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24/3/26

El imprescindible protagonismo de la conciencia


En una ciudad podemos desplazarnos de un lugar a otro utilizando diversos medios de transporte como, por ejemplo, un coche privado o un autobús. Entre estos dos medios de transporte, concretamente, existen sin duda muchas diferencias, pero quizás una de las más notables, desde un punto de vista conceptual, sea también una de las más insospechadas: el protagonismo. Porque, por sorprendente que parezca, en estos medios de transporte tiene lugar una extraña competición entre el pasajero y el vehículo por alcanzar, a nuestros ojos, una condición de preponderancia el uno sobre el otro.

De forma general, podemos decir que en un coche privado la condición de protagonista recae siempre en el pasajero. Para ir de un lugar a otro, una persona puede utilizar un determinado coche u otro completamente diferente. Y para nosotros el protagonista, el que se desplaza, es siempre el pasajero, no el vehículo. En cambio, en un autobús ocurre justo lo contrario. En este caso el protagonismo recae siempre en el vehículo. Es el autobús el que va de un lugar a otro, el que se desplaza, no el pasajero que lleve o pueda dejar de llevar en su interior.

En ambos casos, como es evidente, tanto el pasajero como el vehículo se mueven al mismo tiempo, como un todo. Son ambos, por tanto, los que se desplazan. Pero de forma inconsciente otorgamos a cada uno de ellos un diferente protagonismo. Y lo hacemos así porque relacionamos el protagonismo con otro concepto diferente, como es la voluntad. Porque cuando vamos en un coche somos nosotros quienes conducimos, es nuestra voluntad la que dirige el movimiento. Pero cuando vamos en un autobús es éste quien nos conduce, nos vemos sometidos a su voluntad. Por tanto, o bien nosotros llevamos el coche o bien el autobús nos lleva a nosotros. Y defender lo contrario, es decir, que el coche nos ha llevado a nosotros o que nosotros hemos llevado el autobús en su recorrido, nos parecería sumamente extraño.

Sin embargo, lo que resulta más sorprendente, si nos detenemos a analizarlo, es que esta misma forma de pensar la aplicamos también a nuestro propio cuerpo. De forma natural, casi inconsciente, otorgamos un diferente grado de protagonismo a nuestros diversos órganos. Y aunque está claro que todos viajan por igual en el mismo vehículo, que es nuestro cuerpo, no podemos dejar de pensar que hay uno de ellos que dirige a todos los demás, imponiendo su voluntad. De forma que todos los restantes órganos son, dentro de esta lógica, simples pasajeros. O incluso, llevando esta idea mucho más allá de lo razonable, llegamos al extremo de pensar que estos últimos no son ni siquiera pasajeros, sino simples piezas o engranajes en un vehículo que es nuestro cuerpo. Un cuerpo que queda así reducido a una simple máquina al servicio de ese órgano preminente que en todo momento hace imperar su voluntad.

A todos nos parece bastante obvio, sin necesidad de citarlo, a qué órgano nos estamos refiriendo. Sin embargo, antes de dar nada por sentado, quizás deberíamos ser algo más cautelosos, ya que, por ejemplo, a lo largo de la historia no se ha considerado que este órgano preminente fuese siempre el mismo. Por eso, antes de nada, lo mejor sería analizar lo más objetivamente posible la importancia que damos a cada uno de nuestros órganos. Y esto es algo que sin duda queda meridianamente claro cuando abordamos las complejas decisiones asociadas a un asunto tan trascendental como es el trasplante de órganos.

En la actualidad, gracias a los grandes avances científicos conseguidos en las últimas décadas, resulta posible trasplantar con bastante éxito un buen número de órganos de nuestro cuerpo. Así, son muchas las personas que hoy en día se someten al trasplante de órganos tales como, por ejemplo, el riñón, el hígado o el corazón. Y es precisamente este mismo hecho el que nos demuestra, de la forma más objetiva posible, que no es a estos órganos en concreto a quienes atribuimos el protagonismo absoluto de nuestro cuerpo. Porque, a nuestro entender, el hecho de recibir cualquiera de ellos no afecta para nada a nuestra voluntad. Para nosotros, una persona que recibe uno de estos órganos es y continúa siendo la misma persona que era antes de recibir el referido trasplante.

Sin embargo, ¿qué ocurriría si fuese posible realizar un trasplante de cerebro? ¿Alguien aceptaría, en algún momento, someterse a una operación semejante? Está claro que la respuesta sería que no. A nadie se le ocurriría nunca aceptarlo, porque, en efecto, tal como sospechábamos, el cerebro es para nosotros el protagonista absoluto, el indiscutible conductor, con su voluntad, de todas las acciones de nuestro cuerpo. Por tanto, si en algún momento un individuo recibiese un cerebro, para nosotros dejaría de ser la persona que era antes y pasaría a ser otra completamente diferente.

Incluso consideraríamos, atentando contra la más elemental lógica, que en este caso no se habría realizado un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo. Es decir, el donante, el que aporta el cerebro, sería el que ha recibido un cuerpo nuevo. Y el receptor, el que acepta el cerebro, sería alguien que simplemente… ha dejado de existir. Y esto a pesar de que, evidentemente, la casi totalidad de su cuerpo continuaría con vida justo igual y en las mismas condiciones que antes del trasplante. No hay duda, por tanto, de que en relación al cerebro nos empeñamos en verlo todo al contrario. Porque, en realidad, para nosotros recibir un cerebro sería lo mismo que destruir nuestra propia voluntad, nuestra persona. Y por tanto nunca lo aceptaríamos, ni siquiera aunque fuese la única alternativa posible para salvarnos de una muerte inmediata.

Resulta oportuno preguntarnos entonces por qué estamos tan seguros, hasta tal extremo, de que es precisamente en el cerebro donde reside nuestra voluntad. Pero esto no tiene en realidad ningún misterio si consideramos que el cerebro es el órgano responsable de nuestro pensamiento y, por tanto, de aquello que consideramos como la esencia misma de nuestra persona: nuestra conciencia. Porque para nosotros, en realidad, hablando claro, el verdadero protagonista, el verdadero detentor de nuestra voluntad, no es el cerebro ni cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, sino únicamente la conciencia, nuestra conciencia.

