11/7/23
La superior inteligencia del gusano acéfalo
Los gusanos nematodos son seres tremendamente admirables. Llevan una vida simple, modesta, humilde, tranquila, sin grandes estridencias ni preocupaciones. Pasan la mayor parte del tiempo moviéndose calmamente en el reducido espacio que conforma su hogar, entregándose en todo momento al disfrute de una existencia lo más cómoda y placentera posible. En ningún caso se dejan llevar por vanas y engañosas ilusiones. Ni piensan tampoco en alcanzar grandes logros en la vida. Aunque, a decir verdad, los nematodos no piensan, pues no tienen cerebro. En realidad, por no tener, ni tan siquiera tienen cabeza. Y a pesar de todo, pese a estas notables e importantes carencias físicas, estos gusanos constituyen la forma de vida animal más extendida y prolífica de todo el planeta, aquella que ha conseguido un mayor éxito evolutivo.
Pero quizás lo más admirable de los nematodos sea su indiscutible y superior inteligencia. Sí, es cierto que su sistema nervioso no parece gran cosa. De hecho, consta apenas de un simple anillo neuronal alrededor del esófago y de unos pocos nervios que recorren a lo largo su cuerpo. Pero sorprendentemente, con apenas unos tan rudimentarios órganos, incomparablemente más simples que el complejo y voluminoso cerebro que posee nuestra especie, los nematodos consiguen superar ampliamente a los seres humanos en inteligencia. Y esta superioridad la abordan además con una extrema modestia, sin alardear nunca de ella, sin vanagloriarse en ningún momento, sin ni tan siquiera ridiculizar de forma humillante a seres inferiores como nosotros. Es por ello que los nematodos son, sin duda, seres doblemente admirables.
Pero, al final, ¿cómo es posible que estos simples y modestos gusanos sean más inteligentes que nosotros? ¿De qué forma pueden tener una inteligencia superior a la nuestra, si ni tan siquiera tienen cerebro? ¿Cómo puede ser que, sin presentar el menor asomo de capacidad intelectual, estos diminutos seres lleguen a superarnos en una tan sofisticada cualidad? Parece una idea absurda si pensamos, por ejemplo, en la extrema y portentosa complejidad de nuestro cerebro, en nuestros conocidos y fructíferos esfuerzos por desarrollar todas las aptitudes y capacidades de nuestra mente o también en los grandes logros intelectuales, científicos y artísticos conseguidos por el ser humano a lo largo de los siglos. ¿Cómo es posible sostener entonces una afirmación semejante?
Para responder a esta interesante cuestión debemos analizar, en primer lugar, en qué consiste realmente la inteligencia. No hay duda de que desde muy antiguo se han propuesto muchas, diversas y variadas fórmulas para definir un concepto tan difícil y complejo de caracterizar. Pero, en esencia, podemos definir la inteligencia como la capacidad que tiene un individuo de obtener información del medio en que vive para, a partir de ella, modificar su comportamiento y conseguir una mejor y más completa adaptación a él, aumentando con ello su capacidad de supervivencia. Por tanto, tal como se desprende de esta definición, está claro que para poseer algún grado de inteligencia son imprescindibles dos requisitos básicos: tener capacidad de obtener información del medio y tener capacidad de modificar el propio comportamiento.
Sin embargo, antes de abordar este tema con más detalle debemos tener en cuenta que, para sobrevivir, dichos requisitos y, en definitiva, la propia inteligencia no son siempre, ni mucho menos, estrictamente necesarios. Esto es así porque todos los seres vivos nacemos ya con una información y unos comportamientos básicos codificados en nuestros genes. Y gracias a ellos somos perfectamente capaces de sobrevivir en un medio ambiente ideal, es decir, en un medio ambiente propicio, uniforme y sin ningún tipo cambios. En otras palabras, gracias a la evolución nuestros genes ya saben, en lo fundamental, cuáles son las características propias de nuestro ambiente más primordial y cómo debemos comportarnos en él. Así que, encontrándonos en dicho medio, no necesitamos obtener nueva información ni tampoco modificar para nada nuestro comportamiento. No necesitamos, por tanto, desarrollar ningún tipo de inteligencia.
Y esto es exactamente lo que ocurre en el microscópico, tranquilo y monótono mundo de los nematodos. Teniendo una existencia que transcurre básicamente en un medio uniforme, podríamos decir que casi primordial, los nematodos, gracias a sus genes, no necesitan obtener apenas información adicional del medio en que viven ni tampoco necesitan cambiar o modificar su habitual forma de actuar.
Por el contrario, aquellas especies que, como la nuestra, viven en un ambiente complejo, altamente cambiante e impredecible, necesitan obtener continuamente información del medio para, de esta forma, poder reaccionar de forma adecuada a cada nueva y particular circunstancia. Las limitadas informaciones y conductas codificadas en nuestros genes no son suficientes. Así que, para sobrevivir, tenemos que observar nuestro entorno y replantearnos continuamente nuestro comportamiento. Y este propósito llega tan lejos en nuestra especie que incluso somos capaces transmitir las nuevas formas de actuar de unos individuos a otros o de una generación a la siguiente, creando aquello que conocemos como cultura.
Podemos decir, por tanto, que los nematodos poseen prácticamente toda la información que necesitan en sus genes, por lo que de nada les serviría tener una cabeza, un cerebro o desarrollar cualquier tipo de inteligencia, algo que para ellos no sería más que una carga y una complicación del todo inútil e innecesaria. Por el contrario, nuestra especie sí que necesita poseer un sistema nervioso complejo, lo suficientemente desarrollado como para poder procesar toda la información que recoge del medio y elaborar, a partir de ella, acciones y comportamientos igualmente complejos. Por eso hemos desarrollado evolutivamente una cabeza y un cerebro voluminoso y somos capaces, gracias a él, de generar formas de actuar tan adaptables, elaboradas y diversas.
En buena lógica deberíamos concluir, por tanto, que nuestra especie es mucho más inteligente de lo que son los nematodos, pues no hay duda de que, en relación a ellos, poseemos una mayor capacidad de obtener información del medio y de aplicarla de forma mucho más diversa en nuestro comportamiento. Entonces, ¿cómo es posible, contra toda evidencia, afirmar que los nematodos poseen una inteligencia superior?
Pues bien, la explicación en realidad es bastante simple. Lo que ocurre es que, casi sin darnos cuenta, nos hemos pasado por alto algo del todo fundamental. Y para entenderlo debemos fijarnos con más atención en la definición de inteligencia, más concretamente en la parte que dice que toda la capacidad de obtener información y de crear nuevos comportamientos, aquello mismo que caracteriza a la inteligencia, tiene una finalidad. Y esta finalidad no es otra que la de adaptarnos mejor al medio en que vivimos para, de esta forma, aumentar nuestra capacidad de supervivencia.
Por tanto, es precisamente consiguiendo una mayor capacidad de supervivencia como, al fin y al cabo, se demuestra un mayor o menor grado de inteligencia. Si obteniendo información del medio y elaborando nuevos comportamientos conseguimos sobrevivir mejor, seremos inteligentes. Si, por el contrario, con ello no aumentamos para nada nuestra capacidad de supervivencia, no seremos en absoluto inteligentes. En otras palabras, por muchos receptores sensoriales que tengamos, por muchas extensas redes neuronales, por mucho encéfalo desarrollado, por mucha variación de conductas individuales o grupales, por mucha cultura transmisible, por muchos avances científicos, por muchos logros intelectuales que consigamos, si con todo esto no aumentamos nuestra capacidad de supervivencia no podemos decir que seamos inteligentes.
Es más, si lo que conseguimos es exactamente lo contrario, es decir, si con ello únicamente conseguimos reducir nuestra capacidad de supervivencia, no sólo no seremos inteligentes, sino que seremos rematadamente tontos. Y en el caso concreto de nuestra especie, considerando nuestro complejo cerebro y nuestra enorme potencialidad para cambiar nuestros comportamientos, lo que demostraríamos es que, además de tontos, somos completamente ridículos, algo así como los payasos de la evolución.
No cabe duda de que nuestra especie ha conseguido cosas portentosas e inimaginables. Pero al mismo tiempo ha ido creando una sucesión de civilizaciones de características agresivas, destructoras y suicidas que, a pesar de unos comienzos prometedores, siempre han acabado por reducir progresivamente la capacidad de supervivencia de sus poblaciones. Y si nos fijamos en el presente, en la más reciente actualidad, vemos de la forma más clara posible, sin ningún margen para la duda, cómo nuestra más moderna, flamante y soberbia civilización está sumiendo a todos sus habitantes, y junto con ellos a la totalidad del planeta, en la más completa, progresiva y total autodestrucción.
Sí, es cierto que las comparaciones son muchas veces odiosas, pero tenemos que aceptar la indiscutible realidad. Los nematodos no han creado civilizaciones suicidas ni se dedican a destruir el planeta en que viven y que sustenta a todos los seres vivos. Y aunque no consigan aumentar su capacidad de supervivencia mediante una inteligencia que en realidad no poseen, lo cierto es que tampoco la disminuyen. Es decir, que si hacemos un balance de su inteligencia éste arrojará un resultado nulo, como no podría ser de otra forma en un gusano acéfalo.
En cambio, el balance que podemos hacer de la inteligencia de nuestra especie arroja un resultado muy diferente y para nada halagador. Al disminuir siempre con nuestras acciones nuestra capacidad de supervivencia, haciéndolo además de una forma tan incomprensible, insistente, casi fanática, el balance de nuestra inteligencia resulta ser claramente negativo y nos sitúa, sin lugar a dudas, en el campo de los rematadamente tontos. En consecuencia, respondiendo finalmente a la cuestión que nos planteábamos en un principio, resulta evidente que la inteligencia de los nematodos, aunque no sea por méritos propios, es indiscutiblemente muy superior a la nuestra.
Pero no nos desanimemos por ello, ni dejemos tampoco de soñar y de encarar el futuro con optimismo. Porque ¿qué pasaría si nuestra especie, afectada de repente por una súbita e inexplicable lucidez, por una extraña demencia, utilizase su complejo cerebro y su enorme capacidad intelectual no para disminuir sino para aumentar su supervivencia, si los emplease para crear civilizaciones prósperas y duraderas, para cuidar de nuestro planeta, para convivir finalmente en paz y armonía con todos los seres vivos? ¿No se convertiría entonces, de repente, en la especie más inteligente de todas las que existen?
Aunque también, por otra parte, si dejásemos de ser los payasos de la evolución, ¿de quién nos iríamos a reír? Y muy especialmente, ¿de quién nos iríamos a reír, a grandes carcajadas, en el momento final y más cómico de nuestra propia autodestrucción?
23/6/23
El horror de la mente ante el vacío
Los doce leones que custodian la famosa fuente de la Alhambra de Granada miran atentamente en todas las direcciones. A su alrededor, las viejas paredes del patio, recubiertas hasta la extenuación por todo tipo de complejas ornamentaciones, se extienden ante ellos sin dejar en su superficie ni un solo espacio en blanco, sin ceder el más mínimo resquicio al vacío. En realidad, los profusos y delirantes adornos del patio constituyen un ejemplo paradigmático de un tipo de decoración, frecuente en el arte andalusí, dominado por el horror vacui, el miedo al vacío, que llevaba a los artistas a no dejar en su obra ni un solo espacio, por mínimo que fuese, sin rellenar.
Para los doce leones no hay, por tanto, ni un solo espacio en blanco en que poder reposar su calma y sosegada mirada, ni un solo rincón donde acomodar su fantasiosa y ensoñadora imaginación, ni un solo retazo de piedra lisa y pulida en que dar forma a sus aletargados pensamientos y sensaciones. Aunque quizás, a pesar de todo, no necesiten nada de todo esto. Puede que incluso se sientan cómodos ante la visión de una tan exuberante y recargada complejidad.
