19/2/19
La desbordante dimensión del poder
Las muñecas rusas o matrioshkas son una serie de figuras huecas de madera, de tamaño progresivamente creciente, en las que cada figura puede introducirse en el interior de aquella otra que es inmediatamente mayor. Las muñecas pueden ir así encajándose sucesivamente unas dentro de otras, ganando cada vez más en tamaño, hasta conseguir al final aquello que en apariencia es una única gran muñeca. Pero, en realidad, ésta no es otra cosa que un conjunto de varias muñecas reivindicando un mismo y único espacio desde la pluralidad de sus diferentes dimensiones.
De igual forma que las muñecas rusas, también los diferentes poderes públicos existentes en una sociedad, tales como el poder local, el poder regional o el poder estatal, teniendo diferentes y progresivos tamaños, consiguen ir encajando sucesivamente unos dentro de otros. Y tal como las muñecas, todos ellos tratan de reivindicar y de ejercer su poder en un mismo y único espacio desde la pluralidad de sus diferentes dimensiones.
Sabemos que todo poder, cualquiera que sea su tamaño o dimensión, es capaz de degradarse y corromperse, especialmente en el seno de una sociedad decadente e ideológicamente a la deriva. Y también que la única solución para evitarlo es tener en todo momento una sociedad fuertemente instruida e ideologizada, inmune a la corrupción y decidida a defender esforzadamente su libertad.
Pero, de igual forma, para evitar esa deriva y esa corrupción puede ser de gran ayuda tener un poder público dividido en varios niveles y que funcionen de forma simultánea. Ayudará tener al mismo tiempo un poder local, un poder regional y un poder estatal que mantengan un equilibrio constante entre ellos, interactuando y vigilándose mutuamente, reforzándose para tratar de impedir que aflore en cualquiera de ellos la corrupción, la decadencia o el dominio de uno sobre otro.
Se podrá conseguir así un equilibrio que pueda evitar la aparición de centralismos estatales, de nacionalismos regionales o de caciquismos locales, o también de abusos y discriminaciones entre diferentes regiones o localidades. Aunque deberá tenerse en cuenta que, ante todo, la primera y primordial función de los diferentes poderes deberá ser siempre cooperar para crear y arraigar en la sociedad una fuerte ideología en defensa del bien público y de la libertad.
Teniendo todo esto en cuenta, ¿cuál debería ser entonces la medida y la extensión adecuada de cada uno de estos poderes? ¿Y de qué forma deberían encajar unos dentro de otros para conseguir una única, múltiple y armoniosa matrioshka?
Un buen punto de partida para abordar este problema sería adoptar, en primer lugar, el principio de autosuficiencia. Debería residir en el poder local todo aquello que una comunidad local sea capaz de resolver por sí misma. Y en el poder regional únicamente aquello que el poder local no consiga asegurar. Siguiendo la misma lógica, el poder estatal únicamente debería ocuparse de aquello que estuviese por encima de las posibilidades del poder regional. El principio de autosuficiencia es por tanto un principio de tipo centrífugo, que otorga siempre preponderancia a los poderes periféricos y de menor dimensión. Sin embargo, sobre él deberemos aplicar luego otros principios contrarios, de tipo centrípeto, que otorgan preponderancia a los poderes centrales y de mayor dimensión.
Uno de ellos sería el principio de economía institucional, según el cual no debería replicarse o multiplicarse en un poder inferior aquello que se ejecuta de forma más fácil, eficiente y económica en un poder superior. Está claro que mantener instituciones de carácter complejo y especializado, como puede ser por ejemplo una universidad o un hospital, supondrá siempre un enorme esfuerzo a nivel local, pero supondrá mucho menor esfuerzo a nivel regional y aún menos a nivel nacional.
Otro principio es el de integración. La eliminación de fronteras, cualquiera que sea la razón primordial a que éstas obedezcan, favorece la comunicación, el intercambio, la ayuda, la cooperación, la libertad y la paz. Así, dentro siempre de la más exigente defensa de la justicia y la igualdad, deberán crearse unidades y niveles de poder lo más grandes y extensos posibles. Y en ese proceso de integración cualquier particularidad o diferencia no fundamentada debería ser generosamente dejada atrás.
No menos importante es el principio de adaptación al medio. La propia dimensión del medio físico y de los recursos naturales es la que determina la dimensión del poder que deberá hacerse cargo de todo lo que se relaciona con ellos. Una cuenca fluvial, por ejemplo, deberá estar bajo la jurisdicción de un nivel de poder que englobe la totalidad de la extensión física de este recurso natural, pues de otra forma cualquier intento de gobierno o de gestión de ella resultaría completamente inútil e ineficaz.
Utilizando estos y otros principios, podría esbozarse un sistema político en que, por encima del poder local autosuficiente, se estableciese un poder regional que asegurase, por ejemplo, la existencia de universidades, de hospitales, de tribunales, la ejecución de las leyes o la elaboración de reglamentos. Y por encima de él, un poder estatal que asegurase, por ejemplo, le existencia de una red de universidades y hospitales, los tribunales superiores, las policías, la función legislativa o la protección de los recursos naturales.
Pero a ellos fácilmente podríamos añadir aún otro poder de un nivel superior, un poder de dimensión interestatal o continental. Este nivel de poder, gracias a su mayor extensión, sería el más adecuado para asegurar, por ejemplo, la creación de una red armoniosa de políticas que defendiese la preservación de la naturaleza y sus ecosistemas, los derechos sociales fundamentales, la defensa o la paz.
Sin embargo, cada vez resulta más evidente la urgente necesidad de que exista un poder o una gobernanza aún mucho mayor, de nivel mundial. El mundo se enfrenta actualmente a terribles problemas ambientales, como por ejemplo la degradación de la capa de ozono, el calentamiento global, la contaminación de mares y océanos o la pérdida de biodiversidad. Todos estos problemas afectan al planeta entero como a un todo y, por tanto, sólo pueden resolverse a la misma escala, con un gobierno de dimensión mundial. Cualquier poder de escala inferior sería completamente incapaz de resolverlos y de asegurar por tanto la supervivencia, hoy tan gravemente amenazada, de sus ciudadanos.
Está claro que para superar esta terrible situación, en la cual unos países comprometen y amenazan la vida en todos los otros, es imperativo llegar a construir un gobierno mundial cuya compleja composición y articulación, más allá de los modestos tratados y convenios internacionales actualmente existentes, nunca ha sido realmente formulada, ideada o reglamentada. Sin embargo, no podemos olvidar que existirá entonces otro peligro. Debe alertarse de que este hipotético y complejo gobierno mundial, si no se toman en todo momento las medidas más correctas y adecuadas, podría eventualmente derivar hacia un poder tiránico absoluto de unas dimensiones nunca antes vistas ni imaginadas.
21/1/19
La poliédrica dimensión del poder
Aparentemente existe siempre una dimensión adecuada para todas las cosas. ¿Podría acaso existir un elefante muy pequeño, de tamaño ínfimo y microscópico? ¿O una pulga enorme, de dimensiones descomunales y hercúleas? ¿Tendrían acaso algún sentido animales de semejantes proporciones? Lo cierto es que sólo cuando la grandeza y la pequeñez, en su eterna e imperecedera lucha, alcanzan un satisfactorio equilibrio es cuando las cosas obtienen sus dimensiones perfectas, dando siempre lugar, por ejemplo, a un elefante grande o a una pulga pequeña.
Considerando la existencia de este constante equilibrio entre lo grande y lo pequeño, ¿existirá también una dimensión perfecta para las estructuras de poder que gobiernan o deben gobernar una sociedad? ¿Será más perfecto, por ejemplo, un poder de pequeña dimensión, como el poder local, que otro de una dimensión mayor, como el poder regional o estatal? Y si uno de ellos es más perfecto, ¿cuál deberá ser su dimensión exacta?
El debate sobre la adecuada dimensión del poder no es nada nuevo. En términos históricos, ya estuvo presente, por ejemplo, en el mismo inicio de la ideología socialista, cuando las dos principales corrientes, la comunista y la anarquista, se enfrentaron entre sí. Aunque ambas tenían un mismo objetivo, es decir, conseguir una sociedad basada en la igualdad y la justicia, las dos diferían precisamente en cuanto a la dimensión del poder político que debía guiar el cambio hacia esa sociedad mejor. Así, los comunistas pretendían conquistar el poder estatal existente para, desde él, poder deshacer todas las injusticias, dejando luego que ese mismo poder estatal se disolviese paulatinamente. Por el contrario, los anarquistas no aceptaban la existencia de ningún poder de dimensión estatal, ni siquiera de forma temporal. Sólo admitían, desde el principio, la existencia y el protagonismo absoluto de un poder de dimensión local.
