11/2/23

Derechos ganados y derechos otorgados


En el ámbito jurídico es bastante frecuente oír hablar de los derechos y las obligaciones que todo ciudadano tiene ante la ley. O también de que todos los ciudadanos, tal como los colectivos que forman, son sujetos de derecho, pues a ellos les son aplicables las leyes vigentes. Sin embargo, todo este variado conjunto de términos jurídicos, sin una correspondencia directa con el lenguaje común, acaba generando a menudo un considerable grado de confusión. Es por ello que, para comprender estos conceptos e intentar evitar equívocos, es conveniente, en primer lugar, identificar los elementos básicos que participan en todo proceso jurídico y entender cómo se organizan entre sí.

Como en cualquier otro tipo de acción, también en una acción de naturaleza jurídica pueden distinguirse cuatro elementos básicos: un sujeto que actúa, un destinatario que recibe la acción, un ámbito en que dicha acción tiene lugar y una razón o causa que justifica la existencia de dicha acción. En otras palabras, en cualquier acción, derecho u obligación de tipo jurídico podemos identificar: quién la aplica, sobre quién se aplica, dónde y cuándo se aplica y por qué se aplica.

Y estos cuatro elementos deberemos tenerlos aún más claros, si cabe, en aquellos casos en que la acción jurídica se extienda o pueda extenderse más allá de los límites estrictos de la sociedad o de las propias personas. Así, considerando precisamente estos casos extremos, moviéndonos por tanto dentro de una perspectiva lo más general posible, podríamos caracterizar de la siguiente manera cada uno de estos elementos.

1) Podemos empezar, por ejemplo, por considerar el ámbito de la acción, es decir, dónde y cuándo se aplican las leyes. Ante todo, debemos tener claro que cualquier legislación existente es, lógicamente, obra del ser humano. Está hecha por y para el hombre y carece de sentido más allá de su propio ámbito. Por tanto, son necesariamente las sociedades humanas, cada una en particular, el lugar en donde se aplican las leyes y en el momento en que ellas así lo determinen.

Sin embargo, tal como la acción del hombre tiene influencia en el mundo que le rodea, también las leyes que él utiliza participan, en la misma medida, de esa misma influencia y repercusión. Por tanto, si bien las leyes se refieren al propio hombre y a sus sociedades, acaban también por afectar a todos los ámbitos ajenos a él con los que necesaria, regular u ocasionalmente se relaciona. En realidad, como es fácil comprobar, las leyes no se limitan a regular las relaciones existentes dentro de la sociedad, sino que también se extienden a regular las relaciones de la sociedad con otras sociedades y, especialmente, con su entorno más inmediato.

2) Podemos pensar, a continuación, en el sujeto de la acción, en quién aplica las leyes. Si analizamos quién es el actor o elemento activo de una acción jurídica, resulta bastante obvio que ese actor únicamente puede ser el hombre, más concretamente, el ciudadano. Sin embargo, debemos tener claro que en una determinada acción jurídica no todos los ciudadanos actúan, pueden actuar o deben actuar en la misma medida. No todos se ven obligados a seguir, aplicar o cumplir las leyes de igual modo, en todo momento y circunstancia.

En realidad, en términos generales, sólo son actores o sujetos activos plenos aquellos ciudadanos adultos que viven dentro del área de jurisdicción de las leyes, siendo ellos los únicos que tienen el deber y la obligación de seguir, aplicar o cumplir, en todo momento y circunstancia, la totalidad de las normas jurídicas. Por el contrario, quienes, por ejemplo, sean menores de edad, sean ancianos o padezcan una enfermedad grave normalmente están eximidos de seguirlas, ya sea parcial o totalmente, por lo que, en función de sus capacidades, son sólo actores o sujetos activos parciales. Por su parte, los extranjeros sin ciudadanía o los simples viajeros tampoco están obligados a seguir todas las normas, aunque se les suele exigir que cumplan las principales, siendo actores incompletos u ocasionales.

3) Resulta importante analizar, a continuación, quiénes son los destinatarios de la acción, a quién se dirige el efecto de las leyes, es decir, quién es el objeto pasivo o beneficiario de ellas. También aquí, no cabe duda de que los principales beneficiarios, aunque no los únicos, son los propios ciudadanos, los propios actores, ya sean plenos, parciales u ocasionales, de esas mismas leyes.

Considerando esto último, resulta fácil concluir que a los ciudadanos adultos sí que se les aplica el conocido binomio que asocia derechos y obligaciones. Reciben y se benefician de los derechos en la misma medida en que también actúan y cumplen plenamente con sus obligaciones, pues ambas condiciones se les aplican en su totalidad. En cambio, los menores de edad, los ancianos o los enfermos reciben, en términos generales, idénticos derechos a pesar de no desempeñar plenamente o en absoluto las mismas obligaciones. Y los extranjeros, por su parte, suelen recibir sólo ciertos derechos, casi siempre en función de las obligaciones que se les exige o que desempeñan.

No obstante, en las sociedades modernas existe un determinado tipo de leyes que siempre otorga derechos sin importar el cumplimiento o no de posibles obligaciones. Dichas leyes constituyen lo que, en su conjunto, se denomina como derecho natural y dentro del cual, como ejemplo destacado, podemos citar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, una legislación de ámbito internacional compartida por gran parte de los países del mundo. El derecho natural, por tanto, otorga unos derechos básicos y universales a toda persona al margen de su ciudadanía, del país del que proceda, de la jurisdicción en que se encuentre o de cualquier otro tipo de característica, condición o circunstancia. Puede decirse que toda persona es beneficiaria de este tipo de leyes sólo por el hecho de vivir en este mundo.

Pero el derecho natural no es, ni mucho menos, el único tipo de leyes en que se establece una completa disociación entre derechos y obligaciones. Y esto es así, simplemente, porque el objeto o beneficiario de las leyes no tiene en realidad por qué ser humano. Puede ser, por ejemplo, un cierto tipo de animal, de quien nunca se esperará, lógicamente, que pueda ser al mismo tiempo un actor jurídico. Así, en efecto, existen muchos países en la actualidad que otorgan protección o derechos a ciertos animales domésticos, integrados en las sociedades humanas, o también a animales silvestres, protegiendo, por ejemplo, una determinada especie amenazada o en peligro de desaparición. Y lo mismo sucede, según otras leyes, con algunas especies de plantas o con otros tipos de seres vivos. O incluso con determinados ecosistemas, que se entiende que se deben conservar y a los que se otorga igualmente protección o derechos mediante las leyes.

Aunque, en realidad, el beneficiario de las leyes ni siquiera tiene por qué ser una entidad viviente. Existen numerosas leyes que otorgan protección a paisajes, a lugares geográficos, a monumentos, a obras de arte, al patrimonio arquitectónico o a cualquier objeto material que se considere que tiene un especial valor. Y no sólo a objetos materiales, sino también a ideas, a conceptos, a saberes, a memorias o a tradiciones. Es decir, tanto los seres humanos como los animales, los seres vivos, los lugares, los objetos o determinados conceptos inmateriales pueden ser, todos ellos, beneficiarios de las leyes.

En relación a los términos utilizados, conviene aclarar que en estas leyes sólo en ciertos casos se habla de derechos. Así, cuando el objeto de las leyes son personas, suele hablarse de derechos. En cambio, en el caso de los animales, en ocasiones se habla de derechos y en otras no. Y cuando se trata de otro tipo de ser vivo o bien de un objeto material o inmaterial no se habla de derechos, sino simplemente de leyes de protección o de conservación. Por tanto, las leyes suelen ser de derechos para el hombre, de derechos o bien de protección para los animales y de protección o conservación para todos los demás beneficiarios. Si bien que, de forma excepcional, también se habla hoy en día de derechos refiriéndose al conjunto del medio natural, es decir, de derechos de la naturaleza.

En consecuencia, el beneficio que recibe quien es objeto pasivo de las leyes tanto puede ser denominado derecho como puede ser denominado de otras formas, en general dependiendo de las características culturalmente atribuidas a su destinatario. Pero no por ello deja de tratarse siempre, en todos los casos, del mismo concepto.

4) Finalmente, podemos preguntarnos acerca de la razón de la acción, de por qué se aplican las leyes. Debemos entender que en todos los casos, ya se trate de leyes de derechos o de conservación, ya se trate de leyes particulares o universales, todas las leyes existen por decisión humana y para provecho humano. Es el ser humano y sus sociedades las que entienden que dar derechos y proteger con sus leyes a sus propios ciudadanos, a cualquier ser humano, a otros seres vivos, a la naturaleza o a simples objetos inanimados redunda en su propio beneficio, ya sea a corto, medio o largo plazo. Por tanto, es siempre la ética del ser humano y, más concretamente, la ética de sus sociedades la que determina la acción y la existencia de las leyes.

Podemos resumir todo lo anteriormente expuesto diciendo que las leyes son normas de conducta aplicadas y seguidas por un sujeto que es el propio hombre, en especial los ciudadanos adultos. Tienen un beneficiario que en general es el propio ser humano, pero que puede ser igualmente cualquier tipo de ser vivo o cualquier entidad material o inmaterial relacionada con él. Siendo normas de conducta humana, la razón última de las leyes se basa y fundamenta en la ética. Y por último, aunque están hechas por y para el hombre, las leyes inevitablemente afectan a su entorno y a todos los ámbitos con los que él se relaciona.

Para intentar ejemplificar quizás algunos de estos conceptos, podemos imaginar, por un momento, una flor de extraordinaria belleza que crezca únicamente en la cumbre de la montaña más alta, remota e inaccesible. Dicha flor no conoce al hombre ni mucho menos conoce sus leyes, no necesita ni ha necesitado nunca cualquier tipo de legislación para poder sobrevivir, no tiene obligaciones con el ser humano, no forma parte de su mundo y, desde luego, no decide ni quiere decidir la forma en que él debe comportarse. Sin embargo, a pesar de ello, dicha flor puede estar protegida por una ley que le otorgue derechos, tal como pueden estarlo quizás otras plantas que, como ella, crezcan en la cumbre de esa montaña. La flor, sin saberlo, imaginarlo o mucho menos desearlo, puede ser beneficiaria de una ley que la proteja y que, por tanto, regule estrictamente cualquier acción humana relacionada con ella.

Y esto será así, esta ley existirá, si el hombre considera en ese momento que es importante cuidar y proteger esa flor. Si cree, en definitiva, que necesita la flor, tal como necesita toda la naturaleza, para poder sobrevivir en este mundo. O bien, simplemente, porque está convencido de que necesita esa flor para poder vivir de una forma mucho más plena, saludable y feliz.

Así, aunque la ley proteja la flor, en última instancia a quien protege en realidad es al propio ser humano. Otorga derechos a la flor pero siempre en beneficio del hombre, quien en ese momento piensa que no puede o no quiere vivir sin ella. Porque, en definitiva, toda ley que protege a otros seres, ya sean humanos o no, ya sean ciudadanos o extranjeros, ya sean amigos o enemigos, no es más que una forma sabia e inteligente que tienen el hombre y el conjunto de los ciudadanos de protegerse a sí mismos. Y esta es, sin duda, la razón última y principal de todas las leyes.


20/1/23

Derechos naturales e imprescriptibles


El juego de palma o juego de pelota era un deporte tremendamente popular en los tiempos de la antigua Francia. Dicho juego, que consistía básicamente en golpear una pelota con la mano o con una raqueta para lanzarla al campo contrario pasando por encima de una red, gozó durante mucho tiempo de una enorme y entusiasta afición en este país. No obstante, a partir del siglo XVII su popularidad comenzó lentamente a declinar y, tiempo después, acabó finalmente por desaparecer, aunque no sin antes dar lugar a una variedad de otros juegos, algunos de ellos también bastante populares en la actualidad, como el moderno juego del tenis.

