19/11/10

Los cangrejos adictos al progreso.

Se entiende por progreso la “acción de ir hacia adelante”. Esto significa, por ejemplo, que un corredor progresa cuando avanza en dirección a la meta, lugar dorado donde espera alcanzar el triunfo al cual aspira. Pero también, de igual forma, se puede decir que un suicida, asomado al borde de un precipicio, progresa cuando da un paso en frente, arrojándose al abismo en cuyas profundidades se perderá para siempre.

En ambos casos existe un avance. Y en ambos casos existe, por tanto, un progreso. Pero, como está claro, estos dos progresos se realizan en direcciones y con objetivos diferentes. En un caso, se progresa hacia la victoria y el triunfo. En otro, se progresa hacia la muerte y la tragedia. Por ello, resulta evidente que mucho más importante que progresar o no progresar, que saber si se avanza o no se avanza, es saber en qué dirección se está avanzando o bien se pretende avanzar. Mucho más importante que progresar o no es saber si, con nuestro progreso, nos dirigimos hacia el triunfo o hacia la tragedia.

Así, resulta de la mayor importancia analizar, con detenimiento, qué rumbo estamos siguiendo. Y especialmente, qué rumbo sigue el mundo y la sociedad en que vivimos. Pues bien, haciéndolo, tarde o temprano tendremos que analizar un cierto rumbo y una cierta idea de progreso que, desde hace largos años, parece dominar nuestra sociedad. Esta idea consiste en identificar el progreso con la consecución de nuevos y modernos avances tecnológicos, cualesquiera que estos sean. Así, cualquier innovación tecnológica que surja, por más inútil o absurda que parezca, por más carente de sentido que sea, marcará siempre el rumbo que inevitablemente deberá seguir nuestra sociedad para conseguir su progreso. Según esta idea, cualquier avance tecnológico es un progreso. Y rechazar este avance supondría renunciar a ese progreso y, en general, a todos ellos.

Esta idea parece bastante absurda, pues afirma que, en lo referente a la tecnología, cualquier camino, cualquier dirección, lleva siempre e inevitablemente hacia el triunfo. Nunca hacia la tragedia. Y, consecuentemente, defiende que se debe avanzar lo más rápidamente posible, para así alcanzar cuanto antes esa victoria. Debe avanzarse en cualquier dirección, sin pensar, sin reflexionar. Nuestra voluntad carece de importancia comparada con los altos designios de la tecnología y su desarrollo, a los cuales debemos siempre prestar sumisa obediencia.

Así, la tecnología, que no es otra cosa que un medio, una herramienta, para conseguir un determinado fin, en nuestros días se ha convertido en un fin en sí misma. Debemos seguir cualquier rumbo que ella marque, renunciando a nuestros propios deseos y aspiraciones, pues ella nunca se equivoca. Y claro, esto tanto se aplica a una determinada tecnología como a la contraria. Pues, en realidad, todas ellas son buenas. ¡Todos los caminos posibles, incluso los contrarios, son inevitablemente buenos!

Esta enorme y absurda demostración de pensamiento acrítico puede llevarnos, por el contrario, a la peor de las tragedias. Y además, lo más rápidamente posible. Conviene analizar, de una vez por todas, el rumbo que determinan las nuevas tecnologías que surgen y, a partir de ahí, juzgar cuáles son buenas y cuáles no lo son. Conviene juzgar qué tecnologías nos interesan para conseguir el futuro que queremos y deseamos y cuáles otras son incompatibles con él. Conviene juzgar qué tecnologías nos permitirán llegar a nuestra meta, al triunfo, y cuáles podrán empujarnos ciegamente hacia el más hondo de los abismos.

Según consta en el imaginario popular, los cangrejos son animales que, al desplazarse, caminan siempre hacia atrás. Por tanto, para un cangrejo parece inevitable avanzar en dirección contraria a aquella a la cual pretende ir. Y si, por ejemplo, pretendiese huir de la red de un pescador, inevitablemente acabaría por caer en ella.

Resulta fácil, por tanto, comprender la enorme tragedia que constituiría para un cangrejo ser un adicto del progreso. Un cangrejo empeñado en avanzar continuamente, en avanzar siempre y en todo momento, lo único que conseguiría es alejarse cada vez más de aquello que esperaba alcanzar. En realidad, un cangrejo progresista, caminando de forma constante, sin remedio, hacia un lugar al cual no desea llegar, y del cual muchas veces debería huir, sería un cangrejo condenado.

Pues bien, andando ciegamente hacia donde la tecnología nos lleva, ¿no estaremos también nosotros condenados? ¿No seremos también nosotros como los cangrejos progresistas, avanzando siempre en dirección contraria a nuestra meta y a nuestra felicidad?… Que levante su pinza quien, de entre nosotros, crea no serlo.

28/10/10

Saturno devora nuevamente a sus hijos.

Durante los últimos años de su vida, el pintor romántico Francisco de Goya pintó sobre los muros de su casa unos frescos, las llamadas pinturas negras, en las que, a través de una serie de escenas tétricas, sombrías y alucinadas, nos transporta hacia un mundo inquietante dominado por la locura y el terror. Una de esas pinturas, quizás la más famosa de todas, es la conocida como “Saturno devorando a un hijo”. Con esta horrenda pintura, basada en la historia del antiguo mito griego, Goya consiguió retratar una parte del alma de la sociedad de su tiempo, una sociedad llena por entonces de oscuras sombras, de crueldad y de odio. Sin embargo, para desgracia de todos nosotros, esta pintura se ha convertido también, en los días de hoy, en una imagen profética del presente y del futuro próximo de la humanidad.

Tal como en la grotesca pintura de Goya, la humanidad de hoy devora a la humanidad del mañana. En este caso no es por temor de ser destronada por la siguiente generación, como le ocurría al dios Saturno, pues en el mundo real, en el mundo de los seres mortales, los hijos acaban siempre, inevitablemente, por sustituir a sus progenitores. La razón por la cual la humanidad actual devora a la del mañana es tan sólo por codicia, por comodidad, por egoísmo, por incapacidad, por arrogancia, por vicio, por falta de inteligencia.

