1/7/10

Elecciones o democracia.


Una y otra vez oímos decir que las elecciones son la característica esencial y, sobre todo, definitoria de un sistema democrático. Y de tantas veces repetido, parece que esto sea realmente verdad. Sin embargo, lo cierto es que la relación que existe entre las elecciones y la democracia es casi siempre de carácter circunstancial, cuando no claramente antagónica.

En primer lugar, conviene aclarar que no todos los países que realizan elecciones son democráticos. Analizando los variados regímenes políticos existentes en la actualidad, o en un pasado reciente, vemos que raro es aquel que no realiza algún tipo de elecciones. Desde los regímenes más tiránicos o dictatoriales a aquellos otros de carácter más popular o republicano, en casi todos ellos se realiza algún tipo de acto electoral para escoger representantes. Además, no podemos olvidar que el advenimiento de ciertos regímenes tiránicos, claramente antidemocráticos, fue en ocasiones resultado de unas elecciones consideradas libres y democráticas. Tal como sucedió por ejemplo en la Europa de los años 30, algunas elecciones pueden acabar por sepultar cualquier tipo de valores democráticos.

Y en segundo lugar, aclaremos que no todos los países que son democráticos realizan elecciones. En realidad, los que son puramente democráticos nunca las realizan. Tal como explica Aristóteles y otros filósofos, en las democracias más genuinas los cargos públicos no son elegidos mediante elecciones, sino por sorteo. Esto es así porque, en una democracia, todos los ciudadanos son considerados de igual valor e igualmente capacitados, por lo que sólo es aceptable que sea el azar quien determine qué persona debe ocupar un determinado cargo público. Caso contrario, se estaría incurriendo en algún tipo de distinción, preferencia o discriminación entre ciudadanos.

En realidad, según Aristóteles, las elecciones son un procedimiento característico de los regímenes oligárquicos, donde existe una clase social privilegiada que suministra los candidatos y una o varias clases sociales que los eligen. Y esto es así incluso cuando algunos candidatos, fomentando el populismo, se hayan ido a buscar entre las clases más bajas. De forma sorprendente, en nuestras sociedades modernas, claramente oligárquicas, el carácter elitista de los candidatos resulta más que evidente. En ellas, los candidatos forman parte de una determinada casta social, la de los políticos, mientras que el pueblo llano, los electores, permanecen voluntariamente excluidos y enajenados de los cargos públicos, renunciando así a cualquier participación democrática.

Teniendo en cuenta que las elecciones no caracterizan a la democracia y que la democracia no se caracteriza, en realidad, por tener elecciones, podemos afirmar, sin embargo, que las elecciones, junto con los referendos, son instrumentos de gobernación útiles y necesarios para cualquier régimen basado en la soberanía popular. Pero, como simples instrumentos que son, está claro que siempre pueden ser bien o mal empleados.

Las elecciones serán mal empleadas: cuando suplanten progresivamente la participación directa de los ciudadanos en la política, cuando los representantes elegidos formen una clase social propia y cada vez más elitista, cuando dichos representantes usurpen de alguna forma el poder y la soberanía de los representados, cuando las elecciones sirvan únicamente para dar empleo público a una parte de esa élite, cuando en vez de ideas únicamente se discuta la validez de los candidatos para un determinado cargo.

Por el contrario, las elecciones serán bien empleadas: cuando incentiven la permanente y activa participación de los ciudadanos en la vida pública, cuando sirvan para debatir ideas, cuando estimulen la realización de reuniones y asambleas públicas, cuando haya una continua renovación de los representantes, cuando los cargos públicos sean ocupados por los ciudadanos más sabios y capacitados, cuando las personas se sientan identificadas con sus representantes.

Resulta muy fácil, por tanto, saber si en nuestra sociedad las elecciones son empleadas para el bien o para el mal, saber si vivimos en un régimen de soberanía popular o en un régimen cada vez más oligocrático. Así, por ejemplo, cuando existan clases sociales, cuando el reparto de la riqueza entre esas clases sea cada vez más desigual, cuando la participación en los partidos políticos sea cada vez menor, cuando la abstención electoral sea cada vez más abrumadora, cuando no exista discusión ideológica en las elecciones, cuando los elegidos sean siempre los mismos… será evidente que vivimos en una oligocracia y que ésta utiliza las elecciones para aumentar su poder.

Y estaremos en un régimen de soberanía popular si… ¿de verdad cree que alguna vez iban a permitirle eso?


19/6/10

La incomprensible actitud de Pinocchio.


Pinocchio, el famoso muñeco de madera del cuento de Collodi (Carlo Lorenzini), veía crecer su nariz cada vez que decía una mentira. ¿Por qué entonces insistía en mentir una y otra vez? ¿Pensaba que haciéndolo evitaba tener un rostro demasiado vulgar, con un perfil excesivamente plano y anodino? ¿Tenía acaso la pretensión de llegar a todas partes antes que nadie? ¿O será, por el contrario, que Pinocchio tenía una percepción diferente, de carácter alternativo, de lo que era o no era verdad?

Hoy en día es bastante frecuente escuchar argumentos que cultivan el relativismo sobre lo que es la verdad, argumentos destinados a confundir o nublar el entendimiento. Porque lo cierto es que existe una única realidad y es, precisamente, dicha realidad la que determina lo que es o no verdad. Cualquier idea que se aproxime a la realidad deberá ser considerada como verdadera, mientras que cualquier idea que se aleje de la ella será evidentemente falsa. Y considerando diferentes ideas, unas más próximas que otras de la realidad, unas serán por ello más verdaderas y otras lo serán menos.

Existen ideas que se acercan a la realidad en un aspecto y no en otro, mientras que otras lo hacen justamente al contrario, siendo al mismo tiempo igualmente verdaderas e igualmente falsas. Y también hay ideas que, siendo verdaderas en un aspecto, están muy lejos de la realidad en otros, mientras que otras ideas, no estando cerca en ningún aspecto, tampoco están muy lejos en ninguno de ellos. Así, podemos decir que entre las ideas imperfectas existe la posibilidad de hacer todo tipo de comparaciones. Pero eso no debe confundirnos ni apartarnos de la necesaria búsqueda de la verdad, es decir, de aquellas ideas que se identifican perfecta y plenamente con la realidad.

