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8/2/24
El triunfo de la infelicidad
La filosofía, desde sus mismos inicios, tuvo siempre como principal objetivo la búsqueda de la felicidad del ser humano. Por ello, diversas escuelas filosóficas de la antigüedad, como la escuela hedonista, la epicúrea o la estoica, trataron de desarrollar esa búsqueda estudiando diversos conceptos directamente relacionados con ella, como son el placer, la racionalidad o la virtud, al tiempo que teorizaban sobre el correcto equilibrio que debía existir entre ellos.
Lo que sin duda resultaba inconcebible para estos filósofos, tal como lo sigue siendo hoy en día, era pensar que en algún momento el ser humano renunciase, por su propia voluntad, a alcanzar la felicidad. Y mucho menos aún que se dedicase justamente a todo lo contrario, es decir, que buscase premeditadamente su propia infelicidad, que se esforzase al máximo por llevar en todo momento una vida lo más desgraciada posible. Y sin embargo, por extraño que parezca, esto mismo es lo que ha venido ocurriendo repetidamente, en mayor o menor medida, a lo largo de toda la historia. Aunque quizás no exactamente por propia voluntad de las personas, sino debido a una velada, perversa y sutil imposición.
Con el surgimiento de las grandes desigualdades sociales y la aparición de unas élites privilegiadas cada vez más poderosas, se hizo necesario controlar en todo momento la voluntad de la población. Para lograr este objetivo, la filosofía fue progresivamente eliminada y sustituida por las grandes religiones, con las que se buscaba dejar al pueblo reducido a la sumisión y la ignorancia, imposibilitado de realizar cualquier tipo de protesta o rebelión. Y como es lógico, con la desaparición de la filosofía y la implantación de este modelo, la ansiada y compleja búsqueda de la felicidad del ser humano acabó por ser definitivamente abandonada.
Pero no sólo eso, sino algo mucho peor. El ansia de dominación por parte de los más poderosos, siempre desmedida y sin límites, necesitaba llegar mucho más lejos. Era necesario que el pueblo, además de renunciar a su felicidad, se volviese por sí mismo contra sus propios intereses. Es decir, era necesario que las personas, siempre para único beneficio y provecho de los poderosos, pasasen a buscar activamente en sus vidas una continua, persistente y completa infelicidad.
Para conseguir este infame propósito las élites dominantes contaban con la valiosa ayuda de las grandes religiones, que no dudaron para ello, a partir de entonces, en ir penetrando lenta y sigilosamente en todos y cada uno de los aspectos de la vida de las personas. Su ambicioso objetivo era nada menos que conseguir la destrucción sistemática de las personas, la total desvalorización de sus vidas, la negación absoluta de su libertad y la completa aniquilación de su voluntad y su pensamiento. Y por desgracia, todos y cada uno de estos infames propósitos fueron logrados, sin excesivas dificultades, siguiendo un plan sistemático de tenebrosa e inigualable perversidad.
En primer lugar, era necesario destruir a las personas. Para conseguirlo, se obligó a todas ellas a creer que poseían en su interior un alma mágica, una sustancia inmaterial e intangible, de naturaleza inmortal. Y que esta alma era la única e indiscutible esencia de ellas mismas, de su propio ser y de su personalidad. Por tanto, su propio cuerpo, su real y auténtica persona, no era más que un simple, perecedero y despreciable recipiente destinado únicamente a ser usado por esa alma. Además, dicha alma, siendo mágica e inmortal, no pertenecía a las personas, sino que era propiedad de los dioses, quienes la habían creado e infundido generosamente en sus cuerpos para otorgarles la vida.
De esta forma, las personas ya no eran realmente ellas. Sus cuerpos no eran su propia persona. Y tampoco se pertenecían a sí mismas, sino a las deidades, a las que debían nada menos que la propia vida. Es decir, que sólo por el hecho nacer toda persona era propiedad de los dioses y estaba, además, en profunda y permanente deuda con ellos.
En segundo lugar, era necesario destruir la vida de la gente. Según los tenebrosos mandatos de la religión, el objetivo primordial de la vida de las personas debía ser, como ya se ha dicho, evitar la felicidad. Y esto porque, según los misteriosos preceptos divinos, contra mayor fuese el sufrimiento y el dolor padecidos en este mundo terrenal, mayor sería la recompensa que recibiría el alma, después de la muerte, en el mundo celestial. Las personas, por tanto, para alcanzar esa máxima recompensa, esa felicidad eterna, debían buscar en todo momento el sufrimiento y complacerse con él.
Aunque, como es lógico, no cualquier tipo de sufrimiento servía. El mejor era aquel que fuese más productivo y beneficioso para las clases dominantes. Así, el sufrimiento producido por la esclavitud, la sumisión al poder o la ciega obediencia a las élites era, por supuesto, el tipo de sacrificio que los dioses mejor y más generosamente recompensaban.
En tercer lugar, era necesario instaurar el terror. No es posible someter a las personas simplemente con promesas de futuras recompensas, pues eso no siempre funciona. La promesa de vivir para siempre, tras la muerte, en un mundo idílico y celestial, compartiendo la misma gloria de los poderosos, no es suficiente para asegurar una total obediencia de la población. Para conseguirla, lo primero que debe hacerse es castigar duramente a las personas que no obedecen. Pero, sobre todo, es necesario aterrorizarlas para que ni siquiera lleguen a pensar nunca en desobedecer.