La humanidad de hoy está a apropiarse, a robar, el futuro de la humanidad del mañana. Roba sus recursos, su aire, sus aguas, sus tierras, su alimento, sus casas, sus bienes, sus trabajos, su sustento. Poseída por la misma locura que el dios Saturno, la generación actual devora los recursos pertenecientes a las próximas generaciones y, al hacerlo, engulle también todas sus posibilidades de supervivencia. Bien puede decirse que lejos, muy lejos, van ya aquellos tiempos en que una generación se preocupaba por el bienestar y la supervivencia de las siguientes, aquello a lo que hoy se llama solidaridad intergeneracional.

En tiempos pasados, las personas plantaban árboles que sabían que sólo sus hijos, o sus nietos, iban a llegar a ver crecer y fructificar. Araban y aplanaban terrenos agrestes para que sus descendientes pudiesen realizar en ellos sus siembras. Seleccionaban con paciencia las mejores semillas para que en el futuro sus hijos tuviesen abundantes cosechas. Construían canales para llevar el agua a las ciudades y los campos, asegurando el sustento de las generaciones siguientes. Levantaban muros y fortificaciones que se mantenían en pie durante siglos, dando protección a todos sus habitantes. Edificaban sólidas casas que pasaban de padres a hijos. Construían puentes y diques que domaban los ríos y sus periódicas crecidas… Todo cuanto los antiguos hacían, o al menos gran parte de ello, constituía un valioso legado que dejaban en herencia a sus descendientes. Y seguramente, se sentían muy orgullosos de ello.

Hoy en día las cosas son muy diferentes. ¿Qué es lo que, en verdad, nuestra generación deja en herencia a las siguientes generaciones? ¿Es algo quizás de lo que podamos sentirnos satisfechos y orgullosos? Ciertamente, no.

Lo que nuestra generación deja a las siguientes son los residuos radioactivos de las centrales nucleares. Son los metales y compuestos químicos, de carácter venenoso, vertidos diariamente en los suelos, en los ríos, en los lagos y en el mar. Son los antiguos suelos fértiles ahora desertificados y áridos, agotados por una explotación agrícola intensiva basada en el petróleo y en fertilizantes artificiales. Son los mares vacíos de pesca y sin alimento, con las especies piscatorias llevadas hasta el exterminio. Son las nuevas enfermedades nacidas de la miseria, más todas aquellas otras antiguas que volverán debido al mal uso y agotamiento de los antibióticos. Es el cambio climático producido por la contaminación de la atmósfera, amenazando de mil formas terribles el futuro, entre ellas nuevas sequías, catástrofes y más desolación. Es la desforestación de todos los bosques del mundo. Es la ausencia de centenares de especies vivientes que son exterminadas a cada día que pasa y que nunca más volverán a existir. Son todos los ecosistemas alterados y heridos de muerte, incapaces de captar de forma fecunda y sostenible la energía del sol. Son los recursos naturales asaltados, agotados y destruidos. Es un mundo superpoblado y condenado a una progresiva degradación. Es, en resumen, un futuro negro y sin atisbos posibles de supervivencia. Al final, ¿qué es lo que puede mover a un odio tan profundo hacia las siguientes generaciones?

A pesar de haber sido realizada hace dos siglos, la pintura de Goya retrata fielmente el escenario de locura y de muerte del mundo de hoy. Un mundo absurdo donde el padre devora golosamente el futuro de sus hijos y, escarbándose los dientes con un palillo, eructa de satisfacción.

15/10/10

Libertad para la ignorancia.

Por mucho respeto que tengamos por las otras personas, hay determinadas actitudes que no pueden dejar de resultarnos completamente inaceptables. Pensemos, por ejemplo, en un ladrón que, defendiéndose ante un tribunal, alegase motivos de conciencia para justificar su larga lista de robos y otros crímenes. Por mucho que intentase justificarse diciendo que el crimen constituye su pasión, su forma de vida, su actitud personal frente al mundo, lo cierto es que nunca podríamos aceptar, ni mucho menos respetar, tan ridículos y absurdos argumentos. Para nosotros, y para cualquier juez, su destino inevitable debería ser la cárcel, o cualquier otra penalidad.

Otro ejemplo sería un estudiante de matemática que, escribiendo en un examen que dos y dos son cinco, reclamase luego su derecho a optar libremente por unas matemáticas propias y alternativas en que tal suma fuese correcta. Esta reclamación sería evidentemente inaceptable y nada debería salvar al estudiante de un buen y merecido suspenso. Tampoco aceptaríamos los lamentos de un mentiroso que, confrontado con la evidencia de sus falsedades, defendiese su inocencia diciendo que únicamente se limitaba a repetir lo que una voz interior, de naturaleza divina, le decía en su cabeza. Nunca podríamos, por mucho que insistiese, aceptar una explicación tan ridícula. Y mucho menos la inocencia de su comportamiento.

Decididamente, este tipo de actitudes resulta inaceptable y nunca puede merecernos el menor respeto. Ni a nosotros ni a la sociedad de la que formamos parte. Así, es lógico y necesario que la sociedad castigue o penalice a quien atenta contra los otros, a quien niega descaradamente una evidencia científica o a quien tergiversa o miente sobre la realidad de los hechos. Así debería ser.

Pero la verdad es que… no siempre es así. Los estados actuales arrastran consigo pesadas tradiciones que impiden muchas veces que sus leyes penalicen o prohíban lo que es inaceptable. En realidad, en muchas ocasiones lo permiten o incluso lo favorecen. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la llamada libertad religiosa.

Poco se puede decir a favor de las religiones. Las supersticiones y creencias, ya sean propias del individuo o impuestas y transmitidas por una determinada religión, siempre se oponen descaradamente a toda evidencia científica. Aceptarlas sería lo mismo que aceptar que dos y dos son cinco. Además, las religiones mienten sobre la realidad, cuando no ficcionan de forma alucinada sobre ella. Y estas mentiras o ficciones, impuestas como verdades incuestionables, únicamente son reveladas al pueblo por los sacerdotes, unos sacerdotes que dicen limitarse a transmitir la voluntad de los dioses a través de una voz que sólo ellos oyen en su interior. ¿Quién podría culparlos, por tanto, de sus mentiras? Por si fuera poco, las religiones suelen aprovechar su poder para acaparar tierras, riquezas o posesiones entre sus seguidores. Y aún peor, pues a menudo les roban su libertad convirtiéndolos en simples súbditos, cuando no esclavos, de los dioses. Lo que es lo mismo que decir que se convierten en esclavos de sus representantes terrenales, los sacerdotes.