El mecanismo lógico por el cual se va probando o arquitectando la veracidad de las ideas, ya sea en un aspecto particular o en todos ellos, es la discusión y el análisis. Si a través de ellos se demuestra que una idea, o una parte importante de ella, no es válida, esa idea pasa entonces a ser considerada una falsedad o una mentira. Y, por lógica, quien la defendió debería pasar a ser considerado como un falsario o un mentiroso.

Pero evidentemente esto no es así, ni mucho menos. La consideración que es dada al defensor de una idea que se revela como falsa dependerá siempre del carácter moral de esa persona. Al demostrarse la falsedad de una idea, debe permitirse siempre a quien la defendió que rectifique sus argumentos. Sólo en el caso de que, pese a la evidencia, continuase defendiendo los mismos argumentos falsos, esa persona debería ser considerada como mentirosa. Sólo entonces merecería que le creciese la nariz.

Pinocchio, a pesar de ser un muñeco de madera, no era tonto. Bien pronto comprendió cómo era el mundo en que se encontraba. Miró a su alrededor y vio a toda la gente, a la gente de carne y hueso, defender siempre, invariablemente, las mismas falsas ideas, sin retractarse jamás de ellas. Cierto es que, en medio de toda esa gente, había también unas pocas personas dedicadas al estudio y al conocimiento, esforzadas en demostrar la falsedad de las ideas comunes y en proponer otras más acordes con la realidad. Pero estos estudiosos eran siempre ignorados y despreciados por la mayoría. ¿Para qué iban a cambiar ahora de ideas, si las que tenían les habían servido siempre hasta ahora, ya fuese mucho, poco o nada?

Pinocchio, sintiendo gran admiración por aquellos pocos estudiosos, rompió su hucha y compró algunos de sus libros. Leyó con mucha atención e interés los tratados que demostraban, por ejemplo, que utilizar el petróleo de forma masiva alteraba el clima del planeta, que adoptar una economía basada en el lucro provocaba siempre una creciente injusticia social, que la práctica de una agricultura intensiva acababa por agotar la fertilidad del suelo, que destruir la naturaleza implicaba inevitablemente nuestra propia e impiedosa destrucción.

La verdad de aquellas ideas era evidente. Pero claro, él no podía defender esas nuevas ideas, por más próximas a la realidad que estuviesen. Él era un muñeco de madera y no podía correr riesgos. Si alguien se irritase con él, lo más seguro es que lo echasen al fuego. Pinocchio sabía muy bien que incluso personas de carne y hueso habían sido quemadas en el pasado por la misma razón. No, de nada sirve defender la verdad cuando de lo que se trata es de evitar ser devorado por las llamas.

Comprendiendo todo esto, Pinocchio comenzó a mentir. Mentía siempre y a todas horas. Tener una nariz en crecimiento no era en realidad un gran problema, pues incluso era vista como un símbolo de carácter y personalidad en su rudo perfil de muñeco de madera. Así fue como, a partir de entonces, Pinocchio prosperó en este mundo. Quién sabe si hoy en día no se habrá convertido en un ministro importante de cualquier país occidental. O quizás en un pedazo de leña.


2/6/10

Esclavitud mágica.

Algunos santuarios están situados en las escarpadas cumbres de las más altas montañas. Y es común afirmarse que quien realiza una peregrinación hasta ellos obtiene suerte y prosperidad para toda la vida. Claro que quien afirma esto deja convenientemente de lado, en sus cuentas, a todas aquellas personas que, intentando subir a la cumbre, acaban por morir despeñadas. O a aquellas otras que son llevadas por una súbita tormenta de nieve. Por no hablar de aquellas cuyo corazón no aguanta el esfuerzo del duro camino, o de aquellas otras que, tras realizar la peregrinación, acaban luego por llevar una vida llena de desgracias. Y aún hay otras personas que, sin nunca mejorar su vida, repiten una y otra vez la peregrinación con la esperanza de que finalmente suceda algo.

Lo cierto es que muchas personas piensan que realizar un determinado acto o poseer un cierto amuleto da suerte y que, gracias a ello, su vida va a mejorar súbitamente. Adoptando semejante forma de pensar, estas personas inician un largo y tortuoso camino que irremediablemente las conducirá a la pérdida de su libertad y, con frecuencia, a la propia esclavitud. Porque, contrariamente a lo que se suele decir, ser supersticioso no da suerte. Ser supersticioso es, en realidad, una verdadera desgracia.

Este camino que lleva a la progresiva pérdida de la libertad puede resumirse en cinco etapas: superstición, creencia, iluminación, sectarismo y religión. Y cada una de ellas implica un grado cada vez mayor de sumisión y de pérdida de la propia voluntad.

La primera etapa es la aparición de la superstición. Una persona puede convencerse, por ejemplo, de que tirar piedras a un río da suerte. Y la verdad es que, con ello, puede calmar en cierta medida su ansiedad ante determinados acontecimientos futuros que puedan quizás traerle dolor o infelicidad.

Pero las supersticiones son a menudo contagiosas. Y con ello se llega a la segunda etapa, que consiste en la aparición de la creencia colectiva. En poco tiempo, todos los vecinos del supersticioso pueden adoptar su hábito de tirar piedras al río. Y basta con que la fortuna sonría a uno de ellos inmediatamente después del lanzamiento de una piedra para que dicha creencia se afirme entonces como una verdad absoluta. Nadie va a dejar de tirar piedras a un río si, a cambio, puede con ello ganar fortuna en su vida.

Poco tiempo después aparece la siniestra figura del iluminado, dando inicio a una nueva etapa. El iluminado se nombra a sí mismo, o es nombrado por todos, como único interprete válido de la creencia. Así, sólo él sabe qué piedras pueden lanzarse, cuándo y cómo deben lanzarse y cómo se debe interpretar la forma en que caen al agua. Si hasta entonces la superstición o la creencia estaban determinadas por actos individuales, propios de cada persona, ahora todos estos actos pasan a estar determinados por el iluminado. Los supersticiosos deben obedecer ciegamente sus mandatos si quieren tener suerte. Con ello, el iluminado comienza a afirmar progresivamente su dominio y su poder sobre las otras personas.