Y esto resulta fácil de demostrar recurriendo otra vez a los trasplantes de órganos. Imaginemos por un momento que nuevos descubrimientos científicos nos demostrasen que nuestro pensamiento y nuestra conciencia residen únicamente en el lóbulo frontal de nuestro cerebro. Siendo así, ¿qué ocurriría si, en caso de absoluta y urgente necesidad, nos propusiesen recibir el trasplante de otro lóbulo cerebral cualquiera? ¿Pondríamos alguna objeción a dicho trasplante o, por el contrario, lo aceptaríamos sin ningún problema, con toda naturalidad? Y sin embargo, después, pasado un tiempo, ¿qué ocurriría si nos dijeran, de repente, que nuestra conciencia no está realmente en ese lóbulo frontal, sino en otro lóbulo cualquiera? ¿No cambiaríamos al instante de opinión, tratando siempre de preservar, ante todo, el lugar donde creemos que se halla nuestra tan preciada y estimada conciencia?

Y no pensemos que estos súbitos cambios de opinión aquí ejemplificados son algo meramente hipotético, pues de hecho han ocurrido realmente a lo largo de la historia, y no una sino diversas veces. Por ejemplo, durante mucho tiempo se consideró que nuestra conciencia no residía en el cerebro, sino en una entidad de naturaleza puramente inmaterial a la que se denominaba espíritu. En ese momento el cerebro era visto simplemente como una víscera más, sin ningún valor especial que lo diferenciase de otros órganos de nuestro cuerpo. Y nadie se habría opuesto a recibir entonces un trasplante de cerebro, si tal cosa hubiese sido posible.

En cambio, con bastante frecuencia se fantaseaba sobre la posibilidad de la migración de un espíritu de un cuerpo a otro. En la mayoría de los casos se hablaba de la posesión de un cuerpo por parte del espíritu de una persona ya fallecida. Y se creía que la persona poseída se convertía entonces, al instante, en la persona muerta, ya que su conciencia desaparecía al ser sustituida por la conciencia del difunto. Por tanto, nadie estaba dispuesto a que tal cosa le sucediese. Nadie estaba dispuesto, en otras palabras, a ser el destinatario de un trasplante de espíritu, pues eso significaría perder la propia conciencia y por tanto, simple y llanamente, dejar de existir.

Otro órgano que en épocas pasadas gozó de bastante popularidad como posible depositario de nuestra conciencia fue el corazón. Esta creencia poseía una cierta verosimilitud, ya que el corazón siempre se acelera con nuestros pensamientos y nuestras pasiones, señalando aparentemente una estrecha conexión con nuestra conciencia. Y además su latido se detiene justo cuando ésta desaparece de forma definitiva, en el momento de nuestro fallecimiento. Por esta razón, como órgano preminente, con cierta frecuencia llegaba a ser enterrado por separado del resto del cuerpo. Y, desde luego, nadie habría aceptado recibir entonces, en caso de ser posible, un hipotético trasplante de corazón.

Considerando todo lo anteriormente expuesto, podemos plantearnos si estará realmente justificada esta desmesurada preminencia y protagonismo que otorgamos a nuestra conciencia. Y, en consecuencia, si estará justificada también la enorme importancia que damos actualmente a nuestro cerebro, como fiel depositario de ella.

Lo cierto es que cuando hablamos de conciencia deberíamos empezar por decir, en primer lugar, que nuestra conciencia mental es sólo una de las muchas conciencias que podemos identificar y definir en nuestro cuerpo. Son muchos los órganos y sistemas que poseemos y, en consecuencia, muchas las diferentes conciencias que gobiernan el funcionamiento de nuestro organismo. Dentro de este conjunto, la conciencia mental es aquella que determina la mayor parte de nuestras acciones en relación al mundo exterior. Y, por tanto, aquella que, en efecto, conduce todo el vehículo, imponiendo aparentemente, desde esta particular perspectiva, su voluntad.

Otra cuestión importante a tener en cuenta es el hecho de que nuestra conciencia mental es inseparable de nuestro pensamiento. Por tanto, debido a ello, nos enfrentamos siempre con la inevitable paradoja de que cualquier consideración que podamos hacer sobre nuestra conciencia mental acaba siendo realizada, al final, por ella misma. Y por mucho que nos esforcemos por tratar de pensar sobre ella de la forma más objetiva posible, lo cierto es que nos resulta muy difícil escapar de su particular perspectiva, en la cual se otorga a sí misma, como es lógico, un protagonismo absoluto.

Además, sabemos también que es a través de nuestra conciencia mental que interactuamos con otras personas. Y debido a que es en el ámbito social donde mejor nos definimos a nosotros mismos como individuos, está claro que la conciencia mental adquiere, en este contexto, una importancia fundamental. Se convierte para nosotros en algo parecido a nuestra propia identidad, en algo sin lo cual nos parece que no existiríamos ni individual ni socialmente.

Sin embargo, a pesar de todas estas importantes y peculiares características, debemos tener claro que la conciencia mental no es, de ninguna manera, más importante que cualquier otra conciencia. Y, por consiguiente, el órgano en el cual creemos que reside tampoco lo es. Todos los órganos de nuestro cuerpo son absolutamente necesarios. Todos gobiernan y conducen, individual o conjuntamente, los diferentes y complejos sistemas de nuestro cuerpo. Y aunque la mayoría de ellos no se relacione con el mundo exterior, no sea el lugar donde reside nuestro pensamiento y no nos permita identificarnos socialmente como individuos, no por ello poseen una menor importancia. Tal como tampoco poseen una menor importancia las múltiples conciencias que albergan, todas ellas imprescindibles para nuestra supervivencia.

Por tanto, aunque nos cueste enormemente creerlo, una persona a la que se le ha trasplantado el hígado no se diferencia mucho, en términos generales, de una a la que se le ha trasplantado el cerebro. Porque, de igual forma que una persona con un hígado trasplantado no es un individuo diferente, una persona con un cerebro trasplantado tampoco lo es. Tal como, en otro orden de cosas, tampoco consideramos que sea una persona diferente aquella que, debido a una lesión o enfermedad cerebral, ha perdido por completo toda su conciencia y su personalidad.