A pesar de ello, los estados actuales no castigan ni penalizan a las religiones o a sus sacerdotes. Antes por el contrario, los apoyan invocando la llamada libertad religiosa. El estado, en vez de sustituir activamente las supersticiones por la educación científica, las mentiras místicas por la realidad, los dudosos preceptos morales por sólidos valores éticos, en vez de sustituir las ansiedades espirituales por una saludable socialización, los ilusorios equilibrios entre el bien y el mal por la lucha activa a favor de la justicia, los miedos y falsos consuelos por enérgicas actitudes de valor y coraje, en vez de sustituir las promesas de otras vidas por la promesa de una vida real mejor y más plena, los tormentos eternos de los rebeldes por el fomento de un espíritu libre de obediencias, el temor y odio a la muerte por un profundo amor a la vida, en vez de sustituir la esclavitud a preceptos místicos por una libertad luminosa, diáfana y verdadera… en vez de todo esto, en vez de desterrar la religión, lo que hacen los estados es dictar leyes donde se obliga a respetar a las religiones y a la libertad religiosa. Es decir, donde se respeta la libertad de ser ignorante y de escoger, además, la forma de ignorancia entre las varias disponibles.

Es cierto que la libertad de un individuo se define en gran parte por la posibilidad de elegir su propio destino, de tomar sus propias decisiones, de realizar sus opciones en completa conformidad con su pensamiento. Y es cierto que un estado que defienda la libertad de sus ciudadanos debe intentar respetar, en todo momento, esas opciones y pensamientos. Pero, como queda claro, no todas las opciones merecen respeto. No lo merecen ladrones, mentirosos o prevaricadores. Tampoco lo merecen las religiones.

Cualquier tipo de respeto tiene siempre un límite, que es definido por un juicio o valoración de carácter ético. Y las religiones están, objetiva e históricamente, más allá de ese límite. La libertad religiosa es otro caso en que liberalismo y libertinaje intentan disfrazarse de libertad.

17/9/10

Los colosos de la ciencia.


La estatua de Helios en la ciudad griega de Rodas era considerada una de las siete maravillas del mundo. Construida hace más de 2.200 años, utilizando hierro y bronce, se piensa que medía más de 30 metros de altura y que pesaba más de 70 toneladas. Sin embargo, a pesar de su altivo y magnífico porte, la estatua no resistió los efectos de un súbito temblor de tierra, que acabó por derribarla. En la actualidad, perdidos todos sus restos, no queda ya ni el menor rastro de ella. Un final muy diferente, por el contrario, es el que ha conocido la venus de Willendorf, una pequeña estatuilla de once centímetros descubierta en la localidad austriaca del mismo nombre. Esta simple y modesta escultura, creada hace más de 20.000 años en piedra caliza, permaneció perdida y enterrada a lo largo de innúmeros siglos hasta ser encontrada, hace cien años, durante unas excavaciones arqueológicas. Así, hoy en día, puede ser vista y admirada por cualquier persona.

Entre la arrogancia sin límites de una estatua de carácter colosal y la falta de pretensiones de una simple y pequeña estatuilla, el paso del tiempo acabó por premiar generosamente a esta última. A pesar de su tosco y orondo aspecto, ciertamente poco o nada envidiable, la venus de Willendorf consiguió sobrevivir sin problemas al paso de los siglos, al contrario de lo sucedido con la estatua del admirable Helios.

Podemos preguntarnos acerca de lo que movió al pueblo de Rodas a levantar, tan esforzadamente, su enorme y deslumbrante coloso. Y también acerca de lo que sintieron al ver cómo se derrumbaba, bastante poco tiempo después. La verdad es que los motivos que llevan a la construcción de un monumento de porte colosal, ya sea dedicado a un hecho, a una persona o a una idea, son casi siempre bastante mezquinos: son el miedo, la incerteza y la inseguridad. El verdadero objetivo que, en realidad, persigue quien levanta un enorme coloso es tener una buena sombra en la que poder esconderse, un abrigo bajo el cual poder protegerse de cualquier tipo de intemperie, ya sea física o intelectual. Sólo con el amparo de un imponente coloso ciertas personas consiguen sentirse tranquilas, rehuyendo todos sus temores y sus miedos.

Esta tendencia a construir grandes colosos está presente en todos los pueblos y en todas las actividades humanas. Y el mundo de la ciencia, el de los científicos, con todos los miedos e incertezas que estos arrastran, no es ninguna excepción. Así, contra más mediocres e incompetentes son los científicos, contra más necesitados están de una sombra en la que ocultarse de cualquier mirada crítica, más altos y soberbios son los colosos que levantan. En este caso, claro, dedicados al imponente dios de la verdad científica.

Parapetados tras estos enormes colosos, amparados por su altura divina e intimidatoria, los malos científicos se sienten finalmente seguros. Y así, sabiéndose intocables, pueden ya mostrar al mundo su actitud más vanidosa y arrogante. Pueden desarrollar ya todos sus falsos argumentos, esconder hábilmente sus dudas y sus mentiras, exagerar sus pocas certezas. Pueden envolver el vacío con grandes y lujosas palabras, desplegar la opacidad de sus lenguajes para proteger sus intelectos de la luz, alabarse y encumbrarse unos a otros en función de los mutuos favores que se prestan, mostrarse condescendientes con aquellos que no conocen sus doctas y falsas verdades. Pueden regocijarse de forma narcisista ante cualquier espejo, enojarse ante la simplicidad de las cosas, odiar a todo aquel que osa ignorarlos, vanagloriarse de la infinita dimensión de su pequeñez, adornarse con antiguos y marchitos oropeles. Pueden lanzarse al abismo de sus propios errores, reírse con desprecio de la bondad, horrorizarse ante los recuerdos de la infancia, confrontarse y luchar repetidamente contra lo innegable, morir una y otra vez de tedio…

Por supuesto, bastaría un estornudo para derribar y echar por tierra todos estos enormes colosos. Porque la verdad, la auténtica verdad científica, no es una altiva y petulante estatua. En realidad, la mayoría de las veces es como la venus de Willendorf, con su misma pequeñez y persistencia, y con su mismo insospechado poder. Es un conjunto de ideas que, siendo capaz de grandes logros, muchas veces es incapaz de explicar la más simple de las incógnitas, aunque abre siempre el camino hacia su resolución.