Está claro que cuando no existe un poder público sólido, cuando hay un vacío de poder, la sociedad queda expuesta a la posibilidad de un ataque externo o interno. Esa sociedad podrá ser fácilmente conquistada y el poder rápidamente usurpado, acabando por instalarse, con toda probabilidad, una tiranía que utilice todo el poder para beneficio de una nueva y recién llegada minoría opresora.
Por el contrario, con la existencia de un poder público sólido, la sociedad se encuentra mucho mejor protegida contra los ataques. No obstante, en este caso aparecerá lógicamente un nuevo y quizás más alarmante peligro. Existirá el riesgo de que ese poder público, inicialmente defensor del bien común, acabe con el tiempo por corromperse y convertirse en un poder despótico al servicio únicamente de sí mismo y de una minoría opresora. El resultado podrá será, por tanto, igualmente, la aparición de una nueva tiranía.
Así, tanto si el detentor el poder proviene de un ataque o de un proceso político interno, el peligro de que una sociedad caiga víctima de la tiranía siempre existe. Podemos decir, no obstante, que tras un ataque la tiranía suele ser inmediata, mientras que cuando se origina a partir de la corrupción su aparición suele ser gradual, como una amenaza que va creciendo y extendiéndose lentamente, día a día.
Partiendo así del principio de que siempre parece una mejor opción disponer de un poder público sólido, podemos preguntarnos entonces cuál será la dimensión ideal de ese poder, especialmente de forma a evitar que pueda llegar a corromperse con facilidad. ¿Será más resistente a la corrupción, por ejemplo, un poder de dimensión local o quizás un poder mayor, de dimensión regional o estatal?
En una sociedad sumida en la decadencia, parece claro que un poder de dimensión estatal fácilmente podrá tender a convertirse en un estado autoritario, adoptando una lógica centralista en relación a cualquier otro posible poder existente, ya sea regional o local. Por su parte, un poder local también podrá fácilmente degradarse y caer en el caciquismo, adoptando frente a otros poderes una lógica autárquica y aislacionista. Y lo mismo podemos decir sobre el poder regional, que podrá caer en el nacionalismo, combinando una lógica centralista frente al poder local y secesionista frente al poder estatal.
Básicamente debemos aceptar que, en una sociedad decadente, el poder, cualesquiera que sean sus formas y dimensiones, siempre podrá fácilmente llegar a corromperse. Y en la mayoría de los casos, ese poder decadente se manifestará frente a los otros poderes adoptando las formas habituales de centralismo, de secesionismo o de aislacionismo.
Así, en una sociedad a la deriva, tanto el camino proyectado inicialmente por los comunistas como por los anarquistas estaría irremediablemente abocado al fracaso. Si el poder estatal, conquistado por los comunistas, se prolongase indefinidamente en el tiempo se daría oportunidad a que surgiese, tarde o temprano, una nueva élite privilegiada y una nueva forma de tiranía bajo la forma de un estado totalitario y centralista. Por su parte, nada impediría tampoco que el poder local, defendido por los anarquistas, pasado cierto tiempo, se degradase y cayese en el más puro caciquismo, dando lugar a una asfixiante y totalitaria tiranía que intentaría deshacerse rápidamente del contrapeso de cualquier nivel superior de poder.
En resumen, ninguna dimensión del poder parece ser capaz de evitar mejor que otra la aparición de la tiranía o la progresiva deriva hacia un poder tiránico. Ninguna permite asegurar mejor que otra el afianzamiento de una sociedad más justa y más libre. Por otra parte, considerando su escala, no parece existir una dimensión máxima del poder lo suficientemente grande para evitar un asalto desde el exterior, ni una dimensión mínima lo suficientemente pequeña para evitar una usurpación desde el interior.
En realidad, la única solución posible para este problema consiste en mantener en todo momento una sociedad fuertemente instruida e ideologizada, inmune a la deriva de la corrupción, decidida en todo momento a mantener esforzadamente su rumbo, capaz de luchar sin descanso contra cualquier amenaza exterior o interior que pueda poner en peligro su libertad. Y esto independientemente de la dimensión del poder existente.
La única solución posible es, en otras palabras, entrar en una nueva dimensión del poder, pero no en una dimensión de orden física sino en una nueva, superior y esperanzadora dimensión de orden intelectual.
29/11/18
Financie la esclavitud mientras hace las compras
El mar está lleno de peces de todos los tamaños, unos más grandes y otros más pequeños. Y comúnmente se acepta que entre ellos sólo rige una única e invariable norma: la ley de que el pez grande se come al pequeño. Esto significa, en resumen, que el pez grande se come a uno pequeño, que se come a su vez a otro aún más pequeño, que se come a su vez a otro aún menor, y así sucesivamente. Así, en virtud de esta simple ley, el mar se convierte en un mundo idílico, en perfecta armonía, donde unos comen y otros se dejan comer.
Sin embargo, en algunos mares más profundos y escondidos estalla a veces la rebelión. En ellos, los peces pequeños deciden no dejarse comer y se unen valerosamente para defenderse contra los peces más grandes. En ocasiones, incluso llegan a convencer a otros peces algo más grandes a unirse a ellos y luchar juntos contra los peces mayores, aquellos que, según el orden social establecido, se los comen a todos. El caos y el desorden se apoderan así, sin remedio, de estos ocultos y procelosos mares.
Podemos decir que en las sociedades humanas ocurre poco más o menos lo mismo que sucede en el mar. Las personas más ricas y poderosas se enriquecen y ganan poder a costa de las que tienen menos. Y entre éstas, las mejor situadas abusan de las que son más pobres, que a su vez abusan de las que son aún más pobres. Es decir, el pez grande se come al pequeño, que se come a otro más pequeño, y así por delante. Y este recatado y admirable modelo social llega a la más exquisita perfección en las florecientes sociedades capitalistas, donde todos viven felices, unos robando y explotando y otros dejándose robar y explotar.
Podemos preguntarnos si en las sociedades humanas no existirán también regiones remotas y desconocidas donde las personas más pobres se rebelen y luchen contra su explotación. Ciertamente existen. Pero por lo general el caos dura poco tiempo y el orden social es luego rápidamente reestablecido. Los ricos acaban otra vez más ricos y los pobres más pobres, llegando algunos de ellos, los más miserables, a convertirse incluso en esclavos. Y es que con la continua negación de derechos y libertades, con su ataque a la dignidad de las personas, el capitalismo empuja inevitablemente a los más pobres a vivir sumidos en la esclavitud.
Podemos entender por qué los esclavos no suelen rebelarse contra los más ricos, pues no suelen tener las más mínimas condiciones materiales para hacerlo. Ni siquiera las fuerzas anímicas necesarias para emprender lo que es, casi siempre, poco menos que un suicidio. Pero ¿por qué las personas menos pobres no se unen a ellos para luchar juntos contra los más ricos? ¿No derrotarían fácilmente, de esta forma, a sus comunes opresores? Pues bien, seguramente sí.
Pero lo que suele ocurrir es que los peces medianos, en vez de volverse contra los más grandes, intentan compensar su desgracia atacando con más fuerza a los más pequeños. En vez atacar a quien se los come, deciden atacar, con mayor empeño y fiereza, a aquellos que pueden comerse. Y es lógico que así sea, porque los peces pequeños están completamente indefensos, mientras que los grandes suelen estar fuertemente armados. Pero también porque los peces grandes hacen lo posible para convencerles, o incluso obligarles, a actuar de esta forma.
Es tristemente frecuente ver como el capitalismo alienta entre las clases medias un consumismo que, llenando sus vidas de cosas inútiles, las lleva a hacerse creer que son más ricas, más opulentas, como peces más grandes. De igual forma, los sueños e ideales que alienta entre estas mismas clases no son ciertamente de justicia o de fraternidad universal, sino de riqueza fácil, rápida y deslumbrante. Es el sueño de volverse más rico a costa de crear muchos más pobres, pobres a los que inevitablemente siempre se debe odiar y despreciar.