Así, el castigo destinado para los rebeldes debía ser lo más contundente y ejemplar posible, incluyendo métodos violentos como la tortura y la muerte. Pero para conseguir el terror más absoluto era necesario inventar una amenaza aún más monstruosa y escalofriante. Y para ello precisamente se creó la fantasiosa idea del infierno, un lugar delirante y de pesadilla donde, tras la muerte, los rebeldes eran condenados a sufrir todos los días, por toda la eternidad, los más horribles y dolorosos tormentos.
En definitiva, desobedecer los sagrados mandatos de la religión y de los poderosos significaba, en primer lugar, morir de forma cruel y dolorosa. Y en segundo lugar, sufrir todo tipo de torturas horribles y espeluznantes durante un tiempo eterno e infinito. Nada mal como amenaza.
En cuarto lugar, era necesario destruir la sociedad. Las comunidades, como lugares destinados al libre desarrollo de las personas, debían desaparecer. Para conseguir este objetivo era necesario imponer unas leyes y unas normas que las corrompiesen y transformasen por completo. Algo relativamente fácil de conseguir, teniendo en cuenta que, gracias a la religión, los poderosos eran los intérpretes exclusivos de la voluntad de los dioses, su única voz autorizada. Por tanto, sus dictados eran al mismo tiempo un mandato divino que debía ser obligatoriamente seguido por todos. Siendo así, rebelarse contra las nuevas leyes impuestas por los poderosos suponía, al mismo tiempo, atentar contra los dioses, contra sus legítimos representantes y contra el nuevo orden social, cuya naturaleza pasó a ser celestial, inmutable e imposible de cuestionar.
En quinto lugar, era necesario esclavizar al pueblo. Siendo el mundo también una creación de los dioses, las personas debían agradecer en todo momento a las deidades el hecho de poder vivir en él. Y especialmente el poder disfrutar de todo aquello que el mundo proporciona y de los medios materiales que ofrece para permitir la subsistencia de los seres humanos.
Por esta razón, cualquier cosa conseguida mediante el propio trabajo y el esfuerzo se convertía de inmediato, de forma incuestionable, en una deuda hacia los dioses, a los que se debía pagar obligatoriamente el debido tributo. Y este tributo, por supuesto, era recaudado, utilizado y disfrutado por sus representantes en el mundo terrenal, es decir, por las clases sociales privilegiadas. Como es fácil deducir, con el establecimiento de esta abusiva norma, las personas fueron obligadas a trabajar durante toda su vida, sin descanso, para enriquecer aún más, siempre más, a los poderosos. Y sólo tenían derecho a quedarse con una mínima parte del resultado de su esfuerzo, aquella que les permitiese la más elemental subsistencia, o en ocasiones ni siquiera eso.
En sexto lugar, era necesario destruir el pensamiento. Para ello, los dioses, como entidades mágicas, debían ser omnipresentes y omniscientes, capaces de vigilar en todo momento cada una de las acciones e incluso cada uno de los pensamientos de las personas. De esta forma, la amenaza y el castigo de los dioses estaría constantemente presente en todos y cada uno de los ámbitos de sus vidas, anulando el más mínimo resquicio de libertad de acción o de pensamiento.
Además, esta constante vigilancia debía ser considerada como algo benéfico, pues siendo los dioses los creadores de la humanidad, debía aceptarse que ellos en todo momento procuran el bien de sus hijos y desean guiarlos por el buen camino. Los dioses, por tanto, eran merecedores de la misma obediencia y respeto debidos a un progenitor y desobedecerles era lo mismo que atentar contra los sagrados valores de la familia.
En resumen, considerando todo lo anteriormente expuesto, es posible decir que con la implantación de este terrible y opresor sistema las personas ya no eran personas. Ya no eran dueñas de sí mismas, ni de su trabajo, ni de sus tierras. No tenían libertad para actuar, ni tan siquiera para pensar. Su voluntad había desaparecido y había sido sustituida por los simples deseos y caprichos de los poderosos. Además, debían mostrarse agradecidas por verse reducidas a la esclavitud y poder seguir las leyes injustas impuestas por sus opresores. Y como si esto no bastase, su felicidad consistía ahora, de forma incuestionable, en buscar y lograr la mayor infelicidad posible.
Una vez sometido un pueblo a este perverso y abominable plan, a esta aterradora y demencial pesadilla, en modo alguno es fácil conseguir recuperar la libertad. Para ello es necesario, en primer lugar, que todo el mundo recobre su propia conciencia como persona. Pero también es necesario dejar de creer, de forma inequívoca y para siempre, en todas las mentiras de los poderosos, en sus dioses y sus religiones, en sus leyes y su orden social, en su mundo sin libertad ni derechos, en su futuro sin verdad ni conocimiento. Aunque, sobre todo, es necesario algo aún mucho más difícil: es necesario luchar para liberarse y lograr, además, sobrevivir a esa lucha.
10/1/24
El rapto de la filosofía
En aquel fatídico día, el aire entero retumbaba y se estremecía a cada pocos instantes ante pavoroso, cruel y ensordecedor rugido de los cañones. Era el mes de mayo del año 1453 y la inmortal Constantinopla, la antigua y gloriosa capital del imperio romano de oriente, se enfrentaba a sus últimas y postreras horas antes de caer definitivamente en manos del poderoso imperio otomano, que por aquellos instantes había iniciado el asalto final a la ciudad. En esos angustiosos y trágicos momentos, en medio del terror, la destrucción y la muerte, se cuenta que las más preclaras mentes de la ciudad, los más grandes intelectuales y filósofos, refugiados tras unas murallas que por instantes se desmoronaban hechas pedazos, tuvieron por bien reunirse para discutir una de las más importantes y urgentes cuestiones que, en aquella situación tan trascendental y decisiva, más preocupaba al conjunto de la población.