El método científico, en el cual se basa, es un compendio de métodos filosóficos que ayudan a ordenar y sistematizar la forma de adquisición del conocimiento, obligando a éste a aproximarse una y otra vez a la realidad, evitando así cualquier desvío. Utilizando este método, el estudioso consigue adquirir, de forma progresiva, un conocimiento lo más cercano posible del mundo y de la realidad en que vive, es decir, de la verdad.

No dude usted, por tanto, en apartarse de los defensores de los grandes libros, de los tratados incomprensibles, de las verdades exclusivas de las élites, de los grandes sabios que nada dicen ni dejan decir, de los eminentes doctores que no se dignan en explicar sus ideas... Apártese de este tipo de científicos y de sus altos y pesados colosos dedicados a la verdad científica. Apártese, en general, de cualquier tipo de coloso, pues así tendrá menos riesgo de quedar sepultado bajo uno de ellos.


1/7/10

Elecciones o democracia.


Una y otra vez oímos decir que las elecciones son la característica esencial y, sobre todo, definitoria de un sistema democrático. Y de tantas veces repetido, parece que esto sea realmente verdad. Sin embargo, lo cierto es que la relación que existe entre las elecciones y la democracia es casi siempre de carácter circunstancial, cuando no claramente antagónica.

En primer lugar, conviene aclarar que no todos los países que realizan elecciones son democráticos. Analizando los variados regímenes políticos existentes en la actualidad, o en un pasado reciente, vemos que raro es aquel que no realiza algún tipo de elecciones. Desde los regímenes más tiránicos o dictatoriales a aquellos otros de carácter más popular o republicano, en casi todos ellos se realiza algún tipo de acto electoral para escoger representantes. Además, no podemos olvidar que el advenimiento de ciertos regímenes tiránicos, claramente antidemocráticos, fue en ocasiones resultado de unas elecciones consideradas libres y democráticas. Tal como sucedió por ejemplo en la Europa de los años 30, algunas elecciones pueden acabar por sepultar cualquier tipo de valores democráticos.

Y en segundo lugar, aclaremos que no todos los países que son democráticos realizan elecciones. En realidad, los que son puramente democráticos nunca las realizan. Tal como explica Aristóteles y otros filósofos, en las democracias más genuinas los cargos públicos no son elegidos mediante elecciones, sino por sorteo. Esto es así porque, en una democracia, todos los ciudadanos son considerados de igual valor e igualmente capacitados, por lo que sólo es aceptable que sea el azar quien determine qué persona debe ocupar un determinado cargo público. Caso contrario, se estaría incurriendo en algún tipo de distinción, preferencia o discriminación entre ciudadanos.

En realidad, según Aristóteles, las elecciones son un procedimiento característico de los regímenes oligárquicos, donde existe una clase social privilegiada que suministra los candidatos y una o varias clases sociales que los eligen. Y esto es así incluso cuando algunos candidatos, fomentando el populismo, se hayan ido a buscar entre las clases más bajas. De forma sorprendente, en nuestras sociedades modernas, claramente oligárquicas, el carácter elitista de los candidatos resulta más que evidente. En ellas, los candidatos forman parte de una determinada casta social, la de los políticos, mientras que el pueblo llano, los electores, permanecen voluntariamente excluidos y enajenados de los cargos públicos, renunciando así a cualquier participación democrática.

Teniendo en cuenta que las elecciones no caracterizan a la democracia y que la democracia no se caracteriza, en realidad, por tener elecciones, podemos afirmar, sin embargo, que las elecciones, junto con los referendos, son instrumentos de gobernación útiles y necesarios para cualquier régimen basado en la soberanía popular. Pero, como simples instrumentos que son, está claro que siempre pueden ser bien o mal empleados.

Las elecciones serán mal empleadas: cuando suplanten progresivamente la participación directa de los ciudadanos en la política, cuando los representantes elegidos formen una clase social propia y cada vez más elitista, cuando dichos representantes usurpen de alguna forma el poder y la soberanía de los representados, cuando las elecciones sirvan únicamente para dar empleo público a una parte de esa élite, cuando en vez de ideas únicamente se discuta la validez de los candidatos para un determinado cargo.

Por el contrario, las elecciones serán bien empleadas: cuando incentiven la permanente y activa participación de los ciudadanos en la vida pública, cuando sirvan para debatir ideas, cuando estimulen la realización de reuniones y asambleas públicas, cuando haya una continua renovación de los representantes, cuando los cargos públicos sean ocupados por los ciudadanos más sabios y capacitados, cuando las personas se sientan identificadas con sus representantes.

Resulta muy fácil, por tanto, saber si en nuestra sociedad las elecciones son empleadas para el bien o para el mal, saber si vivimos en un régimen de soberanía popular o en un régimen cada vez más oligocrático. Así, por ejemplo, cuando existan clases sociales, cuando el reparto de la riqueza entre esas clases sea cada vez más desigual, cuando la participación en los partidos políticos sea cada vez menor, cuando la abstención electoral sea cada vez más abrumadora, cuando no exista discusión ideológica en las elecciones, cuando los elegidos sean siempre los mismos… será evidente que vivimos en una oligocracia y que ésta utiliza las elecciones para aumentar su poder.

Y estaremos en un régimen de soberanía popular si… ¿de verdad cree que alguna vez iban a permitirle eso?


19/6/10

La incomprensible actitud de Pinocchio.