Porque, en realidad, las impresiones recogidas por la mirada de los leones también acabarán por adornarse y revestirse, inevitablemente, de una extrema complejidad. Sin ser conscientes de ello, su mirada, tal como todos sus otros sentidos, sufren el mismo horror al vacío que dominaba a los artistas que crearon las arrebatadoras paredes del patio. Y esto es algo que no sólo les ocurre a los viejos leones, sino que nos ocurre también a todos nosotros y a todos nuestros sentidos.
Cuando un estímulo sensorial, siempre inevitablemente limitado, llega a nuestra mente, ésta de inmediato se encarga de completarlo con toda aquella información que de alguna forma entiende que le falta, con toda una serie de datos que, en realidad, no nos aportan los sentidos. Y es precisamente gracias a ello que, a partir de un simple estímulo, acaba por formarse en nosotros la ilusión de una impresión sensorial plena y acabada. Allí donde nuestros ojos apenas detectan el borde de una silueta, nuestra mente nos revela una figura y un objeto entero y al completo. Allí donde el oído recoge un determinado sonido estridente y agudo, sentimos el estallido de una pieza de vidrio al caer contra el suelo. Allí donde olemos un cierto aroma acre e intenso, nos alertamos al instante ante la presencia del fuego. Allí donde nuestras manos acarician las formas de un objeto conocido, sentimos las proporciones e incluso los colores que, en realidad, es nuestra memoria quien nos desvela.
Los más simples y limitados estímulos acaban siempre por ser completados por nuestra mente de forma precisa y eficaz para crear las impresiones sensoriales plenas que todos conocemos. Y para conseguirlo la mente no duda en añadir todo aquello que espera encontrar y a lo que está habituada, todo aquello que, en definitiva, le dicta de alguna forma la memoria y la experiencia previa. Es por ello que, en aquellos raros casos en que los estímulos no se corresponden con nada de lo que hayamos visto, oído o percibido anteriormente, nos sentimos de repente confusos y perdidos, como si nuestros sentidos no nos proporcionasen la más mínima información, como si incluso nos estuviesen traicionando. Ante esta situación, no nos queda otro remedio que esforzarnos en prestar la máxima atención a dicho estímulo e intentar crear, a partir de él, una nueva sensación o memoria en nuestra mente.
Esta capacidad de crear impresiones plenas a partir de unos pocos estímulos sensoriales constituye para nosotros, en realidad, una auténtica e imperiosa necesidad. Nunca podríamos realizar nuestras más simples y habituales actividades si tuviésemos que dedicar una atención completa y exhaustiva a todo nuestro entorno, si tuviésemos que aplicar al máximo nuestros sentidos a todo lo que está a nuestro alrededor, procesando a cada momento toda aquella información que son capaces o no de recoger. Por una simple cuestión de economía de la información, de racionalidad, nos movemos por el mundo utilizando la mínima cantidad posible de estímulos e impresiones. Nos limitamos, por tanto, a recoger del exterior el menor número posible de estímulos sensoriales que nos permita crear en nuestra mente una impresión sensorial plena que sea correcta, coherente y ajustada a la realidad. Todo el resto de información nos resulta superfluo y recogerlo sólo entorpecería o dificultaría nuestras acciones.
Sin embargo, aunque en general necesitemos pocos estímulos para crear una impresión plena, no en todos los casos llegamos a conseguir ese mínimo imprescindible. En ese caso, ¿qué hace nuestra mente para rellenar y completar unos estímulos que son claramente insuficientes? ¿Qué hace, por ejemplo, cuando miramos una hoja en blanco? O por el contrario, ¿qué ocurre cuando hay muchos y abundantes estímulos pero nuestra mente no es capaz de interpretarlos? ¿Qué hace, por ejemplo, si la hoja que miramos no está en blanco, sino que tiene un texto escrito en un lenguaje completamente desconocido? La verdad es que nuestra mente, por más que se esfuerce, por más vueltas que le dé, no es capaz de rellenar un espacio que esté en blanco ni de interpretar unos estímulos sin ningún significado aparente.
Siendo así, ante una situación de amenaza o peligro, ¿cómo nos sentiríamos si de repente nos encontrásemos inmersos en un espacio en blanco, sin nada a nuestro alrededor? ¿O en la más absoluta oscuridad y el más completo silencio? ¿O cómo nos sentiríamos en medio de un espacio abigarrado y ensordecedor, lleno de abundantes estímulos completamente indescifrables e imposibles de interpretar? ¿Qué haría nuestra mente, en una situación de peligro, para rellenar de información el más arrebatador vacío o el más absoluto desconcierto? ¿Cómo se enfrentaría al desespero o incluso al delirio de no encontrar, por más que se esforzase, ningún recuerdo o experiencia útil que pudiese aplicar para dar forma a una realidad sin sentido? ¿Cómo reaccionaría nuestra mente sometida al más intenso y desbordante horror vacui?
Aunque lo cierto es que, ya sea confundidos por la incapacidad de los sentidos o, muy especialmente, de las ideas, no hace falta que nos encontremos en una situación de peligro para caer en esa misma desesperación. Basta, en general, con que nos enfrentemos a un hecho angustioso que nunca antes hayamos vivido. O que nos deparemos con un suceso que, mereciendo nuestra más absoluta y obsesiva atención, no seamos capaces de comprender en modo alguno, por más que nos esforcemos en ello.
En este tipo de situaciones, incapaz de hallar una solución, nuestra mente intenta desesperadamente encontrar un camino de escape. Trata de buscar cualquier cosa que le permita de alguna forma rellenar ese espacio vacío o sin significado que nos amenaza. Y para ello no duda en utilizar cualquier información previa que le parezca mínimamente semejante o incluso simplemente aceptable con tal de poder generar una confortable ilusión de entendimiento.
En ese camino de huida, arrastrados por una vorágine de ilusión, engaño y complacencia, somos a veces capaces de llegar a límites extremos. Sin darnos cuenta, fácilmente podemos caer en las supersticiones, en las creencias, en las fantasías, en los rituales, en las mitologías o en los hechizos. Incluso, en los peores casos, en las mentiras colectivas y multitudinarias, con la obediencia ciega a las religiones y sus sacerdotes. En esa huida desesperada, cualquier cosa sirve a la mente para rellenar el vacío generado por el desconocimiento o la falta de comprensión. Y no importa si ese contenido es evidentemente falso o incluso, en ocasiones, contradictorio con todo aquello que sabemos y conocemos hasta ese momento. La única urgencia es aplacar el sobrecogedor horror al vacío que invade la mente.
Pero, como es evidente, todas estas falsedades a menudo tienen unos costes muy elevados. Con frecuencia se vuelven contra nosotros y nos perjudican, con consecuencias mucho peores que el desconcierto que, en apariencia, consiguieron solucionar. Porque aunque no entendamos cuál es exactamente la realidad que nos rodea, ésta desde luego existe y no es, desde luego, aquella que construye nuestra mente en base a cómodas falsedades. Ni estas mismas falsedades nos indican tampoco, en la mayoría de casos, el mejor camino a seguir.
Las mentiras creadas por nuestra mente pueden incluso llegar a apoderarse de nosotros. Entre otras razones porque, mientras las seguimos y las damos como válidas, nos esforzamos muy poco o incluso nada en absoluto en averiguar cuál es la verdad. Y luego, pasado el tiempo, cuando esa verdad se abre paso hasta nosotros, no la vemos llegar como una liberadora de nuestros miedos, sino, por el contrario, como una enemiga hostil que viene a derribar el entramado de mentiras que nos reconfortan. En esos momentos, por desgracia, el inevitable impulso de nuestra mente consiste en cerrar la puerta a la verdad, en quedarse atrapada voluntariamente en su agradable e ilusoria mentira.
Sin embargo, la verdad acaba siempre por imponerse y las falsedades en algún momento terminan por derrumbarse y quedar atrás. Vemos esto, por ejemplo, al analizar la historia del conocimiento humano. Nuestra comprensión del mundo ha ido aumentando con el tiempo y, en consecuencia, todas nuestras cómodas creencias y supersticiones del pasado han ido cayendo, desapareciendo una tras otra, para quedar definitivamente enterradas en el olvido. Muchos de los enormes e insondables espacios vacíos que antes nos angustiaban se nos muestran ahora llenos de conocimiento, rebosantes de un contenido veraz y comprensible que deja poco lugar al engaño y la falsedad.
No obstante, también es cierto que a medida que nuestro conocimiento del mundo aumenta también crecen sus fronteras y, por tanto, cada vez nos encontramos ante nuevas y mayores extensiones de territorio desconocido, de vacío absoluto. Cada vez somos más conscientes, por ejemplo, de la infinitud del universo, de la inmensidad de astros, estrellas y galaxias, cuyas dimensiones y edad exceden con creces cualquier escala puramente humana. Y nuestro asombro y desesperación se hacen cada vez mayores al intuir que, atrapados en nuestra insignificancia, nunca podremos llegar a dar respuesta a la mayoría de cuestiones que nos plantean.
Así, ante una naturaleza que se nos revela cada vez más en toda su desbordante y absoluta inmensidad, ante un universo que sabemos que supera y superará siempre nuestro poder de entendimiento, somos conscientes de que nuestro horror al vacío adquirirá, sin remedio, unas dimensiones descomunales e infinitas. Por mucho que avancemos en el conocimiento, la inmensidad de la naturaleza siempre sacudirá nuestra insignificante mente con un vértigo y un vacío inconmensurables.
Sabemos, por tanto, que una y otra vez nuestra mente intentará llenar ese inmenso vacío con una falsedad cualquiera, con una creencia irracional e indemostrable, con una superstición absurda y más o menos ingeniosa. Y sabemos que con ello obtendremos seguramente una agradable y placentera sensación de paz y sosiego. No obstante, también somos conscientes de que la mentira, a pesar de calmar nuestra mente, no nos hará ni más sabios, ni más libres, ni mejores. Y que fácilmente podrá apoderarse de nosotros o incluso corromper las verdades que ya conocemos y que nos ayudan a enfrentar la realidad. Nuestra única opción, por tanto, nuestra única oportunidad, en último término, de supervivencia, consistirá en resistirnos a esa inevitable tendencia, en huir siempre de cualquier engañosa y reconfortante falsedad.
La única solución que tenemos será aceptar el horror al vacío, convivir con él, mantener la paz de nuestra mente incluso en medio del más insoportable espacio en blanco o de la más aterradora confusión. En cierto modo, nuestra actitud debería imitar la de aquellos exploradores, avezados, temerarios o simplemente dementes, que se enfrentan por propia voluntad a los límites más extremos del mundo físico. Deberíamos adoptar la misma actitud de quienes, por ejemplo, se sumergen en las profundidades del océano para observar su negro y frío lecho, de quienes penosamente atraviesan a pie las blancas y gélidas regiones polares, de quienes sobrevuelan las mayores alturas en una pequeña y frágil aeronave o de quienes, sometiendo tenazmente su voluntad, atraviesan con determinación el más abrasador, mortífero y cegador desierto.
Quienes resisten estas terribles pruebas aprenden, por fuerza, a vencer y superar el horror al vacío. Atrapados en la más absoluta inmensidad, consiguen seguir siempre adelante sin caer nunca en la desesperación, sin ceder en ningún momento a la tentación de substituir el aterrador vacío que les rodea por el falso consuelo de unos caminos imaginarios que no existen y que, al final, les llevarían directamente a la perdición y la muerte. Del mismo modo, nuestra mente debería aprender a no dejarse perturbar por el horror. Debería fluir siempre serena, tal como el agua de una vieja, acogedora y plácida fuente…
Como todos los días, amanece en el cielo de la Alhambra. En su eterno y tranquilo patio, los leones, que hasta ese momento dormían sosegadamente, van abriendo lentamente sus ojos para enfrentarse a unas paredes dominadas aún por el peso de la oscuridad y las sombras. Poco después, con un débil y silencioso suspiro, alzan su mirada hacia arriba, hacia el nuevo y resplandeciente firmamento. En el creciente azul del cielo sus tranquilos ojos distinguen, sin ningún esfuerzo, la más inmensa e infinita dimensión del vacío. Y ese desmedido vacío les parece que únicamente hace con que las complejas y desbordantes decoraciones que llenan las paredes del patio resulten, si cabe, más bellas y agradables, más cálidas, delicadas y susurrantes, más ligeras y volátiles. Es en ese preciso instante cuando los leones cierran de nuevo los ojos y escuchan atentamente cómo el agua sigue fluyendo, lenta y pausadamente, a través de la vieja fuente, desafiando la infinitud del tiempo y el paso indolente de todos los siglos precedentes y venideros. Y lo que los viejos leones sienten entonces, aquello que alienta su sobrio y comedido espíritu, no es en modo alguno el horror, sino simplemente el suave e imperecedero murmullo del agua y la cálida paz de la piedra antigua.