Y esta decisiva y apremiante cuestión, como es lógico suponer, no era otra que la siguiente: ¿será que los ángeles tienen sexo? Es decir, ¿será que las incorpóreas entidades celestiales propias de la mitología oriental son, en sí mismas, de naturaleza masculina o, por el contrario, carecen de esa o cualquier otra naturaleza? ¿Será aceptable pensar que estos imaginarios seres alados, que tan alegremente revolotean por los más sublimes espacios etéreos son, debido a su perfección, a su carencia de todo tipo de sentimientos y pasiones terrenales, seres privados por completo de género?
Pues bien, a pesar del enorme empeño demostrado en aquellos momentos por los eminentes y sabios filósofos, a pesar de la gran y deslumbrante complejidad de sus argumentos, de su elaborada e impecable dialéctica, de su admirable, perfecta y sutil oratoria, el resultado de la discusión, de forma incomprensible, acabó por no ser del todo concluyente. Así, cuando las gruesas y poderosas murallas de la ciudad finalmente se derrumbaron por completo ante el furioso e imparable ímpetu de los atacantes, el sexo de los ángeles continuaba siendo, tal como hoy en día, un misterio irresoluble.
Tan irresoluble como incomprensible puede parecernos ahora la razón por la que aquellos sabios, según se cuenta, dedicaron su tiempo a discutir una cuestión tan frívola, ridícula y anodina en un momento tan trascendental para la ciudad. Sin embargo, por más que nos resulte sorprendente, lo cierto es que en aquella época este tipo de debates absurdos no era en absoluto una excepción. Las discusiones más disparatadas, fanáticas y vehementes, las famosas discusiones bizantinas, eran de lo más común por aquel entonces, constituyendo el núcleo central de toda actividad filosófica y su principal razón de ser.
Ante episodios tan tristes y bochornosos como éste, nos vienen inevitablemente a la mente algunas preguntas. ¿En qué preciso momento, por aquellos lejanos tiempos, la filosofía dejó de preocuparse por las cuestiones del mundo real? ¿Cómo pasó a convertirse, de repente, en una interminable sucesión de acaloradas discusiones acerca de ideas simplemente etéreas e incomprensibles? ¿Por qué fue remplazada sin remedio por el cántico disonante y desafinado de una cohorte de falsos sabios cuyos intereses parecían corresponderse más con la pureza del ámbito celestial que con la realidad palpable del mundo terrenal? ¿Cómo es que, por aquel entonces, la auténtica y verdadera filosofía había desaparecido casi por completo? ¿Y por qué, por desgracia, sigue estando aún desaparecida, en buena medida, en los días de hoy?
La verdad es que si intentamos analizar esta cuestión con algún detalle, debemos concluir que ese momento de desaparición de la auténtica filosofía en realidad se dio mucho antes. Y de hecho, parece haber ocurrido no una sino repetidas veces, en diversos grados y circunstancias, a lo largo de toda la historia, casi desde los mismos inicios de nuestra civilización. Nada que deba extrañarnos en absoluto si pensamos que, admirados y odiados a un tiempo, los filósofos y sus enseñanzas siempre fueron las primeras víctimas en caer bajo los arrolladores y funestos intereses del poder y los poderosos.
No cabe duda de que, en cualquier época y lugar, mantener una situación de privilegio y de profunda desigualdad social es, en todos los sentidos, algo bastante incómodo para todas las partes implicadas. Los privilegiados, desde sus lujosos, relucientes y dorados palacios, se ven forzados a hacer toda clase de cosas desagradables, a veces crueles y despiadadas, en ocasiones incluso sangrientas, con tal de mantener todo su poder o de aumentarlo todavía más, siempre sin ningún tipo aparente de freno o mesura. Y las sufridas víctimas, con tal de sobrevivir a los continuos abusos de los poderosos, a menudo se ven forzadas a renunciar a su humanidad, a mostrarse serviles, a transigir, a dar la razón, a perdonar o incluso glorificar los actos de mayor crueldad de sus opresores, unos actos que, dentro de esa lógica perversa, reciben muy merecidamente.
El problema está en que no todas las víctimas se muestran siempre tan sumisas. En ocasiones algunas de ellas se rebelan, de una forma o de otra, contra el poder establecido. Y si se rebelan es porque, en cierta medida, tienen conciencia de la situación de servilismo y de esclavitud a la que injustamente son sometidas. Por tanto, el principal problema para el poder es precisamente el surgimiento de esa conciencia y su más peligroso y declarado enemigo no es otro que la filosofía, que inevitablemente la despierta, fomenta y desarrolla. Así, el poder y los poderosos no tienen otro remedio que atacar la filosofía, acabar con ella, aniquilarla y destruirla.
Aunque, en realidad, mejor que destruirla por completo, lo ideal es domesticarla y mantenerla bajo una férrea y estricta vigilancia. Lo más rentable para los oscuros intereses de los opresores es reducir la filosofía al mínimo y permitir que desarrolle únicamente aquellos campos de conocimiento que les resultan más útiles, aquellos que precisamente les ayudarán a aumentar y perpetuar aún más su dominio. Al tiempo que se impide, por supuesto, el desarrollo de cualquier otro tipo de saber capaz de proporcionar algún atisbo de libertad a sus víctimas.