Es cierto que en una persona con el cerebro trasplantado nos resultaría fácil observar claras diferencias tanto en su pensamiento como en su modo de actuar. Pero también es cierto que sería fácil observar claras diferencias, antes y después, en la función hepática de una persona que ha recibido un hígado, si es que nos detuviésemos a analizarla.

Parece, por tanto, algo absurda esta visión tan enormemente prevalente y sesgada que en todo momento tenemos de nuestra conciencia mental. Sin embargo, dicha visión encuentra, en realidad, una plena y completa justificación en términos evolutivos. Y esto se debe a que, desde sus mismos inicios, nuestra conciencia mental ha tenido siempre como principal función preservarse a sí misma y con ello, de forma implícita, a todo nuestro organismo. Así, en la continua interacción con el medio exterior, es precisamente ella la encargada de decidir en todo momento, de forma rápida e imperiosa, todas las prioridades que atañen a nuestra supervivencia.

Puede tener que decidir, por ejemplo, entre que suframos una posible lesión en los ojos o bien proteger éstos con las manos, con el peligro de que estas últimas puedan quedar seriamente dañadas. Puede tener que decidir también entre enfrentarnos directamente a una grave amenaza o bien hacer que huyamos rápidamente de ella, asumiendo con ello todas las posibles y previsibles consecuencias. O incluso, en circunstancias extremas, puede tener que decidir entre la preservación de nuestro propio cuerpo o bien, por el contrario, entregar éste en sacrificio para tratar de salvaguardar, en contrapartida, la vida de nuestra progenie.

La verdad es que si nuestra conciencia mental no estuviese hecha expresamente para tener una visión tan sesgada, tan enormemente preponderante, en ningún momento conseguiríamos sobrevivir ni como individuos ni como especie. Nuestra conciencia mental debe necesariamente creer que es la protagonista absoluta de nuestro cuerpo, pues precisamente es esa la característica de que la evolución la ha dotado para que consigamos mantenernos en todo momento con vida.

Volviendo al símil del autobús, parece claro que tiene que haber obligatoriamente un conductor que observe el exterior y piense en cómo desplazar el vehículo de un lugar a otro, imponiendo siempre su voluntad. Pero para lograr ese desplazamiento es imprescindible que todas las otras partes del vehículo, como pueden ser el motor, las ruedas o los múltiples engranajes, ejecuten sus respectivas funciones. Tal como es igualmente necesario que haya, en todo momento, unos pasajeros que proporcionen un sentido y una finalidad a ese desplazamiento.

De forma parecida, no hay duda de que nosotros tenemos un cerebro que actúa como conductor de nuestro cuerpo, imponiendo siempre su voluntad. Pero todos nuestros restantes órganos actúan proporcionando la necesaria estructura, fuerza y estabilidad a nuestro cuerpo, del cual forman además parte integrante e indisoluble. Aunque lo realmente importante, lo fundamental, es que todos nuestros órganos, incluido el cerebro, constituyen, en su condición de pasajeros, la única, incuestionable y auténtica finalidad a que responde la totalidad de las acciones de nuestro cuerpo.

Resulta interesante considerar, por otra parte, la paradójica circunstancia de que nuestra conciencia mental tiene en este momento a su alcance todas estas nuevas ideas que surgen acerca de su propia naturaleza. Y que, por tanto, está ahora en condiciones de cuestionarse su propio protagonismo o la prevalencia de su voluntad. Sin embargo, a pesar de ello, está claro que, como es inevitable y también, por otra parte, muy deseable, sólo tiene la capacidad de realizar dicho cuestionamiento en un plano puramente teórico, nunca en un plano emocional, aquél para el cual ha sido principalmente creada.

Y hablando precisamente de ideas, resulta también bastante curioso constatar el hecho de que una idea, una simple idea, puede ser fácilmente transmitida de una persona a otra. Es decir, las ideas, los elementos básicos que conforman nuestra conciencia mental, pueden ser trasplantadas con toda facilidad de un individuo a otro. Y todo esto sin necesidad alguna de que el primero las pierda o de que el segundo vea por ello mermada su personalidad. Antes al contrario, dicha personalidad parece verse aumentada y enriquecida con el continuo aporte de nuevas ideas.

Así, para gran y enorme sorpresa de todos, podemos decir que, al final, el trasplante de conciencia… sí que existe. Y ocurre continuamente en todos nosotros, a cada instante, en la misma medida en que intercambiamos nuestras ideas. A cada momento, por tanto, dejamos de ser quienes somos para convertirnos, en cierto modo, en una persona diferente. O incluso podríamos decir que para convertirnos en una persona nueva, con una mente, un espíritu o un corazón renovado.

Resulta fácil concluir también, como consecuencia de esto, que en todos los grupos humanos existe, o puede existir, una conciencia mental colectiva. Es decir, un tipo de conciencia compartida, en gran parte común a todos individuos, caracterizada por tener una estructura y unos límites difusos, ser objeto de repetidos cambios y estar sujeta a una continua transmisión entre los integrantes del grupo. Y podemos concluir igualmente que, de alguna forma, esta conciencia colectiva necesariamente lucha por tener siempre un protagonismo absoluto y por sobrevivir.

Tengamos así, por tanto, todo esto en cuenta cuando subamos la próxima vez a un autobús. Para empezar, no distraigamos al conductor hablándole de cualquier tontería. Cuidemos en todo momento de la limpieza y del buen estado del interior del vehículo. Y comportémonos siempre de forma educada y cordial con el resto de pasajeros. Pero sobre todo, muy especialmente, tengamos siempre el mayor cuidado en coger el autobús que ha de llevarnos a nuestro verdadero y deseado destino.