Pinocchio, el famoso muñeco de madera del cuento de Collodi (Carlo Lorenzini), veía crecer su nariz cada vez que decía una mentira. ¿Por qué entonces insistía en mentir una y otra vez? ¿Pensaba que haciéndolo evitaba tener un rostro demasiado vulgar, con un perfil excesivamente plano y anodino? ¿Tenía acaso la pretensión de llegar a todas partes antes que nadie? ¿O será, por el contrario, que Pinocchio tenía una percepción diferente, de carácter alternativo, de lo que era o no era verdad?

Hoy en día es bastante frecuente escuchar argumentos que cultivan el relativismo sobre lo que es la verdad, argumentos destinados a confundir o nublar el entendimiento. Porque lo cierto es que existe una única realidad y es, precisamente, dicha realidad la que determina lo que es o no verdad. Cualquier idea que se aproxime a la realidad deberá ser considerada como verdadera, mientras que cualquier idea que se aleje de la ella será evidentemente falsa. Y considerando diferentes ideas, unas más próximas que otras de la realidad, unas serán por ello más verdaderas y otras lo serán menos.

Existen ideas que se acercan a la realidad en un aspecto y no en otro, mientras que otras lo hacen justamente al contrario, siendo al mismo tiempo igualmente verdaderas e igualmente falsas. Y también hay ideas que, siendo verdaderas en un aspecto, están muy lejos de la realidad en otros, mientras que otras ideas, no estando cerca en ningún aspecto, tampoco están muy lejos en ninguno de ellos. Así, podemos decir que entre las ideas imperfectas existe la posibilidad de hacer todo tipo de comparaciones. Pero eso no debe confundirnos ni apartarnos de la necesaria búsqueda de la verdad, es decir, de aquellas ideas que se identifican perfecta y plenamente con la realidad.

El mecanismo lógico por el cual se va probando o arquitectando la veracidad de las ideas, ya sea en un aspecto particular o en todos ellos, es la discusión y el análisis. Si a través de ellos se demuestra que una idea, o una parte importante de ella, no es válida, esa idea pasa entonces a ser considerada una falsedad o una mentira. Y, por lógica, quien la defendió debería pasar a ser considerado como un falsario o un mentiroso.

Pero evidentemente esto no es así, ni mucho menos. La consideración que es dada al defensor de una idea que se revela como falsa dependerá siempre del carácter moral de esa persona. Al demostrarse la falsedad de una idea, debe permitirse siempre a quien la defendió que rectifique sus argumentos. Sólo en el caso de que, pese a la evidencia, continuase defendiendo los mismos argumentos falsos, esa persona debería ser considerada como mentirosa. Sólo entonces merecería que le creciese la nariz.

Pinocchio, a pesar de ser un muñeco de madera, no era tonto. Bien pronto comprendió cómo era el mundo en que se encontraba. Miró a su alrededor y vio a toda la gente, a la gente de carne y hueso, defender siempre, invariablemente, las mismas falsas ideas, sin retractarse jamás de ellas. Cierto es que, en medio de toda esa gente, había también unas pocas personas dedicadas al estudio y al conocimiento, esforzadas en demostrar la falsedad de las ideas comunes y en proponer otras más acordes con la realidad. Pero estos estudiosos eran siempre ignorados y despreciados por la mayoría. ¿Para qué iban a cambiar ahora de ideas, si las que tenían les habían servido siempre hasta ahora, ya fuese mucho, poco o nada?

Pinocchio, sintiendo gran admiración por aquellos pocos estudiosos, rompió su hucha y compró algunos de sus libros. Leyó con mucha atención e interés los tratados que demostraban, por ejemplo, que utilizar el petróleo de forma masiva alteraba el clima del planeta, que adoptar una economía basada en el lucro provocaba siempre una creciente injusticia social, que la práctica de una agricultura intensiva acababa por agotar la fertilidad del suelo, que destruir la naturaleza implicaba inevitablemente nuestra propia e impiedosa destrucción.

La verdad de aquellas ideas era evidente. Pero claro, él no podía defender esas nuevas ideas, por más próximas a la realidad que estuviesen. Él era un muñeco de madera y no podía correr riesgos. Si alguien se irritase con él, lo más seguro es que lo echasen al fuego. Pinocchio sabía muy bien que incluso personas de carne y hueso habían sido quemadas en el pasado por la misma razón. No, de nada sirve defender la verdad cuando de lo que se trata es de evitar ser devorado por las llamas.

Comprendiendo todo esto, Pinocchio comenzó a mentir. Mentía siempre y a todas horas. Tener una nariz en crecimiento no era en realidad un gran problema, pues incluso era vista como un símbolo de carácter y personalidad en su rudo perfil de muñeco de madera. Así fue como, a partir de entonces, Pinocchio prosperó en este mundo. Quién sabe si hoy en día no se habrá convertido en un ministro importante de cualquier país occidental. O quizás en un pedazo de leña.


2/6/10

Esclavitud mágica.

Algunos santuarios están situados en las escarpadas cumbres de las más altas montañas. Y es común afirmarse que quien realiza una peregrinación hasta ellos obtiene suerte y prosperidad para toda la vida. Claro que quien afirma esto deja convenientemente de lado, en sus cuentas, a todas aquellas personas que, intentando subir a la cumbre, acaban por morir despeñadas. O a aquellas otras que son llevadas por una súbita tormenta de nieve. Por no hablar de aquellas cuyo corazón no aguanta el esfuerzo del duro camino, o de aquellas otras que, tras realizar la peregrinación, acaban luego por llevar una vida llena de desgracias. Y aún hay otras personas que, sin nunca mejorar su vida, repiten una y otra vez la peregrinación con la esperanza de que finalmente suceda algo.

Lo cierto es que muchas personas piensan que realizar un determinado acto o poseer un cierto amuleto da suerte y que, gracias a ello, su vida va a mejorar súbitamente. Adoptando semejante forma de pensar, estas personas inician un largo y tortuoso camino que irremediablemente las conducirá a la pérdida de su libertad y, con frecuencia, a la propia esclavitud. Porque, contrariamente a lo que se suele decir, ser supersticioso no da suerte. Ser supersticioso es, en realidad, una verdadera desgracia.