Si se quiere acabar con la filosofía o simplemente domesticarla, lo mejor es, en primer lugar, estimular y potenciar toda la ignorancia que aún arrastramos dentro de nosotros, todo ese penoso lastre del que hasta ahora no hemos conseguido desprendernos. Pero también, siempre que sea posible, rescatar toda la ignorancia que ya habíamos dejado atrás y a la que, por pura sensatez, nunca deberíamos volver. Una vez conseguido ese objetivo, se hace necesario entonces consagrar e institucionalizar toda esa ignorancia de forma que sea imposible, en toda y cualquier circunstancia, poder escapar a ella.
Fue precisamente con este propósito que se crearon las grandes religiones, juntamente con todo su entramado de preceptos y costumbres inmutables, incuestionables y sagradas. Con ellas fue solemnemente entronizada, glorificada y consagrada la ignorancia. El conocimiento de la realidad fue sustituido por la obligatoria creencia en los fantasiosos e incoherentes preceptos divinos. Y la ética más elemental fue sustituida por la rígida sumisión a las normas dictadas por el poder religioso y la jerarquía social dominante. En algunas ocasiones, en un alarde de arrogancia, los propios gobernantes se erigieron a sí mismos en dioses. Pero con más frecuencia, ante la dificultad de ocultar su innegable condición mortal, se limitaron simplemente a instituirse como los máximos representantes e intérpretes de las divinidades. Por tanto, la obediencia a los poderosos no sólo era ya obligatoria como antes, sino que además pasó a convertirse en sagrada y, en consecuencia, del todo incuestionable.
El mundo y la realidad se deformaron a la medida del poder. La mayoría de las enseñanzas de los antiguos filósofos fueron destruidas, desterradas o bien recluidas en oscuras e inaccesibles bibliotecas. Y las pocas restantes, aquellas aún permitidas, fueron transformadas y corrompidas para adaptarlas a los indiscutibles axiomas del poder y los aberrantes postulados de las religiones. En esta nueva, falsa y domesticada filosofía, toda actividad intelectual se redujo a una interminable serie de absurdas elucubraciones, siempre estériles y sin sentido, como las ya referidas discusiones bizantinas. Y los filósofos fueron progresivamente marginados y sustituidos por dóciles sacerdotes, siempre dispuestos a ignorar la realidad y a alabar el poder.
No obstante, esta nueva situación ocasionaba también algunos lógicos problemas. Las enseñanzas de los sacerdotes, al generarse siempre a partir de creencias subjetivas e indemostrables, imposibles de ser contrastadas con la realidad, no coincidían casi nunca entre sí, ni era probable que pudiesen hacerlo. De modo que, para tratar de reducir esas divergencias, todos ellos eran obligados a acatar las sentencias de la más alta autoridad religiosa, sometiéndose de forma inquebrantable a la ortodoxia dominante.
Sin embargo, en ocasiones esas divergencias no desaparecían y se convertían, de repente, en algo más que puro fuego de artificio dialéctico. Debido a las continuas luchas por el poder, era frecuente que cada facción rival, levantada en armas, decidiese apoyar un determinado postulado religioso, desde ese momento irreconciliable y opuesto a todos los demás. De este modo, las luchas entre facciones opuestas se convertían en guerras de religión, responsables a lo largo de la historia de todo tipo de masacres y de actos atroces.
Por este motivo, la aparición de cualquier nuevo postulado al margen de la ortodoxia dominante era rápidamente combatida por el poder. Y fácilmente podía llevar a quien lo enunciase o defendiese a sufrir un castigo y una muerte violenta. El mismo tipo de condena que ya era aplicada a todo intelectual o filósofo que defendiese un principio científico incómodo para la religión y los poderosos.
A pesar de esta continua marginación, a pesar de todas las condenas, masacres, torturas y destierros, la filosofía siempre consiguió, no obstante, encontrar un camino para ir abriéndose paso a lo largo del tiempo. Sus avances incluso llegaron a cobrar un especial impulso en aquellos periodos históricos en que el poder se transformaba, es decir, cuando se gestaba un nuevo orden social y económico, un nuevo equilibrio de poderes. En esos momentos la filosofía incluso podía ser utilizada como un arma contra el orden anterior, con lo que de repente ganaba una inusitada protección y un enorme desarrollo. Su mirada solía volverse entonces hacia el pasado, hacia el mundo clásico, intentando retomar la actividad intelectual desde una época previa al oscurantismo de las religiones. Pero tal como era de esperar, pasados estos breves periodos, el nuevo poder dominante rápidamente reprimía de forma sangrienta gran parte de los avances conseguidos, especialmente los relacionados con los aspectos sociales.
En nuestra época más reciente, ante el continuo surgimiento de nuevos recursos y de nuevos poderes, se han ido sucediendo importantes avances y tremendos retrocesos, con guerras cada vez más crueles y destructivas. Debido a la creciente dificultad para seguir contraponiendo las fantasías con la realidad, se ha ido produciendo una progresiva pérdida de importancia de las religiones, aunque no siempre ni en todas partes. Pero a pesar de ello, con dioses o sin dioses, la visión del mundo sigue siendo muy parecida. Y la firme creencia en la sumisión a una jerarquía social dominante y en el obligado cumplimiento de sus normas sigue imperando en la actualidad.