Pero quizás el mecanismo más admirable creado por el capitalismo es aquel que permite que las personas pertenecientes a las clases sociales más bajas financien la esclavitud mientras realizan sus habituales compras semanales. Y eso a pesar de que esas mismas personas están a veces a sólo un paso de convertirse, a su vez, en míseros esclavos.
El mecanismo es en realidad bastante sencillo. Gracias a la creciente globalización, a la creciente falta de regulación del trabajo y del comercio, los ricos no dudan en utilizar una gran cantidad de esclavos, generalmente en países más pobres, con el fin de producir bienes que son puestos luego a la venta en países más ricos. Y evidentemente el precio de venta de estos productos resulta mucho más bajo que el de cualquier otro producto que pueda haber sido creado bajo unas condiciones laborales dignas.
Por otra parte, debido a esa misma globalización, las personas más pobres que realizan sus compras en los países ricos reciben salarios que son cada vez más bajos. Y como es evidente, no pueden permitirse comprar productos caros. Por el contrario, esas personas se ven obligadas a adquirir los productos que son más baratos, es decir, precisamente aquellos que son creados mediante mano de obra esclava.
Así, comprando estos productos, las personas pobres acaban por financiar la esclavitud. Sin pretenderlo, sus compras semanales acaban inevitablemente por enriquecer y engordar a los productores y comerciantes esclavistas, que ven así aumentar exponencialmente sus beneficios. Y además, contra más bajos y miserables se vuelvan los salarios de estos compradores, más bajo será el precio de los productos que compren y, de esta forma, más lucrativa y floreciente será la esclavitud, más esclavos habrá en el mundo. Y por si fuera poco, pasado cierto tiempo los propios compradores se convertirán a su vez en esclavos, momento en que la siguiente clase social, algo menos pobre, ocupará su lugar.
Gracias a este admirable y portentoso mecanismo, entre muchos otros semejantes, resulta casi inevitable que los vastos mares del capitalismo acaben siempre dominados por unos pocos peces, grandes, gordos e insaciables. Unos peces que se alimentan glotonamente, día y noche, de otros muchos peces cada vez más pequeños, cada vez más indefensos y cada vez más sumisos al orden social establecido. Pero pensemos bien en lo siguiente: un pez grande y gordo ¿no es más fácil de pescar?
12/11/18
La ideología, más arriba a la izquierda
El gazpacho es un plato típico del sur de España que resulta particularmente apreciado durante los meses más cálidos del verano. Consiste en un caldo que se sirve frío y que se elabora a partir de diversos vegetales triturados. Existe, desde luego, una gran variedad de formas de preparar el gazpacho. Pero lo más sorprendente es que su receta ha ido cambiando enormemente a lo largo del tiempo y de diferentes épocas. Si en un principio, hace siglos, el gazpacho se preparaba básicamente con migas de pan, aceite, vinagre y ajo, con la llegada de las nuevas hortalizas provenientes de América y de Asia pasó a incorporar ingredientes ahora tan esenciales como el tomate, el pepino o el pimiento.
Así, la idea de lo que es el gazpacho –o, si se prefiere, la ideología culinaria inherente a su preparación– ha ido evolucionando y perfeccionándose con el tiempo, permitiendo a este famoso plato llegar a ser lo que es hoy.
Precisamente este mismo aspecto de evolución y de perfeccionamiento es de enorme importancia cuando hablamos de ideologías. Al buscar la definición de lo que es una ideología, nos encontraremos en general con dos posiciones enfrentadas, dos visiones antagónicas que difieren exactamente en el reconocimiento o no de la capacidad de las ideologías para cambiar y evolucionar.
Para algunos, una ideología no es más que un conjunto de ideas, una especie de ideario de carácter fijo e inmutable, cuya función consiste únicamente en definir y cohesionar a un determinado grupo social. Así, funcionando como un sistema totémico de ideas, la ideología tiene una naturaleza dogmática y es de obligada obediencia por parte de todos los miembros del grupo. Cualquier persona que se aleje de ella es expulsada. Y, de igual forma, cualquiera que desee entrar en el grupo deberá adoptarla por completo, renunciando a sus ideas previas.
Sin embargo, para otros esta definición de ideología es totalmente abusiva y reduccionista, contraria al ejercicio de las ideas y de la filosofía, es decir, contraria a aquello que es la esencia misma de las auténticas ideologías. Una verdadera ideología es también un conjunto de ideas, pero es un conjunto de ideas de carácter cambiante y perfeccionista, en continua evolución, que se organiza necesariamente en una estructura formal sólida y coherente. Su función es elevar a todo el conjunto de la sociedad, no sólo a un grupo, hacia un nuevo nivel de conocimiento y de ética que intenta construir. Y si en ocasiones una ideología coincide con un determinado grupo social, principalmente al inicio de su andadura, ésta no sirve necesariamente para cohesionar a sus miembros ni pretende nunca exigirles una sumisión intelectual.
En la filosofía todas las ideas nacen, se oponen, se contrastan, se apoyan, se diluyen, se reencuentran, van dialogando entre sí, determinando su validez, para luego servir de base a otras ideas de orden superior. La filosofía política sigue también este mismo proceso y, ante una determinada realidad social o histórica, debe utilizar las ideas existentes para construir una o varias ideologías. Pero a medida que las ideas evolucionan, así también las ideologías deben progresar, morir, divergir o unirse entre sí para alumbrar otras nuevas.
Toda verdadera ideología, toda construcción filosófica de ideas, tiene por tanto un propósito de progreso, de cambio, de desarrollo. Y este desarrollo, en su vertiente política y social, es lo que ha venido a llamarse históricamente como la izquierda.
Toda verdadera ideología es por tanto, nominalmente, una ideología de izquierda. Y entre los diferentes tipos existentes podemos distinguir, por ejemplo, las ideologías progresistas, defensoras de una transformación lenta y gradual de la sociedad, o las ideologías revolucionarias, comprometidas con un cambio social inmediato y rupturista. De estos tipos deberemos excluir, claro está, todas las falsas izquierdas con sus falsas ideologías.
Pero muchas veces oímos hablar también de ideologías de derecha, lo que es ciertamente una utilización abusiva del término. Lo que conocemos históricamente como la derecha se caracteriza por oponerse expresamente a cualquier discusión y desarrollo de las ideas, aunque éstas inevitablemente acaben siempre por forzar con el tiempo una cierta deriva.
En el campo de la derecha, cualquier idea o incluso cualquier realidad deberá doblegarse, y si es necesario deformarse, para caber dentro de la estructura axiomática previamente concebida. Las mal denominadas ideologías de derecha, en realidad simples idearios, se corresponden claramente con aquella visión reduccionista que iguala la ideología a un conjunto de dogmas destinados a crear la cohesión social de un determinado grupo.
Los dogmas de la derecha nacen muchas veces de forma natural a partir de la ignorancia, de la incapacidad filosófica para concebir o desarrollar ideas. Pero también nacen premeditadamente como una forma de dominación: su imposición, directa o indirecta, impide el avance de las ideas y obliga a la sociedad a permanecer para siempre en el más puro inmovilismo. Así, cuando los dogmas tienen esta función de fijar el orden social existente, impidiendo que sea destruido por el progreso y por las verdaderas ideologías, suele hablarse de ideologías conservadoras. Y cuando los dogmas pretenden hacer retroceder a la sociedad en el progreso alcanzado, revertirla hacia una situación anterior para reconquistar un orden social perdido, suele hablarse de ideologías reaccionarias.
La derecha sólo genera falsas ideologías, simples idearios de carácter inamovible. Con sus burdos axiomas, con sus ideas deformes y atormentadas, sólo pretende excavar catacumbas cada vez más hondas a las que nunca pueda llegar la luz del progreso. Y en ellas forja las cadenas con las que condena a la sociedad a sufrir una esclavitud que se perpetúa eternamente, dentro de un orden social asfixiante e imperecedero.
Si a usted le gusta el gazpacho, si usted ama el conocimiento, la filosofía y la libertad, si usted busca una auténtica ideología, no tenga dudas de donde podrá encontrarla: allí, más arriba, a la izquierda.
27/2/15
Las múltiples formas de la mentira.
Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, fue un militar y aventurero del siglo XVIII que quedó conocido para el mundo como uno de los más fabulosos e imaginativos mentirosos de toda la historia. Aunque para ser justos, debemos decir que buena parte de esa mala fama se debe a las obras literarias que, con todo tipo de exageraciones, se escribieron posteriormente narrando sus aventuras.
Entre las increíbles aventuras atribuidas así al barón de Münchhausen se cuenta volar sobre una bala de cañón de un lado a otro del campo de batalla, viajar hasta la Luna trepando por el tallo de un guisante o llevado por el viento, evitar morir ahogado en un pantano tirando con la mano de su propia coleta, pernoctar en un pueblo sepultado cada noche por la nieve hasta lo alto del campanario, visitar la morada de Vulcano en el interior del volcán Etna, o cabalgar sobre un caballo al cual le habían cortado la mitad posterior del cuerpo, que luego encontró y cosió a la parte anterior.
En nuestros días cualquier persona, incluso la más ingenua, entendería fácilmente que todas estas historias son completamente falsas, nada más que simples y fantasiosas mentiras. Sin embargo, ¿estaremos cualquiera de nosotros en condiciones de afirmar que nunca hemos sido engañados por una historia de apariencia mucho más verosímil pero, en realidad, igualmente falsa? ¿O que nunca hemos contado entonces esa misma historia a otra persona pensando que con ello transmitíamos una información veraz? ¿No habremos, por tanto, mentido también nosotros mismos muchas veces como consecuencia de haber caído en las insidiosas y sutiles redes de la mentira?
Se suele bromear diciendo que existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las medias verdades y las estadísticas. Pero en realidad existen muchos más. Muchas mentiras las practicamos inconscientemente, sin darnos cuenta. De otras somos incapaces de escapar, por mucho que nos esforcemos. Y otras, para nuestra desgracia, se convierten a veces en nuestra propia forma de vida. De entre todos estos tipos de mentiras existentes podemos ciertamente destacar algunos.
Existe la mentira intencionada, sin duda la más genuina de todas las mentiras, que consiste en inventar una información falsa con el propósito de engañar a los otros y sacar con ello algún provecho.
Existe la mentira incierta, que se debe simplemente a una mala percepción de la realidad. Por ejemplo, cuando antiguamente se afirmaba que el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra se incurría en una falsedad debido al desconocimiento y la mala percepción que existía sobre el movimiento de los astros. En aquella época, sin ser capaces de comprender por qué, todos mentían. Y no obstante, tan fuerte llegó a ser esta mentira que acabó por condenar a quienes, como Galileo, intentaron defender la verdad.
Existe la mentira tradicional, que consiste en el mantenimiento acrítico de una idea errónea a lo largo del tiempo. Se trata de mentiras que se mantienen, de generación en generación, debido a la falta de interés, de libertad o de capacidad intelectual de los individuos para librarse de ellas. Buen ejemplo de este tipo de mentira son las religiones, cuyo fantasioso y enrevesado conjunto de falsedades se transmite ciegamente, como un dogma incuestionable, de una generación a otra. Se miente así por pura pereza o desidia de cuestionar las viejas ideas recibidas. Y estas mentiras llegan también muchas veces a ser tan fuertes como para condenar a la marginación, al destierro o incluso a la tortura y la muerte a quienes pretenden rebatirlas.
Existe la mentira transmitida, que consiste en vehicular de buena fe, con un criticismo ciertamente insuficiente, algo que se toma por verdadero pero que en realidad no lo es. Supone haber siempre un engaño previo, ya sea intencionado o no. Y la persona que lo transmite es así al mismo tiempo engañador y engañado. Ejemplo frecuente de este tipo de mentira es la información dada por los medios de comunicación. Cada vez con menos recursos para verificar las noticias, debilitados en su función o simplemente manipulados de forma descarada, los medios de comunicación transmiten con frecuencia enormes mentiras que luego pasan a su vez de unas personas a otras como si fuesen fieles verdades.
En resumen, analizando todos estos tipos de mentiras llegamos fácilmente a la conclusión de que para decir la verdad no basta con ser sincero. Si interpretamos erróneamente un hecho, si aceptamos acríticamente una mentira, si transmitimos una información que es falsa, estaremos mintiendo. Y no importa entonces si somos sinceros o no, si llegamos a creernos la mentira o si nos mentimos a nosotros mismos. Lo único importante será que estaremos mintiendo a quien confía en nosotros.
Resulta evidente, por tanto, que sólo existe un arma posible para evitar y para defenderse de la mentira: el conocimiento. Sólo gracias al conocimiento conseguimos discernir entre la verdad y la mentira. Sólo gracias a él conseguimos reconocer la falsedad de una mentira inventada, conseguimos interpretar correctamente la verdad de los hechos, conseguimos ser críticos en relación a las falsedades con las que vivimos o conseguimos detectar el engaño en la información que recibimos.
Sin conocimiento, hundidos en la ignorancia, estaremos inevitablemente condenados a ser personas tan mentirosas como el propio barón de Münchhausen. Sin conocimiento, nos convertimos de forma involuntaria en unos tremendos y malditos mentirosos.
Entre las increíbles aventuras atribuidas así al barón de Münchhausen se cuenta volar sobre una bala de cañón de un lado a otro del campo de batalla, viajar hasta la Luna trepando por el tallo de un guisante o llevado por el viento, evitar morir ahogado en un pantano tirando con la mano de su propia coleta, pernoctar en un pueblo sepultado cada noche por la nieve hasta lo alto del campanario, visitar la morada de Vulcano en el interior del volcán Etna, o cabalgar sobre un caballo al cual le habían cortado la mitad posterior del cuerpo, que luego encontró y cosió a la parte anterior.
En nuestros días cualquier persona, incluso la más ingenua, entendería fácilmente que todas estas historias son completamente falsas, nada más que simples y fantasiosas mentiras. Sin embargo, ¿estaremos cualquiera de nosotros en condiciones de afirmar que nunca hemos sido engañados por una historia de apariencia mucho más verosímil pero, en realidad, igualmente falsa? ¿O que nunca hemos contado entonces esa misma historia a otra persona pensando que con ello transmitíamos una información veraz? ¿No habremos, por tanto, mentido también nosotros mismos muchas veces como consecuencia de haber caído en las insidiosas y sutiles redes de la mentira?
Se suele bromear diciendo que existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las medias verdades y las estadísticas. Pero en realidad existen muchos más. Muchas mentiras las practicamos inconscientemente, sin darnos cuenta. De otras somos incapaces de escapar, por mucho que nos esforcemos. Y otras, para nuestra desgracia, se convierten a veces en nuestra propia forma de vida. De entre todos estos tipos de mentiras existentes podemos ciertamente destacar algunos.
Existe la mentira intencionada, sin duda la más genuina de todas las mentiras, que consiste en inventar una información falsa con el propósito de engañar a los otros y sacar con ello algún provecho.
Existe la mentira incierta, que se debe simplemente a una mala percepción de la realidad. Por ejemplo, cuando antiguamente se afirmaba que el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra se incurría en una falsedad debido al desconocimiento y la mala percepción que existía sobre el movimiento de los astros. En aquella época, sin ser capaces de comprender por qué, todos mentían. Y no obstante, tan fuerte llegó a ser esta mentira que acabó por condenar a quienes, como Galileo, intentaron defender la verdad.
Existe la mentira tradicional, que consiste en el mantenimiento acrítico de una idea errónea a lo largo del tiempo. Se trata de mentiras que se mantienen, de generación en generación, debido a la falta de interés, de libertad o de capacidad intelectual de los individuos para librarse de ellas. Buen ejemplo de este tipo de mentira son las religiones, cuyo fantasioso y enrevesado conjunto de falsedades se transmite ciegamente, como un dogma incuestionable, de una generación a otra. Se miente así por pura pereza o desidia de cuestionar las viejas ideas recibidas. Y estas mentiras llegan también muchas veces a ser tan fuertes como para condenar a la marginación, al destierro o incluso a la tortura y la muerte a quienes pretenden rebatirlas.