10/11/23

La conciencia como ficción eminentemente útil


Cuando, tras la fuerte descarga eléctrica, los ojos de la criatura finalmente se abrieron, lo primero que ésta sintió fue una luz cegadora y sofocante, casi dolorosa, inundándolo todo y anulando la totalidad de sus sentidos. Pasados algunos momentos de angustia y confusión, su vista pudo al fin acostumbrarse mínimamente a aquella potente claridad. Y lo primero de que la criatura se apercibió entonces fue del espacio que la envolvía, a un mismo tiempo vibrante y tenebroso, insondable, casi imposible de escrutar. Comprendió en ese momento que la luz venía de arriba, de lo alto. Mientras agitaba su cuerpo, sentía el calor insoportable que ésta provocaba sobre su piel. Y sentía también el aire caliente que, al respirar, entraba de forma violenta en su pecho. Supo entonces que debía alejarse lo antes posible de aquella terrible y asfixiante luz. Pero, al intentar hacerlo, comprobó que sus extremidades se encontraban amarradas, con fuerza, a la dura superficie sobre la cual se hallaba tendido su cuerpo.

Sí, la conciencia de la criatura se había finalmente despertado. Tenía conciencia del espacio en que se hallaba y de los límites y la posición de su cuerpo. Tenía conciencia de la existencia y de la localización de la luz que la amenazaba. Y tenía conciencia también de los movimientos que debía realizar para alejarse lo más rápidamente posible de ella. Pero de lo que no era en absoluto consciente, en cambio, era de la verdadera naturaleza de su propio cuerpo.

Quien sí conocía esa naturaleza con todo detalle era la persona que se hallaba a pocos pasos de ella, su creador. Oculto en la penumbra del laboratorio, el eminente y genial científico, trastornado sin embargo, desde hacía años, por las más locas y obsesivas ideas, permanecía inmóvil y en silencio, concentrado todavía en manipular la compleja maquinaria con la que había dado vida a su nueva y más fabulosa creación. Él sabía muy bien cómo era la criatura. Sabía el origen de todos los órganos que había tenido que buscar, robar y juntar para dar lugar al nuevo ser. Conocía a la perfección los fragmentos de los diferentes cuerpos que había tenido que ensamblar y coser pacientemente para formar con ellos uno solo. Sabía todo acerca de los fluidos, las conexiones y los implantes con los que había tenido que dotar a su más reciente y escalofriante experimento. Sabía, en definitiva, que la criatura no era otra cosa que la suma aberrante, repulsiva y antinatural de muchos otros organismos.

Pero la criatura, evidentemente, no era consciente de ello. Su conciencia permanecía al margen por completo de este hecho. Porque, como es lógico, la función de la conciencia no consiste en conocer la naturaleza del propio cuerpo. Su verdadera función consiste en recibir la información proporcionada por los sentidos, saber cómo es y en qué se caracteriza el espacio que nos rodea. Consiste en identificar, en ese espacio, los límites y los movimientos de nuestro propio cuerpo. Y consiste también en saber cuáles son en cada momento nuestras necesidades y decidir de qué forma debemos actuar para conseguir vivir o sobrevivir de la mejor manera posible.

Puede que quizás algún día, tras escapar del laboratorio, la criatura acabe por mirarse en un espejo o que vaya a un hospital a hacerse una radiografía, momento en que podrá conocer finalmente la aberrante naturaleza de su cuerpo. Pero eso en nada afectará a su conciencia, que no dejará por ello de seguir funcionando exactamente igual, cumpliendo siempre las mismas funciones que tiene asignadas.

El desconocimiento que tiene la conciencia de la criatura sobre la naturaleza de su propio cuerpo es algo que puede parecernos extraño e inquietante. Pero lo cierto es que todos nosotros nos encontramos, básicamente, en la misma e idéntica situación. Todos nosotros estamos formados por órganos, por fluidos, por conexiones nerviosas, por músculos y ligamentos. Y solamente conocemos su existencia porque nos han enseñado o hemos leído en libros que nuestro cuerpo está hecho de esa determinada manera. Pero si nuestro cuerpo fuese otro completamente diferente, con otros órganos, con otros fluidos, con otros sistemas corporales, nuestra conciencia continuaría funcionando exactamente igual que hasta ahora, en nada se vería afectada. De hecho, antes de que la ciencia empezara a estudiar la anatomía del cuerpo humano y comenzara a revelarnos su contenido, nuestra conciencia no era en nada diferente de la actual, ni en su funcionamiento ni en su propósito.

Esto es así porque la conciencia no necesita, en realidad, saber lo que somos o cómo estamos hechos. No necesita saber si somos una persona normal o la aberrante creación de un científico loco. Únicamente necesita cumplir, como hemos dicho, las funciones que tiene encomendadas, que consisten en salvaguardar, cuidar y dotar de mejores condiciones de vida a nuestro organismo, sea cual fuere su naturaleza o composición.

Pero aunque nuestra conciencia no sepa cuál es nuestra auténtica y verdadera naturaleza, nuestro organismo, en su conjunto, evidentemente sí que lo sabe. Sabe perfectamente cómo está hecho nuestro cuerpo y es capaz además de regular todo su funcionamiento hasta en los más mínimos detalles. En nuestro interior existe toda una serie de órganos, glándulas y sistemas encargados de vigilar y de controlar toda la complejidad de nuestro organismo. Y estos órganos sí que son, desde luego, conscientes de nuestra propia naturaleza y de todo aquello que sucede, a cada momento, en cualquier parte de nuestro cuerpo.

Así, aunque en general nos refiramos a la existencia de una única conciencia en cada persona, lo correcto sería decir que existen muchas conciencias en cada uno de nosotros, funcionando todas en paralelo y de forma coordinada entre sí. Por tanto, deberíamos comenzar por distinguir, al menos, entre dos tipos diferentes de conciencias: las conciencias externas, que se encargan de analizar el medio externo y la forma como interactuamos con él, y las conciencias internas, que se encargan de analizar el medio interno de nuestro organismo y las interacciones que en él se producen.