11/2/23
Derechos ganados y derechos otorgados
En el ámbito jurídico es bastante frecuente oír hablar de los derechos y las obligaciones que todo ciudadano tiene ante la ley. O también de que todos los ciudadanos, tal como los colectivos que forman, son sujetos de derecho, pues a ellos les son aplicables las leyes vigentes. Sin embargo, todo este variado conjunto de términos jurídicos, sin una correspondencia directa con el lenguaje común, acaba generando a menudo un considerable grado de confusión. Es por ello que, para comprender estos conceptos e intentar evitar equívocos, es conveniente, en primer lugar, identificar los elementos básicos que participan en todo proceso jurídico y entender cómo se organizan entre sí.
Como en cualquier otro tipo de acción, también en una acción de naturaleza jurídica pueden distinguirse cuatro elementos básicos: un sujeto que actúa, un destinatario que recibe la acción, un ámbito en que dicha acción tiene lugar y una razón o causa que justifica la existencia de dicha acción. En otras palabras, en cualquier acción, derecho u obligación de tipo jurídico podemos identificar: quién la aplica, sobre quién se aplica, dónde y cuándo se aplica y por qué se aplica.
Y estos cuatro elementos deberemos tenerlos aún más claros, si cabe, en aquellos casos en que la acción jurídica se extienda o pueda extenderse más allá de los límites estrictos de la sociedad o de las propias personas. Así, considerando precisamente estos casos extremos, moviéndonos por tanto dentro de una perspectiva lo más general posible, podríamos caracterizar de la siguiente manera cada uno de estos elementos.
1) Podemos empezar, por ejemplo, por considerar el ámbito de la acción, es decir, dónde y cuándo se aplican las leyes. Ante todo, debemos tener claro que cualquier legislación existente es, lógicamente, obra del ser humano. Está hecha por y para el hombre y carece de sentido más allá de su propio ámbito. Por tanto, son necesariamente las sociedades humanas, cada una en particular, el lugar en donde se aplican las leyes y en el momento en que ellas así lo determinen.
Sin embargo, tal como la acción del hombre tiene influencia en el mundo que le rodea, también las leyes que él utiliza participan, en la misma medida, de esa misma influencia y repercusión. Por tanto, si bien las leyes se refieren al propio hombre y a sus sociedades, acaban también por afectar a todos los ámbitos ajenos a él con los que necesaria, regular u ocasionalmente se relaciona. En realidad, como es fácil comprobar, las leyes no se limitan a regular las relaciones existentes dentro de la sociedad, sino que también se extienden a regular las relaciones de la sociedad con otras sociedades y, especialmente, con su entorno más inmediato.
2) Podemos pensar, a continuación, en el sujeto de la acción, en quién aplica las leyes. Si analizamos quién es el actor o elemento activo de una acción jurídica, resulta bastante obvio que ese actor únicamente puede ser el hombre, más concretamente, el ciudadano. Sin embargo, debemos tener claro que en una determinada acción jurídica no todos los ciudadanos actúan, pueden actuar o deben actuar en la misma medida. No todos se ven obligados a seguir, aplicar o cumplir las leyes de igual modo, en todo momento y circunstancia.
En realidad, en términos generales, sólo son actores o sujetos activos plenos aquellos ciudadanos adultos que viven dentro del área de jurisdicción de las leyes, siendo ellos los únicos que tienen el deber y la obligación de seguir, aplicar o cumplir, en todo momento y circunstancia, la totalidad de las normas jurídicas. Por el contrario, quienes, por ejemplo, sean menores de edad, sean ancianos o padezcan una enfermedad grave normalmente están eximidos de seguirlas, ya sea parcial o totalmente, por lo que, en función de sus capacidades, son sólo actores o sujetos activos parciales. Por su parte, los extranjeros sin ciudadanía o los simples viajeros tampoco están obligados a seguir todas las normas, aunque se les suele exigir que cumplan las principales, siendo actores incompletos u ocasionales.
3) Resulta importante analizar, a continuación, quiénes son los destinatarios de la acción, a quién se dirige el efecto de las leyes, es decir, quién es el objeto pasivo o beneficiario de ellas. También aquí, no cabe duda de que los principales beneficiarios, aunque no los únicos, son los propios ciudadanos, los propios actores, ya sean plenos, parciales u ocasionales, de esas mismas leyes.
Considerando esto último, resulta fácil concluir que a los ciudadanos adultos sí que se les aplica el conocido binomio que asocia derechos y obligaciones. Reciben y se benefician de los derechos en la misma medida en que también actúan y cumplen plenamente con sus obligaciones, pues ambas condiciones se les aplican en su totalidad. En cambio, los menores de edad, los ancianos o los enfermos reciben, en términos generales, idénticos derechos a pesar de no desempeñar plenamente o en absoluto las mismas obligaciones. Y los extranjeros, por su parte, suelen recibir sólo ciertos derechos, casi siempre en función de las obligaciones que se les exige o que desempeñan.
No obstante, en las sociedades modernas existe un determinado tipo de leyes que siempre otorga derechos sin importar el cumplimiento o no de posibles obligaciones. Dichas leyes constituyen lo que, en su conjunto, se denomina como derecho natural y dentro del cual, como ejemplo destacado, podemos citar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, una legislación de ámbito internacional compartida por gran parte de los países del mundo. El derecho natural, por tanto, otorga unos derechos básicos y universales a toda persona al margen de su ciudadanía, del país del que proceda, de la jurisdicción en que se encuentre o de cualquier otro tipo de característica, condición o circunstancia. Puede decirse que toda persona es beneficiaria de este tipo de leyes sólo por el hecho de vivir en este mundo.
Pero el derecho natural no es, ni mucho menos, el único tipo de leyes en que se establece una completa disociación entre derechos y obligaciones. Y esto es así, simplemente, porque el objeto o beneficiario de las leyes no tiene en realidad por qué ser humano. Puede ser, por ejemplo, un cierto tipo de animal, de quien nunca se esperará, lógicamente, que pueda ser al mismo tiempo un actor jurídico. Así, en efecto, existen muchos países en la actualidad que otorgan protección o derechos a ciertos animales domésticos, integrados en las sociedades humanas, o también a animales silvestres, protegiendo, por ejemplo, una determinada especie amenazada o en peligro de desaparición. Y lo mismo sucede, según otras leyes, con algunas especies de plantas o con otros tipos de seres vivos. O incluso con determinados ecosistemas, que se entiende que se deben conservar y a los que se otorga igualmente protección o derechos mediante las leyes.
Aunque, en realidad, el beneficiario de las leyes ni siquiera tiene por qué ser una entidad viviente. Existen numerosas leyes que otorgan protección a paisajes, a lugares geográficos, a monumentos, a obras de arte, al patrimonio arquitectónico o a cualquier objeto material que se considere que tiene un especial valor. Y no sólo a objetos materiales, sino también a ideas, a conceptos, a saberes, a memorias o a tradiciones. Es decir, tanto los seres humanos como los animales, los seres vivos, los lugares, los objetos o determinados conceptos inmateriales pueden ser, todos ellos, beneficiarios de las leyes.
En relación a los términos utilizados, conviene aclarar que en estas leyes sólo en ciertos casos se habla de derechos. Así, cuando el objeto de las leyes son personas, suele hablarse de derechos. En cambio, en el caso de los animales, en ocasiones se habla de derechos y en otras no. Y cuando se trata de otro tipo de ser vivo o bien de un objeto material o inmaterial no se habla de derechos, sino simplemente de leyes de protección o de conservación. Por tanto, las leyes suelen ser de derechos para el hombre, de derechos o bien de protección para los animales y de protección o conservación para todos los demás beneficiarios. Si bien que, de forma excepcional, también se habla hoy en día de derechos refiriéndose al conjunto del medio natural, es decir, de derechos de la naturaleza.
En consecuencia, el beneficio que recibe quien es objeto pasivo de las leyes tanto puede ser denominado derecho como puede ser denominado de otras formas, en general dependiendo de las características culturalmente atribuidas a su destinatario. Pero no por ello deja de tratarse siempre, en todos los casos, del mismo concepto.
4) Finalmente, podemos preguntarnos acerca de la razón de la acción, de por qué se aplican las leyes. Debemos entender que en todos los casos, ya se trate de leyes de derechos o de conservación, ya se trate de leyes particulares o universales, todas las leyes existen por decisión humana y para provecho humano. Es el ser humano y sus sociedades las que entienden que dar derechos y proteger con sus leyes a sus propios ciudadanos, a cualquier ser humano, a otros seres vivos, a la naturaleza o a simples objetos inanimados redunda en su propio beneficio, ya sea a corto, medio o largo plazo. Por tanto, es siempre la ética del ser humano y, más concretamente, la ética de sus sociedades la que determina la acción y la existencia de las leyes.
Podemos resumir todo lo anteriormente expuesto diciendo que las leyes son normas de conducta aplicadas y seguidas por un sujeto que es el propio hombre, en especial los ciudadanos adultos. Tienen un beneficiario que en general es el propio ser humano, pero que puede ser igualmente cualquier tipo de ser vivo o cualquier entidad material o inmaterial relacionada con él. Siendo normas de conducta humana, la razón última de las leyes se basa y fundamenta en la ética. Y por último, aunque están hechas por y para el hombre, las leyes inevitablemente afectan a su entorno y a todos los ámbitos con los que él se relaciona.
Para intentar ejemplificar quizás algunos de estos conceptos, podemos imaginar, por un momento, una flor de extraordinaria belleza que crezca únicamente en la cumbre de la montaña más alta, remota e inaccesible. Dicha flor no conoce al hombre ni mucho menos conoce sus leyes, no necesita ni ha necesitado nunca cualquier tipo de legislación para poder sobrevivir, no tiene obligaciones con el ser humano, no forma parte de su mundo y, desde luego, no decide ni quiere decidir la forma en que él debe comportarse. Sin embargo, a pesar de ello, dicha flor puede estar protegida por una ley que le otorgue derechos, tal como pueden estarlo quizás otras plantas que, como ella, crezcan en la cumbre de esa montaña. La flor, sin saberlo, imaginarlo o mucho menos desearlo, puede ser beneficiaria de una ley que la proteja y que, por tanto, regule estrictamente cualquier acción humana relacionada con ella.
Y esto será así, esta ley existirá, si el hombre considera en ese momento que es importante cuidar y proteger esa flor. Si cree, en definitiva, que necesita la flor, tal como necesita toda la naturaleza, para poder sobrevivir en este mundo. O bien, simplemente, porque está convencido de que necesita esa flor para poder vivir de una forma mucho más plena, saludable y feliz.
Así, aunque la ley proteja la flor, en última instancia a quien protege en realidad es al propio ser humano. Otorga derechos a la flor pero siempre en beneficio del hombre, quien en ese momento piensa que no puede o no quiere vivir sin ella. Porque, en definitiva, toda ley que protege a otros seres, ya sean humanos o no, ya sean ciudadanos o extranjeros, ya sean amigos o enemigos, no es más que una forma sabia e inteligente que tienen el hombre y el conjunto de los ciudadanos de protegerse a sí mismos. Y esta es, sin duda, la razón última y principal de todas las leyes.