Existe la mentira transmitida, que consiste en vehicular de buena fe, con un criticismo ciertamente insuficiente, algo que se toma por verdadero pero que en realidad no lo es. Supone haber siempre un engaño previo, ya sea intencionado o no. Y la persona que lo transmite es así al mismo tiempo engañador y engañado. Ejemplo frecuente de este tipo de mentira es la información dada por los medios de comunicación. Cada vez con menos recursos para verificar las noticias, debilitados en su función o simplemente manipulados de forma descarada, los medios de comunicación transmiten con frecuencia enormes mentiras que luego pasan a su vez de unas personas a otras como si fuesen fieles verdades.
En resumen, analizando todos estos tipos de mentiras llegamos fácilmente a la conclusión de que para decir la verdad no basta con ser sincero. Si interpretamos erróneamente un hecho, si aceptamos acríticamente una mentira, si transmitimos una información que es falsa, estaremos mintiendo. Y no importa entonces si somos sinceros o no, si llegamos a creernos la mentira o si nos mentimos a nosotros mismos. Lo único importante será que estaremos mintiendo a quien confía en nosotros.
Resulta evidente, por tanto, que sólo existe un arma posible para evitar y para defenderse de la mentira: el conocimiento. Sólo gracias al conocimiento conseguimos discernir entre la verdad y la mentira. Sólo gracias a él conseguimos reconocer la falsedad de una mentira inventada, conseguimos interpretar correctamente la verdad de los hechos, conseguimos ser críticos en relación a las falsedades con las que vivimos o conseguimos detectar el engaño en la información que recibimos.
Sin conocimiento, hundidos en la ignorancia, estaremos inevitablemente condenados a ser personas tan mentirosas como el propio barón de Münchhausen. Sin conocimiento, nos convertimos de forma involuntaria en unos tremendos y malditos mentirosos.
24/11/14
El poder diabólico de la red de cerebros.
Gracias a las novelas y a las películas de ciencia-ficción sabemos exactamente en qué momento debemos comenzar a tener miedo de los robots. Mientras ellos son simpáticas e inocentes máquinas ocupadas en realizar tareas simples y rutinarias no debemos temer nada. Debemos comenzar a tener ya algún cuidado cuando los robots comienzan a pensar, a crear sus propias tareas o incluso a contradecir algunas de las órdenes que les damos. Pero cuando realmente debemos asustarnos y huir de ellos lo más rápidamente posible es cuando los robots empiezan a comunicar entre sí y logran conectar sus cerebros en red, formando una superestructura cibernética. Es en ese momento, según las novelas, cuando los robots se rebelan contra sus creadores, protagonizan un asalto apocalíptico al poder y ocasionan el fin de la civilización humana.
Pero esto no es sólo ciencia-ficción. Esta misma situación apocalíptica, o al menos una muy parecida, sucedió en el mundo real hace unos cuantos miles de años. En ese momento una nueva raza de androides conectó sus cerebros en red y comenzó a arrasar el mundo conocido, transformándolo y tiranizándolo para siempre. Sólo que esos androides no estaban hechos de metal, cables o circuitos, sino que eran de carne y hueso. Esos androides eran en realidad los propios seres humanos.
No hay duda de que en tiempos primitivos los seres humanos eran bastante inofensivos, tal como lo son ahora nuestros simpáticos robots. Realizaban cada día sus tareas rutinarias sin provocar grandes sobresaltos en el ambiente ni en los otros seres vivos. El problema surgió cuando los hombres se agruparon para formar pequeñas sociedades y, como consecuencia de la especialización, algunos de ellos empezaron a inventar y crear nuevos tipos de tareas y rutinas, como por ejemplo cuidar del fuego, construir refugios, fabricar tejidos o crear utensilios. Todas estas actividades eran tareas completamente nuevas para las cuales, en realidad, los hombres nunca habían sido programados.
Y entonces ocurrió la tan esperada catástrofe: los seres humanos comenzaron a conectar sus mentes y a crear una terrible y diabólica red de cerebros. Hasta ese momento las formas de comunicación empleadas por los hombres eran muy rudimentarias, basadas en el lenguaje facial y corporal. Un semblante triste, una actitud nerviosa o un simple bostezo rápidamente se transmitían y contagiaban a los restantes miembros del grupo, que compartían así esas mismas emociones de tristeza, miedo o somnolencia. Pero la especialización de los individuos y la invención de nuevas e importantes tareas sociales llevaron a la necesidad urgente de crear un nuevo tipo de comunicación, mucho más complejo, capaz de trasmitir todo el conjunto de ideas asociadas a esas tareas y para las cuales el lenguaje facial y corporal no estaba preparado.
Fue así como surgió y se desarrolló el lenguaje hablado, permitiendo a los hombres transmitir fácilmente cualquier nuevo tipo de ideas, de informaciones, de experiencias, de sensaciones o de conocimientos. Los hombres comunicaban ahora entre sí como nunca antes lo habían hecho. Sus cerebros estaban definitivamente conectados en red, tal como los cerebros de los robots en las novelas de ciencia-ficción. A partir de entonces, el fin del mundo conocido era casi inevitable.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Los seres humanos rápidamente asaltaron el poder y se rebelaron contra la propia naturaleza que los había creado. Comenzaron a modificar, controlar y destruir gran parte de su entorno. Y comenzaron también a tiranizar a todos los otros seres vivos, que empezaron así a sufrir el poder desenfrenado y despótico de la diabólica superestructura mental humana.
En nuestros días, atrapados todavía en esta tremenda vorágine destructora que comenzó hace apenas unos pocos milenios, los propios seres humanos sentimos la urgente necesidad de interrogarnos sobre cuál será el futuro del mundo. ¿Podremos sobrevivir al tremendo caos generado por la súbita y terrible rebelión de nuestra propia especie?
En este punto los relatos de ciencia-ficción suelen ofrecernos diferentes y posibles desenlaces. En algunos relatos, las tiránicas sociedades de robots, obsesionadas con sus viejas rutinas cibernéticas, acaban por destruir ciegamente todo el planeta. Sin embargo, en otros relatos, los robots consiguen adquirir un nuevo tipo de inteligencia superior a la de los hombres y logran así salvar el planeta, amenazado hasta ese momento por la locura humana, por las guerras, el hambre y la autodestrucción. En estos relatos los robots son, en realidad, los salvadores del mundo.
Para nosotros ambos desenlaces son igualmente posibles: podemos efectivamente destruir el mundo siguiendo nuestras viejas y absurdas rutinas o, por el contrario, podemos aprender a vivir pacíficamente en él adoptando un nuevo y superior tipo de conciencia. La decisión es nuestra. Nuestros cerebros conectados en red permiten tanto una cosa como otra.
También con la aparición de las hormigas, de sus sociedades complejas y sus pequeños cerebros conectados en red, nada en el mundo podía continuar a ser como era antes. Pero las hormigas, hoy en día los animales más abundantes del planeta, aprendieron a vivir en paz y armonía con el mundo, sin llegar a destruirlo. Y si ellas lo consiguieron, ¿por qué no podríamos nosotros, con cerebros más complejos, hacerlo también?
Debemos conectar nuestros cerebros para vivir pacíficamente en este planeta, para ser una parte fundamental de su futuro, no para destruirlo. Y claro… mientras tanto, no dejemos de vigilar a nuestros simpáticos robots. Incluso por la noche, cuando ellos creen que nadie los observa.
25/7/14
El empacho humano y la destrucción del mundo.
En ocasiones los lagos y otros ecosistemas de agua dulce sufren una profunda alteración debido a la llegada masiva de nutrientes a sus aguas. Estos nutrientes, como por ejemplo el nitrógeno o el fósforo, provienen generalmente de los fertilizantes químicos utilizados en la agricultura y que más tarde son arrastrados por las lluvias desde los campos hasta ríos y lagos. Su presencia en exceso desencadena entonces una alteración, muchas veces irreversible, en las características biológicas, químicas y físicas de las aguas de los lagos mediante un proceso que se conoce como eutrofización.
La llegada de estos nutrientes provoca que unas pocas especies de algas comiencen a crecer descontroladamente hasta cubrir por completo toda la superficie del lago y ocupar también toda la parte superior de las aguas. Las algas captan entonces toda la luz del sol e impiden que ésta pueda llegar a más profundidad, donde otras especies de algas y los animales, no teniendo ni luz ni oxígeno, acaban por morir, descomponiéndose y degradando aún más la calidad del agua. Mientras tanto, las algas continúan a crecer sin control, generando una creciente cantidad de materia orgánica cuyas capas más inferiores entran también en descomposición. Las aguas del lago acaban así, poco a poco, sepultadas bajo esta creciente masa de materia orgánica. El lago se convierte primero en un pantano y luego, con su lecho ya totalmente colmatado, acaba por perder el agua y secarse por completo. El lago, por tanto, muere y desaparece.
