se puede decir de otras hormonas que, de igual forma, determinan diversos tipos de conducta como, por ejemplo, el grado de actividad física, el tipo de respuesta ante un peligro, la época de inicio de la reproducción o las condiciones en que ésta se realiza.

De modo que si los cambios en la conducta producidos por una diferente producción de hormonas son lo suficientemente importantes y persistentes, el resultado puede ser, al final, la creación de una nueva especie de características diferentes a la anterior.

Esto significa que, utilizando las hormonas y su particular lenguaje de programación, la evolución tiene por tanto la posibilidad de crear nuevas especies ya sea modificando la estructura física del organismo, sus características metabólicas o incluso, también, su conducta. Y además puede crear estas especies de forma bastante rápida y sencilla, pues sólo necesita modificar la cantidad y proporción de unas hormonas que la especie inicial produce, ya de por sí, de forma regular.

Pero si hablamos de posibles cambios en la conducta, es inevitable referirnos también a otro lenguaje de programación, con un particular desarrollo en algunas especies como la nuestra, como es la cultura. En términos biológicos, se entiende como cultura la transmisión regular de información y de comportamientos aprendidos de unos individuos a otros. Por ello, si en un determinado momento se produce una alteración significativa en la información que se transmite de una generación a la siguiente, es decir, en la cultura, pueden originarse cambios importantes en el comportamiento de los individuos de la nueva generación. Y si estos cambios permanecen en el tiempo, juntándose a ellos quizás algunas otras alteraciones a nivel fisiológico, el resultado final puede ser igualmente la creación de una nueva especie.

Un ejemplo de este particular proceso lo encontramos en las orcas, una especie de cetáceo en la cual, en la actualidad, es posible diferenciar a nivel mundial varias poblaciones independientes. Dichas poblaciones, que en este momento muestran ya algún grado de diferenciación genética entre sí, podrían haber comenzado a divergir, tiempo atrás, simplemente por el hecho de haber adoptado unos determinados hábitos de comportamiento. Concretamente, los referidos al tipo de estructura social y de alimentación. Estos hábitos, que en un inicio eran incipientes y reversibles, en este momento se han convertido en distintivos y característicos de cada una de las poblaciones. Y debido a ello, estas poblaciones pueden ya considerarse, según muchas opiniones, como especies diferentes.

Pero también podemos hablar, por supuesto, de un ejemplo mucho más cercano a nosotros, como es nuestra propia especie. Como es sabido, desde hace unos milenios es posible distinguir, en todos los grupos humanos primitivos, poblaciones dedicadas a la caza y la recolección y poblaciones dedicadas a la agricultura y la ganadería. Dichas poblaciones, con modos de vida muy diferentes entre sí, en realidad difieren únicamente en el tipo de cultura que han adoptado sus individuos. Por tanto, en teoría, podríamos pensar que si estas diferencias culturales se acentuasen con el tiempo y se acompañasen de determinados cambios fisiológicos, dichas poblaciones podrían empezar también a divergir evolutivamente. Y de esta forma, en un futuro remoto, caso perduren, podrían dar lugar igualmente a especies diferentes.

Por tanto, utilizando el lenguaje proporcionado por la cultura la evolución puede también crear nuevas especies. Y además, considerando la rapidez y la facilidad con la que pueden cambiar las ideas y, por consiguiente, la propia cultura, podemos pensar que, utilizando este particular lenguaje de programación, la evolución tiene la capacidad de crear nuevas especies aún más rápidamente que con otros lenguajes. O, como mínimo, de dar inicio mucho más rápidamente a ese proceso.

De cualquier forma, debemos tener en cuenta que todos estos lenguajes accesorios, como las hormonas o la cultura, dependen siempre, en último término, del propio código genético. Los cambios en la producción de hormonas, si son permanentes, se deben siempre a cambios en el genoma, que es el que determina las características de los órganos que las producen. Y son también los genes, del mismo modo, los que determinan la mayor o menor capacidad de las redes neuronales para almacenar y transmitir conocimientos, pudiendo o no generar culturas, aunque luego estas últimas escapen al ámbito de su acción directa. Así, podemos decir que todos estos lenguajes complementarios actúan, en realidad, amplificando y multiplicando en cascada el efecto de unos cambios, en ocasiones mínimos, que se producen en el código genético.

Aunque también es cierto, por otra parte, que los cambios producidos por estos lenguajes pueden exponer a los individuos a nuevos ambientes y a nuevas relaciones con otros seres vivos. Y con ello se estará proporcionando también a la especie la oportunidad de seleccionar nuevos cambios en su genoma, en su código genético, para adaptarse a las nuevas circunstancias creadas por ellos.

En definitiva, la evolución crea nuevas especies siempre a partir de otras ya existentes realizando pequeñas alteraciones en su código genético. Pero puede crearlas más rápidamente si utiliza además el lenguaje proporcionado, por ejemplo, por las hormonas. O incluso más rápidamente si utiliza, de forma parecida, el lenguaje proporcionado por la cultura.