20/1/23
Derechos naturales e imprescriptibles
El juego de palma o juego de pelota era un deporte tremendamente popular en los tiempos de la antigua Francia. Dicho juego, que consistía básicamente en golpear una pelota con la mano o con una raqueta para lanzarla al campo contrario pasando por encima de una red, gozó durante mucho tiempo de una enorme y entusiasta afición en este país. No obstante, a partir del siglo XVII su popularidad comenzó lentamente a declinar y, tiempo después, acabó finalmente por desaparecer, aunque no sin antes dar lugar a una variedad de otros juegos, algunos de ellos también bastante populares en la actualidad, como el moderno juego del tenis.
Parece bastante difícil imaginar que pueda existir alguna relación, por mínima que sea, entre el antiguo juego de pelota y una moderna conquista política y social como es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, sus caminos se cruzaron, de forma sorprendente e inesperada, en un determinado momento de nuestra historia. Más concretamente, en los inicios de la Revolución Francesa, con la celebración de una turbulenta reunión política.
Sucedió precisamente el 20 de junio de 1789, cuando los diputados franceses que participaban en los Estados Generales decidieron reunirse en una improvisada asamblea con el fin de comprometerse públicamente en la redacción de una Constitución para el país. Debido a una serie de circunstancias, dicha asamblea acabó por celebrarse en un modesto y humilde recinto deportivo situado en Versalles. Y este recinto era, en efecto, la Sala del Juego de Pelota. La vieja sala dedicada a la práctica de este juego fue la única que en aquellos momentos ofreció su espacio y sus puertas abiertas a los fervorosos revolucionarios. Y precisamente debido a ello, el compromiso allí alcanzado pasó a ser conocido como el Juramento del Juego de Pelota.
Poco después, fieles a este juramento, los diputados franceses se reunieron en una Asamblea Constituyente. Y, antes de iniciar su magna labor, decidieron redactar una declaración política que estuviese a la altura de aquel importante momento y que recogiese en esencia el espíritu y los anhelos revolucionarios de los ciudadanos. Se trataba, en definitiva, de redactar un preámbulo a la Constitución que enumerase detalladamente todos aquellos derechos que, a partir de entonces, debían ser considerados como “derechos naturales e imprescriptibles” de toda persona. Y este texto, tras ser discutido y aprobado en la Asamblea, recibió el nombre de Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Esta declaración, incluida luego en la Constitución de 1791, ya desde sus inicios gozó de una gran popularidad y rápidamente comenzó a ganar un destacado protagonismo por sí misma. Por ello, los valores que en ella se defendían pasaron a ser, a partir de entonces, una referencia destacada en todas las luchas por la libertad y la justicia que tuvieron lugar a lo largo de las décadas siguientes.
Ya algo más tarde, en pleno siglo XX, dicha declaración acabaría también por inspirar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 1948. Este nuevo texto, de carácter y ámbito mundial, ha gozado igualmente de un enorme prestigio desde sus inicios, un prestigio que no ha dejado de crecer hasta los días de hoy. Tanto es así que en la actualidad se considera, de forma consensual, como una norma legal cuyos valores esenciales deben estar obligatoriamente incluidos en las constituciones y en la legislación de todos los países del mundo.
Este importante paradigma que defiende la existencia de unas leyes de carácter universal, con rango superior a las leyes vigentes en cualquier país o lugar del mundo, no es en realidad nada nuevo. Es muy anterior a la Revolución Francesa, remontándose a los tiempos de la antigüedad clásica. El propio Aristóteles defendía ya, sobre este tema, la existencia de una justicia natural, es decir, de un ideal de justicia de carácter universal compartido por todos los pueblos y países del mundo y superior a cualquier tipo de leyes vigentes. Y es que, en definitiva, siempre ha sido fácil comprender, en cualquier época, que las leyes existentes en un determinado tiempo y lugar tanto pueden ser justas como injustas, tanto pueden estar próximas como alejadas del más elemental ideal de bondad, equidad o justicia.
Como es lógico, la percepción de la justicia o injusticia de las leyes dependerá del grado de desigualdad que éstas generen o de la capacidad de juicio de quien las analice. Una ley infame fácilmente se revelará como injusta para el común de los ciudadanos, mientras que otras más engañosas únicamente se revelarán como tales para aquellas personas más sabias o instruidas. Aunque todas ellas revelarán su verdadero carácter bajo el detallado análisis y el juicio crítico de la ciencia filosófica. Es por ello que, también ya desde tiempos antiguos, se considera que los filósofos de cualquier país o lugar son capaces de revelar el auténtico carácter de las leyes, pues todos ellos, en base al común uso de la razón, acaban por tener y compartir, en la práctica, un mismo o similar ideal de justicia.
Es precisamente la aproximación a este ideal común de justicia, estudiado desde siempre por la filosofía, el que nos permite en la actualidad elaborar y enunciar unas normas legales básicas de carácter universal que, en su conjunto, configuran el moderno concepto de derecho natural. Básicamente, como derecho natural se entiende un conjunto de normas, de rango superior a cualquier otra ley existente, en las que se recogen una serie de valores básicos que en todo momento deben amparar a las personas de cualquier lugar del mundo, sin importar su situación personal o las condiciones jurídicas concretas a que puedan estar sujetas. La citada Declaración Universal de los Derechos Humanos podría considerarse, por tanto, como una de las principales concreciones de este derecho natural.
Siendo así, se considera que si la legislación de un determinado país contradice el derecho natural, dicha legislación carece de autoridad y no puede ser considerada válida. Y mucho menos aún puede ser impuesta por la fuerza a la población. Es más, ante una situación semejante, la imperiosa obligación de cualquier ciudadano deberá ser desobedecer y rebelarse con firmeza contra dichas leyes.
Como se hace evidente a partir de esta última afirmación, resulta de la máxima importancia determinar entonces, con la mayor claridad y exactitud posible, en qué consiste el derecho natural y cuáles son los derechos universales que posee toda persona. Pues sólo así podrá decidirse, en consecuencia, qué legislación es válida y cuál no lo es. Y sólo así podrá también decidirse, en definitiva, qué legislación debe ser seguida y respetada y cuál, por el contrario, debe ser necesariamente desobedecida. Pero ¿será posible determinar con la suficiente claridad, objetividad y coherencia unos principios que, bajo esta perspectiva, poseen una tan fundamental importancia?
En cierto modo, cuando se habla de derecho natural, es decir, de un derecho que aparentemente proviene de la propia naturaleza, parece que se quiere dar a entender que este derecho es anterior y preexistente al propio ser humano. Y también, en consecuencia, que este derecho es único e invariable a lo largo de todos los tiempos.
Esta interpretación, no carente de lógica, parece no obstante bastante difícil de defender en la práctica. Si el derecho natural tiene un carácter preexistente, si se trata de una norma social precedente a la propia sociedad, será en definitiva poco menos que indemostrable a partir de ella. Y si además tiene un carácter único e inmutable, será por tanto una norma de carácter axiomático, lo que dificultará enormemente cualquier posible discusión sobre su contenido. Por otra parte, mirando nuestra historia, parece bastante claro que el derecho natural defendido durante la Revolución Francesa no es el mismo derecho natural que defiende la declaración de las Naciones Unidas, ni tampoco el mismo derecho natural que nosotros entendemos que debe defenderse en la actualidad.
Así, aunque sea sólo en términos prácticos, parece razonable aceptar que el derecho natural está formado por una serie de principios que cambian a lo largo del tiempo y de las épocas. Es decir, que el derecho natural no es único, no es invariable y tampoco es preexistente a su propia formulación.
Por tanto, la discusión que debe abordarse sobre esta materia no es aquella que tenga por objetivo identificar unos derechos naturales de carácter eterno e inmutable, sino aquella que se esfuerce por formular unos derechos naturales acordes con el desarrollo del pensamiento de la época y, desde luego, acordes también con el avance de la ciencia filosófica.
En resumen, podemos decir que corresponde a los ciudadanos, a la sociedad y a los filósofos de cada época enunciar, en cada momento, un determinado derecho natural. Y tanto por el deseable desarrollo histórico y social como también por el inevitable avance de la filosofía, parece lógico pensar que a lo largo del tiempo dichas normas deberán ir aumentando tanto en número como en contenido, calidad y exigencia.
Muchas de esas nuevas normas que acaban por incorporarse al derecho natural podemos verlas surgir o manifestarse con mayor claridad en el momento álgido de los ciclos históricos más progresistas, como sucedió, por ejemplo, durante la Revolución Francesa. Es en esos momentos, a menudo convulsos, cuando aparecen nuevos valores acerca de la justicia que con el tiempo acabarán por convertirse en materia de consenso social, correspondiendo a la filosofía alentar y acompañar estas ideas para proporcionarles una forma coherente y duradera.
Queda claro, por tanto, que ya sea participando en el progreso social o en el desarrollo de la filosofía está siempre en nuestra mano elevar el nivel de las normas consideradas como derechos naturales del ser humano. Está siempre en nuestra mano dar un paso más para acabar definitivamente con cualquier tipo de esclavitud, con los estamentos y las clases sociales, con las desigualdades, con la riqueza y con la miseria, con las guerras, con la destrucción de nuestro entorno y de nuestra salud o con la negación de nuestra inteligencia y de nuestra memoria. Acabar, en definitiva, con cualquier tipo de indignidad existente en nuestro mundo.
Practiquemos o no el juego de pelota, estemos o no reunidos en un humilde pabellón deportivo, hierva o no en nuestra sangre el espíritu ilustrado y revolucionario de antaño, lo cierto es que todos deberíamos comprometernos en un nuevo juramento colectivo. Todos deberíamos unirnos para formular y defender la creación de nuevos y más elevados derechos. Unos derechos que lleguen a poseer un alcance universal e imperecedero y que sean considerados, desde ese momento y ya para siempre, como derechos naturales e imprescriptibles de todo ser humano.
30/6/21
Un juego cuyo premio es siempre perder
Imaginemos un juego tremendamente divertido. Imaginemos que lanzamos una moneda al aire y la dejamos caer al suelo. Si sale cara, nuestro adversario gana. Y si sale cruz, por el contrario, nosotros no ganamos, sino que el juego se repite y vuelve a lanzarse la moneda al aire. Ciertamente no parece un juego muy justo o equitativo. En realidad, nuestro adversario siempre acaba por ganar, ya sea en el primer lanzamiento o en cualquiera de los siguientes. Y nosotros, en consecuencia, siempre perdemos.
Imaginemos ahora una variante de este mismo juego, pero aún más divertida. Una única persona juega contra un numeroso grupo de personas del cual nosotros formamos parte. Las reglas son las mismas. Si sale cara esa persona gana y si sale cruz nuestro grupo no gana, sino que se repite nuevamente el lanzamiento. No hay duda de que se trata de un juego aún más injusto que el anterior, pues a lo absurdo de las reglas se le añade ahora la enorme desproporción existente entre la única persona que siempre gana y el conjunto de personas que siempre perdemos.
Pero intentemos que el juego sea todavía más divertido. Imaginemos ahora que en el lanzamiento nos apostamos nuestra salud o, llegado el momento, incluso nuestra propia vida. Si sale cara nuestro oponente gana y, por tanto, todos los del grupo perdemos la salud o la vida. Y si sale cruz no ganamos nada, sino que simplemente se lanza de nuevo la moneda al aire. Parece algo diabólico, ¿verdad? ¿Quién querría participar por propia voluntad en un juego tan absurdo y claramente suicida?
Imaginemos, sin embargo, que no jugamos voluntariamente, sino que nos obligan por la fuerza a jugar y a formar parte del grupo que siempre pierde. Para cualquier persona resultará evidente que ya no se trata de un juego sino, en todo caso, de un atentado contra nuestra libertad y nuestra salud, de un tremendo abuso de poder, de una acción de naturaleza criminal necesariamente perseguida y condenada por las leyes.