Pero el iluminado no tarda mucho en formar discípulos, iniciados por él en el secreto arte de la magia. Comienza así una nueva etapa, caracterizada por a existencia de una casta social de brujos o sacerdotes que, juntamente con sus seguidores, constituye una secta religiosa. Los sacerdotes son ahora dueños de todas las piedras y los únicos que pueden lanzarlas al río. Y cualquiera que pretenda desafiar su dominio sufrirá sin falta las consecuencias de su imperdonable blasfemia. La secta es ya una forma de abuso y de represión de la libertad individual.

Se llega entonces a la última etapa, la religión. Tarde o temprano, el poder creado por la secta comienza a hacer sombra al poder del estado. El cacique o gobernante no puede permitir que exista otro poder que no sea el suyo. Y la secta no puede permitir que el estado ponga freno a su creciente poder. Así, ya sea de una forma pacífica o violenta, se llega a la única solución posible: la unión de ambos poderes. La secta se convierte entonces en la religión del estado. Cualquier otra secta que a partir de entonces pueda surgir deberá unirse a la religión ya existente o desaparecer.

El poder de la religión es absoluto. Determina para siempre la suerte, el destino y la propia vida de las personas. El individuo, ya sin voluntad propia, sin libertad de decidir su destino, se convierte en un simple esclavo del poder. Y como es lógico, la religión rápidamente aniquila cualquier posibilidad de que las personas dejen de ser supersticiosas, cualquier posibilidad de que dejen de estar bajo su poder. Así, aniquila atrozmente la cultura, la filosofía y la ciencia. Nada escapa a su represión.

Y usted, ¿piensa aún que utilizar aquella camisa blanca con botones azules le da suerte? ¿O que rascarse la nariz espanta los malos espíritus? Antes de intentar convencerse de ello, reflexione un poco. Caso contrario, usted puede convertirse en un esclavo y vivir para siempre en la más absoluta miseria física e intelectual.

26/5/10

Etiquetas del pensamiento.

En nuestra sociedad moderna, la forma de pensar de los seres vivos se clasifica según un riguroso orden jerárquico. De todos es sabido que cuando un hombre piensa manifiesta con ello su superior inteligencia. En un nivel jerárquico inferior, una mujer, cuando piensa, manifiesta únicamente su intuición femenina. Por último, cuando los animales y las bestias piensan no hacen otra cosa sino manifestar su instinto animal.

Los hombres, por cualquier razón, nunca esperaron que las mujeres fuesen capaces de pensar. Por ello, en su momento tuvieron que inventar un término adecuado para expresar esta peculiar anomalía. Este término, bien diferente de la inteligencia, fue la intuición femenina. De igual forma, ni hombres ni mujeres esperaron nunca que un animal fuese capaz de pensar. Así, ante los sorprendentes comportamientos animales, fue necesario inventar otro concepto nuevo, el instinto animal. De esta forma, hombres, mujeres y bestias volvieron a ocupar otra vez el lugar jerárquico que, en el fantasioso mundo de los hombres, les correspondía. El orden fue así reestablecido.

La cosa se complicó un poco cuando se comenzó a explorar otros continentes y se descubrieron en ellos seres humanos pertenecientes a otras razas. Debido a su aspecto extraño y sus vocablos incomprensibles, estos seres fueron clasificados en un principio junto con las bestias. Sin embargo, cuando algunos de ellos aprendieron a hablar la lengua de los europeos, hubo que ponerlos en una categoría a parte, la de los salvajes. Su forma de pensar se clasificó así en un lugar intermedio entre el instinto y la intuición, un lugar a menudo identificado con la puerilidad.

El acto de pensar de cualquier ser vivo, desde que posea un sistema nervioso complejo, corresponde siempre al mismo tipo de proceso fisiológico. Cada especie está adaptada a unas determinadas condiciones ecológicas y por ello su sistema nervioso se centra en desarrollar diferentes capacidades: visuales, olfativas, táctiles, locomotoras, sociales, nemotécnicas, etc. Pero el proceso fisiológico de pensar es siempre el mismo y no hay ninguna razón para clasificarlo de formas diferentes o, mucho menos, jerárquicas.

En realidad, cuando se quiere poner etiquetas diferentes al acto de pensar únicamente se intenta dar respuesta a ciertas necesidades culturales. Podemos ver esto, especialmente, en el trato que damos a las diferentes especies de animales que nos rodean. Las etiquetas culturales que les ponemos se sobreponen con facilidad a nuestra más elemental capacidad crítica y nos llevan a adoptar, muchas veces, comportamientos completamente incoherentes.

Por ejemplo, muchas personas que conviven regularmente con perros y conocen su forma de pensar, sus afectos y sus sentimientos, consideran a estos animales como auténticos compañeros. Y muchas veces llegan a equipararlos involuntariamente a su propia condición de humanos. Como es fácil de comprender, estas personas ven con gran horror que, en otras culturas, los perros sean criados simplemente como alimento. Pero, de forma sorprendente, muchas de estas personas son capaces, por ejemplo, de utilizar cerdos como alimento y no sentir ningún horror en comerlos.

Estas personas asignan la etiqueta de compañero a unos animales y la etiqueta de alimento a otros, consiguiendo disociar completamente el diferente trato que dan a cada uno de ellos. Y resulta comprensible que, culturalmente, se asignen etiquetas inferiores a los animales que nos sirven de alimento, pues resultaría tremendamente desagradable comer seres próximos a nuestra misma condición. Así, en nuestra mente, las especies comestibles son etiquetadas y puestas a un nivel semejante al de los objetos inanimados.

Muchas otras razones culturales nos llevan a poner diferentes etiquetas a otras especies. En algunas culturas, y por diferentes motivos, se considera que ciertos animales domésticos como caballos, vacas o cerdos no son alimento. Con menos complejos, otras culturas consideran como alimento cualquier animal que se ponga al alcance de la mano. Algunas, siempre de forma ritual, llegan incluso a practicar el canibalismo.