Este camino que lleva a la progresiva pérdida de la libertad puede resumirse en cinco etapas: superstición, creencia, iluminación, sectarismo y religión. Y cada una de ellas implica un grado cada vez mayor de sumisión y de pérdida de la propia voluntad.

La primera etapa es la aparición de la superstición. Una persona puede convencerse, por ejemplo, de que tirar piedras a un río da suerte. Y la verdad es que, con ello, puede calmar en cierta medida su ansiedad ante determinados acontecimientos futuros que puedan quizás traerle dolor o infelicidad.

Pero las supersticiones son a menudo contagiosas. Y con ello se llega a la segunda etapa, que consiste en la aparición de la creencia colectiva. En poco tiempo, todos los vecinos del supersticioso pueden adoptar su hábito de tirar piedras al río. Y basta con que la fortuna sonría a uno de ellos inmediatamente después del lanzamiento de una piedra para que dicha creencia se afirme entonces como una verdad absoluta. Nadie va a dejar de tirar piedras a un río si, a cambio, puede con ello ganar fortuna en su vida.

Poco tiempo después aparece la siniestra figura del iluminado, dando inicio a una nueva etapa. El iluminado se nombra a sí mismo, o es nombrado por todos, como único interprete válido de la creencia. Así, sólo él sabe qué piedras pueden lanzarse, cuándo y cómo deben lanzarse y cómo se debe interpretar la forma en que caen al agua. Si hasta entonces la superstición o la creencia estaban determinadas por actos individuales, propios de cada persona, ahora todos estos actos pasan a estar determinados por el iluminado. Los supersticiosos deben obedecer ciegamente sus mandatos si quieren tener suerte. Con ello, el iluminado comienza a afirmar progresivamente su dominio y su poder sobre las otras personas.

Pero el iluminado no tarda mucho en formar discípulos, iniciados por él en el secreto arte de la magia. Comienza así una nueva etapa, caracterizada por a existencia de una casta social de brujos o sacerdotes que, juntamente con sus seguidores, constituye una secta religiosa. Los sacerdotes son ahora dueños de todas las piedras y los únicos que pueden lanzarlas al río. Y cualquiera que pretenda desafiar su dominio sufrirá sin falta las consecuencias de su imperdonable blasfemia. La secta es ya una forma de abuso y de represión de la libertad individual.

Se llega entonces a la última etapa, la religión. Tarde o temprano, el poder creado por la secta comienza a hacer sombra al poder del estado. El cacique o gobernante no puede permitir que exista otro poder que no sea el suyo. Y la secta no puede permitir que el estado ponga freno a su creciente poder. Así, ya sea de una forma pacífica o violenta, se llega a la única solución posible: la unión de ambos poderes. La secta se convierte entonces en la religión del estado. Cualquier otra secta que a partir de entonces pueda surgir deberá unirse a la religión ya existente o desaparecer.

El poder de la religión es absoluto. Determina para siempre la suerte, el destino y la propia vida de las personas. El individuo, ya sin voluntad propia, sin libertad de decidir su destino, se convierte en un simple esclavo del poder. Y como es lógico, la religión rápidamente aniquila cualquier posibilidad de que las personas dejen de ser supersticiosas, cualquier posibilidad de que dejen de estar bajo su poder. Así, aniquila atrozmente la cultura, la filosofía y la ciencia. Nada escapa a su represión.

Y usted, ¿piensa aún que utilizar aquella camisa blanca con botones azules le da suerte? ¿O que rascarse la nariz espanta los malos espíritus? Antes de intentar convencerse de ello, reflexione un poco. Caso contrario, usted puede convertirse en un esclavo y vivir para siempre en la más absoluta miseria física e intelectual.

26/5/10

Etiquetas del pensamiento.

En nuestra sociedad moderna, la forma de pensar de los seres vivos se clasifica según un riguroso orden jerárquico. De todos es sabido que cuando un hombre piensa manifiesta con ello su superior inteligencia. En un nivel jerárquico inferior, una mujer, cuando piensa, manifiesta únicamente su intuición femenina. Por último, cuando los animales y las bestias piensan no hacen otra cosa sino manifestar su instinto animal.

Los hombres, por cualquier razón, nunca esperaron que las mujeres fuesen capaces de pensar. Por ello, en su momento tuvieron que inventar un término adecuado para expresar esta peculiar anomalía. Este término, bien diferente de la inteligencia, fue la intuición femenina. De igual forma, ni hombres ni mujeres esperaron nunca que un animal fuese capaz de pensar. Así, ante los sorprendentes comportamientos animales, fue necesario inventar otro concepto nuevo, el instinto animal. De esta forma, hombres, mujeres y bestias volvieron a ocupar otra vez el lugar jerárquico que, en el fantasioso mundo de los hombres, les correspondía. El orden fue así reestablecido.

La cosa se complicó un poco cuando se comenzó a explorar otros continentes y se descubrieron en ellos seres humanos pertenecientes a otras razas. Debido a su aspecto extraño y sus vocablos incomprensibles, estos seres fueron clasificados en un principio junto con las bestias. Sin embargo, cuando algunos de ellos aprendieron a hablar la lengua de los europeos, hubo que ponerlos en una categoría a parte, la de los salvajes. Su forma de pensar se clasificó así en un lugar intermedio entre el instinto y la intuición, un lugar a menudo identificado con la puerilidad.

El acto de pensar de cualquier ser vivo, desde que posea un sistema nervioso complejo, corresponde siempre al mismo tipo de proceso fisiológico. Cada especie está adaptada a unas determinadas condiciones ecológicas y por ello su sistema nervioso se centra en desarrollar diferentes capacidades: visuales, olfativas, táctiles, locomotoras, sociales, nemotécnicas, etc. Pero el proceso fisiológico de pensar es siempre el mismo y no hay ninguna razón para clasificarlo de formas diferentes o, mucho menos, jerárquicas.