Los mecanismos para imponer el poder son otros, pero igualmente efectivos. La realidad sigue siendo deformada para justificar el dominio absoluto del poder. Las víctimas siguen siendo obligadas a mostrarse obedientes y serviles con sus opresores. Las divergencias con respecto a la ortodoxia siguen siendo condenadas a la marginalidad y al fracaso. Y la rebelión sigue siendo combatida con la destrucción y la muerte.
La filosofía continúa domesticada, corrompida y cercenada, dominada en gran parte por una cohorte de sabios ocupada en la discusión de conceptos abstractos que no interesan a nadie. Y aunque no se debata sobre el sexo de los ángeles, sus discusiones continúan siendo igualmente inútiles y absurdas. Lejos de cuestionar el presente, los sabios actuales parecen complacerse en mirar hacia atrás y analizar, con exagerado rigor, todo el pasado de la filosofía, hundiéndose sin remedio en el polvo y las telarañas. Lejos de criticar la realidad, ignoran premeditadamente los avances conseguidos en el conocimiento o incluso llegan a relativizarlos, defendiendo supuestas verdades alternativas. Lejos de enfrentarse al poder, alaban un futuro prometedor que, de forma mágica, nos salvará de todos los males posibles, siempre sin necesidad de cambiar nuestros actos o la estructura de nuestras sociedades.
Sin embargo, tal como nos demuestra la historia, nada puede parar el avance del conocimiento. Y aunque la filosofía siga en buena parte raptada, sustituida por el culto al poder instituido, aunque nuestros oídos se ensordezcan cada día con continuas e insoportables alabanzas al mejor de los mundos posibles, siempre nos queda la remota esperanza, en nuestras más secretas ensoñaciones, de que en algún momento esos misteriosos y enigmáticos ángeles, sean del sexo que sean, bajen del cielo para salvarnos. Y que se lleven consigo, hacia los etéreos e impolutos reinos celestiales, a todos aquellos que quieren privarnos de pensar libremente.
29/11/18
Financie la esclavitud mientras hace las compras
El mar está lleno de peces de todos los tamaños, unos más grandes y otros más pequeños. Y comúnmente se acepta que entre ellos sólo rige una única e invariable norma: la ley de que el pez grande se come al pequeño. Esto significa, en resumen, que el pez grande se come a uno pequeño, que se come a su vez a otro aún más pequeño, que se come a su vez a otro aún menor, y así sucesivamente. Así, en virtud de esta simple ley, el mar se convierte en un mundo idílico, en perfecta armonía, donde unos comen y otros se dejan comer.
Sin embargo, en algunos mares más profundos y escondidos estalla a veces la rebelión. En ellos, los peces pequeños deciden no dejarse comer y se unen valerosamente para defenderse contra los peces más grandes. En ocasiones, incluso llegan a convencer a otros peces algo más grandes a unirse a ellos y luchar juntos contra los peces mayores, aquellos que, según el orden social establecido, se los comen a todos. El caos y el desorden se apoderan así, sin remedio, de estos ocultos y procelosos mares.
Podemos decir que en las sociedades humanas ocurre poco más o menos lo mismo que sucede en el mar. Las personas más ricas y poderosas se enriquecen y ganan poder a costa de las que tienen menos. Y entre éstas, las mejor situadas abusan de las que son más pobres, que a su vez abusan de las que son aún más pobres. Es decir, el pez grande se come al pequeño, que se come a otro más pequeño, y así por delante. Y este recatado y admirable modelo social llega a la más exquisita perfección en las florecientes sociedades capitalistas, donde todos viven felices, unos robando y explotando y otros dejándose robar y explotar.
Podemos preguntarnos si en las sociedades humanas no existirán también regiones remotas y desconocidas donde las personas más pobres se rebelen y luchen contra su explotación. Ciertamente existen. Pero por lo general el caos dura poco tiempo y el orden social es luego rápidamente reestablecido. Los ricos acaban otra vez más ricos y los pobres más pobres, llegando algunos de ellos, los más miserables, a convertirse incluso en esclavos. Y es que con la continua negación de derechos y libertades, con su ataque a la dignidad de las personas, el capitalismo empuja inevitablemente a los más pobres a vivir sumidos en la esclavitud.
Podemos entender por qué los esclavos no suelen rebelarse contra los más ricos, pues no suelen tener las más mínimas condiciones materiales para hacerlo. Ni siquiera las fuerzas anímicas necesarias para emprender lo que es, casi siempre, poco menos que un suicidio. Pero ¿por qué las personas menos pobres no se unen a ellos para luchar juntos contra los más ricos? ¿No derrotarían fácilmente, de esta forma, a sus comunes opresores? Pues bien, seguramente sí.
Pero lo que suele ocurrir es que los peces medianos, en vez de volverse contra los más grandes, intentan compensar su desgracia atacando con más fuerza a los más pequeños. En vez atacar a quien se los come, deciden atacar, con mayor empeño y fiereza, a aquellos que pueden comerse. Y es lógico que así sea, porque los peces pequeños están completamente indefensos, mientras que los grandes suelen estar fuertemente armados. Pero también porque los peces grandes hacen lo posible para convencerles, o incluso obligarles, a actuar de esta forma.