Todas estas etiquetas que aplicamos a sexos, razas y especies animales revelan la visión profundamente egocéntrica que, de una forma más o menos inconsciente, tenemos siempre del mundo. Sin embargo, a medida que aumenta nuestro conocimiento, a medida que se eleva nuestro nivel científico y cultural, todas estas etiquetas mentales deberían desaparecer, revelándose como profundamente absurdas.

Por otra parte, no poner etiquetas a los otros es también la mejor forma de evitar que nos las pongan a nosotros mismos. Imagine que, en una visita a un parque zoológico, usted se queda accidentalmente encerrado en la jaula de los tigres de bengala. Rodeado por estos simpáticos animales de grandes y terribles fauces, ¿le gustaría en ese momento tener, a los ojos de estos felinos, una etiqueta que dijese “alimento”?

13/5/10

Poner al abuelo a trabajar.

La aritmética se ha convertido, en los días de hoy, en una ciencia compleja y algo misteriosa para el común de los mortales. Para demostrarlo basta con poner un simple ejemplo: si a cuatro pasteles que tenemos les sumamos otros tres que acaban de llegar, el resultado de esta suma, en rigurosos términos aritméticos, debería ser siete pasteles. Sin embargo, en la práctica, en la realidad a que nos enfrentamos todos los días, el resultado es siempre un número menor. La razón de ello, claro está, es que nunca falta quien esté dispuesto a dar rienda suelta a su glotonería y, aprovechando la menor oportunidad, comerse todos los pasteles que pueda.

Y esta glotonería no se limita sólo a la comida. En realidad, en nuestras opulentas sociedades, este tipo de glotonería se aplica muy especialmente al dinero. Cada vez que se hace una suma o una multiplicación con dinero, la cantidad resultante es siempre inferior a aquella que la ciencia aritmética nos haría esperar. Es en este mundo particular donde la aritmética resulta ser más misteriosa y desconcertante.

Pero todo este misterio tiene, por supuesto, sus beneficiarios y sus víctimas. Y entre las víctimas se cuentan, como es lógico, todas aquellas personas que no consiguen seguir atentamente los rápidos cálculos aritméticos del mundo moderno. En especial, aquellas personas con mayores dificultades de visión debido a que sus ojos ya no son como eran antes, es decir, las personas de más edad. Son ellas unas de las víctimas favoritas de la aritmética moderna.

Para demostrarlo basta con pensar en la pretensión, que cada vez va ganando más fuerza entre nuestros gobernantes, de poner a las personas de más edad a trabajar durante más años, atrasando así su edad de jubilación. Para justificarlo, se dice que la población, en su conjunto, está envejeciendo. Y es cierto que, después de décadas con números anormalmente elevados, la natalidad bajó ahora de forma considerable. En los países ricos llegan incluso a nacer menos personas que aquellas que mueren. Existe, por tanto, un envejecimiento transitorio de la población: durante las próximas décadas habrá, en proporción, un menor número jóvenes y un mayor número de ancianos de lo que era habitual.

En cualquier sociedad, se espera que las personas más jóvenes y capacitadas para el trabajo sean las que aseguren el sustento de toda la población. Por el contrario, se espera que las personas de más edad, ya sin capacidad de trabajo, sean mantenidas por las primeras. Sin embargo, si se confirma que hay cada vez menos jóvenes, esto significará que ellos tendrán cada vez mayores dificultades para sustentar a todo el conjunto de la población. Así, parece lógico que se pida ahora a los ancianos que trabajen un poco más, durante más años, antes de jubilarse. Y hasta aquí todo parece correcto.

Pero en realidad estamos ante una aritmética completamente falsa. No es más que otra nueva manifestación de incorregible glotonería. Porque en todos estos cálculos se quiere hacer olvidar una importante realidad de todos los países ricos: la existencia de un creciente número de jóvenes desempleados. Si un número menor de jóvenes es incapaz de sustentar a toda la población, ¿cómo se entiende entonces que existan ahora, al mismo tiempo, cada vez más jóvenes sin empleo? ¿No deberían estar todos los jóvenes trabajando duramente para sustentar al creciente número de personas más ancianas?

En realidad, esta aritmética olvidó un aspecto esencial: la evolución tecnológica hace con que sean necesarios cada vez menos trabajadores para asegurar la misma cantidad de producción. Así, los jóvenes actuales no sólo son capaces de sustentar a todos los ancianos, sino que además son capaces de sustentar a los jóvenes que, sobrando incluso en número, se ven abocados al desempleo. Y además, a esta ecuación debe también sumarse la constante llegada de jóvenes inmigrantes provenientes de países más pobres y aún con una alta natalidad.

Así, ¿cuál es, por tanto, la golosa razón de esta aritmética que quiere obligar a los ancianos a trabajar más tiempo? ¿Por qué no se pone a todos los jóvenes a trabajar, como sería más lógico, y se jubila mucho antes a las personas más ancianas? La razón, claro está, es la lógica del dinero. Mantener a una décima parte de los jóvenes sin trabajar es ideal para tener un mercado con una mano de obra más barata. Por otro lado, mantener a los ancianos trabajando más tiempo permite que el estado tenga que pagar menos pensiones. De esta forma, los gobernantes pueden destinar todo ese dinero a favorecer los grandes negocios del mercado.

Para que la minoría rica en el poder viva cada vez con mayor opulencia son necesarias dos cosas. Primero, jóvenes sin trabajo y sin esperanza. Y segundo, viejos condenados a morir en pie en su puesto de trabajo. Al final, la glotonería revela ser la única diferencia entre la aritmética teórica y la aritmética real.

24/4/10

Respetables opiniones.

Según el cuento popular, en un lejano país había tres cerdos que temían el ataque del lobo. Así, cada uno de ellos decidió construir una casa bien fuerte y resistente en la que poder refugiarse ante el acoso de su feroz enemigo. Sin embargo, los tres cerdos tenían una opinión diferente sobre el tipo de casa que debían construir. Uno de ellos, el más joven e inexperiente, opinaba que una simple choza construida en adobe sería suficiente para resistir el ataque del lobo. Su hermano mayor, más precavido, optó por construir una cabaña de madera, mucho más resistente. Por último, el hermano mayor, bastante más sabio, decidió esforzarse en construir una casa con gruesos muros de piedra.