La conciencia a la que tradicionalmente nos referimos, la conciencia mental, localizada en la parte cortical de nuestro cerebro, es la conciencia externa que se encarga de analizar la información transmitida por los sentidos y de decidir cuáles deben ser nuestras acciones para conseguir adaptarnos de la mejor manera a nuestro entorno. Sin embargo, también recibe algunas informaciones procedentes del medio interno, como pueden ser las sensaciones de dolor, de hambre o de sed, transmitidas por otras conciencias. Y de forma recíproca, influye también en el medio interno y en esas otras conciencias, como, por ejemplo, haciendo que se acelere el pulso ante una súbita situación de peligro.

Determinados estímulos requieren, sin embargo, una respuesta rápida en la forma de reflejos. Es por ello que dichos estímulos y las respuestas motoras correspondientes no llegan a alcanzar la mente, funcionando al margen de ella. Así, podemos decir que los reflejos constituyen un tipo diferente de conciencia externa, localizada físicamente en diferentes partes del sistema nervioso. Y como es fácil deducir, son el tipo de conciencia externa predominante en los animales más simples, aquellos que no poseen un cerebro desarrollado.

Entre las conciencias internas, podemos citar la que constituye el sistema inmune, un tipo de conciencia altamente complejo y sofisticado que no sólo es capaz de identificar cualquier elemento vivo ajeno a nuestro organismo, sino que además es capaz de combatirlo de la forma más eficaz posible, analizando con detalle hasta sus más mínimas características.

Podemos hablar también de conciencias internas al referirnos a cualquier órgano o glándula que controle el equilibrio fisiológico de nuestro cuerpo, de nuestro medio interno. Dichos órganos son conscientes, en cada ámbito particular, de cuáles son los parámetros propios del organismo y de todo aquello que deben hacer para reponer el equilibrio cuando éste se pierde. De igual forma, existen otros tipos de conciencia responsables de mecanismos de enorme complejidad fisiológica, como pueden ser las diferentes funciones hepáticas, los sistemas hormonales o los factores de crecimiento que gobiernan el desarrollo del organismo.

En último término, más allá de los diferentes órganos y sistemas, podemos hablar de conciencia al referirnos a cualquiera de las células que forman parte de nuestro organismo, pues todas ellas reciben información del medio interno e interactúan de forma compleja con él. Baste citar, como ejemplo de dicha complejidad, la forma asombrosa en que cada célula es capaz de saber, durante el desarrollo embrionario, en qué lugar exacto del organismo se encuentra y cómo debe diferenciarse para formar un determinado órgano, coordinándose además con las células vecinas para generar formas del todo perfectas y funcionales.

En realidad, todas las conciencias citadas anteriormente no son otra cosa que la suma de la actividad de las células que componen los órganos donde dichas conciencias se localizan. Por tanto, a un determinado nivel, todas las conciencias del organismo pueden resumirse en la existencia de una única conciencia, aquella que es propia de nuestras células. Y esta conciencia es en realidad única, puesto que todas las células de nuestro organismo son clones, es decir, células hermanas e idénticas en su material genético, aunque luego acaben por diferenciarse y especializarse cada una en una determinada función.

También nuestra corteza cerebral está formada por células, por lo que, evidentemente, nuestra conciencia mental es también una consecuencia de la ya referida conciencia celular. Sin embargo, como hemos dicho anteriormente, para cumplir sus funciones nuestra mente no necesita saber de la existencia de órganos, de células o de otras conciencias. Y si bien la ciencia es capaz de revelarle ahora su existencia, lo cierto es que nuestra mente no está hecha para asimilar ni para integrar dicha información. Así, incluso en la actualidad, nosotros y nuestra mente tendemos inevitablemente a considerar todas las conciencias internas como meros automatismos determinados genéticamente. Como si en verdad la propia mente y la propia conciencia mental no lo fuesen también.

Es cierto que en la mente convergen, además de la información genética, la información cultural transmisible y la experiencia individual que vamos acumulando a lo largo de toda nuestra vida. Pero recordemos, por ejemplo, que también nuestro sistema y conciencia inmune poseen memoria y acumulan experiencia individual, siendo capaces de recordar pasadas infecciones y la forma exacta y más eficaz de combatirlas. Y los anticuerpos, que representan una información adquirida por esa memoria inmune, se transmiten durante la lactancia de madres a hijos, constituyendo un tipo de información en cierta forma bastante semejante a la cultura.

Por otra parte, debemos siempre tener en cuenta que la conciencia mental posee una importancia variable en cada especie. Dicha conciencia tendrá un mayor o menor desarrollo en función de la complejidad del medio externo al que tenga que enfrentarse la especie y, también, de la mayor o menor variabilidad de comportamientos con que el individuo pueda responder a ese mismo medio.

Más concretamente, en un medio cambiante pero repetitivo resultará útil que la conciencia mental se desarrolle y adquiera la capacidad de memoria, con la cual podrá almacenar y utilizar en todo momento información recogida en el pasado. En otras ocasiones también le será útil al individuo poder predecir determinados cambios en el medio, combinando los indicios observados con la información aportada por la memoria y el aprendizaje. En este caso, la conciencia mental tenderá también a desarrollar la capacidad de imaginación, con la cual le será posible trazar hipotéticos escenarios futuribles y ensayar en ellos el mayor o menor acierto de cada tipo de comportamiento.

Si una especie es social, la conciencia mental deberá ser además capaz de reconocer a otros organismos semejantes a él y de comprender que a ellos se aplica exactamente lo mismo que al propio organismo. Gracias a esto, un individuo podrá ser capaz de predecir, imitar, transmitir o inducir comportamientos en las conciencias de los otros. Y será también posible desarrollar una conciencia colectiva, resultado de la suma coordinada de todas las conciencias individuales, permitiendo que el grupo social responda por igual o de forma organizada ante una determinada situación. En último término, como en nuestra especie, podrá crearse una organización social que permita que determinados individuos se especialicen en la transmisión del conocimiento. Y que surja, de este modo, el conocimiento científico que nos está permitiendo empezar a conocer nuestro medio interno y nuestras conciencias, así como el propio funcionamiento de la conciencia mental, que de esta forma se revela a sí misma.