Es tristemente frecuente ver como el capitalismo alienta entre las clases medias un consumismo que, llenando sus vidas de cosas inútiles, las lleva a hacerse creer que son más ricas, más opulentas, como peces más grandes. De igual forma, los sueños e ideales que alienta entre estas mismas clases no son ciertamente de justicia o de fraternidad universal, sino de riqueza fácil, rápida y deslumbrante. Es el sueño de volverse más rico a costa de crear muchos más pobres, pobres a los que inevitablemente siempre se debe odiar y despreciar.
Pero quizás el mecanismo más admirable creado por el capitalismo es aquel que permite que las personas pertenecientes a las clases sociales más bajas financien la esclavitud mientras realizan sus habituales compras semanales. Y eso a pesar de que esas mismas personas están a veces a sólo un paso de convertirse, a su vez, en míseros esclavos.
El mecanismo es en realidad bastante sencillo. Gracias a la creciente globalización, a la creciente falta de regulación del trabajo y del comercio, los ricos no dudan en utilizar una gran cantidad de esclavos, generalmente en países más pobres, con el fin de producir bienes que son puestos luego a la venta en países más ricos. Y evidentemente el precio de venta de estos productos resulta mucho más bajo que el de cualquier otro producto que pueda haber sido creado bajo unas condiciones laborales dignas.
Por otra parte, debido a esa misma globalización, las personas más pobres que realizan sus compras en los países ricos reciben salarios que son cada vez más bajos. Y como es evidente, no pueden permitirse comprar productos caros. Por el contrario, esas personas se ven obligadas a adquirir los productos que son más baratos, es decir, precisamente aquellos que son creados mediante mano de obra esclava.
Así, comprando estos productos, las personas pobres acaban por financiar la esclavitud. Sin pretenderlo, sus compras semanales acaban inevitablemente por enriquecer y engordar a los productores y comerciantes esclavistas, que ven así aumentar exponencialmente sus beneficios. Y además, contra más bajos y miserables se vuelvan los salarios de estos compradores, más bajo será el precio de los productos que compren y, de esta forma, más lucrativa y floreciente será la esclavitud, más esclavos habrá en el mundo. Y por si fuera poco, pasado cierto tiempo los propios compradores se convertirán a su vez en esclavos, momento en que la siguiente clase social, algo menos pobre, ocupará su lugar.
Gracias a este admirable y portentoso mecanismo, entre muchos otros semejantes, resulta casi inevitable que los vastos mares del capitalismo acaben siempre dominados por unos pocos peces, grandes, gordos e insaciables. Unos peces que se alimentan glotonamente, día y noche, de otros muchos peces cada vez más pequeños, cada vez más indefensos y cada vez más sumisos al orden social establecido. Pero pensemos bien en lo siguiente: un pez grande y gordo ¿no es más fácil de pescar?
5/2/14
Los falsos caminos de la libertad.
Todo el mundo ansía por la libertad y está dispuesto a luchar, o incluso a morir, por ella. Pero ¿qué es exactamente la libertad? ¿O cuál es el tipo de libertad que deseamos? Son muchas las definiciones que existen de libertad y también son muchas las formas en que sentimos su presencia o su ausencia. E incluso, a veces, lo que es sentido por algunas personas como libertad no pasa, para otras, de una simple y penosa forma de esclavitud. Así, ¿qué debemos entender entonces por libertad?
En general, podemos definir la libertad como la ausencia de obstáculos, levantados o ejercidos por otras personas, que nos impidan buscar o alcanzar nuestra propia felicidad. Así, diremos que nos falta la libertad cuando alguien consigue dificultar o impedirnos la realización ya sea de nuestra voluntad, de nuestros actos o de nuestros pensamientos. Y como ciertamente son muchos y de muy diferente tipo los obstáculos que se pueden levantar contra nosotros, deberemos definir varios tipos o grados de libertad.
Podremos, no obstante, decir que son tres los tipos más básicos de libertad e incluso podremos tratar de describirlos recurriendo a un simple ejemplo. Para ello nos bastará imaginar que nos encontramos en una encrucijada. Ante nosotros se abren tres diferentes caminos y tres posibles opciones. Pero sólo uno de ellos nos conducirá a nuestra felicidad, representada aquí por nuestra casa y nuestra familia. Los otros dos caminos nos alejarán de ellas, conduciéndonos por oscuros parajes y condenándonos a una vida llena de desgracia y falta de esperanza.
1) La encrucijada. En un primer momento intentamos acercarnos a la encrucijada, pero comprobamos entonces que unas fuertes cadenas de hierro nos prenden al suelo de la senda por la que acabamos de llegar, impidiéndonos cualquier avance. No podemos llegar a escoger ninguno de los tres caminos porque ni siquiera tenemos la posibilidad de hacerlo. Nos falta la libertad más básica: la libertad de acción.
Cuando finalmente consigamos romper esas cadenas seremos libres de actuar. Pero al realizar cualquier acción estaremos lógicamente sometidos a las reglas de la ética. Así, si actuamos para nuestro bien y para el bien de los otros estaremos actuando verdaderamente en libertad. Pero si, por el contrario, actuamos para nuestro mal o para el mal de los otros estaremos cayendo en uno de los dos precipicios que se abren a nuestros lados: respectivamente, el vicio y el libertinaje.
2) Derecha. Libres ya de nuestras cadenas y a salvo de caer en estos precipicios, observamos el camino de la derecha. Junto a él, una señal de grandes dimensiones nos indica que este es el camino correcto para llegar a nuestra casa. La señal nos invita a tomar esta dirección prometiéndonos con ello una rápida consecución de nuestra felicidad.