Parece bastante difícil imaginar que pueda existir alguna relación, por mínima que sea, entre el antiguo juego de pelota y una moderna conquista política y social como es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, sus caminos se cruzaron, de forma sorprendente e inesperada, en un determinado momento de nuestra historia. Más concretamente, en los inicios de la Revolución Francesa, con la celebración de una turbulenta reunión política.

Sucedió precisamente el 20 de junio de 1789, cuando los diputados franceses que participaban en los Estados Generales decidieron reunirse en una improvisada asamblea con el fin de comprometerse públicamente en la redacción de una Constitución para el país. Debido a una serie de circunstancias, dicha asamblea acabó por celebrarse en un modesto y humilde recinto deportivo situado en Versalles. Y este recinto era, en efecto, la Sala del Juego de Pelota. La vieja sala dedicada a la práctica de este juego fue la única que en aquellos momentos ofreció su espacio y sus puertas abiertas a los fervorosos revolucionarios. Y precisamente debido a ello, el compromiso allí alcanzado pasó a ser conocido como el Juramento del Juego de Pelota.

Poco después, fieles a este juramento, los diputados franceses se reunieron en una Asamblea Constituyente. Y, antes de iniciar su magna labor, decidieron redactar una declaración política que estuviese a la altura de aquel importante momento y que recogiese en esencia el espíritu y los anhelos revolucionarios de los ciudadanos. Se trataba, en definitiva, de redactar un preámbulo a la Constitución que enumerase detalladamente todos aquellos derechos que, a partir de entonces, debían ser considerados como “derechos naturales e imprescriptibles” de toda persona. Y este texto, tras ser discutido y aprobado en la Asamblea, recibió el nombre de Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Esta declaración, incluida luego en la Constitución de 1791, ya desde sus inicios gozó de una gran popularidad y rápidamente comenzó a ganar un destacado protagonismo por sí misma. Por ello, los valores que en ella se defendían pasaron a ser, a partir de entonces, una referencia destacada en todas las luchas por la libertad y la justicia que tuvieron lugar a lo largo de las décadas siguientes.

Ya algo más tarde, en pleno siglo XX, dicha declaración acabaría también por inspirar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 1948. Este nuevo texto, de carácter y ámbito mundial, ha gozado igualmente de un enorme prestigio desde sus inicios, un prestigio que no ha dejado de crecer hasta los días de hoy. Tanto es así que en la actualidad se considera, de forma consensual, como una norma legal cuyos valores esenciales deben estar obligatoriamente incluidos en las constituciones y en la legislación de todos los países del mundo.

Este importante paradigma que defiende la existencia de unas leyes de carácter universal, con rango superior a las leyes vigentes en cualquier país o lugar del mundo, no es en realidad nada nuevo. Es muy anterior a la Revolución Francesa, remontándose a los tiempos de la antigüedad clásica. El propio Aristóteles defendía ya, sobre este tema, la existencia de una justicia natural, es decir, de un ideal de justicia de carácter universal compartido por todos los pueblos y países del mundo y superior a cualquier tipo de leyes vigentes. Y es que, en definitiva, siempre ha sido fácil comprender, en cualquier época, que las leyes existentes en un determinado tiempo y lugar tanto pueden ser justas como injustas, tanto pueden estar próximas como alejadas del más elemental ideal de bondad, equidad o justicia.

Como es lógico, la percepción de la justicia o injusticia de las leyes dependerá del grado de desigualdad que éstas generen o de la capacidad de juicio de quien las analice. Una ley infame fácilmente se revelará como injusta para el común de los ciudadanos, mientras que otras más engañosas únicamente se revelarán como tales para aquellas personas más sabias o instruidas. Aunque todas ellas revelarán su verdadero carácter bajo el detallado análisis y el juicio crítico de la ciencia filosófica. Es por ello que, también ya desde tiempos antiguos, se considera que los filósofos de cualquier país o lugar son capaces de revelar el auténtico carácter de las leyes, pues todos ellos, en base al común uso de la razón, acaban por tener y compartir, en la práctica, un mismo o similar ideal de justicia.

Es precisamente la aproximación a este ideal común de justicia, estudiado desde siempre por la filosofía, el que nos permite en la actualidad elaborar y enunciar unas normas legales básicas de carácter universal que, en su conjunto, configuran el moderno concepto de derecho natural. Básicamente, como derecho natural se entiende un conjunto de normas, de rango superior a cualquier otra ley existente, en las que se recogen una serie de valores básicos que en todo momento deben amparar a las personas de cualquier lugar del mundo, sin importar su situación personal o las condiciones jurídicas concretas a que puedan estar sujetas. La citada Declaración Universal de los Derechos Humanos podría considerarse, por tanto, como una de las principales concreciones de este derecho natural.

Siendo así, se considera que si la legislación de un determinado país contradice el derecho natural, dicha legislación carece de autoridad y no puede ser considerada válida. Y mucho menos aún puede ser impuesta por la fuerza a la población. Es más, ante una situación semejante, la imperiosa obligación de cualquier ciudadano deberá ser desobedecer y rebelarse con firmeza contra dichas leyes.

Como se hace evidente a partir de esta última afirmación, resulta de la máxima importancia determinar entonces, con la mayor claridad y exactitud posible, en qué consiste el derecho natural y cuáles son los derechos universales que posee toda persona. Pues sólo así podrá decidirse, en consecuencia, qué legislación es válida y cuál no lo es. Y sólo así podrá también decidirse, en definitiva, qué legislación debe ser seguida y respetada y cuál, por el contrario, debe ser necesariamente desobedecida. Pero ¿será posible determinar con la suficiente claridad, objetividad y coherencia unos principios que, bajo esta perspectiva, poseen una tan fundamental importancia?

En cierto modo, cuando se habla de derecho natural, es decir, de un derecho que aparentemente proviene de la propia naturaleza, parece que se quiere dar a entender que este derecho es anterior y preexistente al propio ser humano. Y también, en consecuencia, que este derecho es único e invariable a lo largo de todos los tiempos.

Esta interpretación, no carente de lógica, parece no obstante bastante difícil de defender en la práctica. Si el derecho natural tiene un carácter preexistente, si se trata de una norma social precedente a la propia sociedad, será en definitiva poco menos que indemostrable a partir de ella. Y si además tiene un carácter único e inmutable, será por tanto una norma de carácter axiomático, lo que dificultará enormemente cualquier posible discusión sobre su contenido. Por otra parte, mirando nuestra historia, parece bastante claro que el derecho natural defendido durante la Revolución Francesa no es el mismo derecho natural que defiende la declaración de las Naciones Unidas, ni tampoco el mismo derecho natural que nosotros entendemos que debe defenderse en la actualidad.

Así, aunque sea sólo en términos prácticos, parece razonable aceptar que el derecho natural está formado por una serie de principios que cambian a lo largo del tiempo y de las épocas. Es decir, que el derecho natural no es único, no es invariable y tampoco es preexistente a su propia formulación.

Por tanto, la discusión que debe abordarse sobre esta materia no es aquella que tenga por objetivo identificar unos derechos naturales de carácter eterno e inmutable, sino aquella que se esfuerce por formular unos derechos naturales acordes con el desarrollo del pensamiento de la época y, desde luego, acordes también con el avance de la ciencia filosófica.

En resumen, podemos decir que corresponde a los ciudadanos, a la sociedad y a los filósofos de cada época enunciar, en cada momento, un determinado derecho natural. Y tanto por el deseable desarrollo histórico y social como también por el inevitable avance de la filosofía, parece lógico pensar que a lo largo del tiempo dichas normas deberán ir aumentando tanto en número como en contenido, calidad y exigencia.

Muchas de esas nuevas normas que acaban por incorporarse al derecho natural podemos verlas surgir o manifestarse con mayor claridad en el momento álgido de los ciclos históricos más progresistas, como sucedió, por ejemplo, durante la Revolución Francesa. Es en esos momentos, a menudo convulsos, cuando aparecen nuevos valores acerca de la justicia que con el tiempo acabarán por convertirse en materia de consenso social, correspondiendo a la filosofía alentar y acompañar estas ideas para proporcionarles una forma coherente y duradera.

Queda claro, por tanto, que ya sea participando en el progreso social o en el desarrollo de la filosofía está siempre en nuestra mano elevar el nivel de las normas consideradas como derechos naturales del ser humano. Está siempre en nuestra mano dar un paso más para acabar definitivamente con cualquier tipo de esclavitud, con los estamentos y las clases sociales, con las desigualdades, con la riqueza y con la miseria, con las guerras, con la destrucción de nuestro entorno y de nuestra salud o con la negación de nuestra inteligencia y de nuestra memoria. Acabar, en definitiva, con cualquier tipo de indignidad existente en nuestro mundo.

Practiquemos o no el juego de pelota, estemos o no reunidos en un humilde pabellón deportivo, hierva o no en nuestra sangre el espíritu ilustrado y revolucionario de antaño, lo cierto es que todos deberíamos comprometernos en un nuevo juramento colectivo. Todos deberíamos unirnos para formular y defender la creación de nuevos y más elevados derechos. Unos derechos que lleguen a poseer un alcance universal e imperecedero y que sean considerados, desde ese momento y ya para siempre, como derechos naturales e imprescriptibles de todo ser humano.


30/6/21

Un juego cuyo premio es siempre perder


Imaginemos un juego tremendamente divertido. Imaginemos que lanzamos una moneda al aire y la dejamos caer al suelo. Si sale cara, nuestro adversario gana. Y si sale cruz, por el contrario, nosotros no ganamos, sino que el juego se repite y vuelve a lanzarse la moneda al aire. Ciertamente no parece un juego muy justo o equitativo. En realidad, nuestro adversario siempre acaba por ganar, ya sea en el primer lanzamiento o en cualquiera de los siguientes. Y nosotros, en consecuencia, siempre perdemos.

Imaginemos ahora una variante de este mismo juego, pero aún más divertida. Una única persona juega contra un numeroso grupo de personas del cual nosotros formamos parte. Las reglas son las mismas. Si sale cara esa persona gana y si sale cruz nuestro grupo no gana, sino que se repite nuevamente el lanzamiento. No hay duda de que se trata de un juego aún más injusto que el anterior, pues a lo absurdo de las reglas se le añade ahora la enorme desproporción existente entre la única persona que siempre gana y el conjunto de personas que siempre perdemos.

Pero intentemos que el juego sea todavía más divertido. Imaginemos ahora que en el lanzamiento nos apostamos nuestra salud o, llegado el momento, incluso nuestra propia vida. Si sale cara nuestro oponente gana y, por tanto, todos los del grupo perdemos la salud o la vida. Y si sale cruz no ganamos nada, sino que simplemente se lanza de nuevo la moneda al aire. Parece algo diabólico, ¿verdad? ¿Quién querría participar por propia voluntad en un juego tan absurdo y claramente suicida?

Imaginemos, sin embargo, que no jugamos voluntariamente, sino que nos obligan por la fuerza a jugar y a formar parte del grupo que siempre pierde. Para cualquier persona resultará evidente que ya no se trata de un juego sino, en todo caso, de un atentado contra nuestra libertad y nuestra salud, de un tremendo abuso de poder, de una acción de naturaleza criminal necesariamente perseguida y condenada por las leyes.

Sin embargo, si pensamos así estaremos completamente equivocados. En realidad, este juego cruel y despiadado es perfectamente legal. Y no sólo eso, sino que estamos sometidos a él todos los días, sin excepción. Todos los días, sin nosotros saberlo o desearlo, una moneda invisible gira continuamente en el aire sobre nuestras cabezas, una moneda con la que nos jugamos de forma permanente la salud y la vida. Y claro, evidentemente, siempre acabamos por perder.