Cuando el lobo finalmente bajó de la montaña y atacó a los tres hermanos, dos de las casas revelaron ser un refugio completamente ineficaz. La casa de adobe prácticamente se desmoronó ante el aliento furioso del lobo. Y la cabaña de madera no tuvo mejor suerte ante los repetidos embates del enemigo. Únicamente la casa construida en piedra reveló ser eficaz ante los ataques del lobo. Y fue gracias a esta casa que los tres hermanos consiguieron sobrevivir.

Una de las cosas que este antiguo cuento popular nos enseña es que no todas las opiniones son igualmente correctas. También nos enseña que quien piensa y se esfuerza más en un determinado asunto llega a tener mejores ideas y a tomar las opciones más adecuadas. En ocasiones, salvando con ellas a sus hermanos o vecinos.

Sin embargo, nuestra sociedad moderna parece haber olvidado completamente estas simples enseñanzas. En la actualidad todas las opiniones, sean cuales fueren, se consideran iguales. No importa si para formularlas se ha hecho o no algún esfuerzo, si se han llegado o no a pensar o razonar. No importa si ya han demostrado ser incorrectas. No importa si se contradicen a sí mismas. En nuestra sociedad, se parte del principio errado de que el respeto que es debido a toda persona se hace extensible a sus opiniones.

Efectivamente, todas las personas merecen respeto (a menos que sean éticamente reprobables) y merecen en todo momento ser oídas. Pero eso no significa que sus opiniones sean todas de igual valor o que deban ser tratadas todas de igual forma. Las opiniones deben merecernos mayor o menor respeto en función de la calidad de su fundamentación y de su coherencia, y siempre después de haber sido discutidas de forma conveniente. En cambio, no se puede admitir que, con la excusa de un falso respeto democrático por las personas, se intente evitar cualquier valoración de sus opiniones, impidiéndose así cualquier discusión de los contenidos.

Esta actitud lo que en realidad pretende no es respetar a nadie, sino simplemente erradicar la existencia de todo pensamiento, de toda conciencia crítica. En un mundo en que todas las opiniones, por principio, son de igual valor, ¿de qué sirve ya discutirlas? ¿Para qué compararlas, razonarlas o demostrarlas si, al final, todas son igualmente válidas? ¿Para qué esforzarse en pensarlas? ¿Para qué molestarse en darles un mínimo de coherencia? ¿Para qué perder el tiempo en ver si contradicen hechos ya demostrados?

Un buen ejemplo de este feroz ataque a la conciencia crítica es el tratamiento social que se da a las grandes opciones políticas. En el campo de la llamada izquierda política, las opiniones están basadas en el estudio y desarrollo de la filosofía política, siendo analizadas en su aplicación práctica a lo largo de la historia. Por ello, estas opiniones serán siempre de mayor valor, estando además sujetas en todo momento al debate y a la corrección de cualquier incoherencia. En cambio, las opiniones de la llamada derecha política se destinan únicamente a mantener los privilegios conseguidos por una cierta clase social. Siendo su naturaleza axiomática, apenas están sujetos a cualquier tipo de debate o discusión.

A pesar de ello, en nuestra sociedad se pretende que ambos tipos de opiniones sean consideradas de igual valor. Se pretende que las veamos como meras opciones, siempre de naturaleza equiparable. Se pretende que nos inclinemos por unas o por otras según las modas o nuestros particulares gustos personales. Pero nunca por ser más o menos correctas.

Son muchos otros los ejemplos de ataque al pensamiento crítico, siempre apoyados, claro, por quien piensa menos y de forma más deficiente: se pretende, por ejemplo, que las creencias religiosas sean tan respetables como la ciencia; se pretende que la mentira o la propaganda sean tan respetables como la verdad o el rigor en la información; se pretende que el poder y la fuerza sean tan respetables como la razón; se pretende que el abuso sea tan respetable como la ética.

Cabe reafirmar una vez más que los tres cerdos del cuento popular deben merecernos siempre igual respeto. En cambio, sus ideas –las de cada uno de ellos– nunca deben merecernos, ni mucho menos, el mismo grado de respeto. Porque quien se beneficiaría de esta actitud acrítica sería únicamente el lobo.

27/3/10

Dando vueltas alrededor del consumismo.

Ver a un animal atado a una noria y tirando de ella, sacando el agua con su arduo y constante trabajo, tiene algo de hipnótico. El animal, que en muchas ocasiones es un burro, camina con paso cansino alrededor de la noria describiendo siempre, una y otra vez, el mismo círculo infinito. Sus pasos suenan débil y acompasadamente en un camino ya descarnado por el incesante golpear de los cascos. Al mismo tiempo, con algo de soberbia, el chirrido brusco de los engranajes desafía el calmo y regular caminar del animal. Ya sea bajo el sol o bajo la lluvia, el sudor escurre por el recio pelaje del burro. Y, a pesar de ello, el brillo de su mirada está puesto siempre en frente.

Su ansiosa mirada, llena de sofoco y de mal saciada hambre, está siempre fija en la zanahoria que cuelga delante de él, suspendida de un simple palo. La prometida recompensa está ahí, siempre al alcance de un paso. Sin embargo, por más que intenta una y otra vez aproximarse a ella, la zanahoria tiende obstinadamente a alejarse. En realidad, sólo al final de la jornada conseguirá quizás comerla, junto con el resto de su triste y escasa ración de alimento. Y de toda la cantidad de agua que sacó de la noria, sólo un cubo servirá para saciar su sed.

La imagen de un burro dando vueltas incesantemente alrededor de una noria es una bella y elegíaca metáfora del capitalismo. Y puede además servir también para explicar el desbordante consumismo que caracteriza a las sociedades actuales, rendidas casi por completo a los sutiles y refinados placeres del capital.