Sin embargo, si pensamos así estaremos completamente equivocados. En realidad, este juego cruel y despiadado es perfectamente legal. Y no sólo eso, sino que estamos sometidos a él todos los días, sin excepción. Todos los días, sin nosotros saberlo o desearlo, una moneda invisible gira continuamente en el aire sobre nuestras cabezas, una moneda con la que nos jugamos de forma permanente la salud y la vida. Y claro, evidentemente, siempre acabamos por perder.
Pero ¿cómo es esto posible? Pues bien, en realidad es muy fácil. Se trata de un juego que está a la vista de todos. Todos sabemos desde hace tiempo que determinados compuestos químicos artificiales llenan nuestro ambiente, nuestros campos, nuestros alimentos y también, de forma inevitable, nuestro propio cuerpo. Están por todas partes, cada vez en mayor número y en mayor concentración. Son centenares de productos con multitud de nombres extraños, como dioxinas, furanos, DDT, bisfenoles, PCB o ftalatos. Sabemos ahora, por ejemplo, que uno de ellos, el glifosato, un veneno utilizado como herbicida, se encuentra presente en la sangre del 80% de las personas de algunos países europeos. Siendo así, ¿cuál es el efecto que produce tener en nuestro cuerpo éste y todos los otros compuestos químicos antes mencionados? Pues bien, saberlo es, en realidad, lo que convierte a todo esto en un juego.
Por un lado, los científicos nos alertan continuamente de que muchos de estos compuestos son nocivos para la salud, a veces incluso cancerígenos, y que probablemente lleguen en ocasiones a costarnos incluso la vida. Por el otro lado, las grandes empresas que los producen, con el valioso respaldo de sus científicos a sueldo, contradicen todo lo anterior diciendo que en realidad no se ha conseguido nunca demostrar dicho efecto. Algo que aparentemente debería tranquilizarnos.
El juego, por tanto, está claro en todas sus reglas. Se lanza la moneda al aire. Si sale cara, si estos productos químicos son realmente peligrosos, las grandes empresas ganan. Ganan o habrán ganado dinero produciéndolos, incluso en el caso de que estos productos lleguen luego finalmente a prohibirse. Y nosotros inevitablemente perdemos. Más concretamente, la salud o la vida. Por el contrario, si sale cruz, si los compuestos al final no son peligrosos y no afectan a nuestra salud, nosotros no ganamos absolutamente nada con ello. Simplemente vemos cómo la moneda vuelve a lanzarse nuevamente al aire.
Vuelve a lanzarse y en cada lanzamiento nos vemos expuestos a nuevos compuestos o a una concentración mayor de los ya existentes, pues siendo aparentemente inocuos podrán producirse y utilizarse en mayor cantidad. Y mientras tanto lo único que podemos hacer es asistir, una y otra vez, al lanzamiento de estas o de nuevas monedas, esperando a que en cualquier momento salga finalmente cara, es decir, a caer definitivamente enfermos o muertos.
La pregunta se hace evidente: ¿por qué dejamos que nos sometan a este absurdo y criminal juego en el cual unos pocos ganan y todos los demás, no ganando nunca nada, arriesgamos incluso nuestra propia vida?
En primer lugar lo hacemos, desde luego, por nuestro desconocimiento e ignorancia. No sabemos, ni de lejos, qué tipo de compuestos están ya en el ambiente o en nuestro cuerpo, ni en qué cantidades, ni en qué concentraciones, ni qué tipo de riesgos implican, ni cómo nos afectan. Es decir, en gran medida ni siquiera sabemos que estamos participando en este diabólico juego.
Pero también lo hacemos porque nos lo ocultan. Quienes producen estos compuestos y deberían conocer sus efectos y el riesgo a que nos están sometiendo nunca nos informan de nada. Pero claro, ¿por qué irían a hacerlo? ¿Por qué irían a renunciar voluntariamente a un juego en el que siempre ganan? ¿Por qué irían a renunciar a su enorme y provechoso negocio? ¿Por escrúpulos de conciencia? Todos sabemos, por ejemplo, que en las grandes empresas todo es fruto de una larga cadena de decisiones. Cada agente toma una pequeña decisión, pero ninguno toma la decisión por entero. Nadie es, por tanto, realmente responsable de las consecuencias finales. Nadie se siente culpable ni puede sentir ningún tipo de remordimientos.
Aunque también jugamos, contra toda lógica, porque nos lo ocultan nuestras propias autoridades sanitarias, aquellas que precisamente tienen la obligación de vigilar, controlar y, sobre todo, prohibir todo aquello que afecta negativamente a la salud pública. Son ellas las que deberían defendernos y evitar que seamos sometidos a este criminal juego. Pero, por desgracia, en la actualidad dichas autoridades están casi siempre en manos del poder económico y de quienes lo manejan. Incluso no es raro ver determinados funcionarios trabajando alternadamente para las empresas que producen los compuestos y para los organismos públicos que los deberían controlar.
Sin embargo, también participamos en este juego porque nos engañan. Nos mienten sobre el verdadero significado de la ciencia y sobre algo tan importante como es el principio de precaución. Para empezar, intentan hacernos creer que los estudios pagados por las grandes empresas, muchas veces auténticos ejercicios de anticiencia, sólo por el hecho de ser realizados en laboratorios con máquinas muy caras y sofisticadas arrojan necesariamente verdades científicas incuestionables. Por el contrario, si un científico independiente y con menos dinero prueba otra cosa, rápidamente se le desautoriza, se le ataca o incluso se le hace perder su empleo. Como es evidente, nada de esto tiene que ver con la ciencia.
Por otra parte, el principio de precaución determina que para que un compuesto pueda ser comercializado primero debe demostrar de forma positiva que no tiene ningún efecto sobre la salud. Y tampoco podrá seguir produciéndose si posteriormente surge alguna duda, por mínima que sea, en relación a sus posibles efectos. No obstante, en la actualidad este principio se incumple por completo. A las empresas no se las obliga a presentar estudios que demuestren que los compuestos no afectan a la salud. Únicamente se las obliga a presentar estudios que afirmen que no han hallado ninguna relación. Es decir, no se las obliga a demostrar la inexistencia de esa relación, sino simplemente a decir que no la han encontrado, o bien que no han querido encontrarla.
Y peor aún, si un estudio independiente levanta luego dudas sobre un determinado compuesto, las autoridades, en vez de poner en cuarentena el producto, lo que hacen es poner en cuarentena ese estudio y esas dudas. Es decir, se pone en cuarentena el propio principio de precaución y la propia ciencia.
No, en realidad todo esto no es ningún juego. No deberíamos resignarnos por más tiempo a ser las víctimas silenciosas, las involuntarias cobayas del lucrativo negocio de unos pocos. No deberíamos dejar por más tiempo que nos mantengan en la ignorancia, que nos oculten la información, que nos desprotejan o que nos engañen. No deberíamos permitir que jueguen con nosotros y con nuestra vida. Y sobre todo, no deberíamos olvidar que tenemos todo el derecho del mundo a nuestra salud, a la salud de todos, a una salud universal que siempre, sin excepción, en todo momento debe ganar.
10/1/21
Viaje a la isla de los tontos, los ciegos y los torpes
Envuelta en la más misteriosa leyenda, oculta su memoria en el silencio y la bruma de los tiempos, murmurado su nombre apenas al calor de las más secretas conversaciones entre viejos y tullidos marineros, se narra en ocasiones, entre temerosos, furtivos y entrecortados susurros, la terrible historia de una isla que, sacudida por la feroz y despiadada fuerza de la naturaleza, acabó partida en dos.
Todo ocurrió en apenas una única, fatídica y estremecedora noche. Tras varios días seguidos en los cuales fue posible palpar en el aire una indescriptible e inquietante calma, de repente, en medio de la noche, un torbellino de fuego, de furia y de terror pareció agitarse en el interior mismo de las entrañas de la tierra. Y luego, casi de inmediato, un violento y devastador terremoto sacudió con fuerza cruel y desmedida hasta los más hondos y antiguos cimientos de la isla. En cuestión de pocos minutos el tremendo y ensordecedor temblor derribó las más altas, sólidas e imponentes montañas, arrasó al instante valles, planicies y llanuras y sembró por doquier el caos y la destrucción, todo ello en medio de la más demencial y despiadada pesadilla.
A la mañana siguiente, levantada ya la niebla, las cenizas y la desesperación de la noche anterior, la primitiva isla, tal como era conocida hasta entonces, había desaparecido por completo. Y en su lugar, allí donde se situaban otrora sus dos extremos más alejados, aparecían ahora dos nuevas islas de pequeño tamaño, esculpidas con abruptos y atormentados perfiles. Separándolas, el océano se abría entre ellas, con inusitada fuerza y bravura, a través de un ancho e impetuoso canal.
Cuentan los marineros que aquella infortunada isla se hallaba situada justo en mitad del océano, en medio de todos los vientos y de las mareas, a semanas de navegación de cualquier otra tierra firme conocida. Y según se dice, estaba habitada desde muy antiguo por unos seres fantásticos, con aspecto mitad hombre, mitad avestruz, aunque en verdad no es posible encontrar nunca dos relatos que describan a sus habitantes del mismo e igual modo. No obstante, casi todas las historias coinciden en afirmar que aquellos extraños seres habían conseguido desarrollar una civilización muy avanzada, en todo superior a las existentes en cualquier otro país o continente conocido en aquella época.
Debido quizás a su media parte de avestruz, o bien a otro motivo cualquiera, aquellos seres se dividían en dos formas bien características, siendo que esta división afectaba por igual tanto a hombres como a mujeres. Por un lado, estaban los individuos de aspecto más grácil, recubiertos de un denso y hermoso plumaje, caracterizados por ser todos ellos, sin excepción, enormemente cultos, bellos, refinados e inteligentes. Y por otro, estaban los individuos de aspecto más atolondrado, con el cuerpo casi lampiño, todos ellos de muy escasa y ruda inteligencia, fea y desagradable apariencia, formas mal proporcionadas, movimientos lentos y torpes, casi nula visión y muy escaso oído. Sin embargo, a pesar de estas notables diferencias, demostrando con ello el alto grado de civilización alcanzado, ambos tipos de seres convivían en la isla de forma fraternal, siempre en la mayor de las armonías.
Sucedió no obstante que, justo en la noche del terrible y devastador terremoto, ambos tipos de individuos se encontraban precisamente en los extremos más distantes de la isla. Todos los seres emplumados e inteligentes se encontraban en un extremo, asistiendo a un espectáculo poético y musical de gran refinamiento artístico. Y simultáneamente, todos los seres lampiños y tontos se encontraban en el extremo opuesto, asistiendo a una estúpida carrera de caracoles, espectáculo por el cual parecían mostrar un incomprensible y fervoroso entusiasmo. Ocurrió así que, como consecuencia del violento cataclismo, unos quedaron atrapados en una de las nuevas islas y los otros en la otra. Y sin tener la más mínima posibilidad de poder volver nuevamente a reunirse, pues las furiosas corrientes oceánicas que separaban ambas islas imposibilitaban cualquier viaje entre ellas.
Pasaron así los siglos, lenta y pausadamente, sin que nadie volviese a saber nada de las islas ni de sus infelices y desdichados habitantes. No obstante, trascurrido ese tiempo, se cuenta que un moderno navío de perfiles poderosos y audaces, tras ser arrastrado despiadadamente durante semanas por una tormenta de fuerza y crueldad nunca antes conocidas, acabó por llegar, de forma casual, hasta las aguas circundantes a las islas. Y no sin muchos y denodados esfuerzos, consiguió fondear primero en una isla y, días más tarde, en la otra.
Los marineros de aquel intrépido navío, muchos de ellos conocedores de la antigua y misteriosa leyenda, esperaban encontrar en la isla de los seres inteligentes una población próspera y feliz, continuadora de los muchos logros y maravillas conseguidos por la primitiva civilización. Por el contrario, pensaban que la isla de los seres tontos estaría sin duda completamente deshabitada, habida cuenta de la evidente incapacidad de aquellos pobres infelices para valerse por sí mismos.