Pero ¿cómo es esto posible? Pues bien, en realidad es muy fácil. Se trata de un juego que está a la vista de todos. Todos sabemos desde hace tiempo que determinados compuestos químicos artificiales llenan nuestro ambiente, nuestros campos, nuestros alimentos y también, de forma inevitable, nuestro propio cuerpo. Están por todas partes, cada vez en mayor número y en mayor concentración. Son centenares de productos con multitud de nombres extraños, como dioxinas, furanos, DDT, bisfenoles, PCB o ftalatos. Sabemos ahora, por ejemplo, que uno de ellos, el glifosato, un veneno utilizado como herbicida, se encuentra presente en la sangre del 80% de las personas de algunos países europeos. Siendo así, ¿cuál es el efecto que produce tener en nuestro cuerpo éste y todos los otros compuestos químicos antes mencionados? Pues bien, saberlo es, en realidad, lo que convierte a todo esto en un juego.

Por un lado, los científicos nos alertan continuamente de que muchos de estos compuestos son nocivos para la salud, a veces incluso cancerígenos, y que probablemente lleguen en ocasiones a costarnos incluso la vida. Por el otro lado, las grandes empresas que los producen, con el valioso respaldo de sus científicos a sueldo, contradicen todo lo anterior diciendo que en realidad no se ha conseguido nunca demostrar dicho efecto. Algo que aparentemente debería tranquilizarnos.

El juego, por tanto, está claro en todas sus reglas. Se lanza la moneda al aire. Si sale cara, si estos productos químicos son realmente peligrosos, las grandes empresas ganan. Ganan o habrán ganado dinero produciéndolos, incluso en el caso de que estos productos lleguen luego finalmente a prohibirse. Y nosotros inevitablemente perdemos. Más concretamente, la salud o la vida. Por el contrario, si sale cruz, si los compuestos al final no son peligrosos y no afectan a nuestra salud, nosotros no ganamos absolutamente nada con ello. Simplemente vemos cómo la moneda vuelve a lanzarse nuevamente al aire.

Vuelve a lanzarse y en cada lanzamiento nos vemos expuestos a nuevos compuestos o a una concentración mayor de los ya existentes, pues siendo aparentemente inocuos podrán producirse y utilizarse en mayor cantidad. Y mientras tanto lo único que podemos hacer es asistir, una y otra vez, al lanzamiento de estas o de nuevas monedas, esperando a que en cualquier momento salga finalmente cara, es decir, a caer definitivamente enfermos o muertos.

La pregunta se hace evidente: ¿por qué dejamos que nos sometan a este absurdo y criminal juego en el cual unos pocos ganan y todos los demás, no ganando nunca nada, arriesgamos incluso nuestra propia vida?

En primer lugar lo hacemos, desde luego, por nuestro desconocimiento e ignorancia. No sabemos, ni de lejos, qué tipo de compuestos están ya en el ambiente o en nuestro cuerpo, ni en qué cantidades, ni en qué concentraciones, ni qué tipo de riesgos implican, ni cómo nos afectan. Es decir, en gran medida ni siquiera sabemos que estamos participando en este diabólico juego.

Pero también lo hacemos porque nos lo ocultan. Quienes producen estos compuestos y deberían conocer sus efectos y el riesgo a que nos están sometiendo nunca nos informan de nada. Pero claro, ¿por qué irían a hacerlo? ¿Por qué irían a renunciar voluntariamente a un juego en el que siempre ganan? ¿Por qué irían a renunciar a su enorme y provechoso negocio? ¿Por escrúpulos de conciencia? Todos sabemos, por ejemplo, que en las grandes empresas todo es fruto de una larga cadena de decisiones. Cada agente toma una pequeña decisión, pero ninguno toma la decisión por entero. Nadie es, por tanto, realmente responsable de las consecuencias finales. Nadie se siente culpable ni puede sentir ningún tipo de remordimientos.

Aunque también jugamos, contra toda lógica, porque nos lo ocultan nuestras propias autoridades sanitarias, aquellas que precisamente tienen la obligación de vigilar, controlar y, sobre todo, prohibir todo aquello que afecta negativamente a la salud pública. Son ellas las que deberían defendernos y evitar que seamos sometidos a este criminal juego. Pero, por desgracia, en la actualidad dichas autoridades están casi siempre en manos del poder económico y de quienes lo manejan. Incluso no es raro ver determinados funcionarios trabajando alternadamente para las empresas que producen los compuestos y para los organismos públicos que los deberían controlar.

Sin embargo, también participamos en este juego porque nos engañan. Nos mienten sobre el verdadero significado de la ciencia y sobre algo tan importante como es el principio de precaución. Para empezar, intentan hacernos creer que los estudios pagados por las grandes empresas, muchas veces auténticos ejercicios de anticiencia, sólo por el hecho de ser realizados en laboratorios con máquinas muy caras y sofisticadas arrojan necesariamente verdades científicas incuestionables. Por el contrario, si un científico independiente y con menos dinero prueba otra cosa, rápidamente se le desautoriza, se le ataca o incluso se le hace perder su empleo. Como es evidente, nada de esto tiene que ver con la ciencia.

Por otra parte, el principio de precaución determina que para que un compuesto pueda ser comercializado primero debe demostrar de forma positiva que no tiene ningún efecto sobre la salud. Y tampoco podrá seguir produciéndose si posteriormente surge alguna duda, por mínima que sea, en relación a sus posibles efectos. No obstante, en la actualidad este principio se incumple por completo. A las empresas no se las obliga a presentar estudios que demuestren que los compuestos no afectan a la salud. Únicamente se las obliga a presentar estudios que afirmen que no han hallado ninguna relación. Es decir, no se las obliga a demostrar la inexistencia de esa relación, sino simplemente a decir que no la han encontrado, o bien que no han querido encontrarla.

Y peor aún, si un estudio independiente levanta luego dudas sobre un determinado compuesto, las autoridades, en vez de poner en cuarentena el producto, lo que hacen es poner en cuarentena ese estudio y esas dudas. Es decir, se pone en cuarentena el propio principio de precaución y la propia ciencia.

No, en realidad todo esto no es ningún juego. No deberíamos resignarnos por más tiempo a ser las víctimas silenciosas, las involuntarias cobayas del lucrativo negocio de unos pocos. No deberíamos dejar por más tiempo que nos mantengan en la ignorancia, que nos oculten la información, que nos desprotejan o que nos engañen. No deberíamos permitir que jueguen con nosotros y con nuestra vida. Y sobre todo, no deberíamos olvidar que tenemos todo el derecho del mundo a nuestra salud, a la salud de todos, a una salud universal que siempre, sin excepción, en todo momento debe ganar.


10/1/21

Viaje a la isla de los tontos, los ciegos y los torpes


Envuelta en la más misteriosa leyenda, oculta su memoria en el silencio y la bruma de los tiempos, murmurado su nombre apenas al calor de las más secretas conversaciones entre viejos y tullidos marineros, se narra en ocasiones, entre temerosos, furtivos y entrecortados susurros, la terrible historia de una isla que, sacudida por la feroz y despiadada fuerza de la naturaleza, acabó partida en dos.

Todo ocurrió en apenas una única, fatídica y estremecedora noche. Tras varios días seguidos en los cuales fue posible palpar en el aire una indescriptible e inquietante calma, de repente, en medio de la noche, un torbellino de fuego, de furia y de terror pareció agitarse en el interior mismo de las entrañas de la tierra. Y luego, casi de inmediato, un violento y devastador terremoto sacudió con fuerza cruel y desmedida hasta los más hondos y antiguos cimientos de la isla. En cuestión de pocos minutos el tremendo y ensordecedor temblor derribó las más altas, sólidas e imponentes montañas, arrasó al instante valles, planicies y llanuras y sembró por doquier el caos y la destrucción, todo ello en medio de la más demencial y despiadada pesadilla.

A la mañana siguiente, levantada ya la niebla, las cenizas y la desesperación de la noche anterior, la primitiva isla, tal como era conocida hasta entonces, había desaparecido por completo. Y en su lugar, allí donde se situaban otrora sus dos extremos más alejados, aparecían ahora dos nuevas islas de pequeño tamaño, esculpidas con abruptos y atormentados perfiles. Separándolas, el océano se abría entre ellas, con inusitada fuerza y bravura, a través de un ancho e impetuoso canal.

Cuentan los marineros que aquella infortunada isla se hallaba situada justo en mitad del océano, en medio de todos los vientos y de las mareas, a semanas de navegación de cualquier otra tierra firme conocida. Y según se dice, estaba habitada desde muy antiguo por unos seres fantásticos, con aspecto mitad hombre, mitad avestruz, aunque en verdad no es posible encontrar nunca dos relatos que describan a sus habitantes del mismo e igual modo. No obstante, casi todas las historias coinciden en afirmar que aquellos extraños seres habían conseguido desarrollar una civilización muy avanzada, en todo superior a las existentes en cualquier otro país o continente conocido en aquella época.

Debido quizás a su media parte de avestruz, o bien a otro motivo cualquiera, aquellos seres se dividían en dos formas bien características, siendo que esta división afectaba por igual tanto a hombres como a mujeres. Por un lado, estaban los individuos de aspecto más grácil, recubiertos de un denso y hermoso plumaje, caracterizados por ser todos ellos, sin excepción, enormemente cultos, bellos, refinados e inteligentes. Y por otro, estaban los individuos de aspecto más atolondrado, con el cuerpo casi lampiño, todos ellos de muy escasa y ruda inteligencia, fea y desagradable apariencia, formas mal proporcionadas, movimientos lentos y torpes, casi nula visión y muy escaso oído. Sin embargo, a pesar de estas notables diferencias, demostrando con ello el alto grado de civilización alcanzado, ambos tipos de seres convivían en la isla de forma fraternal, siempre en la mayor de las armonías.

Sucedió no obstante que, justo en la noche del terrible y devastador terremoto, ambos tipos de individuos se encontraban precisamente en los extremos más distantes de la isla. Todos los seres emplumados e inteligentes se encontraban en un extremo, asistiendo a un espectáculo poético y musical de gran refinamiento artístico. Y simultáneamente, todos los seres lampiños y tontos se encontraban en el extremo opuesto, asistiendo a una estúpida carrera de caracoles, espectáculo por el cual parecían mostrar un incomprensible y fervoroso entusiasmo. Ocurrió así que, como consecuencia del violento cataclismo, unos quedaron atrapados en una de las nuevas islas y los otros en la otra. Y sin tener la más mínima posibilidad de poder volver nuevamente a reunirse, pues las furiosas corrientes oceánicas que separaban ambas islas imposibilitaban cualquier viaje entre ellas.

Pasaron así los siglos, lenta y pausadamente, sin que nadie volviese a saber nada de las islas ni de sus infelices y desdichados habitantes. No obstante, trascurrido ese tiempo, se cuenta que un moderno navío de perfiles poderosos y audaces, tras ser arrastrado despiadadamente durante semanas por una tormenta de fuerza y crueldad nunca antes conocidas, acabó por llegar, de forma casual, hasta las aguas circundantes a las islas. Y no sin muchos y denodados esfuerzos, consiguió fondear primero en una isla y, días más tarde, en la otra.

Los marineros de aquel intrépido navío, muchos de ellos conocedores de la antigua y misteriosa leyenda, esperaban encontrar en la isla de los seres inteligentes una población próspera y feliz, continuadora de los muchos logros y maravillas conseguidos por la primitiva civilización. Por el contrario, pensaban que la isla de los seres tontos estaría sin duda completamente deshabitada, habida cuenta de la evidente incapacidad de aquellos pobres infelices para valerse por sí mismos.