Pero desgraciadamente es mentira. Quien colocó la señal nos está engañando y, con ello, pone un obstáculo insalvable a nuestra felicidad. Iniciado el camino, rápidamente nos daremos cuenta de que nos hemos convertido en esclavos de quien colocó la señal. Y en verdad son muchas las personas que, en la actualidad, se encuentran esclavizadas por haber seguido este camino. Son muchas las personas privadas de libertad, condenadas a una vida sin esperanza, por haber decidido seguir el camino indicado por las diversas formas de la mentira, como son los medios de comunicación totalitarios, las religiones, los gobiernos tiránicos, las tradiciones oprobiosas o, simplemente, la promesa de los vendedores de falsas esperanzas. Librarse de este tipo de engaño es ganar una libertad auténtica y fundamental: la libertad de elección.
3) Centro. Evitado el engaño, pisando ya firmemente el terreno de la verdad, nos queda elegir entre los otros dos caminos. Y probablemente escogeremos el del centro, pues en un primer momento nos parece más llano y prometedor. Pero por desgracia es la opción equivocada. Si hubiésemos sabido ver, por ejemplo, que los árboles que bordean este camino son robles y no castaños, tal como lo son aquellos que bordean el camino de la izquierda y también los bosques que envuelven nuestra casa, no nos habríamos equivocado de camino. Hemos sido víctimas por tanto de nuestra propia ignorancia.
Pero no seríamos tan ignorantes si hubiésemos recibido una buena instrucción durante nuestra infancia y nuestra juventud. Y no hay duda de que quien impide la existencia de escuelas y de un buen sistema educativo está creando fuertes obstáculos para que las personas alcancen su propia felicidad. Contra menos instrucción exista, más fácilmente las personas estarán condenadas a escoger el camino equivocado y más fácilmente podrán ser esclavizadas. No será necesario engañarlas, pues serán ellas mismas las que se engañen. Bien por el contrario, contra más instrucción y cultura reciban las personas más libres serán, pues en definitiva es el conocimiento el que nos hace libres. Y así ganaremos el tipo más decisivo de libertad: la libertad de discernimiento.
4) Izquierda. Siendo libres para actuar, libres también de elegir por no ser apartados de la verdad y libres igualmente para, mediante el conocimiento, discernir entre el error y el acierto, elegimos finalmente el camino de la izquierda, el único que nos llevará hasta nuestra casa y hasta nuestra plena felicidad. Nadie nos está poniendo ahora obstáculos, por lo que podemos decir que somos definitivamente libres.
Pero, sin duda, en nuestro camino nos enfrentaremos a obstáculos materiales que, no habiendo sido creados por otras personas, harán con que podamos alcanzar o no la felicidad. La furia de una tormenta devastadora, la falta de agua o de comida o la abertura de un precipicio en medio de nuestra senda podrán acabar fácilmente con todas nuestras esperanzas. Y es que todos nosotros emprendemos continuamente caminos sin fin en la búsqueda incansable de nuestra felicidad. Y al recorrerlos, incluso dentro de la más pura libertad, nuestro rumbo siempre incierto acaba por convertirnos en esclavos de nuestro propio destino.
5/6/09
Cómo convertirse en tirano durante unos gloriosos minutos.
No diga que nunca se imaginó sentado en un trono dorado y servido por una corte de esclavos, ocupados todos en satisfacer hasta el más mínimo de sus caprichos. O que muchas veces no desearía hacer la primera cosa que le apeteciese sin preocuparse con si su acción vulnera o no las leyes existentes. Pues bien, todos estos sueños de poder ilimitado pueden hacerse realidad en un instante. En nuestra sociedad moderna convertirse en un tirano está al alcance de cualquiera. Para ello sólo necesita tener algunas monedas en el bolsillo.
La suprema maravilla que permite la realización de sus sueños tiene un nombre: libre comercio. Es precisamente este tipo de comercio, siempre tan liberal, tan exuberante, tan pujante, tan libre de reglas, tan desconocedor de fronteras, el que permite que sus más ansiados sueños de tiranía y de dominación se conviertan al instante en una realidad. Para ello basta simplemente con que participe en él, aunque sea de la forma más modesta. Basta simplemente con que vaya a una tienda y compre un producto de este mercado sin fronteras. ¡Así de simple!
En un modelo de libre comercio, quien va a una tienda únicamente se preocupa con que el producto que compra sea lo más barato posible. Nunca preguntará al vendedor si ha sido realizado en condiciones laborales dignas o si para su producción se han respetado las más mínimas normas ambientales. Cualquier vendedor se sentiría como mínimo incomodado si alguien lo hiciera. Pero, evidentemente, nadie lo hace.
De este modo, al comprar el producto más barato, importado de un país cualquiera, usted puede tener la seguridad de estar realizando finalmente su sueño. Así es. Al comprar ese producto usted se convierte, por unos momentos, en el patrón inmisericorde de cientos de trabajadores que cobran salarios ridículamente bajos. Algunos de ellos incluso serán menores de edad, obligados a trabajar en vez de ir a la escuela. También se convierte, por instantes, en el patrón de prósperas empresas que contaminan ríos y aguas potables, que destruyen cultivos tradicionales y extensos bosques, que alteran la composición de la atmósfera y del clima terrestre. ¿No es maravilloso? ¿Existe una más grande sensación de poder que realizar todo esto, y por apenas las pocas monedas que tiene que pagar por ese producto?