Podemos decir que con la eutrofización el lago muere de empacho. La dieta saludable que llevaba hasta entonces, con un moderado aporte de nutrientes, favorecía la limpidez de las aguas, el desarrollo de una gran variedad de formas de vida y la manutención de un ecosistema bien equilibrado. Con la llegada del exceso de nutrientes el lago pasa a disponer de mucho más alimento, lo que aparentemente sería bueno para el desarrollo de la vida. Y efectivamente esto es así para algunas algas, que proliferan sin control. Sin embargo, debido a esa misma proliferación, mueren luego todas las otras algas y los animales, se destruye el equilibrio ecológico y la biodiversidad y se provoca finalmente la desaparición física y material del propio lago.
El proceso de eutrofización de los lagos es un interesante ejemplo que nos permite comprender mucho mejor qué es lo que en la actualidad está acabando con todos los ecosistemas naturales a nivel mundial. Podemos decir que el planeta sufre hoy en día un proceso muy semejante al de la eutrofización. Pero en este caso no se debe a un crecimiento descontrolado de algas causado por un aporte masivo de nutrientes. En este caso se debe, por el contrario, a un crecimiento descontrolado de la población humana causado por un aporte masivo de energía.
No hay duda de que en la actualidad la población humana prolifera descontroladamente. Y lo hace debido al aporte masivo de energía que le proporcionan los combustibles fósiles. Son millones de años de energía solar los que están almacenados en el subsuelo bajo la forma de carbón y petróleo y que están ahora a ser utilizados, de manera súbita y desenfrenada, por las sociedades humanas.
Pero no sólo el hombre prolifera gracias a la eutrofización energética. También lo hacen todas las especies asociadas a él a través de la agricultura y la ganadería. El mundo está lleno ahora de seres humanos, pero también lo está, en mucha mayor proporción, de trigo, de maíz, de arroz, de soja, de cerdos, de vacas, de gallinas, de perros... El hombre y sus especies asociadas crecieron tanto en número y en extensión que en la actualidad llegan a cubrir ya la mayor parte de la superficie fértil del planeta. Y todas las otras especies, sin acceso a esta superficie o sin ni tan siquiera muchas veces espacio físico para existir, están muriendo y desapareciendo. Así, asistimos hoy en día a un rápido y alarmante desplome de la biodiversidad a nivel mundial.
El planeta está muriendo de puro empacho. El exceso de energía y el consiguiente crecimiento del paisaje humanizado están sepultando y eliminando todos los ecosistemas naturales. Y con ello el desastre, tal como en el caso de los lagos, está asegurado. La desaparición de los ecosistemas hace que el planeta sea cada vez más inhabitable y estéril. Y con la progresiva reducción de las condiciones de vida y de la fertilidad de la tierra no hay duda de que en un determinado momento la población humana acabará también por perecer, por mucha energía de que disponga. Aunque ni siquiera será mucha, pues los combustibles fósiles, tan rápidamente como aparecieron, acabarán por agotarse y desaparecer.
Podríamos pensar que con el fin de los combustibles fósiles y la disipación de su energía volveremos a la situación inicial. Pero lo que nos encontraremos entonces será un escenario ya demasiado catastrófico, con la mayoría de los ecosistemas destruidos, arrasados o muertos. Gran parte de las especies habrá sucumbido. Y las pocas que proliferaron, sin la energía que hasta ahora las sustentaba, cubrirán la tierra con sus cadáveres, alterando quizás por última vez los ecosistemas.
Los combustibles fósiles no son, como siempre se ha creído, una fuente barata, útil y benéfica de energía. En realidad son, como todo lo que es en exceso, un veneno de características destruidoras. Amenazan con acabar con el planeta condenándolo a una muerte lenta por empacho en el que la humanidad no es otra cosa que el alimento indigesto que se atraviesa en su estómago. Y contra más energía fósil utilicemos y gastemos, mayor será esa indigestión. Piense en esto cada vez que consume carbón o petróleo, es decir, a cada momento.
La llegada de estos nutrientes provoca que unas pocas especies de algas comiencen a crecer descontroladamente hasta cubrir por completo toda la superficie del lago y ocupar también toda la parte superior de las aguas. Las algas captan entonces toda la luz del sol e impiden que ésta pueda llegar a más profundidad, donde otras especies de algas y los animales, no teniendo ni luz ni oxígeno, acaban por morir, descomponiéndose y degradando aún más la calidad del agua. Mientras tanto, las algas continúan a crecer sin control, generando una creciente cantidad de materia orgánica cuyas capas más inferiores entran también en descomposición. Las aguas del lago acaban así, poco a poco, sepultadas bajo esta creciente masa de materia orgánica. El lago se convierte primero en un pantano y luego, con su lecho ya totalmente colmatado, acaba por perder el agua y secarse por completo. El lago, por tanto, muere y desaparece.
Podemos decir que con la eutrofización el lago muere de empacho. La dieta saludable que llevaba hasta entonces, con un moderado aporte de nutrientes, favorecía la limpidez de las aguas, el desarrollo de una gran variedad de formas de vida y la manutención de un ecosistema bien equilibrado. Con la llegada del exceso de nutrientes el lago pasa a disponer de mucho más alimento, lo que aparentemente sería bueno para el desarrollo de la vida. Y efectivamente esto es así para algunas algas, que proliferan sin control. Sin embargo, debido a esa misma proliferación, mueren luego todas las otras algas y los animales, se destruye el equilibrio ecológico y la biodiversidad y se provoca finalmente la desaparición física y material del propio lago.
El proceso de eutrofización de los lagos es un interesante ejemplo que nos permite comprender mucho mejor qué es lo que en la actualidad está acabando con todos los ecosistemas naturales a nivel mundial. Podemos decir que el planeta sufre hoy en día un proceso muy semejante al de la eutrofización. Pero en este caso no se debe a un crecimiento descontrolado de algas causado por un aporte masivo de nutrientes. En este caso se debe, por el contrario, a un crecimiento descontrolado de la población humana causado por un aporte masivo de energía.
No hay duda de que en la actualidad la población humana prolifera descontroladamente. Y lo hace debido al aporte masivo de energía que le proporcionan los combustibles fósiles. Son millones de años de energía solar los que están almacenados en el subsuelo bajo la forma de carbón y petróleo y que están ahora a ser utilizados, de manera súbita y desenfrenada, por las sociedades humanas.
Pero no sólo el hombre prolifera gracias a la eutrofización energética. También lo hacen todas las especies asociadas a él a través de la agricultura y la ganadería. El mundo está lleno ahora de seres humanos, pero también lo está, en mucha mayor proporción, de trigo, de maíz, de arroz, de soja, de cerdos, de vacas, de gallinas, de perros... El hombre y sus especies asociadas crecieron tanto en número y en extensión que en la actualidad llegan a cubrir ya la mayor parte de la superficie fértil del planeta. Y todas las otras especies, sin acceso a esta superficie o sin ni tan siquiera muchas veces espacio físico para existir, están muriendo y desapareciendo. Así, asistimos hoy en día a un rápido y alarmante desplome de la biodiversidad a nivel mundial.
El planeta está muriendo de puro empacho. El exceso de energía y el consiguiente crecimiento del paisaje humanizado están sepultando y eliminando todos los ecosistemas naturales. Y con ello el desastre, tal como en el caso de los lagos, está asegurado. La desaparición de los ecosistemas hace que el planeta sea cada vez más inhabitable y estéril. Y con la progresiva reducción de las condiciones de vida y de la fertilidad de la tierra no hay duda de que en un determinado momento la población humana acabará también por perecer, por mucha energía de que disponga. Aunque ni siquiera será mucha, pues los combustibles fósiles, tan rápidamente como aparecieron, acabarán por agotarse y desaparecer.