En un sentido contrario, existen ciertas situaciones en que la actividad y las funciones de la conciencia mental quedan bastante condicionadas. Determinadas tareas repetitivas, por ejemplo, consiguen evitar su paso continuo por dicha conciencia, creándose así actividades semiconscientes que, una vez iniciadas, tienen una ejecución casi automática. También existen determinadas informaciones que se almacenan en lugares poco accesibles y manejables por la mente, como el subconsciente. Por otra parte, hay ocasiones en que la conciencia mental queda desbordada por los sentimientos y emociones inducidos por las conciencias internas o subconscientes, que adquieren en ese momento un dominio casi completo sobre el comportamiento. Por último, es importante recordar que durante el periodo del sueño, que ocupa una gran parte de nuestra vida, la conciencia mental parece anularse y desaparecer por completo.

En resumen, podemos decir que la abominable criatura creada por el científico loco, cuando despierta sobre la fría mesa del laboratorio, tiene conciencia plena de ser un individuo y de estar situado en algún lugar del mundo, pero desconoce qué es lo que eso significa y cuál es su propia naturaleza. Su mente, tal como la nuestra, no sabe de qué órganos está compuesto su cuerpo ni de qué forma sus conciencias internas lo regulan mediante complejos mecanismos fisiológicos y genéticos.

Es más, tampoco podemos decir que conozca mucho acerca de la verdadera naturaleza del medio externo. Todos nuestros sentidos nos proporcionan una determinada información sobre el entorno, siempre muy limitada, que luego nuestro cerebro se encarga de conceptualizar y poner a disposición de la conciencia mental. Pero es sólo gracias a la ciencia, en nuestro caso, que comenzamos ahora a conocer, en realidad, qué es y de qué está formada la materia que constituye el mundo exterior.

En definitiva, tanto la criatura como nosotros mismos poseemos una conciencia mental que desconoce por igual los fundamentos básicos que constituyen nuestro medio externo y nuestro propio medio interno. Por un lado, nuestra conciencia reduce la realidad del mundo exterior a una serie de imágenes y conceptos extremamente simplificados y abstractos, fáciles de manejar. Y por otro, reduce a la categoría de un único ser pensante toda la extrema complejidad de nuestro organismo y de nuestro medio interno, incluidas todas nuestras diversas conciencias y la totalidad de nuestras células.

Parece por tanto bastante evidente que nuestra conciencia mental vive, en cierto modo, sumida en una ficción. Aunque debemos reconocer que se trata de una ficción premeditada, calculada y útil, forjada sabiamente por la evolución, que permite a nuestra mente conseguir la máxima simplicidad y eficiencia en todas sus funciones.

Así, cuando nos miramos en un espejo, ¿qué es lo que nuestra conciencia está viendo realmente? ¿Qué tipo de ficción ve reflejada en su superficie? O mejor dicho, ¿qué tipo de ficción nos resulta útil que vea reflejada en ella? No hay duda de que a nuestra conciencia poco le importa si la imagen que le llega es la de un determinado cuerpo o la de otro completamente diferente, siempre que ese cuerpo sea el nuestro. Para ella tanto da si somos unos seres monstruosos y terribles creados por un científico loco o, bien por el contrario, unos seres monstruosos y terribles creados por la propia naturaleza.


28/10/23

El individuo como ser inevitablemente difuso


Sin que nos hayamos dado cuenta, nuestra peor pesadilla se ha hecho realidad. Sí, así es, no hay la menor duda. Por más que nos espante, por más que nos aterrorice, por más que nos angustie, es un hecho probado, una verdad del todo incuestionable. Y aunque nos cueste mucho aceptarlo, no nos queda ya otro remedio que rendirnos con total resignación a sus fatales y trágicas consecuencias. Esta terrorífica verdad, esta dura realidad que tan cruelmente nos golpea, puede además resumirse, de la forma más simple posible, en una sola frase: ¡hemos muerto y hemos sido sustituidos por otra persona exactamente igual a nosotros!

Así es, otra persona ocupa ahora nuestro lugar. Hemos sido sustituidos por un impostor, por un suplantador hábil, astuto y perverso, por un ser infame que ha conseguido convertirse a sí mismo en una copia idéntica de lo que hasta ahora éramos nosotros. Y esta entidad misteriosa, sibilina y sin nombre, sin mostrar nunca el menor escrúpulo, ha ido apoderándose, lenta y sigilosamente, de toda nuestra vida. Ha hecho suya nuestra casa, nuestro trabajo, nuestras pertenencias, nuestras ropas, nuestros enseres, nuestra familia, nuestras amistades. Incluso ha conseguido adueñarse, de forma inconcebible, de nuestra personalidad o de nuestros más antiguos, íntimos y valiosos recuerdos.

Pero la pesadilla no acaba aquí, ni mucho menos. Y es que, por más que nos cueste creerlo, todas las personas que están a nuestro alrededor, tal como nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros conocidos, nuestros vecinos o incluso las personas con las que solemos cruzarnos en la calle, todos ellos también han muerto y han sido sustituidos por otras personas de características idénticas. Aunque parezcan ser los mismos, en realidad no lo son. Los suplantadores han conseguido copiarlos con una habilidad asombrosa e inimaginable, imitando cada una de sus más mínimas características. Incluso, con total maestría, han llegado al extremo de perfeccionar sutilmente las copias dándoles un ligero matiz de envejecimiento. Y por si fuera poco, consiguen imitar todos los hábitos y las costumbres de las personas originales, actuando y comportándose en todo momento de la misma forma que ellas.

Así, a lo largo del día realizan los mismos trabajos y ocupaciones que las personas que suplantan, desempeñándolos con idéntica laboriosidad o con la misma torpe y censurable pereza. Pasean como siempre hicieron y, al caminar, hablan, gesticulan y balbucean de la misma forma. Pestañean con idéntica frecuencia mientras, absortos, reflexionan sobre la vida mirando vagamente hacia el cielo. Se aburren mostrando en su rostro la misma expresión de tedio, apatía y desesperanza. Se alborotan, gritan y despeinan con la misma facilidad y falta de juicio. Se miran insistentemente en el espejo con idéntico orgullo o con la misma amarga y triste decepción. Y al encontrarse unos con otros, mantienen entre sí los mismos afectos, los mismos odios o la misma fría y distante indiferencia. Pero a pesar de esto, a pesar de todas sus múltiples, minuciosas y sutiles argucias, no son realmente ellos, no son los mismos.