Sin embargo, la sorpresa que se llevaron fue del todo indescriptible. Ninguno de ellos podía dar veraz crédito a lo que veían sus ojos. Al contrario de lo que pensaban, la isla de los seres inteligentes estaba completamente desierta. Y en cambio, la isla de los tontos, los ciegos y los torpes se hallaba feliz y prósperamente habitada. Y no sólo eso, sino que en ella encontraron una floreciente, soberbia y admirable civilización. Así, nada más desembarcar, los desgarbados moradores de la isla acudieron en tropel, de brazos abiertos, a recibir a los navegantes. Y al instante trataron de agasajarles con todos los fastos y honores que estaban al alcance de sus, no obstante, modestas capacidades.

Para empezar, organizaron innumerables carreras de caracoles por toda la isla en honra de los recién llegados. Y por suerte, debido a la muy escasa visión de los isleños, los famélicos y hambrientos marineros pudieron comerse todos los caracoles sin por ello despertar en ningún momento las sospechas o la ira de sus desconcertados anfitriones. En aquellos alegres momentos, todo en la isla parecía ser sólo fiesta y diversión.

Transcurrieron así las semanas siguientes con grandes y memorables jornadas, siempre en medio de otras muchas celebraciones y alegrías. Pero pasado ese tiempo, varios meses después, los valerosos marineros decidieron finalmente abandonar su tan grata y placentera estancia en la isla para volver nuevamente de regreso a casa. Gozando de un exaltado e inmejorable ánimo, los navegantes tenían además la bodega del barco bien cargada, casi a desbordar, con todos los enseres, lujos y riquezas que aquellos seres medio emplumados extrañamente despreciaban.

Así, momentos después de zarpar de la isla, por breves instantes, los marineros volvieron por última vez su mirada hacia atrás. Y fue entonces cuando sus ojos alcanzaron a ver, llenos de espanto y admiración, cómo una densa, opaca y misteriosa bruma se levantaba desde el mar y, en apenas un momento, abrazaba con fuerza, como si fuese ya para siempre, el débil y somnoliento contorno de las islas.

Y seguramente así, envueltas en aquella misma bruma blanca e impenetrable, deben continuar las misteriosas islas hasta el día de hoy, sin que nadie haya podido volver nunca a encontrarlas ni a vislumbrar sus atormentadas e inquietantes formas…

*****

Esta antigua leyenda sobre una mítica isla habitada por seres tontos, ciegos y torpes nos brinda una excelente oportunidad para reflexionar acerca de los caminos que sigue la evolución biológica en su continuo, complejo y fascinante devenir. Y muy especialmente, nos sirve para ilustrar uno de los mayores errores en los que, de forma continua y reiterada, caemos siempre que pensamos en ella.

Todos estamos habituados a pensar que la evolución biológica selecciona la excelencia de un determinado rasgo o característica cuando éste aparece finalmente en una especie. Creemos que, a partir de entonces, la evolución favorece inevitablemente a todos aquellos ejemplares que poseen dicho rasgo o bien lo desarrollan en un mayor grado. Así, por ejemplo, pensamos que, cuando estos caracteres aparecen, la evolución favorece inevitablemente a todos aquellos individuos que demuestran ser más inteligentes, más veloces, de mejor visión, más ágiles, más fuertes, de mayor tamaño, más hábiles, más invulnerables, más escurridizos o más temibles.

Y sin embargo, esto no es así en absoluto. De hecho, muy a menudo nos encontramos, para nuestra sorpresa, con que la selección natural en realidad parece favorecer a los individuos que demuestran ser exactamente lo contrario: más tontos, más lentos, más miopes, más torpes, más débiles, más enclenques o más mansos. Es decir, a menudo nos encontramos con una situación muy parecida con aquella que se encontraron los marineros de la leyenda al visitar las dos remotas y misteriosas islas.

Esta aparente contradicción no debería, sin embargo, sorprendernos lo más mínimo. En realidad, lo que debemos tener siempre bien claro es que la selección natural no favorece la excelencia en un determinado rasgo o característica. Lo que realmente favorece, eso sí, es a los ejemplares que mejor se adaptan al medio en que viven.

Y dependiendo del medio en que una determinada especie viva, su mejor adaptación podrá consistir en desarrollar o, por el contario, en no desarrollar un mismo y determinado rasgo. Así, la mejor adaptación podrá consistir, por ejemplo, en ser cada vez más inteligente o en ser cada vez más tonto, cada vez más rápido o cada vez más lento, cada vez más fuerte o cada vez más débil, cada vez más grande o cada vez más pequeño.

Pero ¿cómo es posible aceptar, por ejemplo, que ser más tonto pueda ser una mejor adaptación que ser más inteligente, muy especialmente cuando estamos acostumbrados a escuchar, hasta la saciedad y de forma muy poco científica, que la inteligencia es el máximo logro, la máxima meta y el máximo exponente de todo proceso evolutivo?

Para abordar esta cuestión deberíamos comenzar por considerar algo tan simple como son los costes y los beneficios que supone tener un cerebro muy desarrollado, un cerebro como, por ejemplo, el de nuestra especie, el moderno ser humano. Todos conocemos los maravillosos y extraordinarios beneficios que nuestro cerebro nos proporciona, como es la posibilidad de generar a nuestro alrededor, mediante el desarrollo de una determinada cultura o una civilización, un ambiente artificial enormemente propicio y favorable para nuestra supervivencia.

Pero, en cambio, muy pocas veces nos paramos a pensar en cuáles son los costes que nos supone poseer este cerebro tan complejo. Por ejemplo, sabemos ahora que nuestro cerebro consume aproximadamente una quinta parte de toda la energía consumida por nuestro organismo. Esto significa que nuestro cerebro nos obliga, por fuerza, a conseguir cada día una quinta parte más de energía. Es decir, nos obliga a destinar mucho más tiempo y esfuerzo para obtener a diario una mayor cantidad de alimento. Y si en cualquier momento no lo hacemos, si no conseguimos cada día todo ese alimento y toda esa energía extra demandada por nuestro cerebro, nuestro cuerpo desfallece y, agotadas nuestras reservas, acabamos por morir de inanición.

Mantener un cerebro como el nuestro es, por tanto, un negocio con elevados beneficios pero también con elevados costes. Pero también es, sobre todo, una apuesta arriesgada en la que nos jugamos nuestra propia supervivencia. Lo apostamos todo a que los beneficios de tener un cerebro complejo serán siempre, en todo momento, mayores o como mínimo equivalentes a los costes de mantenerlo. Y en caso contrario, en caso de perder la apuesta, deberemos pagar sin falta esta arriesgada elección con nuestra propia vida. Parece así bastante claro que, afortunadamente, en nuestro caso, en el caso del hombre moderno, los beneficios han conseguido siempre, en todo momento, superar los costes. De lo contrario ya estaríamos muertos y nos habríamos extinguido hace tiempo.

Sin embargo, para muchas otras especies sería del todo imposible asumir una apuesta semejante a la nuestra. Sabemos, por ejemplo, que un pequeño herbívoro pasa ya prácticamente todo el día alimentándose y, por tanto, no podría dedicar más horas y esfuerzos a obtener más comida con la que mantener un cerebro mayor. Además, esto le supondría pasar más tiempo expuesto a sus numerosos predadores, lo que aumentaría enormemente su probabilidad de morir. Tampoco una frenética musaraña, teniendo que comer ya cada día una cantidad de alimento equivalente a su propio peso, podría permitirse esta apuesta. Ni tampoco un pequeño animal de sangre fría, cuyo lento metabolismo le dificultaría mucho aumentar su actividad para poder procurar más alimento. Para todos estos tipos de animales, la mejor adaptación, su mayor posibilidad de supervivencia, consistirá en no desarrollar nunca un cerebro complejo.

Y este mismo principio lo podemos aplicar por igual a todo tipo de rasgos y características, no solamente al cerebro y a la inteligencia. Podemos aplicarlo a la velocidad, a la fortaleza, a la capacidad de visión, a la habilidad, al tamaño o a la capacidad de defensa. Para la mayoría de las especies, desarrollar todos estos rasgos, aparentemente tan útiles y favorables, aparentemente tan superiores, en realidad no sale nada a cuenta. Antes por el contrario, resulta del todo contraproducente.

Es más, a veces nos encontramos con algunos casos en los que la evolución parece ir justo al contrario, de una forma que nos resulta bastante difícil de comprender. Vemos, por ejemplo, especies de aves que al llegar a islas oceánicas pierden su capacidad de vuelo, insectos que al vivir en grutas subterráneas pierden sus ojos y su capacidad de visión, reptiles que tras adoptar un modo de vida zapador pierden todas sus extremidades, o incluso diminutos animales que al convertirse en parásitos internos de otras especies pierden la casi totalidad de sus propios órganos internos. Nos encontramos por tanto con animales que, en apariencia, pierden todos los avances evolutivos conseguidos por sus antepasados y vuelven a un estado anterior, mucho más primitivo. O incluso a un estado que fácilmente podríamos calificar como degenerado.

Pues bien, la forma de explicar este aparente retroceso, esta aparente regresión evolutiva, es otra vez la misma: perdiendo dichas capacidades, estas especies consiguen adaptarse mejor al medio en que viven. Pierden la excelencia en los caracteres, o incluso pierden éstos por completo, para ganar con ello la excelencia de una mejor y más completa adaptación al medio. Es decir, para ganar aquella excelencia que realmente selecciona la evolución.

Perder la capacidad de vuelo, la capacidad de visión, las extremidades o incluso los órganos internos es sin duda un buen negocio para estas especies. Reducen con ello los costes frente a unos beneficios que son ya inexistentes, pues han dejado de tener sentido en el nuevo medio en que viven. Perder todos estos rasgos y todos sus costes asociados es por tanto, para estos animales, una apuesta acertada para su supervivencia.

Es cierto que, si nos detenemos a observar la evolución biológica a gran escala, podremos observar cómo progresivamente aparecen seres cada vez más diversos, complejos y especializados, con nuevos y sorprendentes caracteres que muestran un grado de desarrollo cada vez más perfecto y sofisticado. Pero a pequeña escala, como adaptación a un determinado medio, lo cierto es que la evolución biológica únicamente crea especies que poseen exactamente los caracteres necesarios y en el grado de desarrollo exactamente necesario.

La evolución hace que toda especie desarrolle exactamente el cerebro que necesita, la visión ocular que necesita, la velocidad locomotora que necesita, el tamaño corporal que necesita o el tipo de defensas que necesita. Las especies ganan todas estas características en la medida que necesitan ganarlas. Y las pierden en la medida que necesitan perderlas.

Es por ello que, evolutivamente, no existe ninguna especie que sea superior a otra. Ni por poseer un rasgo muy desarrollado ni por dejar de tenerlo. En realidad, todas las especies vivientes son indiscutible y eminentemente superiores, pues todas poseen por igual la máxima excelencia en su adaptación al medio en que viven. Todas son las mejores y las más excelentes en el modo de vida que les ha sido asignado por la evolución.

Aunque, a decir verdad, esta excelencia no es del todo perfecta, sino casi perfecta. Y es precisamente por ello que la selección natural continúa avanzando lentamente, continúa modificando poco a poco las especies para adaptarlas mejor, siempre mejor, a un medio ambiente que además está en continua transformación. Y paradójicamente, gran parte de esta transformación se debe precisamente a los efectos causados sobre el medio por los propios seres vivos y su compleja y fascinante evolución biológica.