Podríamos pensar que con el fin de los combustibles fósiles y la disipación de su energía volveremos a la situación inicial. Pero lo que nos encontraremos entonces será un escenario ya demasiado catastrófico, con la mayoría de los ecosistemas destruidos, arrasados o muertos. Gran parte de las especies habrá sucumbido. Y las pocas que proliferaron, sin la energía que hasta ahora las sustentaba, cubrirán la tierra con sus cadáveres, alterando quizás por última vez los ecosistemas.
Los combustibles fósiles no son, como siempre se ha creído, una fuente barata, útil y benéfica de energía. En realidad son, como todo lo que es en exceso, un veneno de características destruidoras. Amenazan con acabar con el planeta condenándolo a una muerte lenta por empacho en el que la humanidad no es otra cosa que el alimento indigesto que se atraviesa en su estómago. Y contra más energía fósil utilicemos y gastemos, mayor será esa indigestión. Piense en esto cada vez que consume carbón o petróleo, es decir, a cada momento.
18/6/14
La polución de los elementos.
Tierra, agua, aire y fuego eran los cuatro elementos primordiales que, según los antiguos filósofos, constituían la materia. Estos cuatro elementos, combinados en una determinada proporción, eran los responsables de la formación de todas las cosas. Sin embargo, tres de ellos dominaban claramente nuestro mundo: la tierra, formando los continentes, las montañas y las islas; el agua, formando los océanos, los mares, los lagos y los ríos; y el aire, formando el cielo, el viento y la atmósfera que respiramos.
Y precisamente por ser dominantes en nuestro mundo, la tierra, el agua y el aire han sido también las principales víctimas de la creciente polución generada por las sociedades humanas industrializadas. Si en un primer momento la polución era acumulada casi exclusivamente en tierra, en depósitos y basureros, ésta no tardó en extenderse también a los otros dos elementos. Ríos y mares comenzaron así a recibir todo tipo de residuos a través de crecientes sistemas de drenaje, de cloacas y emisores. Y el aire se convirtió en nuestros días en el destino inevitable de cualquier residuo combustible y capaz de convertirse en material gaseoso.
En la antigüedad estos tres elementos naturales parecían infinitos, ilimitados. Podían ser contaminados sin ningún tipo de preocupación, pues siempre parecía haber más tierra, más mar y más aire impolutos. Pero actualmente, por el contrario, nuestra visión es muy diferente. Hoy en día vemos la tierra, el agua y el aire saturados de contaminación, de enfermedad y, en muchos casos, de muerte. Ya no hay casi ningún territorio en donde no encontremos nuestra propia basura. Los océanos están tan contaminados de plásticos y metales pesados que llegan incluso a envenenar la pesca y nuestra propia alimentación. Y la atmósfera, herida incluso en su capa de ozono, se degrada sin remedio por la continua emisión de compuestos tóxicos y de gases de efecto invernadero que alteran por completo el clima del planeta.
En la naturaleza, todos los ecosistemas existentes se caracterizan por ser ciclos cerrados. Teniendo como único aporte externo la energía solar, los ecosistemas naturales utilizan y reciclan constantemente todos sus elementos. La materia orgánica es descompuesta y reutilizada para crear nueva materia orgánica. Elementos como el nitrógeno, el fósforo o el azufre circulan una y otra vez en el mismo ciclo de la vida. E incluso el dióxido de carbono que se crea es rápidamente reabsorbido por la fotosíntesis. Por el contrario, el modelo de civilización industrial creado por el hombre se basa en ciclos abiertos, en ciclos falsos e incompletos que no llegan nunca a cerrarse. Son, por tanto, ciclos incapaces de alimentarse a sí mismos, incapaces de recuperar y reutilizar los elementos que utilizan y que son siempre desechados y apartados del proceso.
Así, en el modelo de sociedad industrial poco o casi nada es reutilizado, reaprovechado o regenerado. La vegetación es quemada y el suelo fértil destruido antes de que puedan volver a regenerarse. La materia orgánica es lanzada a los mares sin que pueda originar un nuevo crecimiento en tierra. Los minerales del subsuelo son extraídos y esparcidos por tierras y mares, acumulándose y envenenando los ecosistemas. Y el carbono fósil, también extraído del subsuelo como carbón o petróleo, es quemado e inyectado sin descanso en la cada vez más maltrecha atmósfera.
Tratándose de un modelo de ciclo abierto, disipativo y despilfarrador, la civilización industrial necesita ser continuamente alimentada para poder mantenerse y subsistir. Es por tanto un modelo devorador y destructor de la naturaleza, insustentable a corto, medio o largo plazo. Constituye un modelo suicida que además, en su autodestrucción, arrastra consigo a todos los ecosistemas naturales y atenta contra la propia vida en el planeta.
Para rectificar este modelo mucho podríamos aprender, por ejemplo, de nuestros abuelos, que no vivían en un mundo industrial, ni con el actual e irresponsable despilfarro de materia y energía. Ellos intentaban reutilizar una y otra vez todo lo que tenían, desechando únicamente aquello que ya no podía ser arreglado, reparado o reconvertido. La materia orgánica servía para hacer abono y fertilizar la tierra. La leña de los bosques era una fuente de energía casi renovable. Y los minerales extraídos del subsuelo eran empleados y refundidos innumerables veces. Su modelo de sociedad se aproximaba por tanto a un modelo de ciclo cerrado, mucho más sustentable y equilibrado con la naturaleza que el nuestro.
No hay duda de que la terrible contaminación de la naturaleza y de los elementos a que asistimos hoy en día se debe a un modelo de sociedad ciego e insustentable, a un ciclo abierto devorador insaciable de recursos naturales y productor impenitente de desechos. Si no conseguimos rectificar o alterar este modelo, el mundo continuará a ser el basurero donde arrojamos cada día nuestra creciente falta de inteligencia y nuestra incapacidad para crear sociedades sanas y sustentables.
11/3/14
La sumisa obediencia a la libertad.
Cuando analizamos detenidamente el concepto de libertad llegamos fácilmente a la conclusión de que, en última instancia, lo que realmente nos hace libres es el conocimiento. Una vez que hemos conseguido la primordial libertad de acción y la libertad de elegir conforme a la verdad, el valor esencial que nos permite avanzar por el camino de la libertad es el conocimiento. Así, llegaremos a ser más libres cuanto más conocimiento tengamos en nuestro poder y cuanta más experiencia hayamos adquirido a lo largo de nuestra vida.
Sin embargo, es innegable que nacemos sin ningún tipo de conocimiento, sin ninguna experiencia, privados de libertad. Y que es a lo largo de nuestra vida que iremos desarrollando nuestra capacidad para poder ser libres. Será durante la infancia que ganaremos nuestra conciencia, durante la juventud que conformaremos nuestras voluntades y nuestros deseos y durante la edad adulta que obtendremos la experiencia necesaria para vivir y establecer lazos sociales en condiciones de igualdad. Iremos de este modo ganando libertad hasta llegar al lógico declive impuesto por la vejez.
Durante la infancia depositamos toda nuestra suerte en los cuidados y desvelos de nuestros progenitores. Ellos son los que deciden nuestra voluntad y nuestras necesidades. Y lo hacen de la forma más apropiada posible por estar vocacionados para ello por sólidos lazos de sangre. Así, de forma natural, todo infante acepta ver delegada su libertad en la autoridad y el buen juicio materno o paterno.
Ya en la juventud, durante nuestro proceso de aprendizaje e instrucción, confiamos gran parte de nuestra libertad en nuestros maestros y en las perspectivas que ellos nos abren. Así, iniciamos muchas de nuestras decisiones más importantes apoyándonos en el conocimiento, las enseñanzas o los modelos que nos proporcionan nuestros maestros, nuestros parientes cercanos o simplemente nuestros ídolos.
Llegados por fin a la edad adulta, adquiridas nuestras plenas capacidades, comprendemos entonces que nuestros conocimientos son y serán siempre muy limitados. Nuestra formación nos permite saber sólo sobre determinadas materias y siempre hasta unos ciertos límites. Sin embargo, observamos que en el seno de nuestra sociedad existen personas con diferentes grados de conocimiento y de experiencia en las más diversas áreas, materias o profesiones, ejerciéndolas con mérito y competencia. Son, por ejemplo, excelentes agricultores, profesores, artesanos, médicos, jueces, arquitectos, mecánicos o legisladores, a los que reconocemos ser grandes profesionales.