En cualquier país civilizado tener esclavos sería considerado indecoroso y, muchas veces, ilegal. Tener empresas contaminantes que destruyen el medio ambiente también está mal visto, y a veces incluso sufren la imposición de multas, aunque nunca muy severas. Pero, claro, nada impide tener esclavos en otro país o destruir el medio ambiente en otra parte cualquiera del mundo. Nada mejor que tener los esclavos, los campos contaminados y las aguas pestilentes en otros lugares del mundo, bien lejos de casa, fuera del alcance de la vista. No necesita, por ejemplo, cruzarse con los esclavos, ni ver sus miserables figuras, ni soportar su mal olor. Todos ellos están en un país lejano con el cual existe un tratado de libre comercio.
Por tanto, si usted quiere ser un tirano, vaya ahora mismo a una tienda y compre cualquier producto, especialmente el más barato y que venga de más lejos. ¡Sienta entonces todo el maravilloso poder! En ese momento, ¡usted es el amo del mundo! Imagine cientos de esclavos trabajando duramente para que usted, en un país remoto, pueda comprar ese producto que ellos fabrican. Imagine el medio ambiente de otro continente siendo destruido para que ese producto pueda llegar hasta usted a un precio ridículamente bajo. Y si, pasado algún tiempo, le parece que esta maravillosa sensación comienza a desvanecerse, no tiene más que ir a comprar otro producto cualquiera.
Olvide todas esas tonterías del comercio justo. Olvide también que el ambiente es un todo y que su destrucción en otro país acabará igualmente por afectarle, como resulta evidente con las consecuencias del cambio climático. Olvide todo eso. No deje que estos pensamientos le estropeen la maravillosa experiencia de sentirse como un tirano, por unos gloriosos minutos, cada vez que va en peregrinación a una tienda.
Porque realmente no es el conocimiento lo que nos hace libres. Lo que nos hace libres es, sin lugar a dudas, el libre comercio.
La suprema maravilla que permite la realización de sus sueños tiene un nombre: libre comercio. Es precisamente este tipo de comercio, siempre tan liberal, tan exuberante, tan pujante, tan libre de reglas, tan desconocedor de fronteras, el que permite que sus más ansiados sueños de tiranía y de dominación se conviertan al instante en una realidad. Para ello basta simplemente con que participe en él, aunque sea de la forma más modesta. Basta simplemente con que vaya a una tienda y compre un producto de este mercado sin fronteras. ¡Así de simple!
En un modelo de libre comercio, quien va a una tienda únicamente se preocupa con que el producto que compra sea lo más barato posible. Nunca preguntará al vendedor si ha sido realizado en condiciones laborales dignas o si para su producción se han respetado las más mínimas normas ambientales. Cualquier vendedor se sentiría como mínimo incomodado si alguien lo hiciera. Pero, evidentemente, nadie lo hace.De este modo, al comprar el producto más barato, importado de un país cualquiera, usted puede tener la seguridad de estar realizando finalmente su sueño. Así es. Al comprar ese producto usted se convierte, por unos momentos, en el patrón inmisericorde de cientos de trabajadores que cobran salarios ridículamente bajos. Algunos de ellos incluso serán menores de edad, obligados a trabajar en vez de ir a la escuela. También se convierte, por instantes, en el patrón de prósperas empresas que contaminan ríos y aguas potables, que destruyen cultivos tradicionales y extensos bosques, que alteran la composición de la atmósfera y del clima terrestre. ¿No es maravilloso? ¿Existe una más grande sensación de poder que realizar todo esto, y por apenas las pocas monedas que tiene que pagar por ese producto?
En cualquier país civilizado tener esclavos sería considerado indecoroso y, muchas veces, ilegal. Tener empresas contaminantes que destruyen el medio ambiente también está mal visto, y a veces incluso sufren la imposición de multas, aunque nunca muy severas. Pero, claro, nada impide tener esclavos en otro país o destruir el medio ambiente en otra parte cualquiera del mundo. Nada mejor que tener los esclavos, los campos contaminados y las aguas pestilentes en otros lugares del mundo, bien lejos de casa, fuera del alcance de la vista. No necesita, por ejemplo, cruzarse con los esclavos, ni ver sus miserables figuras, ni soportar su mal olor. Todos ellos están en un país lejano con el cual existe un tratado de libre comercio.
Por tanto, si usted quiere ser un tirano, vaya ahora mismo a una tienda y compre cualquier producto, especialmente el más barato y que venga de más lejos. ¡Sienta entonces todo el maravilloso poder! En ese momento, ¡usted es el amo del mundo! Imagine cientos de esclavos trabajando duramente para que usted, en un país remoto, pueda comprar ese producto que ellos fabrican. Imagine el medio ambiente de otro continente siendo destruido para que ese producto pueda llegar hasta usted a un precio ridículamente bajo. Y si, pasado algún tiempo, le parece que esta maravillosa sensación comienza a desvanecerse, no tiene más que ir a comprar otro producto cualquiera.
Olvide todas esas tonterías del comercio justo. Olvide también que el ambiente es un todo y que su destrucción en otro país acabará igualmente por afectarle, como resulta evidente con las consecuencias del cambio climático. Olvide todo eso. No deje que estos pensamientos le estropeen la maravillosa experiencia de sentirse como un tirano, por unos gloriosos minutos, cada vez que va en peregrinación a una tienda.
Porque realmente no es el conocimiento lo que nos hace libres. Lo que nos hace libres es, sin lugar a dudas, el libre comercio.
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