20/1/20

La felicidad y el placer de vivir a la sombra


Todos estamos de acuerdo en considerar que el objetivo último en la vida es obtener el mayor grado posible de felicidad. Por eso mismo, la forma en que podemos alcanzar esa felicidad ha sido, desde siempre, una de las materias centrales de la ética y uno de los principales campos de estudio de la filosofía.

Todos vivimos con el firme propósito de alcanzar la felicidad. Sin embargo, es inevitable reconocer que dicho propósito sólo cobra sentido una vez que hemos conseguido asegurarnos lo más básico y esencial para nuestra propia supervivencia. No es posible alcanzar ningún grado de felicidad, por ejemplo, cuando nos falta el más imprescindible alimento, cuando somos víctimas de la guerra, cuando vivimos bajo la desolación de terribles epidemias, cuando sufrimos la continua tortura de la esclavitud o cuando nos enfrentamos a una situación de implacable injusticia o crueldad. En estas condiciones, el bien máximo se reduce simplemente a la mera supervivencia, ya sea física o espiritual.

Pero ninguno de estos infortunios depende ciertamente de nosotros mismos ni de nuestra actitud individual, sino que son una consecuencia de la realidad de nuestro tiempo y de las características de la sociedad en que vivimos. Y no sólo de nuestra sociedad, sino también de las sociedades vecinas con las que de alguna forma nos relacionamos o con las que podemos entrar en conflicto.

La filosofía ha intentado también dar respuesta a todos estos problemas de ámbito social mediante la elaboración de una compleja ética pública, es decir, de la política. Pero, en realidad, el desarrollo de la política implica siempre la participación activa de todas o, al menos, de una buena parte de las personas de la comunidad. Es decir, que la solución a los problemas de la sociedad, a fin de cuentas, acaba también por depender de los comportamientos individuales, aunque en este caso sumados y coordinados, de todos sus miembros.

Por tanto, para toda persona resulta imprescindible asegurar, en primer lugar, la propia supervivencia y la de su sociedad participando de forma decidida en la actividad política, en el ámbito público. Y sólo posteriormente, una vez conseguido ese objetivo, podrá pensar en buscar su propia felicidad mediante el desarrollo de una ética individual, centrada en el ámbito privado. Es decir, sólo tras conseguir asegurar, mediante la política, unas condiciones sociales adecuadas para vivir sin grandes dificultades, de forma digna y saludable, en un ambiente de paz, libertad y justicia, será cuando una persona podrá finalmente fijar su atención en construirse una vida privada lo más feliz posible.

Pero ¿cómo encontrar el camino hacia esa felicidad privada? Si miramos hacia atrás en la historia, vemos que este tema fue ya materia primordial de estudio de diversas escuelas filosóficas surgidas en la antigua Grecia durante el inicio del periodo helenístico. Entre ellas podemos citar la escuela hedonista de Aristipo de Cirene, la escuela epicúrea de Epicuro de Samos y la escuela estoica de Zenón de Citio. Y curiosamente, todas estas escuelas se plantearon una misma e interesante pregunta: ¿hasta qué punto la felicidad individual de la persona debe ser identificada con el placer?

Es evidente que el placer nos hace sentir bien, nos satisface, nos agrada. En resumen, nos hace sentirnos felices. Sin embargo, ¿la felicidad se reduce, o debe reducirse, a disfrutar de una continua o recurrente sensación de placer? Por otra parte, habiendo diferentes tipos de placer, en ocasiones contrapuestos, incluso antagónicos entre sí, ¿no deberíamos al menos tratar de seleccionar aquellos que nos proporcionan un mayor grado de felicidad? Además, ¿cómo puede compatibilizarse una continua búsqueda del placer con la necesaria construcción de un pensamiento lógico y racional, del todo imprescindible para nuestra propia supervivencia?

A todas estas preguntas las tres escuelas respondieron de forma algo diferente. Y la diferencia residía, precisamente, en la distinta importancia que daban a la búsqueda del placer en la obtención de la felicidad individual. Aunque podemos ya decir que ninguna de ellas defendía una completa identidad entre felicidad y placer, y mucho menos proponía una búsqueda desenfrenada y sin límites de este último.

La escuela que de alguna forma identificaba más estrechamente el placer con la felicidad era la escuela hedonista. Sin embargo, para esta escuela, el disfrute del placer estaba siempre sujeto a valores como la prudencia, la inteligencia o la moderación. Además, reconocía la existencia de placeres sensuales, ligados al cuerpo, tanto como la existencia de placeres intelectuales, ligados a la mente, si bien a estos últimos les otorgaba una menor importancia.

Mayor distancia entre placer y felicidad encontramos en la escuela epicúrea. También esta escuela diferenciaba entre placeres sensuales e intelectuales, pero daba más importancia a estos últimos, a los que consideraba más duraderos. Defendía además que una mayor felicidad no se alcanza sólo con un mayor grado de placer, sino también con un menor grado de sufrimiento, por lo que recomendaba evitar padecimientos innecesarios renunciando a aquellos deseos más superfluos. Así, la vida debería basarse, principalmente, en satisfacer las necesidades más esenciales, en potenciar los placeres espirituales y en evitar la notoriedad social o aquellos deseos más vanos y prescindibles. La felicidad consistía, por tanto, en llevar una existencia sencilla y plena viviendo cómodamente a la sombra, en un jardín florido, rodeado de amigos y familiares.

La escuela estoica, por el contrario, establecía una mayor distancia entre placer y felicidad. En realidad, esta escuela desplazaba el centro de sus atenciones del placer hacia otro concepto diferente, la virtud, que relacionaba directamente con los placeres más intelectuales, con la lógica y con el pensamiento racional. Las pasiones y los placeres sensuales quedaban por tanto relegados, debiendo ser evitados o, como mínimo, estar siempre sometidos a la razón. La felicidad consistía así en llevar una vida imperturbable ante el sufrimiento, dedicada al pleno desarrollo de la voluntad, de la disciplina y del placer intelectual.

Es destacable que las tres escuelas coincidían en distinguir entre placeres sensuales e intelectuales, a los que acababan otorgando, sin embargo, diferente grado de importancia. Centrándonos en esta distinción, podríamos decir que los placeres sensuales responden a la necesidad de la persona en satisfacer sus sentimientos, sus instintos y sus deseos naturales. Mientras que los placeres intelectuales responden a la necesidad de la persona en satisfacer su intelecto, su conocimiento adquirido y su pensamiento racional. Parece lógico, por tanto, afirmar que ambos tipos de placeres y necesidades son propios de toda persona y que ambos deben ser satisfechos.

Ahora bien, ¿la satisfacción de uno de estos dos tipos de placeres debería tener más peso e importancia que el otro, como se discutía en las tres escuelas filosóficas antes mencionadas? ¿Deberían privilegiarse los placeres sensuales sobre los intelectuales? ¿O quizás justo lo contrario? Pues bien, en primer lugar quizás deberíamos considerar que, en realidad, ambos tipos de placeres no parecen ser incompatibles ni excluyentes, pues los sentimientos y la razón no son de ninguna forma elementos contrapuestos, sino elementos que se complementan.

Los sentimientos están determinados por la información genética que heredamos de nuestros antepasados. Y la razón está determinada por la información empírica que nos aporta nuestra experiencia personal o las enseñanzas que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Ambas fuentes de información son necesarias e imprescindibles para tomar cualquier decisión. Y lo son porque, por ejemplo, cualquier información aportada por nuestros genes es o debe ser complementada y concretada, en todo momento, por la información aportada por nuestra experiencia.

Es cierto que hay algunos casos en los que se nos presenta una aparente contradicción entre ambas fuentes de información. Y en ellos nos vemos obligados a reflexionar, a sopesar y comparar sucesivamente la perspectiva dada por las emociones y la dada por el intelecto. Gracias a ello, sentimientos sólidos y complejos pueden llevarnos, acertadamente, a evitar seguir razonamientos basados en ideas demasiado simplistas. Y razonamientos sólidos y complejos pueden llevarnos, acertadamente, a evitar seguir sentimientos basados en impulsos demasiado simples.

Pero la mayoría de las veces no nos encontraremos con esa contradicción, en especial si poseemos un pensamiento sólido y maduro. Por el contario, cuanto más compleja y novedosa sea la situación a que nos enfrentamos, es decir, allí donde tanto nuestra información genética como nuestra información empírica o racional se revelen insuficientes o ineficaces, siendo por tanto necesariamente más frágil nuestro pensamiento, más fácilmente nos confrontaremos con esas aparentes contradicciones.

Asumiendo así que los sentimientos y la razón son elementos complementarios e imprescindibles para tomar buenas decisiones y obtener un mayor grado de felicidad, parece acertado decir que la satisfacción de los placeres sensuales, de los sentimientos, debería ser siempre complementaria y compatible con la satisfacción de los placeres intelectuales, de la razón. Y no debería haber, en principio, ninguna preponderancia de unos sobre otros.

Así, volviendo a las tres escuelas filosóficas antes citadas, podemos decir que quizás el epicureísmo representaba la opción más equilibrada. Pues, frente a un hedonismo que privilegiaba el sentimiento y a un estoicismo que privilegiaba la razón, el epicureísmo conseguía combinar en mayor grado de igualdad placeres sensuales e intelectuales.

En resumen, podemos concluir que toda persona debería ser activa, entregada y audaz en el desempeño de las funciones públicas y en la búsqueda del bien común. Para después, aseguradas unas mínimas condiciones, poder trazar el camino hacia su propia felicidad personal, hacia su bien privado y particular. Un camino que, seguramente, debería conducirla a llevar una existencia enriquecedora, vivida calmamente a la sombra, disfrutando por igual de la sensualidad y del intelecto, de la naturaleza y del arte, de la espontaneidad y de la virtud.



26/10/19

La terrible crueldad de la eugenesia y la cacogenesia


Cuando Charles Darwin enunció su teoría de la evolución mediante la selección natural tenía bien claro el alcance y las posibilidades de otro mecanismo artificial, creado por el hombre, que ya por entonces era aplicado a diferentes animales domésticos. Se trataba de la selección artificial. Durante años, el científico observó con atención el trabajo realizado por los criadores de animales domésticos, viendo la forma como cruzaban y seleccionaban sus ejemplares. Incluso él mismo llegó a hacer algunos experimentos. Pudo así comprobar cómo, mediante la selección artificial, los criadores llegaban a transformar una determinada especie en otra aparentemente nueva seleccionando y alterando apenas unas pocas características.

Mediante este extraordinario proceso, un lobo pasaba a ser un perro y éste, a su vez, se transformaba en toda una variedad de razas caninas, tan diferentes entre sí que casi no parecían guardar relación alguna entre ellas. Los gatos africanos, por su parte, se convertían en gatos domésticos de todos los colores. Y del gallo indio se obtenía toda una colección de extrañas razas de gallinas domésticas.

Partiendo de estos ejemplos, Darwin percibió que la naturaleza obraba de forma parecida, aunque mucho más lentamente, ejerciendo una leve y constante selección que acababa, al final, por transformar unas especies en otras. Y no sólo alteraba algunas de sus características externas, sino que conseguía cambiar cualquier rasgo de la anatomía de las especies, de su fisiología o incluso de su complejo papel en el ecosistema.

Viendo cómo la selección artificial se aplica a los animales domésticos, podríamos pensar que ésta también podría ser aplicada, en teoría, al propio ser humano. Desde luego, sería impensable que un grupo de seres humanos criase a otro grupo y seleccionase en él determinadas características. Pero sí que se ha llegado a especular sobre la posibilidad de que los seres humanos se seleccionen a sí mismos, que apliquen al propio grupo humano del que forman parte un determinado grado de selección.