Todos ellos nos engañan a cada momento fingiendo ser quienes no son. Pero, claro, ¿cómo podríamos apercibirnos de esta enorme y tremenda mentira, si nosotros tampoco somos los mismos, si también nosotros hemos muerto y hemos sido sustituidos por otra persona, si también nosotros somos igualmente unos impostores? ¿Cómo podría la persona que somos ahora, nuestro pérfido y siniestro sustituto, darse cuenta de que ellos no son más que unas simples copias? Aunque, pensándolo bien, ¿son realmente ellos quienes nos engañan o somos nosotros quienes los engañamos a ellos? Por otra parte, en un mundo de mentirosos, ¿engañar a quien nos engaña no será quizás, de cierta forma, un involuntario, incomprensible y honesto acto de sinceridad?

Pero quizás una de las cosas más sorprendentes y admirables en todo este asunto es la forma misteriosa con que los suplantadores consiguen deshacerse de los cadáveres de las personas que sustituyen. Aparentemente se deshacen de sus cuerpos de una forma tan paciente, metódica y sutil que nadie puede ni podrá nunca darse cuenta de nada. Cambian un cuerpo por otro y es como si el primero se desvaneciese misteriosamente en el aire, sin dejar el menor rastro.

Sin embargo, la aterradora pesadilla que vivimos no acaba aquí, es aún mucho peor de lo que podamos imaginar, llegando a límites completamente inconcebibles, demenciales y estremecedores. Porque, en realidad, tanto nosotros como todas las personas que están a nuestro alrededor, todos sin excepción, volveremos a morir y a ser sustituidos por otros cuerpos, por otros impostores. Y esto ocurrirá sucesivamente, una y otra vez, hasta el final, hasta nuestra muerte definitiva. O al menos hasta aquello que siempre habíamos pensado que era la muerte, la única muerte que conocíamos y de la que hasta ahora éramos plenamente conscientes.

Sí, así es, vivimos sumidos en el horror más profundo, siniestro y amenazador, víctimas de una pesadilla cuya sola revelación, hasta en sus más mínimos detalles, es capaz de helarnos la sangre en las venas.

Aunque, en realidad… bien, quizás no sea para tanto. ¿Hemos dicho terrible y escalofriante? ¿Siniestro y demencial? ¿Inconcebible y aterrador? Bueno, quizás estemos exagerando un poco. Puede que al final, simplemente, no estemos abordando el asunto desde la perspectiva más correcta. O puede que no estemos analizando la situación utilizando los conceptos más adecuados para este tipo de circunstancias.

Porque, en realidad, todo lo referido hasta ahora, a pesar de su terrible y estremecedora apariencia, es algo perfectamente trivial e intrascendente, algo propio y característico de todos los seres vivos. Si somos realmente conscientes de cómo funciona cualquier organismo vivo, ya sea animal o vegetal, nada de lo dicho anteriormente debería sorprendernos, inquietarnos o atemorizarnos lo más mínimo.

Es cierto, cambiamos regularmente de cuerpo. Pero es que lo realmente preocupante sería que no lo hiciésemos. Eso sí que sería terrible. Como organismos vivos que somos, necesitamos sustituir periódicamente todo nuestro cuerpo por otro y eso es precisamente lo que hacemos. Todos los organismos vivos, sin excepción, se renuevan. Todos mueren y nacen a cada momento. Todos, en definitiva, están formados por células que mueren y nacen de forma continua, sin interrupción.

También nosotros, como seres vivos que somos, estamos formados por miles de millones de células que están sujetas a una permanente y continua renovación. A cada instante, mueren y nacen miles de células en nuestro organismo. Y es precisamente por este motivo que, al cabo de cierto tiempo, inevitablemente, todas las células de nuestro cuerpo habrán muerto y habrán sido sustituidas por otras.

Sin embargo, esta renovación no es uniforme en todo nuestro organismo, se produce a diferentes tiempos y velocidades. Por ejemplo, las células que recubren el interior de nuestro aparato digestivo se renuevan cada semana, por lo que al fin de cada pocos días dicha parte de nuestro cuerpo estará formada por células completamente nuevas. También la capa más externa de nuestra piel se renueva rápidamente, tardando apenas un mes en regenerarse. El hígado, un órgano tan importante y fundamental para el funcionamiento de nuestro organismo, se renueva y se convierte en un órgano completamente nuevo cada pocos meses. Por el contrario, otras partes de nuestro organismo se renuevan mucho más lentamente, como las fibras musculares, que pueden hacerlo cada veinte o más años. Y luego están aquellas células, como las neuronales, las más longevas, que apenas se renuevan durante el tiempo de vida del organismo.

Podemos imaginar así nuestro cuerpo como si fuese una casa a la que regularmente, cada cierto tiempo, le cambian todos los muebles y los sustituyen por otros exactamente iguales. Con menos frecuencia, le cambian también las paredes, el suelo, las tuberías, las vigas o el tejado por otros idénticos a los anteriores, manteniendo quizás sólo una parte de la instalación eléctrica. Siendo así, es evidente que cada cierto tiempo la casa es otra. Pero como todas las sustituciones se han hecho progresivamente y con piezas del todo idénticas a las anteriores, nos parece que la casa sea siempre la misma.

De igual forma, nosotros creemos que somos siempre el mismo individuo, inalterado e inmutable. Pero la verdad es que, cada cierto tiempo, nuestro cuerpo es otro completamente diferente. Cada cierto número de años somos sustituidos por otro organismo exactamente igual al nuestro, un nuevo organismo que crece en nuestro interior a medida que el original va lentamente muriendo y desapareciendo.