El sistema económico capitalista se basa en la propiedad privada de los medios de producción y, gracias a esta condición abusiva, en las jugosas plusvalías obtenidas del trabajo ajeno. Es algo muy simple de comprender: con cada vuelta que da a la noria, el burro consigue extraer del pozo diez litros de agua. Pero sólo uno de esos litros redunda en su beneficio. Los otros nueve son siempre para el dueño de la noria, que se arroga la propiedad del ingenio mecánico y de toda el agua extraída con él. Así, cada vuelta que da el burro a la noria supone para su propietario un beneficio absoluto.

Para el burro, cada nueva vuelta significa simplemente la posibilidad de alimentarse al final de la jornada, puesto que si no la diese no recibiría al final del día el alimento que le es esencial para sobrevivir. El burro es, por tanto, un mero engranaje de la máquina productiva, no teniendo ningún derecho sobre el resultado de su trabajo.

Como es evidente, contra más vueltas dé el burro, más beneficio obtiene el dueño. Por eso, los animales de las norias fueron siempre fustigados por los dueños para que andasen más deprisa y para que diesen más vueltas. Sin embargo, eso de agitar el látigo en el aire y descargarlo sobre el burro implica algún esfuerzo físico, algo a que los dueños, con el paso del tiempo, cada vez iban estando menos acostumbrados. Y así, un buen día, uno de ellos tuvo la ingeniosa ocurrencia de colgar una zanahoria a frente del burro. De esta forma, el animal, atraído por la promesa de este modesto pero sabroso manjar, comenzó a andar velozmente, sin parar, alrededor de la noria. Y contra más hambriento estaba, más aceleraba el paso.

Para que el burro andase aún más deprisa, bastaba con poner dos zanahorias a su frente. O incluso un manojo de ellas. Más tarde, alguien pensó que bastaba simplemente con poner a frente del animal la fotografía de un campo de zanahorias. De esta forma, sin necesidad de fustigarlos, los burros pasaron a andar rápidamente alrededor de las norias. Y a cada nueva vuelta que daban, ahora ya por su propia voluntad, mayor era el beneficio obtenido por los dueños. Fue así que nació la idea del consumismo.

En las economías capitalistas los obreros trabajan constantemente, tal como los burros en la noria. Y a pesar de ello, en la mayoría de los casos, nunca consiguen salir de la pobreza. El resultado de su trabajo redunda claramente en beneficio de los dueños de los medios de producción. Y cuanto más trabajan los obreros, más beneficio tienen sus patronos. Pocas posibilidades les son dadas para reclamar una parte más justa de su propio trabajo.

De igual forma que los burros, los obreros eran al principio fustigados para que trabajasen más. Pero también aquí alguien encontró una solución mucho más cómoda. Bastaba con colgar preciosos objetos de consumo a frente de ellos. Así, intentando conseguirlos, los obreros pasaron a trabajar más horas y siempre con más ahínco. Para un obrero de vida triste y vacía, la visión de un simple objeto de consumo, siempre de un modelo más moderno y avanzado, es lo mismo que la visión sublime y esplendorosa de un campo de zanahorias.

De esta forma, los obreros trabajan duramente para comprar mil y una cosas que en realidad no necesitan. Pero contra más trabajan para obtenerlas, contra más vueltas dan a la noria, más ganan los patronos, que son además los dueños y vendedores de esos mismos objetos de consumo. El consumismo crea riqueza... Pero sólo para algunos. Para el resto es siempre la misma miseria. Para el resto es siempre una noria a la que dar vueltas de forma hipnótica y sin sentido.

2/3/10

La solución como problema.

Existen principios arquitectónicos que parecen claros para todo el mundo, como los que se refieren al lugar apropiado para construir una edificación. Por ejemplo, construir una casa sobre el lecho de un río no parece ser una idea muy inteligente. Si la corriente no acaba por llevarse, piedra a piedra, todos los cimientos de la casa, cualquier crecida acabará por arrasarla por completo en cuestión de minutos. Así, si decidimos construir nuestra casa en medio del río es seguro que bien pronto nos quedaremos sin ella. Y la causa de ello será, como es evidente, nuestro error al elegir el lugar de su edificación. La solución a nuestro problema consistirá, por tanto, en construir otra casa, pero esta vez fuera del río, en tierra firme y segura.

Sin embargo, para la gran mayoría de las personas la solución a nuestro problema sería otra muy diferente. En su opinión, la solución más acertada no sería construir una nueva casa, sino construir una presa río arriba. De esta forma, impidiendo el paso de las aguas, el lecho del río se secaría y la casa construida en él estaría a salvo. Combatiendo no la causa, mas sí las consecuencias de construir la casa en un lugar inadecuado, el problema estaría aparentemente solucionado.

¿O quizás no? Porque el embalse, claro, poco a poco se iría llenando de agua y subiendo de nivel. Y cada año deberíamos ir aumentando la altura de la presa para que el agua no acabase por desbordar. Siempre con gran esfuerzo, año tras año, la presa debería ir creciendo más y más en altura. Hasta que un buen día, como es lógico, acabaría por reventar. Y la riada creada entonces por el reventamiento no sólo se llevaría nuestra casa, sino que arrasaría todo el valle y todas las casas construidas en él sobre tierra firme. Al final, combatir las consecuencias no sólo no solucionó el problema, sino que acabó por aumentar su dimensión.

Podemos decir así que cuando la solución que se aplica a un problema no ataca sus causas, sino únicamente sus consecuencias, dicha solución pasa a convertirse en parte del problema. Y esta solución puede incluso, como en el citado caso, aumentar la dimensión del problema hasta el punto de acabar por convertirlo en una terrible e inevitable catástrofe.

En nuestro mundo actual se adivina un gran número de catástrofes de este tipo. Por ejemplo, la relativa a la escasez de alimentos. Uno de los problemas más graves con que se enfrenta hoy la humanidad es conseguir una producción agrícola lo suficientemente elevada como para alimentar a toda la población. Se calcula que, en este momento, 1.000 millones de personas en todo el mundo están subnutridas o pasan hambre.