Fueron éstas las ideas que plantearon, en su tiempo, los defensores de un grupo de teorías conocido como eugenesia. El propósito de las teorías eugenésicas era que la sociedad se aplicase a sí misma una serie de medidas, en realidad un cierto tipo de selección artificial, con el fin de conseguir que las próximas generaciones tuviesen unas características genéticas mejores que aquellas de las generaciones precedentes.

Pero los principios defendidos por la eugenesia, además de éticamente peligrosos y socialmente inaceptables, se sabe hoy en día que se basaban en criterios científicos equivocados o falsos. Muchas veces las características que se pretendía potenciar o eliminar no estaban ni siquiera en los genes. Y si lo estaban, no dependían de un único gen, sino de la compleja interacción de todo un conjunto de genes, con lo que su hipotética selección o erradicación era prácticamente imposible. Además, muchas veces se consideraba que los caracteres eran buenos o malos en función de conceptos puramente culturales o, en los peores casos, de ideas de claro corte racista.

En la actualidad, por tanto, se sabe que ni la eugenesia ni la selección artificial son capaces de crear seres humanos superiores, ni más saludables, ni más inteligentes, ni más bellos. Pero entonces, considerando esto, podemos preguntarnos qué es lo que en realidad se pretende con la aplicación de la selección artificial a los animales domésticos. ¿Es que en ellos, por el contrario, se consigue crear razas de características superiores, más proporcionadas, más admirables, más perfectas?

Pues, en realidad, no. Los criadores de animales simplemente pretenden crear razas domésticas que tengan una mayor utilidad económica para ellos. Por ejemplo, vacas que den más leche, caballos que soporten más carga o cerdos que produzcan más carne. No buscan encontrar o seleccionar características superiores para la especie, sino simplemente potenciar aquellas que son más útiles para sus intereses. Y todo esto lo hacen ignorando y despreciando, sin ningún tipo de escrúpulos, la salud y el bienestar de los propios animales. Así, la mayoría de las veces, el resultado final y casi inevitable del proceso de selección artificial acaba siendo la creación de razas exageradamente torpes, desproporcionadas, enfermizas o simplemente aberrantes.

Pero quizás el mayor grado de deformidad se alcanza en aquellas razas domésticas que son destinadas a servir como animales de compañía. Aquí la finalidad de los criadores no es propiamente obtener un mayor beneficio económico, sino crear ejemplares que tengan, simplemente, un aspecto cómico, gracioso o divertido. La finalidad es transformar un ser vivo en algo parecido a un juguete viviente, en un remedo de bufón, patético y adorable, del cual podamos reírnos con fingida ternura. Así, una especie como el lobo, de imponentes características, ha acabado transformada en poco menos que una broma de mal gusto, tal como puede ser un ridículo perro caniche, un deforme perro salchicha o un ínfimo perro chihuahua.

Como es lógico, los individuos de muchas de estas razas artificiales padecen durante toda su vida graves enfermedades y deficiencias de salud derivadas de sus deformes y aberrantes morfologías. Pero a pesar de ello, con gran ensañamiento por parte de sus propietarios, se sigue insistiendo en forzar su cría e incluso, cuando es posible, en aumentar aún más el grado de deformidad de sus razas.

No podemos decir que este tipo de selección artificial se parezca o siga los principios de la eugenesia, pues ni siquiera se persigue lo superior o lo bello. Por el contrario, parece perseguirse lo feo, lo enfermizo, lo extravagante. Se busca premeditadamente la más cruel deformidad. Así, parecería más apropiado hablar de cacogenesia.

Carentes de cualquier tipo de consideración ética hacia los animales, a los que fuerzan continuamente al incesto y a la endogamia para mantener la integridad y pureza de la raza creada, los propietarios de estos animales disfrutan y se regocijan con las crueles aberraciones que poco a poco van creando. Y de forma cínica, fingen amarlos y preocuparse con ellos, tal como quizás pueda quererse a un muñeco de trapo de la infancia o a un esclavo dócil, sumiso y obediente.

Ante la existencia de estas vergonzosas prácticas, podemos pensar si los seres humanos no seremos también víctimas involuntarias de la cacogenesia. Puede que quizás, sin darnos cuenta, distraídamente, nos hayamos ido cruzando con los peores ejemplares de nuestra especie hasta convertirnos en una triste sombra de lo que éramos. Quizás nos hayamos transformado, sin quererlo, en unos seres incapaces de pensar y de respetar a los otros seres vivos, a nuestros hermanos, a los que tratamos ya, de forma infantil y caprichosa, como simples juguetes. En realidad, puede que nosotros mismos nos estemos convirtiendo en una especie de bufones, patéticos y sin gracia, del planeta.


11/10/19

El mundo triste e infeliz de la eugenesia


Todos somos conscientes del diferente valor que, según nuestros propios criterios, otorgamos a cada persona. Vemos cada día a nuestro alrededor personas admirables, inteligentes, simpáticas y bellas que nos llenan de orgullo y cuya compañía nos satisface. Otras personas, por el contrario, nos parecen del todo detestables. Algunas por ser demasiado estúpidas, otras por resultarnos tremendamente antipáticas, otras por parecernos brutas e incivilizadas y algunas otras por poseer un aspecto físico en exceso desagradable. Lo cierto es que, de forma más o menos consciente, acabamos por intentar evitar a estas personas o incluso cruzarnos en su camino.

Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué no serán todas las personas bellas, simpáticas e inteligentes? Sí, porque quizás por pura modestia olvidamos enunciar la pregunta en su forma completa, esto es: ¿por qué no serán todas las personas bellas, simpáticas e inteligentes como lo soy yo? Ciertamente, cuánto mejor sería el mundo si estuviese habitado sólo por personas como nosotros y no tuviésemos que sufrir a tanta gente estúpida, a tanto engendro, a tanto maleante, a tanto ser huraño y malcarado.

Pues bien, en primer lugar deberíamos pensar que si todas estas personas indeseables forman parte de nuestro mundo es porque son nuestros hermanos, nuestros primos, nuestros parientes, nuestros vecinos, nuestros conciudadanos, aquellos con los que convivimos desde siempre. Si de alguna forma tenemos que cargar con ellos es simplemente porque son una parte de nosotros mismos. Y, aunque nos cueste mucho aceptarlo, quizás ellos también estén cargando, a su vez, con nosotros. Por otra parte, si pudiésemos crear un mundo ideal habitado sólo por personas perfectas y maravillosas, ese mundo tendría, al final, un solo y único habitante.

Siendo por tanto muy conscientes del enorme subjetivismo con el que juzgamos las cualidades de otras personas, también es cierto que en ese juicio siempre podemos emplear algunos criterios mínimamente objetivos. Existe objetivamente poca belleza en las personas que poseen graves defectos físicos. Existe sin duda poca inteligencia en las personas incapaces de resolver los problemas más básicos para su propia supervivencia. Hay personas que sufren perturbaciones mentales y son de carácter claramente intratable. Y otras tienen una conducta tan perversa que resultan del todo perjudiciales para sus conciudadanos.

En estos casos extremos resulta fácil ser objetivo al juzgar aspectos concretos de una persona. Pero, evidentemente, esto será mucho más difícil cuando no nos enfrentemos a casos extremos o cuando tengamos que integrar todos los diferentes aspectos de una persona en un único juicio de valor. Y así, suponiendo que alguna vez alcanzásemos un grado de objetividad lo suficientemente aceptable para poder juzgar a determinadas personas como indeseables o perjudiciales, ¿será que, de alguna forma, podríamos librarnos de ellas para poder vivir en un supuesto mundo feliz?

Para empezar, deberíamos plantearnos la siguiente pregunta: ¿estamos de verdad seguros de que, librándonos de estas personas, no volverían a aparecer al poco tiempo nuevas personas igual de indeseables que las anteriores? En realidad, sabemos muy bien que las características y el comportamiento de cada individuo están determinados por factores extrínsecos, como por ejemplo la educación o la instrucción recibidas, y por otros intrínsecos, como puede ser el propio acervo genético.

Parece claro que si mantenemos siempre los mismos factores extrínsecos, como por ejemplo una educación deplorable o una mala instrucción pública, continuaremos a crear personas estúpidas, brutas o malvadas. Y aunque pudiésemos libramos de algunas de ellas, rápidamente surgirían otras nuevas de idénticas características. Por el contrario, si nos decidiésemos a mejorar dichos factores posiblemente podríamos llegar a crear, no sin poco esfuerzo, un mundo y unas personas mucho mejores.

Pero, ¿y en relación a los factores intrínsecos? ¿Podríamos también mejorar nuestro acervo genético? ¿Podríamos librarnos quizás, aunque sólo sea, de una parte indeseable y perjudicial de nuestros genes? Pues bien, lo cierto es que al contrario de lo que ocurre con los factores extrínsecos, en esta materia podemos hacer más bien poco.

Hace poco más de un siglo surgieron diversas teorías, conocidas bajo el nombre de eugenesia (no confundir con la espantosa y racista doctrina del eugenismo), que partían del principio de que acabando con determinados genes, que se consideraban defectuosos, se acabaría también con la existencia, entre nosotros, de determinadas características y comportamientos indeseables.

Pero lo cierto es que esos genes y esos defectos no desaparecen. La mayoría de los caracteres de cada persona no son determinados por un único gen, sino que son el resultado de la suma e interacción simultánea de muchos genes. Y esos genes se combinan de forma diferente e impredecible en cada nuevo individuo y en cada nueva generación. Así, progenitores sin defectos pueden generar hijos con o sin defectos que a su vez pueden generar nietos con o sin defectos. Es decir, que en general vamos a encontrar exactamente los mismos genes en ambos tipos de personas.

La única forma de conseguir quizás algún cambio en nuestros genes, logrando combinaciones algo diferentes, sería sometiéndonos voluntariamente, durante varias generaciones, a un proceso de selección artificial. Este es un proceso que se utiliza con frecuencia en los animales domésticos y en el que, para conseguir fijar unas determinadas características, se aplica activamente el incesto y la endogamia a miembros seleccionados de una población. Su éxito depende así, entre otras cosas, de evitar que exista cualquier cruzamiento fortuito con el exterior.

Sin embargo, al margen de la evidente aberración que supondría aplicarnos este terrible proceso, lo cierto es que la selección artificial nos llevaría a una significativa degeneración en todos los aspectos, ya que este tipo de selección, en realidad, tiene precisamente como objetivo y como efecto reducir la diversidad genética. Y con una diversidad genética menguada nuestras posibilidades de supervivencia se verían seriamente afectadas.

Si es cierto, como se ha dicho, que la mayoría de caracteres son el resultado de la suma y de la interacción de muchos genes, en unas pocas ocasiones esto no es así. A veces una característica depende de un único gen, como sucede, por ejemplo, con determinadas enfermedades genéticas graves. En estos casos, excepcionalmente, la eugenesia sí tiene sentido. Resulta del todo deseable evitar que nazcan individuos con ese gen y con esa enfermedad. Y para ello es posible recurrir a métodos como el diagnóstico prenatal, una hipotética alteración del gen o, simplemente, una renuncia voluntaria a reproducirse, siendo precisamente éstos los únicos casos de eugenesia y de técnicas eugenésicas que tienen sentido y que se aceptan en la actualidad.

Aunque, para ser más exactos, la eugenesia también está implícita en otro mecanismo que forma parte de la evolución y del cual la mayoría de las veces no somos muy conscientes: la selección sexual. Al reproducirse, una persona trata de elegir una pareja que posea las mejores características genéticas, despreciando otras que considera de peor calidad. Por tanto, al elegir una pareja y no otra estamos seleccionando, de hecho, tal como en la eugenesia, los genes que queremos pasar a la siguiente generación. Y a pesar de que, como se ha dicho, esto no altere significativamente la composición genética de la nueva generación, lo cierto es que la selección sexual es un proceso que funciona a escala evolutiva y, como tal, podrá generar cambios significativos al cabo de un sinfín de generaciones.