En realidad, cuando se quiere poner etiquetas diferentes al acto de pensar únicamente se intenta dar respuesta a ciertas necesidades culturales. Podemos ver esto, especialmente, en el trato que damos a las diferentes especies de animales que nos rodean. Las etiquetas culturales que les ponemos se sobreponen con facilidad a nuestra más elemental capacidad crítica y nos llevan a adoptar, muchas veces, comportamientos completamente incoherentes.

Por ejemplo, muchas personas que conviven regularmente con perros y conocen su forma de pensar, sus afectos y sus sentimientos, consideran a estos animales como auténticos compañeros. Y muchas veces llegan a equipararlos involuntariamente a su propia condición de humanos. Como es fácil de comprender, estas personas ven con gran horror que, en otras culturas, los perros sean criados simplemente como alimento. Pero, de forma sorprendente, muchas de estas personas son capaces, por ejemplo, de utilizar cerdos como alimento y no sentir ningún horror en comerlos.

Estas personas asignan la etiqueta de compañero a unos animales y la etiqueta de alimento a otros, consiguiendo disociar completamente el diferente trato que dan a cada uno de ellos. Y resulta comprensible que, culturalmente, se asignen etiquetas inferiores a los animales que nos sirven de alimento, pues resultaría tremendamente desagradable comer seres próximos a nuestra misma condición. Así, en nuestra mente, las especies comestibles son etiquetadas y puestas a un nivel semejante al de los objetos inanimados.

Muchas otras razones culturales nos llevan a poner diferentes etiquetas a otras especies. En algunas culturas, y por diferentes motivos, se considera que ciertos animales domésticos como caballos, vacas o cerdos no son alimento. Con menos complejos, otras culturas consideran como alimento cualquier animal que se ponga al alcance de la mano. Algunas, siempre de forma ritual, llegan incluso a practicar el canibalismo.

Todas estas etiquetas que aplicamos a sexos, razas y especies animales revelan la visión profundamente egocéntrica que, de una forma más o menos inconsciente, tenemos siempre del mundo. Sin embargo, a medida que aumenta nuestro conocimiento, a medida que se eleva nuestro nivel científico y cultural, todas estas etiquetas mentales deberían desaparecer, revelándose como profundamente absurdas.

Por otra parte, no poner etiquetas a los otros es también la mejor forma de evitar que nos las pongan a nosotros mismos. Imagine que, en una visita a un parque zoológico, usted se queda accidentalmente encerrado en la jaula de los tigres de bengala. Rodeado por estos simpáticos animales de grandes y terribles fauces, ¿le gustaría en ese momento tener, a los ojos de estos felinos, una etiqueta que dijese “alimento”?

13/5/10

Poner al abuelo a trabajar.

La aritmética se ha convertido, en los días de hoy, en una ciencia compleja y algo misteriosa para el común de los mortales. Para demostrarlo basta con poner un simple ejemplo: si a cuatro pasteles que tenemos les sumamos otros tres que acaban de llegar, el resultado de esta suma, en rigurosos términos aritméticos, debería ser siete pasteles. Sin embargo, en la práctica, en la realidad a que nos enfrentamos todos los días, el resultado es siempre un número menor. La razón de ello, claro está, es que nunca falta quien esté dispuesto a dar rienda suelta a su glotonería y, aprovechando la menor oportunidad, comerse todos los pasteles que pueda.

Y esta glotonería no se limita sólo a la comida. En realidad, en nuestras opulentas sociedades, este tipo de glotonería se aplica muy especialmente al dinero. Cada vez que se hace una suma o una multiplicación con dinero, la cantidad resultante es siempre inferior a aquella que la ciencia aritmética nos haría esperar. Es en este mundo particular donde la aritmética resulta ser más misteriosa y desconcertante.

Pero todo este misterio tiene, por supuesto, sus beneficiarios y sus víctimas. Y entre las víctimas se cuentan, como es lógico, todas aquellas personas que no consiguen seguir atentamente los rápidos cálculos aritméticos del mundo moderno. En especial, aquellas personas con mayores dificultades de visión debido a que sus ojos ya no son como eran antes, es decir, las personas de más edad. Son ellas unas de las víctimas favoritas de la aritmética moderna.

Para demostrarlo basta con pensar en la pretensión, que cada vez va ganando más fuerza entre nuestros gobernantes, de poner a las personas de más edad a trabajar durante más años, atrasando así su edad de jubilación. Para justificarlo, se dice que la población, en su conjunto, está envejeciendo. Y es cierto que, después de décadas con números anormalmente elevados, la natalidad bajó ahora de forma considerable. En los países ricos llegan incluso a nacer menos personas que aquellas que mueren. Existe, por tanto, un envejecimiento transitorio de la población: durante las próximas décadas habrá, en proporción, un menor número jóvenes y un mayor número de ancianos de lo que era habitual.

En cualquier sociedad, se espera que las personas más jóvenes y capacitadas para el trabajo sean las que aseguren el sustento de toda la población. Por el contrario, se espera que las personas de más edad, ya sin capacidad de trabajo, sean mantenidas por las primeras. Sin embargo, si se confirma que hay cada vez menos jóvenes, esto significará que ellos tendrán cada vez mayores dificultades para sustentar a todo el conjunto de la población. Así, parece lógico que se pida ahora a los ancianos que trabajen un poco más, durante más años, antes de jubilarse. Y hasta aquí todo parece correcto.

Pero en realidad estamos ante una aritmética completamente falsa. No es más que otra nueva manifestación de incorregible glotonería. Porque en todos estos cálculos se quiere hacer olvidar una importante realidad de todos los países ricos: la existencia de un creciente número de jóvenes desempleados. Si un número menor de jóvenes es incapaz de sustentar a toda la población, ¿cómo se entiende entonces que existan ahora, al mismo tiempo, cada vez más jóvenes sin empleo? ¿No deberían estar todos los jóvenes trabajando duramente para sustentar al creciente número de personas más ancianas?