Sin embargo, la sorpresa que se llevaron fue del todo indescriptible. Ninguno de ellos podía dar veraz crédito a lo que veían sus ojos. Al contrario de lo que pensaban, la isla de los seres inteligentes estaba completamente desierta. Y en cambio, la isla de los tontos, los ciegos y los torpes se hallaba feliz y prósperamente habitada. Y no sólo eso, sino que en ella encontraron una floreciente, soberbia y admirable civilización. Así, nada más desembarcar, los desgarbados moradores de la isla acudieron en tropel, de brazos abiertos, a recibir a los navegantes. Y al instante trataron de agasajarles con todos los fastos y honores que estaban al alcance de sus, no obstante, modestas capacidades.
Para empezar, organizaron innumerables carreras de caracoles por toda la isla en honra de los recién llegados. Y por suerte, debido a la muy escasa visión de los isleños, los famélicos y hambrientos marineros pudieron comerse todos los caracoles sin por ello despertar en ningún momento las sospechas o la ira de sus desconcertados anfitriones. En aquellos alegres momentos, todo en la isla parecía ser sólo fiesta y diversión.
Transcurrieron así las semanas siguientes con grandes y memorables jornadas, siempre en medio de otras muchas celebraciones y alegrías. Pero pasado ese tiempo, varios meses después, los valerosos marineros decidieron finalmente abandonar su tan grata y placentera estancia en la isla para volver nuevamente de regreso a casa. Gozando de un exaltado e inmejorable ánimo, los navegantes tenían además la bodega del barco bien cargada, casi a desbordar, con todos los enseres, lujos y riquezas que aquellos seres medio emplumados extrañamente despreciaban.
Así, momentos después de zarpar de la isla, por breves instantes, los marineros volvieron por última vez su mirada hacia atrás. Y fue entonces cuando sus ojos alcanzaron a ver, llenos de espanto y admiración, cómo una densa, opaca y misteriosa bruma se levantaba desde el mar y, en apenas un momento, abrazaba con fuerza, como si fuese ya para siempre, el débil y somnoliento contorno de las islas.
Y seguramente así, envueltas en aquella misma bruma blanca e impenetrable, deben continuar las misteriosas islas hasta el día de hoy, sin que nadie haya podido volver nunca a encontrarlas ni a vislumbrar sus atormentadas e inquietantes formas…
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Esta antigua leyenda sobre una mítica isla habitada por seres tontos, ciegos y torpes nos brinda una excelente oportunidad para reflexionar acerca de los caminos que sigue la evolución biológica en su continuo, complejo y fascinante devenir. Y muy especialmente, nos sirve para ilustrar uno de los mayores errores en los que, de forma continua y reiterada, caemos siempre que pensamos en ella.
Todos estamos habituados a pensar que la evolución biológica selecciona la excelencia de un determinado rasgo o característica cuando éste aparece finalmente en una especie. Creemos que, a partir de entonces, la evolución favorece inevitablemente a todos aquellos ejemplares que poseen dicho rasgo o bien lo desarrollan en un mayor grado. Así, por ejemplo, pensamos que, cuando estos caracteres aparecen, la evolución favorece inevitablemente a todos aquellos individuos que demuestran ser más inteligentes, más veloces, de mejor visión, más ágiles, más fuertes, de mayor tamaño, más hábiles, más invulnerables, más escurridizos o más temibles.
Y sin embargo, esto no es así en absoluto. De hecho, muy a menudo nos encontramos, para nuestra sorpresa, con que la selección natural en realidad parece favorecer a los individuos que demuestran ser exactamente lo contrario: más tontos, más lentos, más miopes, más torpes, más débiles, más enclenques o más mansos. Es decir, a menudo nos encontramos con una situación muy parecida con aquella que se encontraron los marineros de la leyenda al visitar las dos remotas y misteriosas islas.
Esta aparente contradicción no debería, sin embargo, sorprendernos lo más mínimo. En realidad, lo que debemos tener siempre bien claro es que la selección natural no favorece la excelencia en un determinado rasgo o característica. Lo que realmente favorece, eso sí, es a los ejemplares que mejor se adaptan al medio en que viven.
Y dependiendo del medio en que una determinada especie viva, su mejor adaptación podrá consistir en desarrollar o, por el contario, en no desarrollar un mismo y determinado rasgo. Así, la mejor adaptación podrá consistir, por ejemplo, en ser cada vez más inteligente o en ser cada vez más tonto, cada vez más rápido o cada vez más lento, cada vez más fuerte o cada vez más débil, cada vez más grande o cada vez más pequeño.
Pero ¿cómo es posible aceptar, por ejemplo, que ser más tonto pueda ser una mejor adaptación que ser más inteligente, muy especialmente cuando estamos acostumbrados a escuchar, hasta la saciedad y de forma muy poco científica, que la inteligencia es el máximo logro, la máxima meta y el máximo exponente de todo proceso evolutivo?
Para abordar esta cuestión deberíamos comenzar por considerar algo tan simple como son los costes y los beneficios que supone tener un cerebro muy desarrollado, un cerebro como, por ejemplo, el de nuestra especie, el moderno ser humano. Todos conocemos los maravillosos y extraordinarios beneficios que nuestro cerebro nos proporciona, como es la posibilidad de generar a nuestro alrededor, mediante el desarrollo de una determinada cultura o una civilización, un ambiente artificial enormemente propicio y favorable para nuestra supervivencia.
Pero, en cambio, muy pocas veces nos paramos a pensar en cuáles son los costes que nos supone poseer este cerebro tan complejo. Por ejemplo, sabemos ahora que nuestro cerebro consume aproximadamente una quinta parte de toda la energía consumida por nuestro organismo. Esto significa que nuestro cerebro nos obliga, por fuerza, a conseguir cada día una quinta parte más de energía. Es decir, nos obliga a destinar mucho más tiempo y esfuerzo para obtener a diario una mayor cantidad de alimento. Y si en cualquier momento no lo hacemos, si no conseguimos cada día todo ese alimento y toda esa energía extra demandada por nuestro cerebro, nuestro cuerpo desfallece y, agotadas nuestras reservas, acabamos por morir de inanición.
Mantener un cerebro como el nuestro es, por tanto, un negocio con elevados beneficios pero también con elevados costes. Pero también es, sobre todo, una apuesta arriesgada en la que nos jugamos nuestra propia supervivencia. Lo apostamos todo a que los beneficios de tener un cerebro complejo serán siempre, en todo momento, mayores o como mínimo equivalentes a los costes de mantenerlo. Y en caso contrario, en caso de perder la apuesta, deberemos pagar sin falta esta arriesgada elección con nuestra propia vida. Parece así bastante claro que, afortunadamente, en nuestro caso, en el caso del hombre moderno, los beneficios han conseguido siempre, en todo momento, superar los costes. De lo contrario ya estaríamos muertos y nos habríamos extinguido hace tiempo.
Sin embargo, para muchas otras especies sería del todo imposible asumir una apuesta semejante a la nuestra. Sabemos, por ejemplo, que un pequeño herbívoro pasa ya prácticamente todo el día alimentándose y, por tanto, no podría dedicar más horas y esfuerzos a obtener más comida con la que mantener un cerebro mayor. Además, esto le supondría pasar más tiempo expuesto a sus numerosos predadores, lo que aumentaría enormemente su probabilidad de morir. Tampoco una frenética musaraña, teniendo que comer ya cada día una cantidad de alimento equivalente a su propio peso, podría permitirse esta apuesta. Ni tampoco un pequeño animal de sangre fría, cuyo lento metabolismo le dificultaría mucho aumentar su actividad para poder procurar más alimento. Para todos estos tipos de animales, la mejor adaptación, su mayor posibilidad de supervivencia, consistirá en no desarrollar nunca un cerebro complejo.
Y este mismo principio lo podemos aplicar por igual a todo tipo de rasgos y características, no solamente al cerebro y a la inteligencia. Podemos aplicarlo a la velocidad, a la fortaleza, a la capacidad de visión, a la habilidad, al tamaño o a la capacidad de defensa. Para la mayoría de las especies, desarrollar todos estos rasgos, aparentemente tan útiles y favorables, aparentemente tan superiores, en realidad no sale nada a cuenta. Antes por el contrario, resulta del todo contraproducente.
Es más, a veces nos encontramos con algunos casos en los que la evolución parece ir justo al contrario, de una forma que nos resulta bastante difícil de comprender. Vemos, por ejemplo, especies de aves que al llegar a islas oceánicas pierden su capacidad de vuelo, insectos que al vivir en grutas subterráneas pierden sus ojos y su capacidad de visión, reptiles que tras adoptar un modo de vida zapador pierden todas sus extremidades, o incluso diminutos animales que al convertirse en parásitos internos de otras especies pierden la casi totalidad de sus propios órganos internos. Nos encontramos por tanto con animales que, en apariencia, pierden todos los avances evolutivos conseguidos por sus antepasados y vuelven a un estado anterior, mucho más primitivo. O incluso a un estado que fácilmente podríamos calificar como degenerado.
Pues bien, la forma de explicar este aparente retroceso, esta aparente regresión evolutiva, es otra vez la misma: perdiendo dichas capacidades, estas especies consiguen adaptarse mejor al medio en que viven. Pierden la excelencia en los caracteres, o incluso pierden éstos por completo, para ganar con ello la excelencia de una mejor y más completa adaptación al medio. Es decir, para ganar aquella excelencia que realmente selecciona la evolución.
Perder la capacidad de vuelo, la capacidad de visión, las extremidades o incluso los órganos internos es sin duda un buen negocio para estas especies. Reducen con ello los costes frente a unos beneficios que son ya inexistentes, pues han dejado de tener sentido en el nuevo medio en que viven. Perder todos estos rasgos y todos sus costes asociados es por tanto, para estos animales, una apuesta acertada para su supervivencia.
Es cierto que, si nos detenemos a observar la evolución biológica a gran escala, podremos observar cómo progresivamente aparecen seres cada vez más diversos, complejos y especializados, con nuevos y sorprendentes caracteres que muestran un grado de desarrollo cada vez más perfecto y sofisticado. Pero a pequeña escala, como adaptación a un determinado medio, lo cierto es que la evolución biológica únicamente crea especies que poseen exactamente los caracteres necesarios y en el grado de desarrollo exactamente necesario.
La evolución hace que toda especie desarrolle exactamente el cerebro que necesita, la visión ocular que necesita, la velocidad locomotora que necesita, el tamaño corporal que necesita o el tipo de defensas que necesita. Las especies ganan todas estas características en la medida que necesitan ganarlas. Y las pierden en la medida que necesitan perderlas.
Es por ello que, evolutivamente, no existe ninguna especie que sea superior a otra. Ni por poseer un rasgo muy desarrollado ni por dejar de tenerlo. En realidad, todas las especies vivientes son indiscutible y eminentemente superiores, pues todas poseen por igual la máxima excelencia en su adaptación al medio en que viven. Todas son las mejores y las más excelentes en el modo de vida que les ha sido asignado por la evolución.
Aunque, a decir verdad, esta excelencia no es del todo perfecta, sino casi perfecta. Y es precisamente por ello que la selección natural continúa avanzando lentamente, continúa modificando poco a poco las especies para adaptarlas mejor, siempre mejor, a un medio ambiente que además está en continua transformación. Y paradójicamente, gran parte de esta transformación se debe precisamente a los efectos causados sobre el medio por los propios seres vivos y su compleja y fascinante evolución biológica.
20/1/20
La felicidad y el placer de vivir a la sombra
Todos estamos de acuerdo en considerar que el objetivo último en la vida es obtener el mayor grado posible de felicidad. Por eso mismo, la forma en que podemos alcanzar esa felicidad ha sido, desde siempre, una de las materias centrales de la ética y uno de los principales campos de estudio de la filosofía.