En resumen, aunque podamos mejorar muchos de los males crónicos de nuestra sociedad cambiando los factores extrínsecos que modelan el comportamiento de las personas, lo cierto es que, por culpa de los genes y de su obstinada persistencia, tendremos que seguir soportando la presencia de todo tipo de personas indeseables en nuestra vida. Y ellas tendrán también que soportarnos a nosotros, aunque, claro, ellas lo tienen mucho más fácil, pues nosotros somos casi perfectos.


12/7/19

La lucha entre el buen salvaje y el científico loco


Todos nosotros leemos o escuchamos noticias a diario, pues nos gusta estar informados de todo cuanto ocurre a nuestro alrededor, especialmente de todo aquello que pueda de alguna forma afectar a nuestras vidas. Y al hacerlo mostramos nuestra preferencia por unos determinados medios de comunicación que, de forma más o menos consciente, seleccionamos porque consideramos que son más fiables o adecuados para que nos transmitan esas noticias que nos interesan o que simplemente consumimos.

Esta labor de analizar, comparar y finalmente seleccionar nuestras fuentes de información es algo que realmente tiene gran importancia para nosotros, pues ni todas las fuentes son iguales, ni tienen todas el mismo valor, ni merecen todas la misma confianza. Somos bien conscientes de que, con demasiada frecuencia, determinados medios de comunicación recogen noticias falsas, dan pábulo a rumores infundados, tergiversan torpemente los hechos o, simplemente, se inventan historias fantasiosas con inconfesables propósitos comerciales o de cualquier otro tipo.

Es por tanto evidente que todo tipo de verdades, de medias verdades, de falsedades o de simples mentiras crecen, se multiplican y se atropellan cada día tumultuosamente a nuestro alrededor. Y para sobrevivir en medio de esta vorágine, para llegar a vislumbrar al menos una parte de la verdad de las cosas, tenemos que aprender a lidiar con todas ellas. Para empezar, evaluando continuamente la veracidad de la información que nos llega y quién nos la transmite.

Así, no pasará mucho tiempo antes de que nos hagamos la siguiente pregunta: ¿en quién debemos confiar más, en una persona que nos dice siempre veinte verdades sobre cualquier tema o en una persona que nos dice tan solo cinco verdades?

Parece lógico que escojamos siempre la primera, que escojamos a quien nos proporciona una mayor cantidad de información y además conforme a la realidad de los hechos. Sin embargo, ¿qué ocurriría si la persona que nos dice veinte verdades nos dice siempre también, al mismo tiempo, veinte mentiras? ¿Y si la persona que nos dice sólo cinco verdades, en cambio, no nos dice nunca ninguna mentira? Si así fuese, ¿en quién deberíamos realmente confiar más? Parece ahora evidente que deberíamos confiar más en la segunda persona, pues no nos miente nunca, mientras que la primera nos miente la mitad de las veces.

Considerando la información que recibimos y cómo la recibimos, deberemos aceptar una máxima o principio básico. Deberemos aceptar que nuestro conocimiento no es la suma de la información que recibimos, sino que es el resultado de un simple cómputo matemático. Nuestro conocimiento es, en realidad, la suma de las verdades que adquirimos menos la suma de las mentiras que erróneamente aceptamos.

La suma de las informaciones verdaderas menos la suma de las informaciones falsas es la que nos da la auténtica medida de nuestro nivel de conocimiento. Es cierto que, de forma algo ingenua, podríamos pensar inicialmente que, para ser más sabios, nuestro mayor interés consiste en saber el mayor número posible de cosas, en tener un conjunto de informaciones lo más amplio y extenso posible, en convertirnos en un vasta enciclopedia de hechos y sucesos.

Pero esto no es así. No nos basta con tener mucha información. Nos interesa también, al mismo tiempo, que entre las informaciones que adquirimos y aceptamos como verdaderas haya el menor número posible de mentiras. Y sabiendo que existen pequeñas y grandes verdades tanto como pequeñas y grandes mentiras, concluiremos que tener más y mejor conocimiento consiste, en realidad, en adquirir un mayor número de grandes verdades y un menor número de grandes mentiras.

El cómputo entre verdades y mentiras nos permite, por ejemplo, comprender por qué vivimos en un mundo que tiene cada vez más conocimiento científico y técnico y, al mismo tiempo, paradójicamente, en un mundo que tiene cada vez peores condiciones de vida, al menos para la mayor parte de sus habitantes, o que se enfrenta a catástrofes ambientales y ecológicas de una gravedad extrema y sin precedentes.

Parece como si, en realidad, el mundo avanzase en sentido opuesto al que debería dictar el enorme progreso existente en el conocimiento científico. Pero esto no nos debe resultar extraño si recurrimos a nuestro cómputo de conocimiento. No cabe duda que nuestras sociedades modernas están desbordantes de nuevos y deslumbrantes descubrimientos, pero al mismo tiempo, por desgracia, están aún dominadas por enormes y terribles mentiras que se agarran a nuestro pensamiento y que, parasitándolo, nos impiden avanzar.

Víctimas, a nuestro pesar, de un enorme conjunto de ideas antiguas, desfasadas y, sobre todo, falsas, cada nuevo descubrimiento parece, en realidad, destinado únicamente a potenciar y aumentar los efectos de las ideas trasnochadas que dominan nuestras mentes. Cada nuevo avance se pone inevitablemente al servicio de las antiguas y grandes mentiras, sin ser nunca capaz de vencer o de escapar a su pesado lastre, siempre cada vez más pesado. Baste citar, como ejemplo paradigmático, la rapidez con que el descubrimiento de la física nuclear se aplicó en algo tan primitivo como la guerra y con consecuencias tan devastadoras para la propia humanidad.

Utilizando el cómputo de verdades y mentiras podemos también comprender fácilmente el mito del buen salvaje, el mito del individuo primitivo sin casi ningún conocimiento pero, al mismo tiempo, sin ningún rastro de maldad. El buen salvaje es, en realidad, un individuo ingenuo que conoce unas pocas verdades y ninguna mentira, ya que en ningún momento ha sido corrompido por nuestra sociedad. Así, a pesar de tener poca experiencia y un escaso volumen de información, el cómputo de su conocimiento es siempre enormemente positivo.

Y podemos igualmente comprender el mito del científico loco, el mito del individuo poseedor de un portentoso conocimiento y una erudición sin límites pero que, al mismo tiempo, se halla completamente dominado por la maldad, pues ha sido corrompido por las más grandes mentiras y vicios de nuestra sociedad. Así, a pesar de poseer un vasto y admirable volumen de información, el cómputo de conocimiento del científico loco es siempre tremendamente negativo.

Evidentemente, podemos rehuir del modelo simplista creado por estos dos ejemplos tan extremos. Podemos pensar, por ejemplo, en la existencia de un científico benévolo, guiado únicamente por la verdad, que se revela continua y corajosamente contra toda maldad, mentira o superstición propia de nuestra sociedad. Y podemos pensar también en que no sólo existen buenos salvajes, sino que también puede haber salvajes malvados o perversos, dominados por unas pocas pero abominables mentiras. En resumen, podemos concluir que, independientemente del mayor o menor volumen de información que posea una persona, el cómputo de sus ideas tanto puede ser, en cada caso, de signo positivo como negativo.

Sin embargo, si analizamos con detenimiento la realidad de nuestras sociedades modernas podemos concluir, no sin cierto pesar, que parecen caracterizarse por lo peor de los dos mitos, de estos dos extremos. Nuestras sociedades podrían quizás definirse como un bando de científicos locos y suicidas guiando tras de sí a una horda descerebrada de bárbaros salvajes.

No cabe duda de que el volumen de conocimiento de nuestra sociedad moderna es muy elevado, cada vez mayor. Pero al mismo tiempo, el cómputo, la relación entre la suma de las verdades y las mentiras, parecer ser terriblemente negativo.


10/6/19

La fábula de la sobreexplotación


Mucho más allá de las montañas, a una distancia no inferior a veinte vuelos de águila, treinta estampidas de bisonte o cien cantos de ruiseñor, existía una gran llanura en cuyo mismo centro se levantaba un viejo y frondoso bosque, el cual daba cobijo y sustento a un sinfín de pequeños animales que en él vivían placenteramente, viendo pasar los días con la mayor calma y serenidad, agradeciendo al sol del mediodía su calor, a los árboles cargados de hojas su delicada sombra, al rocío de la noche su vívido y renovado frescor y agradeciéndose igualmente, de unos para otros, la fortuna de la grata y recíproca compañía, no siempre exenta de sus pequeñas cuitas, zozobras y disputas.

Quisieron los vientos y las tormentas abrir en el mismo corazón del bosque un pequeño claro donde tenían a bien solazarse con la mayor asiduidad los más de sus habitantes. Allí acudían, de pecho hinchado, los siempre ufanos y presumidos petirrojos, allí enseñaban las arañas más viejas a tejer los delicados puntos de sus telas a aquellas otras más jóvenes y allí se reunían, a cada tarde, los bulliciosos grillos para entablar sus interminables, vehementes y monótonas conversaciones.

Para salvaguarda de los apremios de la sed, especialmente sofocante en las cálidas tardes del verano, hacía tiempo que en el claro del bosque se había horadado la tierra y se habían construido tres pozos de dulce y refrescante agua. Y para cuidar de ellos se había atribuido su guarda y propiedad a tres de los más antiguos y renombrados moradores del lugar: a una cigarra bien conocida por ser gran amiga del canto y de las artes, a una hormiga de todos admirada por su ejemplar laboriosidad y a una mantis a quien todo el mundo en el bosque respetaba, cuando no temía, y a quien nadie osaba bajo ningún concepto en nada contradecir.

Fue generosa la naturaleza llenando los pozos con agua abundante, aunque no sin ciertas limitaciones. Así, cada pozo conseguía acumular hasta tres litros de agua, aunque a cada año brotaba de su fondo un nuevo litro que venía a reponer con sobrado margen el agua consumida por los pequeños animales. Y con la venta de ese litro, cada uno de los propietarios podía recibir a cambio hasta cien monedas acuñadas en delicada piedra de aguamarina.

Aunque no solía ser así para la alegre y confiada cigarra, para quien ni el pozo ni el dinero fueron nunca una verdadera preocupación. Dedicada por entero a hacer más bella y placentera la vida de sus conciudadanos, entonando a diario sus melodiosas canciones o recitando al sol sus inspiradas odas y versos, la cigarra vendía a sus sedientos vecinos únicamente el agua que estos le pedían y las más de las veces se olvidaba incluso de cobrarles por razón de ello el debido peaje.

No ocurría así con la hormiga, que, envidiosa del talento y la admiración que la cigarra alcanzaba a cada día en el desempeño de sus artes, decidió compensar sus escasas dotes para las musas centrando sus preocupaciones en asuntos mucho más prosaicos y terrenales. Y así pensó en ganar una cierta fortuna dedicándose al comercio y a la venta de agua. Para ello, tras largas y cuidadosas consideraciones, decidió que lo mejor era emprender la tarea de explotar intensivamente el pozo que era de su propiedad.