Ahora bien, teniendo en cuenta que con la utilización de estos lenguajes accesorios o complementarios se pueden crear especies más fácil y rápidamente, podemos esperar entonces que la propia evolución, en alguna medida, favorezca a las especies que creen y desarrollen dichos lenguajes, especialmente si éstos son fáciles de utilizar y más susceptibles de ser modificados.

La razón de esto es que las especies que los posean conseguirán adaptarse más rápidamente a cualquier nuevo tipo de ambiente. Necesitarán apenas unos pocos cambios en su genoma, adecuadamente amplificados por estos otros lenguajes, para conseguir la adaptación deseada. Por el contrario, aquellas especies que no los posean necesitarán realizar muchos más cambios en su genoma para alcanzar el mismo grado de adaptación. Por tanto, tardarán más tiempo en adaptarse al medio y posiblemente, debido a ello, serán fácilmente superadas por las primeras.

Debe considerarse, sin embargo, que la rapidez en la adaptación al medio también depende de otros varios factores. Por ejemplo, de la velocidad con que la especie se reproduce y crea nuevas generaciones. Esto es así debido a que los cambios en el genoma, las mutaciones, se deben en gran parte a los errores aleatorios que inevitablemente se producen cuando, durante la división celular, el genoma crea una copia de sí mismo. Por tanto, si una especie se reproduce más rápidamente y crea más copias de su genoma en un mismo periodo de tiempo, podrá sufrir más mutaciones y tendrá también más posibilidades de obtener aquellas que puedan resultarle favorables.

Otro factor igualmente importante, en este sentido, es la capacidad de intercambiar genes con otros individuos. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con la reproducción sexual o con la transmisión de material genético propia de algunos organismos unicelulares. Gracias a este tipo de intercambios resulta mucho más fácil y rápido crear nuevas combinaciones de genes y, con ello, es más probable obtener, al azar, combinaciones que sean más propicias para el individuo y su descendencia.

Así, en resumen, podemos decir que la evolución probablemente favorecerá a las especies que presenten, a un mismo tiempo, una mayor capacidad para sufrir cambios, una mayor velocidad para conseguirlos y una mayor facilidad para transmitirlos entre individuos.

Aunque lo cierto es que esto no será siempre así, ni mucho menos. En realidad, la facilidad para crear rápidamente nuevas especies sólo resulta favorable durante el transcurso de un proceso evolutivo, cuando es necesario adaptarse a un medio y a unas condiciones que antes no existían. En un medio ambiente completamente estable, de características inmutables, la evolución podrá actuar justamente en sentido contrario. Es decir, podrá favorecer la ausencia de cambios y, con ello, a las especies que presenten una mayor resistencia a sufrirlos.

De hecho, hay que tener en cuenta que todos los cambios y mutaciones, que son siempre resultado del azar, sólo de forma excepcional llegan a ser favorables. En la gran mayoría de los casos únicamente generan individuos defectuosos que suponen, en realidad, un elevado y pesado coste para la especie. Por tanto, en términos generales, poseer una mayor facilidad para sufrir cambios suele suponer una clara desventaja.

Y lo mismo puede decirse de los lenguajes complementarios. Incluso durante el transcurso de procesos evolutivos, cuando existe un claro interés en sufrir nuevos cambios, estos lenguajes pueden también suponer, en muchos casos, una cierta desventaja. Esto es debido a que los órganos que son necesarios para desarrollar estos lenguajes representan siempre un importante coste energético y estructural para el organismo. Por tanto, si los beneficios que aportan en un determinado momento no son superiores a los costes, la evolución podrá tender a reducir o eliminar esos órganos, acabando con todos los lenguajes asociados a ellos.

Así, podemos concluir que existe siempre un difícil y complejo equilibrio, en todos los seres vivos, entre poseer una mayor o una menor capacidad adaptativa. Algo que se traduce, por ejemplo, en tener una mayor o menor facilidad para sufrir cambios o un mayor o menor interés por desarrollar otros lenguajes. Prueba evidente de todo esto es el hecho de que en la naturaleza coexisten aparentemente todo tipo de especies con todo tipo de estrategias diferentes. Podemos encontrar, para cualquier situación, especies con mayor o menor capacidad para cambiar, con mayor o menor rapidez para hacerlo y con mayor o menor facilidad para transmitir esos cambios.

A pesar de todo, sin embargo, si contemplamos en su conjunto toda la diversidad de seres vivos que existe en nuestro planeta, podemos decir que la evolución parece presentar una tendencia creciente para crear nuevas especies de forma cada vez más rápida y acelerada. Entre otras razones, desde luego, porque dispone cada vez de un mayor número de especies, cada vez más diversas y variadas, de las que poder partir para modelar sus nuevas e inigualables creaciones. Por eso, es posible afirmar que la evolución camina, de forma inevitablemente acelerada, hacia una siempre creciente y más admirable perfección.