En realidad, esta aritmética olvidó un aspecto esencial: la evolución tecnológica hace con que sean necesarios cada vez menos trabajadores para asegurar la misma cantidad de producción. Así, los jóvenes actuales no sólo son capaces de sustentar a todos los ancianos, sino que además son capaces de sustentar a los jóvenes que, sobrando incluso en número, se ven abocados al desempleo. Y además, a esta ecuación debe también sumarse la constante llegada de jóvenes inmigrantes provenientes de países más pobres y aún con una alta natalidad.

Así, ¿cuál es, por tanto, la golosa razón de esta aritmética que quiere obligar a los ancianos a trabajar más tiempo? ¿Por qué no se pone a todos los jóvenes a trabajar, como sería más lógico, y se jubila mucho antes a las personas más ancianas? La razón, claro está, es la lógica del dinero. Mantener a una décima parte de los jóvenes sin trabajar es ideal para tener un mercado con una mano de obra más barata. Por otro lado, mantener a los ancianos trabajando más tiempo permite que el estado tenga que pagar menos pensiones. De esta forma, los gobernantes pueden destinar todo ese dinero a favorecer los grandes negocios del mercado.

Para que la minoría rica en el poder viva cada vez con mayor opulencia son necesarias dos cosas. Primero, jóvenes sin trabajo y sin esperanza. Y segundo, viejos condenados a morir en pie en su puesto de trabajo. Al final, la glotonería revela ser la única diferencia entre la aritmética teórica y la aritmética real.

24/4/10

Respetables opiniones.

Según el cuento popular, en un lejano país había tres cerdos que temían el ataque del lobo. Así, cada uno de ellos decidió construir una casa bien fuerte y resistente en la que poder refugiarse ante el acoso de su feroz enemigo. Sin embargo, los tres cerdos tenían una opinión diferente sobre el tipo de casa que debían construir. Uno de ellos, el más joven e inexperiente, opinaba que una simple choza construida en adobe sería suficiente para resistir el ataque del lobo. Su hermano mayor, más precavido, optó por construir una cabaña de madera, mucho más resistente. Por último, el hermano mayor, bastante más sabio, decidió esforzarse en construir una casa con gruesos muros de piedra.

Cuando el lobo finalmente bajó de la montaña y atacó a los tres hermanos, dos de las casas revelaron ser un refugio completamente ineficaz. La casa de adobe prácticamente se desmoronó ante el aliento furioso del lobo. Y la cabaña de madera no tuvo mejor suerte ante los repetidos embates del enemigo. Únicamente la casa construida en piedra reveló ser eficaz ante los ataques del lobo. Y fue gracias a esta casa que los tres hermanos consiguieron sobrevivir.

Una de las cosas que este antiguo cuento popular nos enseña es que no todas las opiniones son igualmente correctas. También nos enseña que quien piensa y se esfuerza más en un determinado asunto llega a tener mejores ideas y a tomar las opciones más adecuadas. En ocasiones, salvando con ellas a sus hermanos o vecinos.

Sin embargo, nuestra sociedad moderna parece haber olvidado completamente estas simples enseñanzas. En la actualidad todas las opiniones, sean cuales fueren, se consideran iguales. No importa si para formularlas se ha hecho o no algún esfuerzo, si se han llegado o no a pensar o razonar. No importa si ya han demostrado ser incorrectas. No importa si se contradicen a sí mismas. En nuestra sociedad, se parte del principio errado de que el respeto que es debido a toda persona se hace extensible a sus opiniones.

Efectivamente, todas las personas merecen respeto (a menos que sean éticamente reprobables) y merecen en todo momento ser oídas. Pero eso no significa que sus opiniones sean todas de igual valor o que deban ser tratadas todas de igual forma. Las opiniones deben merecernos mayor o menor respeto en función de la calidad de su fundamentación y de su coherencia, y siempre después de haber sido discutidas de forma conveniente. En cambio, no se puede admitir que, con la excusa de un falso respeto democrático por las personas, se intente evitar cualquier valoración de sus opiniones, impidiéndose así cualquier discusión de los contenidos.

Esta actitud lo que en realidad pretende no es respetar a nadie, sino simplemente erradicar la existencia de todo pensamiento, de toda conciencia crítica. En un mundo en que todas las opiniones, por principio, son de igual valor, ¿de qué sirve ya discutirlas? ¿Para qué compararlas, razonarlas o demostrarlas si, al final, todas son igualmente válidas? ¿Para qué esforzarse en pensarlas? ¿Para qué molestarse en darles un mínimo de coherencia? ¿Para qué perder el tiempo en ver si contradicen hechos ya demostrados?

Un buen ejemplo de este feroz ataque a la conciencia crítica es el tratamiento social que se da a las grandes opciones políticas. En el campo de la llamada izquierda política, las opiniones están basadas en el estudio y desarrollo de la filosofía política, siendo analizadas en su aplicación práctica a lo largo de la historia. Por ello, estas opiniones serán siempre de mayor valor, estando además sujetas en todo momento al debate y a la corrección de cualquier incoherencia. En cambio, las opiniones de la llamada derecha política se destinan únicamente a mantener los privilegios conseguidos por una cierta clase social. Siendo su naturaleza axiomática, apenas están sujetos a cualquier tipo de debate o discusión.

A pesar de ello, en nuestra sociedad se pretende que ambos tipos de opiniones sean consideradas de igual valor. Se pretende que las veamos como meras opciones, siempre de naturaleza equiparable. Se pretende que nos inclinemos por unas o por otras según las modas o nuestros particulares gustos personales. Pero nunca por ser más o menos correctas.

Son muchos otros los ejemplos de ataque al pensamiento crítico, siempre apoyados, claro, por quien piensa menos y de forma más deficiente: se pretende, por ejemplo, que las creencias religiosas sean tan respetables como la ciencia; se pretende que la mentira o la propaganda sean tan respetables como la verdad o el rigor en la información; se pretende que el poder y la fuerza sean tan respetables como la razón; se pretende que el abuso sea tan respetable como la ética.

Cabe reafirmar una vez más que los tres cerdos del cuento popular deben merecernos siempre igual respeto. En cambio, sus ideas –las de cada uno de ellos– nunca deben merecernos, ni mucho menos, el mismo grado de respeto. Porque quien se beneficiaría de esta actitud acrítica sería únicamente el lobo.