Para poder solucionar este problema, lo primero que debemos hacer es identificar correctamente la causa. Porque, al contrario de lo que se pueda pensar, la actual escasez de alimento no se debe a una menor productividad de los terrenos agrícolas. En realidad, dicha productividad ha venido siempre aumentando a lo largo de las últimas décadas. La verdadera y auténtica causa del problema es tener una población humana en continuo crecimiento. Así, cualquier cantidad de alimento producida, por mucho que aumente, acabará siempre por ser totalmente insuficiente. La solución sería, por tanto, controlar el aumento de la población, reduciendo progresivamente la natalidad en todos los países hasta conseguir una población estable y ambientalmente sostenible.

Sin embargo, en la actualidad se insiste en que la solución sea otra. Una y otra vez se insiste en atacar las consecuencias y no las causas. Así, todos los esfuerzos se centran en conseguir una producción agrícola cada vez mayor: se ganan nuevas tierras para la agricultura, se introducen nuevas técnicas, se sustituyen explotaciones extensivas por otras intensivas, se crean artificialmente nuevas plantas… Por desgracia, todos estos esfuerzos se encaminan, casi siempre, hacia un modelo de agricultura cada vez más insostenible y que agota progresivamente la fertilidad del suelo.

Pero aunque no fuese así, es evidente que los terrenos cultivables del planeta no son ilimitados y su productividad tampoco lo es. Tarde o temprano se acabarán las nuevas tierras y las viejas llegarán a su límite de producción. En ese momento el problema de la escasez de alimento acabará por desbordarse definitivamente. Y el hambre y las enfermedades no sólo barrerán algunos países, sino que acabarán con la población de continentes enteros y afectarán a la totalidad del mundo.

Se calcula que en la actualidad existen más de 6.000 millones de personas y que dentro de 20 años serán 8.000 millones. La población subnutrida, que es ahora de 1.000 millones, podrá ser entonces de 3.000 millones si no aumenta la producción agrícola. Y es de esperar que, siguiendo modelos cada vez más insostenibles, dicha producción comience a disminuir en un futuro próximo. Así, la opción de aumentar indefinidamente la producción agrícola acabará por convertirse no en la solución, sino en parte del problema de la escasez de alimentos. Atacando únicamente las consecuencias y no las causas, el hambre acabará por afectar a cada vez más millones de personas.

En la quietud de la noche, mientras usted duerme placenteramente en su casa construida en medio del río… ¿no le parece oír, a veces, el lejano e inquietante sonido del reventar de una presa?

18/2/10

Ilusión de riqueza.


La riqueza parece ser una de las aspiraciones más comunes y generalizadas dentro de nuestra sociedad. Todas las personas desean ser ricas. Incluso las ciudades, los países o los continentes desean ser ricos. En realidad, todo el mundo desea ser rico. Todos aspiran a vivir en la mayor opulencia, a nadar en la mayor abundancia posible de dinero. La pobreza, por el contrario, es vista siempre como un sinónimo de fracaso, como la última y postrera señal de decadencia. Se la considera siempre como algo vergonzoso, algo que debe esconderse en todo momento… incluso cuando no se tenga suficiente dinero para ocultarla de forma convincente.

Y ciertamente, debe admitirse que la pobreza es cosa de fracasados, pues no hay nada más fácil que convertirse en una persona rica. Andar siempre con los bolsillos a reventar de dinero es la cosa más sencilla del mundo. Para ello basta con seguir una serie de consejos elementales, todos ellos muy simples y fáciles de realizar. Recordemos aquí algunos de los más habituales y conocidos:

● ¿Tiene usted casa? Pues bien, pida entonces una hipoteca a un banco y al instante estará usted lleno de dinero. Una vez hecho esto, pida una segunda hipoteca para conseguir aún más dinero. Venda después todo lo que tenga dentro de la casa: los muebles, la ropa, los electrodomésticos… No dude en vender cualquier cosa que se encuentre en su interior y que no sea fundamental para que la casa se mantenga en pie.

● No se limite a su propia casa. Venda también las casas de otras personas. Aunque en el futuro vaya a tener algunos problemas judiciales, lo cierto es que de momento habrá obtenido una buena cantidad de dinero. Y no olvide que esas casas casi siempre tienen en su interior objetos valiosos. Róbelos y véndalos por un buen precio. Es lógico que al principio encuentre cierta oposición de sus dueños, pero no se desanime y persevere en todo momento.

● Pero nada de lo dicho es suficiente para ser aún más rico. Como todo el mundo, usted tiene dos riñones. ¿Para qué quiere los dos? Venda uno a quien pague mejor por él. ¿Y qué hacer con el resto de órganos? Ciertamente que no utiliza todos. Puede hacer un buen dinero vendiendo aquellos que tiene repetidos o que no utiliza así mucho.

● ¿Tiene usted hijos? Si los tiene, podrá ser aún más rico. Apodérese del dinero destinado a su educación. Y también del que estaba ahorrando para poder pagarles aquella operación en el hospital. Venda al instante todo el patrimonio que sus hijos pensaban heredar y que iba a constituir en el futuro su único sustento. Ponga a todos sus hijos a trabajar para usted y, cuando no le sirvan para nada, véndalos.

Sí, es verdad, todos estos consejos parecen completamente disparatados. Sin duda que seguirlos permitiría ganar algún dinero, pero no por ello dejan de ser un montón de ideas absurdas, obra de un idiota o de un loco… ¿O quizás no lo son?

Pues bien, en realidad, y por más sorprendente que pueda parecer, todos estos consejos aquí citados son seguidos a diario por… ¡todos nosotros!

Todos nosotros vivimos en un mundo que sigue un modelo económico de ideología neoliberal. Es decir, un mundo que sigue al pie de la letra todos los consejos aquí referidos. Sólo que estos consejos tienen habitualmente otro nombre, otras dimensiones y otra apariencia. Pero, en realidad, son exactamente los mismos.

● Todos nosotros vivimos en países que se endeudan una y otra vez a los bancos internacionales, convertidos ya en auténticos dueños del mundo. Endeudamiento externo, balanza comercial negativa, créditos financieros internacionales… son los nombres habituales que se da a una economía hipotecada varias veces. Y para obtener más dinero, los gobiernos no dudan luego en vender todo el patrimonio del país, todas sus empresas, toda su economía productiva… Todo lo que exista de valor.