Los pocos cambios que conseguimos percibir en nuestro cuerpo, tales como el envejecimiento o las lesiones acumuladas, son apenas una consecuencia de la imperfección que existe en la sustitución de un cuerpo por otro. Pasado un tiempo, los órganos más viejos o lesionados no son ya capaces de generar nuevos órganos con las mismas características que los originales. Esto es debido a que, tras continuas e interminables divisiones, las células de nuestro cuerpo comienzan a acusar un progresivo desgaste que hace con que vaya disminuyendo su capacidad de regeneración. Y es precisamente esta pérdida de capacidad de regeneración la que provocará al final, con los años, el inevitable colapso y la muerte del organismo.

Ante este fatídico e irremediable acontecimiento, la solución que emplean todos los seres vivos consiste en generar un nuevo organismo completamente de raíz, partiendo de una única célula germinal. Es decir, recurren a la reproducción. A partir de una célula cuidadosamente preservada, inmune al desgaste, se genera otra vez la totalidad de las células y de los componentes del organismo, dando lugar a un ser vivo exactamente igual al anterior. Aunque en el caso de haber reproducción sexual, como en nuestra especie, el nuevo organismo en realidad no será idéntico, sino que tendrá características intermedias entre los dos progenitores.

Siendo del todo cierto que morimos y somos sustituidos por otro organismo cada cierto tiempo, ¿por qué no somos conscientes de ello? ¿Por qué pensamos que somos siempre exactamente la misma persona? Y de forma quizás aún más sorprendente, ¿por qué cuando vemos a un recién nacido crecer, cambiar sucesivamente de tamaño y de proporciones, multiplicar varias veces su peso, seguimos pensando que, al llegar a adulto, es la misma persona? ¿Cómo podemos pasar por alto que el cuerpo inicial del recién nacido ha sido sustituido por otro diferente y mucho mayor?

La explicación para esta sorprendente incapacidad de ver algo tan obvio consiste en que para nosotros, para nuestra mente, una persona es, en cierto modo, un concepto. Para nosotros una persona es una entidad viva que presenta una continuidad física a lo largo del tiempo y que, alcanzada la edad adulta, mantiene de forma permanente unas determinadas características, aunque siempre sujetas al lento y progresivo cambio provocado por el envejecimiento.

Pensamos, por tanto, que una persona es una y siempre la misma. Y si pensamos así es porque nuestra perspectiva es, inevitablemente, la de un ser pluricelular. Si tuviésemos, por ejemplo, la perspectiva de una bacteria, de un ser unicelular, nos veríamos a nosotros mismos no como a una persona, sino como a un conjunto de miles de millones de personas. Aunque incluso dentro de los seres pluricelulares puede haber también diferentes perspectivas. Para una mariposa, que llega a adulta tras sufrir una metamorfosis, nosotros seríamos sólo media persona, pues no llegamos nunca a transformarnos. Y para un vegetal que mediante estolones crea nuevas plantas, nosotros seríamos sólo el inicio de una persona, defectuosos por ser incapaces de multiplicarnos en numerosos clones independientes.

Nuestra mente piensa en todo momento que somos una única persona. Y menos mal que piensa exactamente así, porque de otra forma sería incapaz de tomar cualquiera de las decisiones que son necesarias para la supervivencia del organismo. Nuestra mente fue creada precisamente para coordinar nuestras células y nuestros órganos como si se tratasen de un único ser vivo. Y es gracias a esta visión integradora que el organismo, y con ello la totalidad de las células y órganos que lo componen, consiguen sobrevivir en su conjunto.

Sin embargo, esta perspectiva no es exclusiva de nuestra mente, la comparten también todos los órganos y sistemas que forman nuestro cuerpo. Todos ellos funcionan como si fuésemos un único individuo, trabajando, desarrollándose o sacrificándose por el organismo como un todo. Algo completamente lógico si pensamos que todas las células de nuestro cuerpo son clones, es decir, células con el mismo material genético, células hermanas descendientes de una única célula inicial. De cierta forma, podríamos considerar nuestro organismo pluricelular como una célula que se ha hipertrofiado, generando millones de clones, de otras células, pero que mantiene en todo momento una única funcionalidad y propósito en su conjunto.

Así, resumiendo lo anterior, podemos decir que todas nuestras células mueren y nacen continuamente, tal como también lo hacen cada cierto tiempo, debido a ello, todos nuestros órganos. En consecuencia, nuestro cuerpo muere y nace en su totalidad cada cierto número de años. Y al mismo tiempo, al reproducirnos y más tarde morir, nuestro organismo, como un todo, nace y muere con cada generación. Sin embargo, a pesar de todo esto, debido a nuestra particular perspectiva propia de un ser pluricelular, percibimos todas estas realidades de una determinada forma, justamente de aquella que nos resulta más adecuada para asegurar nuestra supervivencia.

Si, por el contrario, nuestra mente utilizase una perspectiva diferente, nos resultaría incómodo pensar, por ejemplo, que hemos muerto varias veces. Y que lo mismo les ha ocurrido a todas las personas que conocemos y que están a nuestro alrededor. Nos resultaría difícil pensar que hemos sido o que seremos otra persona. Y que ninguna de ellas es la auténtica y, al mismo tiempo, todas lo son. Nos resultaría igualmente confuso imaginar que nuestro cuerpo, mientras muere, genera y alimenta al cuerpo siguiente. O también, en otro orden de cosas, que los alimentos que ingerimos constituyen la materia que dará forma a nuestro siguiente organismo, es decir, que los alimentos se convertirán en nosotros mismos.

Todos nosotros nos consideramos una entidad fija, constante e inmutable. Pero en realidad somos un ser difuso, múltiple, cambiante e inacabado. Somos al mismo tiempo una y muchas personas, todas ellas en continuo cambio, en permanente renovación. Y todo esto va mucho más allá de lo que podamos comprender utilizando unos conceptos excesivamente reductores y simplistas como aquellos que habitualmente empleamos, como son, por ejemplo, vida, muerte, nacimiento o reproducción.

Así es, aceptémoslo de una vez por todas: hemos muerto y hemos sido sustituidos por una persona exactamente igual a nosotros. Pero, siendo éste un hecho inevitable, sin solución posible, esforcémonos al menos por que nuestro nuevo ser sea mejor que el anterior. Y no dejemos de celebrar, a cada momento, que nuestra continua muerte significa al mismo tiempo nuestro continuo renacimiento.