Así, siempre que nos es posible, recurrimos a ellos en el momento de tomar una decisión sobre una determinada materia. Solicitamos o contratamos su ayuda porque entendemos que pueden indicarnos siempre el camino más correcto. Y muchas veces, reconociéndoles un claro mérito o superioridad en esa materia, aceptamos sus indicaciones como si fuesen una obligación. Así por ejemplo, todos aceptamos como si de un mandato se tratase las indicaciones dadas por un explorador que conoce bien el terreno, por un médico que nos prescribe un medicamento o por un marinero que nos dice cuándo debemos embarcar. Y estas opciones que nos son dadas por otros, a veces en contra de nuestro propio entendimiento, se dice que las tomamos o aceptamos libremente. Es por tanto, de cierta forma, una sumisión que aceptamos voluntariamente para conseguir o aumentar nuestra libertad. En realidad, para incluir en nuestra libertad el conocimiento de otros.
Podemos así hablar de libertad asistida cuando nos apoyamos o reconocemos la autoridad de otras personas en el momento de tomar nuestras decisiones. O también de libertad cooperativa cuando, compartiendo nuestra autoridad con la de otras personas, nos apoyamos mutuamente en la toma de decisiones. Y si bien es cierto que cuando otras personas toman nuestras decisiones perdemos aparentemente libertad, también es cierto que son las otras personas las que nos pueden permitir ser más libres al asistirnos en la toma de mejores decisiones. No es, como muchas veces se piensa, cayendo en el aislamiento o en el individualismo que se consigue tener una mayor y más plena libertad.
Pero como es lógico, confiar nuestra libertad en la autoridad o superioridad de otras personas supone correr siempre graves riesgos y peligros. Muchas tiranías, por ejemplo, tratan de revestirse con un manto de paternalismo e intentan hacer creer al pueblo que el tirano se preocupa por ellos de la misma forma que un progenitor se preocupa por sus hijos, cuando en realidad lo que hace es usurpar por la fuerza todas sus decisiones y su libertad individual.
Pero muchas veces, bien tristemente, ni siquiera es necesario el empleo de la fuerza o del engaño para privarnos de la libertad. Basta para ello con que caigamos en la apatía social, que aceptemos acríticamente cualquier decisión tomada por quien detenta el poder o que actuemos miméticamente con nuestros vecinos. Caeremos de esta forma en el borreguismo, delegando estúpidamente nuestra libertad y nuestras decisiones en personas sin ningún mérito, pero que no dudarán en asumir el poder con que las investe nuestra enorme pereza.
5/2/14
Los falsos caminos de la libertad.
Todo el mundo ansía por la libertad y está dispuesto a luchar, o incluso a morir, por ella. Pero ¿qué es exactamente la libertad? ¿O cuál es el tipo de libertad que deseamos? Son muchas las definiciones que existen de libertad y también son muchas las formas en que sentimos su presencia o su ausencia. E incluso, a veces, lo que es sentido por algunas personas como libertad no pasa, para otras, de una simple y penosa forma de esclavitud. Así, ¿qué debemos entender entonces por libertad?
En general, podemos definir la libertad como la ausencia de obstáculos, levantados o ejercidos por otras personas, que nos impidan buscar o alcanzar nuestra propia felicidad. Así, diremos que nos falta la libertad cuando alguien consigue dificultar o impedirnos la realización ya sea de nuestra voluntad, de nuestros actos o de nuestros pensamientos. Y como ciertamente son muchos y de muy diferente tipo los obstáculos que se pueden levantar contra nosotros, deberemos definir varios tipos o grados de libertad.
Podremos, no obstante, decir que son tres los tipos más básicos de libertad e incluso podremos tratar de describirlos recurriendo a un simple ejemplo. Para ello nos bastará imaginar que nos encontramos en una encrucijada. Ante nosotros se abren tres diferentes caminos y tres posibles opciones. Pero sólo uno de ellos nos conducirá a nuestra felicidad, representada aquí por nuestra casa y nuestra familia. Los otros dos caminos nos alejarán de ellas, conduciéndonos por oscuros parajes y condenándonos a una vida llena de desgracia y falta de esperanza.
1) La encrucijada. En un primer momento intentamos acercarnos a la encrucijada, pero comprobamos entonces que unas fuertes cadenas de hierro nos prenden al suelo de la senda por la que acabamos de llegar, impidiéndonos cualquier avance. No podemos llegar a escoger ninguno de los tres caminos porque ni siquiera tenemos la posibilidad de hacerlo. Nos falta la libertad más básica: la libertad de acción.
Cuando finalmente consigamos romper esas cadenas seremos libres de actuar. Pero al realizar cualquier acción estaremos lógicamente sometidos a las reglas de la ética. Así, si actuamos para nuestro bien y para el bien de los otros estaremos actuando verdaderamente en libertad. Pero si, por el contrario, actuamos para nuestro mal o para el mal de los otros estaremos cayendo en uno de los dos precipicios que se abren a nuestros lados: respectivamente, el vicio y el libertinaje.
2) Derecha. Libres ya de nuestras cadenas y a salvo de caer en estos precipicios, observamos el camino de la derecha. Junto a él, una señal de grandes dimensiones nos indica que este es el camino correcto para llegar a nuestra casa. La señal nos invita a tomar esta dirección prometiéndonos con ello una rápida consecución de nuestra felicidad.
Pero desgraciadamente es mentira. Quien colocó la señal nos está engañando y, con ello, pone un obstáculo insalvable a nuestra felicidad. Iniciado el camino, rápidamente nos daremos cuenta de que nos hemos convertido en esclavos de quien colocó la señal. Y en verdad son muchas las personas que, en la actualidad, se encuentran esclavizadas por haber seguido este camino. Son muchas las personas privadas de libertad, condenadas a una vida sin esperanza, por haber decidido seguir el camino indicado por las diversas formas de la mentira, como son los medios de comunicación totalitarios, las religiones, los gobiernos tiránicos, las tradiciones oprobiosas o, simplemente, la promesa de los vendedores de falsas esperanzas. Librarse de este tipo de engaño es ganar una libertad auténtica y fundamental: la libertad de elección.
3) Centro. Evitado el engaño, pisando ya firmemente el terreno de la verdad, nos queda elegir entre los otros dos caminos. Y probablemente escogeremos el del centro, pues en un primer momento nos parece más llano y prometedor. Pero por desgracia es la opción equivocada. Si hubiésemos sabido ver, por ejemplo, que los árboles que bordean este camino son robles y no castaños, tal como lo son aquellos que bordean el camino de la izquierda y también los bosques que envuelven nuestra casa, no nos habríamos equivocado de camino. Hemos sido víctimas por tanto de nuestra propia ignorancia.
Pero no seríamos tan ignorantes si hubiésemos recibido una buena instrucción durante nuestra infancia y nuestra juventud. Y no hay duda de que quien impide la existencia de escuelas y de un buen sistema educativo está creando fuertes obstáculos para que las personas alcancen su propia felicidad. Contra menos instrucción exista, más fácilmente las personas estarán condenadas a escoger el camino equivocado y más fácilmente podrán ser esclavizadas. No será necesario engañarlas, pues serán ellas mismas las que se engañen. Bien por el contrario, contra más instrucción y cultura reciban las personas más libres serán, pues en definitiva es el conocimiento el que nos hace libres. Y así ganaremos el tipo más decisivo de libertad: la libertad de discernimiento.
4) Izquierda. Siendo libres para actuar, libres también de elegir por no ser apartados de la verdad y libres igualmente para, mediante el conocimiento, discernir entre el error y el acierto, elegimos finalmente el camino de la izquierda, el único que nos llevará hasta nuestra casa y hasta nuestra plena felicidad. Nadie nos está poniendo ahora obstáculos, por lo que podemos decir que somos definitivamente libres.
Pero, sin duda, en nuestro camino nos enfrentaremos a obstáculos materiales que, no habiendo sido creados por otras personas, harán con que podamos alcanzar o no la felicidad. La furia de una tormenta devastadora, la falta de agua o de comida o la abertura de un precipicio en medio de nuestra senda podrán acabar fácilmente con todas nuestras esperanzas. Y es que todos nosotros emprendemos continuamente caminos sin fin en la búsqueda incansable de nuestra felicidad. Y al recorrerlos, incluso dentro de la más pura libertad, nuestro rumbo siempre incierto acaba por convertirnos en esclavos de nuestro propio destino.
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