● También acaban por vender a entidades privadas, ya sean nacionales o extranjeras, los sistemas públicos que garantizan el bienestar y la seguridad de los ciudadanos: la sanidad, la educación, la defensa, los servicios sociales… Parece que, al fin y al cabo, el país puede sobrevivir perfectamente sin algunos de sus órganos vitales.

● El asalto y saqueo de otros países constituye una larga y gloriosa tradición del mundo rico. Saqueo éste que continúa hoy en día, como bien demuestra el origen de las materias primas que alimentan a los países más ricos, casi siempre provenientes de países cada vez más y más pobres.

● Consumiendo de forma insostenible cualquier recurso natural o productivo, nuestros países son ahora cada vez más ricos. Pero lo son siempre a costa de la pobreza y de la miseria de las futuras generaciones, que además deberán pagar todas las deudas ambientales, ecológicas y financieras dejadas por sus desconsiderados progenitores.

Sí, todos nosotros vivimos en un mundo dorado lleno de riqueza. Pero es una riqueza ilusoria. Y es nuestra obra: la obra de un idiota o de un loco.


2/2/10

La voz de Casandra.

Llegar a ser escuchado no es a veces suficiente. Ni siquiera llega a ser suficiente que nos oigan con gran atención en todo aquello que decimos. Incluso en el caso de que consigamos transmitir correctamente el significado de todas y cada una de nuestras palabras, tampoco eso llega a ser suficiente. A veces es necesario algo más.

Eso es exactamente lo que constató Casandra, una de las hijas de Príamo, el legendario rey de Troya. Todo comenzó cuando el bello dios Apolo, seducido por la hermosura de Casandra, confirió a la princesa el maravilloso poder de la adivinación. Gracias a este don divino, la princesa fue capaz de prever, a partir de entonces, todo aquello que iba a suceder en el futuro. Su felicidad, sin embargo, no iba a durar mucho. Sintiéndose traicionado por Casandra, al no acceder ésta a sus caprichos, el dios Apolo condenó a la princesa a una terrible maldición. Sin retirarle el poder de la profecía que antes le había otorgado, la condenó a que, a partir de ese momento, nadie creyese nunca en sus palabras.

Así, durante la guerra de Troya, la princesa previó, entre otras cosas, la verdadera naturaleza e intención del famoso caballo de madera. Pero debido a la maldición del dios, nadie creyó en lo que decía. Por ello la ciudad de Troya fue invadida y derrotada. Nuevas profecías fueron una y otra vez enunciadas por el poder clarividente de Casandra, pero el resultado fue siempre el mismo. Ante la falta de crédito con que eran acogidas sus palabras, todos los desastres y tragedias que podían haberse evitado acabaron por consumarse.

La maldición del dios Apolo fue ciertamente terrible. Aunque, la verdad, si nos paramos a pensar un poco, quizás podamos tener algunas dudas sobre esta historia. Quizás el dios Apolo nunca llegase a lanzar esta maldición. En realidad, puede que tal maldición nunca existiese. Podría ser, simplemente, que los que escuchaban las clarividentes palabras de Casandra no quisiesen, por propia voluntad, creer en ellas. Quizás su propia estupidez y arrogancia les impidiese hacerlo. Podría ser que, voluntariamente ciegos y sordos, prefiriesen ignorarlas.

La historia de Casandra ilustra a la perfección la relación que existe, en nuestra sociedad, entre la ciencia y el poder político, entre los científicos y los gobernantes. La ciencia investiga la realidad que nos rodea y muchas veces, tal como la princesa troyana, prevé los desastres que van a suceder o que pueden suceder si no se toman las medidas necesarias para evitarlos. Los gobernantes, por su parte, parecen escuchar con atención lo que la ciencia les dice sobre el futuro. Sin embargo, tal como los troyanos, no creen o no quieren creer en sus palabras. Prefieren ignorarlas.

La gran mayoría de los gobernantes prefiere caminar hacia el desastre antes que esforzarse, aunque sea por una sola vez, en comprender el verdadero significado de las palabras y de los sucesos anunciados por la ciencia. Prefieren caminar hacia el suicidio, propio y colectivo, antes que reconocer que sus endebles y fútiles ideas, casi siempre contrarias a los más básicos principios científicos, puedan estar equivocadas. Si llegaron hasta donde están siguiendo esas mismas ideas, ¿cómo podrían pensar ahora que existen otras mucho mejores? Así, prefieren ignorarlas incluso cuando los primeros indicios del anunciado desastre están ya a la vista de todos.

Los gobernantes, sin embargo, saben cuidar bien de las apariencias. Cuando deben tomar una decisión importante sobre el destino de su país toman sus precauciones. En primer lugar, encargan un detallado estudio científico que analice todos los problemas relacionados con la cuestión y que enuncie detalladamente las posibles soluciones. Luego, una vez tienen finalmente el estudio en sus manos, lo guardan en un cajón y sacan del bolsillo su bola de cristal. Sí, porque es normalmente en su bola de cristal, siempre tan fácil de entender, siempre tan autocomplaciente, que los gobernantes encuentran la inspiración necesaria para tomar aquellas medidas que conducirán a su país directamente hacia el desastre.

Es de esta forma que asistimos en todo el mundo a nuevas y cada vez mayores tragedias. Y otras peores están aún por llegar. Podemos tomar como ejemplo los múltiples informes científicos sobre el efecto invernadero y la alteración del clima mundial. Ellos son, una vez más, la voz ignorada de Casandra. Las soluciones enunciadas por la ciencia para evitarlos son, desde luego, repetidamente ignoradas y despreciadas por los gobernantes. El desenlace es así inevitable. A menos, claro, que el mundo entero recupere la lucidez y consiga librarse de sus gobernantes. ¿Será también el dios Apolo quien nos lanzó esta terrible maldición? ¿Fue quizás este dios quien primero nos otorgó la libertad y luego, arrepentido, puso en el poder a nuestros actuales gobernantes?