Todos vivimos con el firme propósito de alcanzar la felicidad. Sin embargo, es inevitable reconocer que dicho propósito sólo cobra sentido una vez que hemos conseguido asegurarnos lo más básico y esencial para nuestra propia supervivencia. No es posible alcanzar ningún grado de felicidad, por ejemplo, cuando nos falta el más imprescindible alimento, cuando somos víctimas de la guerra, cuando vivimos bajo la desolación de terribles epidemias, cuando sufrimos la continua tortura de la esclavitud o cuando nos enfrentamos a una situación de implacable injusticia o crueldad. En estas condiciones, el bien máximo se reduce simplemente a la mera supervivencia, ya sea física o espiritual.
Pero ninguno de estos infortunios depende ciertamente de nosotros mismos ni de nuestra actitud individual, sino que son una consecuencia de la realidad de nuestro tiempo y de las características de la sociedad en que vivimos. Y no sólo de nuestra sociedad, sino también de las sociedades vecinas con las que de alguna forma nos relacionamos o con las que podemos entrar en conflicto.
La filosofía ha intentado también dar respuesta a todos estos problemas de ámbito social mediante la elaboración de una compleja ética pública, es decir, de la política. Pero, en realidad, el desarrollo de la política implica siempre la participación activa de todas o, al menos, de una buena parte de las personas de la comunidad. Es decir, que la solución a los problemas de la sociedad, a fin de cuentas, acaba también por depender de los comportamientos individuales, aunque en este caso sumados y coordinados, de todos sus miembros.
Por tanto, para toda persona resulta imprescindible asegurar, en primer lugar, la propia supervivencia y la de su sociedad participando de forma decidida en la actividad política, en el ámbito público. Y sólo posteriormente, una vez conseguido ese objetivo, podrá pensar en buscar su propia felicidad mediante el desarrollo de una ética individual, centrada en el ámbito privado. Es decir, sólo tras conseguir asegurar, mediante la política, unas condiciones sociales adecuadas para vivir sin grandes dificultades, de forma digna y saludable, en un ambiente de paz, libertad y justicia, será cuando una persona podrá finalmente fijar su atención en construirse una vida privada lo más feliz posible.
Pero ¿cómo encontrar el camino hacia esa felicidad privada? Si miramos hacia atrás en la historia, vemos que este tema fue ya materia primordial de estudio de diversas escuelas filosóficas surgidas en la antigua Grecia durante el inicio del periodo helenístico. Entre ellas podemos citar la escuela hedonista de Aristipo de Cirene, la escuela epicúrea de Epicuro de Samos y la escuela estoica de Zenón de Citio. Y curiosamente, todas estas escuelas se plantearon una misma e interesante pregunta: ¿hasta qué punto la felicidad individual de la persona debe ser identificada con el placer?
Es evidente que el placer nos hace sentir bien, nos satisface, nos agrada. En resumen, nos hace sentirnos felices. Sin embargo, ¿la felicidad se reduce, o debe reducirse, a disfrutar de una continua o recurrente sensación de placer? Por otra parte, habiendo diferentes tipos de placer, en ocasiones contrapuestos, incluso antagónicos entre sí, ¿no deberíamos al menos tratar de seleccionar aquellos que nos proporcionan un mayor grado de felicidad? Además, ¿cómo puede compatibilizarse una continua búsqueda del placer con la necesaria construcción de un pensamiento lógico y racional, del todo imprescindible para nuestra propia supervivencia?
A todas estas preguntas las tres escuelas respondieron de forma algo diferente. Y la diferencia residía, precisamente, en la distinta importancia que daban a la búsqueda del placer en la obtención de la felicidad individual. Aunque podemos ya decir que ninguna de ellas defendía una completa identidad entre felicidad y placer, y mucho menos proponía una búsqueda desenfrenada y sin límites de este último.
La escuela que de alguna forma identificaba más estrechamente el placer con la felicidad era la escuela hedonista. Sin embargo, para esta escuela, el disfrute del placer estaba siempre sujeto a valores como la prudencia, la inteligencia o la moderación. Además, reconocía la existencia de placeres sensuales, ligados al cuerpo, tanto como la existencia de placeres intelectuales, ligados a la mente, si bien a estos últimos les otorgaba una menor importancia.
Mayor distancia entre placer y felicidad encontramos en la escuela epicúrea. También esta escuela diferenciaba entre placeres sensuales e intelectuales, pero daba más importancia a estos últimos, a los que consideraba más duraderos. Defendía además que una mayor felicidad no se alcanza sólo con un mayor grado de placer, sino también con un menor grado de sufrimiento, por lo que recomendaba evitar padecimientos innecesarios renunciando a aquellos deseos más superfluos. Así, la vida debería basarse, principalmente, en satisfacer las necesidades más esenciales, en potenciar los placeres espirituales y en evitar la notoriedad social o aquellos deseos más vanos y prescindibles. La felicidad consistía, por tanto, en llevar una existencia sencilla y plena viviendo cómodamente a la sombra, en un jardín florido, rodeado de amigos y familiares.
La escuela estoica, por el contrario, establecía una mayor distancia entre placer y felicidad. En realidad, esta escuela desplazaba el centro de sus atenciones del placer hacia otro concepto diferente, la virtud, que relacionaba directamente con los placeres más intelectuales, con la lógica y con el pensamiento racional. Las pasiones y los placeres sensuales quedaban por tanto relegados, debiendo ser evitados o, como mínimo, estar siempre sometidos a la razón. La felicidad consistía así en llevar una vida imperturbable ante el sufrimiento, dedicada al pleno desarrollo de la voluntad, de la disciplina y del placer intelectual.
Es destacable que las tres escuelas coincidían en distinguir entre placeres sensuales e intelectuales, a los que acababan otorgando, sin embargo, diferente grado de importancia. Centrándonos en esta distinción, podríamos decir que los placeres sensuales responden a la necesidad de la persona en satisfacer sus sentimientos, sus instintos y sus deseos naturales. Mientras que los placeres intelectuales responden a la necesidad de la persona en satisfacer su intelecto, su conocimiento adquirido y su pensamiento racional. Parece lógico, por tanto, afirmar que ambos tipos de placeres y necesidades son propios de toda persona y que ambos deben ser satisfechos.
Ahora bien, ¿la satisfacción de uno de estos dos tipos de placeres debería tener más peso e importancia que el otro, como se discutía en las tres escuelas filosóficas antes mencionadas? ¿Deberían privilegiarse los placeres sensuales sobre los intelectuales? ¿O quizás justo lo contrario? Pues bien, en primer lugar quizás deberíamos considerar que, en realidad, ambos tipos de placeres no parecen ser incompatibles ni excluyentes, pues los sentimientos y la razón no son de ninguna forma elementos contrapuestos, sino elementos que se complementan.
Los sentimientos están determinados por la información genética que heredamos de nuestros antepasados. Y la razón está determinada por la información empírica que nos aporta nuestra experiencia personal o las enseñanzas que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Ambas fuentes de información son necesarias e imprescindibles para tomar cualquier decisión. Y lo son porque, por ejemplo, cualquier información aportada por nuestros genes es o debe ser complementada y concretada, en todo momento, por la información aportada por nuestra experiencia.
Es cierto que hay algunos casos en los que se nos presenta una aparente contradicción entre ambas fuentes de información. Y en ellos nos vemos obligados a reflexionar, a sopesar y comparar sucesivamente la perspectiva dada por las emociones y la dada por el intelecto. Gracias a ello, sentimientos sólidos y complejos pueden llevarnos, acertadamente, a evitar seguir razonamientos basados en ideas demasiado simplistas. Y razonamientos sólidos y complejos pueden llevarnos, acertadamente, a evitar seguir sentimientos basados en impulsos demasiado simples.
Pero la mayoría de las veces no nos encontraremos con esa contradicción, en especial si poseemos un pensamiento sólido y maduro. Por el contario, cuanto más compleja y novedosa sea la situación a que nos enfrentamos, es decir, allí donde tanto nuestra información genética como nuestra información empírica o racional se revelen insuficientes o ineficaces, siendo por tanto necesariamente más frágil nuestro pensamiento, más fácilmente nos confrontaremos con esas aparentes contradicciones.
Asumiendo así que los sentimientos y la razón son elementos complementarios e imprescindibles para tomar buenas decisiones y obtener un mayor grado de felicidad, parece acertado decir que la satisfacción de los placeres sensuales, de los sentimientos, debería ser siempre complementaria y compatible con la satisfacción de los placeres intelectuales, de la razón. Y no debería haber, en principio, ninguna preponderancia de unos sobre otros.
Así, volviendo a las tres escuelas filosóficas antes citadas, podemos decir que quizás el epicureísmo representaba la opción más equilibrada. Pues, frente a un hedonismo que privilegiaba el sentimiento y a un estoicismo que privilegiaba la razón, el epicureísmo conseguía combinar en mayor grado de igualdad placeres sensuales e intelectuales.
En resumen, podemos concluir que toda persona debería ser activa, entregada y audaz en el desempeño de las funciones públicas y en la búsqueda del bien común. Para después, aseguradas unas mínimas condiciones, poder trazar el camino hacia su propia felicidad personal, hacia su bien privado y particular. Un camino que, seguramente, debería conducirla a llevar una existencia enriquecedora, vivida calmamente a la sombra, disfrutando por igual de la sensualidad y del intelecto, de la naturaleza y del arte, de la espontaneidad y de la virtud.
26/10/19
La terrible crueldad de la eugenesia y la cacogenesia
Cuando Charles Darwin enunció su teoría de la evolución mediante la selección natural tenía bien claro el alcance y las posibilidades de otro mecanismo artificial, creado por el hombre, que ya por entonces era aplicado a diferentes animales domésticos. Se trataba de la selección artificial. Durante años, el científico observó con atención el trabajo realizado por los criadores de animales domésticos, viendo la forma como cruzaban y seleccionaban sus ejemplares. Incluso él mismo llegó a hacer algunos experimentos. Pudo así comprobar cómo, mediante la selección artificial, los criadores llegaban a transformar una determinada especie en otra aparentemente nueva seleccionando y alterando apenas unas pocas características.
Mediante este extraordinario proceso, un lobo pasaba a ser un perro y éste, a su vez, se transformaba en toda una variedad de razas caninas, tan diferentes entre sí que casi no parecían guardar relación alguna entre ellas. Los gatos africanos, por su parte, se convertían en gatos domésticos de todos los colores. Y del gallo indio se obtenía toda una colección de extrañas razas de gallinas domésticas.
Partiendo de estos ejemplos, Darwin percibió que la naturaleza obraba de forma parecida, aunque mucho más lentamente, ejerciendo una leve y constante selección que acababa, al final, por transformar unas especies en otras. Y no sólo alteraba algunas de sus características externas, sino que conseguía cambiar cualquier rasgo de la anatomía de las especies, de su fisiología o incluso de su complejo papel en el ecosistema.
Viendo cómo la selección artificial se aplica a los animales domésticos, podríamos pensar que ésta también podría ser aplicada, en teoría, al propio ser humano. Desde luego, sería impensable que un grupo de seres humanos criase a otro grupo y seleccionase en él determinadas características. Pero sí que se ha llegado a especular sobre la posibilidad de que los seres humanos se seleccionen a sí mismos, que apliquen al propio grupo humano del que forman parte un determinado grado de selección.
Fueron éstas las ideas que plantearon, en su tiempo, los defensores de un grupo de teorías conocido como eugenesia. El propósito de las teorías eugenésicas era que la sociedad se aplicase a sí misma una serie de medidas, en realidad un cierto tipo de selección artificial, con el fin de conseguir que las próximas generaciones tuviesen unas características genéticas mejores que aquellas de las generaciones precedentes.