Como bien sabía la hormiga, la explotación de un recurso permite obtener más dinero cuanto mayor sea la cantidad que fuere vendida. Y como aquello con que la tierra proveía al pozo era de un litro de agua cada año, la hormiga decidió vender la totalidad de ese litro para conseguir el máximo de beneficio. Con todo esto no le fue mal a la hormiga en su propósito y ya en ese mismo año vendió la totalidad de esa agua, ganando con ello cien monedas, dinero con que inició su pequeña fortuna.

Gran envidiosa de la riqueza que estaba alcanzando la hormiga, la mantis no hallaba forma de emular el éxito alcanzado por aquella, mirando con gran codicia las monedas por ella obtenidas y deseando en todo momento ganar muchas más. Aunque la mantis no poseía ciertamente la laboriosidad y el empeño propios de la hormiga, contaba sin embargo con una gran inteligencia y con una astucia sibilina. Y así, tras mucho rumiarlo, halló finalmente la solución para su secreto propósito, concluyendo que la mejor forma para conseguirlo era sobreexplotar su pozo.

Como muy bien sabía la mantis, aumentar la explotación de un recurso da más dinero, pero sobreexplotarlo da mucho más, a pesar de que con ello se acabe por llevar inevitablemente el negocio a la ruina. Así, poniendo en práctica su astuto plan, la mantis vendió ese año dos litros de agua de su pozo y con ello ganó doscientas monedas. Y al año siguiente vendió otros dos, ganando otro tanto, aunque con ello el pozo acabó por secarse definitivamente. Pero eso no le importó en absoluto a la mantis, que en ese momento disponía ya de cuatrocientas monedas en su nutrida arca.

Siguiendo su elaborado plan, al año siguiente la mantis compró a la hormiga su pozo por trescientas monedas, una oferta que la hormiga no pudo rechazar, pues dicha cantidad suponía nada menos que el trabajo y las ventas de tres años. Cerrado el negocio, con este pozo hizo la mantis otro tanto que con el suyo. Vendió dos litros a cada año hasta secarlo por completo y con ello ganó fácilmente otras cuatrocientas monedas.

No tardó al año siguiente en acudir a comprar el pozo a la cigarra, que, poco interesada por los negocios, se lo vendió por apenas cien monedas. Y tal como antes, en sólo dos años la mantis secó también este otro pozo ganado con ello una cantidad de dinero equivalente. Haciendo cuentas, la mantis poseía ahora una fortuna total de ochocientas monedas de aguamarina, más de lo que poseyó nunca ningún otro habitante del bosque. Y siendo la más rica del lugar, bien podía decirse que tenía ahora a todo el bosque y sus habitantes sometidos al dictado de sus más mínimos caprichos y voluntades.

Sin embargo, al año siguiente llegó la inevitable y esperada catástrofe, pues privados de toda agua de los pozos, ahora completamente secos, con la llegada del calor estival la mayoría de los animales del bosque acabaron por ir debilitándose, enfermando y muriendo lentamente de sed. Aunque, a decir verdad, la mantis no pasó en todo ese tiempo ni sed ni hambre alguna, pues uno a uno se los fue comiendo a todos ellos a medida que desfallecían. Y entre sus primeros y más deliciosos ágapes se hallaron, claro está, la cigarra y la hormiga.

Llegado el final del estío, con todos los animales muertos y habiendo acabado ya su copioso y opíparo banquete, la mantis decidió marcharse del bosque llevando consigo toda su enorme fortuna. Y con ella no tardó en encontrar lugar y asiento en otros bosques vecinos, dedicándose siempre al exitoso y respetable negocio de la sobreexplotación de recursos. Con ello, a cada año que pasaba, la mantis prosperó y se enriqueció aún más, dejando por toda la región un enorme y creciente rastro de muerte y destrucción, siempre para mayor gloria de los elevados y nobles ideales del capitalismo.

Siendo nosotros conocedores del trágico destino sufrido por los desdichados animales del bosque, tengamos por bien aprender la diferencia existente entre el uso, la explotación y la sobreexplotación de un recurso natural. Pues fijando nuestro interés únicamente en el beneficio que de él podamos extraer, corremos el riesgo de caer en el vicio de la explotación, tal como hizo la hormiga, lo que nos llevará al mismo borde de la desgracia.

Pero si además olvidamos todo lo demás y nos abandonamos a los más fríos dictados del dinero, siguiendo vilmente las normas del capitalismo, tal como hizo la mantis, caeremos en la tragedia de la sobreexplotación e, inevitablemente, nos veremos abocados a la más terrible y mortal de las catástrofes. Pues no debemos olvidar nunca que la sobreexplotación es siempre rentable, la más rentable de las opciones… hasta llegar al momento mismo del colapso final.



23/5/19

Sobrevivir luchando con, contra o para la naturaleza


Todos experimentamos a lo largo de nuestra vida relaciones complejas que son guiadas, alternadamente, por sentimientos aparentemente tan contradictorios como el amor, el odio o la indiferencia. Así por ejemplo, sabemos que una persona muy glotona, amante incondicional de la comida, en un principio disfrutará zampándose cualquier tipo de alimento que caiga en sus manos. Sin embargo, más tarde, ante los inevitables síntomas del empacho, podrá pasar de repente a odiar todo tipo de comida, no soportando ver ante sí ningún atisbo de alimento. Finalmente, escarmentada quizás por sus excesos, esa misma persona podrá pasar a comer con moderación o incluso a mostrarse completamente indiferente ante cualquier tipo de alimento, por muy tentador que sea.

Así, dicha persona habrá pasado sucesivamente por el amor, el odio y la indiferencia ante la comida. Pero la verdad es que siempre, en todo momento, ha necesitado y necesitará alimentarse, pues la comida es imprescindible para conservar la vida y todos los procesos biológicos del organismo. Lo único que en realidad ha cambiado, creando para él toda una serie de problemas y dificultades, ha sido su actitud ante ella.

Pues bien, esto mismo es lo que nos ocurre con la naturaleza. Todos necesitamos a la naturaleza para sobrevivir, pues sólo ella es capaz de mantener con vida a todos y cada uno de los seres vivos existentes, incluidos nosotros, los seres humanos. Sin embargo nuestra actitud hacia la naturaleza ha ido cambiando a lo largo del tiempo, especialmente en los últimos milenios, alternando entre el amor, el odio o la indiferencia. Y todo ello como consecuencia, una vez más, de nuestros vicios y excesos, de nuestra inagotable avaricia y glotonería.

En un primer momento, durante el periodo paleolítico, el hombre vivía plenamente integrado en la naturaleza, tal como cualquier otro ser vivo. Todo cuanto el hombre necesitaba se lo daba la naturaleza. Y todo aquello que afectaba a la naturaleza le afectaba a él, pues el hombre compartía con ella un único destino. Su mundo era la propia naturaleza. Así pues, el hombre vivía y sobrevivía luchando junto con la naturaleza.

Sin embargo, llegado el período neolítico, el hombre comenzó a desarrollar su particular talento y a crear novedosos hábitos culturales con el fin de mejorar sus siempre precarias condiciones de vida. Empezó de esta forma a desarrollar la agricultura y la ganadería con el fin de facilitar, mejorar y aumentar su alimentación, sorteando así, a partir de ese momento, los impredecibles periodos de escasez de alimento a los que ocasionalmente le sometía la naturaleza. Comenzó por tanto a transformar la tierra que le rodeaba creando campos para el cultivo de sus plantas y pastos para la cría de sus animales domésticos. El ser humano empezó, de esta forma, a crear un pequeño mundo artificial a su alrededor.

No obstante, este pequeño mundo artificial entró inmediatamente en conflicto con el mundo natural en cuyo seno se encontraba. Los animales salvajes no tardaron en entrar en los pastos y en los cultivos para alimentarse tanto de los vegetales como de los animales que con tanto esfuerzo cuidaban y criaban los hombres. De igual forma, todo tipo de plantas silvestres invadieron ese mundo artificial dificultando o malogrando buena parte los laboriosos esfuerzos del hombre. Los animales salvajes eran el enemigo y había que matarlos o librarse de ellos. E igualmente, las plantas silvestres debían ser segadas, taladas o quemadas en todo el perímetro envolvente.

Tampoco los fenómenos naturales se compadecían del pequeño mundo artificial creado por el hombre. Las lluvias intensas, que con tanta facilidad acogía la vegetación natural, provocaban enormes destrozos en los cultivos. Unas pérdidas semejantes a aquellas que, por el contrario, producía también la ausencia de lluvia y los largos periodos de sequía. Era por tanto necesario transformar física y materialmente la propia naturaleza envolvente. Era necesario, por ejemplo, desviar el agua de los ríos hacia los cultivos o levantar muros y diques para luchar contra las inundaciones.

A pesar de todas estas tremendas dificultades, el hombre del neolítico consiguió prosperar. Pero ahora sentía miedo, angustia y, sobretodo, odio hacia la naturaleza. Y es que, en cualquier momento, la naturaleza podía diezmar o arruinar todo su pequeño mundo artificial. En cualquier momento podía condenar al hambre o a la muerte a toda su población, ahora cada vez más numerosa y difícil de mantener. La naturaleza era el enemigo y era preciso aislarse y defenderse contra ella. Así, el hombre pasó a vivir y sobrevivir luchando contra la naturaleza.

Sin embargo, en la actualidad el pequeño mundo artificial creado por el hombre ha crecido de forma inimaginable y ha pasado a convertirse en el gran mundo. Las tierras ocupadas y transformadas por el hombre, cuya población no ha dejado nunca de crecer, acaparan hoy en día la mayor parte de los territorios fértiles de todo el planeta. El mundo artificial se ha extendido hasta tal punto que, en la actualidad, amenaza la propia existencia del mundo natural que constituye su base y su sustento. Porque en realidad el mundo artificial nunca ha estado fuera del mundo natural. El mundo artificial nunca ha dejado realmente de depender por completo de la naturaleza y de necesitar de ella a cada momento para sobrevivir.

Si es verdad que, en un principio, luchar contra la naturaleza podía tener algún sentido dentro de los límites de ese mundo artificial que se intentaba construir, esa misma lucha resultaba entonces y resulta hoy por completo absurda, incluso suicida, más allá de los límites de ese mundo y, sobre todo, más allá del alcance material de lo que la naturaleza buenamente puede aguantar, aportar o sustentar. Así, debido a la creciente y masiva destrucción de la naturaleza, nuestro gran mundo artificial, tan industrial e hiperenergético, tan orgulloso, prepotente y ensimismado, se está quedando actualmente sin la base física y material que constituye su propio sustento.

Ante una naturaleza cada vez más degradada y agonizante, nuestro mundo artificial declina ya sin remedio. Y esto a pesar de que continuamos apostando, con furioso e incontenible empeño, en una ciega e imperiosa huida hacia delante. Sin embargo, cada vez resulta más difícil de negar que las bases de nuestro mundo artificial se tambalean y que nos enfrentamos a catástrofes cada vez más frecuentes. La amenaza se extiende incluso al futuro de nuestras grandes cosechas, abriendo el paso, sobre todo en los países dominados y más pobres, al fantasma del hambre, la miseria y las enfermedades.

Ante este sombrío panorama, el hombre actual empieza a darse cuenta de que para sobrevivir es necesario luchar para salvaguardar la naturaleza. Se da cuenta por fin, de forma inevitable, de que sólo puede vivir y sobrevivir luchando para la naturaleza.

En efecto, el hombre siempre ha necesitado a la naturaleza para vivir, pero a lo largo del tiempo se ha relacionado con ella de formas diferentes: primero luchando junto con ella, más tarde luchando contra ella y finalmente, cada vez más, luchando para ella, luchando a su favor. Porque luchar por la naturaleza es al mismo tiempo luchar por nuestra propia supervivencia. Y la necesidad de esta lucha parece más urgente y apremiante a cada día que pasa.