Pero los principios defendidos por la eugenesia, además de éticamente peligrosos y socialmente inaceptables, se sabe hoy en día que se basaban en criterios científicos equivocados o falsos. Muchas veces las características que se pretendía potenciar o eliminar no estaban ni siquiera en los genes. Y si lo estaban, no dependían de un único gen, sino de la compleja interacción de todo un conjunto de genes, con lo que su hipotética selección o erradicación era prácticamente imposible. Además, muchas veces se consideraba que los caracteres eran buenos o malos en función de conceptos puramente culturales o, en los peores casos, de ideas de claro corte racista.
En la actualidad, por tanto, se sabe que ni la eugenesia ni la selección artificial son capaces de crear seres humanos superiores, ni más saludables, ni más inteligentes, ni más bellos. Pero entonces, considerando esto, podemos preguntarnos qué es lo que en realidad se pretende con la aplicación de la selección artificial a los animales domésticos. ¿Es que en ellos, por el contrario, se consigue crear razas de características superiores, más proporcionadas, más admirables, más perfectas?
Pues, en realidad, no. Los criadores de animales simplemente pretenden crear razas domésticas que tengan una mayor utilidad económica para ellos. Por ejemplo, vacas que den más leche, caballos que soporten más carga o cerdos que produzcan más carne. No buscan encontrar o seleccionar características superiores para la especie, sino simplemente potenciar aquellas que son más útiles para sus intereses. Y todo esto lo hacen ignorando y despreciando, sin ningún tipo de escrúpulos, la salud y el bienestar de los propios animales. Así, la mayoría de las veces, el resultado final y casi inevitable del proceso de selección artificial acaba siendo la creación de razas exageradamente torpes, desproporcionadas, enfermizas o simplemente aberrantes.
Pero quizás el mayor grado de deformidad se alcanza en aquellas razas domésticas que son destinadas a servir como animales de compañía. Aquí la finalidad de los criadores no es propiamente obtener un mayor beneficio económico, sino crear ejemplares que tengan, simplemente, un aspecto cómico, gracioso o divertido. La finalidad es transformar un ser vivo en algo parecido a un juguete viviente, en un remedo de bufón, patético y adorable, del cual podamos reírnos con fingida ternura. Así, una especie como el lobo, de imponentes características, ha acabado transformada en poco menos que una broma de mal gusto, tal como puede ser un ridículo perro caniche, un deforme perro salchicha o un ínfimo perro chihuahua.
Como es lógico, los individuos de muchas de estas razas artificiales padecen durante toda su vida graves enfermedades y deficiencias de salud derivadas de sus deformes y aberrantes morfologías. Pero a pesar de ello, con gran ensañamiento por parte de sus propietarios, se sigue insistiendo en forzar su cría e incluso, cuando es posible, en aumentar aún más el grado de deformidad de sus razas.
No podemos decir que este tipo de selección artificial se parezca o siga los principios de la eugenesia, pues ni siquiera se persigue lo superior o lo bello. Por el contrario, parece perseguirse lo feo, lo enfermizo, lo extravagante. Se busca premeditadamente la más cruel deformidad. Así, parecería más apropiado hablar de cacogenesia.
Carentes de cualquier tipo de consideración ética hacia los animales, a los que fuerzan continuamente al incesto y a la endogamia para mantener la integridad y pureza de la raza creada, los propietarios de estos animales disfrutan y se regocijan con las crueles aberraciones que poco a poco van creando. Y de forma cínica, fingen amarlos y preocuparse con ellos, tal como quizás pueda quererse a un muñeco de trapo de la infancia o a un esclavo dócil, sumiso y obediente.
Ante la existencia de estas vergonzosas prácticas, podemos pensar si los seres humanos no seremos también víctimas involuntarias de la cacogenesia. Puede que quizás, sin darnos cuenta, distraídamente, nos hayamos ido cruzando con los peores ejemplares de nuestra especie hasta convertirnos en una triste sombra de lo que éramos. Quizás nos hayamos transformado, sin quererlo, en unos seres incapaces de pensar y de respetar a los otros seres vivos, a nuestros hermanos, a los que tratamos ya, de forma infantil y caprichosa, como simples juguetes. En realidad, puede que nosotros mismos nos estemos convirtiendo en una especie de bufones, patéticos y sin gracia, del planeta.
11/10/19
El mundo triste e infeliz de la eugenesia
Todos somos conscientes del diferente valor que, según nuestros propios criterios, otorgamos a cada persona. Vemos cada día a nuestro alrededor personas admirables, inteligentes, simpáticas y bellas que nos llenan de orgullo y cuya compañía nos satisface. Otras personas, por el contrario, nos parecen del todo detestables. Algunas por ser demasiado estúpidas, otras por resultarnos tremendamente antipáticas, otras por parecernos brutas e incivilizadas y algunas otras por poseer un aspecto físico en exceso desagradable. Lo cierto es que, de forma más o menos consciente, acabamos por intentar evitar a estas personas o incluso cruzarnos en su camino.
Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué no serán todas las personas bellas, simpáticas e inteligentes? Sí, porque quizás por pura modestia olvidamos enunciar la pregunta en su forma completa, esto es: ¿por qué no serán todas las personas bellas, simpáticas e inteligentes como lo soy yo? Ciertamente, cuánto mejor sería el mundo si estuviese habitado sólo por personas como nosotros y no tuviésemos que sufrir a tanta gente estúpida, a tanto engendro, a tanto maleante, a tanto ser huraño y malcarado.
Pues bien, en primer lugar deberíamos pensar que si todas estas personas indeseables forman parte de nuestro mundo es porque son nuestros hermanos, nuestros primos, nuestros parientes, nuestros vecinos, nuestros conciudadanos, aquellos con los que convivimos desde siempre. Si de alguna forma tenemos que cargar con ellos es simplemente porque son una parte de nosotros mismos. Y, aunque nos cueste mucho aceptarlo, quizás ellos también estén cargando, a su vez, con nosotros. Por otra parte, si pudiésemos crear un mundo ideal habitado sólo por personas perfectas y maravillosas, ese mundo tendría, al final, un solo y único habitante.
Siendo por tanto muy conscientes del enorme subjetivismo con el que juzgamos las cualidades de otras personas, también es cierto que en ese juicio siempre podemos emplear algunos criterios mínimamente objetivos. Existe objetivamente poca belleza en las personas que poseen graves defectos físicos. Existe sin duda poca inteligencia en las personas incapaces de resolver los problemas más básicos para su propia supervivencia. Hay personas que sufren perturbaciones mentales y son de carácter claramente intratable. Y otras tienen una conducta tan perversa que resultan del todo perjudiciales para sus conciudadanos.
En estos casos extremos resulta fácil ser objetivo al juzgar aspectos concretos de una persona. Pero, evidentemente, esto será mucho más difícil cuando no nos enfrentemos a casos extremos o cuando tengamos que integrar todos los diferentes aspectos de una persona en un único juicio de valor. Y así, suponiendo que alguna vez alcanzásemos un grado de objetividad lo suficientemente aceptable para poder juzgar a determinadas personas como indeseables o perjudiciales, ¿será que, de alguna forma, podríamos librarnos de ellas para poder vivir en un supuesto mundo feliz?
Para empezar, deberíamos plantearnos la siguiente pregunta: ¿estamos de verdad seguros de que, librándonos de estas personas, no volverían a aparecer al poco tiempo nuevas personas igual de indeseables que las anteriores? En realidad, sabemos muy bien que las características y el comportamiento de cada individuo están determinados por factores extrínsecos, como por ejemplo la educación o la instrucción recibidas, y por otros intrínsecos, como puede ser el propio acervo genético.
Parece claro que si mantenemos siempre los mismos factores extrínsecos, como por ejemplo una educación deplorable o una mala instrucción pública, continuaremos a crear personas estúpidas, brutas o malvadas. Y aunque pudiésemos libramos de algunas de ellas, rápidamente surgirían otras nuevas de idénticas características. Por el contrario, si nos decidiésemos a mejorar dichos factores posiblemente podríamos llegar a crear, no sin poco esfuerzo, un mundo y unas personas mucho mejores.
Pero, ¿y en relación a los factores intrínsecos? ¿Podríamos también mejorar nuestro acervo genético? ¿Podríamos librarnos quizás, aunque sólo sea, de una parte indeseable y perjudicial de nuestros genes? Pues bien, lo cierto es que al contrario de lo que ocurre con los factores extrínsecos, en esta materia podemos hacer más bien poco.
Hace poco más de un siglo surgieron diversas teorías, conocidas bajo el nombre de eugenesia (no confundir con la espantosa y racista doctrina del eugenismo), que partían del principio de que acabando con determinados genes, que se consideraban defectuosos, se acabaría también con la existencia, entre nosotros, de determinadas características y comportamientos indeseables.
Pero lo cierto es que esos genes y esos defectos no desaparecen. La mayoría de los caracteres de cada persona no son determinados por un único gen, sino que son el resultado de la suma e interacción simultánea de muchos genes. Y esos genes se combinan de forma diferente e impredecible en cada nuevo individuo y en cada nueva generación. Así, progenitores sin defectos pueden generar hijos con o sin defectos que a su vez pueden generar nietos con o sin defectos. Es decir, que en general vamos a encontrar exactamente los mismos genes en ambos tipos de personas.
La única forma de conseguir quizás algún cambio en nuestros genes, logrando combinaciones algo diferentes, sería sometiéndonos voluntariamente, durante varias generaciones, a un proceso de selección artificial. Este es un proceso que se utiliza con frecuencia en los animales domésticos y en el que, para conseguir fijar unas determinadas características, se aplica activamente el incesto y la endogamia a miembros seleccionados de una población. Su éxito depende así, entre otras cosas, de evitar que exista cualquier cruzamiento fortuito con el exterior.
Sin embargo, al margen de la evidente aberración que supondría aplicarnos este terrible proceso, lo cierto es que la selección artificial nos llevaría a una significativa degeneración en todos los aspectos, ya que este tipo de selección, en realidad, tiene precisamente como objetivo y como efecto reducir la diversidad genética. Y con una diversidad genética menguada nuestras posibilidades de supervivencia se verían seriamente afectadas.
Si es cierto, como se ha dicho, que la mayoría de caracteres son el resultado de la suma y de la interacción de muchos genes, en unas pocas ocasiones esto no es así. A veces una característica depende de un único gen, como sucede, por ejemplo, con determinadas enfermedades genéticas graves. En estos casos, excepcionalmente, la eugenesia sí tiene sentido. Resulta del todo deseable evitar que nazcan individuos con ese gen y con esa enfermedad. Y para ello es posible recurrir a métodos como el diagnóstico prenatal, una hipotética alteración del gen o, simplemente, una renuncia voluntaria a reproducirse, siendo precisamente éstos los únicos casos de eugenesia y de técnicas eugenésicas que tienen sentido y que se aceptan en la actualidad.
Aunque, para ser más exactos, la eugenesia también está implícita en otro mecanismo que forma parte de la evolución y del cual la mayoría de las veces no somos muy conscientes: la selección sexual. Al reproducirse, una persona trata de elegir una pareja que posea las mejores características genéticas, despreciando otras que considera de peor calidad. Por tanto, al elegir una pareja y no otra estamos seleccionando, de hecho, tal como en la eugenesia, los genes que queremos pasar a la siguiente generación. Y a pesar de que, como se ha dicho, esto no altere significativamente la composición genética de la nueva generación, lo cierto es que la selección sexual es un proceso que funciona a escala evolutiva y, como tal, podrá generar cambios significativos al cabo de un sinfín de generaciones.
En resumen, aunque podamos mejorar muchos de los males crónicos de nuestra sociedad cambiando los factores extrínsecos que modelan el comportamiento de las personas, lo cierto es que, por culpa de los genes y de su obstinada persistencia, tendremos que seguir soportando la presencia de todo tipo de personas indeseables en nuestra vida. Y ellas tendrán también que soportarnos a nosotros, aunque, claro, ellas lo tienen mucho más fácil, pues nosotros somos casi perfectos.
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